La noche que
precedió a su emigración no durmió mi simpático héroe. Crear un continente, una
América propia, subjetiva, como diría cualquier pebete[1] de
la última camada literaria, no es empresa mental que se pueda consumar
durmiendo, ni en estado de modorra, sino muy despabilado, con el espíritu ágil
y llena la cabeza de inventiva potente.
Del
hervor incesante de sus imaginaciones infantiles, repletas de fantasías
relumbrantes, de frescos brotes de inspiración rosada, fue sacando Dieguito, en
la penumbra de su pobre cuarto, una América de original grandeza, de suelo más
dilatado que el cielo todo; una tierra sin piedras, que en brotación espontánea
daba hecho el pan, sin costo de sudores, como aquellos que en sus montañas
nativas, coronadas por perpetua tira de nieves, costaba el arranque del miserable
centeno.
En
la América forjada por la mente de Dieguillo eran de lirios los bosques,
cargados de dulce rocío los vasos de sus abiertas flores moradas; filones de
oro atravesaban toda la tierra; de coralina eran los lechos de los mares; el
sol cristalizaba en perlas las gotas de lluvia del cielo bajadas; la atmósfera,
sin duros cierzos[2]
estaba impregnada de opobálsamos, entre cuyos aromas sufrían vahidos de placer
los pájaros, unos pájaros sobre cuyas plumas arrojaba Dieguito el iris del
firmamento y todos los iris de su fresca imaginación pictórica. ¡Ah, la grande,
la hermosa América, no es esta real que todos palpamos, sino aquella otra
panorámica, deslumbradora, poblada de millonarios, que el innato sentimiento
de ambición, espoleado por la penuria, reconstruye en las mentes de los hijos
del proletariado europeo!
La
falta de pan y la sobra de hijos arrojaba a Dieguillo del hogar nativo. Tenía
12 años, saludables como las vetas de joven encina; cual aguilucho, ágil y
fuerte, y bello además, como engendro de dos cuerpos torneados por duro
trabajo.
Bajo
el dolor provocado por la separación, trabajando la calma, palpitaba íntimo
consuelo en la conciencia de sus padres, esperando, seguros en la realidad de
tal esperanza, que al andar de los años prósperos sería Dieguillo el redentor
de su miseria, dando descanso a sus rendidos huesos y libertándoles de su
fatigosa brega con una tierra áspera y esquiva, exhausta en sus entrañas de
jugo germinador.
Al
comprender Dieguillo, en forma intuitiva, primer arranque de la razón
razonante, los alcances de aquel consuelo de sus padres, sintió que le bullían
en el ánimo, de valor lleno, energías de aventurero, audacias de mercader
genial para explotar aquella América maravillosa, surgida de su inspirada
mente. Por lo pronto pensaba hacerse rico en cuatro días matando pájaros para
quitarles la pluma, cuyo valor desconocerían seguramente los americanos. En
pieles pensaba hacer pingües negocios, sonsacándoselas a los moros (para él no
había más que moros y cristianos) valiéndose de la martingalita[3] del
reloj, que les aproximaría a las orejas para que se quedaran turulatos con el
misterioso ruidito de la rueda catalina. Lo malo era que no tenía reloj, la
materia prima de sus colosales especulaciones. Por vez primera, en medio de sus
ensueños de opulencia, sintió Dieguillo lo duro que en toda subida es el primer
escalón.
Lleno
su primaveral rostro de lágrimas y besos maternales, y la cabeza de prudentes
consejos paterno-, se embarcó el gran especulador con rumbo a Buenos Aires,
recomendado a su tío, registrero[4]
opulento, que a pesar de su entendimiento de losa, el prestigio de su bien
sonada fortuna le consentía farolear mucho en la colonia y ser muy mentadas sus
hijas en la crónica social criolla.
En
medio del mar, a todos los aires abierto Dieguillo escupía con desprecio a las
olas en ebullición solemne, como si aquella conjuntiva grandeza de cielo y mar,
de honduras de abismo y amplitudes infinitas, fueran insignificante obra en
comparación del mundo por él creado, de aquella América, ardiendo en relumbres,
que encerrada en su cabeza traía.
Cuando
llegó, su tío el registrero quiso lucirse con él, único con quien podía lucirse,
sometiéndole a un examen de aritmética rudimentaria y de ortografía pedantesca.
En el infinito escalón de las facultades humanas no hay hombre que deje de
oprimir con las suyas a los que están más bajos. Dióle muchos consejos..
envueltos en infatuada seriedad y tono autoritario, sin correrse en ningún
socorro positivo, que era por el momento lo que más importaba a Dieguillo,
consentido el pobrecito en que su tío le daría algunos pesos para comprar el
dichoso reloj con el cual había de sonsacar a los indios las plumas, las pieles
y los corales. Tampoco le llevó el registrero a comer a su casa, ni le presentó
a sus hijas, señoritas de aire indiano, ni a su mujer, antigua chalequera, y
ahora señora de viso[5], con
más humos que la fábrica de gas del alumbrado público. El filantrópico tío no
quiso introducir en su casa aquella muestra de su origen, desconocido para sus
empingorotadas hijas, que, nacidas del aventurero ayuntamiento, no conocían de
la raza de su padre más que a su padre, ni de la de su madre más que a su
madre.
Lo
único que el registrero hizo por su sobrino, tras de aquel examen en que no
resultó Dieguillo ningún Euclides, fue meterle en una tienda de novedades. Allí
encerrado, y envuelto en las emanaciones que despiden los estampados de las telas,
pasó de la edad infantil a la púber, vivamente despertado a la vida de las
pasiones por aquella atmósfera de voluptuosos alientos que poblaban el ámbito
de la tienda. Entre el amarramiento del mostrador y las miradas de las
hermosas, agujas calcinantes que le hurgaban la fiebre, fue perdiendo su cuerpo
el bello aire montesco que tenía cuando llegó a Buenos Aires. Sus rojos
mofletes, endurecidos por libres aires cerreros, desaparecieron de su rostro,
quedando en él la blanca anemia, la triste palidez hostial de los niños a
quienes no besa el sol. Huyó de sus ojos el mirar vivaz, arrogante y libre como
mirada de águila, tornándose tímidos y serviles dentro de sus ojeras moradas.
Se le emblanquecieron las manos, poniéndosele pálidos y finos los dedos, antes
duros y apretados de carne pura, sana y curtida en los cierzos. Nacido en el
monte, en plena naturaleza, a todas horas venteado y soleado, sentíase oprimido
y pensábase chico en aquella encerrona de la tienda. envuelto en débiles
respiraciones de mujeres elegantes, alientos que, hechos ambiente,
producíanle. al llegar a sus pulmones, efectos de consunción deprimente, al
paso que le poblaban la cabeza de soñarresas voluptuosas.
Las
niñas de 14 años que iban a comprar telas para cambiar por largos sus trajes de
corto, elegían en Dieguillo su vendedor, mareándole con sus risas, repletas de
gozo, con sus ojos, en que ya los brillos de la malicia comenzaban a descorrer
los velos de la inocencia, con sus palabras, con el rojor de sus labios, con
las manzanas de sus pechos, y, sobre todo, con lo que más le mareaban era con
aquellas pantorras[6],
esculturas de material de rosas frescas, en cuya contemplación se le iban a
Dieguín los ojos camino del pecado.
¿Y
era aquello la América, su América? ¿Y las plumas? ¿y las pieles? ¿y los
corales? ¡Oh, quiméricas ilusiones! En lugar de aquel mundo relumbrante y a la
vez libre., de aquellas prometidas aventuras y de aquella soñada opulencia,
velase reducido a estrecho encierro, sometido a servil obediencia, llevado y traído
por señoras, devastado su recio cuerpo, pulido por la debilidad, acampanillados
los broncos tonos de su voz, disciplinada su mirada, sumiso y tímido, corderil,
atrozmente civilizado.
Noches
hubo en que, acostado sobre humilde catre en la trastienda, flotáronle sobre la
cabeza, en dulce visión, las altas nubes arrasadas por los aires impetuosos de
sus montañas, mientras los azores *, dueñas sus alas del espacio todo, volaban
de cumbre en cumbre. Y en los amaneceres, al colarse los rayos de aurora por los
intersticios de los escaparates, abrillantando la sedería en los estantes,
sentía impulsos de rebelión, de hacerse libre, de echarse a la calle y bañarse
en sol y rocío, sacudiéndose aquellas miasmas de plantas de estufa. Conteníale
en su acción el recuerdo de la autoridad hosca de su tío el registrero.
Luego,
librado de la torpeza del sueño, vuelto a la realidad viva, repasaba su memoria
a todas las que durante el día habían ido a la tienda a vestirse de largo. Y
así, sin él apenas notarlo, se fue secando dulcemente entre aquellas
remembranzas.
En
la plenitud de su desarrollo, díjole un día el cuerpo, espigado como un cirio,
que no seguía adelante, que se plantaba y que quería irse al hoyo, convencido,
sin duda, de que para no disfrutar del sol y del aire, tanto daba el dejarse
estar en una tienda como en una sepultura. Ello fue cosa de un periquete, de
poco más de tres días, unas cuantas náuseas el primero, que para mí fueron
acceso de asco hacia el comercio supercivilizado; el segundo lo pasó entre
accidentes, vahidos y postraciones; y al amanecer del tercero, tras un largo
delirio en que recordó a todas las que iban a la tienda a vestirse de largo, se
le escapó el alma a bañarse en el sol de las Alturas, dejando hecho una miseria
su bello cuerpo de montañés, airoso y fuerte, amasado con sana levadura y
revocado de soles frescos y recios cierzos.
En
carro con penachos blancos, atributo de los muertos en la inocencia, le
llevaron a la Chacarita. el enorme campo del cosmopolitismo difunto. Entre aquellas
habitaciones subterráneas, llenas de silencio augusto, de ambiciones para
siempre dormidas, distínguese la de Dieguillo por una pequeñita corona de
hojalata picada simulando hojas de laurel, recuerdo piadoso de su colega, el
otro cadetillo de la tienda.
Y
en tanto, en la cumbre de un cerro europeo, dos pobres viejos, de cuerpos
machacados por cuarenta años de dura brega con una tierra estéril, levantan
orando sus manos a Dios, para pedirle un día y otro, pacientemente, con tesón
henchido de fe, el pronto regreso del redentor de su miseria...
11-11-1899
[1] Pebete:chiquillo, jovencito ( voz
rioplantese).
[2]
Cierzo: viento que sopla del Norte, en Europa.
[3]
Martingala: combinación que permite ganar en el juego.
[4]
Registrero: almacenista, tendero de un negocio de tejidos al por mayor.
[5]
Viso(de) : de importancia.
[6]
Pantorra: pantorrilla gorda.
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