EL SEÑOR BERTON
ASWELL era un autor, muy prometedor o, todavía mejor, era uno de los autores
cuyos libros más se venden, y la única diferencia entre él y un pavo real,
hablando en sentido figurado, era que no tenía cola que pudiera extender en
forma de abanico. Podía pasarse muy bien sin ella, gracias a Espectro.
Espectro era el
hombre mágico de Aswell, el producto de su imaginación, su propia criatura,
cuyas hazañas asombrosas habían despertado de tal manera el interés del
público, que la última aventura de Espectro, redactada por el señor Berton
Aswell, era esperada impacientemente. Espectro era uno de esos héroes
vengadores ficticios, tan populares, que surgió de la imaginación fértil de
Berton Aswell, como una mezcla del Santo, Simón Templar, los Cuatro Hombres
justos y el doctor Fu-Manchu; habiéndose enfrentado y vencido a toda clase de
tipos, desde locos y espías internacionales, hasta los colosos del mundo.
Espectro no tenía nada de tímido ni inseguro, una cualidad que era también
válida para su creador; aunque era indiscutible que la gente se sorprendía al
ver a Berton Aswell por primera vez, al darse cuenta de que aquel hombrecillo
de piernas ahusadas, con ojos azules y húmedos, y un bigote incipiente, no más
prominente que su cabello enmarañado, era el creador del magnífico Espectro.
Como vengador,
Espectro era indiscutiblemente soberbio, pasando de una aventura a otra con la
misma rapidez con la que recibía Aswell sus cheques, ya que era uno de esos escritores
que ―para desesperación de sus colegas más lentos y menos llenos de
imaginación― son capaces de producir a una gran velocidad. Escribía una novela
cada: fin de semana, gracias a tres secretarias y un dictáfono. Espectro se
encargaba de la venganza, tanto contra los personajes importantes como los de
poca monta, por cualquier tipo de crimen o delito, y su firma arrogante (con las respetos de Espectro) era tan
conocida como la cruz gamada. Tanto si regresaba para devolver algún botín
robado, o con el cadáver de algún bandido al que Espectro se hubiera
enfrentado, en ausencia de los encargados oficialmente de la administración de
la justicia, quedaba siempre, sin olvidarla jamás, su firma escrita en un
pequeño círculo tan preciso como si fuera una marca registrada e impresa.
En cuanto a Berton
Aswell se revelaba en todo ello. El éxito de Espectro le proporcionó tanto que,
muy pronto, comenzó a desdeñar a Sherlock Holmes, lanzando reflexiones
dubitativas sobre la calidad literaria de las obras de H.G. Wells y George
Bernard Shaw, autores que se encontraban entre los pocos selectos personajes
que no se dignaban prestar atención a la presencia ya fuera de Berton Aswell o
de Espectro, aquel vengador tan loado, que era producto de la imaginación del
hombrecillo. Un psicólogo hubiera dicho que se trataba de un dispositivo de
compensación; pero a Aswell le agradaba siempre creer que al pensar en él,
todos los miembros del hampa temblaban, temerosos de que pudiera lanzar contra
ellos a un personaje como Espectro.
Por supuesto,
Espectro era todo lo que no era Aswell. Alto, fornido y bien parecido; franco,
honesto y sincero; modesto, valeroso y absolutamente digno de confianza;
finalmente, tenía un sentido muy picaresco del humor. Desgraciadamente, Aswell,
fuera cual fuese el mérito de sus procesos creativos, era tortuoso, pagado de
sí mismo y no del todo honesto; además, su sentido del humor era hiriente. La
capacidad para reírse de sí mismo hubiera podido ser su mayor gracia; hubiera
podido unirse al coro de quienes trataban de reírse de él, en lugar de
enfurecerse contra los críticos que menospreciaban las aventuras de Espectro,
influyendo de tal modo en Aswell, que se acostumbró a caricaturizarlos, a modo
de venganza, y había hecho ya que Espectro se ocupara de varios de ellos. El
hecho de que hubiera obtenido tanta satisfacción con aquella manera de
proceder, es evidente que no podía aducirse en su favor.
De todos modos, así
era Berton Aswell, y en lugar de mejorar se fue haciendo cada vez más vanidoso
y soberbio, a medida que se acumulaban los éxitos. Había llegado a elevar la
serie de Espectro hasta la venta impresionante de cuarenta mil ejemplares,
cuando, usando el mismo lenguaje de sus libros, se apropió un argumento. Como
sucede con todos los autores que tienen éxito, estaba asediado continuamente
por jóvenes escritores llenos de esperanzas, que le enviaban sus manuscritos;
sobre todo, Aswell se sentía molesto con un escritor muy prometedor, que teñía
el nombre absurdo de Gabriel Weedle.
Aswell lo había encontrado
personalmente en una ocasión, y lo recordaba como un hombre joven, delgado y
correoso, con lentes de cristales gruesos, pálido y de aspecto enfermizo. Pero
ni siquiera él, a pesar de todas sus pretensiones, podía negar que Weedle tenía
talento, y cuando una mañana le presentó un manuscrito, hasta cierto punto con
un estilo parecido al del mismo Aswell, con un argumento que al creador de
Espectro le pareció sumamente inteligente, supuso que se trataba de otro
manuscrito invendible, y utilizó, argumento, con varios cambios adecuados, por
supuesto, en una de las novelas de Espectro. Desgraciadamente para él, el
manuscrito de Weedle fue publicado poco después de que saliera a la venta la
última aventura de Espectro (que hubiera podido llamarse la aventura del
Argumento de Weedle), y se produjo un gran clamor, en una atmósfera llena de
acusaciones, contraacusaciones, gritos escandalizados de plagio. Los esfuerzos sucios, aunque tuvieran éxito, que hizo por
defenderse Aswell, sirvieron para que se protegiera tras una enorme hipocresía.
Un tribunal, formado por sus pares, llegó a la conclusión de que un escritor de
éxito, como Berton Aswell, no tendría nunca necesidad de rebajarse a plagiar, y
que Gabriel Weedle, como autor joven y lleno de envidia, le había jugado una
mala pasada a su bienhechor potencial. Este último se satisfizo y calmó sus
propios remordimientos de conciencia, prometiéndose hacer algo por Weedle, en
alguna ocasión. Desgraciadamente, al ver cuál era la culminación de todos sus
esfuerzos, el pobre Weedle se arrojó al Támesis desde el Puente de Westminster,
de modo que lo mejor que Aswell pudo hacer fue enviarle una corona de flores,
que recibió una publicidad apropiada como “gesto magnánimo del famoso autor,
creador de Espectro».
A la mañana siguiente
al día en que Gabriel Weedle volvió a la tierra de la que había salido, junto
con sus esperanzas, Berton Aswell bajó a su estudio, para volver a trabajar en
las aventuras de Espectro a partir del punto en el que las había dejado la
última vez, y de la manera habitual, se sentó durante largo rato, escuchando su
último dictado grabado, o sea, en pocas palabras, escuchando su música
preferida: su propia voz, en el proceso de incrementar su cuenta de banco. Los
banqueros internacionales de su nueva novela estaban a punto de atraer la
atención de Espectro y era ya tiempo de que el vengador les enviara su primera
advertencia, ya que, a la manera de algunos de sus predecesores imitados,
Espectro era el perfecto caballero vengador, pues advertía cortésmente a sus
víctimas, tres veces, antes de descargar el golpe final. A Aswell le agradaba
sobremanera redactar las notas de Espectro. Eran inteligentes, a veces,
tortuosamente elaboradas, y Berton Aswell se imaginaba a la gente que las leía
en sus libros, diciéndose: “¡Ese Berton Aswell debe tener una enorme
imaginación!” Ese era para el hombrecillo un pensamiento agradable y
consolador. Por consiguiente, permaneció sentado, escuchando, elevándose hasta
nuevas alturas de narcisismo.
“En cuanto a Paulo
Donato, casi obscenamente obeso, director de la junta, Espectro decidió que su
caso era especialmente apropiado para que le dedicara sus mejores esfuerzos”,
oyó que decía su propia voz. “Por ende, preparó un plan muy complejo. A la
mañana lo llevaría a efecto. Por el momento, podía permitirse esperar y dormir,
con el sueño de los justos.”
Era el punto en el
que Aswell había dejado de dictar la noche anterior y, como era natural, esperó
a que el aparato se parara. De manera bastante singular, no fue así. Por el
contrario, oyó decir, con una voz dura, letal y de entonación sumamente
familiar:
―Quien roba dinero
puede restituirlo; pero el que le roba su buen nombre a su prójimo nunca podrá
obtener compasión de los dioses. ¡Expiación por Gabriel Weedle!
Eso fue todo.
Hubiera sido suficiente para cualquier autor ordinario, pero no para Berton Aswell:
Sumó dos y dos y evitó llegar al resultado evidente. Estaba claro que alguien,
bien familiarizado con su trabajo y sospechando del reciente litigio,
posiblemente algún amigo de Weedle, había logrado entrar de alguna forma a su
estudio, añadiendo aquellas frases a su dictado, tratando de asustarlo. Aun
cuando no poseía un gran valor, Aswell estaba inflado y ensoberbecido por
suficiente éxito y autosatisfacción, como para poder hacer gala de cierta falsa
valentía. Supuso que la identidad de su visitante nocturno podría determinarse
con bastante facilidad, si se tomaba el tiempo necesario para hacer las
averiguaciones pertinentes; por supuesto, no podía recurrir a Scotland Yard,
sin tener que responder a ciertas preguntas que hubieran podido ser embarazosas.
No obstante, se sintió ligeramente turbado por lo familiar que le resultaba
aquella voz. Incluso tomando en consideración las diferencias naturales,
debidas al mecanismo de grabación, conocía aquella voz, le era familiar y,
desde luego, había pasado suficiente tiempo durante los últimos años escuchando
su propia voz, como para que no pudiera equivocarse.
Llamó a su
secretaria y le hizo escuchar la grabación, rogándole que prestara una atención
especial a las últimas dos frases.
―Bueno ―dijo, una
vez concluida la reproducción―. ¿Ha oído alguna vez esa voz, antes de ahora?
La secretaria
respondió que creía que no; pero admitió que le sonaba conocida.
―Debo conocerla
―dijo―; pero no me es posible determinar en este momento de quién es.
Aquello era
suficiente para Aswell. Despidió a su secretaria y se dispuso a ponerse a
trabajar, convencido de que alguien le había gastado una broma bastante pesada.
Comenzó a representarse la habitación de Espectro. Era el amanecer y el héroe
estaba despertándose; luego, saltaba de la cama. Vio a Espectro con mucha
claridad, y se disponía a seguir adelante con rapidez, en su proceso creador,
describiendo cómo se vestía Espectro, cuando sucedió algo extraordinario.
Espectro pareció
mirarlo fijamente, y decirle:
―Paga tu deuda.
Estoy esperando, lo mismo que la señora Weedle.
Aswell pensó, por
espacio de un momento, que aquella alucinación era el resultado de su
remordimiento, unido a la turbación natural que le había producido el extraña
incidente de la otra cinta del dictáfono; dudó, un poco y siguió adelante.
Después de eso, Espectro se comportó como cualquier personaje imaginario, bajo
la dirección de su propio creador; pasó las dos horas siguientes salvando a una
bella damisela, asustando hasta la apoplejía a uno de los corrompidos:
banqueros internacionales que iban a tratar de provocar una guerra, en lo que
Aswell calculaba que sería la página doscientos cincuenta, etcétera, ad nauseam. Al terminar aquel periodo de
trabajo, Aswell escuchó lo que había dictado, y en la grabación, precisamente
en el momento en que Espectro se sentaba al borde de su cama, oyó decir:
―Paga tu deuda.
Estoy esperando, lo mismo que la señora Weedle.
Podía afirmar que
no había pronunciado aquellas palabras y, no obstante, se habían grabado.
Abandonó su trabajo
y salió para dar un largo paseo, pero no logró sentirse en la calle más
liberado del problema relativo a quién había hablado en su dictáfono y había
entrado a su estudio. De manera bastante natural, comenzó a pensar en la señora
Weedle, se había olvidado convenientemente de ella. Sin embargo, recordaba, por
haberla visto en el juicio, que, en efecto, existía la tal señora Weedle. Había
asistido a los debates, como una criatura patética y entristecida, tan humilde
como su esposo. “!Bueno!”, pensó, “!Dios ayuda a quienes se ayudan a si mismos”
Era un pensamiento
indigno del creador de Espectro metálica y al llegar a su casa, tuvo lo que se
merecía. La voz metálica y seca no se
había borrado de la cinta del dictáfono, como había esperado Aswell que pudiera
acontecer, y para empeorar todavía más las cosas, había sido añadida una
segunda advertencia:
―Se te conceden dos
días.
Aswell explotó.
Tenía un genio muy violento para ser un hombrecillo tan pequeño, y del mismo
modo que todos sus rasgos desagradables, era algo que había ido aumentando, en
proporción directa a sus éxitos.
Prorrumpió en
imprecaciones, a más y mejor, e interrogó a los sirvientes durante media hora,
exigiéndoles que le confesaran quién había entrado a su estudio y había
utilizado su dictáfono. Fueron precisos los esfuerzos de todos los sirvientes,
unidos a los de su secretaria, para convencerle de que nadie había entrado a su
estudio desde que él salió, y fue preciso que examinara personalmente las
pesadas ventanas, antes de estar totalmente convencido.
No obstante, a fin
de cuentas, se sintió sumamente impresionado. Era una buena señal, pero que no
tenía mucho efecto en una persona de carácter tan variable como el de Berton
Aswell. Había recibido dos advertencias. Comenzaba a pensar que alguien lo
estaba amenazando seriamente. Eso era algo sumamente desagradable. Se sentó y
reflexionó en lo que debería hacer decidiendo llamar inmediatamente a sus
abogados.
Les contó todo lo
que pensaba que podía decir con seguridad sobre aquel extraño caso.
Le dieron toda
clase de seguridades y lo despidieron. Después de su partida, uno de los abogados
se volvió hacia el otro y le dijo:
―El pobre Aswell ha
estado trabajando demasiado. Ya me suponía desde hace tiempo que iba a
sucederle algo parecido.
Aswell fue a ver a
su doctor. Después de todo, no había nada que fuera tan definitivo como la
opinión de un médico.
El doctor Philbrick
efectuó varios análisis de rutina y le dijo a Aswell que, físicamente, estaba
muy sano.
Sin embargo; se dio
cuenta de que había algo que le causaba turbación, y trató por todos los medios
de que su paciente le confiara su secreto. Poco a poco, obtuvo la parte segura
del relato.
―Se me ha ocurrido
pensar ―dijo Aswell, finalmente― que soy un hombre acosado por una creación de
su propia imaginación ―soltó una carcajada, que sonó falsa―. Es exactamente
como si Espectro me estuviera persiguiendo, ¿no es así? Dos advertencias; pero
siempre da una tercera.
―Por supuesto ―le
dijo el doctor, alegremente―, eso es lo que tiene exactamente. Estuvo usted
trabajando demasiado y es sumamente natural que le ocurra algo semejante. Se ha
esforzado tanto con Espectro que, en cierto modo, ha llegado a formar parte de
su propia vida.
Aswell se, rió
cansadamente.
―Entonces, eso es
tanto como decir que estoy siendo realmente acosado y perseguido por mi propio
personaje, ¿no es así?
―Me temo que. sí.
Pero no es nada de lo que deba alarmarse. Lo que necesita es reposo, eso es
todo. Y puede permitirse tomárselo.
―Muy bien. Así lo
haré.
Regresó a su casa
lleno de resolución y con una confianza renovada en sí mismo.
Fue una desgracia
que se olvidara de la determinación que había tomado, hasta el punto de que volvió
a entrar a su estudio a la mañana siguiente, y oyó que la voz grabada en el
dictáfono le decía:
―Esta es la última
advertencia. ¡Espectro nunca falla!
No había razón,
pensó Aswell, para preocuparse por algo parecido. Era evidente que alguien
deseaba causarle daño. Era posible que alguno de sus empleados fuera
responsable; pero, desde luego, no existía ninguna forma rápida de descubrirlo.
De todos modos, pensó que sería mejor arreglar cuentas con la señora de Gabriel
Weedle.
Hubiera podido
sentarse y extender un cheque por diez mil libras; pero su naturaleza era
bastante parsimoniosa, lo cual, simplemente, le vedaba una, solución tan
sencilla.
Fue a ver a sus
abogados y les pidió que le establecieran un nuevo testamento, mientras que en
su antiguo testamento dejaba toda su fortuna para que se dedicara a las
investigaciones arqueológicas, ya que estaba soltero y sin hijos; y en el
nuevo, le dejaba todo, excepto legados pequeños para su secretaria y los
sirvientes, a la señora de Gabriel Weedle, pensando tranquilamente que si
aquella dama se moría de inanición en el intervalo entre ese momento y la época
en que podría gozar de su magnanimidad, podría sentirse al menos tranquilizado,
considerando que había hecho todo cuanto estaba de su parte.
Por consiguiente,
volvió tranquilamente a su estudio y se puso a trabajar una vez más, un poco
molesto y enojado, como lo están casi siempre las personas que se atribuyen
ellas mismas una gran importancia, cuando las cosas no les salen precisamente
como desean. En este caso, el malhumor inmediato de Aswell fue por la forma
irracional de actuar que tenía Espectro, tal y como se lo representaba en su
imaginación. En lugar de salir en persecución de los rufianes creados por
Aswell, Espectro se comportaba como si deseara dedicarse a alguna venganza
personal, en la que Aswell, al menos, no tuviera una participación consciente.
Por mucho que lo intentó, no consiguió hacer que Espectro se pusiera a
trabajar; había perdido completamente su control, lo cual era una afrenta para el
ego de Aswell.
En medio de su
dictado, Aswell oyó un repiqueteo en el cristal de la ventana. Puesto que no le
prestó atención la primera vez, se repitió, en forma todavía más perentoria.
Dejando el
dictáfono en marcha, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Sólo pudo ver a
un caballero envuelto en una capa, a corta distancia, que tenía una figura que
le pareció muy conocida. Con una gran curiosidad, abrió la ventana y echó una
ojeada al exterior.
En ese momento se
produjeron varias cosas singulares. De un salto, la figura envuelta en la capa
pareció girar sobre sus talones y entró como volando por la ventana, con un
salto largo y magnífico, muy a la manera de Espectro. Casi simultáneamente, la
pesada ventana descendió bruscamente sobre el cuello de Berton Aswell. Es muy
probable que el autor no llegara ni siquiera a saber qué era lo que le había
golpeado. De todos modos, su cuello se rompió, y estaba muerto cuando entró al
estudio su secretaria, una hora después.
―Muerto por
accidente concluyó gravemente el forense―. No y ninguna duda a ese respecto.
La señora de
Gabriel Weedle, que había sufrido numerosas penalidades economizando y
escatimando el dinero durante tantos años, se sorprendió enormemente al verse
tan rica.
Sin embargo, su
sorpresa no fue ni siquiera la mitad de
la que se llevó el inspector Talman, que, tan sólo para que no quedara ninguna
duda posible, escuchó la última grabación del dictáfono; oyó las últimas frases
pronunciadas por el escritor, el chasquido de la ventana que lo mató... y, luego,
una risita seca, tan conocida para los lectores de Espectro, y al final, la
frase grabada:
―Con los respetos de Espectro.
Publicado en el libro Cuentos Macabros
Editorial Novaro, 1972
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