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Foly Galán - El torreón



... Para mi admirado padre: Alfonso Morales y Morales, del cual heredé esta extraña afición mía por escribir...

Capítulo 1º
REGRESO

... Después de casi veinte años viviendo fuera de su país natal, Gustavo regresó a su patria; siendo acompañado por su esposa francesa: Brigitte, con la que llevaba quince años de matrimonio; y por el hijo varón de ambos: Lucien, de doce años de edad. El motivo de su repentino y obligado retorno a España era el reciente fallecimiento de su anciano padre: Roberto, el cual había nombrado a Gustavo, su único hijo, como principal beneficiario de una considerable fortuna: la cual incluía varias propiedades inmobiliarias repartidas por toda la nación; entre las cuales, se hallaba también la sede de la empresa constructora que el difunto había fundado y dirigido hasta el día de su precipitada muerte, al caer al vacío tras desmoronarse accidentalmente el andamio en el que se encontraba supervisando el trabajo de algunos de sus operarios.
... Previamente, Roberto dispuso una cláusula en su testamento por la cual su hijo debería continuar dirigiendo la empresa por la que él había luchado tanto toda su vida; obligando a Gustavo a contraer de forma vitalicia dicha responsabilidad si deseaba poder disponer de la gran fortuna de su progenitor; de lo contrario, todos los bienes del recién fallecido pasarían inmediatamente a manos de otros familiares o entidades benéficas. Gustavo siempre había evitado o eludido trabajar en la empresa familiar a pesar de la constante insistencia de su padre, ya que el joven buscaba alcanzar metas algo más intelectuales; de hecho, tras la muerte de su madre, que habitualmente solía interceder por él ante su marido, los reiterados argumentos y amenazas con que Roberto acosaba diariamente a su hijo, para que trabajara con él, habían sido determinantes y el principal motivo de su posterior decisión de abandonar España para ir a trabajar a Francia; donde, poco después, acabaría como profesor de español en una pequeña escuela de idiomas en la Riviera Francesa. Así conocería a su esposa Brigitte: ella fue una de las primeras alumnas a las que ayudó a dominar el castellano.
... Los sueños y aspiraciones profesionales de Gustavo no habían llegado a materializarse en el extranjero tal y como él esperaba. Ahora tenía una mujer y un hijo, estaba a punto de cumplir los cuarenta y cinco años de edad, y era plenamente consciente de que sus expectativas presentes en Francia no eran demasiado prometedoras; en cambio, si aceptaba el reto que le ofrecía póstumamente su padre, podría sacar cómodamente adelante a su familia y hasta ofrecerle a su hijo Lucien, en un futuro, la posibilidad de tener también un medio de vida asegurado, aunque no fuera realmente de su agrado. Tras la resignada aprobación de su mujer y de su hijo, Gustavo realizó diligentemente todos los trámites necesarios y tomó el control de la empresa de su padre; estableciéndose con su familia en la misma casa, repleta de entrañables recuerdos, en la que él había pasado su infancia. Irónicamente, pronto prescribirían todos sus prejuicios del pasado y demostraría una magnífica capacitación para continuar con el legado de su progenitor, ganándose merecidamente el respeto y la sincera admiración de todos sus empleados.

Capítulo 2º
REENCUENTRO

... A pesar de todas sus recién adquiridas responsabilidades, Gustavo continuaba dedicando a su familia todo el tiempo que le era posible; procurando realizar regularmente, todas las semanas, alguna excursión por los alrededores, con el fin de que su mujer, y principalmente el niño, conocieran algunos de los rincones o lugares favoritos de su infancia, que se hallaban repartidos por toda la preciosa provincia en la que se había criado. Uno de esos sitios preferidos de Gustavo era "el torreón": una monumental construcción de piedra que se levantaba desafiante en la cima de una colina próxima a la costa. Desde niño, él siempre sintió una gran predilección por aquella edificación misteriosa y enigmática, sobre la cual se popularizaron multitud de historias o leyendas, algunas de ellas considerablemente escalofriantes.
... Gustavo compartió entonces con su hijo todas aquellas habladurías que en el pasado había escuchado en boca de los lugareños sobre aquel torreón. El pequeño Lucien se deleitaba con la narración de su padre, mientras observaba con interés las regias paredes de piedra que se elevaban hacia el cielo revestidas de hiedra y musgo. Supuestamente, aquella construcción databa de finales del siglo XIX y había sido levantada por el afán de un padre por recuperar a su hijo: un piloto naval desaparecido en alta mar junto con su embarcación. Según se contaba, era habitual ver al hombre siempre en lo alto de la torre, oteando el horizonte con su catalejo hasta los últimos días de su vida; esperando ver aparecer en cualquier momento el velamen del bergantín que capitaneaba su descendiente. Finalmente moriría en la cima de aquel torreón, con el catalejo en la mano. Tras aquello, sospechosamente, todos los posteriores propietarios parecían siempre enfermar también del mismo "síndrome del horizonte" que el primer morador; viendo todos ellos como se convertía en ineludible obligación obsesiva su inicial pasatiempo inocente de observar el océano. Al parecer, eran poseídos por el espíritu del padre del marino desaparecido, que los reclutaba desde el más allá para que continuaran con su noble, aunque nostálgicamente enfermizo, cometido paternal. Lo cierto es que, desde que Gustavo era niño, recordaba ver siempre a alguien en lo alto del torreón, vigilando el horizonte incansablemente. Pero ahora, casualmente, ya nunca se veía a nadie por allí.
... Todo el recinto se hallaba lamentablemente descuidado y desatendido, y la vegetación se afianzaba entre los muros y suelos, convirtiendo el lugar en prácticamente intransitable. Evidentemente, estaba completamente abandonado y deshabitado. Gustavo, que desde siempre había sentido curiosidad por subir a lo alto de aquella misteriosa torre, espontáneamente, le propuso a su hijo acceder al interior para explorarlo a fondo, aprovechando que una de las ventanas de la planta inferior aparentaba estar entreabierta; mientras, Brigitte permanecería fuera, para alertarlos en caso de que viniera alguien. Efectivamente, a través de aquella ventana pudieron entrar y recorrer en la penumbra toda la planta baja, tras lo cual, decidieron ascender por la deteriorada escalera de piedra que daba acceso a la parte superior. Una vez arriba, pudieron saludar a Brigitte desde lo alto y disfrutar de unas maravillosas vistas del mar y de gran parte de la comarca. Pero, además, Gustavo también pudo sentirse observado por su pasado, por su padre y por sus recuerdos, porque el "síndrome del horizonte" no es más que la subjetiva visión de nuestra vida condicionada por la individual madures del conocimiento y la experiencia, que a veces nos puede llevar a recluirnos cobardemente en nosotros mismos y plantearnos metas inalcanzables, egoístas, triviales o efímeras, sólo para huir de una realidad que infantilmente no queremos aceptar.

Fin

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