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Fernando Nachón - El triunfo


Desde que llegas los perros te vigilan. La mayoría son negros. Te van siguiendo por lo menos cuatro. Están esperando a que te llegue la hora de cagar para ir sobre tu mierda. El pueblo se llama El Triunfo (aunque no puedan creerlo). Está enclavado en la selva veracruzana de la República Mexicana. La población no excederá de cien. No existen las mujeres ni las flores, y todo es más húmedo que un maguey aplastado. No hay calles, no hay agua potable, no hay luz, no hay nada: sólo alcohol, niños, puercos y perros.
Yo llegué al amanecer con un amigo; nos sentamos en el quicio de lodo de lo que supuestamente era una tienda. Sólo, como un aviso de Dios, se veía un anuncio viejo de coca-cola.
-¿Este es El Triunfo? -le pregunté al Calacas, que es por el que estamos aquí.
-¿Tú crees?
-Te creo. Todo es posible en la paz.
Habíamos llegado al amanecer porque en estas historias siempre se llega al amanecer. Un hombre viejo, flaco como una astilla, demasiado moreno, casi negro, nos miraba como a un par de insectos extraños al sitio.
-Buenos días -saludó mi cuais.
-¿Qué tal, joven?
-Vine a buscar al maestro que arregla las bicis.
Puras mentiras, lo que queríamos eran hongos alucinógenos.
-Ha de estar en su casa...¿ya le tocó?
-Sí, pero yo no creo que se haya despertado.
-Entonces no llegó a dormir, ese bicicletero es bien cabrón -dijo el viejo relamiéndose el labio superior que parecía una fea lombriz.
Niños de tres años nos rodearon como un ejército de hormigas. Veían mi pelo castaño, mis ojos color azul cielo mediterraneo, mi piel de artista de cine y mi reloj que daba la hora de México y de Inglaterra al mismo tiempo; comprendí por qué me odiaba mucha gente: porque pocos saben la hora de Inglaterra.
-Parece que de nada nos sirvió el viajecito hasta acá -le dije a mi cuais.
-Pérate, gordo -me dijo- orita aparece "El Rayos".
-Ya comienzo a desesperarme. ¿Qué no habrá un cuarto con estereo, cama y música para echar la hueva?
El Calacas desdeñó mi comentario y le dijo al delgado ser:
-Vamos a esperarlo aquí -y añadió dirigiéndose al vejete-: ¿Nos da dos cocas por favor?
-Sí, joven.
Nos las dio, estaban calientes.
Por la misma fiebre del refresco más largo de mi existencia... Ya que cada vez que levantaba la cara al cielo para beberlo, sentía que "algo" me rozaba el pantalón... era alguno de los flacos perros negros que andaba vigilando mi hora de ir a cagar.
-Está esperando a que vayas a cagar, y como eres gordo y güero, ha de pensar que tienes mierda especial -dijo "El Calacas" sonriendo.
-Los perros no piensan.
-Tú que sabes. Tú piensas, ¿por qué ellos no?
-Tienes razón.
-Orita le traemos los cascos -dijo "El Calacas" con el que me encantaba bromear y pasarla bien; tenía diez años de conocerlo y cotorreábamos chido.
-Nomás pérate, que voy a desayunar -dije, mientras mis vísceras rugieron como si estuvieran encerradas en un zoológico.
Compré unos panes dulces, pedí otra coca.
-Nomás tenemos pepsis.
-No importa -le dije al viejo.
-Pero están frías.
-Así las queríamos antes... -dije en voz baja-: tiempo pasado.
-¿Decía usted algo? -replicó serio, y luego dijo relamiendose la boca añadió-: ustedes pidieron cocas.
-Tiene razón. Denos dos pepsis frías, por favor, que me siento crudo sin haber bebido.
-Ha de ser por la caminata -intervino mi cadavérico amigo-. Como eres un gordo de ciudad, no sabes ni caminar -repuso moviendo su quijada de burro, como si masticara hierba.
-¡Cállate, burro!
Caminamos por una vereda repleta de hierba, pasto y genistas; un burro con la verga parada se le quedó viendo a mi cuais.
-¡Ahí te hablan! -le dije.
Chupasó con ese respeto!
La verga del animal parecía una víbora que rastreaba conejos. Estoy seguro de que si en ese momento hubiera pasado por ahí alguno, el pito del animal lo hubiera devorado por la uretra.
Seguimos andando. Al cabo de un rato nos sentamos en unas piedras debajo de un follaje tan cabrón que pensé que en cualquier momento nos podría salir un canibal.
Me sentí incómodo y me fui a refugiar a un gran árbol, el cual incitaba a ser trepado.
En eso se apareció un chavo de nuestra edad (23 años), y nos saludó.
-¡Quiúbole, Rayos! -saludó El Calacas
-¡Qué pasó? ¿Qué ondón?, me dijeron que andabas por aquí, ¿buscando hongos?
-¿Tan rápido te enteraron de nuestro rollo?
-Pues ya ves, aquí nadie viene...sólo por hongos.
-Aquí no conocen a los güeritos (rubitos) ¿verdad?
-Sí, luego vienen burgueses a viajar.
El Rayos se puso colorado por alguna razón inexplicable. Tenía la cara achaparrada como la de una piedra, aunque era más fornido que gordo.
Los perros nos acechaban como hienas. Sobre todo a mí por alguna razón que tuviera que ver con mi alimentación: me olían el fundillo esperando a que saliese su alimento.
-¿Ya desayunaron? -preguntó "El Rayos".
-Comimos panes.
-Es de lo raro que hay por aquí.
-Yo quiero otro pan -dije fríamente.
-Tú siempre tienes que tener algo en el hocico; si no son váliums, son refrescos o cigarros, o la que viste del burro.
-No agarres tanta confianza. Aunque tienes razón: con tres panes tuve.
-Vamos adonde está "El Choros", él te va a presentar unas familias.
-Vamos.
Llegamos. Sobre una mesa pobre, bajo un techo desvencijado de lámina y paredes de adobe, había unos platos, y cada uno contenía una familia: eran doce por plato. A mi me gustan los hongos porque, la neta, con el peyote nunca he podido, ya que por lo amargo tienes que pagar cover.
En eso llegó El Choros. Nos saludó y le dijo:
-¿Cómo los ves?
-Se ven buenos.
Se veían frescos; es increíble que una maravilla de la naturaleza, que te abre las Puertas del Infinito, crezca entre la mierda.
-¿Cómo los ves? -me preguntó "El Calacas"  como si me presentara oro puro.
-Se ven sabrosos. ¿Cuánto valen?
-A treinta pesos por familia.
-Está bien. Cómprale cinco familias, ya que le quiero regalar un par a un cuate que es político para ver si así se aliviana.
"El Calacas" sacó un frasco con miel que traía en un morral. Vació los hongos en el frasco y se hundieron como extraterrestres delgados y cabezones en oro líquido. Luego sacó otro y también metió cinco familias. Cada quien pagó lo respectivo y nos fuimos de ahí.
-¿Nos los comemos de una vez? -me preguntó el Calacas.
-Vámonos a Xalapa, y allá nos los chingamos.
-Es más chido viajar aquí en el campo.
-Pues a mi me late estar solo en mi casa, oyendo la música que me late.
-No, aquí está chido.
Un paraje como los que dicen hay en el Paraíso se levantaba sobre nosotros como un gran aliento de Dios; no había por qué no comerlos ahí.
-Bueno, ya vas, vamos a comernos unos.
Cada quien abrió su frasco y, usando una navaja, nos comimos unos cuantos. Al masticarlos, le dije a mi cuais:
-Saben a tierra.
-Simón, pero yo también los prefiero al peyote.
-Yo también.
Al deglutirlos, sabía que me comía los dedos de un duende. Un duende desaprobado en la mayoría del mundo.
-Vamos a enjuagarnos las manos.
Caminamos de nuevo a la tienda, y le pedimos al señor nos dejara usar su lavabo.
-¿Lavabo? -nos preguntó.
-Bueno, su cubeta -comenté con vergüenza, pues me daba verguenza ajena su pobreza (al igual que a los marxistas, pero sin meterme a redentor).
El Calacas volteó a ver la cubeta de agua sucia. Nos enjuagamos las manos como unos Poncio Pilatos del siglo XXI; el sol aplastaba la calle como un yunque; los pájaros se posaban en un alambre sólo para vernos a nosotros; las flores estaban tan ultrajadas por el calor que sus pétalos caían como tristes comisuras de doncellas abandonadas. Todo era perdición, aunque por lo menos no había bebido alcohol.
-Yo no sé para qué carajos me tragué los hongos aquí. ¡Vale veeeeerrrrrrga! -dije molesto.
-A mí ya me quieren empezar los bostezos.
-Ta´bueno cabrón, pa´que te pongas bien hongo.
-No lo dudo.
-Tú sí deseas mi bien, ¿verdá manis? -le pregunté con la amistad en los sesos, y la mano en los huevos.
-Simondor, mi cara de chorizo.
A mi también me comenzaron los bostezos; era un sopor como el que te entra cuando estás cansado de leer.
-¿Ya te está entrando? -le pregunté a mi lombriciento amigo.
-Ya -me respondió, sin darse cuenta de que lo albureaba.
Caminamos por entre unos matorrales, hasta que nos sentamos bajo una sombra.
-La cantidad de bostezos es directamente proporcional a la profundidad del viaje -me comentó.
-Y a la duración -añadí yo, que anteriormente había tomado un curso de aeronáutica en este asunto de la psilocibina... No había pedo, el chiste era hacerle como recomienda David Cooper: “Hay que dejarse llevar por la droga, con la certeza de que vamos a regresar a este mundo para transformarlo”, lástima que con las teorías de Nostradamus se haya apagado el deseo de transformar al mundo. Paré de bostezar. Eso quería decir que ya estaba en la pista, listo para el despegue. Comencé a sentir todo distinto: los pantalones incómodos, la camisa apretada, los zapatos también, daban deseos de estar desnudo sin pensar en sexo. La grasa acumulada en mi abdomen me daba asco. Sentía deseos de quitármela toda, que viniera un genio mágico y me hiciese una liposucción con un popote.
-¿Cómo te sientes? -me preguntó El Calacas.
-Muy gordo.
-Y yo muy pobre.
Resulta que El Calacas vive en un lugar de dos metros por diez. Su casa parece una cárcel sucia, el baño tiene que compartirlo con otras personas. Los perros se acostaron a diez metros de nosotros. Sentí la necesidad de cerrar los ojos. Lo hice y aparecieron un millón de puntitos desorbitados que me miraban. Eran verdes. Luego los abrí y El Calacas estaba dando vueltas con los brazos abiertos, como si fuera una damisela o quizá un avión del siglo XIX en piruetas.
¿Qué te pasa, güey? -mis palabras lo pararon en seco, y se me quedó viendo como uno de los perros: en silencio y con la mirada vergonzosa.
-Estoy volando.
-No te vayas a estrellar -no acabé de decir la frase, cuando cayó con el chipo por los suelos.
-¿Quieres que te levante?
-¡Déjame viajar en paz! -me dijo.
-Bueno, pues ahí quédate -volví a recostarme sobre la hierba. Tomé una y me la puse en la boca como en las películas gringas, no supe por qué lo hice, si en verdad yo no deseaba actuar; por eso entendí que eso de llevarse una hierba a la boca es un reflejo milenario. La tela del cielo quedó a mi alcance. Me recosté como un búfalo herido. Dios me miraba con todo su esplendor. Las nubes caminaban con paso correcto. Parecía que por fin me había sacado a mi madre de adentro de mi corazón. Me había salvado del infarto de la psicosis, de la amnesia espiritual. Dejaba de ser un llorón, para convertirme en una estatua de bronce. Sentí una víbora en la cara, me incorporé bruscamente yvi que no era una víbora, sino la lengua de un perro que me había lamido un poco de coca-cola. Aluciné al perro como si fuera un gran amigo y le dije:
-"Firulais", ven.
El perro se acercó a mi con más sed y hambre que cuando Dios estuvo en el infierno. Los intelectuales no se metían en estos lugares porque no se llevaban con los pobres. Tenían miedo que sus otros amigos intelectuales los tildaran de comunistas, y como el comunismo había pasado de moda, temían verse anacrónicos.
Yo me llevaba con la poor people porque había crecido entre la poor people, ya que mi padre tuvo a bien meterme en escuelas de gobierno. Todo esto lo pensaba mientras me arrullaba en el sopor de los hongos. Había despejado y me sentía hipervirtual; sentía que lo radiante de la naturaleza me abría las pupilas y los pupilos internos. Me encantaban los hongos, recordé cuando leí en un libro de Medicina que había gente que era adicta a la psilocibina era porque no quería bajar del viaje, y la verdad es que a mi con lo que me encanta el roll pues me sentí en ese momento como señora gorda "por las europas" gastando dinero.
El Calacas se me figuraba un ciempiés asqueroso, ahí tirado bocabajo, refunfuñando quién sabe contra qué carajos.
Erguí mi cuerpo tranquilamente. Me quedé sentado, miré hacia el frente: había cinco perros observándome; cuando los llamé acudieron como locos. No cabía duda que necesitaban tanto el cariño como la comida o, para ser más francos, me necesitaban tanto como un escritor a un editor. Yo había narrado muchas cosas que hablaban de mí y eso me descalificaba como novelista de primera, según los sacerdotes de las letras. Si escribía sin sexo, me decían que compraron mi libro esperando sexo; y si escribía con sexo, me decían que ya no hablara de lo sexual. ¿Quién entiende?
Me volví a acostar, las nubes se tornaban maravillosas al caminar, parecían unas mujeres gordas con sus ligueros y sus bastones de otro siglo; todo estaba adentro y todo estaba afuera de todo. La embriaguez de unos pechos me sonaba adversa, ahora sólo quería amamantarme a mi mismo como el troglodita que se traga su propia glotis. Me sentía un hongo gigantesco, creía crecer a mis altas y mi cabeza crecía a mis anchas, de tal forma que comencé a creer que yo iba a ser madre, al estallarme todo en mil colores.
Los hongos eran adorados por los sabios holandeses y prohibidos por el gobierno mexicano. Me volví a levantar, caminé tres pasos y creí que caminaba sobre las aguas; que era Cristo pero redimido; que era una historia nueva en donde habían castigado a Barrabás y a mi me hubieran dejado existir y ser un viejo feliz.
Me acerqué a "El Calacas", se agarró la cabeza con las dos manos y me dijo:
-¡Es increíble lo que estoy viendo!
-¿Qué ves? -le pregunté.
-Te imagino a ti, detrás de las rejas, metido en la cárcel, por inducir a comer hongos alucinógenos a políticos de 50 años.
Me quedé callado, no me sentí deseos de hablar; ¿en qué se había convertido el hombre? Observé los horribles dientes de mi amigo; sus dientes, que parecían unos pedacitos de maiz clavados en la carne como astillas de un hueso viejo; sus marcas en la cara; su mirada de tatajualote; bueno, no sé lo que es un tatajualote, ni si existen, pero bajo esa palabra le acertaba la mirada. Pinche güey tan feo.
-¿Qué me ves?
-Nada, que estás bien guapo, cabrón -le dije.
-Voy a caminar.
-¿A dónde vas? Acuérdate de que eres burgués y no has caminado entre las matas durante siglos.
-Ya te pusieron filosófico los hongos.
-Tienes razón -me dijo asustado.
-Bueno, pues voy entre las matas -y así  lo hice sin pensar que no sabría cómo regresar a Xalapa; pero el mismo saber que no sabía el camino de regreso, me hizo sentir más chirimbón. La vida parecía tener la gracia del verano y todo se apergaminaba formando un paraiso de manzanas frescas. Creía navegar entre alfalfas y valles dorados sin fraccionar; el cielo era amable como sería la cofia de una amorosa enfermera; las matas me trataban bien como los gajos dulces de una mandarina sin huesos. "El Calacas" se estaba trepando a un árbol y logré alcanzarlo con la vista, lo apreciaba porque era un buen cuate, (con cuate me refiero a que podía cotorrear con él, reírme, intercambiar algunos albures y demás pendejadas que son más camaradería que amistad). Fui hacia el árbol en donde se había trepado. Me puse debajo de esa maravillosa sombra; me puse a mirar de nuevo el mismo paisaje: Lomas verdes, enseñanzas agrícolas, alguna que otra vaca, y me di cuenta, de que el mismo paisaje, mientras avanzaba, por el relato de la vida, me parecía cada vez más tierno -por decirlo de alguna manera-.Pero de pronto sentí que me caía el mundo encima, aunque no era el mundo sino mi cadavérico amigo, que me rompía la madre, y aparte me apuntaba en medio de los ojos con el dedo índice bien encabronado mientras vociferaba:
-¡Tú te burlas de mi pobreza! ¡Tú me odias! ¡No eres más que un pinche burgués de mierda!
Yo no me podía levantar del madrazo; sólo lo veía como si la muerte me dictara su ideología, y siguió:
-Tengo amigos cuya puerta de su casa vale lo que cualquiera de tus terrenitos. Eres un mierda, pinche burgués ojete, ¡chinga tu madre!
Yo seguía observándolo sin inmutarme; de pronto me dio miedo de que la ira se me estuviera acumulando como tinta líquida -que poco a poco sube desde la punta de la uña del dedo del primer ortejo del pie derecho- para después cubrir mi alma, como si yo fuera de pronto un personaje de peso completo y me le fuera a aventar a los madrazos al que siguió diciendo:
-¡Te burlas de mi pobreza! ¡Te burlas de mi pobreza!
Aquí quiero aclarar que todo ese ataque de nervios, histeria y envidia provenía de un comentarío -hecho días antes-, que iba así: “Tengo unos vecinos en la colonia Del Valle que nomás por que tienen un departamento que vale lo que uno de los terrenos que yo heredé -tengo cinco- ya se sienten la gran verga; sin embargo mírame a mí, aquí, un muchacho simple y sencillo aunque, eso sí, me siento como el señor Howard y tú eres Gílligan. JA-ja-ja”. Y por esta broma se le tronó el cerebro.
-Tú me odias, tú me odias. Te burlas de mi pobreza.
-¿Cuándo me burlé?
-¿No dijiste el otro día que eras Nelson Rockefeller?
-El señor Howard.
-Sí, y yo Gílligan, ¿verdad?
-No es para tanto. Disfruta el viaje.
-También me dijiste que me regalarías unas envolturas de papas Sabritas para adornar mi casa.
-Bueno, es que una cosa es ser un marrano y otra cosa es ser pobre. ¿Me entiendes? -y continué hecho una furia con dolor de espalda-: Tienes tu casa hecha un marranero porque eres un marrano de mierda, y te voy a romper ese pinche hocico que parece hecho de la misma cagada... -entonces me le lancé encima poniéndole tantos sukis como atinara; él también me acomodó de puñetazos. Ya cansados de pegarnos como locos, caímos cada quien para distinto lado; por culpa de los hongos, los chichonazos y las raspaduras en los muslos nos dolían como si el centro del mundo fuera a explotar.
De pronto una gran bola de fuego cayo sobre mí, era de noche y un grupo de indios me estaba dando una punta de madrazos con antorchas... Pero era un sueño. Desperté, la luna me miraba y me comentó tiernamente: “Esta es la amistad, mijito”. Me sentí contento de seguir vivo. Entre dolores y dolores, me paré a cagar. Al rato de hacerlo, oí que un grupo de gente cuchicheaba a mis espaldas; pero no era gente, sino los perros que se estaban comiendo mi mierda. Porque en El Triunfo los perros valoran mucho la mierda de los rubios gordos... Ahora sé lo que es triunfar en la vida.

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