En Los
Manuscritos Perdidos y en Mercenarios
del Infierno.
Un relato fantástico desarrollado en
tiempos del Imperio Asirio. Un guerrero ha de tomar una decisión que
condicionará su futuro para siempre.
Entre los siglos X-VII a. C., el Imperio Asirio
hizo temblar de ira y miedo todo Oriente Próximo. Ocupaba grandes extensiones
de lo que hoy es Egipto, Siria, Irak, Jordania, Kuwait, Arabia Saudita e Irán,
entre el Mediterráneo oriental, los ríos Tigris y Eufrates, el Mar Rojo, el
Golfo Pérsico y el Mar Caspio. Asiria tomó su nombre a partir del dios Assur, El Vencedor del
Caos. Para los asirios, cualquier pueblo del mundo
debía someterse a Su Señor. Ante la negativa, los enemigos tenían que ser
exterminados sin compasión. Las tropas imperiales cubrieron de sangre
desiertos, oasis, ríos, litorales y montañas. Arrasaron chozas, palacios y bastiones
fortificados. Sus soldados esparcieron por doquier la crueldad y el terror,
pues habían hecho de su vida una guerra sagrada.
“Con el mandato del Dios Assur, el Gran
Señor, caí sobre el enemigo como un huracán... Los derroté y los hice
retroceder. Atravesé las unidades del enemigo con flechas y jabalinas... Corté
sus gargantas como a borregos... Mis caballos encabritados, enjaezados, se
sumergieron en la sangre que corría como en un río; las ruedas de mi carro de
batalla se salpicaron de sangre y despojos. Llené la llanura de cadáveres de
los guerreros, como si fueran hierba...”
Sennacherib,
Emperador de Asiria
Tras la batalla de Halklue, en la ribera del río
Tigris, S. VII a. C.
Se llamaba Tilat. Era un soldado de
infantería, al servicio del emperador Sargón II, señor de la hermosa Nínive, la
temible Assur, propietario de toda Asiria, de Babilonia la de las fuentes
brillantes, de Samaria, del país de Media, de los vergeles que bebían del
Tigris y el Eufrates. Tilat tenía un rostro ajado, de labios gruesos, nariz
ancha y aguileña y penetrantes ojos obscuros. La corta melena, espesa y negra,
surgía por los bordes del casco cónico y ondulado, con fina punta y orejeras
metálicas. La barba también resultaba densa, en bucles regulares que cubrían
toda la garganta. Era una cabeza poderosa, sobre un grueso cuello, entre dos
macizos hombros. Una camisola verde-parduzca, de mangas cortas, se le ceñía al
ancho y duro torso. Lucía cinto de cuero duro, adornado con rombos azules y
rojos, más grueso en sus bordes, sujeto por un recio cordel. Bajo él reposaba
una banda de tela, a rayas rojas y azules, igualmente ancha. La falda era vasta
y cómoda, en tono cremoso obscuro. A la altura de los muslos caía en espesos
flecos blancos y azules. Venía cortada entre las dos piernas, y aquella
abertura quedaba cubierta por otra línea de flecos. Tilat, como buen infante,
mostraba los pies desnudos, bajo unas piernas densas, acostumbradas a correr y
saltar. Sobre las endurecidas plantas podrían desmenuzarse cantos de grava. Los
dedos parecían piedrecillas, con uñas carcomidas por los arbustos y la arena.
Su recio brazo derecho empuñaba una lanza,
tan alta como él mismo, de afiladísima punta en forma de hoja estilizada. En el
izquierdo llevaba embrazado el escudo circular, un cono de piel rígida
recubierto de bronce, adornado con pinturas geométricas y tachones alrededor
del centro. Tal protección lograría cubrirle desde la cabeza a la cintura, y le
había salvado la vida una docena de veces, tal y como demostraban las marcas de
puntas de flecha, lanza, y los rayones provocados por las hojas de espada.
Una ancha tela le cruzaba el torso, desde un
hombro a la cadera contraria. Estaba decorada con círculos rojos y blancos, y
sostenía la espada corta, recta, de puño estrecho y sin guardas, envainada en
metal, ideada para luchar en distancias cortas.
Tilat saltaba sobre las piedras y guijarros
de tierra seca, internándose en la ancha cañada, rojiza y veteada de naranja.
Era un terreno áspero y ardiente, al pie de varios montes cuyos nombres
desconocía. El Sol de Oriente castigaba implacablemente, el sudor le resbalaba
por el surco lumbar, hasta las nalgas. La camisola estaba empapada en las
axilas y el bajo vientre, las manchas de humedad se mezclaban con las de la
sangre arrancada de venas enemigas.
Escudriñó el desierto paso, pues la vida le
iba en ello. Su mente, afilada a causa de los múltiples peligros que llenaban
su existencia, imaginaba enemigos tras cada tocón y talud. Respiraba con fuerza
por la nariz, con las aletas tensas, y caminaba velozmente, procurando evitar
todo ruido innecesario. No estaba dispuesto a dejarse matar, ni a que se le
escapara la presa.
Distinguió diminutas flores de sangre seca,
sobre los guijarros del suelo. Al lado, huellas profundas en la tierrecilla,
marcadas por un hombre aterrorizado. Sonrió. Llevaba persiguiéndolo desde la
noche anterior. Era un urartio, un enemigo de Asiria. Se había opuesto al poder
de Assur y por ello tenía que morir. Sus compañeros rebeldes fueron azotados,
empalados, quemados vivos, perdieron los ojos, las narices, los dedos, las
orejas y la piel. Pero este logró escapar al castigo.
Tilat rememoró los acontecimientos de los
últimos días. La campaña de Urartia había sido dura...
Todo comenzó muchos años atrás, cuando el
rey de Urartia y Midas de Frigia, señor de Mushki, se habían aliado para
controlar las rutas de comercio a través de la Cilicia. También el monarca de
Tabal quiso entrar en la conspiración, pero Sargón, El Brazo de Assur, conquistó su territorio. Midas también cedió ante
el Puño Asirio. Rusas de Urartia
permaneció rebelde, e incluso derrocó al gobernador imperial de la región
Mannea. Mas, al poco, las hordas nómadas cimerias golpearon duramente su
ejército. Era el momento propicio para que Sargón atacara, con el grueso de sus
fuerzas, dispuesto a arrasar toda Urartia, sin piedad alguna.
Las tropas de Assur, comandadas por el mismo
emperador, atravesaron llanuras, desfiladeros y ríos de rápidas corrientes,
precedidos por un grueso de zapadores que arrasaban y allanaban, que construían
puentes y balsas. El astuto Sargón evitó la línea de fortificaciones urartias,
al Oeste del lago Urmia, avanzando por la orilla contraria. Cada noche, el
emperador y sus soldados oraban y le pedían a Assur la derrota de los enemigos,
su muerte y su dolor. Y cada amanecer retornaban al duro camino de la guerra,
sedientos de sangre y victoria.
Al fin, hallaron al titánico ejército
urartio en un valle entre escarpadas montañas. Los asirios habían atravesado el
país a marchas forzadas, estaban cansados y faltos de sueño. Los urartios les
retaron, confiando en su victoria.
No se esperaban la explosiva reacción
asiria: Sargón ordenó el ataque sin dilaciones, marchando él al frente, sobre
su espectacular carro de combate tirado por cuatro corceles. Le rodeaban los qurubti sa sheppe, La Caballería de la
Guardia, lanceros a caballo, ciñéndose con las rodillas a la basta tela o piel
de leopardo que constituía su única silla, capaces de disparar a pleno galope
con su arco rígido y triangular y bajar al salto del noble bruto si éste era
herido, pues no calzaban estribos. En aquella carga brillaron los penachos
sobre las testas equinas, las puntas de lanza, el bronce de cascos y corseletes
y los coloridos flecos al vuelo de lanzas y faldones.
La caballería se abrió para dejar paso a la
temible línea de carros: pesados monstruos de acero, tirados cada uno por
cuatro caballos enfundados en armaduras de tejido, ante los cuales la
vanguardia enemiga sentía un indecible pavor. Los carros arrollaban las filas
de caballería e infantería, los cascos y las tachonadas ruedas de bronce
convertían en pulpa miembros, cabezas y torsos. Además de su contundencia en el
choque, el carro servía como atalaya para los tiradores selectos, que desde tal
punto privilegiado masacraban a flechazos cuantos enemigos podían divisar.
Tras la carga de carros y caballería le tocó
el turno a la marea de infantes. Llegaron a la carrera, internándose en la
densa neblina de polvo, pisando con sus pies descalzos los cuerpos deformes. La
mayoría preferían la lanza, que arrojaban, o cuya hoja pinchaba y sajaba. Los
honderos tiraban piedras o bolas metálicas que abrían cráneos y rompían
rostros. Pocos usaban la espada, ya que no solía producirse la lid a distancias
muy cortas. Los escudos anchos y cónicos chocaban estruendosamente, el poderoso
lanzaba al débil al suelo y lo lanceaba bajo el riñón, en el cuello o en la
ingle.
Tilat participó en la batalla, pues era un
infante más. La garganta y los ojos se le llenaron de polvo, pero continuó
corriendo, casi a ciegas. Distinguió un cuerpo urartio que gemía y braceaba,
con las piernas destrozadas por las ruedas de un carro. Los huesos sobresalían,
blancuzcos, entre jirones de carne húmeda. Su boca parecía un agujero difuso.
Tilat desorbitó los ojos y hundió la lanza en la cara rival, atravesándola
hasta que la punta tocó el interior del casco.
Siguió avanzando sobre el terreno devastado,
que hedía a muerte y resonaba con los gritos de ira y dolor. Poco a poco, la
tierra iba depositándose y podía verse con mayor claridad. Los combates eran
aislados, en general de un hombre contra otro, mas a veces podía contemplarse
un tumulto abigarrado, hasta una docena de guerreros cuyas lanzas y escudos
chocaban violentamente. Tanto asirios como urartios corrían hacia tales
combates en grupo, pero todo terminaba tan rápidamente como había empezado,
normalmente quedando la victoria en manos asirias.
Tilat caminaba cerca de otros compañeros, la
mayoría pertenecientes a distintas tropas, y por tanto desconocidos. Muy lejos,
hacia el frente, distinguió una espesa nube, donde la caballería y los carros
continuaban destruyendo las líneas urartias.
Tilat observó un carro volcado, y alrededor
varios cadáveres asirios, sin duda los arqueros y el auriga. El eje central
estaba quebrado, una de las dos pesadas ruedas tachonadas yacía a cierta
distancia. Los caballos relinchaban espantosamente, con las patas rotas,
algunos reventados bajo el peso del armatoste. Sin duda, el vehículo había
tropezado con un bache o socavón profundo, y voló por los aires, rebotando y
hundiéndose sobre los cuerpos y la tierra.
Un soldado urartio surgió de su escondite,
tras el carro. Vestía una camisola parda, de mangas cortas, con protecciones
rectangulares metálicas, una falda que superaba los muslos, igualmente marrón,
medias de tela roja y azul, y botas de cordones que subían hasta la rodilla. Un
irtu o círculo metálico, sujeto por
cuatro bandas de cuero, protegía su pecho. El casco era cónico, coronado por
una cresta en forma de gancho, con flecos de vivos colores. La barba caía,
recortada y gris, sobre la garganta. El rostro estaba contraído por la furia.
Se armaba con una lanza, un pequeño escudo plano y redondo, y una espada corta,
envainada.
Aquel hombre arrojó su lanza. El compañero a
la derecha de Tilat no había descubierto aún al enemigo. La hoja se le hundió
en la zona lumbar, sin más protección que la basta camisola. La punta surgió a
la altura del hígado. Era una herida mortal. El ensartado trastabilló y cayó de
rodillas, jadeando de puro dolor.
Tilat aulló y echó a correr hacia el carro
volcado. Le seguían cinco asirios más. Un segundo urartio asomó por la diestra
del carro. Era un arquero. La cuerda crujió al ser reculada, y restalló cuando
los dedos envueltos en manoplas de cuero la soltaron. Tilat se agachó y cubrió
con el escudo. El proyectil chocó contra el bronce y su brazo vibró
dolorosamente, hasta el hombro. Siguió corriendo.
El arquero urartio desorbitó los ojos. Una
punta metálica le sobresalía por el estómago, bajo el irtu. Un asirio cercano, aún tambaleante, le había arrojado su
lanza. El otro urartio se había perdido. Agachado junto a un cadáver, trataba
de arrebatarle la lanza. Pero Tilat le atacó. El urartio esquivó la hoja
asesina y desenvainó su espada. Alzó el escudo y paró una nueva estocada. Un
asirio reculaba su lanza, más no se atrevió a arrojarla, debido a la cercanía
de Tilat.
Los escudos chocaron y resbalaron. La espada
partió el astil, Tilat retrocedió y tiró el arma rota. Desenvainó su espada,
golpeando en el mismo movimiento. Se rodearon, estudiándose el uno al otro. Los
guerreros imperiales les observaban y animaban a Tilat. Éste llevaba puesto un
corselete de placas de bronce que le restaba movilidad. El urartio atacó con
varias estocadas y un golpe de escudo. Tilat los paró y, al acercarse, trabó su
pierna en la del rival y empujó. El rebelde se estrelló en el suelo, rodó y la
espada asiria sólo probó tierra. Al levantarse, el urartio golpeó con su escudo
hacia arriba y estoqueó por lo bajo. El bronce abrió la boca de Tilat, quien
tragó sangre y un diente. Se revolvió y la hoja maligna resbaló sobre las
broncíneas placas, cortando las sujeciones de un costado. El corselete voló,
semi suelto, y el borde inferior rasgó la barbilla de Tilat. Éste lanzó una
serie de tajos, que rebotaron en el escudo plano. Retrocedió y, puesto que le
estorbaba, se deshizo del corselete.
Ahora se sentía más ligero, y cargó como un
toro furioso. Las espadas restallaron de nuevo, en los oídos de Tilat rugían
los gritos de sus compañeros: “¡ASSUR! ¡ASSUR! ¡ASSUR!”. El rostro urartio se
llenó de miedo. Tilat le tajó una sien, lo arrolló con el escudo y le cortó la
garganta. Alzó la hoja húmeda y sintió un éxtasis indescriptible. Aún riendo,
echó a andar, en busca de más enemigos.
La batalla pronto llegó a los estertores. La
caballería y los carros habían abierto la vanguardia como un cuchillo la
manteca. Se daba caza a los huidos y los infantes peleaban contra los
resistentes. Cada soldado asirio entonaba una loa de agradecimiento a Assur
mientras cortaba el cuello de un rival que inútilmente sollozaba piedad.
Cuando el carro del emperador paseó por la
zona, seguido de la Caballería de la Guardia, y Sargón levantó las flechas de
la victoria, los soldados asirios rugieron vítores, enloquecidos de felicidad y
adoración.
En la tarde, se organizaron grupos de caza.
Debían hacerse con todos los huidos y traerlos, vivos o muertos, ante el
emperador, quien, como en otras ocasiones, dispondría una pila de cadáveres
descomunal, símbolo de su poder y promesa de venganza para quienes no se le
sometieran en el futuro.
Tilat, ya sin su protección de placas, se
internó en los secos montes adyacentes a la batalla, al igual que cientos de
compañeros más, siguiendo un rastro de pisadas apresuradas y manchas de sangre.
El dios Assur les ayudó, pues la Luna y las estrellas iluminaron aquella
búsqueda; gracias a su fulgor, muchos urartios que confiaron en las sombras
nocturnas para escapar, gritaron de miedo y dolor antes de perecer bajo la
lanza asiria.
El rastro fácil llevó a Tilat a través de un
terreno que se escarpaba poco a poco. Estuvo tan sumido en la persecución que
casi no se percató del tránsito entre la noche y el día.
Ahora, Tilat sabía que su presa estaba muy
cerca. En aquella estrecha barranca, la sangre seca restallaba contra el Sol
cegador, marcando un camino sencillo de seguir. El asirio se maldijo durante un
instante por no haberse apropiado de otro corselete o armadura. En el calor de
la batalla y la euforia del triunfo, tal punto se le pasó por alto. Sí tomó una
lanza, de un compañero muerto. Apreciaba la espada, pero se sentía desnudo si
no empuñaba un astil tocado de filoso metal. El labio partido, amoratado y
brillante, le ardía como si hubiese mordido un rescoldo de hoguera. Pero estaba
acostumbrado al dolor, y su voluntad de soldado mantenía tal molestia en un
plano intrascendente.
Entonces, escuchó una respiración débil y
jadeante. Era casi un silbido inapreciable, mas él lo había detectado.
Comprendió que había un enemigo tras un recodo del camino; sin duda, cuando
doblase ese talud rojizo, una hoja afilada caería sobre su rostro.
Muy lentamente, se desembrazó el escudo y lo
pasó por sobre el casco y un hombro, quedando sujeto a su espalda por las tiras
de cuero. Sin hacer el más mínimo ruido, rodeó el talud, hasta hallar una rampa
natural fácil para la escalada. Ató con un cordel la espada envainada al muslo
y la nalga, para que no chocara contra la piedra, y comenzó a ascender
lentamente, metiendo manos y pies en grietas, tan sigiloso como un gran felino,
poniendo infinito cuidado en que el borde del escudo no rozara el firme duro y
caliente.
Al llegar a la cúspide, se levantó y avanzó
semiagachado, notando el ardor de la piedra bajo sus durísimos pies. El corazón
atronaba en sienes y garganta, el sudor untaba párpados y mejillas. Llegó al
borde del talud. Abajo, tras una caída que como poco le rompería las piernas,
distinguió al urartio.
Estaba recostado sobre una piedra, casi
escondido tras ella. Sus ropas obscurecían, empapadas en sudor. Su casco brillaba
bajo los rayos solares. Tenía un muslo vendado, con telas ennegrecidas que
supuraban sangre. Mostraba la pierna roja hasta el tobillo. Tilat imaginó que
habría perdido demasiado líquido vital y con probabilidad la herida estaría
infectándose. La lanza y el escudo urartios reposaban cerca de su dueño. Era un
arquero, y sostenía con flojeza su arma, reculando malamente la cuerda, en esta
una flecha siempre a punto de caer. El herido cabeceaba, como si estuviera
haciendo un tremendo esfuerzo para seguir despierto. En secreto, Tilat alabó su
valor. Aquel arquero se sabía moribundo, pero, aun así, esperaba al perseguidor
para, en sus últimos momentos, clavarle la flecha. Quería morir matando, como
un guerrero.
La sombra de Tilat caía hacia atrás, y no
sobre el urartio. El asirio levantó la lanza, tomó aire, lo retuvo, taladró con
su mirada al enemigo y arrojó su arma. Llegó con tal fuerza que la punta abrió
la armadura ligera, pasando el filo entre dos placas de bronce, junto al
cuello, y se hundió hasta el astil. Sin corselete, el urartio habría sido
empalado cuan largo era.
El hombre sufrió un espasmo, soltó un gañido
y cayó al suelo, sobre su propio arco. Tilat ahogó un rugido triunfal. Se
embrazó el escudo y bajó a la carrera. Ya de nuevo en la garganta, desenvainó
la espada y se encontró con el herido.
Aún tenía clavada la lanza en la espalda
alta. Había logrado sentarse, apoyado contra la piedra. Sus piernas estaban
empapadas de rojo. El líquido se le escapaba por bajo del corselete, el cinto y
los faldones. Sus ojos iban y venían, enfebrecidos. Tosió sangre por la boca y
la nariz; su respiración sonaba húmeda. El metal debía haber alcanzado un
pulmón.
Tilat se le acercó en silencio, con rostro
sereno e implacable. Agradeció una vez más a su dios la oportunidad de matar a
un enemigo. Estoqueó en la garganta, un golpe recto, eficiente, casi
misericordioso. Al tiempo, el urartio le agarró de un antebrazo. Tilat sintió
un pinchazo en la piel. Apartó la espada rápidamente. Un cordelillo rodeaba la
mano del moribundo, bajo los nudillos. En el centro de tal tira, sobre la
palma, había un alfiler de punta húmeda, manchado con la sangre de Tilat. El
urartio logró esbozar una extraña mueca antes de expirar.
Tilat se frotó el antebrazo, alarmado.
Sospechó que aquel artero rival le había envenenado. Aferró la mano exangüe y
olfateó la aguja con sumo cuidado. Era un aroma agrio, le recordaba al de las
naranjas podridas. Abrió un tajo leve donde la aguja le hirió, chupó la sangre
y la soltó en rápidos escupitajos.
De pronto, sintió mareo. El mundo se
bamboleó a su alrededor. Se levantó, pero cayó de rodillas. Una arcada lo dobló
en dos y vomitó, únicamente jugos digestivos, ya que tenía el estómago vacío.
Se limpió con el dorso de la diestra, notando el amargor aceitoso en la
garganta y el paladar. Una debilidad fría y rápida se apoderaba de sus
miembros. Se preguntó qué veneno corría por sus venas: ¿el de una serpiente? ¿O
quizás un mejunje preparado a conciencia por viejas malignas o un experto
asesino?
Hizo un esfuerzo y volvió a levantarse. Su
mirada iba y venía. Debía caminar, volver con los suyos, tal vez entonces los
médicos de campaña pudieran suministrarle el preciso antídoto.
Envainó la espada y recuperó su lanza. Se
obligó a caminar, aunque las piernas le pesaban como si fuesen de plomo y la
vista se le nublaba a cada paso. Un pie resbaló y cayó, hincando la rodilla,
dolorosamente, en las piedras. Se levantó y volvió a caminar. Sentía frío.
Comprendió que iba a morir y experimentó profunda congoja. Recordó su hogar de
Nínive La Hermosa, repleta de fuentes
cantarinas, de jardines verdes y brillantes, sus mujeres dulces y seductoras,
los paseos columnados flanqueados por titánicas palmeras, los palacios de
mármol cremoso y veteado, de basalto y roca negra, donde los leones y las
panteras deambulaban caprichosamente a través de salas y pasillos...
–No moriré... –se dijo, procurando encontrar
la convicción que le faltaba.
Se apoyó en la pared de la barranca, sin
aliento. Jadeaba, con la garganta rasposa y ardiente.
Frente a él, distinguió una cueva, un
agujero negro abierto en la roca, que antes pasó por alto. Escuchó un cántico
lejano, que iba y venía en sus oídos, una letanía de voces etéreas, tan
hermosas como jamás pudiera imaginar. Se sintió tentado y, antes de poderse
controlar, se introdujo por la grieta.
Tanteó en la obscuridad, torpemente. El
suelo desapareció bajo un pie y rodó por una escalera de anchos bloques. El
escudo rechinó al raspar la roca. La caída fue breve. Tilat, su cuerpo un
manojo de dolor y contusiones, se apoyó en la lanza y se levantó, gruñendo y
jadeando. En la negrura, distinguió un fulgor suave, amarillento. Fue hacia
allá. Tropezó con un muro y lo siguió hasta doblar un recodo. Sus ojos
parpadearon al descubrir una tea lejana. De ella nacía el resplandor antes
distinguido. A la primera le seguían otras, regularmente espaciadas, asidas por
aros de hierro clavados en la roca. Su luz delimitaba un ancho pasillo
artificial, de negros muros. El humo que expelían las antorchas se remansaba en
el techo, pero varias volutas pesadas provocaron el lagrimeo y las toses del
explorador.
Mareado y débil, atacado de fría temblera,
el guerrero echó a andar por el corredor. La música extraña guiaba sus
erráticos pasos. Sonaba con mayor intensidad, llena de tonos mágicos, en un
idioma lánguido y extraño. Quizá cantaran mujeres. En todo caso, no eran mujeres humanas.
Tilat logró a duras penas doblar varios
ángulos, siempre bruscos y afilados. Tras superar uno más, descubrió la última
sección del corredor, conducente a una gran caverna de la que él aún podía
distinguir poco, en cuyo centro brillaba una superficie ancha y ovalada.
Tras instantes que eran siglos, surgió a tan
vasta estancia. Lo que antes observara refulgir era un gran estanque, sin
ornamento alguno, quizá una oquedad en el suelo rocoso. Había agua en ese lago
perfecto, y aquel líquido sereno, sobre el cual titilaban los reflejos de las
antorchas, captó la atención de Tilat. Nunca había visto una superficie tan
bella y clara. El fondo negro era profundo, y ningún pez o culebra enturbiaba
la plácida humedad.
Haciendo un esfuerzo de voluntad, desvió la
vista. Vio que se hallaba en una enorme caverna artificial, de forma esférica.
La única pared era perfectamente redonda, y se curvaba en el techo como una gran
cúpula opaca. Decenas de antorchas, a la altura de un hombre adulto, sujetas a
la pared por clavos de hierro, iluminaban el lugar.
Había diez encapuchados al fondo de la
estancia, tras el gran estanque. Sus túnicas ligeras, de un blanco inmaculado,
caían hasta el suelo, cubriendo todo el cuerpo. La capucha alzada hundía en
sombras el rostro. Había seis figuras masculinas, fornidas y esbeltas, y cuatro
femeninas, de curvas rotundas y ágiles, embelesadoras.
Pero no eran ellos quienes producían la
bella letanía. Al descubrir a los oradores, Tilat se sintió desfallecer a causa
del terror.
Eran dos los cantores. Cada uno reposaba en
la cúspide de su alta y gruesa columna de mármol, a la izquierda y derecha de
la decena encapuchada. Un par de seres terribles y maravillosos. Sus cabezas
eran humanas, de mujer luciendo una belleza mágica y atemporal, con rasgos casi
felinos, ojos negros y hechiceros, nariz fina y ligeramente curvada, tez
aceitunada, labios en fuego y cabello de azabache trenzado caprichosamente. Sus
cuerpos eran los de leonas poderosas. Reposaban sobre las patas, y meneaban la
cola indolentemente. De cada lomo surgían dos alas plegadas, compuestas de mil
finas y largas plumas, blancas y negras.
Tilat había oído hablar de tales seres,
esfinges las llamaban los egipcios, uno de los mitos más extendidos, aunque
profundamente arraigados en torno al Tigris y el Eufrates.
Aquellas damas sobrenaturales cantaban
graciosamente, una letanía suave y embriagadora, y sus profundos ojos
embarazaban al tosco recién llegado.
Callaron de pronto. Se alzaron sobre las
patas, y sus rostros se tornaron malignos. Una abrió la boca y bostezó
felinamente. Dos hileras de colmillos filosos bordeaban sus perfectos labios.
Las alas se desplegaron, majestuosas, como las de una gigantesca águila.
Golpearon el aire y las esfinges volaron, cruzando ágilmente la estancia. Se
posaron en el suelo, levantando la tierrecilla con el vaivén de sus plumas, y
rodearon a Tilat, quien jadeaba de puro terror. Ellas sonreían con malignidad. Y
con hambre. Se relamían y gruñían, amenazadoras. El asirio arrojó su lanza,
casi sin fuerzas. La esfinge voló, impulsada por sus alas, escapando así al
torpe disparo. El arma rodó por el suelo. La criatura se posó en el suelo y
rugió, como lo haría una leona, cavernosa y escalofriantemente. Tilat
desenvainó la espada, dispuesto a morir en liza.
–¡Alto!
Las esfinges se detuvieron y miraron con
disgusto al hombre que había hablado. Era uno de los diez. Alzaba su brazo
diestro, con la palma hacia el frente. Las esfinges volaron hasta sus
respectivas columnas. Asentaron los cuerpos sobre las patas y se relajaron. Una
apoyó el rostro entre las zarpas, y otra comenzó a atusarse un costado con la
lengua.
–Eres asirio... –atinó a decir Tilat,
enronquecido, señalando su espada al que había hablado.
El aludido bajó su capucha, mostrando un
rostro joven, mas no adolescente, afeitado, una faz propia de los hombres de
Assur o Nínive, pero desprovista de aquella crueldad que los caracterizaba. Sus
ojos parecían sabios y poderosos. Pero no malignos.
–Lo era –contestó, con voz grave y clara.
Sus compañeros bajaron las capuchas. Tilat
reconoció rasgos egipcios, medios, babilónicos, toscas facciones cimerias,
incluso la negrura del lejano Sur. Todos esos hombres y mujeres eran bellos, de
una extraña y serena forma, y sus ojos resplandecían como soles obscuros.
Sonreían levemente. Parecían darle la bienvenida.
–¿Quiénes sois? –preguntó Tilat, sintiéndose
feo y estúpido ante aquellos seres maravillosos.
–Somos los Guardianes de la Fuente –contestó
el asirio que ya hablara antes; con la mano abierta señaló el estanque del
centro–. Es la Fuente de la Eterna Juventud. Se aparece sólo a los que poseen
un fuerte corazón, y están a punto de morir. Es una nueva oportunidad.
Tilat entrecerró los ojos, confundido. El
eco del discurso reverberaba en su mente, y sintió que sus esperanzas renacían.
Pero se obligó a desconfiar.
–No os creo –espetó.
El joven asirio miró a su compañero de piel
negra. Éste asintió y echó a correr ágilmente, rodeando el agua. Tomó la lanza
que Tilat había arrojado.
–¡Suelta ese arma! –vociferó su dueño,
enfurecido.
El extraño de túnica blanca y tez opaca,
casi azulada, le increpó con palabras crueles en un idioma que Tilat
desconocía.
El asirio comprendió que se disponía a
luchar contra él. Su rival le rodeaba, sosteniendo la lanza con fuertes y
diestros dedos. Tenía cuerpo temible, bajo la seda blanca se intuían músculos
de hierro. El negro se le acercó de un salto y le pinchó en un hombro,
rasguñándolo. Tilat, enfebrecido, no había logrado alzar la espada. Qué ironía,
pensó, iba a morir ensartado en su propia hoja. El enemigo le pinchó una vez
más, jugando con él. Sonreía burlonamente.
De pronto, se acercó en demasía, una
imprudencia increíble, que no cometería ni el más bisoño recluta de leva. Tilat
no desaprovechó la oportunidad. Se lanzó al frente. Apuntaba al pecho, pero la
hoja se hundió hasta medio cuerpo en el estómago.
El negro retrocedió, dolorido. A pesar de lo
ocurrido, continuaba sonriendo. Aquella era una herida mortal. El vientre se
hincharía, lleno de sangre, y su dueño iría perdiendo las fuerzas poco a poco,
hasta morir.
–Observa a Kunn –dijo el joven asirio.
El tal Kunn reculó hasta el estanque, se
arrodilló y bebió. Al levantarse, dejó caer la túnica hasta la cintura. La
herida del abdomen, un tajo negruzco, comenzó a cerrarse milagrosamente,
absorbiendo toda la sangre derramada. Allí quedó tan sólo una costra, que
pronto fue tensa piel.
–Gracias, Kunn –dijo el joven asirio.
El herido se colocó la túnica rota y
manchada y volvió con los demás. Tilat continuaba mirándolo, atónito.
–Hay una Fuente de la Eterna Juventud en
cada rincón del mundo –explicó el joven asirio–, que se aparece en el momento
más inesperado. A quien se le ofrece este regalo, puede beber de ella, y
convertirse en su guardián. Será inmortal, y gozará de los placeres de la Tierra
y de la carne, o de los correspondientes al espíritu o el intelecto. Hoy, la
Fuente se te ha presentado a ti. Podrás seguir siendo un guerrero tras beber de
sus límpidas aguas, podrás tener riquezas y mujeres, o ser pobre y ascético.
Podrás continuar con tu vida o cambiarla por completo. Pero, en el corazón,
siempre serás un Guardián de la Fuente, y cuando se te convoque, como hoy lo
hemos sido todos nosotros, aparecerás.
Tilat guardó silencio. No era estúpido, y no
se negaba a creer lo que sus sentidos le mostraban. Comprendía que tras la
realidad cotidiana había una segunda realidad, que precedía a otras muchas. Y
hoy, ante el umbral de la muerte, él había rasgado el primer velo.
–¿Por qué yo? –preguntó, al fin.
–Porque la Fuente te ha elegido. Como ya te
dije antes, la Fuente sólo desea Guardianes de espíritu poderoso y lealtad
inquebrantable. Por eso te quiere a ti.
Tilat guardó un solo instante de silencio.
–Dejadme beber –logró ponerse en pie–. Amo
la vida y quiero vivir.
El joven asirio sonrió. Dos de sus
compañeros, un hombre y una mujer, llegaron hasta el envenenado y lo ayudaron a
caminar. Tilat se sorprendió al percibir la fuerza y firmeza en el pulso de la
pareja. Se arrodilló junto al agua y observó su propio rostro, ajado, sucio,
exhausto, lleno de arrugas y dolor. Por el contrario, los reflejos de sus
acompañantes eran luminosos, bellos y fuertes. Tilat les envidió.
De pronto, sintió una duda. Alzó la cabeza y
miró al joven asirio.
–¿Cuál es el precio? –preguntó.
–El precio es servir a la Fuente con todo tu
ser. Habrás de renunciar a cualquier otra creencia.
Tilat tragó saliva ruidosamente.
–¿Habría de renunciar a mi Señor Assur?
–Renunciarás a Él –fue la grave respuesta–.
Será una transición indolora. Simplemente, lo olvidarás. Dejará de importarte.
Vivirás. Encontrarás la felicidad.
Tilat enarcó una ceja y su mirada quedó
suspendida del vacío. Amaba la vida. Amaba la guerra, la victoria, bromear con
los amigos, comer hasta hartarse, beber y cantar. Amaba reír, y amaba a las
dulces mujeres. Deseaba vivir. Lo deseaba rabiosamente.
Sintió de pronto un dolor que le abría el
alma, como un cuchillo afilado. Empuñó fuertemente la espada.
Cuando alzó la cabeza, las lágrimas
arrasaban su faz. Pero sonreía fieramente. De nuevo era un guerrero. De nuevo
marchaba hacia la batalla, la más difícil y dura. Y cabalgaba junto a su Señor
Assur, El Vencedor del Caos.
–No viviré la vida de otro –escupió–. Moriré
con orgullo, siendo yo mismo.
Tilat hundió el arma en su propio cuello.
Miró hacia el techo, mientras la sangre empapaba su pecho y abdomen. Los ojos
se le llenaron de gloria. Expiró, y cayó hacia atrás.
Los diez albos Guardianes no pronunciaron
una sola palabra. Miraban el cadáver con tristeza, y quizás una chispa de
cierta envidia. Poco a poco, sus figuras fueron tornándose translúcidas, hasta
desvanecerse por completo.
Las esfinges se hicieron piedra. No les
dolió el cambio. Ahora eran estatuas, frías y bellas.
La vasta estancia quedó vacía, con el
cadáver guerrero a pocos pasos del estanque.
Las antorchas perdieron fuerza, hasta
apagarse y sumir el lugar en la más silenciosa negrura, en el más negro
silencio.
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