—Es posible que unos acontecimientos ocurridos hace setenta años sean demasiado remotos para pintarlos adecuadamente en una simple conversación. El año 1831 es, desde luego, una fecha histórica para nosotros, uno de esos años fatales en los que, ante la pasiva indignación y las elocuentes simpatías del mundo, tuvimos que murmurar una vez más «Vae Victis» y medir el costo en dolor. Tampoco puede decirse que hayamos sido nunca muy hábiles para el cálculo, tanto en la prosperidad como en la adversidad. Ésa es una lección que no hemos podido aprender, para gran exasperación de nuestros enemigos, que nos han otorgado el epíteto de Incorregibles...
Quien así hablaba era un hombre de nacionalidad polaca, de esa nacionalidad que más que vivir sobrevive, que se empeña en pensar, respirar, hablar, esperar y padecer en su tumba, cercada por un millón de bayonetas y triplemente sellada con los sellos de tres grandes imperios.
El tema de la conversación era la aristocracia. ¿Cómo llegó a suscitarse ese tema tan desacreditado en nuestros días? Han pasado algunos años desde entonces y los recuerdos precisos se han desdibujado en mi memoria. Pero recuerdo que no se la consideraba prácticamente como uno de los hilos del entramado social; y me parece que llegamos a tratar de esa cuestión después de un intercambio de ideas en torno al patriotismo, un sentimiento ligeramente desacreditado debido a que la delicadeza de nuestros humanitaristas lo ve como una reliquia de la barbarie. Sin embargo, ni el gran pintor florentino que cerró sus ojos para siempre pensando en su ciudad, ni San Francisco, cuando bendecía con el último aliento su Asís natal, eran bárbaros. Hace falta cierta grandeza de espíritu para juzgar el patriotismo como merece; o bien una sinceridad de sentimientos que le está negada al vulgar refinamiento del pensamiento moderno, incapaz de comprender la augusta sencillez de un sentimiento que procede de la naturaleza misma de las cosas y de los hombres.
La aristocracia de la que hablábamos era la de rango más elevado, la formada por las grandes familias de Europa, esas que no se han empobrecido, convertido ni liberalizado, y que forma la más diferenciada y especializada de todas las clases: esa aristocracia para la cual ni siquiera la ambición misma cuenta entre los incentivos normales de la actividad ni actúa tampoco como reguladora de la conducta.
Más tarde opinamos que, una vez perdido el indisputable derecho al liderazgo, sus grandes fortunas, su cosmopolitismo propiciado por las amplias alianzas, su elevada posición —en la que tan poco hay que ganar y tanto que perder—, deben de crearles una situación difícil en las épocas de conmoción política o de rebelión nacional. Ahora que ya no nacen para mandar —que es lo que constituye la esencia misma de la aristocracia— les resulta difícil hacer nada que no sea mantenerse fríamente apartados de los grandes movimientos de pasión popular.
Habíamos llegado a esta conclusión cuando se produjo la observación acerca de acontecimientos remotos y se mencionó la fecha de 1831. Y el que hablaba prosiguió:
—No quiero decir con esto que conociese al príncipe Román en aquella época tan lejana. Empiezo a sentirme muy anciano, pero tampoco lo soy tanto. De hecho, el príncipe Román se casó el mismo año en que nació mi padre: en 1828. El siglo XIX era todavía joven y el príncipe era más joven incluso que el siglo, aunque no sé cuánto exactamente. En cualquier caso el suyo fue un matrimonio temprano. Era una alianza ideal desde todos los puntos de vista. La muchacha era joven y bella, una huérfana heredera de un gran nombre y una gran fortuna. El príncipe, que por aquel entonces era oficial de la Guardia y se distinguía entre sus compañeros de armas por cierta reserva y reflexividad de carácter, se había enamorado apasionadamente de la belleza, el encanto y las serias cualidades de la inteligencia y el corazón de la joven. Era un hombre bastante silencioso; pero sus miradas, su porte y su persona expresaban su absoluta devoción por la mujer que había elegido, una devoción que ella le devolvía a su manera franca y fascinante.
La llama de esta pura pasión joven prometía arder eternamente; y durante una temporada avivó la seca y escéptica atmósfera del gran mundo de San Petersburgo. El propio emperador Nicolás, abuelo del actual zar, el que murió víctima de la guerra de Crimea, último quizá de los autócratas que creyeron en el carácter divino de su misión, mostró cierto interés por ese matrimonio de amantes. Es cierto que Nicolás vigilaba de cerca todos los movimientos de los grandes nobles polacos. Aquellos jóvenes, que vivían desde luego de acuerdo con su elevada posición, estaban evidentemente absortos el uno en el otro; y la sociedad, fascinada por la sinceridad de un sentimiento que transitaba serenamente en medio de la artificialidad de su ansiosa y refinada agitación, les contemplaba con benévola indulgencia y divertida ternura.
La boda fue el mayor acontecimiento social de 1828 en la capital. Justo cuarenta años después yo estaba pasando una temporada en la residencia campestre del hermano de mi madre, en nuestras provincias sureñas.
Era pleno invierno. La gran pradera que se extendía ante la fachada era tan pura y uniforme como un nevado prado alpino, un llano blanco y leve que centelleaba bajo el sol como si hubiesen esparcido por él polvo de diamantes, y que descendía suavemente hacia el lago: un alargado y sinuoso fragmento de agua congelada de tono azulado y aspecto más sólido que la tierra. El sol, frío y brillante, se deslizaba a poca altura sobre el ondulante horizonte de grandes pliegues de nieve en los que las aldeas de los campesinos ucranianos permanecían ocultas a la vista, como racimos de barcos escondidos en el fondo del oleaje de un mar embravecido. Y todo estaba en silencio.
No recuerdo ahora cómo logré escaparme de la sala de clase a las once en punto de la mañana. Yo era un chico de ocho años, y la niña, mi prima, unos meses menor que yo, pese a que por herencia tuviese un genio más vivo que el mío, era menos propensa a la aventura. De modo que me había escapado solo; y al cabo de un rato me encontré en el gran salón enlosado con su enorme chimenea de azulejos blancos: un lugar mucho más agradable que la sala de clase, la cual, por alguna razón, quizá por higiene, era siempre una habitación que se mantenía a baja temperatura.
Los niños nos habíamos enterado de que había un huésped en la casa. Había llegado la noche anterior precisamente cuando nos mandaban a la cama. Retrocedimos a través del cerco de batidores para precipitarnos hacia la ventana y aplastar la nariz contra sus oscuros cristales; pero llegamos demasiado tarde para verle descender del carruaje. Sólo pudimos ver, iluminado por un rojizo fulgor, el gran trineo de viaje tirado por seis caballos, una gran masa negra recortada en la nieve, que era conducido a las caballerizas precedido por un jinete que portaba una llameante bola de estopa y resina encerrada en un cesto de hierro al extremo de un largo palo que oscilaba sobre el arzón delantero de su silla. A primera hora de la tarde habían partido dos mozos de cuadra por las nevadas pistas para reunirse con el huésped cuando anocheciese e iluminar su paso con esas antorchas. En aquel entonces, como sin duda recordarán ustedes, no había ni un solo kilómetro de vía férrea en nuestras provincias del sur. Mi primita y yo no teníamos del ferrocarril y de las locomotoras más noticia que las imágenes de algunos libros ilustrados, y nos parecían cosas bastante indefinidas, extremadamente remotas y carentes de interés especial, como no fuera para los mayores que viajaban al extranjero.
Nuestra idea de los príncipes, un poco más precisa quizá, era básicamente literaria y estaba rodeada del aura resplandeciente que les dan los cuentos de hadas, en los que los príncipes son siempre jóvenes, encantadores, heroicos y afortunados. Sin embargo, al igual que todos los demás niños, podíamos trazar una clara línea divisoria entre lo real y lo ideal. Sabíamos que los príncipes eran personajes históricos. Y también este hecho les rodeaba de un aura resplandeciente. Pero lo que me había impulsado a errar por la casa tan cautelosamente como un preso evadido era la esperanza de pillar al vuelo la posibilidad de una entrevista con un amigo mío muy especial, el jefe de guardabosques, que generalmente entraba en la casa para dar su informe a esa hora del día. Ansiaba que me diera noticias de cierto lobo. Ya se sabe que en un país donde abundan los lobos, casi cada invierno trae consigo uno de ellos que destaca por la audacia de sus fechorías, por la mayor perfección de su «lobería», por así decirlo. Yo tenía ganas de oír una nueva historia escalofriante de ese lobo, quizá la dramática narración de su muerte...
Pero en el salón no había nadie.
Decepcionadas mis esperanzas, me sentí de repente muy abatido.
Como no podía deslizarme triunfalrnente de vuelta a mis estudios, decidí, desanimado, pasear hasta la sala de billar, un sitio adonde, desde luego, no tenía por qué ir. Tampoco había nadie allí, y me sentí muy perdido y desolado bajo su elevado techo, completamente solo con la enorme mesa de billar inglés que con su pesado silencio rectilíneo parecía desaprobar la intrusión de aquel chiquillo.
Cuando empezaba a pensar que lo mejor sería retirarme, oí unos pasos en el salón contiguo; y, antes de que pudiese volver grupas y huir, aparecieron en el umbral mi tío y su invitado. Salir corriendo después de haber sido visto hubiera sido muy poco correcto, de modo que aguanté firme donde estaba. Mi tío pareció sorprenderse de verme; el invitado que caminaba a su lado era un hombre enjuto, de estatura media, que llevaba abotonada hasta el cuello una levita negra y caminaba muy erguido con un tieso porte de soldado. Entre los pliegues del pañuelo de suave batista blanca que rodeaba su garganta asomaban las puntas del cuello, que ascendían hasta sus bien afeitadas mejillas. Llevaba sus escasos mechones de pelo gris peinados de través sobre la parte superior de su calva cabeza. Su rostro, que en sus buenos tiempos debía de haber sido agraciado, conservaba pese a los años su armoniosa simplicidad de líneas. Lo que me asombró fue su palidez uniforme y casi mortal. Me pareció que era prodigiosamente viejo. Una leve sonrisa, una alteración meramente momentánea del dibujo de sus delgados labios, reconoció mi sonrojada confusión; y yo sentí un vivo interés al ver que introducía la mano en el bolsillo interior delantero de su levita. Extrajo de él un lápiz y un bloc, y se lo entregó a mi tío con una reverencia casi imperceptible.
Yo me quedé asombradísimo, pero mi tío lo cogió como si fuese lo más natural. Escribió algo en él, y el otro miró y asintió levemente con la cabeza. Una flaca y arrugada mano —la mano era más vieja que el rostro— me dio unos golpecitos en la mejilla y después reposó ligera sobre mi cabeza. Una voz sin entonación, una voz tan incolora como el mismo rostro, salió de sus hundidos labios, mientras los ojos, negros y quietos, me contemplaban amablemente desde arriba.
—¿Y cuántos años tiene este tímido muchacho?
Antes de que yo pudiese contestar, mi tío escribió mi edad en el taco de papel. Yo me quedé profundamente impresionado. ¿En qué consistía esa ceremonia? ¿Acaso ese personaje era tan importante que no se le podía dirigir la palabra? Miró una vez más el taco, asintió una vez más con la cabeza, y se volvió a oír esa voz impersonal y mecánica:
—Se parece a su abuelo.
Yo recordaba a mi abuelo paterno. Hacía poco tiempo que había fallecido. También él era prodigiosamente viejo. Y a mí me pareció completamente natural que dos personas tan ancianas y venerables se hubieran conocido en las oscuras eras de la creación anteriores a mi nacimiento. Pero era evidente que mi tío no conocía el hecho. Tan evidente, que la voz mecánica explicó:
—Sí, sí. Fuimos camaradas el 31. Él era uno de los que estaban enterados. Viejos tiempos, caballero, viejos tiempos...
Hizo un ademán como si tratase de apartar a un inoportuno fantasma. Ahora los dos me miraban a mí desde arriba. Me pregunté si estarían esperando alguna cosa de mi parte. Ante mis interrogantes ojos, abiertos de par en par, mi tío observó:
—Está completamente sordo.
Y la voz autónoma e inexpresiva dijo:
—Dame la mano.
Dolorosamente consciente de que mis dedos estaban manchados de tinta, la tendí con timidez. Era la primera vez en mi vida que veía a una persona sorda y estaba bastante desconcertado. Él la apretó con firmeza y luego me dio un último golpecito en la cabeza.
Mi tío me dijo trascendentemente:
—Acabas de estrechar la mano del príncipe Román S. Es algo que recordarás cuando seas mayor.
Su entonación me había dejado impresionado. Poseía la suficiente información histórica para saber vagamente que los príncipes S. se contaban entre los príncipes reinantes en Ruthenia hasta que los territorios ruthenianos se unieron al reino de Polonia a comienzos del siglo XV, fecha a partir de la cual esa familia se convirtió en una de las más poderosas del reino. Pero lo que más me preocupaba era que hubiese fallado el aura resplandeciente de los cuentos de hadas. Era escandaloso descubrir a un príncipe sordo, calvo, flaco y tan prodigiosamente viejo. No se me ocurrió ni por un instante que este hombre imponente y decepcionante hubiese podido ser joven, rico y guapo; no podía saber que había disfrutado la felicidad de un matrimonio ideal que unió dos corazones jóvenes, dos grandes apellidos y dos grandes fortunas; que había disfrutado una felicidad que, como en los cuentos de hadas, parecía destinada a durar eternamente...
Pero no duró eternamente. Estaba destinada a no durar mucho, incluso midiendo el tiempo con la escala de los escasos días que les son concedidos a los hombres en su paso por esta tierra, donde la única felicidad duradera sólo se encuentra en la final conclusión de los cuentos de hadas. Nació una hija del matrimonio y poco después la salud de la princesa empezó a debilitarse. Durante un tiempo soportó su estado con sonriente intrepidez, sostenida por la conciencia de que a partir de entonces su existencia era necesaria para la felicidad de dos vidas. Pero al final el marido, muy alarmado por los rápidos cambios que sufría su aspecto, consiguió un permiso indefinido y se la llevó lejos de la capital a la casa que tenían los padres de él en el campo.
El viejo matrimonio se asustó mucho ante el estado en que se encontraba su querida hija política. Inmediatamente se hicieron preparativos para un viaje al extranjero. Pero parecía que ya fuese demasiado tarde; y la propia enferma se opuso al proyecto con amable obstinación. Delgada y pálida en el gran sillón donde la insidiosa y extraña enfermedad nerviosa hacía que pareciese más pequeña y frágil cada día, sin borrar la sonrisa de sus ojos ni la encantadora gracia de su yermo rostro, se aferró a su país natal y quiso respirar el aire de su tierra. En ningún otro lado podía tener esperanzas de recobrarse más rápidamente, en ningún otro lado le podía resultar más fácil morir.
Murió antes de que su hijita cumpliese dos años. El dolor del marido fue terrible y especialmente alarmante para sus padres porque no se manifestó con palabras ni con lágrimas. Después del funeral, cuando la inmensa muchedumbre de campesinos que con la cabeza descubierta había permanecido en los terrenos que rodeaban la capilla privada comenzaba a dispersarse, el príncipe, despidiendo con la mano a sus familiares y amigos, se quedó solo contemplando cómo cerraban la cripta familiar los albañiles de la hacienda. Cuando colocaron la última piedra en su posición soltó un gemido, el primer sonido de dolor que se le escapaba en muchos días, y se fue andando con la cabeza baja para encerrarse nuevamente en sus apartamentos.
Su padre y su madre temieron por su razón. Su tranquilidad exterior les llenaba de espanto. No podían confiar más que en la misma juventud que hacía tan absorta y tan intensa su desesperación. El viejo príncipe Juan, inquieto y ansioso, no hacía más que repetir: «Habría que ayudar como fuese al pobre Román a que levantase el ánimo. Es tan joven.» Pero no encontraban nada que le estimulase. Y la vieja princesa, secándose los ojos, deseaba en el fondo de su corazón que el príncipe hubiese sido lo bastante joven como para correr a su lado y llorar en sus rodillas.
Pasado un tiempo, el príncipe Román hizo un esfuerzo y acabó por regresar de vez en cuando al círculo familiar. Pero era como si su corazón y sus pensamientos hubiesen quedado sepultados en la tumba familiar con la esposa que había perdido. Adquirió la costumbre de pasear por los bosques con una escopeta, secretamente vigilado por uno de los guardabosques, que al anochecer informaba a los padres que «Su Alteza Serenísima no ha disparado ni una vez en todo el día.» A veces se dirigía por la mañana a las caballerizas, ordenaba con voz suave que le ensillaran un caballo, esperaba golpeando su bota con el látigo hasta que se lo llevaban, y después montaba sin decir palabra y salía al paso hacia el campo. Pasaba todo el día fuera. La gente le veía cruzar por los caminos con la vista fija al frente, sentado rígidamente en la silla, como un jinete de piedra sobre una montura viva.
Los campesinos que trabajaban los campos, los grandes campos sin cercar, le contemplaban desde lejos; y a veces alguna anciana que compartía su pesar hacía la señal de la cruz en el aire a su espalda desde el umbral de una baja choza con techo de paja; como si fuera uno de ellos, un alma sencilla de aldeano castigada por una dolorosa aflicción.
Cabalgaba mirando al frente sin ver a nadie, como si la tierra estuviese vacía y toda la humanidad sepultada en esa tumba que tan repentinamente se había abierto en su camino para tragarse su felicidad. ¿Qué podían ser para él los hombres con sus tristezas, alegrías, trabajos y pasiones, de los que tan tempranamente había sido arrancada la que había sido todo para él?
No existían; y se hubiese sentido tan completamente solo y abandonado como un hombre atrapado en las redes de una cruel pesadilla de no haber sido por esos campos en los que había nacido y vivido sus felices años mozos. Los conocía bien: cada una de las pequeñas pendientes coronadas de árboles en medio de los cultivos, cada una de las vaguadas que ocultaban una aldea. Los riachuelos represados formaban una cadena de lagos entre verdes prados. A lo lejos, por el norte, el gran bosque lituano miraba de frente al sol, apenas más alto que un seto; y por el sur, en dirección a las llanuras, los vastos espacios pardos de la tierra tocaban el cielo azul.
Y ese conocido paisaje que relacionaba con los días sin preocupaciones ni pesares, esa tierra cuyo encanto podía notar aun sin mirarla, calmaban su dolor, como la presencia de un viejo amigo que permanece sentado en silencio e ignorado en una de las horas oscuras de la vida.
Una tarde ocurrió que después de que hiciera dar media vuelta al caballo para regresar a casa, el príncipe se fijó en una densa nube de polvo oscuro, una línea oblicua que interrumpía la panorámica. Tiró de las riendas para frenar el caballo en lo alto de un montículo y se puso a observar. Había en medio de esa nube delgados brillos de acero aquí y allá y en su seno se movían unas formas que al final resultaron ser una larga línea de carros llenos de soldados que avanzaban lentamente en doble hilera bajo la escolta de la caballería cosaca.
Era como un inmenso reptil que se arrastrara por los campos; su cabeza se hundía más allá de su vista en una suave hondonada y su cola se retorcía y acortaba como si el monstruo fuera tragándose el camino por el que lentamente avanzaba hacia el corazón mismo del país.
El príncipe se dirigió hacia una aldea que estaba algo apartada del camino. La posada, con su cuadra, su establo y su granero incluidos bajo un enorme techo de paja, parecía un gigante deforme, jorobado y harapiento, tumbado desgarbadamente entre las casillas de los campesinos. El posadero, un judío gordo y digno que vestía un sobrevestre de satén que le llegaba hasta los talones y se ceñía con un fajín rojo, estaba en el portal mesándose su larga barba plateada.
Vio al príncipe que se acercaba y se inclinó gravemente, doblándose por la cintura, sin esperar siquiera que advirtiera su presencia, pues todo el mundo sabía que su joven señor no tenía, en su dolor, ojos para nadie ni para nada. Fue para él una gran sorpresa que el príncipe se detuviera y le preguntase:
—¿Qué es todo eso, Yankel?
—Eso es, si su Alteza serenísima da su venia, eso es un convoy de infantería que envían apresuradamente hacia el sur.
Miró cautelosamente a derecha a izquierda, pero como no había nadie cerca, aparte de unos niños que jugaban en el polvo de la calle del pueblo, se acercó a la brida.
—¿No se ha enterado su Alteza serenísima? Allá abajo ya ha empezado. Todos los terratenientes, grandes y pequeños, se han levantado en armas y hasta el pueblo común se ha rebelado. Ayer mismo el talabartero de Grodek (era una pequeña población cercana, donde se celebraba el mercado) pasó por aquí con sus dos aprendices de camino para unírseles. Incluso me dejó aquí su carro. Yo le di un guía para que le acompañase por nuestra zona. Ya sabe Su Alteza que nuestros hombres viajan mucho y ven todo lo que pasa, y conocen todos los caminos.
El judío Yankel trató de refrenar su excitación, pues este posadero y arrendatario de todos los molinos de la hacienda era un patriota polaco. Y en voz más baja aún añadió:
—Yo ya era un hombre casado cuando los franceses y todas las otras naciones pasaron por aquí con Napoleón. ¡Tse! ¡Tse! ¡Qué cosecha de muertes, nu! Quizá esta vez Dios nos ayude.
El príncipe asintió, dijo «Quizá» y, sumiéndose en una profunda meditación, dejó que su caballo le llevara a casa.
Aquella noche escribió una carta y a primera hora de la mañana envió un correo a caballo a la ciudad por la que pasaban las postas. Durante el día abandonó su taciturnidad, para gran alegría del círculo familiar, y conversó con su padre sobre los acontecimientos recientes: la insurrección de Varsovia, la huida del gran duque Constantino, los primeros éxitos intrascendentes del ejército polaco (en aquel tiempo había un ejército polaco); los levantamientos de las provincias. El viejo príncipe Juan, conmovido e intranquilo, hablando desde un punto de vista puramente aristocrático, desconfiaba de los orígenes populares del movimiento, lamentaba sus tendencias democráticas y no creía que su éxito fuera posible. Se encontraba triste e interiormente agitado.
—Estoy juzgando todo esto con calma. Hay principios seculares de orden y legitimidad que han sido violados en nombre de las ilusiones más subversivas en el curso de esta temeraria empresa. Aunque naturalmente los impulsos patrióticos del corazón...
El príncipe Román había estado escuchándole en acritud pensativa. Aprovechó la pausa para decirle tranquilamente a su padre que esa misma mañana había remitido una carta a San Petersburgo presentando su dimisión como oficial de la Guardia.
El viejo príncipe guardó silencio. Creía que hubiese debido ser consultado. Su hijo era también oficial del Cuerpo de Artillería del Emperador, y sabía que el zar no olvidaría nunca esta aparente deserción de un noble polaco. En tono de descontento señaló a su hijo que, de todos modos, estaba en situación de permiso indefinido. Lo correcto hubiese sido no decir nada. En la Corte tenían suficiente tacto como para no llamar a filas a un hombre con su apellido. O, a lo peor, podían haberle encomendado alguna lejana misión —por ejemplo en el Caucaso—, apartándole de aquella desdichada lucha que, por basarse en principios erróneos, estaba destinada a fracasar.
—Ahora te encontrarás con que no hay nada que te interese y sin ocupación. Y tarde o temprano necesitarás algo en que ocuparte, pobre hijo mío. Me temo que has actuado con imprudencia.
El príncipe Román murmuró:
—Mi opinión no coincide con la tuya.
Su padre titubeó bajo su fija mirada.
Bueno, bueno: ¡quizá! Pero como oficial de Artillería del Emperador y con el apoyo de toda la familia imperial...
—Nadie había oído hablar de esa gente cuando nuestra casa ya era ilustre —comentó desdeñosamente el joven.
Ésa era la clase de observación que podía modificar la actitud del viejo príncipe.
—Bien..., quizá sea mejor así —concedió al fin.
Padre e hijo se despidieron afectuosamente antes de irse a dormir. Al día siguiente el príncipe Román parecía haber vuelto a sumirse en las profundidades de su indiferencia. Salió a montar a caballo como de costumbre y recordó que el día anterior había visto un convoy de soldadesca que parecía un reptil erizado de bayonetas arrastrándose sobre la superficie de una tierra que era suya. También la mujer a la que había amado era suya. La muerte se la había robado. Su pérdida había sido para él un golpe moral. Había abierto su corazón a un pesar más grande, y su mente a unos pensamientos más vastos y sus ojos a todo el pasado y a la existencia de otro amor fraguado con dolor, pero tan misteriosamente imperativo como el amor perdido en el que había depositado toda su felicidad.
Esa noche se retiró más temprano que de costumbre y llamó a su criado personal.
—Vete a ver si todavía hay luz en las habitaciones del palafrenero mayor. Si aún está despierto, dile que venga a hablar conmigo.
Mientras el criado iba a hacer el recado, el príncipe rompió apresuradamente algunos documentos, cerró los cajones de su despacho y se colgó al cuello un medallón con una miniatura de su esposa.
El hombre al que el príncipe estaba esperando pertenecía a ese pasado que la muerte de su amor había devuelto a la vida. Era miembro de una familia de la pequeña nobleza, que durante generaciones había apoyado, servido y mantenido amistad con los príncipes de S. Recordaba la época anterior a la última división de su patria y había participado en los combates más recientes. Era un típico viejo polaco de esa clase, con una gran capacidad para la emoción, para el entusiasmo ciego; con instintos marciales y simples creencias; e incluso con la antigua costumbre de mechar sus frases con palabras del latín. Y sus ojos amablemente perspicaces, su cara sonrojada, su majestuosa frente y sus gruesos y arqueados mostachos grises, también eran típicos de los de su casta.
—Escúchame, Francisco —le dijo familiarmente el príncipe sin preliminares—. Escúchame, viejo amigo. Voy a desaparecer de aquí silenciosamente. Voy a un lugar más estruendoso que mi dolor y desde el que, sin embargo, me llama una voz que se le parece mucho. Sólo a ti te hago esta confidencia. Cuando llegue el momento, tú dirás lo que haya que decir.
El viejo comprendió. Sus manos extendidas temblaban terriblemente. Pero en cuanto logró recobrar la voz agradeció a Dios que le hubiese permitido vivir lo suficiente para ver a uno de los miembros de la más joven generación de aquella ilustre familia dar un ejemplo coram Gentibus de amor a la patria y de valor en el campo de batalla. Dijo que no dudaba que su príncipe obtendría tanto en el consejo como en la guerra una posición digna de su alta cuna, y que ya veía que in fulgore de la gloria familiar affulget patride serenitas. Al terminar su discurso rompió a llorar y cayó en brazos del príncipe.
El príncipe tranquilizó al anciano y cuando consiguió que se sentara en un sillón y se mostrara relativamente calmado le dijo:
—Entiende bien lo que te digo, Francisco. Ya sabes cuánto amé a mi esposa. Una pérdida así te abre los ojos a verdades que ni siquiera sospechabas. Aquí no se trata de liderazgos ni de glorias. Tengo intención de partir solo y luchar oscuramente entre la tropa. Voy a ofrecer a mi país lo que puedo ofrecerle, es decir, mi vida, con la misma sencillez con que lo ha hecho el talabartero de Grodek que ayer cruzó nuestras tierras con sus aprendices.
Al oírlo el viejo protestó. Eso no podía ser, de ningún modo. No podía permitirlo. Pero tuvo que ceder ante los argumentos y la expresa voluntad del príncipe.
—¡Ah! Si decís que es una cuestión de sentimientos y de conciencia, sea como deseáis. Pero no podéis ir completamente solo. Yo soy, ¡ay!, demasiado viejo para seros de utilidad. Cripit verba dolor, mi querido príncipe, cuando pienso que tengo setenta años y cuento para este mundo tan poco como un tullido que pide limosna en la puerta de la iglesia. Parece que solamente sirvo para quedarme en casa rezando a Dios por la nación y por vos. Pero tengo a mi hijo, el pequeño, Pedro. El será un buen compañero para vos. Y casualmente se encuentra estos días viviendo en casa conmigo. Hace siglos que ningún príncipe S. ha arriesgado su vida sin que cabalgara junto a él un compañero que llevase nuestro apellido. Debéis tener a vuestro lado alguien que sepa quién sois, aunque sólo sea para que pueda ir contándoles a vuestros padres y a vuestro viejo servidor todo lo que os ocurra. ¿Y cuándo tenéis intención de partir, Alteza?
—Dentro de una hora —dijo el príncipe. Y el viejo salió corriendo para avisar a su hijo.
El príncipe Román cogió un candelabro y avanzó sigilosamente por un largo pasillo de la silenciosa casa. La niñera dijo posteriormente que aquella noche se había despertado de repente y había visto al príncipe mirando a su hija, cubriendo con una mano la luz de la vela para que no le diera en los ojos. Permaneció allí contemplándola durante algún tiempo, y después dejó el candelabro en el suelo, se inclinó sobre la camita y dio un suave beso a la niña, que no despertó. Salió sin hacer ruido, llevándose consigo la luz. La niñera vio perfectamente bien el rostro del príncipe pero no pudo leer cuáles eran sus intenciones. Estaba pálido, pero perfectamente sereno, y después de dar la espalda a la camita no volvió la vista ni una sola vez.
Además del viejo y de su hijo Pedro, la única persona en la que confió fue el judío Yankel. Cuando éste le preguntó adonde quería exactamente que le guiasen, el príncipe le respondió:
—Al destacamento más próximo.
Un nieto del judío, un muchacho larguirucho, condujo a los dos jóvenes por caminos poco conocidos a través de bosques y pantanos, y les llevó hasta un lugar desde el que se divisaban las pequeñas hogueras de un pequeño destacamento acampado en una hondonada. Algunos caballos relincharon, una voz en la oscuridad gritó: «¿Quién va?»... y el joven judío se fue apresuradamente, explicándoles que debía regresar deprisa a su casa a fin de guardar el sábbat.
De esta humilde manera, y de acuerdo con la simplicidad de la visión del deber que había tenido cuando la muerte le quitó de los ojos la brillante venda de la felicidad, hizo el príncipe Román su ofrecimiento a su país. Su compañero dijo que era el hijo del palafrenero mayor de los Príncipes S., y declaró que él era un pariente, un primo lejano cuyo nombre la gente supuso que coincidía con el del otro joven. La verdad es que nadie hizo apenas preguntas. Dos jóvenes más, que evidentemente eran de la mejor especie, se habían unido al levantamiento: Nada más natural.
El príncipe Román no pasó mucho tiempo en el sur. Un día que había salido a explorar con unos cuantos compañeros, fueron víctimas de una emboscada que les tendieron junto a la entrada de una aldea unos pocos soldados de la infantería rusa. La primera descarga derribó a muchos de ellos, y los demás se dispersaron en todas direcciones. Tampoco los rusos se quedaron allí, temerosos de que regresara una partida numerosa de rebeldes. Pasado un buen rato, los campesinos que vieron lo ocurrido rescataron al príncipe Román de debajo del cadáver de su caballo. No estaba herido, pero su fiel compañero había sido uno de los primeros en caer. El príncipe ayudó a los campesinos a enterrarle a él y a los demás muertos.
Como estaba solo y no sabía a ciencia cierta dónde podría encontrar al grueso de partisanos, que se desplazaba constantemente en todas direcciones, resolvió que lo mejor sería tratar de unirse al núcleo más importante del ejército polaco, que estaba luchando frente a los rusos en la frontera de Lituania. Disfrazado con ropas de campesino por si tropezaba con algunos de los grupos de cosacos que merodeaban por todas partes, estuvo un par de semanas errando hasta que encontró una aldea ocupada por un regimiento de caballería polaca al que se le había asignado aquel puesto de vigilancia.
Vio sentado en un banco de la fachada de una casita aldeana algo mejor que las otras a un oficial anciano, a quien tomó por el coronel. El príncipe le abordó con respeto, contó brevemente su historia, y declaró su deseo de alistarse, y cuando el oficial, que había estado observándole cuidadosamente, le preguntó su nombre, llevado de la intuición del momento le dio el de su compañero muerto.
El anciano oficial pensó para sí: he aquí al hijo de algún campesino liberado. Su aspecto le gustó.
—¿Sabes leer y escribir, muchacho? —le preguntó.
—Sí, Señoría —dijo el príncipe.
—Bien. Entra en la casa; encontrarás ahí al ayudante del regimiento. Él anotará tu nombre y te tomará juramento.
El ayudante miró fijamente al recién llegado, pero no dijo nada. Una vez cumplidas todas las formalidades y después de que el nuevo recluta se fuera, se dirigió a su superior y le dijo:
—¿Sabéis quién es ése?
—¿Quién? ¿Ese tal Pedro? Es un tipo que promete.
—Es el príncipe Román S.
—Bobadas.
Pero el ayudante estaba seguro. Había visto al príncipe en varias ocasiones, un par de años atrás, en el Castillo de Varsovia. Incluso le había dirigido la palabra una vez, en una recepción de oficiales que celebró el Gran Duque.
—Está cambiado. Parece mucho más viejo, pero estoy seguro de que es él. Tengo buena memoria para las caras.
Los dos oficiales se miraron en silencio.
—Seguro que le reconocerán tarde o temprano —murmuró el ayudante. El coronel se encogió de hombros.
—No es asunto nuestro. Nadie puede discutirle el capricho de servir en la tropa. En cuanto a que le reconozcan, no es tan fácil. Todos nuestros oficiales y soldados proceden del otro extremo de Polonia.
Estuvo meditando seriamente durante un rato, y luego sonrió.
—Me ha dicho que sabía leer y escribir. Nada podrá impedirme que le nombre sargento a la primera oportunidad. Seguro que se comportará como debe.
El príncipe Román superó las expectativas del coronel en sus tareas de suboficial. Antes de que transcurriera mucho tiempo el sargento Pedro se hizo famoso por su ingenio y su valentía. No era el valor temerario de un hombre desesperado, sino un valor sereno y hasta determinado que nada podía frustrar; una devoción ilimitada pero tranquila a la que no afectaban el tiempo, los reveses ni el desánimo de las continuas retiradas, ni tampoco la amargura del marchitamiento de las esperanzas o los horrores de la peste que se sumaban a los esfuerzos y peligros de la guerra. Fue ese año cuando el cólera hizo su aparición en Europa por primera vez. Devastó los campamentos de ambos ejércitos y afectó a las cabezas más firmes con el terror de una muerte misteriosa que acechaba silenciosamente entre las pilas de armas y las hogueras de campamento.
Un grito agudo despertaba repentinamente a los acosados soldados que veían al resplandor de las brasas cómo uno de ellos se retorcía en tierra al igual que una lombriz pisoteada por un pie invisible. Y antes de que llegase la aurora ya estaría tieso y frío. Hubo partidas que al recibir esa clase de visitas se levantaron como un solo hombre, abandonaron la hoguera del campamento y huyeron hacia la noche presas de mudo pánico. Otra veces, un camarada que marchaba hablando con su compañero tartamudeaba de repente enmedio de una frase, ponía sus aterrados ojos en blanco, y caía con la cara distorsionada y los labios azules, rompiendo las filas con las convulsiones de su agonía. Los soldados caían mientras montaban a caballo, en los puestos de centinela, en la línea de fuego, de camino para transmitir unas órdenes o mientras atendían los cañones. Me contaron que en un batallón que avanzaba perfectamente formado bajo el fuego enemigo cuando se disponía a asaltar una aldea, se produjeron tres casos en cinco minutos a la cabeza de la columna, y fue imposible llevar a cabo el ataque porque las compañías de vanguardia se dispersaron por los campos como ahechaduras barridas por el viento.
El sargento Pedro, pese a su juventud, gozaba de gran influencia entre sus hombres. Se decía que el número de deserciones en su escuadrón era menor que en todos los demás de aquella división de Caballería. Hasta ese punto se supone que llegaba la fuerza del ejemplo de la serena intrepidez de un solo hombre frente a todas las formas de peligro y de terror.
Fuera como fuese, gozaba de la confianza y el afecto de todos. Cuando llegó el fin y los restos de aquel cuerpo de ejército, fuertemente asediado por todos los lados, se preparaban para cruzar la frontera prusiana el sargento Pedro tuvo la suficiente influencia como para reunir en torno a sí un grupo de soldados. Consiguió salvar con ellos el cerco enemigo. Les condujo a través de más de trescientos kilómetros de territorio vigilado por numerosos destacamentos rusos y asolado por el cólera. Pero su intención no era la de evitar la cautividad, ocultarse y así salvarse. No. Les condujo a una fortaleza que todavía estaba ocupada por polacos y donde se llevaría a cabo el último intento de resistencia de la derrotada revolución.
Esto puede parecer simple fanatismo. Pero el fanatismo es humano. El hombre ha adorado divinidades feroces. Hay ferocidad en todas las pasiones, hasta en el amor mismo. La religión de la esperanza inmarcesible se asemeja al loco culto de la desesperación, de la muerte, de la aniquilación. La diferencia radica en el motivo moral que brota de las necesidades secretas y las aspiraciones inarticuladas de los creyentes. Sólo para los hombres vanos, todo es vanidad, y solamente para aquellos que no han sido nunca sinceros consigo mismos, todo es engaño.
Fue en esa fortaleza donde mi abuelo se encontró con el sargento Pedro. Mi abuelo tenía tierras vecinas a las que poseían los S., pero no habían coincidido nunca con el príncipe Román, que sin embargo conocía perfectamente bien su apellido. El príncipe se presentó a sí mismo una noche que estaban los dos sentados en la muralla, apoyados contra la cureña de un cañón.
El favor que quería pedirle era que, en caso de resultar muerto, transmitiera la información a sus padres.
Hablaron en voz baja, pues los demás soldados que servían la pieza estaban cerca de allí. Mi abuelo le hizo la promesa que le pidió, y después le preguntó con franqueza, debido al profundo interés que sintió ante la revelación que tan inesperadamente le habían hecho:
—Pero, decidme, Príncipe, ¿por qué me hacéis esta petición? ¿Acaso tenéis algún mal presentimiento sobre vuestra suerte?
—En absoluto; pensaba en los míos. No tienen ni idea de dónde estoy —respondió el príncipe Román—. Me comprometo a hacer lo mismo por vos, si así lo deseáis. Es indudable que la mitad al menos de los que estamos aquí moriremos antes de que llegue el fin, de modo que los dos tenemos las mismas probabilidades de sobrevivir al otro.
Mi abuelo le dijo dónde suponía que se encontraban en aquellos momentos su esposa y sus hijos. A partir de ese instante y hasta el final del asedio estuvieron juntos la mayor parte del tiempo. El día del gran asalto mi abuelo recibió una herida grave. La ciudad fue tomada. Al día siguiente cayó la ciudadela; su hospital estaba lleno de muertos y agonizantes, sus polvorines se habían agotado y sus defensores, después de quemar el último cartucho, abrieron las puertas.
A lo largo de toda la campaña, el príncipe, exponiendo a sabiendas su persona en todas las ocasiones, no había recibido un solo rasguño. Nadie le había reconocido o nadie al menos había traicionado su identidad. Hasta ese momento, a nadie le importaba quién fuera con tal que cumpliera con su deber.
Pero ahora la situación había cambiado. Como antiguo miembro de la Guardia y ex oficial de artillería del emperador, este rebelde corría el grave peligro de recibir atenciones especiales en forma de un pelotón de fusilamiento a diez pasos. Durante más de un mes permaneció perdido entre la miserable muchedumbre de prisioneros que se amontonaban en las casamatas de la ciudadela; contaban con la comida estrictamente suficiente para impedir que sus almas abandonasen sus cuerpos, pero les dejaban morir de las heridas, las privaciones y las enfermedades a un ritmo aproximado de cuarenta al día.
Como la fortaleza ocupaba un lugar del centro del país, llegaban frecuentemente allí nuevos grupos de soldados capturados en campo abierto, en el curso de una pacificación realizada a fondo. Entre estos recién llegados se encontraba casualmente un joven que era amigo personal del príncipe desde los tiempos del colegio. Este joven le reconoció y, profundamente consternado, gritó en voz alta:
—¡Dios mío! ¡Román, tú aquí!
Se dice que los restantes años de su vida estuvo sumido en la amargura por este momento en el que perdió el dominio de sí mismo. Todo esto ocurrió en el patio principal de la ciudadela. El ademán de advertencia del príncipe llegó demasiado tarde. Un oficial de los gendarmes que vigilaban a los prisioneros había oído la exclamación. Y le pareció que merecía la pena investigar el incidente. Las pesquisas subsiguientes no fueron muy arduas porque el príncipe, cuando se le preguntó de manera categórica su verdadero nombre, lo confesó inmediatamente.
La noticia de la presencia del príncipe S. entre los prisioneros fue remitida a San Petersburgo. Sus padres ya se encontraban allí y vivían en medio del pesar, la incertidumbre y la aprensión. La capital del imperio era el lugar más seguro de residencia para un noble cuyo hijo había desaparecido tan misteriosamente de su casa en plena rebelión. Los ancianos llevaban meses sin noticias directas ni indirectas de él. Procuraron no contradecir los rumores de suicidio provocado por la desesperación que circularon en el gran mundo, que aún recordaba el interesante matrimonio por amor y la encantadora y franca felicidad a la que había puesto fin
la muerte. Pero conservaban en secreto la esperanza de que su hijo siguiese con vida y hubiese podido cruzar la frontera con la parte del ejército que se había entregado a los prusianos.
La noticia de su cautividad fue un golpe aplastante. Directamente, nada podían hacer por él. Pero la alcurnia de su apellido y su posición, y sus amplias relaciones y conexiones con las altas esferas, permitieron a los padres actuar indirectamente, y movieron, como suele decirse, cielo y tierra a fin de salvar a su hijo de las «consecuencias de su locura», como el propio príncipe Juan no dudaba en decir. Los líderes sociales mantuvieron contactos con grandes personajes, hubo entrevistas con altos dignatarios, trataron de inducir a poderosos funcionarios a que se interesasen por el asunto. Recabaron la ayuda de todas las influencias secretas. Algunos secretarios privados recibieron fuertes sobornos. La amante de cierto senador obtuvo una importante suma de dinero.
Pero, tal como he dicho, en un caso tan flagrante era imposible apelar directamente o tomar medidas abiertas. No se podía hacer otra cosa que inclinar al presidente del Tribunal Militar a la clemencia mediante una explicación en privado. Este magistrado acabó mostrándose impresionado por las insinuaciones y sugerencias, algunas procedentes de posiciones muy elevadas, que le llegaron de San Petersburgo. Además, la gratitud de unos nobles de la categoría de los príncipes S. era, al fin y al cabo, una cosa con la que valía la pena contar desde un punto de vista mundano. Era un buen ruso, pero también un hombre de buen carácter. Además, el odio a los polacos no era en aquel entonces el punto cardinal del credo patriótico, como ocurriría unos treinta años después. En cuanto vio a aquel joven bronceado, de cara delgada y consumida por las penalidades del asedio y los rigores de la cautividad, se sintió predispuesto favorablemente hacia él.
El tribunal estaba compuesto por tres oficiales. Celebraba sus sesiones en una desnuda sala abovedada de la ciudadela, tras una larga mesa negra a cuyos extremos se sentaban unos escribientes. Aparte de ellos y los gendarmes que condujeron al príncipe hasta allí, no había nadie más.
¿Quién puede decir cuánto amor a la vida le quedaba al príncipe Román en medio de aquellas cuatro siniestras paredes que le impedían ver todas las imágenes y los sonidos de la libertad, todas las esperanzas de futuro, todas las ilusiones consoladoras, enfrentado en solitario ante sus enemigos erigidos en jueces? ¿Qué resto quedaba de aquel sentido del deber que despertó en su interior cuando sufría aquel gran pesar? ¿Que porción le quedaba de su reavivado amor por su tierra natal? Esa tierra que exige ser amada como ninguna otra lo ha sido, con el afligido
afecto que se reserva para los muertos inolvidables y con el inextinguible fuego de una pasión desesperada que solamente un ideal vivo, fresco y caliente puede avivar en nuestros pechos para nuestro orgullo, nuestra fatiga, nuestra exultación, nuestra ruina.
La idea de tal exacción puede parecemos monstruosa hasta que se nos presenta ante nosotros encarnada en la forma de una fidelidad sin temor y sin reproche. Cuando se aproximaba al momento supremo de su vida, el príncipe sólo pudo tener la sensación de que ésta estaba a punto de terminar. Respondió a las preguntas que se le hicieron clara y concisamente, y con la más profunda indiferencia. Después de todos aquellos tensos meses de acción, le fatigaba hablar. Pero ocultó el cansancio para evitar que sus adversarios confundieran su actitud con la apatía del desánimo o el torpor del espíritu vencido. Los detalles de su conducta no importaban en ningún sentido, y aquellos hombres no tenían por qué entrometerse en sus pensamientos. Mantuvo un tono escrupulosamente cortés. Se había negado a aceptar la autorización para sentarse.
Solamente el oficial que presidía el tribunal contó lo ocurrido en esa sesión preliminar. Siguiendo el único camino que tenía abierto en ese caso tan flagrantemente perdido, trató desde el principio de transmitir al príncipe cuál era la clase de defensa que quería que adoptase. Construyó minuciosamente sus preguntas para poner en labios del culpable las respuestas adecuadas, llegando hasta el extremo de sugerir las palabras que quería oír: cómo, aturdido por el excesivo dolor que sintió tras la muerte de su jovencísima esposa, y actuando con la irresponsabilidad de su desesperación, en un momento de ciega temeridad, sin comprender la naturaleza gravemente reprensible de sus actos, ni tampoco los peligros y deshonor que suponían, partió llevado de un impulso repentino a unirse con las partidas más próximas. Y ahora, arrepentido...
Pero el príncipe Román permanecía en silencio. Los jueces militares le miraban esperanzados. Tomó en silencio una pluma y escribió en una hoja de papel que encontró junto a su mano: «Me uní al levantamiento nacional por convicción.»
Empujó el papel hasta el otro lado de la mesa. El presidente lo cogió, lo mostró por turno a los colegas que estaban sentados a su derecha y a su izquierda, y después, mirando fijamente al príncipe Román, lo dejó caer. Y nada rompió el silencio hasta que se dirigió a los gendarmes para ordenarles que retirasen al prisionero.
Ése fue el testimonio escrito que dio el príncipe Román en el momento supremo de su vida. He oído decir que los príncipes de la familia de S., en todas sus ramas, han adoptado las dos últimas palabras, «por convicción», como divisa para el escudo de armas de la casa. No sé si es cierto. Mi tío no lo sabía con seguridad. Solamente observó que, naturalmente, no aparecía en el sello del propio príncipe.
Fue condenado a cadena perpetua y trabajos forzados en las minas de Siberia. El emperador Nicolás, que siempre leía personalmente todas las sentencias dictadas contra los miembros de la aristocracia polaca, escribió al margen de su propio puño y letras: «Se advierte severamente a las autoridades que cuiden de que este preso camine encadenado, como cualquier otro criminal, a lo largo de todo el viaje.»
Era una pena de muerte aplazada. Muy pocos sobrevivían más de tres años la vida sepultada que llevaban en esas minas. Sin embargo, como al final de ese período se informó que todavía estaba con vida, se le permitió, a petición de sus padres y como gracia excepcional, servir como soldado raso en el Cáucaso. Estaba prohibida toda comunicación con él. Carecía de derechos civiles. Para todos los fines prácticos, excepto el del sufrimiento, era un muerto. La niña que tanto cuidado había puesto él en no despertar cuando la besó en su camita, heredó toda la fortuna a la muerte del príncipe Juan. Su existencia salvó esas propiedades tan inmensas de la confiscación.
Transcurrieron veinticinco años antes de que, completamente sordo, y con la salud deshecha, se le concediera al príncipe Román permiso para regresar a Polonia. Su hija hizo una boda espléndida con un gran seigneur austro-polaco y, en medio de la cosmopolita esfera de la más elevada aristocracia europea, vivía casi siempre en el extranjero, sobre todo en Niza y Viena. Él, instalado en una de las propiedades de su hija, pero no en la residencia palaciega sino en una modesta casita, apenas la veía.
Pero el príncipe Román no se encerró como si su tarea ya hubiese terminado. No había prácticamente ninguna actividad privada o pública de la zona para la que no se reclamase, y nunca en vano, el consejo y la ayuda del príncipe Román. Se decía acertadamente que sus días no le pertenecían a él sino a sus compatriotas. Y fue sobre todo un gran amigo para todos los exiliados que habían regresado, a quienes ayudó con dinero y consejos, resolviendo sus problemas y buscándoles medios de vida.
Mi tío me contó muchas historias de su ferviente actividad, en la que siempre le guiaba una sencilla sabiduría, un elevado sentido del honor y la más escrupulosa concepción de la probidad privada y pública. Para mí sigue siendo una figura viva debido a ese encuentro en la sala de billar, cuando, ansioso por oír hablar de cierto lobo de especial «lobería», estuve unos momentos en contacto con un hombre que ocupaba un lugar preeminente entre los más destacados por la sinceridad de sus sentimientos, la firmeza de sus creencias, lo ardoroso de su amor.
Todavía recuerdo hoy la fuerza con que cogió la huesuda y arrugada mano del príncipe Román mi manita manchada de tinta, y la forma entre seria y divertida con que mi tío miró desde su altura al sobrino que había franqueado sin autorización aquellas puertas.
Ellos siguieron su camino y se olvidaron del muchacho. Pero yo no me moví; me quedé mirando, no tanto decepcionado como desconcertado por este príncipe tan absolutamente distinto de los príncipes de los cuentos de hadas. Cruzaron la habitación muy lentamente. Antes de llegar al otro extremo, el príncipe se detuvo, y le oí decir —ahora mismo me parece oírle:
—Me gustaría muchísimo que escribieseis a Viena acerca de esa vacante. Es una persona que merece el puesto, y vuestra recomendación sería decisiva.
El rostro de mi tío, vuelto hacia él, expresaba auténtico asombro. ¿Acaso puede haber una recomendación mejor que la de un padre? El príncipe sabía leer rápidamente las expresiones. Y volvió a hablar con el acento monótono del hombre que hace muchos años que no ha oído su propia voz, para el que el mundo sin sonidos es como una morada de silenciosas sombras.
Y todavía hoy recuerdo exactamente sus palabras.
—Os lo pido a vos porque mi hija y mi yerno no me creen capaz de juzgar correctamente a los hombres. Piensan que me dejo llevar demasiado por los sentimientos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.