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Jean Reibrach - El tío Tomás


  I

  El señor y la señora Simonnot se quedaron estupefactos cuando alguien les trajo, una mañana, la noticia de que el tío Tomás acababa de morir dejándoles su fortuna como herencia. Ambos habían conservado un recuerdo tan vago del tal tío, que tuvieron necesidad de hacer un verdadero esfuerzo para acordarse del pobre trapero con el cual los había ligado un parentesco lejano.
  Pasada la primera impresión, marido y mujer se miraron moviendo la cabeza. El hombre hizo una mueca de desdén y dijo:
  -Por insignificante que sea, siempre es preciso convenir en que esa herencia es una ganga. Figúrate, por ejemplo, que no sean más que cien francos; eso nos bastará para pintar de nuevo la relojería, para pagar el arreglo de las lámparas de gas del almacén y para hacer las otras reparaciones en que pensamos desde hace tiempo.
  Poco a poco los recuerdos de la señora Simonnot fueron aclarándose. Acordóse del tío Tomás que vivía siempre cual un oso, lejos de su familia que lo miraba con el más profundo desprecio y calculó que había muerto a los ochenta años de edad.
  -Sin duda el oficio de trapero -dijo al fin- no debe de ser muy productivo; mas, a pesar de todo ¿si hubiese trabajado durante toda su vida?... si, como es probable, no hubiese gastado casi nada?... porque esa gente come con tres cuartos...
  -En todo caso -dijo el marido- la idea de legarnos su fortuna no deja de tener gracia.
  Pero la mujer seguía haciendo cálculos:
  -Supongamos, por ejemplo, que no sean más que...
  Y después de vacilar un momento, como si la cifra le pareciese enorme, terminó diciendo:
  -¡Cuatro o cinco mil francos!
  El marido alzó desdeñosamente los hombros; pero cuando hubo reflexionado bien, comenzó a sonreír y dijo con una alegría brusca:
  -¡Caramba! pues si en efecto hubiera sido tan ahorrador como tú crees...
  - ¡Ah! lo que es eso, sin duda.
  -Pues entonces... con esos viejos maniáticos uno no sabe nunca a que atenerse... pero...
  Sus palabras tenían tal acento de gravedad profunda y sus movimientos sugerían tan altas esperanzas, que la mujer interrumpió de nuevo diciendo:
  -A ti se te figura pues...
  Pero él no se atrevió a responder categóricamente y sólo dijo:
  - No, yo no me atrevo a asegurar nada... pero... en fin... ¿No leíste hace poco tiempo lo que decía el Petit Journal? Pues decía que un hombre como el tío Tomás, un viejo trapero, había encontrado doce cubiertos de plata en un montón de basura...
  Ambos comenzaron a mirarse con ojos en cuyas pupilas brillaba ya el reflejo del oro.
  -¡Oh! -dijo al fin la señora Simonnot- me espantas... ¡Mira que si la herencia fuese de veinte mil francos!...
  -¿Y, por qué no? Esos viejos avaros suelen ser muy ricos.

  II

  Al día siguiente el relojero despertó muy temprano a su mujer para decirle:
  -¿Sabes? Ahora me acuerdo de haber leído hace un año, en un periódico cualquiera, que un trapero había muerto dejando, bajo su colchón de paja, veinte mil francos en oro, sí, en oro purísimo.
  El oficio del tío Tomás comenzaba ya a parecerles noble y respetable.
  -Nadie sabe -continuó el señor Simonnot- lo que son los traperos. Ellos encuentran todo lo que quieren: joyas, portamonedas llenos de escudos, carteras llenas de billetes de banco y mil cosas más.
  Sin embargo, no queriendo pasar por atolondrado ni por visionario, se contentó con decir en voz alta, seguro de no engañarse:
  -En todo caso, por lo menos tendrá unos quince mil francos... sí, quince o veinte, sin duda ninguna... verás lo que te digo.
  Contentos con la perspectiva de los tres mil duros, ninguno de los dos se aventuró a variar la cifra, contentándose con hacer proyectos y con acariciar ensueños. Por lo pronto era necesario mejorar la tienda. Durante algunos momentos no se trató entre ellos sino de la futura instalación. Los quince mil francos serían una mina inagotable.
  Al mismo tiempo, el elogio del tío Tomás brotaba de sus labios entre cálculos numéricos y entre palabras de esperanza. El olvido en que comenzaban a sepultar su propio pasado, sepultaba al mismo tiempo el pasado del difunto.
  -Lo que siento -decía la mujer- es no tener ni su retrato.
  -El mejor de la familia -decía el marido.
  Y durante algunos días no comieron un bocado de buen pan ni se llevaron a los labios una copa de buen vino, sin murmurar:
  -¡Pobre tío!... ¡Si él estuviese aquí!...
  -¡Qué contento se pondría, en efecto!
  Figurábanse al buen viejo trabajando para ellos, ahorrando para ellos, viviendo virtuosamente entre privaciones y tristezas; y esa nueva visión los enternecía de una manera singular. El árbol del amor renació de pronto en el alma del marido.
  A veces, mientras sus imaginaciones fabricaban castillos en el aire, sus manos se unían estrechamente formando entre ambos un lazo cariñoso.
  A la hora de comer, por la tarde, los ojos de la señora llenábanse de lágrimas cuando su marido decía levantando su voz:
  -¡A la salud del tío!
  Simonnot comenzaba, sin embargo, a hacer seriamente sus cálculos, convenciéndose de que los quince o veinte mil francos no serían inagotables. Era, pues, necesario ser muy juiciosos y no considerar la herencia sino como el principio de la fortuna.
  La mujer hablaba ya de comprar una tienda en los grandes bulevares.
  El marido le dijo:
  -Me parece que corres demasiado, hija.
  Ella respondió:
  -Pero y después de todo¿por qué no han de ser sino veinte mil, los francos de la herencia?
  Él se puso a recapacitar sin atreverse a decir nada, pero su deseo y su imaginación, decían como su mujer: "¿Por qué no han de ser sino veinte mil?"
  -¡Al fin y al cabo era un noble trapero!
  Y sus gestos terribles evocaban la figura de un trapero que hubiese dominado a la humanidad.

  III

  El día fijado por el notario para la apertura del testamento, llegó al fin y los señores Simonnot supieron que el tío Tomás les dejaba veinticinco mil francos.
  Ambos se volvieron algo pálidos, pero cuando llegaron a su casa, el marido no pudo contenerse:
  -Ya lo ves -dijo- veinticinco mil francos nada más...
  La mujer se apelotonó en un sillón sin responder una palabra. Entonces el relojero plantóse frente a ella y continuó, moviendo ferozmente los brazos:
  -¡Veinticinco mil francos, es decir, cinco mil duros!... Un hombre que recogía portamonedas y joyas todos los días... un hombre que no tenía necesidad de gastar mucho... porque, en efecto, no tenía necesidad de nada... ¿Qué haría con su dinero?... Estoy seguro de que en vez de guardarlo, iba con mujeres, y que en vez de trabajar, se emborrachaba... Sí, tu tío era un perdido... ¿Quieres que te diga? Pues bien, si estuviera vivo, ahora mismo iría yo a meterle en el hocico sus veinticinco mil porquerías...
  Luego se calmó y bajando algo la voz siguió diciendo:
  -¿Ya lo ves? Todos los miembros de tu familia han sido unos marranos. Tú eres una excepción, pero los demás fueron unos verdaderos granujas. Confiesa que la conducta del tío Tomás era horrible y a los ochenta años, ¡caramba! es necesario hacerse respetar, ya que no por sí mismo, al menos por sus parientes ¿no es verdad?
  -Sí - contestó la mujer-, reconozco que no te falta razón; pero bien sabes que ese viejo oso me inspiró siempre una gran desconfianza.
  -Lo cierto -concluyó diciendo el marido- es que no tenemos más remedio que aguantar. Hemos sido víctimas de un robo miserable y nada más.
  Los Simonnot, en efecto, recibieron con resignación el dinero, contentándose con cambiar de casa, con establecer una relojería algo mejor en un barrio elegante y con ganar diariamente el doble de lo que siempre habían ganado. Durante muchos meses ni siquiera pronunciaron el nombre del difunto tío, pero en el fondo siempre pensaron en él con rencor. Algunos años más tarde, Simonnot les contaba a sus amigos por la noche, a la hora del dominó, la leyenda de ese abominable tío Tomás que los despojó a ellos del dinero que les correspondía, para ir a emborracharse con una multitud de mujeres perdidas.

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