The
preserving machine,
© 1953 (The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Junio de 1953). Traducido por Augusto Martínez
Torres en Bestiario de ciencia ficción, selección de Robert Silverberg,
Ciencia Ficción 44, B 114, Ultramar Editores S. A., 1986.
Desde 1952, los entusiastas de la
ciencia-ficción han saludado alborozados cada uno de los nuevos cuentos salidos
de la máquina productiva de Philip K. Dick. Dado a conocer con lo que parecía
ser una colección de cien cuentos cortos, originales por sus conceptos y de
diestra ejecución. Luego, unos pocos años después comenzó a escribir novelas,
publicando primero su excelente Solar
lottery, en 1955, y prosiguiendo con libros
verdaderamente perturbadores como: The three stigmata of Palmer Eldritch, Ubik, y The man in the high castle, ganador este último del premio Hugo. El cuento que reproducimos a
continuación, uno de sus primeros, revela la rápida evolución de la destreza de
Dick. Sus obras más recientes son auténticas pesadillas; esta historia elegante
tiene también una cualidad onírica, pero indudablemente menos persecutoria.
Robert Silverberg
Doc Labyrinth se recostó en la butaca,
entrecerrando sus ojos melancólicamente. Se cubrió las rodillas con la manta.
–¿Y bien? –dije. Me hallaba de pie cerca de
la parrilla, calentándome las manos. Era un día claro y frío. El soleado cielo
de Los Angeles se hallaba casi libre de nubes. Más allá de la modesta casa de
Labyrinth se extendía una amplia zona de vegetación que llegaba hasta las
montañas. Esto daba una ilusión de gozar de la Naturaleza, aun dentro de los
límites de la ciudad–. ¿Y bien? –repetí. ¿La máquina funcionó como esperabas?
Labyrinth no contestó. Me di la vuelta. Mi
amigo estaba mirando fijamente hacia delante, observando a un enorme escarabajo
que trepaba lentamente por la manta. Se desplazaba metódicamente, con un paso
lleno de dignidad. Luego de haber trepado hasta arriba comenzó a deslizarse
hacia abajo, por el lado opuesto.
Labyrinth suspiró y fijó sus ojos en mí.
–¡Oh!, funcionó bastante bien.
Traté de localizar al escarabajo, pero no se
hallaba a la vista. Sentí algo de frío, en la brisa leve y fresca, y me acerqué
más al fuego.
–Cuéntame –le pedí.
El doctor Labyrinth, como los que leen
demasiado y disponen de mucho tiempo libre, se había llegado a convencer de que
nuestra civilización seguiría los pasos de Roma. Pienso que su idea era que se
formaban en nuestra cultura las mismas grietas que habían hundido al viejo
mundo, al mundo de Grecia y Roma, y que consideraba que nuestro mundo, nuestra
sociedad, iba a eclipsarse como lo habían hecho aquéllas, pasándose luego por
un periodo de obscuro caos.
Ahora bien, con esta idea, Labyrinth comenzó
a preocuparse por los logros que se perderían en tal conmoción. Pensaba en el
arte, la literatura, las buenas costumbres, la música... Y pensó también que de
estas importantes cosas bellas, la que más rápidamente se olvidaría sería la
música.
Ciertamente que la música es lo más
perecedero, frágil y delicado; y puede ser rápidamente destruida.
Labyrinth se preocupaba mucho. Amaba la
música y no podía acostumbrarse a que un día no existieran Brahms ni Mozart,
que no se pudiera disfrutar de la música de cámara, suave y refinada, que hace
pensar en las pelucas, en los arcos frotados con resina, en las velas que se
derretían en la semiobscuridad.
El mundo sería seco y lamentable sin la
música. Árido e inaguantable.
De esta forma comenzó a concebir la idea de
la Máquina Preservadora. Una noche, sentado cómodamente en su butaca escuchando
el suave sonido de su tocadiscos, se le presentó una extraña visión. Vio, con
los ojos de la mente, la última copia de un trío de Schubert, estropeada y casi
ilegible, abandonada en un lugar obscuro, probablemente un museo.
Un bombardero sobrevolaba. Las bombas caían,
convirtiendo al edificio en ruinas, derrumbando las paredes, que se
desmoronaban, dejando sólo escombros. En el desastre, la última copia
desaparecía perdida entre las ruinas, para pudrirse y desaparecer.
Y luego, siempre en la imaginación de Doc
Labyrinth, observó cómo la partitura surgía de entre las ruinas como lo haría
un animal enterrado, con garras y dientes aguzados, con furiosa energía.
–¡Ah, si la música pudiera tener esa
facultad, el instinto de supervivencia de ciertos insectos y otros animales!
¡Cómo cambiarían las cosas si la música se pudiera transformar en seres vivos,
animales con garras y dientes! Entonces podría sobrevivir. Si sólo se pudiera
inventar una Máquina, una Máquina que procesara las partituras musicales,
convirtiéndolas en cosas vivas.
Pero Doc Labyrinth no era mecánico. Logró
unos pocos bosquejos aproximativos que envió a varios laboratorios de
investigación. La mayoría estaban demasiado atareados con los contratos para el
ejército, por supuesto. Pero al fin logró algo de lo que deseaba. Una pequeña
universidad del Medio Oeste quedó encantada con sus planes e inmediatamente
comenzaron a trabajar en la construcción de la Máquina.
Las semanas pasaron. Al fin Labyrinth
recibió una postal de la universidad. La Máquina estaba saliendo bien. La
habían probado haciendo procesar dos canciones populares. ¿Cuáles fueron los
resultados? Surgieron dos pequeños animales, del tamaño de ratones, que
corrieron por el laboratorio hasta que el gato se los comió. Pero la Máquina
había trabajado a la perfección.
Se la enviaron poco después, cuidadosamente
embalada en un armazón de madera, sujeta con alambres y con un seguro que
cubría todos los riesgos. Estaba muy nervioso cuando comenzó a trabajar,
quitándole las tablillas. Muchas ideas debieron de haber pasado por su mente
cuando ajustó los controles y se preparó para la primera transformación. Había
seleccionado una partitura maravillosa para comenzar, la del Quinteto en sol
menor, de Mozart. Durante un rato estuvo hojeándola, absorto en sus
pensamientos. Luego se dirigió a la Máquina y la echó dentro.
Pasó el tiempo. Labyrinth se mantuvo parado
muy cerca, esperando nervioso y aprensivo, sin saber qué seria lo que hallaría
al abrir el compartimiento. Estaba realizando una gran labor, según su idea, al
preservar la música de los grandes compositores para la eternidad. ¿Cómo sería
gratificado? ¿Qué hallaría? ¿Qué forma adoptaría esto antes de que todo hubiera
pasado?
Muchas preguntas no tenían aún respuesta.
Mientras meditaba, la luz roja de la Máquina centelleaba. El proceso había
concluido, la transformación se había efectuado. Abrió la portezuela.
–¡Dios mío! –fue su exclamación–. ¡Esto es
verdaderamente extraño!
De la máquina salió un pájaro, no un animal.
El pájaro mozart era pequeño, bello y esbelto, con el magnífico plumaje de un
pavo real. Voló un poco alrededor del cuarto y se volvió hacia él, curiosamente
amistoso. Temblando, Labyrinth se inclinó, extendiendo la mano. El pájaro
mozart se acercó. Entonces, súbitamente, remontó el vuelo.
–Sorprendente –murmuró. Llamó dulcemente al
pájaro, esperando pacientemente hasta que revoloteó hasta él. Labyrinth lo
acarició durante un largo rato. ¿Cómo sería el resto? No podía adivinarlo.
Cuidadosamente levantó al pájaro mozart y lo colocó en una caja.
Al día siguiente se sorprendió aún más al
ver salir al escarabajo beethoven, serio y digno. Era el escarabajo que había
visto trepar por la manta, concienzudo y reservado, ocupado en sus cosas.
Después vino el animal schubert. Era un
animalito tontuelo y adolescente, que iba de uno a otro lado, manso y juguetón.
Labyrinth interrumpió su trabajo para dedicarse a pensar.
¿Cuáles eran los factores de la
supervivencia? ¿Eran las plumas mejores que las garras y los dientes? Labyrinth
estaba sumamente asombrado. Había esperado obtener un ejército de criaturas
recias y peleadoras, equipadas con garras y duros carapachos, listas a morder y
patear. ¿Las cosas le estaban saliendo bien? Y, sin embargo, ¿quién podía decir
que era lo mejor para la supervivencia? Los dinosaurios habían sido poderosos,
pero ninguno estaba vivo. De todas formas, la Máquina se había construido. Era
demasiado tarde para plantearse otros problemas.
Labyrinth prosiguió dándole a la Máquina la
música de muchos compositores, uno tras otro, hasta que los bosques que se
hallaban cerca de su casa se llenaron de criaturas que se arrastraban y
balaban, gritando y haciendo todo tipo de ruidos. Muchas rarezas fueron
saliendo, criaturas todas que lo asombraron y llenaron de estupefacción. El
insecto brahms tenía muchas patas que salían en todas direcciones; era un
miriápodo grande y de forma aplanada. Bajo y achatado, estaba cubierto de una
pelambre uniforme. Al insecto brahms le gustaba andar solo, y prontamente se
alejó de su vista, preocupándose por eludir al animal Wagner, que había salido
unos instantes antes.
Este era grande, y tenía muchos colores profundos.
Parecía tener un humor de mil diablos, y Labyrinth se atemorizó un poco, tal
como les sucedió a los insectos bach. Estos eran animalitos redondos, una gran
cantidad de ellos, que se obtuvieron al procesar los cuarenta y ocho preludios
y fugas. También estaba el pájaro stravinsky, compuesto por curiosos
fragmentos, y muchos otros.
Los dejó sueltos, para que se acercaran a
los bosques, y allí se fueron. saltando, brincando y rodando. Pero un extraño
presentimiento de fracaso le atenazaba. Cada una de estas extrañas criaturas le
maravillaba más y más. Parecía no tener ningún control sobre los resultados.
Todo esto estaba fuera de su dominio, sujeto a alguna extraña e invisible ley
que se había enseñoreado sutilmente de la situación, y esto le preocupaba sobremanera.
Las criaturas mutaban a raíz de la acción de una extraña fuerza impersonal,
fuerza que Labyrinth no podía ver ni comprender. Y que le daba mucho miedo.
Labyrinth dejó de hablar. Esperé un rato,
pero no parecía tener deseos de continuar. Me volví a mirarlo. Me estaba
contemplando en una forma extraña y melancólica.
–Realmente no sé mucho más –dijo–. No he
vuelto a ir allí desde hace mucho tiempo. Tengo miedo de ver lo que sucede en
el bosque. Sé que está pasando algo, pero...
–¿Por qué no vamos juntos a ver qué pasa?
Sonrió aliviado.
–¿Realmente piensas así? Imaginé que tal vez
lo sugerirías, puesto que todo me está comenzando a resultar demasiado duro de
afrontar –echó a un lado la manta, sacudiéndose –. Vamos, entonces.
Bordeamos la casa, y seguimos un estrecho
sendero que nos llevó hacia el bosque. Tenía un aspecto salvaje y caótico, con
malezas demasiado crecidas y una vegetación que no había recibido cuidados en
largo tiempo. Labyrinth fue hacia adelante, apartando las ramas, saltando y retorciéndose
para abrirse camino.
–¡Qué lugar! –comenté. Seguimos andando
durante un rato bastante largo. El bosque estaba obscuro y húmedo; ahora era
casi la hora del crepúsculo y sobre nosotros caía una fina niebla que se
desprendía de las hojas situadas sobre nuestras cabezas.
–Nadie viene aquí –el doctor se quedó
súbitamente de pie, mirando a su alrededor–. Tal vez sea mejor que vayamos a
buscar mi escopeta. No quiero que suceda nada irreparable.
–Pareces estar muy seguro de que las cosas
han escapado a tu control –me llegué hasta donde estaba y nos quedamos parados
hombro con hombro–. Tal vez las cosas no estén tan mal como piensas.
Labyrinth miró alrededor. Movió la hojarasca
con su pie.
–Están cerca de nosotros, por todos lados.
Observándonos. ¿No lo sientes?
Asentí, en forma casi casual.
–¿Qué es esto?
Levanté un extraño montículo, del cual se
desprendían restos de hongos. Lo dejé caer y lo aparté con el pie. Quedó en el
suelo, un montoncito informe y difícil de distinguir, casi enterrado en la
tierra blanda.
–Pero, ¿qué es? –pregunté nuevamente.
Labyrinth se quedó mirándolo, con una expresión tensa en el rostro.
Comenzó a golpearlo suavemente con el pie.
Me sentí súbitamente incómodo.
–¿Qué es, por amor de Dios? –dije–. ¿Sabes
tú?
Labyrinth volvió lentamente los ojos hacia
mí.
–Es el animal schubert –murmuró–. O mejor
dicho, lo fue. Ya no queda mucho de él.
El animalito, que una vez había saltado y
brincado como un cachorrillo, tontuelo y juguetón, yacía en el suelo. Me
incliné y aparté unas ramas y hojas que se adherían a él. No cabía duda de que
estaba muerto. La boca estaba abierta, y el cuerpo había sido totalmente
desgarrado. Las hormigas y las sabandijas lo habían atacado sañudamente.
Comenzaba a oler mal.
–Pero ¿qué pasó? –dijo Labyrinth; movió
tristemente la cabeza–. ¿Quién pudo hacerlo?
Durante un momento quedamos en silencio.
Luego vimos moverse un arbusto y pudimos distinguir una forma. Debía de haber
estado allí todo este tiempo, observándonos.
La criatura era inmensa, delgada y muy
larga, con ojos intensos y brillantes. Me pareció bastante semejante al coyote,
pero mucho más pesado. Su pelambre era manchada y espesa. El hocico se mantenía
húmedo y anhelante mientras nos miraba en silencio, estudiándonos como si le
sorprendiera enormemente que nos halláramos allí.
–El animal wagner –dijo Labyrinth–. Pero
está muy cambiado. Casi no lo reconozco.
La criatura olfateó el aire. Súbitamente
volvió hacia las sombras y un momento después se había ido.
Nos quedamos absortos durante un rato, sin
decir nada.
Finalmente Labyrinth se estremeció.
–Así que esto es lo que sucedió –dijo–. Casi
no puedo creerlo. Pero... ¿por qué, por qué?
–Adaptación –le dije–. Cuando echas de tu
casa a un perro o a un gato doméstico, se vuelve salvaje.
–Sí –contestó–. Un perro vuelve a ser lobo.
Para mantenerse vivo. La ley de la jungla. Debí haberlo supuesto. Sucede
siempre.
Miró hacia abajo, hacia el lamentable
cadáver en el suelo. Luego alrededor, hacia los silenciosos matorrales.
Adaptación. O tal vez algo peor. Una idea se estaba formando en mi mente, pero
nada dije.
–Me gustaría ver más. Echar una ojeada a los
otros. Busquemos.
Estuvo de acuerdo. Comenzamos a investigar
la posible existencia de animales a nuestros alrededor, apartando ramas y
hojas. Hallé y empuñé una rama, pero Labyrinth se puso de rodillas, palpando y
observando el suelo desde bien cerca.
–Aun los niños se transforman en animales
–le comenté–. ¿Recuerdas los casos de los niños lobos de la India? Nadie podía
creer que alguna vez fueron normales.
Labyrinth asintió calladamente. Se sentía
muy triste, y no era difícil darse cuenta de por qué. Se había equivocado, su
idea original había sido errada, y ahora se hallaba frente a las consecuencias
de su error. La música podía transformarse en animales vivos, pero había
olvidado la lección del Paraíso Terrenal. Una vez que algo tomaba vida
comenzaba a tener una existencia independiente, dejando de ser una propiedad de
su creador y moldeándose y dirigiéndose tal como lo desea. Dios, observando el
desarrollo del hombre, debe de haber sentido la misma tristeza, y la misma
humillación, tal como Labyrinth, al ver que sus criaturas se modificaban
y cambiaban para enfrentarse a las necesidades de sobrevivir.
El hecho de que sus animales musicales
podrían defenderse ya no quería decir nada para él, puesto que la razón por la
cual las había creado, impedir que las cosas bellas se brutalizaran, estaba
sucediendo ahora en ellas mismas. Labyrinth me miró, con ojos llenos de
tristeza. Había asegurado su supervivencia, pero al hacerlo había destrozado el
significado o los valores de tal acción. Traté de sonreírle para alentarlo,
pero retiró la mirada.
–No te preocupes demasiado –le dije–. No fue
un cambio demasiado grande el que experimentó el animal Wagner. Siempre fue un
poco así, brusco y temperamental, ¿verdad? ¿No sentía cierta atracción por la
violencia?
Me interrumpí bruscamente. Labyrinth había
dado un salto, retirando apresuradamente su mano del suelo. Se apretó la
muñeca, gimiendo de dolor.
–¿Qué te pasa? –me apresuré a preguntarle
mientras me acercaba; temblando, me mostró su mano pequeña–. Pero ¿qué te
sucede?
Le tomé la mano. Por el dorso se extendían
unas marcas rojas, como tajos, que se hinchaban bajo mis ojos. Había sido mordido
o aguijoneado por un animal. Miré hacia abajo, pateando el césped.
Algo se movió. Vi correr hacia los arbustos
a un animalito redondo y dorado, cubierto de espinas.
–Atrápalo –dijo mi amigo–. ¡Pronto!
Lo perseguí, con mi pañuelo en ristre,
tratando de eludir las espinas. La esfera rodaba frenética, procurando esquivar
mi maniobra, pero finalmente lo atrapé con el pañuelo.
Labyrinth se quedó mirando la forma en que
se retorcía atrapado. Me puse de pie.
–Casi no puedo creerlo. Va a ser mejor que
regresemos a casa.
–¿Qué es? –le pregunté.
–Uno de los insectos bach. Pero está tan
cambiado que casi no puedo reconocerlo...
Nos dirigimos otra vez hacia la casa,
retomando nuestro camino por el sendero, a tientas en la obscuridad. Yo abría
el paso, echando a un lado las ramas. Labyrinth me seguía, silencioso y triste,
frotándose la mano dolorida.
Entramos al patio y subimos la escalera del
fondo hacia el porche. Labyrinth abrió la puerta y pasamos a la cocina.
Encendió la luz y se dirigió hacia el fregadero, para lavarse la mano.
Tomé una jarra vacía del aparador, y dejé
caer dentro al insecto bach. La esfera dorada rodaba de uno a otro lado cuando
le ajusté la tapa. Me senté a la mesa. Ninguno de los dos decía palabra alguna,
mientras Labyrinth seguía en el fregadero, dejando correr agua sobre su mano
herida... Yo, mientras tanto, seguía mirando a la esfera dorada, en sus
infructuosos intentos por escapar.
–Y bien –dije finalmente.
–No hay la menor duda –Labyrinth se acercó y
se sentó a mi lado–. Ha sufrido una metamorfosis. Antes no tenía espinas
ponzoñosas, ¿sabes? Menos mal que tuve cuidado cuando me decidí a desempeñar el
papel de Noé.
–¿Qué quieres decir?
–Tuve buen cuidado de que fueran híbridos...
No se podrán reproducir. No habrá una segunda generación. Cuando estos
ejemplares mueran, todo se habrá acabado.
–Debo decirte que me alegro que hayas tenido
eso en cuenta.
–Me pregunto –murmuró Labyrinth– cómo sonará
ahora, tal cual está.
–¿Cómo dices?
–La esfera. El insecto bach. Esa es la
verdadera prueba, ¿no es así? Puedo volverlo a meter en la Máquina. Así
veremos. ¿Quieres averiguar qué sucederá?
–Lo que tú digas –le contesté–. Después de
todo, es tu experimento. Pero no te ilusiones demasiado.
Levantó la jarra cuidadosamente y nos
dirigimos escaleras abajo, en dirección al sótano. Divisé una inmensa columna
de metal opaco, que se levantaba en una esquina, cerca del lavadero. Una
extraña sensación me recorrió. Era la Máquina Preservadora.
–Así que ésta es –dije.
–Sí, ésta es –Labyrinth manipuló los
controles y estuvo ocupado con ellos durante un largo rato. Luego, tomando la
jarra, la dio la vuelta y, abriendo la tapa, dejó caer al insecto dentro de la
Máquina. Labyrinth cerró la portezuela.
–Ahora veremos –dijo. Accionó los controles
y la Máquina comenzó a andar. Labyrinth se cruzó de brazos, y nos dispusimos a
esperar. Fuera se hizo de noche cerrada, sin una pizca de luz. Finalmente se
encendió un indicador de color rojo que se hallaba en el tablero de la Máquina.
Mi amigo giró la llave hacia la posición de desconexión, y nos quedamos en
silencio. Ninguno de los dos deseábamos abrir la Máquina.
–Bien –dije finalmente–. ¿Quién va a abrir y
a mirar?
Labyrinth se estremeció. Metió la mano en
una ranura y sus dedos extrajeron un papel con notas.
–Este es el resultado. Podemos ir arriba y
tocarlo.
Nos dirigimos al cuarto de música. Labyrinth
se sentó frente al piano de cola y yo le pasé la hoja. La abrió y la estudió
durante un minuto, con una cara inexpresiva. Luego comenzó a tocar.
Escuché la música. Era espantosa. Nunca
había oído nada igual. Era distorsionada y diabólica, sin ningún sentido o
significado, excepto, tal vez, una rara familiaridad que jamás debió haber
estado presente en algo así. Sólo con gran esfuerzo era posible imaginar que
alguna vez había sido una fuga de Bach, parte de una serie de composiciones
magníficamente ordenadas y respetables.
–Esto es lo decisivo –dijo Labyrinth. Se
puso de pie, tomo la hoja de música y la rompió en mil pedazos.
Cuando nos dirigíamos hacia el lugar donde
había dejado mi automóvil, le dije:
–Tal vez la lucha por la supervivencia sea
una fuerza mayor que cualquier ética humana. Hace que nuestras preciosas reglas
morales y nuestros modales parezcan algo fuera de lugar.
Labyrinth estuvo de acuerdo.
–Tal vez nada pueda hacerse para salvar
tales costumbres y tales reglas morales.
–Sólo el tiempo puede ser capaz de responder
a esa pregunta –le contesté–. Tal vez este método falló, pero otros pueden
tener éxito. Es posible que algo que no podernos predecir o prever en estos
momentos pueda surgir algún día.
Le di las buenas noches y subí a mi
automóvil. Estaba completamente obscuro; la noche había descendido sobre
nosotros.
Encendí los faros y comencé a recorrer la
carretera conduciendo en plena obscuridad. No había otros vehículos a la vista.
Estaba solo y sentía mucho frío.
En una curva disminuí la marcha, para
cambiar de velocidad. Algo se movió cerca de la base de un sicomoro enorme, en
plena obscuridad. Traté de determinar qué era.
En la parte inferior de un árbol, un
escarabajo muy grande estaba construyendo algo, poniendo un poco de barro cada
vez, para dar forma a una extraña estructura. Me quedé observando al animal
durante un largo rato, asombrado y curioso, hasta que finalmente notó mi
presencia y dejó de trabajar. Se dio la vuelta rápidamente, entró en su pequeño
edificio, haciendo sonar la puerta al cerrarla firmemente tras él.
Me alejé rápidamente.
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