... "A mi hijo Alejo, por haber logrado hacer de mí un buen padre"…
Capitulo 1º
EL NUEVO INQUILINO
... Por aquel entonces, vivía con mis padres en una preciosa casa estilo colonial de dos plantas y con una buhardilla considerablemente amplia y luminosa, en la que guardaba todos mis juguetes, y en la que disfrutaba tremendamente jugando todos los días al salir del colegio, tras acabar con mis deberes impuestos; sobre todo los fines de semana, los cuales pasaba allí prácticamente desde que me despertaba hasta que me obligaban a irme a la cama.
... Papá era empresario y afortunadamente su negocio marchaba viento en popa, por lo que nuestra economía nos permitía darnos bastantes caprichos. Recuerdo que algunos de mis compañeros de la escuela reconocían abiertamente envidiarme por ello. Pero cuando mi padre falleció inesperadamente al sufrir un infarto fulminante, irremediablemente, nuestra situación económica se tornó en preocupante. Fue cuando yo tenía tan solo nueve años, aunque en aquella época presumía de que ya eran casi diez, puesto que únicamente me faltaban exactamente dos meses para celebrar mi cumpleaños.
... Repentinamente, mi madre y yo nos hallamos solos en aquella casa enorme, y a pesar de la pensión por viudedad que percibía, y de los trabajos de costura que ella realizaba, a penas nos alcanzaba para mantenernos, así que mamá decidió anunciar en varios establecimientos de nuestra localidad, que alquilaba la espaciosa buhardilla, ofreciendo también al posible inquilino, la opción de beneficiarse además de pensión completa, con desayunos, almuerzos y cenas, a cambio de un justo suplemento adicional en el precio del arrendamiento.
... Después de rogar y suplicar inútilmente durante casi dos días, finalmente, apenado, tuve que deshacerme inevitablemente de gran parte de mis juguetes, para desalojar mi rincón preferido de la casa y dejarlo totalmente vacío para nuestro futuro huésped. A los pocos días, comenzaron ya a presentarse por nuestro domicilio algunos curiosos, pretendiendo ver la habitación y socavando información sobre el precio y las condiciones del arrendamiento. La mayoría de los que pude conocer por coincidir con las horas ó los días en que me encontraba fuera del colegio, aparentaban estar disconformes ó se comprometían a ponerse en contacto con nosotros días más tarde, pero luego nunca lo hacían. Y mi madre por su parte, condicionada por nuestros apuros económicos, supongo que se mostraba tan dispuesta a dar facilidades que lograba fomentar la desconfianza de los candidatos.
... Aquel incómodo y angustioso peregrinar de visitantes se prolongó durante algo más de un mes, hasta que un viernes, al regresar de la escuela, mamá me presentó a Vladimir: era un hombre alto y robusto, de unos sesenta años aproximadamente, con acento extranjero, educado y con expresión seria y distraída. En principio me aterró la idea de que aquel desconocido viviera en nuestra casa; hasta le reprochaba en silencio al recién llegado, injusta e infantilmente, que se hubiera apropiado de mi adorada buhardilla, e instalado allí sus misteriosas pertenencias; las cuales en su mayoría mantuvo guardadas en los dos enormes baúles que había traído consigo, y que permanecieron arrinconados durante todo el largo periodo de tiempo que lo tuvimos de inquilino.
... No tardaríamos demasiado en acabar tomándole un considerable afecto y simpatía, por la constante cordialidad de su trato: siempre cariñoso, ameno y cortés, colaborando habitualmente con mi madre en las labores domésticas, más incluso, de lo que yo recordaba haber visto hacer jamás a mi difunto padre. Convirtiéndose lógicamente, muy pronto, en un indiscutible miembro más de nuestra modesta familia. Aunque en mi caso, para ser totalmente honesto, más bien compró en cierta forma dicho aprecio, puesto que él me pagaba generosamente por todos los insectos que yo capturaba y le llevaba para sus presuntos y misteriosos experimentos secretos; principalmente con las moscas, por las cuales él me desembolsaba algunos céntimos de más, dando siempre muestras de evidente satisfacción esbozando una gran sonrisa.
... Con el tiempo, mi madre fue logrando sonsacarle discretamente a Vladimir, que resultó ser un eminente científico jubilado, exiliado recientemente de la Unión Soviética, donde había pasado casi toda su vida encerrado en laboratorios inimaginables, dotados de avanzadísima tecnología, en los que se sentía obligadamente sujeto a extremadas normas de seguridad, por estar dedicado a la investigación de nuevas armas ambiciosamente futuristas para el ejército, ó trabajando para el gobierno en escalofriantes experimentos de alto secreto; nos contó que hasta había colaborado activamente en multitud de exitosos proyectos aeroespaciales.
... En ocasiones, aquel hombre nos desconcertaba tanto a mi madre como a mi, ya que sospechosamente, demostraba conocer algunos pequeños detalles de nuestras cotidianas actividades hogareñas, pero sin haberlas presenciado; simples insignificancias, pero que no dejaban de ser inquietantes. Tales como, saber el paradero de algún objeto que mamá no recordaba donde había dejado, ó mi escondite secreto para el dinero que él me abonaba por los insectos, a pesar, de que yo siempre me aseguraba perfectamente de que nadie me viera, cuando introducía debajo de una tabla suelta del suelo, detrás del mueble aparador del comedor, la cajita metálica que por entonces usaba como cofre para guardar mis mágicos tesoros y recuerdos personales; como mi fotografía familiar favorita, en la que papá felizmente me sostenía en brazos, mientras besaba a mamá con manifiesta dulzura.
... Progresivamente, mi curiosidad con respecto a sus experimentos con las moscas, fue eclipsando mi inicial interés meramente comercial, hasta el punto de llegar a interrogarlo finalmente un sábado por la tarde, aprovechando que mamá había salido para realizar algunas compras, y haciendo uso de la afianzada complicidad que nuestra relación había generado gradualmente a lo largo de las semanas, que iban pasando rápidamente desde su llegada a nuestra casa; con su entrañable y remarcado acento soviético, me dijo:
-¡Mi querido y joven amigo, como dicen ustedes, más vale una imagen que mil palabras!-Luego me pidió que le acompañara hasta mi antiguo cuarto de los juguetes, y una vez allí, esbozando una espontánea y pícara sonrisa de satisfacción, evidentemente orgulloso de sus sorprendentes logros, me mostró la inconmensurable labor que realizaban para él, y por supuesto para la ciencia, todas aquellas moscas que yo hábilmente atrapaba a diario, y que posteriormente le vendía provechosamente, recuperando con ello el estatus que había perdido después de la muerte de mi padre, entre mis demostradamente interesados amigos del colegio, que ahora volvían a desear estar conmigo para que compartiera con ellos las deliciosas golosinas que compraba durante los recreos en el pequeño bar de la escuela.
Capitulo 2º
VENTAJAS E INCONVENIENTES
... Vladimir me hablaba emocionado, apasionadamente descontrolado, intentando explicarme de la mejor manera que le era posible sus increíbles descubrimientos y monumentales avances, pero lo hacía tan velozmente, y usaba tanta terminología científica ó técnica, que por más que yo me esforzara, no lograba entender casi nada de lo que él me decía; en más de una ocasión, se dejaba llevar tanto por el entusiasmo que llegaba inconscientemente a finalizar las frases usando su lengua natal, alejándose así con ello, más aún, de su verdadero objetivo, hasta que afortunadamente me hizo una breve demostración práctica, con la cual, sobró inmediatamente para mí su incomprensible palabrería.
... Entre lo poco que alcancé a entender del atropellado monólogo de Vladimir, le escuché comentar con nostalgia el por qué de la precipitada huida de su amada nación: sus experimentos orientados en pro de la ciencia médica, con el fin de devolverle la visión a los invidentes, una vez más, igual que con sus anteriores proyectos, estaban siendo pretendidamente encaminados en contra de su voluntad hacia fines pura y exclusivamente bélicos. Por ello, decidió abandonar su nación, su adorado trabajo y a sus familiares e inseparables compañeros del laboratorio, para continuar con sus investigaciones en solitario, libre de toda coacción ó amenaza.
... Nuestro huésped, había desarrollado un microscópico emisor, el cual acoplaba minuciosamente en las cabezas de los insectos que yo previamente cazaba para él, auto-alimentándose de la energía que desprendían sus ingenuos portadores de alguna forma que supuestamente Vladimir me explicó aunque yo no lograra entender, transmitiendo autónomamente una especie de onda codificada, ó algo similar, que simultáneamente, él podía trasladar a la pantalla de un monitor, y gracias a un decodificador también de su invención, milagrosamente podía observar nítidamente todo lo que miraba el insecto en tiempo real.
... En cualquier momento del día, nuestro insólito inquilino, podía observar las mismas escenas hogareñas que sobrevolaban las moscas que premeditadamente soltaba dentro de nuestra casa, después de implantarles aquel magnifico micro-transmisor, gracias al cual, desde su ordenador portátil ó a través de la pantalla de su fantástico reloj de pulsera, podía vernos fácilmente a mi madre ó a mí en nuestro desenvolver cotidiano; por eso conocía mi escondite secreto del comedor, del cual me olvidé por completo, al tener emociones considerablemente superiores que eclipsaban totalmente el placer que antes sentía al recrearme durante horas observando mis ahora ridículos e insípidos tesoros infantiles.
... Previamente a su evasión de la Unión Soviética, eliminó intencionadamente la totalidad de la información sobre sus descubrimientos: tanto los planos, esquemas y anotaciones, como todas las variantes anteriores de los prototipos experimentales del supuesto emisor, quedándose tan solo con la nueva versión actualizada del mismo, la cual, al ser considerablemente mucho más reducida en cuanto a su tamaño, pudo ocultar perfectamente para traspasar las fronteras necesarias y conseguir llegar a nuestro país.
... Su apasionada confesión, afianzó más sólidamente nuestra cómplice amistad, aunque dañó consecuentemente a mi floreciente economía, ya que dejé de ser un simple suministrador de aderezo en su laboratorio, para consolidarme en copartícipe y autentico socio científicamente activo e incondicional en sus investigaciones. Ahora, mi adorada buhardilla, volvía a proclamarse como el rincón de la casa más adictivo para mí, del que apenas salía, como antes de habérselo alquilado a nuestro inaudito huésped soviético. Hasta que el destino, nuevamente, volvió a desviar el rumbo de los acontecimientos.
... Un lunes, al regresar de la escuela, subí corriendo las escaleras para reunirme con Vladimir, pero ya no estaban allí, ni él, ni sus dos gigantescos baúles. Mamá, entonces se acercó a mi, e intentando ocultar su tristeza sin éxito alguno, me informó de lo sucedido: cuatro individuos con acento ruso, habían aparecido por casa preguntando por nuestro inquilino, poco después de que yo me encaminara al colegio, y a través de la ventana de la cocina, ella pudo ver impotente como prácticamente lo arrastraban hasta el coche en el que habían llegado, y en el que Vladimir subió a regañadientes. Jamás volvimos a verlo, ni a saber nada más sobre él.
... Y pasaron los años, hasta que un día, poco después de fallecer mamá y decidirme por vender la casa, al ver a dos de los operarios de la empresa de mudanzas que había contratado, transportando el pesado aparador del comedor, recordé instantáneamente mi antiguo escondite secreto bajo el carcomido suelo de madera, el cual había llegado a olvidar por completo. Dentro de la oxidada cajita metálica que usaba de niño como cofre del tesoro, hallé, además de mis consabidas pertenencias, el reloj de pulsera decodificador de Vladimir, junto a un sobre cerrado, en el que me había dejado dos de sus microscópicos transmisores. Y de pronto, súbitamente, me percaté de por qué aquel sinvergüenza de Vladimir, me enviaba habitualmente a soltar premeditadamente tantas de sus "mosquitas espías" en los cuartos de baño de nuestra casa, y sobre todo, en el dormitorio de mi madre... ¡Maldito viejo verde comunista!...
Fin
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