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Anatoli Dneprov - La Granja G.E.S.T.A.



…es evidentemente posible desarrollar un individuo completo a partir de una simple célula extraída, por ejemplo, de la piel de una persona. Llevarlo a cabo sería una hazaña de la tecnología biológica merecedora de la mayor admiración...
A. Turing, ¿Puede pensar una máquina?


Estaba sentado en el borde de un banco del parque, y sus raídos zapatos golpeteaban nerviosamente el suelo desnudo. Sus manos sostenían un bastón grueso, nudoso. Cuando me senté a su lado, involuntariamente giró la cabeza en mi dirección. Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera estado, o mejor como si estuviera llorando. Y sus labios se fruncían en una media luna de tristeza. Largas arrugas surcaban verticalmente su rostro.
Después de haberme lanzado una ojeada, tiró de su sombrero para cubrirse los ojos, pero los talones de sus zapatos empezaron a golpear el suelo aún más de prisa. Quise cambiarme a otro banco, pero de repente dijo:
—No, ¿por qué va a irse? Quédese y siéntese.
Me quedé.
—¿Qué hora es? —preguntó el anciano.
Se la dije. Suspiró profundamente y miró hacia donde se erguía un edificio monótono —el night club «Sperry's»— por detrás de los contornos desnudos de los árboles. Guardó silencio, volvió a suspirar unas cuantas veces. Después inclinó su sombrero encima de sus cejas:
—¿Qué hora es en este momento?
—Las cuatro menos un minuto. ¿Está esperando a alguien?
Volvió hacia mí su cara llorosa y asintió. Obviamente la próxima entrevista no prometía nada bueno. Se acercó hacia mí y aclaró su garganta.
—Todo es... justo como hace cincuenta años...
Me figuré que el anciano estaba siendo perseguido par sus recuerdos.
—Sí —pronuncié vagamente—, todo sigue su marcha... No se puede hacer nada en contra.
Se acercó un poco más. La sombra de una irónica sonrisa apareció en sus torcidos labios.
—¿Dice usted que todo sigue su marcha? No es exactamente así...
—Bueno, claro, los recuerdos permanecen —encadené—. La vieja memoria, por así decirlo, del pasado. El recuerdo es nuestra constante y molesta compañía...
—¡Si sólo fuera eso!
Después de una breve pausa el anciano volvió a preguntarme la hora, y entonces dijo:
—Exactamente una hora de espera...
—¿Qué es lo que está esperando?
Agitó la mano en un gesto vago.
—La lógica del pensamiento y la lógica de la vida no tienen nada en común —dijo con gesto de melancolía.
Inmediatamente presté mayor atención: la lógica era mi especialidad. En cuanto alguien nombra esa palabra me animo inmediatamente.
—Está equivocado en esto. La lógica del pensamiento es un reflejo de la lógica de la vida.
—¿Eso cree?
—Estoy seguro.
—¿Cuántos años tiene?
«Ya salió —pensé— un discurso sobre la sabiduría de los mayores.»
—Veintinueve —contesté.
En lugar de un discurso, oí:
—Ésa es la edad de ellos...
—¿Quién son ellos?
Tosió.
—Mis... chicos…
—¿Es a ellos a quienes está esperando?
—Más o menos. Sin embargo, si le parece le contaré una pequeña historia... De cualquier modo tengo que esperar otra hora. Y puedo tratar de cambiar su opinión sobre algunas cosas.
Reí entre dientes.
—Puede probar lo que desee por medio de ejemplos particulares.
—No sólo lo probaré, sino que le mostraré...
«¡Un tipo raro!» —pensé.
—Mi historia, naturalmente, le parecerá completamente delirante. Pero después usted se convencerá. ¿Conoce algo sobre la ciencia?
Ahora me tocaba a mí sonreír irónicamente.
—Soy licenciado en ciencias.
—Entonces hay esperanzas de que lo entienda.
Pensé para mi coleto: «El viejo amigo también es descarado»
—De acuerdo, oigamos su historia —dije, sin ocultar mi desdén. Naturalmente, iba a oír alguna tontería sin sentido. El viejo era hablador, igual que muchos de su edad.
—¿Ha pensado alguna vez acerca de por qué reinan en nuestro mundo tanta confusión y desorden? —no me dio ninguna oportunidad para contestar y prosiguió—: El desorden, la incertidumbre y el caos pueden: ser explicados por el hecho de que en nuestra sociedad hay varias clases de personas. Sí, sí, justo por ese hecho. La gente difiere mucho en todos los aspectos: edad, apariencia, tamaño, modo de pensar, sexo, en todos los aspectos que se le puedan ocurrir. Viven en diferentes estilos de casas y comen diferentes clases de alimentos; les gustan cosas distintas y leen libros dispares. No hay dos personas en la Tierra que sean exactamente iguales en ningún aspecto. E incluso cuando dos personas afirman que les gusta lo mismo, son absolutamente diferentes, porque entienden la palabra «mismo» de forma distinta. Esto se puede aplicar a todas las palabras, incluso a las más sencillas como «sí» y «no»...
—No le sigo muy bien —traté de objetar.
—¿No? Bueno, mire, yo le pregunto, por ejemplo: ¿Estamos en otoño, ahora? Naturalmente, usted me contestará que sí. Yo también contestaré sí a esta pregunta, y cualquier otra persona contestará que sí. Pero esos millones de síes serán diferentes. Compréndalo, cuando usted pronuncia esta pequeña palabra, la conecta con todo un mundo de experiencias, imágenes, recuerdos... Para usted otoño es una cosa, para mí, otra...
—Discúlpeme, pero está complicando muchísimo la cuestión. Estamos afirmando que en el sentido de la lógica formal...
Él me interrumpió.
—¡Ah, la lógica formal! ¿Pero existe la lógica formal para un hombre? Naturalmente, conoce usted los ejemplos de la historia, en los que Estados poderosos han roto tratados confirmados por sellos y firmas solemnes. Y cuando se conoció la causa de tal ruptura, resultó que las dos partes habían entendido las mismas palabras de forma distinta. ¡Para usted existe la lógica formal! Pero la gente no puede ¿entiende? no puede pensar en categorías de la lógica formal. Sólo las máquinas pueden hacerlo, y ni siquiera siempre.
—¡Pero existe una ciencia de la lógica formal! —objeté.
—Bueno, ¿y qué si la hay? Existen muchas ciencias de todo tipo. En este momento no le estoy hablando de ciencias, que son forzosamente simplificaciones de la realidad, sino de lo más complejo que existe: de un ser humano... Para él, la lógica formal no existe. Y ahí radica la tragedia. Imagine una sociedad en la que cientos de millones de personas hablan el mismo idioma, y sin embargo, no se entienden mejor que lo hacen los extranjeros. Y cuando pretenden que se entienden unos a otros, es una mentira...
No iba a discutir con mi acompañante. Estaba claro que lo que decía no tenía sentido, y yo habría podido exponerle miles de ejemplos que habrían destruido su argumentación. Pero sentí que no era el punto principal de su explicación.
—Concedámoslo —acepté—. Vamos a conceder que tiene razón y que ésta es la explicación correcta del desorden que existe en nuestro mundo. ¿Qué conclusión saca de ello?
Contestó:
—Se deduce que ninguna reforma social ni ninguna reorganización tendrán éxito.
—¿No es eso demasiado pesimista? Sabe, estoy muy seguro, de que hay Estados que han tenido éxito en ese sentido…
Pretendió no haber oído mis objeciones y prosiguió:
—Así que ya ve, no tiene sentido perfeccionar la estructura de la sociedad, porque todos los individuos son llamativamente distintos. Por otra parte, la propia Naturaleza da ejemplos evidentes de sistemas estables que consisten en elementos idénticos... ¿Se ha detenido a considerar, por ejemplo, por qué un trozo de hierro es sólido, por qué no se parte o se pulveriza? ¿O un trozo de oro, o un trozo de roca salina?
«Es un esquizofrénico: eso es» —decidí.
—No, no he pensado en ello —deliberadamente fingí sorpresa.
—¡Ya lo ve! No podemos mirar atenta y profundamente a las cosas exteriores. Simplemente las aceptamos como son, y consideramos que está en el orden de las cosas. Pero yo mantengo que el hierro y el oro y sustancias similares son sólidas y firmes porque consisten en átomos absolutamente idénticos...
«Generalización tonta» —pensé.
Él continuó:
—Sí, sí, precisamente por esa razón. A lo largo y a lo ancho del universo los átomos de carbono, los átomos de oro o hierro son idénticos. Y estos átomos, idénticos por todo el mundo infinito, se unen y forman una estructura monolítica, homogénea y estable en toda su masa... Todo lo que tienes que hacer es dejar que elementos extraños penetren en esta masa y su calidad monolítica se destruye.
—El hierro se oxida —sugerí como ejemplo, sorprendiéndome a mí mismo.
—Exactamente, y hay cantidades de ejemplos...
—Sí, pero...
—¡No, no hay peros! —exclamó el anciano—. El hombre es el átomo de la sociedad. ¡Pero la palabra «hombre» es un nombre colectivo, como la palabra «átomo»! La diferencia es que los individuos son diferentes en principio, mientras que los átomos del mismo elemento son idénticos en principio. Si queremos construir una sociedad ideal, tenemos que pensar en primer lugar sobre la identidad ideal de sus átomos...
Lo inesperado de esta aseveración me impulsó a ladearme y mirar dubitativo al anciano. En el naciente crepúsculo su rostro me parecía aún más lloroso.
—¿Ésa es su opinión?
—Sí, sí, joven. Hay que empezar por la estandarización de los átomos de la sociedad, con la estandarización de la gente...
—¡Pero eso es absurdo, un sinsentido, una tontería!
—¡Oh, sí! ¡En mis buenos tiempos también había chiflados que acostumbraban a decir lo mismo! Pero en primer lugar, el propio desarrollo de la civilización acumula fuerzas que en un cierto sentido llevan a la estandarización de la gente, sólo parcialmente, es cierto...
—¡Eso nunca fue así y nunca lo será!
—Lo que pasa sencillamente es que usted no es observador. De paso, ¿qué hora es?
—Llevamos hablando un cuarto de hora ya.
—Bien. ¿Dice usted que nunca será así? Pero los miles de personas trabajando con máquinas idénticas y realizando las mismas operaciones, ¿no constituyen un elemento de estandarización? Y ¿qué me dice de los individuos que, día tras día, obedecen las mismas instrucciones? ¡En cierto sentido, ve usted, están estandarizados!
Me sobresalté un poco. ¿Adónde quería ir a parar aquel viejo pájaro?
—La sociedad, como cualquier sistema físico, debe moverse hacia una situación estable, y esto automáticamente conduce a la estandarización del individuo... ¿Cuántos años habrán de transcurrir para que la gente sea completamente idéntica? Miles, quizá cientos de miles... ¡Mucho tiempo!
—Dijo usted «en primer lugar». ¿Qué ocurrirá después?
—Ahora voy a ello. En segundo lugar, la gente no puede esperar la Edad de Oro de la estandarización completa. A veces pienso que nunca llegará por entero, o sea, idealmente... Por ello es por lo que es necesario alcanzarla ahora mismo.
—Quiere decir una educación estandarizada...
—¡Oh, más que eso! ¡Eso no conduciría a nada! No se puede garantizar que incluso con una educación estandarizada se obtengan individuos idénticos... Son distintos por su nacimiento, en sus preferencias, habilidades, talentos...
—Bien, ¿y qué se puede hacer?
El anciano se frotó las palmas con autosatisfacción: Me pareció que incluso sonreía. Lanzando una mirada hacia los oscuros contornos de «Sperry's», preguntó insinuantemente:
—¿Ha oído alguna vez el nombre de Forkman?
Lo recordé.
—En su tiempo fue un famoso bioquímico.
—Correcto. ¿Qué sabe de él?
—Me temo que nada más.
—Yo estudié con él. Usted no conoce el descubrimiento que hizo el profesor Forkman, ¿verdad?
—No, no lo conozco.
—Descubrió cómo hacer crecer individuos humanos adultos a partir de una simple célula tomada de la piel humana.
—Bueno, ¿y qué?
—¡Imagine que se tomaran cien células de su piel, y siguiendo el método del profesor Forkman, se hiciera crecer con ellas a cien seres idénticos! Dado que su información genética básica sería la misma, los individuos serían idénticos unos a otros y a usted mismo...
Me estremecí. Así que se trataba de eso...
—¡Qué interesante! —dije—. ¿Ha realizado alguien experimentos sobre ello?
—Sí.
—¿Quién?
—Yo mismo.
Habría sido interesante ver la cara del anciano en aquel momento: debería reflejar un orgullo maléfico, en la creciente oscuridad. Pero no podía imaginar cómo compaginarlo con la expresión llorosa que había visto en su cara.
—¿Y qué ocurrió?
—Tengo que contárselo todo por orden... Forkman sólo me contó a mí el secreto de su descubrimiento. Yo casi lo olvidé hasta que, al hacerme mayor, empecé a pensar en las miserias de nuestra existencia. Y llegué a una conclusión sobre la estandarización...
—¿A quién tomó como modelo?
—¡Oh! Mi esposa y yo hablamos sobre muchos de nuestros amigos, los examinamos desde todos los ángulos, y resultó que todos tenían defectos. ¿Sabe? Unos tenían defectos físicos o mentales hereditarios, otros tenían defectos morales... En resumidas cuentas, fue una elección difícil. Finalmente nos decidimos por... nosotros mismos.
Me mordí los labios para no lanzar una carcajada. El anciano debió notarlo.
—No se ría... Margie y yo éramos individuos sobresalientes en nuestra juventud, por encima del promedio en inteligencia y no mal parecidos. Además, después de llegar a la madurez descubrimos en nosotros mismos bastante sabiduría como para concebir al hombre estandarizado en una sociedad homogénea y monolítica…
—No dudo de sus méritos —interrumpí a mi acompañante—. ¿Qué hicieron por fin?
—Criamos dos chicos y dos chicas según el método de Forkman... Eran copias exactas de nosotros. Margie y yo llevamos a cabo el experimento por crecimiento vegetativo de nuestras jóvenes copias en nuestra granja en Greenbowl...
—¿No son demasiado pocas personas estandarizadas para una sociedad monolítica?
—¡No sea irónico, joven! Debería preguntar por qué criamos a los chicos en la granja en Greenbowl.
—¿Es esencial?
—Ciertamente. Pues fue precisamente en esta granja donde pasamos nuestra adolescencia y juventud.
—¿Y qué?
—Que, para que estos seres fueran idénticos, era absolutamente necesario que tuvieran una educación idéntica... Margie y yo recordábamos muy bien los años que pasamos en aquella granja... Decidimos repetir con nuestros chicos, con total escrupulosidad, todo cuánto nos había ocurrido a nosotros. De esa forma podíamos reproducir fácilmente todo el ciclo de nuestra educación, y garantizar así que nuestro experimentó se repetiría en el futuro.
Confusamente empecé a entrever la insensatez de sus intenciones en toda su amplitud.
—¿Quiere decir que después de repetir su experiencia vital en seres creados por usted, conseguiría que ellos llegaran a las mismas conclusiones que usted en un momento dado, y que repetirían el experimento de criar a sus propias copias, y su progenie haría lo mismo y así sucesivamente?
—Sí.
—¡Pero eso es imposible! —exclamé.
—Ocurrió...
—¡Dios mío, no puede ser!
—Se lo probaré. De momento tenga paciencia, y escuche hasta el final.
—De acuerdo, pero...
—Bien, así pues yo me cuidé de los chicos mientras que Margie se cuidó de las chicas... Debo admitir que este trabajo nos complacía genuinamente. En Greenbowl comprobé con mis propios ojos que la identidad genética de los chicos daba origen a la identidad espiritual sin ningún esfuerzo especial. Pero lo más chocante de todo fue que Margie y yo vimos en nuestra prole nuestra propia niñez, y después nuestra adolescencia y juventud. Mirábamos a los chicos y exclamábamos:
»—¡Mira, Margie, están trepando al álamo! ¿Recuerdas que cuando tenía siete años yo hice lo mismo, y tú me lanzaste una pelota, justo igual que nuestras chicas?
»¡Y los chicos al mismo tiempo, como a una orden, treparon al viejo álamo mientras las chicas empezaron a tirarles unas pelotas!
»¡Dick, las chicas se están inclinando sobre el pozo! ¡Apuesto a que han dejado caer el cubo y ahora los chicos irán a buscarlo!
»Y los chicos realmente fueron a buscar el cubo...
—¿Fueron los dos a buscar un cubo? —pregunté.
—Sí, los dos... Margie y yo observábamos sus vidas como una existencia fantástica déjà vu por nosotros, ¡treinta años después! Si el hombre tiene la posibilidad de revivir su juventud, ésta es la canica forma.
—¿Cómo distinguían a unos de otros?
—Los chicos tenían el mismo nombre, Dick, y las chicas se llamaban Margie las dos. Pero cada uno tenía un número. Se los colgamos a la espalda, como hacen con los atletas en las pruebas. Pronto los chicos empezaron a enamorarse de las chicas.
—¿Exactamente como usted de su futura esposa?
—Si... Surgió una dificultad con las citas, ya que los cuatro se encontraban siempre en el mismo lugar... Pero con el tiempo se acostumbraron a ello... Nunca confundieron a un Dick o a una Margie con el otro.
—Eso es interesante. ¿Qué ocurrió después?
—Margie y yo habíamos vivido en la granja, hasta que ella tuvo catorce años y yo dieciocho... Entonces Margie se fue con sus padres a Nueva York. Así las chicas, cuando tuvieron catorce años, se fueron a Nueva York con Margie para repetir el mismo curso de vida. Lo hicieron con gran éxito, y volvieron a la granja dos años más tarde, cuando los chicos ya tenían veinte años. Vivieron durante otros tres años en la granja... Y entonces... mi esposa se colgó.
—¡Qué terrible!
—Sí. Pero lo más terrible no fue el suicidio en sí, sino su causa.
—¿Quizá no debiera recordarlo?
Pero él continuó como si no me hubiese oído.
—El hecho es que mientras las dos Margies estaban viviendo en Nueva York, los chicos se enfriaron un poco con respecto a ellas y empezaron a visitar a las hijas de Mr. Swope en la granja vecina... Los Swope's siempre habían tenido familias numerosas.. En mis buenos tiempos habían tenido tres hijas... Y ahora tenían tres... Así que los chicos cogieron la costumbre de visitarlas en su casa...
—Pero, ¿por qué su esposa hizo...?
—Una vez, poco tiempo después de su llegada de Nueva York, estábamos cenando en casa de los Swope, y nos pusimos a charlar hasta bastante tarde por la noche. Y justo antes de que nos marcháramos, desde arriba, donde estaban las habitaciones de las chicas, ¡se oyó un terrible grito! Fue un grito que nos heló la sangre en las venas, como si alguien estuviera siendo asesinado. Subimos corriendo y... vimos una terrible escena... Los dos Dicks estaban allí, y estaban tratando de forzar a las hijas de los Swope...
—¿Ello impresionó a su mujer?
—¡Y cómo! Inmediatamente comprendió que yo la había engañado antes de nuestro matrimonio.
—Quiere decir... —balbucí estúpidamente.
—Mis chicos estaban repitiendo la misma acción que yo llevé a cabo. Fue terrible. Margie siempre había sido muy virtuosa. Después de verlo con sus propios ojos, comprendió que su fe en mi virtud había sido traicionada. Se colgó en uno de los robles que crecían cerca de donde vivíamos encima del arroyo... Después de ello dejé la granja con mi familia y me vine aquí...
—Dígame, ¿supieron las jóvenes Margies lo que había ocurrido?
—Claro que no, estaban durmiendo, igual que mi Margie mucho tiempo antes... Y así vine a Nueva York con mi familia... Los chicos se especializaron en biología en el Instituto, como yo había hecho, mientras que las chicas consiguieron colocaciones como operarias de teléfonos en la Bolsa. De esta forma vivieron separados, hasta que una vez se encontraron en el cine... Fue un encuentro feliz. Su tierna amistad se renovó... Tenga la amabilidad, ¿qué hora es?
—Ahora mismo son las seis en punto.
—Bueno, todavía tenemos quince minutos de tiempo... Accidentalmente, se encontraron en el mismo cine en el que yo había encontrado una vez a Margie...
—¡Es sorprendente!
—A mí ya no me sorprendía nada... Conocía todo el juego de cabo a rabo. Sé con precisión el día y la hora en que se casarán... Si no tiene prisa por ir a algún lado, vayamos hacia «Sperry's». Hoy van a ir a bailar... Margie y yo también acostumbrábamos a ir allí...
—¡Dios mío! —grité—. ¿Y qué ocurre después?
—Pronto lo sabremos... Todo, hasta sus más ínfimos detalles, debe repetirse...
Caminamos por una calle totalmente a oscuras, el anciano tanteando el camino con su bastón mientras yo amablemente le cogía por el brazo. Ahora brillaban las ventanas de «Sperry's» y el sonido de una música escapaba de allí.
Era un club de segunda categoría con entradas económicas. Después de la oscuridad de la tarde otoñal, mis ojos no podían acostumbrarse a la luz centelleante. Se oía una pieza de jazz con su sonido metálico. Pronto cesó la música, y de repente dos parejas idénticas vestidas de blanco y negro se apresuraron hacia nosotros.
—¡Padre!
—¡Dick!
—¿Cómo supiste que estábamos aquí?
Todos ellos chillaban al mismo tiempo y, me pareció, que al unísono. El anciano tomó su pañuelo y se secó los ojos. No pude discernir si estaba llorando o tenía un catarro rebelde.
—Adiviné que estaríais aquí...
—Qué raro... ¡No te lo dijimos!
—Sabiduría paterna... Sabéis que mi corazón siempre intuye estas cosas. Simplemente pensé dejarme caer por aquí...
—Nos alegra mucho verte. Creemos que eres un hombre muy sabio y puedes aclarar una discusión que hemos tenido.
Mi acompañante se echó hacia atrás algo extrañamente, como si trataran de pegarle.
—Os escucho —dijo.
—Estábamos discutiendo sobre el hecho de que es imposible crear una sociedad armoniosa partiendo de personas que son fundamentalmente diferentes. ¿Qué opinas sobre ello?
El anciano frunció aún más el ceño.
—Hablemos de eso en otra ocasión...
—No, dinos tu opinión. De otro modo no acabaremos de discutir. Hemos concluido que dado que es imposible crear una sociedad monolítica a partir de personas diferentes, entonces hay que intentar...
En este momento la orquesta volvió a tocar de nuevo, y los dos Dicks con sus Margies se apresuraron a salir a bailar. Se me nublaba la vista... Casi tuve que arrastrar por la fuerza al anciano fuera de la sala.
—¡Óigame! —le grité—. No puedo permitir que esas jóvenes encantadoras, que en breve se casarán con sus chicos, cuelguen más pronto o más tarde de las ramas de un roble en la granja de Greenbowl...
—Pero ¿qué sugiere que hagamos? —dijo el anciano con voz entrecortada.
—Tiene que avisarles inmediatamente. Dígales lo que ocurrió en la casa de los Swopes.
—¿Cree que mi Margie no fue avisada? No creyó una sola palabra. Y cuando me enteré de quién era el charlatán, yo...
—Usted, ¿qué?
—Cuando era joven, fui un buen tirador. Y mis hijos son muy buenos tiradores...
—Quiere usted decir que...
—Eso aún está por llegar, y no sucederá ahora mismo, Todo empezó a estar complicado en mi mente.
—¿Qué intenta hacer ahora? —pregunté al anciano.
—Nada, ya no puedo hacer nada.
—¿Por lo tanto todo va a repetirse?
—Sí. Todo. Llegarán a las mismas conclusiones que Margie y yo. Robarán en una farmacia...
—¿Robarán en una farmacia? ¿Para qué?
—Para obtener los reactivos químicos necesarios para criar nuevos individuos por el método de Forkman...
—¿Así obtuvo los productos químicos?
—Sí, me vi forzado a ello... después de que hube volado un petrolero.
—¿Voló un petrolero? ¿Está loco?
—Me vi obligado a ello... Necesitaba dinero para realizar el experimento. Un agente me prometió el dinero si colocaba una bomba junto al petrolero. Había algún complot por enmedio...
Me ardían las sienes como si tuviera fiebre.
—¡Pero oiga, esa clase de agente puede no aparecer esta vez!
—Aparecerá. Siempre están cerca... Son la típica clase del sinvergüenza estandarizado...
—Pero ahora hay dos Dicks. ¿Entre los dos volarán un petrolero o dos?
—No lo sé. Siguiendo la lógica de los acontecimientos... dos.
—Bueno, ¿por qué robó entonces en la farmacia?
—Porque después de que hundí el barco, mi patrón se negó a pagarme el salario e incluso me amenazó con la cárcel.
—¡Qué cosas tan horribles! ¡Es sencillamente increíble! ¡Esto tiene que ser atajado ahora mismo!
—¡Ay de mí!
—¡Imagine cómo sus cuatro nietos atacarán a las jóvenes Swope! ¡Será una pesadilla!
—Sí, lo será.
—¡Las pobres Swopes!
—Así es. Pero ¿qué puede usted hacer?
—Después de ello, las cuatro Margies... No habrá suficientes robles en su granja para...
—Para entonces habrán crecido otros...
—Destrozarán todas las farmacias del país... ¡Hundirán a toda la flota de petroleros!
—Es lo más probable...
De repente me quedé inmóvil.
—¿Por qué ha dejado de hablar? —dijo el anciano con voz ronca.
—Imaginé que había cien Dicks sentados en el parque para cuidar a mil hijos estándar. Imaginaba su granja en Greenbowl convertida en una factoría para fabricar gente estándar. Por eso las gentes del lugar la llamarán: Granja G.E.S.T.A. Y allí constantemente criarán miles, luego cientos de miles, de descendientes vegetativos de un modo estándar y... Entonces será necesario repoblar toda una montaña de robles... Y a la familia Swope, ¡Dios!, ¿qué les ocurrirá finalmente...?
—No lo sé, no lo sé.
Caminamos hasta la salida del parque sin añadir ni una palabra. De repente me pareció que estaba caminando hacia el destino más implacable, con una pesadilla materializada en la forma de un monstruoso anciano, una pesadilla que debe irse repitiendo con inquebrantable inevitabilidad cada vez en mayor escala. ¡No!
—¡Esto no puede permitirse! ¡No puede!
Tomé al anciano por el brazo.
—¡Escúcheme! ¿Cree en realidad en toda esa estupidez de estabilizar a la sociedad estandarizando a la gente?
—¿Y si no? ¿Cuál es la diferencia? Ahora no pueden evitarse las cosas.
—Usted sí puede. ¡Tiene que avisar a la policía, a los agentes secretos! ¡Tiene que avisarles a todos!
—¿Quiere que vengue en mis propios hijos un crimen que es sólo mío? Mire, yo tengo la culpa de todo. ¿Lo entiende? ¡Sólo yo! Incluso aunque ahora haya cuatro, y luego dieciséis y así sucesivamente. ¡Sólo estarán repitiendo lo que yo hice! ¡Y si hay algún sentido en hablar del pecado original, entonces está usted cara a cara con él en este caso! Soy culpable de todo...
Al llegar a este punto rompió a llorar, roncamente; como lo hacen los ancianos, olvidándose incluso de cubrir su rostro con las manos.
—¡Espere! ¡Aún tengo que hacerle una pregunta!
—Ya sé cuál es su pregunta —dijo el anciano, roncamente, sin interrumpir su llanto.
—No, usted no sabe qué quiero preguntarle...
—Lo sé... ¡Adiós, adiós!
Rápidamente empezó a caminar a lo largo de la cerca del parque, golpeando sonoramente su pesado bastón en el asfalto. Permanecí inmóvil, aún indeciso, mirando hacia la figura encorvada del terrible anciano moviéndose en la distancia hasta que estuvo oculto por la oscuridad.

Y así no le pregunté si había revelado a sus hijos el secreto del profesor Forkman.
Han transcurrido algunas décadas desde que tuvo lugar esta extraña entrevista. Y de repente he empezado a observar que me encuentro frecuentemente con personas muy semejantes, que visten y caminan del mismo modo y hablan del mismo tema. Jóvenes madres muy similares están cuidando a unos niños idénticos. Desde la pantalla cinematográfica me miran idénticos actores y actrices. Rostros y figuras casi idénticos aparecen en las cubiertas de libros y revistas.
Por ésta y otras muchas razones, a veces pienso que en algún lugar existe realmente una Granja G.E.S.T.A. y que está patrocinada por corporaciones poderosas.


FIN


Publicado en: Otros mundos, otros mares - Editorial A.T.E.

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