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August Derleth - Con los respetos de Espectro



EL SEÑOR BERTON ASWELL era un autor, muy prometedor o, todavía mejor, era uno de los autores cuyos libros más se venden, y la única diferencia entre él y un pavo real, hablando en sentido figurado, era que no tenía cola que pudiera extender en forma de abanico. Podía pasarse muy bien sin ella, gracias a Espectro.
Espectro era el hombre mágico de Aswell, el producto de su imaginación, su propia criatura, cuyas hazañas asombrosas habían despertado de tal manera el interés del público, que la última aventura de Espectro, redactada por el señor Berton Aswell, era esperada impacientemente. Espectro era uno de esos héroes vengadores ficticios, tan populares, que surgió de la imaginación fértil de Berton Aswell, como una mezcla del Santo, Simón Templar, los Cuatro Hombres justos y el doctor Fu-Manchu; habiéndose enfrentado y vencido a toda clase de tipos, desde locos y espías internacionales, hasta los colosos del mundo. Espectro no tenía nada de tímido ni inseguro, una cualidad que era también válida para su creador; aunque era indiscutible que la gente se sorprendía al ver a Berton Aswell por primera vez, al darse cuenta de que aquel hombrecillo de piernas ahusadas, con ojos azules y húmedos, y un bigote incipiente, no más prominente que su cabello enmarañado, era el creador del magnífico Espectro.
Como vengador, Espectro era indiscutiblemente soberbio, pasando de una aventura a otra con la misma rapidez con la que recibía Aswell sus cheques, ya que era uno de esos escritores que ―para desesperación de sus colegas más lentos y menos llenos de imaginación― son capaces de producir a una gran velocidad. Escribía una novela cada: fin de semana, gracias a tres secretarias y un dictáfono. Espectro se encargaba de la venganza, tanto contra los personajes importantes como los de poca monta, por cualquier tipo de crimen o delito, y su firma arrogante (con las respetos de Espectro) era tan conocida como la cruz gamada. Tanto si regresaba para devolver algún botín robado, o con el cadáver de algún bandido al que Espectro se hubiera enfrentado, en ausencia de los encargados oficialmente de la administración de la justicia, quedaba siempre, sin olvidarla jamás, su firma escrita en un pequeño círculo tan preciso como si fuera una marca registrada e impresa.
En cuanto a Berton Aswell se revelaba en todo ello. El éxito de Espectro le proporcionó tanto que, muy pronto, comenzó a desdeñar a Sherlock Holmes, lanzando reflexiones dubitativas sobre la calidad literaria de las obras de H.G. Wells y George Bernard Shaw, autores que se encontraban entre los pocos selectos personajes que no se dignaban prestar atención a la presencia ya fuera de Berton Aswell o de Espectro, aquel vengador tan loado, que era producto de la imaginación del hombrecillo. Un psicólogo hubiera dicho que se trataba de un dispositivo de compensación; pero a Aswell le agradaba siempre creer que al pensar en él, todos los miembros del hampa temblaban, temerosos de que pudiera lanzar contra ellos a un personaje como Espectro.


Por supuesto, Espectro era todo lo que no era Aswell. Alto, fornido y bien parecido; franco, honesto y sincero; modesto, valeroso y absolutamente digno de confianza; finalmente, tenía un sentido muy picaresco del humor. Desgraciadamente, Aswell, fuera cual fuese el mérito de sus procesos creativos, era tortuoso, pagado de sí mismo y no del todo honesto; además, su sentido del humor era hiriente. La capacidad para reírse de sí mismo hubiera podido ser su mayor gracia; hubiera podido unirse al coro de quienes trataban de reírse de él, en lugar de enfurecerse contra los críticos que menospreciaban las aventuras de Espectro, influyendo de tal modo en Aswell, que se acostumbró a caricaturizarlos, a modo de venganza, y había hecho ya que Espectro se ocupara de varios de ellos. El hecho de que hubiera obtenido tanta satisfacción con aquella manera de proceder, es evidente que no podía aducirse en su favor.
De todos modos, así era Berton Aswell, y en lugar de mejorar se fue haciendo cada vez más vanidoso y soberbio, a medida que se acumulaban los éxitos. Había llegado a elevar la serie de Espectro hasta la venta impresionante de cuarenta mil ejemplares, cuando, usando el mismo lenguaje de sus libros, se apropió un argumento. Como sucede con todos los autores que tienen éxito, estaba asediado continuamente por jóvenes escritores llenos de esperanzas, que le enviaban sus manuscritos; sobre todo, Aswell se sentía molesto con un escritor muy prometedor, que teñía el nombre absurdo de Gabriel Weedle.
Aswell lo había encontrado personalmente en una ocasión, y lo recordaba como un hombre joven, delgado y correoso, con lentes de cristales gruesos, pálido y de aspecto enfermizo. Pero ni siquiera él, a pesar de todas sus pretensiones, podía negar que Weedle tenía talento, y cuando una mañana le presentó un manuscrito, hasta cierto punto con un estilo parecido al del mismo Aswell, con un argumento que al creador de Espectro le pareció sumamente inteligente, supuso que se trataba de otro manuscrito invendible, y utilizó, argumento, con varios cambios adecuados, por supuesto, en una de las novelas de Espectro. Desgraciadamente para él, el manuscrito de Weedle fue publicado poco después de que saliera a la venta la última aventura de Espectro (que hubiera podido llamarse la aventura del Argumento de Weedle), y se produjo un gran clamor, en una atmósfera llena de acusaciones, contraacusaciones, gritos escandalizados de plagio. Los esfuerzos sucios, aunque tuvieran éxito, que hizo por defenderse Aswell, sirvieron para que se protegiera tras una enorme hipocresía. Un tribunal, formado por sus pares, llegó a la conclusión de que un escritor de éxito, como Berton Aswell, no tendría nunca necesidad de rebajarse a plagiar, y que Gabriel Weedle, como autor joven y lleno de envidia, le había jugado una mala pasada a su bienhechor potencial. Este último se satisfizo y calmó sus propios remordimientos de conciencia, prometiéndose hacer algo por Weedle, en alguna ocasión. Desgraciadamente, al ver cuál era la culminación de todos sus esfuerzos, el pobre Weedle se arrojó al Támesis desde el Puente de Westminster, de modo que lo mejor que Aswell pudo hacer fue enviarle una corona de flores, que recibió una publicidad apropiada como “gesto magnánimo del famoso autor, creador de Espectro».
A la mañana siguiente al día en que Gabriel Weedle volvió a la tierra de la que había salido, junto con sus esperanzas, Berton Aswell bajó a su estudio, para volver a trabajar en las aventuras de Espectro a partir del punto en el que las había dejado la última vez, y de la manera habitual, se sentó durante largo rato, escuchando su último dictado grabado, o sea, en pocas palabras, escuchando su música preferida: su propia voz, en el proceso de incrementar su cuenta de banco. Los banqueros internacionales de su nueva novela estaban a punto de atraer la atención de Espectro y era ya tiempo de que el vengador les enviara su primera advertencia, ya que, a la manera de algunos de sus predecesores imitados, Espectro era el perfecto caballero vengador, pues advertía cortésmente a sus víctimas, tres veces, antes de descargar el golpe final. A Aswell le agradaba sobremanera redactar las notas de Espectro. Eran inteligentes, a veces, tortuosamente elaboradas, y Berton Aswell se imaginaba a la gente que las leía en sus libros, diciéndose: “¡Ese Berton Aswell debe tener una enorme imaginación!” Ese era para el hombrecillo un pensamiento agradable y consolador. Por consiguiente, permaneció sentado, escuchando, elevándose hasta nuevas alturas de narcisismo.
“En cuanto a Paulo Donato, casi obscenamente obeso, director de la junta, Espectro decidió que su caso era especialmente apropiado para que le dedicara sus mejores esfuerzos”, oyó que decía su propia voz. “Por ende, preparó un plan muy complejo. A la mañana lo llevaría a efecto. Por el momento, podía permitirse esperar y dormir, con el sueño de los justos.”
Era el punto en el que Aswell había dejado de dictar la noche anterior y, como era natural, esperó a que el aparato se parara. De manera bastante singular, no fue así. Por el contrario, oyó decir, con una voz dura, letal y de entonación sumamente familiar:
―Quien roba dinero puede restituirlo; pero el que le roba su buen nombre a su prójimo nunca podrá obtener compasión de los dioses. ¡Expiación por Gabriel Weedle!


Eso fue todo. Hubiera sido suficiente para cualquier autor ordinario, pero no para Berton Aswell: Sumó dos y dos y evitó llegar al resultado evidente. Estaba claro que alguien, bien familiarizado con su trabajo y sospechando del reciente litigio, posiblemente algún amigo de Weedle, había logrado entrar de alguna forma a su estudio, añadiendo aquellas frases a su dictado, tratando de asustarlo. Aun cuando no poseía un gran valor, Aswell estaba inflado y ensoberbecido por suficiente éxito y autosatisfacción, como para poder hacer gala de cierta falsa valentía. Supuso que la identidad de su visitante nocturno podría determinarse con bastante facilidad, si se tomaba el tiempo necesario para hacer las averiguaciones pertinentes; por supuesto, no podía recurrir a Scotland Yard, sin tener que responder a ciertas preguntas que hubieran podido ser embarazosas. No obstante, se sintió ligeramente turbado por lo familiar que le resultaba aquella voz. Incluso tomando en consideración las diferencias naturales, debidas al mecanismo de grabación, conocía aquella voz, le era familiar y, desde luego, había pasado suficiente tiempo durante los últimos años escuchando su propia voz, como para que no pudiera equivocarse.
Llamó a su secretaria y le hizo escuchar la grabación, rogándole que prestara una atención especial a las últimas dos frases.
―Bueno ―dijo, una vez concluida la reproducción―. ¿Ha oído alguna vez esa voz, antes de ahora?
La secretaria respondió que creía que no; pero admitió que le sonaba conocida.
―Debo conocerla ―dijo―; pero no me es posible determinar en este momento de quién es.
Aquello era suficiente para Aswell. Despidió a su secretaria y se dispuso a ponerse a trabajar, convencido de que alguien le había gastado una broma bastante pesada. Comenzó a representarse la habitación de Espectro. Era el amanecer y el héroe estaba despertándose; luego, saltaba de la cama. Vio a Espectro con mucha claridad, y se disponía a seguir adelante con rapidez, en su proceso creador, describiendo cómo se vestía Espectro, cuando sucedió algo extraordinario.
Espectro pareció mirarlo fijamente, y decirle:
―Paga tu deuda. Estoy esperando, lo mismo que la señora Weedle.
Aswell pensó, por espacio de un momento, que aquella alucinación era el resultado de su remordimiento, unido a la turbación natural que le había producido el extraña incidente de la otra cinta del dictáfono; dudó, un poco y siguió adelante. Después de eso, Espectro se comportó como cualquier personaje imaginario, bajo la dirección de su propio creador; pasó las dos horas siguientes salvando a una bella damisela, asustando hasta la apoplejía a uno de los corrompidos: banqueros internacionales que iban a tratar de provocar una guerra, en lo que Aswell calculaba que sería la página doscientos cincuenta, etcétera, ad nauseam. Al terminar aquel periodo de trabajo, Aswell escuchó lo que había dictado, y en la grabación, precisamente en el momento en que Espectro se sentaba al borde de su cama, oyó decir:
―Paga tu deuda. Estoy esperando, lo mismo que la señora Weedle.
Podía afirmar que no había pronunciado aquellas palabras y, no obstante, se habían grabado.
Abandonó su trabajo y salió para dar un largo paseo, pero no logró sentirse en la calle más liberado del problema relativo a quién había hablado en su dictáfono y había entrado a su estudio. De manera bastante natural, comenzó a pensar en la señora Weedle, se había olvidado convenientemente de ella. Sin embargo, recordaba, por haberla visto en el juicio, que, en efecto, existía la tal señora Weedle. Había asistido a los debates, como una criatura patética y entristecida, tan humilde como su esposo. “!Bueno!”, pensó, “!Dios ayuda a quienes se ayudan a si mismos”
Era un pensamiento indigno del creador de Espectro metálica y al llegar a su casa, tuvo lo que se merecía. La voz  metálica y seca no se había borrado de la cinta del dictáfono, como había esperado Aswell que pudiera acontecer, y para empeorar todavía más las cosas, había sido añadida una segunda advertencia:
―Se te conceden dos días.


Aswell explotó. Tenía un genio muy violento para ser un hombrecillo tan pequeño, y del mismo modo que todos sus rasgos desagradables, era algo que había ido aumentando, en proporción directa a sus éxitos.
Prorrumpió en imprecaciones, a más y mejor, e interrogó a los sirvientes durante media hora, exigiéndoles que le confesaran quién había entrado a su estudio y había utilizado su dictáfono. Fueron precisos los esfuerzos de todos los sirvientes, unidos a los de su secretaria, para convencerle de que nadie había entrado a su estudio desde que él salió, y fue preciso que examinara personalmente las pesadas ventanas, antes de estar totalmente convencido.
No obstante, a fin de cuentas, se sintió sumamente impresionado. Era una buena señal, pero que no tenía mucho efecto en una persona de carácter tan variable como el de Berton Aswell. Había recibido dos advertencias. Comenzaba a pensar que alguien lo estaba amenazando seriamente. Eso era algo sumamente desagradable. Se sentó y reflexionó en lo que debería hacer decidiendo llamar inmediatamente a sus abogados.


Les contó todo lo que pensaba que podía decir con seguridad sobre aquel extraño caso.
Le dieron toda clase de seguridades y lo despidieron. Después de su partida, uno de los abogados se volvió hacia el otro y le dijo:
―El pobre Aswell ha estado trabajando demasiado. Ya me suponía desde hace tiempo que iba a sucederle algo parecido.
Aswell fue a ver a su doctor. Después de todo, no había nada que fuera tan definitivo como la opinión de un médico.
El doctor Philbrick efectuó varios análisis de rutina y le dijo a Aswell que, físicamente, estaba muy sano.
Sin embargo; se dio cuenta de que había algo que le causaba turbación, y trató por todos los medios de que su paciente le confiara su secreto. Poco a poco, obtuvo la parte segura del relato.
―Se me ha ocurrido pensar ―dijo Aswell, finalmente― que soy un hombre acosado por una creación de su propia imaginación ―soltó una carcajada, que sonó falsa―. Es exactamente como si Espectro me estuviera persiguiendo, ¿no es así? Dos advertencias; pero siempre da una tercera.
―Por supuesto ―le dijo el doctor, alegremente―, eso es lo que tiene exactamente. Estuvo usted trabajando demasiado y es sumamente natural que le ocurra algo semejante. Se ha esforzado tanto con Espectro que, en cierto modo, ha llegado a formar parte de su propia vida.
Aswell se, rió cansadamente.
―Entonces, eso es tanto como decir que estoy siendo realmente acosado y perseguido por mi propio personaje, ¿no es así?
―Me temo que. sí. Pero no es nada de lo que deba alarmarse. Lo que necesita es reposo, eso es todo. Y puede permitirse tomárselo.
―Muy bien. Así lo haré.
Regresó a su casa lleno de resolución y con una confianza renovada en sí mismo.
Fue una desgracia que se olvidara de la determinación que había tomado, hasta el punto de que volvió a entrar a su estudio a la mañana siguiente, y oyó que la voz grabada en el dictáfono le decía:
―Esta es la última advertencia. ¡Espectro nunca falla!
No había razón, pensó Aswell, para preocuparse por algo parecido. Era evidente que alguien deseaba causarle daño. Era posible que alguno de sus empleados fuera responsable; pero, desde luego, no existía ninguna forma rápida de descubrirlo. De todos modos, pensó que sería mejor arreglar cuentas con la señora de Gabriel Weedle.
Hubiera podido sentarse y extender un cheque por diez mil libras; pero su naturaleza era bastante parsimoniosa, lo cual, simplemente, le vedaba una, solución tan sencilla.
Fue a ver a sus abogados y les pidió que le establecieran un nuevo testamento, mientras que en su antiguo testamento dejaba toda su fortuna para que se dedicara a las investigaciones arqueológicas, ya que estaba soltero y sin hijos; y en el nuevo, le dejaba todo, excepto legados pequeños para su secretaria y los sirvientes, a la señora de Gabriel Weedle, pensando tranquilamente que si aquella dama se moría de inanición en el intervalo entre ese momento y la época en que podría gozar de su magnanimidad, podría sentirse al menos tranquilizado, considerando que había hecho todo cuanto estaba de su parte.
Por consiguiente, volvió tranquilamente a su estudio y se puso a trabajar una vez más, un poco molesto y enojado, como lo están casi siempre las personas que se atribuyen ellas mismas una gran importancia, cuando las cosas no les salen precisamente como desean. En este caso, el malhumor inmediato de Aswell fue por la forma irracional de actuar que tenía Espectro, tal y como se lo representaba en su imaginación. En lugar de salir en persecución de los rufianes creados por Aswell, Espectro se comportaba como si deseara dedicarse a alguna venganza personal, en la que Aswell, al menos, no tuviera una participación consciente. Por mucho que lo intentó, no consiguió hacer que Espectro se pusiera a trabajar; había perdido completamente su control, lo cual era una afrenta para el ego de Aswell.
En medio de su dictado, Aswell oyó un repiqueteo en el cristal de la ventana. Puesto que no le prestó atención la primera vez, se repitió, en forma todavía más perentoria.
Dejando el dictáfono en marcha, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Sólo pudo ver a un caballero envuelto en una capa, a corta distancia, que tenía una figura que le pareció muy conocida. Con una gran curiosidad, abrió la ventana y echó una ojeada al exterior.
En ese momento se produjeron varias cosas singulares. De un salto, la figura envuelta en la capa pareció girar sobre sus talones y entró como volando por la ventana, con un salto largo y magnífico, muy a la manera de Espectro. Casi simultáneamente, la pesada ventana descendió bruscamente sobre el cuello de Berton Aswell. Es muy probable que el autor no llegara ni siquiera a saber qué era lo que le había golpeado. De todos modos, su cuello se rompió, y estaba muerto cuando entró al estudio su secretaria, una hora después.
―Muerto por accidente concluyó gravemente el forense―. No y ninguna duda a ese respecto.
La señora de Gabriel Weedle, que había sufrido numerosas penalidades economizando y escatimando el dinero durante tantos años, se sorprendió enormemente al verse tan rica.
Sin embargo, su sorpresa no fue ni siquiera la mitad de la que se llevó el inspector Talman, que, tan sólo para que no quedara ninguna duda posible, escuchó la última grabación del dictáfono; oyó las últimas frases pronunciadas por el escritor, el chasquido de la ventana que lo mató... y, luego, una risita seca, tan conocida para los lectores de Espectro, y al final, la frase grabada:
―Con los respetos de Espectro.


Publicado en el libro Cuentos Macabros
Editorial Novaro, 1972



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