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Andrés Díaz Sánchez - El aliento de la muerte



En Conan.

Desde su posición en el parapeto de la empalizada, Hagar entrecerró los ojos mientras observaba la llegada de los pictos. Eran sombras aún más obscuras que el denso manto nocturno. Un enjambre rabioso y letal. La cacofonía compuesta por gritos de guerra, cascabeles y tambores desenfrenados ascendió como la marea de un océano tormentoso. Ya introducían sus canoas en el Río Negro, cuya orilla oriental lamía los muros del fuerte. Hagar podía sentir el Aliento de la Muerte abrasando su nuca. Comprendió que los defensores de Tuscelan, él incluido, encontrarían el final aquella noche. Era uno más en la fila de arqueros, bosonios o entrenados por bosonios.
–¡Tensad arcos! –rugió el cabo, un robusto legionario de la frontera.
Mientras la madera crujía en su puño, la vida de Hagar pasó por su mente, tan fugaz como el relámpago en la tormenta, tan nítida como la pradera bañada de rocío.
Recordó su infancia en Attalus, sus bellos campos y bosques, los recios castillos. Fue hijo de artesanos. El barro era su especialidad. Logro ahorrar algo de dinero y llegó a Tarantia, donde, tras años de duro esfuerzo, estableció su propio taller. Casó con una muchacha de la plebe, como él. Tuvieron dos hijos. Su negocio artesanal prosperó bajo el reinado de Vilerius. Fue una época de suave felicidad.
Mas, con la llegada de Numedides, todo cambió. El nuevo rey instauró un despotismo exacerbado. Gracias a los brutales impuestos, hundió en la subsistencia a la mitad del país. Hagar, arruinado, huyó hacia las Marcas Fronterizas. Los aquilonios habían arrebatado a los pictos grandes territorios y el gobierno provincial los repartía entre los colonos recién llegados. Hagar y los suyos comenzaron otra vez, desde la nada. Sudaron y sangraron hasta lograr adecentar una tierra difícil y hacerla florecer. Hagar pensó que el futuro le sonreiría. Se equivocaba: las tribus de los Cuervos y los Halcones atacaron a los colonos cruel y súbitamente. Hagar los contempló arrasar sus cosechas, quemar su cabaña y su granero. Los salvajes degollaron a su mujer y sus dos hijos. Un golpe de maza lo derribó. Los pictos, dándole por muerto, huyeron a las selvas del Oeste pues preveían la llegada de las tropas legionarias.

Cuando recobró el sentido, Hagar sintió que su alma se desgajaba en pedazos. Su vida había sido destrozada de golpe. Lloró, por primera vez en treinta años, con la cabeza entre las manos. Era la viva imagen del más amargo fracaso.
Se alistó en la Legión Fronteriza. Durante los primeros años de militancia, mató pictos con ardor. La ira pasó y sólo quedó una extraña desesperanza. A veces, cuando observaba las densas y misteriosas selvas del Oeste, pensaba que, por muchos que mataran, jamás vencerían definitivamente a los pictos. Fuera cosa de años o siglos, aquel pueblo bestial surgiría en tromba desde sus cubiles y aniquilaría toda la civilización.
–¡Disparad!
Hagar soltó la cuerda. Su flecha se sumó a las muchas que, como pálidos borrones en la noche, atravesaron el aire hasta hundirse, con un sonido parecido a un martillazo sobre grueso terciopelo, en los pechos pictos. Los heridos aullaban y caían al agua, volcando sus canoas.
No hizo falta, la voz del cabo: maquinalmente, al igual que el resto de sus compañeros, Hagar sacaba una flecha tras otra del carcaj y las disparaba con letal puntería. Muchos diablos pintarrajeados morían bajo las saetas bosonias. Pero sus hermanos los apartaban a un lado o utilizaban como escudo y seguían avanzando. Ya volaban desde las canoas flechas, piedras de honda, hachas y lanzas.
El intercambio de flechas era vertiginoso: en un momento dado, hubo tantas entre la empalizada y las canoas del río que muchas chocaban en el aire. Las incendiarias trazaban brillantes y hermosas parábolas. Una saeta de punta flamígera alcanzó al cabo del parapeto. El hombre chilló, mientras la lluvia de chispas iluminaba su rostro aterrorizado. El fuego prendió en la barba y la melena. Hagar sintió la aceitosa bilis en su garganta cuando le llegó el hedor a piel quemada, pero reprimió las arcadas. El bosonio cayó de la empalizada y se rompió la cabeza envuelta en llamas contra el fondo de piedra y tierras.
Los pictos surgían en constantes oleadas desde los bosques más allá del Río Negro. Se rumoreaba que el brujo Zogar Sag había unido a muchas tribus rivales, pero nadie en Tuscelan previo tan repentino y devastador ataque. La noche anterior, el mejor explorador del fuerte, un tal Conan, partió hacia Gwaweia con un reducido grupo de lides. Tenían como objetivo asesinar a Zogar Sag. Aquella misión suicida era también secreta, pero muchos veteranos, como Hagar, tenían conocimiento de ella. El aquilonio imaginó que la cabeza de Conan adornaría en aquellos momentos el umbral de una tienda picta. Se equivocaba, pues el cimmerio ya marchaba, junto a Balthus, un valeroso Joven turanio, hacia las tierras de colonos entre Tuscelan y Velitrium. Visto el desastre de la noche, Conan sólo podría servir de ayuda avisando a los granjeros y procurando su rápida huida antes de la invasión picta.
Mas Hagar no podía conocer estos hechos, así que pensó con amargura que nadie salvaría a los colonos del Este. El pecho se le llenó de furia y tensó hasta límites casi sobrehumanos la cuerda del arco.
–¡Trágate eso hijo de Jobhal-Sag! –exclamó, con voz ronca.
La flecha voló con tal fuerza que entró por la boca del picto y surgió, roja e incólume, por entre los omoplatos.
Los invasores llegaron hasta el muro y comenzaron la escalada, utilizando cuchillos que clavaban en la madera, postes apoyados en la empalizada, sobre los que gateaban, o cuerdas unidas a garfios que sobrevolaban el borde de afiladas estacas.
Al otro lado del muro, en el entablado, había demasiados aquilonios muertos, atravesados por flechas y lanzas. Hagar seguía en pie, arrojando proyectiles, sobreviviendo a la lluvia de saetas por puro milagro. No notó el nauseabundo olor de los pictos, ajenos a cualquier clase de higiene. Un rostro negruzco, pintado a rayas blancas y rojas y adornado con plumas diversas, apareció sobre el borde, ante él. El aquilonio agarró a dos manos el arco y golpeó en la dentadura del bárbaro. Éste sangró por entre los labios y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se soltó. Hagar asestó otro trallazo, esta vez en la sien derecha. El salvaje gritó y cayó al río.
Un picto se encaramó sobre el parapeto y destrozó a hachazos la cabeza de un gunderlano. Acto seguido, se enfrentó a Hagar. El salvaje estaba totalmente desnudo. Su cuerpo era enjuto pero nervudo, de rasgos faciales simiescos e hirsuta melena negra. Reía como un demente. Hagar estoqueó a dos manos con el arco, el salvaje desvió el arma con su hacha y saltó felinamente hacia adelante. Los dos rodaron sobre el entablado. El picto hundió sus dientes en el hombro de Hagar hasta hacer florecer la sangre. El legionario sujetaba con sus manos las muñecas enemigas. Clavó la rodilla en su entrepierna y el picto se encogió sobre sí mismo. Hagar le golpeó con la cabeza en el rostro, rompiéndole la nariz. Continuó de tal manera hasta que el antagonista perdió el sentido. Hagar desenfundó su machete y lo hundió en el estómago cuarteado, tenso y duro como la piel de un tambor. Sintió un júbilo pagano al notar el estremecimiento doloroso del rival. Lo apartó y se levantó de un salto, descolgando el hacha que le pendía del cinto.
Ya todo el fuerte estaba lleno de pictos. Parecían insectos gigantes invadiendo un titánico pastel. Los aquilonios abatían salvajes hasta que ellos mismos eran cosidos a cuchilladas. El patio de armas era un campo de batalla donde bárbaros y civilizados peleaban sin dar tregua ni recibirla. Hagar sintió que el corazón se le encogía cuando contempló la muerte de Valannus, el gobernador del fuerte, aguerrido luchador rodeado de cadáveres pictos. Los bárbaros se lanzaron sobre él como alimañas al festín.
Al volverse hacia los costados, Hagar descubrió a muchos pictos corriendo hacia él. Miró hacia abajo. Era demasiada altura, pero, sin pensarlo dos veces, saltó. Imaginó los huesos de sus propios tobillos quebrarse contra el suelo, y las rótulas emergiendo entre jirones de carne. Aterrizó con los gruesos músculos relajados, de pie, y enseguida rodó sobre sí mismo. La vibración del choque llegó hasta la mandíbula, pero, tras un instante de agonía, comprendió que no tenía ningún hueso roto o dislocado. Aún así las plantas de sus pies ardieron al levantarse y echar a correr.
Hagar se movía entre los combatientes, asestando hachazos y cuchilladas al enemigo, sobreviviendo de milagro a múltiples escaramuzas.
En el sector oriental del patio de armas, Bractus, el capitán de la compañía en que militaba Hagar, había reagrupado a una veintena de hombres El resto de aquilonios estaban muertos o habían sido hechos prisioneros. Los de Bractus se defendían como tigres, compactándose en un estrecho circulo rodeado de pictos muertos. El capitán blandía salvajemente su espada, en primera línea de combate.
–¡Ánimo, aquilonios! –aullaba, con voz de trueno–. ¡Enseñadles a estos perros cómo luchan los legionarios de la Frontera!
Al oír su grito, Hagar se sintió invadido por una euforia arrasadora, y a saltos, carreras y trompicones, logró alcanzar a sus compañeros, que sonrieron con auténtica alegría al verle llegar.
–¡Todos a la casa de Valannus! –gritó Bractus–. ¡Allí nos haremos fuertes! Los legionarios echaron a correr, sin dejar de asestar golpes. Sólo ocho lograron llegar a la solidísima cabaña, propiedad del fallecido gobernador. Ya dentro, Hagar y otros dos afirmaron la puerta contra las embestidas de los pictos. El resto, a pesar de sus heridas, acarrearon muebles de la única sala en la construcción y los colocaron en la entrada. Se apartó Hagar de ésta y observó la estancia. Era amplia, había servido de despacho y dormitorio al gobernador del fuerte. Las paredes de piedra resistirían las arremetidas exteriores. No así el portón, cuyos muebles parapetados temblaban peligrosamente a tenor de los ataques pictos.
Los legionarios mostraban rostros blancos y sudorosos. Sus miradas eran lúgubres. Caltor, un enjuto trampero, se sentó frente a la puerta, con la espalda apoyada en la pared.
–Hoy, moriremos todos aquí –dijo, expresando en voz alta el pensar general.
Un bosonio se arrodilló en un rincón y rezó una plegaria a Mitra. Hagar lo miró con amargura. Dejó de creer en Mitra tras la muerte de su familia.
Rancor, un fiero gunderlano, yacía en el suelo, apoyado en un muro, conteniéndose las tripas con las manos.
–No dejéis que los pictos me atrapen vivo –logró musitar.
El capitán Bractus le miró con seriedad.
–No lo permitiremos.
Zerio, un veterano guerrero superviviente de mil batallas, hizo una fea mueca y escupió en el suelo.
–¡Bah! –exclamó–. Ya sabíamos todos que un soldado de la Frontera no muere en la cama. Éste es nuestro último día... ¿y qué? Yo he luchado contra cimmerios, pictos, nemedios, ofíreos, zingarios... Donde Aquilonia ha entrado en guerra... ¡allá estuve yo! He pasado por más aventuras y combates de los que jamás podría recordar. Y lo repetiría todo si volviera a nacer. ¿Quién quiere una vida cómoda y aburrida? Prefiero una existencia salvaje, intensa y corta. Si hoy muero... ¡antes romperé unas cuantas cabezas pictas, y a los Infiernos con el mundo entero!
Varios sonrieron, con fiera alegría.
–Bien dicho –afirmó Bractus, aún en pie; se volvió hacia sus hombres con gesto noble y severo–: Legionarios, ha sido para mí un auténtico honor luchar junto a hombres como vosotros.
A todos les brillaron los ojos y aspiraron aire con fuerza. Henchidos de orgullo.
–¡Hemos vivido con honor, y moriremos con honor! –restalló la voz de Bractus–. Y tened muy presente esto que os voy a decir: el picto que no matéis ahora será el picto que degollará a un colono, hombre, mujer o niño, de aquí a Velitrium –sus ojos se encendieron locamente–. ¡No mostréis debilidad! ¡Golpead duro y sin compasión! ¡Vamos a enseñarles a esos sucios diablos de qué madera estamos hechos!
Los soldados, víctimas de una alegría rabiosa y desesperada, clavaron sus miradas en la inestable barrera sobre la gran puerta. Los muebles temblaban peligrosa y rítmicamente. Sin duda los pictos utilizaban algún tipo de ariete para echarlos abajo. La cerradura saltó por los aires y la muerta se abrió lo justo para que por el hueco cupiera un salvaje pintarrajeado. Zerio corrió hacia él. De un brutal puntapié volvió a cerrarla, aplastando la cabeza picta entre el quicio y el borde.
Pero el portón acabó por desprenderse de las bisagras y al menos cinco pictos entraron en tropel, siendo rápidamente pisoteados por los que llegaban desde atrás. Sus alaridos rebotaban contra las cuatro paredes. Los aquilonios les obsequiaron letales golpes de hacha, espada y cuchillo. Cadáveres morenos rodaron sobre los muebles, formando una segunda y tétrica barrera. Pero del exterior llegaban muchos más, utilizando el ariete, un gran tronco de árbol sin ramas ni corteza. Con él derribaron lo que aún restaba de puerta. La roma punta del árbol aplastó a un bosonio contra la pared.
Bractus repartía espadazos con furia inusitada. Su espada iba y venía, siempre roja, y los pictos trastabillaban alrededor suyo. Mas uno logró hundirle su lanza en el cuello. Otro le clavó en el pecho una espada robada a un legionario muerto. El metal atravesó la cota. Los pictos se le echaron encima Y lo cosieron a cuchilladas.
Zerio exhalaba dementes carcajadas, mientras sus golpes derribaban enemigos. Un picto saltó a su espalda, cual pantera sobre el lomo del alce, echó su cabeza hacia atrás y lo degolló merced a un profundo tajo.
Pronto, sólo quedó en pie un único aquilonio: Hagar. Parecía una fiera acorralada, con la pared a su espalda, mostrando los dientes, un machete en una mano y el hacha en la otra. Varios tajos le cruzaban el pecho y los brazos. Pero aún parecía dispuesto a matar a muchos antes de morir.
Tras él, se hallaba el gunderlano herido en el abdomen. Parecía como si Hagar quisiera protegerlo de la manada enemiga. Desde el suelo, el yaciente trató de musitar unas palabras, pero su voz se quebró cuando, definitivamente, murió.
Los pictos se lanzaron sobre Hagar. Perdió el hacha en las entrañas de un picto y la emprendió a cuchilladas. Un machete cortó su oreja izquierda. Retrocedió trastabillando. Dio contra una pared y su mano izquierda encontró, como por casualidad, una banqueta corta, derribada por los suelos. Golpeó a izquierda y derecha con ella, destrozando un par de cráneos Y logrando así abrir un hueco en la maraña de enemigos. Pero éstos avanzaron de nuevo. Un cuchillo le atravesó el alto pecho, partiéndole la clavícula. Aún pudo romper la banqueta contra la espalda del asesino. La sangre inundó un pulmón y las piernas se le doblaron, ya sin fuerzas. Tosió sangre, que surgía también por su nariz. Haciendo un último esfuerzo sobrehumano, víctima de una furia explosiva, se alzó y arrambló contra la oleada de pictos, enviando a varios al suelo. Los cuchillos horadaron sus entrañas.
Todo lo veía borroso. Desaparecieron los enfurecidos rostros pintados y vio a su mujer y sus hijos, que le sonreían dulcemente. Olió el aroma a enebro y jazmín del jardín de su padre, en el soleado Attalus. Experimentó una placidez arrebatadora. Al instante siguiente el mundo se convirtió en un infinito océano de obscuridad.

Del ataque al Fuerte Tuscelán sólo sobrevivió un aquilonio, llamado Tarco. Era un avezado trampero que logró escabullirse antes de que el brujo Zogar Sag, líder de los invasores, ordenara la ejecución de los últimos prisioneros. Aquel hombre atravesó leguas y leguas de bosque, siempre en dirección Este, hasta llegar a Velitrium. Allí, en una taberna, halló a Conan, el explorador cimmerio, bebiendo solitariamente.
Los dos intercambiaron pocas palabras, referentes a la batalla del Río Negro. El norteño contó a Tarco que un joven llamado Balthus, fallecido en la aventura, y él mismo, lograron avisar a los colonos. Gracias a esta acción, muchas familias aún conservaban la vida, seguras tras las murallas de Velitrium.
Quedaron al poco en silencio. Nadie sentía en Velitrium deseos de hablar. La provincia de Conajohara había caído, otra vez, en poder picto. En las mentes de todos permanecía el recuerdo de los hombres muertos en Tuscelán. Durante los años sucesivos, se les mentaría para enardecer a los hombres en la batalla interminable contra el pueblo picto.
Tarco se volvió sombríamente hacia Conan.
–La barbarie es el estado natural de la Humanidad –dijo–. La civilización, en cambio, es artificial, es un capricho de los tiempos. La barbarie, ha de triunfar siempre al final.
El cimmerio no contestó. Los dos volvieron a clavar las miradas en las sombras del lugar, sumidos en un lúgubre y reflexivo silencio.

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