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Diego Corrientes - Francisco Grandmontagne


La noche que precedió a su emigración no durmió mi simpático héroe. Crear un continente, una América propia, subjetiva, como diría cualquier pebete[1] de la última camada literaria, no es empresa mental que se pueda consumar durmiendo, ni en estado de mo­dorra, sino muy despabilado, con el espíritu ágil y llena la cabeza de inventiva potente.
Del hervor incesante de sus imaginaciones infan­tiles, repletas de fantasías relumbrantes, de frescos brotes de inspiración rosada, fue sacando Dieguito, en la penumbra de su pobre cuarto, una América de original grandeza, de suelo más dilatado que el cielo todo; una tierra sin piedras, que en brotación espon­tánea daba hecho el pan, sin costo de sudores, como aquellos que en sus montañas nativas, coronadas por perpetua tira de nieves, costaba el arranque del mise­rable centeno.
En la América forjada por la mente de Dieguillo eran de lirios los bosques, cargados de dulce rocío los vasos de sus abiertas flores moradas; filones de oro atravesaban toda la tierra; de coralina eran los le­chos de los mares; el sol cristalizaba en perlas las gotas de lluvia del cielo bajadas; la atmósfera, sin duros cierzos[2] estaba impregnada de opobálsamos, entre cuyos aromas sufrían vahidos de placer los pá­jaros, unos pájaros sobre cuyas plumas arrojaba Dieguito el iris del firmamento y todos los iris de su fresca imaginación pictórica. ¡Ah, la grande, la hermosa América, no es esta real que todos palpamos, sino aquella otra panorámica, deslumbradora, po­blada de millonarios, que el innato sentimiento de ambición, espoleado por la penuria, reconstruye en las mentes de los hijos del proletariado europeo!
La falta de pan y la sobra de hijos arrojaba a Dieguillo del hogar nativo. Tenía 12 años, saluda­bles como las vetas de joven encina; cual aguilucho, ágil y fuerte, y bello además, como engendro de dos cuerpos torneados por duro trabajo.
Bajo el dolor provocado por la separación, traba­jando la calma, palpitaba íntimo consuelo en la conciencia de sus padres, esperando, seguros en la rea­lidad de tal esperanza, que al andar de los años prósperos sería Dieguillo el redentor de su miseria, dando descanso a sus rendidos huesos y libertándoles de su fatigosa brega con una tierra áspera y esquiva, exhausta en sus entrañas de jugo germinador.
Al comprender Dieguillo, en forma intuitiva, pri­mer arranque de la razón razonante, los alcances de aquel consuelo de sus padres, sintió que le bullían en el ánimo, de valor lleno, energías de aventurero, au­dacias de mercader genial para explotar aquella Amé­rica maravillosa, surgida de su inspirada mente. Por lo pronto pensaba hacerse rico en cuatro días matan­do pájaros para quitarles la pluma, cuyo valor desco­nocerían seguramente los americanos. En pieles pen­saba hacer pingües negocios, sonsacándoselas a los moros (para él no había más que moros y cristianos) valiéndose de la martingalita[3] del reloj, que les aproximaría a las orejas para que se quedaran turulatos con el misterioso ruidito de la rueda catalina. Lo malo era que no tenía reloj, la materia prima de sus colosales especulaciones. Por vez primera, en medio de sus ensueños de opulencia, sintió Dieguillo lo duro que en toda subida es el primer escalón.
Lleno su primaveral rostro de lágrimas y besos maternales, y la cabeza de prudentes consejos pater­no-, se embarcó el gran especulador con rumbo a Buenos Aires, recomendado a su tío, registrero[4] opulento, que a pesar de su entendimiento de losa, el prestigio de su bien sonada fortuna le consentía farolear mucho en la colonia y ser muy mentadas sus hijas en la crónica social criolla.
En medio del mar, a todos los aires abierto Dieguillo escupía con desprecio a las olas en ebullición solemne, como si aquella conjuntiva grandeza de cielo y mar, de honduras de abismo y amplitudes in­finitas, fueran insignificante obra en comparación del mundo por él creado, de aquella América, ardiendo en relumbres, que encerrada en su cabeza traía.
Cuando llegó, su tío el registrero quiso lucirse con él, único con quien podía lucirse, sometiéndole a un examen de aritmética rudimentaria y de ortografía pedantesca. En el infinito escalón de las facultades humanas no hay hombre que deje de oprimir con las suyas a los que están más bajos. Dióle muchos con­sejos.. envueltos en infatuada seriedad y tono autori­tario, sin correrse en ningún socorro positivo, que era por el momento lo que más importaba a Dieguillo, consentido el pobrecito en que su tío le daría algu­nos pesos para comprar el dichoso reloj con el cual había de sonsacar a los indios las plumas, las pieles y los corales. Tampoco le llevó el registrero a comer a su casa, ni le presentó a sus hijas, señoritas de aire indiano, ni a su mujer, antigua chalequera, y ahora señora de viso[5], con más humos que la fábrica de gas del alumbrado público. El filantrópico tío no quiso in­troducir en su casa aquella muestra de su origen, desconocido para sus empingorotadas hijas, que, naci­das del aventurero ayuntamiento, no conocían de la raza de su padre más que a su padre, ni de la de su madre más que a su madre.
Lo único que el registrero hizo por su sobrino, tras de aquel examen en que no resultó Dieguillo ningún Euclides, fue meterle en una tienda de novedades. Allí encerrado, y envuelto en las emanaciones que despiden los estampados de las telas, pasó de la edad infantil a la púber, vivamente despertado a la vida de las pasiones por aquella atmósfera de voluptuosos alientos que poblaban el ámbito de la tienda. Entre el amarramiento del mostrador y las miradas de las hermosas, agujas calcinantes que le hurgaban la fiebre, fue perdiendo su cuerpo el bello aire montesco que tenía cuando llegó a Buenos Aires. Sus rojos mofletes, endurecidos por libres aires cerreros, desapa­recieron de su rostro, quedando en él la blanca ane­mia, la triste palidez hostial de los niños a quienes no besa el sol. Huyó de sus ojos el mirar vivaz, arrogante y libre como mirada de águila, tornándose tímidos y serviles dentro de sus ojeras moradas. Se le emblan­quecieron las manos, poniéndosele pálidos y finos los dedos, antes duros y apretados de carne pura, sana y curtida en los cierzos. Nacido en el monte, en plena naturaleza, a todas horas venteado y soleado, sentíase oprimido y pensábase chico en aquella encerrona de la tienda. envuelto en débiles respiraciones de muje­res elegantes, alientos que, hechos ambiente, producíanle. al llegar a sus pulmones, efectos de consunción deprimente, al paso que le poblaban la cabeza de soñarresas voluptuosas.
Las niñas de 14 años que iban a comprar telas para cambiar por largos sus trajes de corto, elegían en Dieguillo su vendedor, mareándole con sus risas, repletas de gozo, con sus ojos, en que ya los brillos de la malicia comenzaban a descorrer los velos de la inocencia, con sus palabras, con el rojor de sus labios, con las manzanas de sus pechos, y, sobre todo, con lo que más le mareaban era con aquellas pantorras[6], esculturas de material de rosas frescas, en cuya con­templación se le iban a Dieguín los ojos camino del pecado.
¿Y era aquello la América, su América? ¿Y las plumas? ¿y las pieles? ¿y los corales? ¡Oh, quiméricas ilusiones! En lugar de aquel mundo relumbrante y a la vez libre., de aquellas prometidas aventuras y de aquella soñada opulencia, velase reducido a estrecho encierro, sometido a servil obediencia, llevado y traído por señoras, devastado su recio cuerpo, pulido por la debilidad, acampanillados los broncos tonos de su voz, disciplinada su mirada, sumiso y tímido, corderil, atrozmente civilizado.
Noches hubo en que, acostado sobre humilde catre en la trastienda, flotáronle sobre la cabeza, en dulce visión, las altas nubes arrasadas por los aires im­petuosos de sus montañas, mientras los azores *, due­ñas sus alas del espacio todo, volaban de cumbre en cumbre. Y en los amaneceres, al colarse los rayos de aurora por los intersticios de los escaparates, abri­llantando la sedería en los estantes, sentía impulsos de rebelión, de hacerse libre, de echarse a la calle y bañarse en sol y rocío, sacudiéndose aquellas mias­mas de plantas de estufa. Conteníale en su acción el recuerdo de la autoridad hosca de su tío el registrero.
Luego, librado de la torpeza del sueño, vuelto a la realidad viva, repasaba su memoria a todas las que durante el día habían ido a la tienda a vestirse de largo. Y así, sin él apenas notarlo, se fue secando dulcemente entre aquellas remembranzas.
En la plenitud de su desarrollo, díjole un día el cuerpo, espigado como un cirio, que no seguía ade­lante, que se plantaba y que quería irse al hoyo, convencido, sin duda, de que para no disfrutar del sol y del aire, tanto daba el dejarse estar en una tienda como en una sepultura. Ello fue cosa de un perique­te, de poco más de tres días, unas cuantas náuseas el primero, que para mí fueron acceso de asco hacia el comercio supercivilizado; el segundo lo pasó entre accidentes, vahidos y postraciones; y al amanecer del tercero, tras un largo delirio en que recordó a todas las que iban a la tienda a vestirse de largo, se le escapó el alma a bañarse en el sol de las Alturas, dejando hecho una miseria su bello cuerpo de mon­tañés, airoso y fuerte, amasado con sana levadura y revocado de soles frescos y recios cierzos.

En carro con penachos blancos, atributo de los muertos en la inocencia, le llevaron a la Chacarita. el enorme campo del cosmopolitismo difunto. Entre aquellas habitaciones subterráneas, llenas de silen­cio augusto, de ambiciones para siempre dormidas, distínguese la de Dieguillo por una pequeñita corona de hojalata picada simulando hojas de laurel, re­cuerdo piadoso de su colega, el otro cadetillo de la tienda.
Y en tanto, en la cumbre de un cerro europeo, dos pobres viejos, de cuerpos machacados por cuarenta años de dura brega con una tierra estéril, levantan orando sus manos a Dios, para pedirle un día y otro, pacientemente, con tesón henchido de fe, el pronto regreso del redentor de su miseria...


11-11-1899


[1] Pebete:chiquillo, jovencito ( voz rioplantese).
[2] Cierzo: viento que sopla del Norte, en Europa.
[3] Martingala: combinación que permite ganar en el juego.
[4] Registrero: almacenista, tendero de un negocio de tejidos al por mayor.
[5] Viso(de) : de importancia.
[6] Pantorra: pantorrilla gorda.

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