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Carlos Díaz Dufoo - Cuentos nerviosos




Guitarras y fusiles

Sobre la cubierta del fatigado steamer, una oleada de juventud, una alegre oleada de vida, se arremolina en tumulto, mecida rítmicamente por el vaivén de las aguas. La inquieta caravana ha partido, en un vuelo heroico, dejando tras de sí, en las tenues lejanías del océano, sus buenos días felices, la gallarda cruz de la parroquia, las paraderas color de esmeralda, los montes azules, los blancos cabellos de la madre y las morenas guedejas de la enamorada. Todo quedó atrás, todo se lo tragó aquel monstruo: rubias tardes serenas, pálidas noches estivales, acres alientos de los bosques, vivas impresiones de la tierruca, enlazadas como lianas al espíritu, eco de bandurrias y, y besos voraces estallando a través de las rejas. ¡Ay , madrecita mía! ¡Cómo devoró el mar aquella presa! Allá va la estela del navío, disolviéndose en la movible superficie, allá va su alma mientras la enorme bocaza arroja borbotones de humo negro que culebrean en el aire, para desvanecerse en el ala diáfana de los cielos. Y el quinto, asomado a la barandilla del buque ve pasar sus recuerdos con las olas; aquella grande, inmensa,, se le representa su montaña, la altiva, la osada, la que le quitaba un pedazo de horizonte; la otra, coronada de copos de espuma, los almendros en flor de la huerta; ésta, lenta, ondulada, remeda un campo de trigales, cuando todavía el sol no ha dorado las espigas. ¡Y cuántas lágrimas! ¡Cuántos sollozos en el cortejo! ¡Adiós! ¡Adiós!, gritan a los que se quedan. ¡Adiós! ¡Adiós! a los que el buque deja detrás de sí. Y el pobre mozo siente que se le cierra la garganta y su mano convulsa oprime el único amor que le resta de sus amores perdidos, la sola compañera de sus tristezas, la que le habla de la gallarda veleta de su parroquia, e sus praderas color de esmeralda, de sus montes azules, de los blancos cabellos de su madre, y de las morenas guedejas de la enamorada: la guitarra.
Y el mísero hace vibrar las cuerdas del instrumento y su copla doliente y huérfana -huérfana como él, doliente como su espíritu- parece que le une por invisible reguero a los amados ausentes, a los que tal vez ya no volverá a ver en el mundo, a los que abandonó una tarde de primavera, cuando su novia le pedía rosas frescas para su cabello y las huertas se las brindaban a millares. Y el mozo canta alegremente, deja ir su alma en la sonora estrofa que la hélice acompaña con sus chirridos siniestros.
Una vez allá, en la tierra enemiga, en donde el suelo vomita fuego, y el sol introduce en las carnes sus rayos bermejos, le arrancarán la guitarra de las manos y le pondrán en ellas un fusil. le dirán cómo se esgrime el arma, le enseñarán a matar, le harán que ame la sangre y herirá y matará, sin saber si estos a quien hiera y mate tienen como él una madre, y un monte azul y una enamorada que los espera. ¿Qué sabe él? Le dijeron un día que hay un jirón lejano de patria, separada por aquel monstruo de movibles escamas; que era preciso defender aquel pedazo de tierra, y allá va el buen mozo, dispuesto a hacer el sacrificio de su vida, alegremente, valerosamente, mientras el mar lo devora todo y la negra bocaza arroja negros borbotones de humo.
¿Y por qué no? Acaso vuelva un día, como él ha visto que han vuelto otros. ¡Ay!, la tez amarillenta, las piernas vacilantes, las manos descarnadas, los ojos fríos y como sin mirada, los pómulos hundidos, el cuerpo encorvado; acaso lisiado ... llegará, sí, arrastrándose con su licencia terciada a la cintura, en una bella tarde de primavera, en que los almendros estén en flor en las huertas y los prados brinden sus rosas ... Y así, paso a paso, verá destacarse la gallarda velera de su parroquia y sus montes azules ... pero al preguntar por la cabeza de cabellos blancos, lo llevarán a una cruz que extiende sus brazos en el cementerio, y al buscar aquellas morenas guedejas para las que hizo una diadema de flores frescas, se encontrará con un buen hogar en el que resplandecen unas cabecitas rubias que un hombre fuerte y joven oprime con sus nervudos brazos, y una mujer que contempla en éxtasis aquel cuadro.
Y entonces, en el silencio de la tarde, surgirá una copla doliente y huérfana -huérfana como él, doliente como su espíritu- y el pespunteo de una guitarra -que parecerá decir: ¡adiós ¡adiós!- ¡Adiós!, ¡únicos amores de mi vida! ¡Ay, madrecita de mi alma! ... ¡Adiós!, ¡adiós! ...

CATALEPSIA

Giró mi espíritu sobre sí mismo, aleteó un momento, y, como pájaro herido, cayó repentinamente. Caía, rodaba, en medio de la alta noche; me deslizaba en la sombra, con sen­sación de un inmenso vacío, con la conciencia de mi caída, una caída eterna... eterna... eterna...
Mi alma estaba triste, muy triste; quería llorar y no podía. ¡Ay! no tenía ojos. ¡Mis ojos! ¡Devolvedme mis ojos! ¿Sabéis lo que es querer llorar y no tener ojos?...
Caía, caía siempre. Pasó una estrella. Quise afianzarme. ¡Ay! no tenía brazos. ¡Mis brazos! ¿Sabéis lo que es tener vo­luntad y no tener brazos?...
Y caía... caía...
De pronto dieron las cinco en el reloj de la iglesia.
¡Una... dos... tres... cuatro... cinco!...
¡Y me sentí allí, rígido, inmóvil!
¡Era yo! Me sentía encerrado en aquella armadura de acero. ¡Mi cuerpo! Había encontrado mi cuerpo.
El alma se acercó temblando y se posó sobre mis labios, fríos helados. ¡Que fría es la muerte!
Y una plática sin palabras se entabló entre aquel cuerpo inanimado y aquella alma sola.
Ya no caía. Era el reposo, la nada, ¡La nada!... un tropel de tinieblas... un frío horrible, penetrando hasta la médula de los huesos... Y luego, el vacío, un profundo vacío dentro de aquel cuerpo; la sangre sin ritmos de vida en las arterias, el co­razón insensible, como ave asfixiada, el pulmón sin su reso­plido de fragua, y por encima de aquellos despojos, el alma flotando como una virgen que sobrenada en un naufragio.
Oía... soplo leve de voces humanas, fragmentos de pala­bras: «una noche en vela», «a las seis...», frases sueltas, risas, y también sollozos, allá lejos, muy lejos, a donde sólo alcanza el oído de los muertos.
Velaban mi cuerpo. Allí estaban, en diálogo insubstancial, al lado de mi espíritu. El chisporroteo de los cirios penetraba en mi cadáver, culebreando a lo largo de la espina dorsal.
Entonces, un deseo loco, una ansia desesperada me hizo presa: mi alma quería ver a mi cuerpo, contemplar por última vez a aquella envoltura, darle un adiós postrero, besar aque­llos labios sin aliento, revolotear dulcemente sobre aquellos restos, asomarse a sus ojos como el suicida se asoma al fondo del abismo... ¡Era mío aquel cuerpo! Y una inmensa desespe­ración se apoderó de mi alma, una rabia insensata. ¡Llegué a la imprecación!... ¡Llegué a la blasfemia!... y los cirios seguían chisporroteando lúgubremente, mientras los hombres ahoga­ban su aburrimiento en el raudal de su incolora charla.
Amanecía: lo oí decir a uno de ellos. ¡Cosa extraña! La luz del día penetraba en mi alma con claridades resplandecientes; me sentía inundado de ella. No la veía; sentíala como debe sentir el ciego el nacimiento del sol. Salpicábame de motitas rojas que giraban como las chispas de un tren en movimien­to. Ya formaban círculos concéntricos alrededor de un punto brillante; ya se balanceaban en guirnaldas; ora se arremolina­ban como salpicaduras de espuma que arrojara un mar de fue­go, bien se elevaban en columnas para caer desmenuzadas en rocío luminoso. Y aquel beso de luz, en aquella alborada tibia de primavera, vino a herir la frente inmóvil de mi cadáver.
Amanecía: se alzaban de la calle esos mil ruidos que toma la vida para palpitar dentro de todas las conciencias, para fun­dirse en todos los corazones, preludio del himno de la crea­ción, ascendiendo lentamente hasta el cielo. Y mi alma, arro­dillada al lado de mi cuerpo, subía también, se elevaba en el salmo santo que canta la vida; mi alma sentía la dicha, la in mensa dicha de vivir. Y aquellos hombres allí, espiando mi cuerpo con avideces de ave de rapiña, clavando las garras de sus risas ahogadas en mi carne de cementerio.
Luego... una agitación inesperada... Pasos que se aproximan, resonantes, tacones de beodo en la losa de un sepulcro... Gritos de dolor sublime, cuerpos que se desploman... el ruido de una tapa al caer sobre una caja... ¡Otra vez el frío, el horrible frío, que entra en mi médula!... ¡Y la sensación del vacío... de un va­cío inmenso, prolongándose en la tiniebla!...
Daban las seis en el reloj de la iglesia. ¡Una... dos... tres... cuatro... cinco... seis!...

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