Displaced
person, © 1948 by
Weird Tales. En 100 hair–raising horror stories, Barnes & Noble
Books, 1993. Texto en inglés enviado por José M.
Cárdenas.
Se deslizó fuera del anochecer, se sentó en
el otro extremo de mi banco, y miró distraídamente a través de los lagos hacia
Sherry Netherland. El sol poniente babeaba sangre en el cielo. Central Park
estaba disfrutando su silencio crepuscular: sólo se oía el rumor de las hojas y
la hierba, el arrullo de distantes parejas en penumbras, el amortiguado
bocinazo de un autobús en la Fifth Avenue.
Cuando el banco retembló
su anuncio de compañía, miré hacia el costado esperando encontrar algún infeliz
buscando un fracaso. La diferencia entre lo anticipado y lo visto fue tal que
miré nuevamente, durante largo rato, cuidadosamente, desde el ángulo de mi ojo
de modo que no pudiera notarlo.
A pesar de los medios
tonos grises del anochecer, lo que vi fue un estudio en blanco y negro. Tenía
aspecto sensitivo, delgado, tan blanco como sus guantes y el frente de su
camisa. Sus zapatos y traje no eran tan negros como sus cejas, finamente
curvadas, y su cuidado cabello. Sus ojos eran lo más negro de todo; una
obscuridad celestial tan sólida que no puede haberla más profunda u obscura. No
obstante, estaban animados de un fulgor intrínseco.
No tenía sombrero. Un
estilizado bastón de ébano descansaba contra sus piernas. Un capote negro
forrado de seda colgaba desde sus hombros. Si lo hubiera estado haciendo para
el cine, no podría haber presentado un mejor retrato de un extranjero
distinguido.
Mi mente especulaba
acerca de él del modo en que se hace cuando no se tiene otra cosa que hacer. Un
refugiado europeo, decidí. Un gran cirujano, o escultor, o algo como eso. Quizá
un escritor, o un pintor. Más probablemente lo último.
Lo miré nuevamente. En
la menguante iluminación su pálido perfil era como de halcón. El fulgor detrás
de sus ojos se reforzaba con la obscuridad. Su capote le daba majestad,
grandeza. Los árboles fueron estirando sus brazos hacia él como si vinieran a
reconfortarlo a través de la larga, larga noche.
Ningún indicio de
sufrimiento marcaba ese rostro. No tenía nada en común con los consumidos y
arrugados rostros que había visto en New York, con los rasgos estampados para
siempre con la marca de la Gestapo. Por el contrario, poseía una mixtura de
audacia y serenidad. Impulsivamente decidí que era un músico. Podía imaginarlo
conduciendo un coro de cincuenta mil voces.
–Yo soy aficionado a la
música –dijo en bajos y ricos tonos.
Giró su rostro hacia mi,
revelando un pronunciado pico en su pelo.
–¿Realmente? –su
incertidumbre me confundió–. ¿De qué tipo? –pregunté débilmente.
–Éste –usó su bastón de
ébano para indicar el ancho mundo–. El suspiro del anochecer.
–Sí, es tranquilo
–estuve de acuerdo.
Estuvimos callados un
rato. Lentamente el horizonte se embebía de la sangre en el cielo. Una pálida
Luna flotaba sobre las torres.
–¿Usted no es nativo de
New York? –le pregunté.
–No –descansando a lo
largo, las delgadas manos sobre su bastón, contemplaba meditativamente hacia
delante–. Soy un desplazado *.
* _ Nota
del traductor: displaced person podría traducirse como “exiliado”, pero
prefiero “desplazado” por la particular connotación que conlleva.
–Lo siento.
–Gracias –dijo.
No podía estar allí sentado
y dejar las cosas así. La opción era continuar o irme. No había necesidad de
irme. Así que continué.
–¿Quiere contarme sobre
esto?
Su mente volvió en sí y
me estudió como si recién en este momento tomara conciencia de mi presencia.
Aquella extraña luminosidad en sus ojos casi podía ser tocada. Sonrió
gradualmente, con indulgencia, mostrando una dentadura perfecta.
–Lo haría perder el
tiempo.
–En absoluto. Yo lo
estoy perdiendo de cualquier modo.
Sonriente de nuevo, usó
su bastón para dibujar invisibles círculos en frente de sus zapatos negros.
–En estos días es una
historia completamente familiar –dijo–. Un líder que se vuelve tan ciego por su
propia gloria que ya no puede percibir sus errores. Desarrolla delirios de
grandeza, se cree el árbitro final en todo desde el nacimiento a la muerte, y,
en consecuencia, da lugar a un movimiento para su derrocamiento. Crea las
semillas de su propia destrucción. Fue inevitable dadas las circunstancias.
–¡Por supuesto! –lo
apoyé con entusiasmo–. ¡Al infierno con los dictadores!
El bastón resbaló. Lo
recogió e hizo displicentes malabares con él; luego reanudó su dibujo circular.
–¿La revuelta fracasó?
–pregunté.
–No –miraba en los
círculos como si pudiera verlos–. Probé siendo demasiado débil y demasiado
pronto. Fui destrozado. Luego vino la purga –sus incandescentes ojos examinaron
los árboles centinelas–. Yo organicé esa oposición. Aún pienso que fue
justificada. Pero no tengo el valor de regresar.
–No debería preocuparse
por eso. Se adaptará aquí como Reilly.
–No pienso así. Tampoco
soy bienvenido aquí –su voz se tornó más profunda–. Ni en ningún otro lugar.
–Usted no se ve como
Trotsky, a mi modo de ver –le dije–. Además de que él está muerto. Anímese. No
sea mórbido. Ahora está en un país libre.
–Ningún hombre es libre
hasta que está fuera del alcance de su enemigo –me miró con un irritante toque
de distracción–. Cuando mi enemigo ha tomado control de cada canal de
propaganda, y los usa exclusivamente para presentar su propio caso y suprime
completamente el mío, y condena a la verdad que le he contado como la peor de
las mentiras, no hay esperanza para mí.
–Ese es su modo europeo
de ver las cosas. No lo culpo por eso, pero tiene que tratar de animarse. Ahora
está en América. Tenemos libertad de expresión. Un hombre puede decir y
escribir lo que quiera.
–Quisiera que fuera
verdad.
–Es verdad –aseguré
mientras aumentaba mi incomodidad–. Aquí, si lo desea, usted puede llamar
fulano al Rajah de Bam. Nadie puede detenerlo, ni siquiera un policía. Somos
libres, como le dije.
Se paró, alzándose
imponente en medio de los árboles que le rodeaban. Desde mi posición, sentado,
su altura parecía tremenda. La Luna daba a su rostro una palidez cadavérica
extrema.
–Ojalá tuviera la décima
parte de su reconfortante fe.
Con esto, se alejó. Su
capa se balanceaba tras él, ondulando en la brisa nocturna a semejanza de
poderosas alas.
–Mi nombre –murmuró
suavemente–, es Lucifer.
Después de eso, sólo el
susurro del viento.
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