…es
evidentemente posible desarrollar un individuo completo a partir de una simple
célula extraída, por ejemplo, de la piel de una persona. Llevarlo a cabo sería
una hazaña de la tecnología biológica merecedora de la mayor admiración...
A. Turing, ¿Puede pensar una máquina?
Estaba
sentado en el borde de un banco del parque, y sus raídos zapatos golpeteaban
nerviosamente el suelo desnudo. Sus manos sostenían un bastón grueso, nudoso.
Cuando me senté a su lado, involuntariamente giró la cabeza en mi dirección.
Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera estado, o mejor como si estuviera
llorando. Y sus labios se fruncían en una media luna de tristeza. Largas
arrugas surcaban verticalmente su rostro.
Después de
haberme lanzado una ojeada, tiró de su sombrero para cubrirse los ojos, pero
los talones de sus zapatos empezaron a golpear el suelo aún más de prisa. Quise
cambiarme a otro banco, pero de repente dijo:
—No, ¿por
qué va a irse? Quédese y siéntese.
Me quedé.
—¿Qué hora
es? —preguntó el anciano.
Se la dije.
Suspiró profundamente y miró hacia donde se erguía un edificio monótono —el
night club «Sperry's»— por detrás de los contornos desnudos de los árboles.
Guardó silencio, volvió a suspirar unas cuantas veces. Después inclinó su
sombrero encima de sus cejas:
—¿Qué hora
es en este momento?
—Las cuatro
menos un minuto. ¿Está esperando a alguien?
Volvió
hacia mí su cara llorosa y asintió. Obviamente la próxima entrevista no
prometía nada bueno. Se acercó hacia mí y aclaró su garganta.
—Todo es...
justo como hace cincuenta años...
Me figuré
que el anciano estaba siendo perseguido par sus recuerdos.
—Sí —pronuncié
vagamente—, todo sigue su marcha... No se puede hacer nada en contra.
Se acercó
un poco más. La sombra de una irónica sonrisa apareció en sus torcidos labios.
—¿Dice
usted que todo sigue su marcha? No es exactamente así...
—Bueno,
claro, los recuerdos permanecen —encadené—. La vieja memoria, por así decirlo,
del pasado. El recuerdo es nuestra constante y molesta compañía...
—¡Si sólo
fuera eso!
Después de
una breve pausa el anciano volvió a preguntarme la hora, y entonces dijo:
—Exactamente
una hora de espera...
—¿Qué es lo
que está esperando?
Agitó la
mano en un gesto vago.
—La lógica
del pensamiento y la lógica de la vida no tienen nada en común —dijo con gesto
de melancolía.
Inmediatamente
presté mayor atención: la lógica era mi especialidad. En cuanto alguien nombra
esa palabra me animo inmediatamente.
—Está
equivocado en esto. La lógica del pensamiento es un reflejo de la lógica de la
vida.
—¿Eso cree?
—Estoy
seguro.
—¿Cuántos
años tiene?
«Ya salió
—pensé— un discurso sobre la sabiduría de los mayores.»
—Veintinueve
—contesté.
En lugar de
un discurso, oí:
—Ésa es la
edad de ellos...
—¿Quién son
ellos?
Tosió.
—Mis...
chicos…
—¿Es a
ellos a quienes está esperando?
—Más o
menos. Sin embargo, si le parece le contaré una pequeña historia... De
cualquier modo tengo que esperar otra hora. Y puedo tratar de cambiar su
opinión sobre algunas cosas.
Reí entre
dientes.
—Puede
probar lo que desee por medio de ejemplos particulares.
—No sólo lo
probaré, sino que le mostraré...
«¡Un tipo
raro!» —pensé.
—Mi
historia, naturalmente, le parecerá completamente delirante. Pero después usted
se convencerá. ¿Conoce algo sobre la ciencia?
Ahora me
tocaba a mí sonreír irónicamente.
—Soy
licenciado en ciencias.
—Entonces
hay esperanzas de que lo entienda.
Pensé para
mi coleto: «El viejo amigo también es descarado»
—De
acuerdo, oigamos su historia —dije, sin ocultar mi desdén. Naturalmente, iba a
oír alguna tontería sin sentido. El viejo era hablador, igual que muchos de su
edad.
—¿Ha
pensado alguna vez acerca de por qué reinan en nuestro mundo tanta confusión y
desorden? —no me dio ninguna oportunidad para contestar y prosiguió—: El
desorden, la incertidumbre y el caos pueden: ser explicados por el hecho de que
en nuestra sociedad hay varias clases de personas. Sí, sí, justo por ese hecho.
La gente difiere mucho en todos los aspectos: edad, apariencia, tamaño, modo de
pensar, sexo, en todos los aspectos que se le puedan ocurrir. Viven en
diferentes estilos de casas y comen diferentes clases de alimentos; les gustan
cosas distintas y leen libros dispares. No hay dos personas en la Tierra que
sean exactamente iguales en ningún aspecto. E incluso cuando dos personas
afirman que les gusta lo mismo, son absolutamente diferentes, porque entienden
la palabra «mismo» de forma distinta. Esto se puede aplicar a todas las
palabras, incluso a las más sencillas como «sí» y «no»...
—No le sigo
muy bien —traté de objetar.
—¿No?
Bueno, mire, yo le pregunto, por ejemplo: ¿Estamos en otoño, ahora? Naturalmente,
usted me contestará que sí. Yo también contestaré sí a esta pregunta, y
cualquier otra persona contestará que sí. Pero esos millones de síes serán
diferentes. Compréndalo, cuando usted pronuncia esta pequeña palabra, la
conecta con todo un mundo de experiencias, imágenes, recuerdos... Para usted
otoño es una cosa, para mí, otra...
—Discúlpeme,
pero está complicando muchísimo la cuestión. Estamos afirmando que en el
sentido de la lógica formal...
Él me
interrumpió.
—¡Ah, la
lógica formal! ¿Pero existe la lógica formal para un hombre? Naturalmente,
conoce usted los ejemplos de la historia, en los que Estados poderosos han roto
tratados confirmados por sellos y firmas solemnes. Y cuando se conoció la causa
de tal ruptura, resultó que las dos partes habían entendido las mismas palabras
de forma distinta. ¡Para usted existe la lógica formal! Pero la gente no puede
¿entiende? no puede pensar en categorías de la lógica formal. Sólo las máquinas
pueden hacerlo, y ni siquiera siempre.
—¡Pero
existe una ciencia de la lógica formal! —objeté.
—Bueno, ¿y
qué si la hay? Existen muchas ciencias de todo tipo. En este momento no le
estoy hablando de ciencias, que son forzosamente simplificaciones de la
realidad, sino de lo más complejo que existe: de un ser humano... Para él, la
lógica formal no existe. Y ahí radica la tragedia. Imagine una sociedad en la
que cientos de millones de personas hablan el mismo idioma, y sin embargo, no
se entienden mejor que lo hacen los extranjeros. Y cuando pretenden que se
entienden unos a otros, es una mentira...
No iba a
discutir con mi acompañante. Estaba claro que lo que decía no tenía sentido, y
yo habría podido exponerle miles de ejemplos que habrían destruido su
argumentación. Pero sentí que no era el punto principal de su explicación.
—Concedámoslo
—acepté—. Vamos a conceder que tiene razón y que ésta es la explicación
correcta del desorden que existe en nuestro mundo. ¿Qué conclusión saca de
ello?
Contestó:
—Se deduce
que ninguna reforma social ni ninguna reorganización tendrán éxito.
—¿No es eso
demasiado pesimista? Sabe, estoy muy seguro, de que hay Estados que han tenido
éxito en ese sentido…
Pretendió
no haber oído mis objeciones y prosiguió:
—Así que ya
ve, no tiene sentido perfeccionar la estructura de la sociedad, porque todos
los individuos son llamativamente distintos. Por otra parte, la propia
Naturaleza da ejemplos evidentes de sistemas estables que consisten en
elementos idénticos... ¿Se ha detenido a considerar, por ejemplo, por qué un
trozo de hierro es sólido, por qué no se parte o se pulveriza? ¿O un trozo de
oro, o un trozo de roca salina?
«Es un
esquizofrénico: eso es» —decidí.
—No, no he
pensado en ello —deliberadamente fingí sorpresa.
—¡Ya lo ve!
No podemos mirar atenta y profundamente a las cosas exteriores. Simplemente las
aceptamos como son, y consideramos que está en el orden de las cosas. Pero yo
mantengo que el hierro y el oro y sustancias similares son sólidas y firmes
porque consisten en átomos absolutamente idénticos...
«Generalización
tonta» —pensé.
Él continuó:
—Sí, sí,
precisamente por esa razón. A lo largo y a lo ancho del universo los átomos de
carbono, los átomos de oro o hierro son idénticos. Y estos átomos, idénticos
por todo el mundo infinito, se unen y forman una estructura monolítica,
homogénea y estable en toda su masa... Todo lo que tienes que hacer es dejar
que elementos extraños penetren en esta masa y su calidad monolítica se
destruye.
—El hierro
se oxida —sugerí como ejemplo, sorprendiéndome a mí mismo.
—Exactamente,
y hay cantidades de ejemplos...
—Sí,
pero...
—¡No, no
hay peros! —exclamó el anciano—. El hombre es el átomo de la sociedad. ¡Pero la
palabra «hombre» es un nombre colectivo, como la palabra «átomo»! La diferencia
es que los individuos son diferentes en principio, mientras que los átomos del
mismo elemento son idénticos en principio. Si queremos construir una sociedad
ideal, tenemos que pensar en primer lugar sobre la identidad ideal de sus
átomos...
Lo
inesperado de esta aseveración me impulsó a ladearme y mirar dubitativo al anciano.
En el naciente crepúsculo su rostro me parecía aún más lloroso.
—¿Ésa es su
opinión?
—Sí, sí,
joven. Hay que empezar por la estandarización de los átomos de la sociedad, con
la estandarización de la gente...
—¡Pero eso
es absurdo, un sinsentido, una tontería!
—¡Oh, sí!
¡En mis buenos tiempos también había chiflados que acostumbraban a decir lo
mismo! Pero en primer lugar, el propio desarrollo de la civilización acumula
fuerzas que en un cierto sentido llevan a la estandarización de la gente, sólo
parcialmente, es cierto...
—¡Eso nunca
fue así y nunca lo será!
—Lo que
pasa sencillamente es que usted no es observador. De paso, ¿qué hora es?
—Llevamos
hablando un cuarto de hora ya.
—Bien.
¿Dice usted que nunca será así? Pero los miles de personas trabajando con
máquinas idénticas y realizando las mismas operaciones, ¿no constituyen un
elemento de estandarización? Y ¿qué me dice de los individuos que, día tras
día, obedecen las mismas instrucciones? ¡En cierto sentido, ve usted, están
estandarizados!
Me
sobresalté un poco. ¿Adónde quería ir a parar aquel viejo pájaro?
—La
sociedad, como cualquier sistema físico, debe moverse hacia una situación
estable, y esto automáticamente conduce a la estandarización del individuo...
¿Cuántos años habrán de transcurrir para que la gente sea completamente
idéntica? Miles, quizá cientos de miles... ¡Mucho tiempo!
—Dijo usted
«en primer lugar». ¿Qué ocurrirá después?
—Ahora voy
a ello. En segundo lugar, la gente no puede esperar la Edad de Oro de la
estandarización completa. A veces pienso que nunca llegará por entero, o sea,
idealmente... Por ello es por lo que es necesario alcanzarla ahora mismo.
—Quiere
decir una educación estandarizada...
—¡Oh, más
que eso! ¡Eso no conduciría a nada! No se puede garantizar que incluso con una
educación estandarizada se obtengan individuos idénticos... Son distintos por
su nacimiento, en sus preferencias, habilidades, talentos...
—Bien, ¿y
qué se puede hacer?
El anciano
se frotó las palmas con autosatisfacción: Me pareció que incluso sonreía.
Lanzando una mirada hacia los oscuros contornos de «Sperry's», preguntó
insinuantemente:
—¿Ha oído
alguna vez el nombre de Forkman?
Lo recordé.
—En su
tiempo fue un famoso bioquímico.
—Correcto.
¿Qué sabe de él?
—Me temo
que nada más.
—Yo estudié
con él. Usted no conoce el descubrimiento que hizo el profesor Forkman,
¿verdad?
—No, no lo
conozco.
—Descubrió
cómo hacer crecer individuos humanos adultos a partir de una simple célula
tomada de la piel humana.
—Bueno, ¿y
qué?
—¡Imagine
que se tomaran cien células de su piel, y siguiendo el método del profesor
Forkman, se hiciera crecer con ellas a cien seres idénticos! Dado que su
información genética básica sería la misma, los individuos serían idénticos
unos a otros y a usted mismo...
Me
estremecí. Así que se trataba de eso...
—¡Qué
interesante! —dije—. ¿Ha realizado alguien experimentos sobre ello?
—Sí.
—¿Quién?
—Yo mismo.
Habría sido
interesante ver la cara del anciano en aquel momento: debería reflejar un
orgullo maléfico, en la creciente oscuridad. Pero no podía imaginar cómo
compaginarlo con la expresión llorosa que había visto en su cara.
—¿Y qué
ocurrió?
—Tengo que
contárselo todo por orden... Forkman sólo me contó a mí el secreto de su
descubrimiento. Yo casi lo olvidé hasta que, al hacerme mayor, empecé a pensar
en las miserias de nuestra existencia. Y llegué a una conclusión sobre la
estandarización...
—¿A quién
tomó como modelo?
—¡Oh! Mi
esposa y yo hablamos sobre muchos de nuestros amigos, los examinamos desde
todos los ángulos, y resultó que todos tenían defectos. ¿Sabe? Unos tenían
defectos físicos o mentales hereditarios, otros tenían defectos morales... En
resumidas cuentas, fue una elección difícil. Finalmente nos decidimos por...
nosotros mismos.
Me mordí
los labios para no lanzar una carcajada. El anciano debió notarlo.
—No se
ría... Margie y yo éramos individuos sobresalientes en nuestra juventud, por
encima del promedio en inteligencia y no mal parecidos. Además, después de
llegar a la madurez descubrimos en nosotros mismos bastante sabiduría como para
concebir al hombre estandarizado en una sociedad homogénea y monolítica…
—No dudo de
sus méritos —interrumpí a mi acompañante—. ¿Qué hicieron por fin?
—Criamos
dos chicos y dos chicas según el método de Forkman... Eran copias exactas de
nosotros. Margie y yo llevamos a cabo el experimento por crecimiento vegetativo
de nuestras jóvenes copias en nuestra granja en Greenbowl...
—¿No son
demasiado pocas personas estandarizadas para una sociedad monolítica?
—¡No sea
irónico, joven! Debería preguntar por qué criamos a los chicos en la granja en
Greenbowl.
—¿Es
esencial?
—Ciertamente.
Pues fue precisamente en esta granja donde pasamos nuestra adolescencia y
juventud.
—¿Y qué?
—Que, para
que estos seres fueran idénticos, era absolutamente necesario que tuvieran una
educación idéntica... Margie y yo recordábamos muy bien los años que pasamos en
aquella granja... Decidimos repetir con nuestros chicos, con total
escrupulosidad, todo cuánto nos había ocurrido a nosotros. De esa forma
podíamos reproducir fácilmente todo el ciclo de nuestra educación, y garantizar
así que nuestro experimentó se repetiría en el futuro.
Confusamente
empecé a entrever la insensatez de sus intenciones en toda su amplitud.
—¿Quiere
decir que después de repetir su experiencia vital en seres creados por usted,
conseguiría que ellos llegaran a las mismas conclusiones que usted en un
momento dado, y que repetirían el experimento de criar a sus propias copias, y
su progenie haría lo mismo y así sucesivamente?
—Sí.
—¡Pero eso
es imposible! —exclamé.
—Ocurrió...
—¡Dios mío,
no puede ser!
—Se lo
probaré. De momento tenga paciencia, y escuche hasta el final.
—De
acuerdo, pero...
—Bien, así
pues yo me cuidé de los chicos mientras que Margie se cuidó de las chicas...
Debo admitir que este trabajo nos complacía genuinamente. En Greenbowl comprobé
con mis propios ojos que la identidad genética de los chicos daba origen a la
identidad espiritual sin ningún esfuerzo especial. Pero lo más chocante de todo
fue que Margie y yo vimos en nuestra prole nuestra propia niñez, y después
nuestra adolescencia y juventud. Mirábamos a los chicos y exclamábamos:
»—¡Mira,
Margie, están trepando al álamo! ¿Recuerdas que cuando tenía siete años yo hice
lo mismo, y tú me lanzaste una pelota, justo igual que nuestras chicas?
»¡Y los
chicos al mismo tiempo, como a una orden, treparon al viejo álamo mientras las
chicas empezaron a tirarles unas pelotas!
»¡Dick, las
chicas se están inclinando sobre el pozo! ¡Apuesto a que han dejado caer el
cubo y ahora los chicos irán a buscarlo!
»Y los
chicos realmente fueron a buscar el cubo...
—¿Fueron
los dos a buscar un cubo? —pregunté.
—Sí, los
dos... Margie y yo observábamos sus vidas como una existencia fantástica déjà
vu por nosotros, ¡treinta años después! Si el hombre tiene la posibilidad
de revivir su juventud, ésta es la canica forma.
—¿Cómo
distinguían a unos de otros?
—Los chicos
tenían el mismo nombre, Dick, y las chicas se llamaban Margie las dos. Pero
cada uno tenía un número. Se los colgamos a la espalda, como hacen con los
atletas en las pruebas. Pronto los chicos empezaron a enamorarse de las chicas.
—¿Exactamente
como usted de su futura esposa?
—Si...
Surgió una dificultad con las citas, ya que los cuatro se encontraban siempre en
el mismo lugar... Pero con el tiempo se acostumbraron a ello... Nunca
confundieron a un Dick o a una Margie con el otro.
—Eso es
interesante. ¿Qué ocurrió después?
—Margie y
yo habíamos vivido en la granja, hasta que ella tuvo catorce años y yo
dieciocho... Entonces Margie se fue con sus padres a Nueva York. Así las
chicas, cuando tuvieron catorce años, se fueron a Nueva York con Margie para
repetir el mismo curso de vida. Lo hicieron con gran éxito, y volvieron a la
granja dos años más tarde, cuando los chicos ya tenían veinte años. Vivieron
durante otros tres años en la granja... Y entonces... mi esposa se colgó.
—¡Qué
terrible!
—Sí. Pero
lo más terrible no fue el suicidio en sí, sino su causa.
—¿Quizá no
debiera recordarlo?
Pero él
continuó como si no me hubiese oído.
—El hecho
es que mientras las dos Margies estaban viviendo en Nueva York, los chicos se
enfriaron un poco con respecto a ellas y empezaron a visitar a las hijas de Mr.
Swope en la granja vecina... Los Swope's siempre habían tenido familias numerosas..
En mis buenos tiempos habían tenido tres hijas... Y ahora tenían tres... Así
que los chicos cogieron la costumbre de visitarlas en su casa...
—Pero, ¿por
qué su esposa hizo...?
—Una vez,
poco tiempo después de su llegada de Nueva York, estábamos cenando en casa de
los Swope, y nos pusimos a charlar hasta bastante tarde por la noche. Y justo
antes de que nos marcháramos, desde arriba, donde estaban las habitaciones de
las chicas, ¡se oyó un terrible grito! Fue un grito que nos heló la sangre en las
venas, como si alguien estuviera siendo asesinado. Subimos corriendo y... vimos
una terrible escena... Los dos Dicks estaban allí, y estaban tratando de forzar
a las hijas de los Swope...
—¿Ello
impresionó a su mujer?
—¡Y cómo!
Inmediatamente comprendió que yo la había engañado antes de nuestro matrimonio.
—Quiere
decir... —balbucí estúpidamente.
—Mis chicos
estaban repitiendo la misma acción que yo llevé a cabo. Fue terrible. Margie
siempre había sido muy virtuosa. Después de verlo con sus propios ojos,
comprendió que su fe en mi virtud había sido traicionada. Se colgó en uno de
los robles que crecían cerca de donde vivíamos encima del arroyo... Después de
ello dejé la granja con mi familia y me vine aquí...
—Dígame,
¿supieron las jóvenes Margies lo que había ocurrido?
—Claro que
no, estaban durmiendo, igual que mi Margie mucho tiempo antes... Y así vine a
Nueva York con mi familia... Los chicos se especializaron en biología en el
Instituto, como yo había hecho, mientras que las chicas consiguieron colocaciones
como operarias de teléfonos en la Bolsa. De esta forma vivieron separados,
hasta que una vez se encontraron en el cine... Fue un encuentro feliz. Su
tierna amistad se renovó... Tenga la amabilidad, ¿qué hora es?
—Ahora
mismo son las seis en punto.
—Bueno,
todavía tenemos quince minutos de tiempo... Accidentalmente, se encontraron en
el mismo cine en el que yo había encontrado una vez a Margie...
—¡Es
sorprendente!
—A mí ya no
me sorprendía nada... Conocía todo el juego de cabo a rabo. Sé con precisión el
día y la hora en que se casarán... Si no tiene prisa por ir a algún lado,
vayamos hacia «Sperry's». Hoy van a ir a bailar... Margie y yo también
acostumbrábamos a ir allí...
—¡Dios mío!
—grité—. ¿Y qué ocurre después?
—Pronto lo
sabremos... Todo, hasta sus más ínfimos detalles, debe repetirse...
Caminamos
por una calle totalmente a oscuras, el anciano tanteando el camino con su
bastón mientras yo amablemente le cogía por el brazo. Ahora brillaban las
ventanas de «Sperry's» y el sonido de una música escapaba de allí.
Era un club
de segunda categoría con entradas económicas. Después de la oscuridad de la
tarde otoñal, mis ojos no podían acostumbrarse a la luz centelleante. Se oía
una pieza de jazz con su sonido metálico. Pronto cesó la música, y de repente
dos parejas idénticas vestidas de blanco y negro se apresuraron hacia nosotros.
—¡Padre!
—¡Dick!
—¿Cómo
supiste que estábamos aquí?
Todos ellos
chillaban al mismo tiempo y, me pareció, que al unísono. El anciano tomó su pañuelo
y se secó los ojos. No pude discernir si estaba llorando o tenía un catarro
rebelde.
—Adiviné
que estaríais aquí...
—Qué
raro... ¡No te lo dijimos!
—Sabiduría
paterna... Sabéis que mi corazón siempre intuye estas cosas. Simplemente pensé
dejarme caer por aquí...
—Nos alegra
mucho verte. Creemos que eres un hombre muy sabio y puedes aclarar una
discusión que hemos tenido.
Mi
acompañante se echó hacia atrás algo extrañamente, como si trataran de pegarle.
—Os escucho
—dijo.
—Estábamos
discutiendo sobre el hecho de que es imposible crear una sociedad armoniosa
partiendo de personas que son fundamentalmente diferentes. ¿Qué opinas sobre
ello?
El anciano
frunció aún más el ceño.
—Hablemos
de eso en otra ocasión...
—No, dinos
tu opinión. De otro modo no acabaremos de discutir. Hemos concluido que dado
que es imposible crear una sociedad monolítica a partir de personas diferentes,
entonces hay que intentar...
En este
momento la orquesta volvió a tocar de nuevo, y los dos Dicks con sus Margies se
apresuraron a salir a bailar. Se me nublaba la vista... Casi tuve que arrastrar
por la fuerza al anciano fuera de la sala.
—¡Óigame!
—le grité—. No puedo permitir que esas jóvenes encantadoras, que en breve se
casarán con sus chicos, cuelguen más pronto o más tarde de las ramas de un
roble en la granja de Greenbowl...
—Pero ¿qué
sugiere que hagamos? —dijo el anciano con voz entrecortada.
—Tiene que
avisarles inmediatamente. Dígales lo que ocurrió en la casa de los Swopes.
—¿Cree que
mi Margie no fue avisada? No creyó una sola palabra. Y cuando me enteré de
quién era el charlatán, yo...
—Usted,
¿qué?
—Cuando era
joven, fui un buen tirador. Y mis hijos son muy buenos tiradores...
—Quiere
usted decir que...
—Eso aún
está por llegar, y no sucederá ahora mismo, Todo empezó a estar complicado en
mi mente.
—¿Qué
intenta hacer ahora? —pregunté al anciano.
—Nada, ya
no puedo hacer nada.
—¿Por lo
tanto todo va a repetirse?
—Sí. Todo.
Llegarán a las mismas conclusiones que Margie y yo. Robarán en una farmacia...
—¿Robarán
en una farmacia? ¿Para qué?
—Para
obtener los reactivos químicos necesarios para criar nuevos individuos por el
método de Forkman...
—¿Así
obtuvo los productos químicos?
—Sí, me vi
forzado a ello... después de que hube volado un petrolero.
—¿Voló un
petrolero? ¿Está loco?
—Me vi
obligado a ello... Necesitaba dinero para realizar el experimento. Un agente me
prometió el dinero si colocaba una bomba junto al petrolero. Había algún
complot por enmedio...
Me ardían
las sienes como si tuviera fiebre.
—¡Pero oiga,
esa clase de agente puede no aparecer esta vez!
—Aparecerá.
Siempre están cerca... Son la típica clase del sinvergüenza estandarizado...
—Pero ahora
hay dos Dicks. ¿Entre los dos volarán un petrolero o dos?
—No lo sé.
Siguiendo la lógica de los acontecimientos... dos.
—Bueno,
¿por qué robó entonces en la farmacia?
—Porque
después de que hundí el barco, mi patrón se negó a pagarme el salario e incluso
me amenazó con la cárcel.
—¡Qué cosas
tan horribles! ¡Es sencillamente increíble! ¡Esto tiene que ser atajado ahora
mismo!
—¡Ay de mí!
—¡Imagine
cómo sus cuatro nietos atacarán a las jóvenes Swope! ¡Será una pesadilla!
—Sí, lo
será.
—¡Las
pobres Swopes!
—Así es.
Pero ¿qué puede usted hacer?
—Después de
ello, las cuatro Margies... No habrá suficientes robles en su granja para...
—Para
entonces habrán crecido otros...
—Destrozarán
todas las farmacias del país... ¡Hundirán a toda la flota de petroleros!
—Es lo más
probable...
De repente
me quedé inmóvil.
—¿Por qué
ha dejado de hablar? —dijo el anciano con voz ronca.
—Imaginé
que había cien Dicks sentados en el parque para cuidar a mil hijos estándar.
Imaginaba su granja en Greenbowl convertida en una factoría para fabricar gente
estándar. Por eso las gentes del lugar la llamarán: Granja G.E.S.T.A. Y allí
constantemente criarán miles, luego cientos de miles, de descendientes
vegetativos de un modo estándar y... Entonces será necesario repoblar toda una
montaña de robles... Y a la familia Swope, ¡Dios!, ¿qué les ocurrirá
finalmente...?
—No lo sé,
no lo sé.
Caminamos
hasta la salida del parque sin añadir ni una palabra. De repente me pareció que
estaba caminando hacia el destino más implacable, con una pesadilla
materializada en la forma de un monstruoso anciano, una pesadilla que debe irse
repitiendo con inquebrantable inevitabilidad cada vez en mayor escala. ¡No!
—¡Esto no
puede permitirse! ¡No puede!
Tomé al
anciano por el brazo.
—¡Escúcheme! ¿Cree en realidad en toda esa estupidez de
estabilizar a la sociedad estandarizando a la gente?
—¿Y si no?
¿Cuál es la diferencia? Ahora no pueden evitarse las cosas.
—Usted sí
puede. ¡Tiene que avisar a la policía, a los agentes secretos! ¡Tiene que
avisarles a todos!
—¿Quiere
que vengue en mis propios hijos un crimen que es sólo mío? Mire, yo tengo la
culpa de todo. ¿Lo entiende? ¡Sólo yo! Incluso aunque ahora haya cuatro, y
luego dieciséis y así sucesivamente. ¡Sólo estarán repitiendo lo que yo hice!
¡Y si hay algún sentido en hablar del pecado original, entonces está usted cara
a cara con él en este caso! Soy culpable de todo...
Al llegar a
este punto rompió a llorar, roncamente; como lo hacen los ancianos, olvidándose
incluso de cubrir su rostro con las manos.
—¡Espere!
¡Aún tengo que hacerle una pregunta!
—Ya sé cuál
es su pregunta —dijo el anciano, roncamente, sin interrumpir su llanto.
—No, usted
no sabe qué quiero preguntarle...
—Lo sé...
¡Adiós, adiós!
Rápidamente
empezó a caminar a lo largo de la cerca del parque, golpeando sonoramente su
pesado bastón en el asfalto. Permanecí inmóvil, aún indeciso, mirando hacia la
figura encorvada del terrible anciano moviéndose en la distancia hasta que
estuvo oculto por la oscuridad.
Y así no le
pregunté si había revelado a sus hijos el secreto del profesor Forkman.
Han
transcurrido algunas décadas desde que tuvo lugar esta extraña entrevista. Y de
repente he empezado a observar que me encuentro frecuentemente con personas muy
semejantes, que visten y caminan del mismo modo y hablan del mismo tema.
Jóvenes madres muy similares están cuidando a unos niños idénticos. Desde la pantalla
cinematográfica me miran idénticos actores y actrices. Rostros y figuras casi
idénticos aparecen en las cubiertas de libros y revistas.
Por ésta y
otras muchas razones, a veces pienso que en algún lugar existe realmente una
Granja G.E.S.T.A. y que está patrocinada por corporaciones poderosas.
FIN
Publicado
en: Otros mundos, otros mares - Editorial A.T.E.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.