(escrito en el viaje del autor a Europa, entre el Río de la Plata y
Brasil)
Él miraba con tedio todos los placeres que enervan el alma y gastan los
resortes de la sensibilidad y la energía. No celebro con pompa sonora los
estragos de Marte furibundo ni las hazañas de algún héroe que haya en las alas
fragosas de la guerra derramado su nombre por los ámbitos del mundo, y cual
fatal meteoro llenado de pavor al universo. Canto solo las aventuras de un
hombre obscuro, y si las sacras Musas me infunden su estro divino, quiero que a
mi voz el nombre de un hijo del Nuevo Mundo aparezca con brillo en las remotas
regiones del Occidente y del Septentrión. Vosotras, divinidades sacras de la
América, salid de la oscuridad en que estáis sepultadas, y venid a inspirar a
un hijo de nuestro suelo; venid para que el mundo vea que también tenéis un
Parnaso y genios predilectos. Y vos, ¡oh sol!, Padre de América, fuego creador
del universo, animad mi canto con vuestros rayos vivificantes, y prestad a mis
versos la lumbre pura y creatriz de tu faz resplandeciente para que absorban la
atención de los hombres y de las edades. En las márgenes risueñas que baña con
curso arrebatado el Plata caudaloso, vivía un joven cuyos días se pasaban en el
silencio, retirado del mundo y rodeado sólo de algunos amigos, al parecer sin
aspiraciones y entregado únicamente a la reflexión; su vida era algo misteriosa
y los primeros años de su juventud habían sido turbulentos; mas todo esto era
un secreto para los que lo rodeaban, porque él había echado como un velo sobre
sus primeros años, y en sus conversaciones jamás manifestaba algo que tuviese
relación ni a su vida disipada ni a los verdaderos sentimientos que fermentaban
en su corazón: Gualpo era su nombre. Su prosapia era desconocida, o sus
ascendientes no le habían legado un nombre bastante ilustre ni opulencia para
que pudiese ser mirado con respeto por los otros, ni conservado en su memoria;
pero no era tan obscuro que se confundiese con los de la multitud. Su conducta,
su aislamiento y su vida algo misteriosa no dejaba de excitar la curiosidad, y
el dedo público buscaba su descendencia en la cuna de los Incas, no sólo por su
nombre, sino también por algunas tradiciones vagas que corrían de boca en boca.
Sus compañeros de infancia y de estudios lo frecuentaban, y notando su aspecto
meditabundo suponía que se agitaban en su mente grandes pensamientos: aunque él
no lo dejaba ver en sus discursos, observábase que en medio de las reuniones
más alegres y más brillantes, cuando su fisonomía respiraba alegría y contento,
de repente su faz se cubría con el velo de la tristeza que vagaba en su frente,
ocupada al parecer de un grave pensamiento. Entonces, pensativo, se alejaba de
sus compañeros en actitud triste y buscaba en la soledad y en el silencio el
reposo de su mente; entonces por muchos días se esquivaba a sus amigos y aun
huía de la sociedad de los hombres, mirando con indiferencia cuantos halagos y
atractivos presenta el mundo y sus aficiones. Mas esta indiferencia no nacía de
un cinismo o de un orgullo despreciable, sino de que amando la meditación
buscaba la soledad y el aislamiento para poder dar más libre curso a sus
pensamientos lejos del ruido tumultuoso del mundo y del contacto de los objetos
que podrían despertar sus pasiones adormecidas. A fuerza de encerrarse en sí
mismo, de atar, por decirlo así, sus pasiones violentas a la razón, a fuerza de
ofuscar su sensibilidad viva y simpatizante, había conseguido dominarlas y
levantar como un muro diamantino entre su corazón y todos los objetos que
pudiesen exaltarlo o conmoverlo. Esto lo hacía porque joven aun había
experimentado los desengaños del mundo, y visto lo deleznable y efímeras que
son las ilusiones y los placeres. Flotando de extravía en extravío, de emoción
en emoción, no había visto más que desengaños, y su corazón burlado, que se
prestó antes con furor a todas las emociones, ahora las esquiva como un veneno
enervante y destructor de su reposo y aun de su energía. Pero su sensibilidad
aun no estaba ofuscada y extinguida, que aun fermentaban en su corazón los
gérmenes divinos de grandes pensamientos, y su ánimo era como un volcán de
pasiones y de actividad prodigiosa que había sido comprimida por los contratiempos
del mundo, los desengaños y las desgracias, y que no necesitaba una conmoción
violenta para estallar. Su juventud había sido licenciosa y agitada por mil
tormentas, mas él había echado un velo sobre lo pasado como para ofuscar su
conciencia, y como para expiar con aspiraciones más elevadas y más nobles sus
descarríos. Entre tanto, un fuego interno lo consumía, y en la lucha constante
entre sus pasiones terrestres y sublimes, su mente era la tempestad, la
sociedad de los hombres le era monótona e insípida y se alejaba cuanto podía de
ella para sumergirse horro en su elemento. Sus amigos a veces le reprochaban su
inacción y que pasase su juventud en silencio y la obscuridad, cuando podía
emplearla con ventaja en bien de su patria o de sus semejantes. Pero él
respondía a esto con palabras concisas y misteriosas sin querer nunca
explicarse sobre sus intenciones; y ya cansado de sufrir y de anhelar abandona
sus lares. A bordo, a bordo, dice, y abandona a las ondas su suerte y sus
esperanzas. Con la aurora flotan las velas de su navío que surca orgulloso por
los senos argentados del Plata llevando al peregrino. El júbilo vaga por el
semblante de Gualpo y parece que al pisar sobre el húmedo elemento encuentra lo
que anhelaba. Envuelto en su ancho manto y sentado en la proa del navío, ora su
vista esparcía por el inmenso cielo, ora cubre su faz y da curso a sus
pensamientos. Su aire silencioso y pensativo llama la atención de los
marineros, que lo miran con cierto respeto y como a un ser misterioso y
sobrenatural. Entretanto, el navío avanza más y más, ayudado por un pampero
favorable, y él, cuando ya ve que la faz de su tierra natal se confunde con las
nubes, dirige el adiós postrero a su Patria. "Adiós amada Patria, ya me
alejo de tu suelo encantador y hospitalario; ya encamino mis pasos más allá del
Océano; lleno de esperanzas y ansiando calmar la agitación de mi mente y mis
pesares, voy a buscar en el espectáculo del universo, alimentando mis
fantasías. Adiós; ya mi barca se entrega a merced de los vientos y mi fortuna y
mi vida son el juguete de las ondas voraces. Bastante luché ya con los
elementos de mi fausto destino, y ahora nueva lucha emprendo, pero no tan
terrible. Mi mente ansiaba salir del círculo estrecho que lo rodeaba y elevarse
si era posible a las regiones etéreas: temprano bebí en la copa del desengaño y
deseché los frívolos placeres para elevar mi espíritu a menos vacilantes
ambiciones; ya me parece que respiro el aire del universo."
Recostado sobre el corvo pavés del navío, Gualpo contempla al parecer
con un ojo indiferente las riberas de su tierra natal, que cual monte coposo
aparece en el horizonte cubierto de celajes y de arreboles de grana. La ve poco
a poco desaparecer a su vista y ninguna emoción aparente manifiesta en su
semblante. El cielo estaba sereno y transparente: el Plata, en calma, reflejaba
sus argentadas ondas y solo interrumpía su serenidad la aguda proa del navío
que separaba las ondas en cercos espumosos ayudado de una brisa bonancible.
Gualpo contemplaba este espectáculo con júbilo y se deleitaba en ver el aspecto
de su naturaleza tan apacible y sereno. El astro del día hundía ya su frente
radiosa en el horizonte, y el carro de la noche se avanzaba presuroso a cubrir
de duelo el universo. El eco monótono de las olas y el grito doliente del
marino en sus maniobras, formaban una melodía tosca y expresiva que encantaba
por su novedad los oídos de Gualpo. Súbitamente un ruido sordo se oye a los
lejos y éste crece progresivamente como el trueno o como la tempestad y
despierta la atención de Gualpo, que embebido en sus cavilaciones, escucha
atentamente y observa que este ruido no es sino el grito de alarma y la
conflagración de la guerra que ha estallado en su patria contra el usurpador
del Brasil. El Rey de Portugal siempre ha mirado con ojos de concupiscencia la
perla del Oriente y se la había disputado en mil circunstancias con la corona
de España. En tiempo de nuestras guerras civiles, cuando nosotros, poco
diestros en la libertad, nos disputábamos la supremacía de planificarla en
nuestro suelo, la anarquía consumidora devoraba a las bellas comarcas del
oriente, y entonces el pérfido monarca del Portugal se amparó como pacificador
de este suelo libre, lo redujo a la opresión y lo hizo gemir bajo el cetro
cuando ya había gustado con delicia los encantadores bienes de la libertad. Sus
hijos expatriados y prófugos buscaron un asilo en el seno de sus hermanos
argentinos y fueron a llorar entre hombres libres la esclavitud de su Patria;
así la usurpación y la perfidia triunfaron en un momento fatal y destruyeron la
libertad de un pueblo que por muchos años gimió bajo la opresión. Pero al fin
el día debía llegar en que el heroico pueblo de Buenos Aires, después de haber
pretendido del monarca del Brasil por las vías pacíficas la libertad del
Oriente, debía prestarle su brazo para que humillase el orgullo de un monarca y
recobrase sus fuerzas. Treinta y tres bravos orientales a insinuación del
argentino, pisan el suelo patria con el ánimo decidido de destruir a los
usurpadores eso perecer en la lucha. El grito de libertad que pronunciaron se
derramó luego por todas las comarcas del Oriente, y miles de bravos vinieron a
la voz de sus hermanos y juraron lavar con sangre el borrón de su ignominia;
guerra, guerra sonaba por todas partes, y las comarcas del Brasil repiten:
guerra, y los esclavos de su suelo animados por salario y el pillaje, se
avanzan a la lid, y los hijos del oriente ardiendo en el fuego sacro de la
libertad se avanzan también. Los argentinos unen sus legiones a las legiones de
Oriente - los argentinos que supieran humillar en mil batallas al León de
España y perseguir hasta sus antros más recónditos -. Los argentinos, que
dieron el primer grito de libertad al Nuevo Mundo y quebrantaron en un momento
las cadenas rojas que por dos centuria lo habían oprimido. Pronto el esfuerzo
de su brazo romperá también las de Oriente y hará temblar en su trono y vacilar
en su imperio usurpador del Brasil: Gualpo con este pensamiento se llena de
regocijo, y confiado en el brazo poderoso de sus compatriotas no teme por la
suerte del oriente y ve acercarse la aurora de su libertad y tal vez la del
Brasil. El ruido se pierde sordo en el espacio y se confunde con el eco
monótono de las ondas. El navío vuela en alas del Septentrión dejando apenas
una pequeña traza de su pasaje sobre el líquido y fugaz elemento. El cerúleo
resplandor de las ondas y su aroma vivificante anuncian ya a Gualpo que se
halla en medio del piélago insondable y habla así en el océano: "¡Salud,
salud, salud Océano inmortal, elemento asombroso! ¡Gigante de la creación que
encierras entre tus brazos al universo, yo te saludo lleno de júbilo y de
admiración! Bastante ansié el momento feliz de espaciarme en tu seno inmenso,
de contemplarte faz a faz y de ver sin terror la agitación y el movimiento
incesante de tu voluble seno. Bastante ansié, allá en mis días de pesar, venir
a confundir mis quebrantos, y a olvidar mis penas en medio de tu tumulto. No
temas, no, que tu aspecto terrible e imponente me abata como al vulgo de los
hombres; mi espíritu ama siempre lo grande y lo sublime. Que aun cuando no
puedo mirarte sin asombro, más por tu grandeza e inmensidad que por pavor - ese
hervor constante de tu seno, es la imagen viva de mi pensamiento- y por eso es
que siempre busqué el espectáculo variado e imponente de la naturaleza
removiendo sus ingentes y poderosas fuerzas. ¿Quién no olvidaría al mirarte
todos sus males y sus recuerdos y aún todo lo terrestre y mundano? Ya no
alcanzan a mí los tiros del Mundo - los aguijones del dolor - las convulsiones
del hombre luchando contra el destino - que todo lo olvida y lo confunde el
contemplarte. ¡Oh, Océano; mi pensamiento altivo se agranda como tú y vaga
encantado en lo infinito y cree penetrar ya tus secretos misteriosos e
insondables!" Así hablaba Gualpo al Océano, y absorbido en sus
pensamientos, los días se pasaban y su bajel flotaba por los mares pacíficos
del ardiente Brasil. En su semblante manifestaba más júbilo, y ya no se veía
aquel ceño pálido e indiferente que alejaba a los otros de su trato. Parecía
que había renacido a la esperanza y al contento; en efecto, desde que Gualpo se
hallaba en medio del Océano, su espíritu estaba más sereno y su corazón sentía
menos los aguijones del dolor; todos sus tristes recuerdos eran como un sueño,
vagos y sombríos. Su gusto favorito era contemplar en la noche a la naturaleza
y dar, respirando los ambientes aromáticos del mar, un libre curso a sus
pensamientos. Ora lo atrapa y lo absorbía el disco argentino de Diana, que
sereno y libro se eleva del horizonte bermejo e inunda con su lumbre inmensa el
universo, reflejando su rubia y amarillenta faz en el espejo del Océano. Ora
las nubes que cubren súbitamente su semblante radioso y derraman las tinieblas
y la noche sobre el faro del navegante perturbando el regocijo del mundo. Ora
el eco monótono del navío que con una armonía salvaje lucha con las olas y se
desliza por un piélago de fósforo luciente, formando cercos inmensos y
espumosos de fuego. Ora millares de lumbres que brillan vagando sobre la faz
móvil y obscura del Océano semejantes a otros tantos ojos de este gigante del
universo. Gualpo no podía contemplar el mar y sus diversos espectáculos sin un
sentimiento secreto de orgullo. Soy hombre, se decía, y me hallo en medio del
Océano. Soy un átomo en lo infinito y huello bajo mi planta el elemento más
fiero e indomable: al pensarlo mi espíritu toma un vuelo sublime y mis
pensamientos se dilatan como la inmensidad. En mi estrecho recinto de mis lares
me hallaba abatido y como encadenado, más ahora he recobrado mi libertad, mi
vigor; el universo es mi habitación, la bóveda celeste el techo que me abriga,
y mis amigos y mis compañeros los elementos. Sacudido, ora por el infortunio,
ora por el desengaño, Gualpo se había cansado temprano de las cosas del mundo y
aun de la esperanza; había visto agotarse en sus manos las flores de su
juventud; los placeres, las ilusiones y aun los goces más puros e inocentes,
pues con ellos había siempre libado un veneno mortífero; así la guirnalda
lozana de su aurora se había deshecho hoja por hoja, y él había caído en la
noche terrible de la desesperación sin guía y sin un faro consolador que
dirigiese al camino de la razón, en la edad que para los otros hombres la vida
está adornada de placeres e ilusiones. Sin embargo, un pequeño lampo de
esperanza aun lo sustentaba, un sentimiento vago, confuso e indefinible, le
advertía que aun la tierra no estaba desierta para él y que el mundo encerraba
algo que pudiese procurarle algunas satisfacciones, y que aun le era posible
vivir entre los hombres como un fantasma o como una sombra errante y espantosa
de la tumba. Esta esperanza lo hizo ir a buscar más allá de sus lares, entre el
espectáculo tumultuoso del mundo y entre las ruinas de los tiempos pasados, un
alimento a su fantasía y un bálsamo consolador para las llagas de su corazón. Y
en efecto, Gualpo, en medio del mar, había conseguido, si no cicatrizarlas, al
menos un alivio y echar velo del olvido sobre su origen y sobre el triste
tiempo pasado. Sin embargo por momentos solía sorprender una lágrima sobre sus
mejillas causada por algún recuerdo, que como chispa eléctrica pasaba por su
espíritu en medio de la soledad y el silencio. Aun cuando el pensamiento esté
absorbido en las cavilaciones por los objetos más sublimes, los recuerdos
asaltan al hombre, a su pesar, y vienen como sombras vagas a reflejarse en el
espejo maravilloso y mágico de la imaginación. Entonces no podemos menos que
echar una ojeada súbita sobre el cuadro de lo pasado, y se representan a la
fantasía los descarríos de la juventud con los colores de la prisma, vivos y
revistiendo mil formas. Esto le sucedía a Gualpo; un sentimiento confuso y vago
de arrepentimiento lo asaltaba en medio de sus meditaciones; sentía su tiempo
perdido en disipaciones inútiles con que había vivido el veneno del desengaño.
Su juventud cansada y marchita; sus días amargados tal vez para siempre; sus
ilusiones desvanecidas, y en fin, todo lo que puede embellecer la vida y hacer
apreciable la existencia era sin atractivo y pálido y sin encanto para él.
Sentía verse entre los hombres como un ser heterogéneo, no participando de
ninguna de sus distracciones y mirando con ojo indiferente y al parecer helado
lo que encanta a los demás. Él sentía que para vivir feliz en la tierra es
preciso obrar como los demás, dejarse llevar del torbellino del mundo y plegar
su corazón y sus sentimientos a las leyes de la opinión y de la sociedad. Es
preciso despojarse de esa inflexibilidad y rudeza de sentimiento, distintivo de
las almas grandes, y doblarse como la será según las circunstancias y los
intereses. Pero él olvidaba luego todo esto y como un proscrito se abandonaba
al torrente de su destino, viendo que era impasible retrogradar, y dejaba que
sus recuerdos, como un mástil que flota entre las olas, viniese a angustiarlo
por momentos. La naturaleza comenzaba a brillar con todo su esplendor - y el
cielo algo transparente de la zona tórrida se revelaba con todos sus encantos a
la vista de Gualpo: la mar estaba serena y su faz reflejaba a un llano inmenso
de cristal -; aquí y allí algunos peces mostraban sus argentadas alas y
deslizaban con movimiento suave y placentero sobre el líquido transparente; más
allá los enormes cetáceos formaban círculos espumosos y levantaban con su
soplido torbellinos de agua que caían como lluvia formando una armonía
desapacible. Algunos pájaros, ora se mecían sobre el bajel, ora se fijaban en
los mástiles y con trisca y algazara parecían celebrar la belleza de la
naturaleza. El horizonte estaba claro y la vista se perdía en su inmensidad; la
brisa lamías las ondas suavemente como si temiese su reposo levantando apenas
los cabellos del Océano: Súbitamente un negro celaje se levanta en los confines
del horizonte y se avanza con majestad por el espacio como presagio funesto de
la tempestad. El cielo se cubre de un velo tenebroso y las olas forman a lo
lejos un murmullo sordo semejante a algún temblor de tierra o al trueno en las
remotas concavidades de la bóveda celeste. El Aquilón sañudo las bate con sus
alas y poco a poco se agitan y se encrespan como las guedejas o las crines de
un fogoso bridón excitado por el látigo abrumante o por el agudo acicate. El
fluido eléctrico se desprende de los blancos de las nubes que se chocan
tumultuosamente en el firmamento y brilla formando serpientes de fuego y
aturdiendo con su estallido. La naturaleza toda está en convulsiones y guerra:
las ondas, empujadas más y más por los vientos, forman ya montañas que se
elevan al cielo, levantando en sus hombros inmensos al pino endeble que se
desploma allí y cae en las profundidades del abismo, y se levanta de nuevo
después de haber desaparecido. Como un bridón salvaje que siente por primera
vez sobre sus lomos el peso, se encorva y sacude sus crines y se eleva en los
aires como para arrojar al insensato que quiere dominarlo, así la onda ciega
sacude sus hombros potentes agita sus crines y arroja espuma como para sumergir
la nave débil que ha querido con osadía hollarla.
El bajel de Gualpo luchando por muchos días contra
la tempestad se halló a pique de zozobrar. La onda amarga circulaba ya
abundante en su seno y el esfuerzo del marinero no alcanzaba para agotarla.
Cansados de luchar contra un elemento que cada vez se hacía más formidable y
amenazaba sepultarlo por momentos en el seno del abismo, se decidieron a
arribar a las tierras del Brasil. Gualpo pone el pié en este hermoso suelo y no
se cansa de admirar los portentos que la mano fecunda de la naturaleza ha
derramado en él. Primero encanta su vista en el espectáculo de una cadena de
montañas elevadas que circundan la ribera como vallador del Océano. En ella se
elevan mil árboles de frutas diversas. Ora el banano descuelga sus anchas y
verdosas hojas; ora la palma su empinado cuerpo de cuya cabeza penden como una
cabellera sus ramas frondosas; ora la piña embalsamada y deliciosa, y otros
millares de frutos que dan el sustento al hombre. Aquí el naranjo coposo
tachonado de bolas de oro; allí el plátano frondoso de cuyos senos penden sus
frutos aromáticos y sabrosos. Admira la naturaleza siempre viva, siempre fecunda
e inagotable - ese verano perpetuo, - ese cielo libre de las angustias de hielo
consumidor. Allí no hay que admirar los monumentos vanos que en otros climas la
mano del hombre se agrada en levantar para ostentar su orgullo - los únicos que
se hallan son los que la piedad religiosa de los conquistadores ha querido
erigir para elevar sus votos al remunerador-. - Todo lo que hay es obra de la
naturaleza, y grande, maravilloso y eterno como ella. Gualpo se complace
visitar esos bosques solitarios cubiertos de eterna verdura, y gira sus pasos
errantes al abrigo de los rayos ardientes del sol bajos los espesos doseles que
coronan las copas frondosas de los árboles, formados por plantas diversas, que
se entretejen con un arte natural y maravilloso. Allí apenas el céfiro mueve
los ambientes aromáticos de las flores - y en medio de este recinto religiosa
la imaginación cae en suaves y muelles cavilaciones.- Alrededor se deslizan con
dulce murmullo mil arroyuelos transparentes que levantando y arrastrando las guijas
forman una melodía apacible; pero también en medio de esta calma y de este
sopor de la naturaleza ruge algunas veces la tempestad. El cielo se obscurece,
los vientos se desatan los espacios arden fuego eléctrico; se cubren de
relámpagos y arrojan mil rayos sobre la tierra, Mas cae la lluvia a torrentes,
inunda los collados - brilla el iris sus mágicos colores en señal de la paz de
los elementos, y la naturaleza vuelve en su acostumbrado reposo.- Pero Gualpo
ve con dolor al lado de esta naturaleza tan hermosa y tan fecunda al hombre
degradado hasta confundirse con los brutos salvajes. Parece que la mano
omnipotente ha querido, en recompensa de un clima tan feliz, negarle al hombre
aquella energía necesaria para conocer su dignidad y elevarse a ser libre. Parece
que el patrimonio que al hombre se reserva en las zonas ardientes de Ecuador es
la esclavitud y la ignominia. El Brasil gime bajo el azote de un déspota, y
mientras que los otros pueblos de la América han sacudido sus cadenas, las
arrastra con vergüenza y baldón del nuevo mundo. Mientras que en resto de la
América los tronos se han derrocado y los monarcas perdido su omnipotencia e
infalibilidad, en el Brasil domina orgulloso un cetro semejante al que abruma
al viejo mundo, y aparece con una mancha en medio de las águilas republicanas,
esta ave muelle y afeminada. Recordaos, brasileros, ya pasó el tiempo aciago en
que los monarcas de la Europa después de haber devastado el nuevo mundo lo
oprimieron inclemente bajo sus cetros. Ya se acabó el tiempo en que la voluntad
de un rey sentado en los confines del hemisferio austral, dictaba órdenes a sus
habitantes de otro hemisferio. LA prepotencia del León de España sobre la
América cedió ya al golpe vigoroso del brazo argentino, y todo el continente
oprimido entre sus garras, escuchando la voz que se levantó en las márgenes del
Plata, fué libre. Recordaos, e imitando a vuestros hermanos del sur, derrocad
ese trono, vestigio oscuro y degradante del viejo mundo y baldón del nuevo.
Recordaos y sabiendo ser libres, mostrad al mundo que en América ya no hay ni
puede haber más tronos y que la Europa ya perdió su preponderancia magistral
sobre la tierra de Colón. Otro espectáculo más descollante llena de angustia el
corazón de Gualpo. Ve aquí los miserables descendientes de África sirviendo de
pábulo a la concupiscencia de los hombres. Ve aquí las víctimas desgraciadas
del egoísmo y de la ambición del oro de los europeos. La humanidad ajada y una
gran parte de nuestros semejantes tratada como bestias de carga. ¡África miserable,
cuándo dejarás de ser la presa ignominiosa de la ignorancia y la estupidez!
Parece que sobre tus habitantes ha caído la maldición del infierno y que cual
precitos debéis sufrir todos los grados de ignominia. ¡Y tú, Europa, has sido
tú, por ventura, encargada de cumplir la maldición de esta raza precita! ¿No
basta ya a tu insaciable codicia de los millares de víctimas sacrificadas? Las
guerras atroces encendidas de los centros del África a tu insinuación; los
clamores de los padres a quienes arrancan con violencia de su seno los tiernos
frutos de sus entrañas; los gritos penetrantes de la humanidad doliente; las
víctimas sangrientas inmoladas en Haití a causa de vuestros furores; no os
bastan, digo, o ¿aun queréis sacrificar nuevas víctimas y ver el mundo y el
África envueltos en nuevas calamidades y miseria? Gualpo vuelve su vista de un
espectáculo tan triste y de un suelo tan hermoso, pero que despierta
sentimientos tan dolorosos; de un suelo donde respira esclavitud y la
ignominia, y se entrega de nuevo y con regocijo a las inquietudes ondas.
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