Últimamente en esta ciudad casi todos los habitantes son policías; y un gran número de casas no identificadas, juzgados. Además es difícil identificar a los policías porque debido a la pobreza del país (son pocos los que trabajan y muchos los que mandan) y a la gran cantidad de servidores del orden, no hay dinero que alcance para comprar tantos uniformes y entonces visten de cualquier manera.
Aunque cada día vivimos con más miedo, esto de la falta de uniformes viene a ser como un consuelo y una ayuda para poder ir tirando, al menos para mí, porque siempre tuve miedo a los hombres de uniforme, al verlos como uno de los tantos ritos de la muerte.
Cuando yo era chico me enseñaron que el vigilante de la esquina era un hombre bueno que lo cuidaba a uno de los ladrones o de los gitanos. Tenían simplemente un palo y a veces un revólver para matar a algún león enloquecido escapado de los circos que visitaban la ciudad. Ahora es como si los propios leones hubiesen sustituido a los guardianes.
Además, aunque estuviesen allí para espantar leones y ladrones, quedaba la posibilidad de que uno, por accidente o por uno de esos errores fatales, se sintiese león o ladrón y sin poder dominar los actos se pusiese frente a la boca de los revólveres. Se dieron muchos casos de policías que, soplando el humo de sus revólveres y viendo que la víctima ya no se movía, decían: pobre tipo, ¿por qué se habrá sentido león si no era león?
Para vencer ese miedo, leí atentamente el código de faltas y aprendí que no haciendo ninguna de las cosas que allí se prohibían no tenía nada que temer, salvo la detención por identificación, de la que nadie se salva. Pero desde hace unos años se publican nuevos códigos a cada rato, se corrigen o anulan los anteriores, de pronto se ponen nuevamente en vigencia códigos anulados y su lectura resulta cada vez más difícil. Incluso conseguirlos es un privilegio. Los códigos corren paralelos con la tecnología, con las nuevas armas que llegan, y son muy abstractos y complejos, no tanto por lo que dicen, sino porque el miedo se ha multiplicado. El miedo contagia a los propios policías, que ven delincuentes por todas partes y ya llevan sus armas de fuego gatilladas, los cuchillos con manchas de sangre y las picanas eléctricas con un poco de carne que tiembla.
Para no confundirse y matarse entre ellos, los policías no uniformados llevan distintivos apenas visibles. Por eso la gente ha dejado de usar insignias de clubes, botones más o menos grandes, botas y cualquier otro adornito fuera de lo común. Hay muchos que cumplen doble función, como el carnicero de la esquina, que los otros días me susurró al oído diciéndome que no me convenía protestar por la carestía porque lo habían nombrado policía y mi actitud lo comprometía ante el jefe. Su distintivo era simplemente un matamoscas que colgaba en una de las paredes del negocio. “¿Y por qué no compra también este trozo?”, dijo con su nueva cara de policía, y acepté aunque la compra arruinase mi presupuesto. Enseguida me llevó a la trastienda y me dijo que la falta de uniforme tenía por lo menos dos ventajas: a, mezclarse libremente con la gente, y b, salvarse de la violencia que contra los uniformes ejercitan a veces los desesperados o suicidas.
Todo eso me lo dijo el carnicero por la mañana, y yo entendí que con esas confidencias confirmaba la amistad o casi amistad que había entre nosotros, o la supervivencia de la cordialidad entre cliente y comerciante, o la condición de vecinos simplemente. Pensé que su nombramiento no alteraba estas cosas. Pero esa tarde se encargó él mismo de demostrarme lo contrario a la salida de la iglesia.
Un grupo de vecinos católicos había ido a la iglesia a pedirle al Obispo que dijese una misa para rogar por el no encarecimiento de la vida y para que mucha gente no pasase hambre, todo lo cual fue prolijamente expuesto ante el Señor de las Alturas. Yo asistí también pensando que no habría represión en razón de que nadie pedía nada a las autoridades sino a Dios mismo, y el último código de faltas no decía que eso fuese un delito. Pero parece que lo habían modificado a último momento: un cuerpo militar fuertemente armado, denominado Escuadrón de Seguridad Socio-Teológica, irrumpió en el templo en mitad de la misa.
Todo el mundo sabe lo que pasó allí. Los soldados celebraron una misa paralela, bebieron el vino litúrgico, pusieron insignias al Cristo Yacente nombrándolo jefe del operativo y, mediante el apoyo de policías trepados en las imágenes y en las cúpulas -desde donde arrojaban gases invisibles que nos enceguecieron momentáneamente- nos sacaron a la calle y nos metieron en vehículos cerrados y nauseabundos.
Antes de subir al vehículo vi al carnicero, que me reconoció y dándome en la ingle con la punta de una trincheta y tres golpes en las vértebras cervicales con el mango de un serrucho me gritó al oído: “¿Y quién te ha dicho a vos, hijo de perra, que hay pobres y que tienen hambre?”.
Durante los días que estuve en la comisaría acepté todo como algo normal. El solo hecho de estar encerrado allá demostraba que estábamos equivocados antes de entrar. El silencio, el aislamiento, el encierro, nos proyectaban a otro plano desde el cual nuestras conciencias parecían gritos sin sentido. Era como descubrir la pubertad.
Cuando me soltaron y encontré todos mis libros quemados en el patio de la casa, no digo que me alegré, pero lo consideré normal. Después de todo, no tenía mucho sentido guardar los textos de la escuela secundaria. Uno podía acordarse más o menos de los griegos y los fenicios sin necesidad de tener que recurrir a los viejos textos. Después de todo, de lo único que hablaban era de guerras. Y nosotros no estábamos en guerra con nadie.
Mi primer impulso fue ir a la carnicería a comunicarle a aquel hombre mis nuevos sentimientos, pero me detuvo el temor que ahora me producía. No sé si la reflexión o la perplejidad, o las dos juntas, me hicieron comprender que ese temor debía ser transformado en cariño para que todo anduviese bien. Pensé en su cara, en su chaira de afilar cuchillos, en la tensión de sus ojos cuando me dijo hijo de perra, y vi que todo eso no tenía nada de terrible si uno procuraba aceptarlo porque era la única realidad que poseía.
Con ese nuevo sentimiento, aunque temiendo no poder expresarlo bien cuando estuviera ante él, fui a la carnicería. Me atendió como siempre, pesó la carne y cobró el importe. “¿Le importa que le dé el cambio en mercaderías?”, dijo normalmente. Estuve por decirle que lo retuviera, y no ya por temor, pero no atiné a nada y lo único concreto era que yo sonreía sin parar. El mismo me salvó de esa sonrisa que quizás hubiera podido perderme, cuando me llevó a la trastienda y me dijo de buen modo, la cara apenas severa: “Fue gracias a mí que solamente le quemaron la biblioteca; de lo contrario, la pena hubiera sido mucho más grave, aun teniendo en cuenta que usted no hizo nada por salvarse”.
Enseguida vinieron vecinos de la cuadra a saludarme y a felicitarme por la libertad que acababa de obtener. Los dejé hablar, no dije nada porque muchos de ellos tenían insignias o sombreros no comunes, botones casi dorados, zapatos con dos hebillas, dientes postizos, anillos en el dedo índice y otros detalles sospechosos. Pese a esto fueron amables y coincidieron en que yo tenía que dejar de ir a misas donde se protestara (era la primera vez que lo hacía, pero se referían a eso como si yo hubiese asistido toda mi vida a esas misas) y limitarme a la vida rutinaria y ordenada tal como la había concebido el último ministro de economía antes de que ese ministerio fuese suprimido por orden superior. Me felicitaron por estar vivo y entero y no haber sido violado.
Me sorprendió que entre ellos no estuviese Martín. Aunque pensándolo bien, si todos los vecinos que me visitaron eran policías, Martín, que no era vecino y además era un gran amigo, no vino seguramente para que no lo confundiera con un policía. Después de muchos pensamientos tan tortuosos como éste llegué a la conclusión de que el hecho de que Martín no hubiera venido a visitarme significaba que los demás eran policías y que por lo menos me quedaba un amigo todavía. Así que lleno de alegría ante esa perspectiva y con el corazón saturado de un sincero amor, quizás más sincero que el que se me impuso hacia el carnicero, fui a ver a Martín. No advertí en su indumentaria nada que me hiciera sospechar; pero habían pintado la casa, especialmente la fachada, y me entró la duda de que su casa fuese un juzgado. Él estuvo amable como siempre y lamentó mi encierro momentáneo. Su mujer, en cambio, habló todo el tiempo en voz baja, cosa extraña en ella, y tuve miedo. Pero como después de la prisión el miedo y el cariño se me mezclaron (el caso del carnicero), vi que las dudas ya no eran necesarias. De paso visité a Jorge, que se comportó lo mismo que Martín: no tenía insignias visibles y, mejorando el panorama, su mujer no ostentaba alteraciones perceptibles (al menos). Lo único que me hizo dudar fue una frase de él: “Espero que la experiencia de esta privación momentánea de la libertad sea aprovechada de la mejor manera posible”. La afirmación era ambigua, pero Jorge solía ser ambiguo, y esto me tranquilizó. Le pregunté si haría pintar la casa y aseguró que de ninguna manera: le gustaba su color actual y la conservación de la pintura era excelente.
En casa me encontré con mi mujer, a quien suponía en casa de mis suegros a partir de mi detención, pero que en realidad había sido detenida media hora después que yo y sometida a larguísimos interrogatorios sobre mi personalidad. Me dijo que en todo momento los policías habían estado correctos y que no tuviera miedos infundados porque no había sido vejada. Le preguntaron todo sobre su marido y en general pude advertir, acerca del efecto que le había producido el hecho, que su reacción era similar a la mía y que sentía un principio de amor por sus carceleros. Pasamos el resto del día conversando sobre el tema, coincidiendo en el creciente sentimiento de cariño hacia los policías sin llegar al extremo de querer volvernos policías, especialmente por la razón de que, como no tenemos hijos y vivimos en casa propia, no padecemos angustias económicas alarmantes.
Reconstruyendo los días anteriores a nuestra detención recordamos que habíamos visto a distintas horas, apoyado en cualquier cosa a pocos metros de nuestra casa, a un individuo con todas las apariencias de un civil, es decir, no un civil mismo. La primera vez que lo vi yo (no sé cómo lo habrá visto mi mujer), me pareció anormal. Y no dije nada a mi mujer porque advertí que mis deducciones no partían del aspecto del hombre, sino de que yo no lo miraba bien, precisamente porque tenía miedo de mirarlo. Entonces me pareció normal, de modo que no comuniqué mis sospechas a mi mujer. La cuarta o quinta vez que lo vi volví más los ojos hacia él (en realidad bajándolos y percibiendo sólo su periferia), persistí en mi apreciación de que era normal. Al mes y medio de tenerlo ya casi a las puertas de la casa (y al parecer sin propósitos de allanamiento) reuní valor para saludarlo. No respondió. Al día siguiente (había pasado la noche parado y apoyado contra la puerta de mi casa) le pregunté si deseaba algo, y me dijo que no con un solo gesto que no me atreví a percibir cabalmente. Después (y todo esto sin consultar con mi mujer, porque no quería alarmarla ni hablarle del individuo aunque ella también lo veía a diario y quizás padecía las mismas dudas) le pregunté directamente si era policía, guardando para más adelante una pregunta siguiente en el sentido de indagar por qué estaba allí, en mi casa. El hombre pensó un instante mirando en su ropa hacia abajo como buscando un signo propicio, y me dijo airadamente: “¿Adónde estaba usted cuando salió la ordenanza?”. Después se encerró otra vez en los pliegues de su ropa. Pero parece que mi pregunta logró algún resultado porque al día siguiente desapareció. Mi mujer sostiene todavía que esa pregunta fue el origen de todo lo demás.
La evocación de los sucesos preliminares nos alteró bastante, pero la alegría del reencuentro fue poniendo otra vez las cosas en su lugar. Cuando recuperamos la facultad de razonar normalmente nos preguntamos cómo podía haber tantos policías en una ciudad tan pequeña y sobre todo tan pobre, independientemente de la simpatía que uno pueda sentir por ellos. Ella aceptó que no estaban puestos para espantar leones o gitanos, sino que eran los propios leones quienes espantaban a la gente necesitada de comida. Y como justamente los que día a día van convirtiéndose en seres necesitados de comida recurren al acto de convertirse en policías para poder comer mejor, llegará un momento en que todos seremos policías. ¿Y contra quién actuaremos entonces?, reflexionábamos.
Debo añadir, en honor a la verdad, que durante los días que estuve detenido e incomunicado no sufrí vejaciones ni torturas. En realidad, mi detención duró un solo día, es decir, un día para cada uno de los actos ejecutados en las distintas secciones de la prisión:
Sección anatómica
(donde me pintaron los dedos de las manos y de los pies; donde me hicieron análisis de sangre, orina, materia fecal, además de un par de electroencefalografías, etc.)
Cultura física
(me instruyeron en la resistencia a los gases inhibitorios, resistencia testicular a la electricidad, resistencia óptica a los destellos, resistencia ósea a la tracción cefálica, momento de máxima saturación, etc.).
Material
(resistencia al cuchillo, a la trincheta, a la gubia, al sacabocados, al tridente, a las lúnulas, a las llaves de fuerza baco, de varilla, de cadena, de pico de loro, estriadas, inglesa, etc.; resistencia a la metralleta, el obús, el revólver, el matagatos, el arco y laflecha; al misil, al carbón de piedra, al fuego fatuo, etc.; resistencia al gas lacrimógeno, al gas estoico, al gas butano; al neutralizador, esterilizador, afrodisíaco; al gas del olvido, del recuerdo, del temor; al gas atisbante, memorizante, sibilino; resistencia a los microbios, a los virus, a la herencia, a la razón, al amor, al vigor, a las palabras de Martín, etc.).
Adoctrinamiento
(uso correcto del devanador de circunvoluciones, del servo paralizante, de las tijeras elementales, del bisturí silencioso, de la anestesia permanente, del eliminador de argumentos, del transformador de verdad en mentira, del viceversa, del abrelatas, del abreconciencias, del abresexos; de los perros ideológicos, de los perros sensibilizantes, de los perros paralizantes, de los perros hierofantes, de los perros post mortem, del perro anticristo, etc.; del modificador de ideas sensibilizantes, sociologizantes, humanizantes, cooperativizantes, etc.; del paralizador simultáneo de ideas latentes, congruentes, inocentes, consecuentes, divergentes, referentes, refrescantes, movilizantes, esperanzantes, etc.) y
Psicología
(donde me detectaron y clasificaron los siguientes complejos: de igualdad, de fraternidad, de evolución, de regresión, de comunión, de comunicación; de justicia, de sentido común, de hambre; de paraísos perdidos, de presente, de futuro; de paraísos futuros, presentes o perdidos, etc. Los psicólogos policiales me hicieron tomar pastillas contra: los deseos, entre ellos los de salir, entrar, comprender, justificar, analizar, pensar, cooperar, disimular, volver, usucapir, y en general todos los terminados en ar, er o ir. Propósito de enmienda y evitar las ocasiones próximas de pecado amén).
De las secciones restantes no puedo hablar por razones que tuve que comprender, etc. En cuanto a mi situación actual, me encuentro aparentemente en un callejón sin salida. Digo aparentemente porque he visto que en el resto del mundo a mi alcance las cosas son más o menos parecidas, o sea que el callejón es tan grande que parece en realidad una salida, la única. Este callejón es el sustituto de las costumbres de los hombres. Parece que no hubiera libertad posible, porque cualquier libertad nos pone en el camino de la fragilidad. Y aunque lo digo sin convicción, es necesario decirlo, aunque todavía nos queden amigos como Martín y como Jorge. Pero todos son tan ambiguos e inseguros como yo. Todos tienen detalles sospechosos en la ropa. Por eso hoy, después de visitarlos otra vez, resolví quedarme solo para lo que venga. Las opiniones que ellos me dieron sobre mis temores pueden sintetizarse así: que tus actitudes futuras sean para bien y no para mal; la caída puede ser salvación; palabra y piedra suelta no tienen vuelta; más vale prisión en mano que libertad volando; hacete amigo del juez; el pecado mayor del hombre es haber nacido; después de todo, nadie puede ir más allá de su propia saciedad; coraje, escapemos; lo importante es seguir viviendo, etc.
Esos son los pensamientos fundamentales que debo retener como integrante de la mayoría silenciosa. Imposible huir. Imposible salir de aquí. Se dice que en todas partes es lo mismo y que el mundo está lleno de hombres uniformados. Ellos tienen la razón, la verdad, el camino, la vida, el poder, la gloria, etc.
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