I
Ninguno sabía qué color
tenía el cielo. Sus ojos miraban horizontalmente y estaban fijos en las olas
que se precipitaban hacia ellos. Éstas tenían un tinte de pizarra, excepto en
la crestas que eran de un blanco espumoso, y cada uno de los hombres sabía que
colores tenía el mar. El horizonte se estrechaba y se ampliaba, se sumergía y
se elevaba, y en todo momento las olas, que parecían irrumpir en pico como
peñascos, endentaban la línea del horizonte.
Muchos hombres deben de
tener una bañadera más grande que el bote que ahora hendía el oleaje. Estas
olas eran injusta y atrozmente abruptas y altísimas, y cada una de las crestas
espumosas significaba un problema en la navegación del pequeño bote.
El cocinero estaba agachado
en el fondo del bote y observaba con ambos ojos las seis pulgadas de borda que
lo separaba del océano. Tenía arrolladas las mangas sobre los gordos
antebrazos, y las dos pecheras de su chaleco desabotonado pendían al inclinarse
para desaguar el bote. A menudo decía: -¡Dios, ese manotón sí que pasó cerca!
Al hacer esta observación
miraba, invariablemente, hacia el este, por encima del mar borrascoso. El
engrasador, timoneando con uno de los remos del bote, se erguía a veces para
evitar el agua que se arremolinaba en torno a la popa. Era un remo débil y
pequeño y con frecuencia parecía estar a punto de quebrarse.
El corresponsal, bogando con
el otro remo, observaba las olas y se preguntaba por qué estaba allí.
EL capitán herido, tendido
en la proa, se encontraba en ese momento sumergido en ese hondo desánimo y
apatía que invade, al menos transitoriamente, aun a los más valientes y
pacientes cuando, de buen o mal grado, el inflexible cede, el ejército cae vencido,
el barco se hunde. La voluntad del capitán de un buque se halla profundamente
arraigada en su maderamen, haya comandado un día o una década; y este capitán
llevaba grabado el duro recuerdo de una escena, en el amanecer gris, de siete
rostros que se daban vuelta y, más tarde, de un fragmento de mastelero, con un
globo blanco en alto, que acuchillaba las olas de un lado a otro, bajaba cada
vez más, y luego se hundía. A partir de ese momento, hubo algo raro en el
timbre de su voz. Aunque firme, ésta tenía la gravedad del dolor y un tono que
iba más allá de las oraciones o las lágrimas.
-Mantén el bote un poco más
hacia el sur, Billie -dijo.
-Un poco más hacia el sur,
capitán -recitó el engrasador en la popa.
No existía diferencia entre
estar sentado en ese bote o sobre un potro corcoveante, y del mismo modo
tampoco un potro sería mucho más pequeño. La embarcación se encabritaba, se
empinaba y hocicaba como un animal. Cada vez que surgía una ola y el bote se
elevaba a su encuentro, recordaba un caballo que saltase una valla atrozmente
alta. Su modo de trepar sobre esas murallas de agua tenía algo de místico y,
además, en sus crestas se hallaban regularmente esos problemas provocados por
el agua blanca, ya que la espuma que se precipitaba desde la cima de cada una
de las olas requería un nuevo salto, y esto significaba saltar desde el aire.
Luego, después de toparse lastimosamente con la cresta de una ola, el bote
solía escabullirse, correr y luego chapotear por una larga pendiente, llegando,
al fin, con meneos y cabeceos, frente a la amenaza siguiente.
Una de las peculiares
desventajas que ofrece el mar está en el hecho de que, luego de haber logrado
pasar una ola, se descubre que hay otra detrás, tan importante como la anterior
y que posee la misma impaciencia nerviosa por hacer algo eficaz con relación a
las embarcaciones a punto de naufragar. En un bote de diez pies se puede
obtener, en lo tocante a las olas, una idea de los recursos del mar que no es
asequible a la experiencia común, ya que ésta nunca se halla en el mar dentro
de un bote. En el momento de aproximarse, cada una de las murallas de pizarra
ocultaba el resto a la mirada de los cuatro hombres de la embarcación, y no
resultaba difícil imaginar que esa ola en especial representaba la erupción decisiva
del océano, el último esfuerzo de las aguas inflexibles. Había algo de tremendo
en el garbo con que avanzaban las olas y éstas iban surgiendo en silencio,
salvo el bramido de las crestas.
A la luz pálida, los rostros
de los hombres deben haber estado grises; sus ojos brillado en forma extraña
mientras miraban, continua y fijamente, en dirección a popa. Vista desde un
balcón, todo el espectáculo hubiera resultado, sin duda, maravillosamente
pintoresco. Pero a los hombres del bote les faltaba tiempo para comprenderlo y,
de haberlo tenido, otras cosas hubiesen ocupado sus mentes.
Allá arriba, el sol giraba
progresivamente en el cielo, y ellos sabían que era pleno día porque el color
de pizarra del oleaje se había transformado en un verde esmeralda abigarrado
con luces de ámbar, y la espuma era como un torbellino de nieve. El proceso del
amanecer les era desconocido. Sólo se enteraban de este hecho a través del
color de las olas que se precipitaban hacia ellos.
En medio de frases
desarticuladas, el cocinero y el corresponsal discutían sobre la diferencia
entre una estación de salvamento y un refugio. El cocinero había dicho:
-Hay un refugio justo al
norte del faro de la ensenada de los Mosquitos, y en cuanto nos vean vendrán en
su lancha para recogernos.
-¿Tan pronto nos vea quién?
-preguntó el corresponsal.
-La tripulación -contestó el
cocinero.
-Los refugios no tienen
tripulación -dijo el corresponsal-. Según tengo entendido, son sólo lugares
donde se almacenan ropas y alimentos para auxiliar a los náufragos. No tienen
tripulación.
-¡Oh sí que tienen! -dijo el
cocinero.
-No, no tienen -dijo el
corresponsal. -Bueno, de todos modos aún no hemos llegado allá, dijo el
engrasador desde la popa.
-Bueno dijo el cocinero-, a
lo mejor el que está cerca de la ensenada de los Mosquitos no es un refugio de
náufragos como yo creo; a lo mejor se trata de una estación de salvamento.
II
Mientras el bote rebotaba
contra la cresta de cada ola, las ráfagas de viento desbarataban el cabello de
los hombres que iban con la cabeza descubierta y, no bien la embarcación se
sumergía a popa con un "plop", la espuma del mar volvía a castigarlos
como azotes. La cresta de cada ola era una colina, desde cuya cima los hombres
examinaban un instante la ancha extensión tumultuosa, asoleada y hendida por
el viento. Eran sin duda algo resplandeciente, magnífico, esos juegos del mar
desencadenado, ebrio con sus luces de esmeralda, de plata y de ámbar.
-Es gran cosa un viento que
sopla hacia la costa -dijo el cocinero-. Si no, ¿dónde estaríamos? No
tendríamos ninguna posibilidad,
-Eso es cierto -dijo el
corresponsal.
El engrasador, ocupado de
remar, asintió con la cabeza.
Entonces el capitán,
recostado en la proa, emitió una risita que expresaba a 'un tiempo humor,
desprecio y tragedia:
-¿Creen ustedes, muchachos,
que tenemos muchas posibilidades ahora? -preguntó.
Con lo cual los tres se
callaron, y sólo escuchó alguna tos fingida y un carraspeo. Sentían que hubiera
sido pueril y estúpido demostrar cualquier clase de optimismo en esos momentos,
pero era indudable que todos alimentaban en su ánimo ese sentimiento respecto
de la situación. Un hombre joven piensa con denuedo en semejantes momentos.
Por otro lado, la ética que les imponía su condición estaba decididamente en
contra de cualquier franca insinuación de desesperanza. Así que se mantuvieron
silenciosos.
-¡Oh bueno! -dijo el
capitán, tranquilizando a sus criaturas-, llegaremos a tierra sin novedad. Pero
había algo en su tono que los obligaba a , pensar; de modo que el engrasador acotó:
-¡Sí, con tal que continúe
el viento!
El cocinero seguía
desaguando el bote:
-¡Sí, con tal que no nos
agarre ese diablo de rompiente!
Gaviotas de moletón volaban
en las proximidades y a lo lejos. A veces se posaban sobre el mar, cerca de
trozos de algas marinas de color pardo, que fluctuaban sobre las olas con un
movimiento de alfombras tendidas en la soga en medio de un ventarrón. Las aves
se posaban cómodamente en grupos, y alguien de la embarcación las envidiaba, ya
que la cólera del mar no significaba más para ellas que para un bandada de
pollos en una pradera de mil millas tierra adentro. Muchas veces se aproximaban
muy cerca y miraban fijamente a los hombres con ojos semejantes a cuentas
negras. En esas oportunidades resultaban misteriosas y siniestras en su
escrutinio sin parpadeo, y los hombres les gritaban con enojo, ordenándoles
que desaparecieran. Una de ellas se acercó, y resultó evidente que había
decidido posarse sobre la cabeza del capitán. El pájaro voló en línea paralela
al bote, y no dio vueltas alrededor, sino que se puso a ejecutar, en el aire,
pequeños saltos laterales, al modo de un pollo. Sus ojos oscuros se posaban,
fijos y ávidos, sobre la cabeza del capitán.
-¡Qué bestia fea! -le dijo
el engrasador al pájaro-. Parece que te hubiesen hecho con una navaja.
El cocinero y el
corresponsal maldijeron amenazadoramente al animal. Como es natural, el capitán
quería alejar al ave de un golpe con la extremidad de la pesada amarra, pero
no se arriesgaba a hacerlo pues cualquier cosa que se asemejase a un gesto
enfático hubiera hecho zozobrar ese bote cargado; y así fue como el capitán,
agitando suave y cuidadosamente su mano abierta, logró alejar la gaviota.
Después que la hubo desalentado en su persecución, el capitán respiró con
alivio pensando en su cabello, y los otros respiraron con alivio porque en ese
momento el pájaro los impresionó como si fuera algo horripilante y nefasto.
Mientras tanto, el
engrasador y el corresponsal remaban. Y ellos también remaban. Estaban sentados
juntos en el mismo banco y cada uno empuñaba el remo. Luego el engrasador tomó
los dos remos, luego lo hizo el engrasador; luego el corresponsal. Remaban y
remaban. La parte verdaderamente delicada de la cuestión se presentaba cuando
le llegaba el turno de tomar su lugar en los remos al que estaba recostado en
la popa. Por la luz que nos alumbra que es más fácil robarle los huesos a una
gallina sentada que cambiar de lugar en el bote. Primero el hombre que se
hallaba en la popa deslizaba la mano a lo largo del banco de remos y se movía
con cuidado, como si fuese de porcelana de Sévres. Entonces el hombre que
estaba en el asiento deslizaba la mano a lo largo de otro banco. Mientras que
los dos se cruzaban, moviéndose de lado, todo el grupo vigilaba atento al
avance de la ola siguiente, y el capitán gritaba:
-¡Cuidado, ahora! ¡Firme,
eso es!
Los redondeles pardos de
algas que surgían de cuando en cuando eran como islas, como pedazos de tierra.
No navegaban, en apariencia, ni para un lado ni para el otro. Eran virtualmente
estacionarios. Informaban a los hombres del bote de que éste avanzaba
lentamente hacia tierra.
El capitán, después que la
embarcación hubo remontado una gran oleada, se irguió con precaución en la
proa y dijo que había visto el faro de la ensenada de los Mosquitos. Al poco
tiempo, el cocinero comentó que lo había divisado. El corresponsal se
encontraba remando en ese momento, y por alguna razón también él quería echar
una mirada al faro; pero se encontraba de espaldas a la costa lejana, y las
olas eran importantes, así que por un tiempo no pudo encontrar ninguna
oportunidad para dar vuelta la cabeza. Pero, por fin llegó una ola más mansa
que la otra y, cuando estuvo sobre la cresta, recorrió rápidamente con la vista
el horizonte poniente.
-¿Lo ve? -preguntó el
capitán.
-No -contestó el
corresponsal con lentitud. No he visto nada.
-Mire otra vez -dijo el
capitán. Señaló-: Se encuentra exactamente en esta dirección. Cuando estuvo en
el tope de otra ola, el corresponsal hizo como le indicaba el capitán, y esta
vez sus ojos dieron con una cosa pequeña y fija en la orilla del horizonte
oscilante. Era exactamente como la punta de un alfiler. Sólo un ojo ávido podía
descubrir un faro tan minúsculo.
-¿Cree que llegaremos,
capitán?
-Si este viento se mantiene
y el bote no zozobra es todo lo que podemos hacer -dijo el capitán.
El pequeño bote, alzado por
cada una de las elevadas olas y rencorosamente salpicado por las crestas, hacía
progresos en la marcha, pero, debido a la ausencia de algas, pasaban
inadvertidos a sus ocupantes. Parecía ser nada más que una cosa chiquita
chapoteando milagrosamente suspendida en la cima de las olas, a merced de los
cinco océanos. De cuando en cuando un gran despliegue de agua, semejante a
blancas llamas, se precipitaban en su interior.
-Desagua el bote, cocinero
-dijo el capitán, con voz serena.
-Esta bien, capitán
-contestó el jovial cocinero.
III
Resultaría difícil describir
la sutil fraternidad humana que se había establecido allí sobre el mar. Nadie
dijo que así fuera. Nadie la mencionó. Pero estaba presente en el bote, y cada
uno de los hombres sentía que lo reconfortaba. Constituían, en su conjunto, un
capitán, un engrasador, un cocinero y un corresponsal, y eran amigos, amigos
hasta un punto más singularmente entrañable de lo que puede ser corriente. El
capitán herido, apoyado contra el tarro de agua en la proa, hablaba siempre en
voz baja y con tranquilidad; pero nunca hubiese' podido mandar una tripulación
más pronta y obediente que la que formaban esos tres seres distintos del bote.
Había en ello algo más que el mero reconocimiento de lo que era mejor para la
seguridad común. Era indudable que había en esto un sentimiento que era
personal y sincero. Y además de esta consagración hacia el capitán del bote
existía ese compañerismo que el mismo corresponsal, por ejemplo, a quien habían
enseñado a juzgar con cinismo a los hombres, reconocía entonces como la mejor
experiencia de su vida. Pero nadie dijo que así fuera. Nadie lo mencionó.
-Ojalá tuviésemos una vela
-comentó el capitán-. Podríamos probar con mi abrigo en la punta de un remo, y
darles así a ustedes dos, muchachos, una oportunidad de descanso.
De modo que el cocinero y el
corresponsal sostuvieron el mástil y extendieron el abrigo bien abierto; el
engrasador timoneaba; y la pequeña embarcación avanzó buen trecho con su nuevo
aparejo. A veces, el engrasador tenía que espadillar bruscamente con el remo
para evitar que alguna ola grande irrumpiese en el bote, pero, por lo demás,
esta forma de navegar resultó un éxito.
En el ínterin, el faro se
había agrandado lentamente. Ahora casi había tomado colorido, y se presentaba
como una pequeña sombra gris en el cielo. El hombre de los remos no podía
evitar volver repetidas veces la cabeza en una tentativa de echar una ojeada a
la pequeña sombra gris.
Finalmente, desde la cima de
cada ola, los hombres del zarandeado bote pudieron ver tierra. Y así como el
faro era una sombra vertical en el cielo, así esa tierra no parecía ser sino
una larga sombra negra sobre el mar. Era, sin duda, más delgada que un papel.
-Debemos encontrarnos
aproximadamente frente a la nueva Esmirna -dijo el cocinero, quien a menudo
había navegado a lo largo de esa costa en goletas-. A propósito, capitán, creo
que esa estación de salvamento que había allí en la costa fue abandonada hace
cerca de un año.
-¿De veras, -dijo el
capitán.
El viento fue desapareciendo
poco a poco. El cocinero y el corresponsal no se veían ya obligados a
esclavizarse para mantener el remo en alto. Pero las olas seguían
precipitándose contra el bote con la misma violencia de siempre, y la pequeña
embarcación, ahora detenida la marcha, luchaba indefensa sobre ellas. El
engrasador y el corresponsal volvieron a coger los remos.
Los naufragios se producen a
propósito de nada. Si tan sólo los hombres pudieran entrenarse para ellos y no
permitir que se produzcan hasta que los hombres estuviesen perfectamente
preparados, habría menos ahogados en el mar. De los cuatro hombres del bote
ninguno había dormido durante un lapso digno de mención en los dos días con sus
noches previos al momento de embarcarse en el bote y debido a la excitación de
estar gateando sobre la cubierta de un barco a punto de irse a pique, también
habían olvidado de comer con buen apetito.
Por este y otros motivos, ni
el engrasador ni el corresponsal se sentían muy aficionados al remo en ese
momento. El corresponsal se preguntaba sinceramente, en nombre del sano
juicio, cómo era posible que hubiese gente que considerase divertido remar en
un bote. No era una diversión; era un castigo diabólico, y hasta un genio en
aberraciones mentales no podría inferir jamás que se tratase de otra cosa que
de un horror para los músculos y un crimen contra la espalda. Comentó el bote
en general cómo lo consternaba el entretenimiento que llamaban remar, y el
engrasador de rostro fatigado le sonrió de total acuerdo. Antes de hundirse el
barco, sea dicho de paso, el engrasador había trabajado doble tumo en la sala
de máquinas.
-Remen ahora despacio,
muchachos -dijo el capitán-. No se gasten. Si tenemos que atravesar una
rompiente necesitarán todas sus fuerzas, porque seguro lo tendremos que hacer a
nado. No se apuren.
Lentamente, la tierra surgió
del mar. De una faja negra se convirtió en una franja negra y blanca: árboles y
arena. Por fin, el capitán dijo que podía divisar una casa en la costa.
-Seguro que es el refugio
-dijo el cocinero. Nos verán dentro de poco y vendrán a buscarnos. El faro se
erguía, lejano, en lo alto.
-El guarda debería poder
descubrimos ahora, si es que está mirando con largavista -dijo el capitán-.
Avisará al equipo de salvamento.
-Ninguno de los otros botes
debe haber llegado a tierra para informar sobre el naufragio -dijo el
engrasador, en voz baja-, si no, el bote salvavidas ya estaría buscándonos.
Poco a poco, rebosante de
belleza, la tierra emergió del mar. El viento volvió nuevamente. Había virado
del noroeste hacia el sudoeste. Al fin, un nuevo ruido hirió los oídos de los
hombres del bote. Era el sordo estruendo de la rompiente en la costa. Jamás
podremos llegar al faro ahora -dijo el capitán-. Tuerce la proa un poco más
hacia el norte, Billie.
-Un poco más hacia el norte,
capitán -recitó el engrasador.
Después de lo cual la
pequeña embarcación viró de proa una vez más a favor del viento y todos, con
excepción del remero, miraron crecer la costa.
Bajo el influjo de esa
extensión de tierra, los hombres sintieron que la duda y los terribles temores
que los habían embargado comenzaban a abandonarlos. El manejo del bote seguía
siendo una tarea muy absorbente, pero no podía impedir una serena jovialidad.
Dentro de una hora, quizá, ya estarían en tierra.
Sus columnas dorsales se
habían mientras tanto habituado por completo al balanceo del bote y ahora
montaban esa especie de potro salvaje del bote como hombres del circo. El
corresponsal creyó que estaba mojado hasta los huesos, pero, habiéndose palpado
el bolsillo superior de la chaqueta, halló allí ocho cigarros. Cuatro de ellos
estaban empapados con agua de mar; los cuatro restantes se encontraban
perfectamente sanos y salvos. Después de que todos se hubieran registrado,
alguien proporcionó tres fósforos secos; al punto, los cuatro extraviados
surcaron descaradamente las olas en su pequeño bote y, con los ojos brillantes
de confianza en el rescate inminente, extrajeron bocanadas de humo de los
grandes cigarros, mientras hablaban bien y mal de todos los hombres. Cada uno
tomó un trago de agua.
IV
-Cocinero -observó el
capitán-, parece que no hay ningún signo de vida alrededor de tu refugio.
-No -contestó el cocinero-.
Es raro que no nos vean.
Una ancha extensión de costa
baja se presentaba a los ojos de los hombres. Se componía de dunas de poca
altura, cubiertas de vegetación oscura. Se oía claramente el rugir de la
rompiente y, a veces, podían ver el labio blanco de una ola en el momento de
barrenar playa arriba. Una casa minúscula se desataba en negro contra el cielo.
Al sur, el pequeño faro alzaba su escasa estatura gris.
La corriente, el viento y
las olas hacían girar la embarcación hacia el norte.
-Es raro que no nos vean
-dijeron los hombres.
El estruendo de la rompiente
se amortiguaba allí, aunque el ruido era todavía atronador y poderoso.
Mientras que el bote se dejaba llevar por las grandes olas, los hombres
sentados escuchaban el estruendo.
-Seguro que zozobramos
-decían todos. Convendría aclarar aquí que en veinte millas hacia ambas
direcciones no había ninguna estación de salvamento; pero los hombres ignoraban
este hecho y, por consiguiente, hacían observaciones atroces y oprobiosas
respecto del poder visual de los miembros de las estaciones de salvamento de la
nación. Los cuatro hombres, enfurruñados, sentados en la embarcación,
superaban récords en la invención de epítetos.
-Es raro que no nos vean.
El alegre estado de ánimo
anterior había desaparecido por completo. Sus mentes ansiosas no tenían
dificultad en conjeturar toda clase de incompetencia y ceguera y, claro está,
de cobardía. Allí estaba la costa de la tierra populosa, y se les hacía cada
vez más penoso no recibir ninguna señal de ella.
-Bueno -dijo el capitán,
finalmente-. Supongo que vamos a tener que probar nosotros mismos. Si nos
quedamos aquí demasiado tiempo, a ninguno de nosotros le quedarán fuerzas para
nadar después que se hunda el bote.
Y por consiguiente el
engrasador, quien manejaba los remos, viró el bote derecho hacia la costa. Los
músculos súbitamente se pusieron tensos. Hubo unos momentos de reflexión.
-Si no llegamos todos a
tierra -dijo el capitán-, si no llegamos todos a tierra, supongo que ustedes,
compañeros, sabrán dónde enviar noticias de mi fin...
Entonces todos cambiaron
rápidamente direcciones y recomendaciones. En cuanto a las reflexiones de los
hombres, un sentimiento de rabia prevalecía entre ellos. Acaso pudieran ser
formuladas en estos términos: "Si es que me voy a ahogar..., si es que me
voy a ahogar..., si es que me voy a ahogar, ¿por qué entonces, en nombre de los
siete malditos dioses del mar, me fue permitido llegar hasta aquí y contemplar
la arena y los árboles? ¿Fui conducido aquí tan sólo para ver mi nariz
arrastrada al fondo cuando me encontraba a punto de hincar el diente en el
sagrado queso de la vida? Es absurdo. Si esta vieja boba de la Fortuna no puede
hacerlo mejor, se le debiera impedir que gobierne la suerte de los hombres. No
es más que una vieja gallina que desconoce sus propias intenciones. Si ha
decidido ahogarme, ¿por qué no lo hizo desde el principio, y me ahorró toda
esta molestia? Todo este asunto es absurdo... Pero no; su propósito no puede
ser el de ahogarme. No se atreverá a ahogarme. No después de todo este
trabajo." Es probable que el hombre se viese, luego, impelido a agitar su
puño en dirección a las nubes: "¡Atrévete a ahogarme, después de esto, y
luego verás lo que te digo!"
Las olas que llegaban ahora
eran aún más formidables. Parecían estar a punto de desmenuzar y hacer rodar el
pequeño bote en un remolino de espuma. El lenguaje de estas olas comenzaba con
un largo bramido. Nadie que no estuviese acostumbrado al mar hubiese pensado
que la embarcación podía ascender por esas empinadas alturas. La costa se
encontraba aún a gran distancia. El engrasador era un astuto navegador de
rompientes.
-Muchachos -dijo, hablando
rápido-, el bote no aguantará ni tres minutos más, y estamos demasiado lejos
por nadar. ¿Quiere que lleve de nuevo el bote mar adentro, capitán?
-¡Sí, adelante! -dijo el
capitán.
El engrasador , mediante una
serie de rápidos milagros y de ágiles y firmes golpes de remo, hizo girar al
bote en medio de la rompiente y de nuevo logró conducirlo sin novedad mar
adentro.
Se produjo un considerable
silencio mientras que el bote enfrentaba la marejada al dirigirse hacia aguas
más hondas. Entonces alguien dijo con tristeza:
-Bueno, de todos modos a
estas horas ya deben habernos visto desde la costa.
Las gaviotas pasaban en vuelo
sesgado viento arriba, hacia el este gris y desolado. Una turbonada, señalada
por nubes oscuras y nubes de color rojo ladrillo como humo de un edificio en
llamas, surgió desde el sudeste.
-¿Qué les parece esta gente
de la estación de salvamento? ¿Verdad que son formidables?
-Es raro que no nos vean.
-A lo mejor creen que
estamos aquí para divertimos. A lo mejor creen que estamos pescando. A lo mejor
creen que somos unos pedazos de idiotas.
La tarde se hacía larga. La
corriente, que había alterado su curso, quiso arrastrarlos por la fuerza hacia
el sur, pero el viento y las olas optaron por el norte. A lo lejos, allí donde
la línea de la costa, el mar y el cielo formaban su ángulo poderoso, se delineaban
puntitos que parecían indicar una ciudad en la orilla.
-¿San Agustín?
El capitán sacudió la
cabeza:
-Demasiado cerca de la
ensenada de los Mosquitos.
Y el engrasador remaba, y
luego el corresponsal remaba; después remaba el engrasador. Era una tarea
fatigosa. La espalda humana puede convertirse en el asiento de más dolores y
aflicciones que los registrados en los libros sobre la anatomía compuesta de
un regimiento. Es ésta un área limitada, pero puede transformarse en el teatro
de innumerables conflictos musculares, enredos, torceduras, nudos y otros
motivos similares de bienestar.
-¿Alguna vez te gustó remar,
Billie?-preguntó el corresponsal.
-No -dijo el engrasador-,
¡condenado sea! Cuando uno de ellos dejaba el banco de remos por un lugar en el
fondo del bote sentía en todo su cuerpo un abatimiento que lo dejaba
indiferente a todo lo que no fuese la obligación de mover un dedo. El agua fría
de mar chorreaba por todas partes en el bote, y el hombre se echaba sobre ella.
Reclinaba la cabeza en uno de los bancos, a una pulgada de la cresta de las
olas, y, a veces, el oleaje particularmente turbulento invadía el bote y calaba
de nuevo al hombre hasta las huesos. Pero estas cosas no lo molestaban. Es casi
seguro que, de haber zozobrado el bote, se hubiese echado confortablemente
sobre el océano como si creyera que se trataba de un gran y blando colchón.
-¡Miren! ¡Hay un hombre en
el orilla! -¿Dónde?
-¡Allá! ¿Lo ven? ¿Lo ven?
-¡Sí, cierto! Está
caminando.
-Ahora se detuvo. ¡Miren!
¡Está mirando hacia acá!
-¡Nos está haciendo señas!
-¡Rayos y centellas! ¡Así es!
-Ah, ahora vamos bien!
¡Ahora vamos bien! Media hora más y tendremos una lancha aquí para buscarnos.
-El hombre sigue caminando.
Va corriendo. Se dirige hacia aquella casa.
La playa distante parecía
hallarse a un nivel más bajo que el mar y se necesitaba una mirada penetrante
para percibir la pequeña figura negra. El capitán vio un palo que flotaba y
remaron hacia él. Por alguna extraña razón había una toalla en el bote, y
habiéndola atado al palo, el capitán comenzó a agitarla. El remero no se
atrevía a volver la cabeza, así que se vio obligado a hacer preguntas.
-¿Qué es lo que está
haciendo ahora?
-Se quedó otra vez inmóvil.
Creo que está mirando... Allá va de nuevo... en dirección a la casa... Ahora se
paró otra vez.
-¿Nos está haciendo señas?
-No, no en este momento, sin
embargo, las hacía.
-¡Miren! ¡Allí viene otro
hombre!
-Está corriendo.
-¡Pero miren cómo corre!
-Si viene en una bicicleta!
Ahora se encontró con el otro hombre. Los dos nos están haciendo señas. ¡Miren!
-Allá llega algo a la playa.
-¿Qué diablos es eso?
-¡Si parece un bote!
-No, anda sobre ruedas.
-Sí, así es. Bueno, ésa debe
ser la lancha salvavidas. Las arrastraban a lo largo de la costa sobre un
carro.
-Seguro que ésa es la lancha
salvavidas.
-No, por Dios, es... es un
ómnibus. Te digo que es una lancha salvavidas.
-¡No! Es un ómnibus. Lo veo
claro. ¿Ves? Es uno de esos ómnibus de los grandes hoteles.
-¡Rayos y truenos, tienes
razón! Es un ómnibus, tan seguro como la muerte. ¿Qué creen ustedes que están
haciendo con un ómnibus? A lo mejor andan dando vueltas para reunir los del
equipo de salvamento, ¿eh?
-Eso es. Muy posible.
¡Miren! Hay un tipo allá que hace señas con una banderita negra. Está parado en
el estribo del ómnibus. Allí llegan esos otros dos tipos. Ahora hablan uno con
el otro. Mírenlo al tipo con la bandera. ¡Quizá no esté haciendo señas!
-Eso no es una bandera, ¿no?
Es una chaqueta, eso es su chaqueta.
-Claro, es su chaqueta. Se
la ha quitado y la está agitando alrededor de su cabeza. ¡Pero miren cómo la
hace girar!
-¡Oh, oigan, no hay ninguna
estación de salvamento allí! Aquello no es más que el ómnibus de un hotel de la
temporada de invierno que ha traído algunos de los huéspedes para que vean cómo
nos ahogamos.
-¿Qué quiere decir ese
imbécil con la chaqueta? ¿Qué es lo que señala, de todos modos? -Parece que
trata de decirnos que vayamos hacia el norte. Debe haber una estación de salvamento
allá.
-No; piensa que estamos
pescando. Nos saluda alegremente, nada más. Eso es todo. ¡Ah, mira, Billie!
-¡Vaya, quisiera poder
entender algo de esas señales! ¿Qué les parece que pretende decir? -No quiere
decir nada; se divierte, no más.
-¡Bueno, si por lo menos nos
hiciera señas de intentar de nuevo con la rompiente, o de irnos mar adentro y
esperar, o de ir al norte, o de ir al sur, o de irnos al demonio, tendría algún
sentido! ¡Pero, mírenlo, en cambio! No hace más que estar parado allí, haciendo
girar su chaqueta como si fuese una rueda. ¡Qué asno!
-Ahí viene más gente.
-Ahora hay casi una
multitud. ¡Miren! ¿No es eso un bote?
-¿Dónde? ¡Oh, ya veo dónde
piensas! ¡No, eso no es un bote.
-Ese tipo sigue agitando la
chaqueta.
-Debe pensar que nos gusta
verlo hacer eso. ¿Por qué no termina de una vez? Si no significa nada.
-No sé. Pienso que intenta
hacernos ir hacia el norte. Debe haber por allá una estación de salvamento.
-¡Vaya! Todavía no se cansó.
¡Mírenlo cómo sigue haciendo señas!
-Me pregunto hasta cuándo va
a seguir con eso. Ha estado agitando su chaqueta desde el momento en que nos
descubrió. Es un cretino. ¿Por qué no se ocupan de conseguir hombres que saquen
un bote del mar? Una barca pescadora -uno de esos grandes queches- podría
llegar perfectamente hasta acá. ¿Por qué no hace algo?
-¡Oh, ya está todo
arreglado?
-Ahora que nos vieron nos
mandarán una lancha en menos tiempo de lo que lleva decirlo. Un tenue color
amarillo se difundió a través de la extensión del cielo que cubría la costa
baja. En el mar, las sombras se volvieron más intensas. El viento llegó cargado
de frío, y los hombres comenzaron a tiritar.
-¡Justicia divina! -exclamó
uno de ellos, permitiendo que su voz manifestara lo impío de su estado de
ánimo-. ¡Sí todavía vamos a seguir haciendo payasadas aquí afuera! ¡Si vamos a
tener que revolcarnos aquí toda la noche!
-¡Oh, de ningún modo
tendremos que pasarnos aquí toda la noche! No te preocupes. Ya nos han visto y
no pasará mucho antes de que vengan a buscarnos.
La costa se oscureció. El
hombre que agitaba la chaqueta fue confundiéndose poco a poco con la penumbra,
y el ómnibus y el grupo de gente terminaron también por desvanecerse. La espuma
de las olas, al estrellarse tumultuosamente sobre la borda, obligaba a los
hombres a encogerse y maldecir como si los quemaran con hierro candente.
-Me gustaría agarrar el
mastuerzo que hacía señas con la chaqueta. Tengo ganas de darle un puñetazo, a
lo mejor eso nos daba suerte.
-¿Por qué? ¿Qué te hizo?
-¡Oh nada, pero parecía
estar tan condenadamente alegre!
En el interín el engrasador
remaba, y luego el corresponsal remaba, y luego remaba el engrasador. Gris el
rostro e inclinados hacia adelante cada uno a su tumo manejaba los pesados
remos. La forma oscura del faro había desaparecido del horizonte austral, pero
finalmente surgió una pálida estrella, alzándose apenas sobre el mar. El color
azafrán veteado de las luces que se extendía al este cedió ante las tinieblas
que sumergían todo, y el mar al este se puso negro. La tierra había
desaparecido, y se manifestaba sólo a través del estruendo sordo y monótono de
la rompiente.
"Si es que me voy a
ahogar..., si es que me voy a ahogar..., si es que me voy a ahogar, ¿por qué,
entonces, en nombre de los siete malditos dioses del mar, me fue permitido
llegar hasta aquí y contemplar la arena y los árboles? ¿Fui conducido aquí tan
sólo para ver mi nariz arrastrada al fondo cuando me encontraba a punto de
hincar el diente en el sagrado queso de la vida?"
El enfermo capitán,
inclinado sobre el tarro de agua, se veía a veces obligado a hablarle al
remero:
-¡Conserva derecha la proa!
¡Conserva derecha la proa!
-La proa derecha, capitán.
Las voces sonaban roncas y
fatigadas.
Era ésta, sin duda, una
tarde tranquila. Todos, con excepción del remero, se habían dejado caer,
desalentados e indiferentes, en el fondo del bote. En cuanto al remero, apenas
si sus ojos podían distinguir las altas olas oscuras que, salvo el sordo
rugido fortuito de alguna cresta, se precipitaban hacia adelante en medio de
un silencio sumamente siniestro.
La cabeza del cocinero
estaba apoyada sobre uno de los bancos y miraba, sin interés, las aguas que se
agitaban bajo sus narices. Se hallaba profundamente abstraído en otros
escenarios. Por fin, habló:
-Billie -murmuró, como en
sueños-, ¿qué tipo de pastel te gusta más?
V
-¡Pastel! -exclamaron
sobresaltados el corresponsal y el engrasador-. ¡No hables de esas cosas,
caramba!
-Bueno -dijo el cocinero-.
Estaba justamente pensando en sandwiches de jamón y... Una noche en el mar en
un bote abierto es una noche larga. Cuando por fin se disipó la oscuridad, el
resplandor de la luz que surgía del mar en el sur se convirtió en oro puro. En
el horizonte septentrional apareció una luz nueva, un pequeño fulgor azulado
en la orilla de las aguas. Estas dos luces constituían el mobiliario del mundo.
Fuera de esto, no había más que olas.
Dos de los hombres se habían
acurrucado en la popa y, tan espléndidas eran las dimensiones de la
embarcación, que el remero podía calentarse un tanto los pies con sólo
deslizarlos debajo de sus compañeros. En efecto, sus piernas se extendían
bastante más allá del banco de remos, al punto de tocar los pies del capitán
que se hallaba adelante en la proa. A veces, no obstante los esfuerzos del
fatigado remero, una ola venía a desplomarse sobre el bote, una ola nocturna
glacial, y el agua helada volvía a empaparlos. Entonces, gimiendo, se retorcían
durante algunos instantes para luego caer, una vez más, en el sueño de los
muertos, mientras a su alrededor el agua gorgoteaba al compás del balanceo del
bote.
El plan concebido por el
engrasador y el corresponsal consistía en que cada uno remaría hasta no poder
más, y que entonces levantaría al otro de su lecho de agua salada en el fondo
de la embarcación. El engrasador manejó los remos hasta que sintió que se le
caía la cabeza, y el sueño irresistible lo cegó; y con todo, siguió remando.
Luego tocó a uno de los hombres en el fondo del bote, y lo llamó por su nombre:
-¿Quieres reemplazarme por
un rato? -preguntó con suavidad.
-Como no, Billie -dijo el
corresponsal despertándose y haciendo un esfuerzo por sentarse. Cambiaron con
prudencia el lugar, y el engrasador, acurrucándose sobre el agua de mar al lado
del cocinero, pareció dormirse al instante.
La peculiar violencia del
mar había cesado. Las olas avanzaban ahora sin bramar. El hombre que manejaba
los remos tenía la obligación de mantener la dirección del bote de modo que las
grandes olas no lo pudiese hacer zozobrar, y evitar que se inundara cuando las
crestas de las olas se precipitaban de través. Las olas oscuras aparecían en
silencio, y eran difíciles de percibir en las tinieblas. Ocurría a menudo que
las veía cuando ya estaban casi sobre el bote.
En voz baja, el corresponsal
se dirigió al capitán. No estaba seguro si el capitán estaba despierto, aunque
este hombre de hierro parecía no dormir nunca.
-Capitán, ¿quiere que
mantenga el curso hacia esa luz al norte?
La misma voz firme le
contestó:
-Sí, manténgalo
aproximadamente a dos puntos a babor de la proa.
El cocinero se había puesto
un salvavidas, con el propósito de obtener incluso el calor que le podía
brindar ese incómodo artefacto de corcho. Y cuando uno de los remeros cuyos
dientes invariablemente castañeteaban sin freno al terminar la tarea, se
acurrucaba a su lado para dormir, parecía casi una estufa.
El corresponsal, mientras
remaba, contempló a los dos hombres que dormían a sus pies. El cocinero había
pasado su brazo alrededor de los hombros del engrasador y, con sus ropas
fragmentarias y sus semblantes macilentos, venían a ser algo así como los
niños del mar, una grotesca versión de la antigua imagen de los niños en el
bosque.
Más tarde, el esfuerzo debió
haberlo atontado, pues, de pronto, el agua bramó y la cresta de una ola llegó
rugiendo y se desplomó sobre el bote. Fue un milagro que el cocinero no se
encontrara flotando en sus salvavidas. El cocinero continuó durmiendo, pero el
engrasador se incorporó, guiñando los ojos y temblando de frío.
-¡Oh, lo lamento mucho,
Billie! -dijo el corresponsal en tono contrito.
-No es nada, viejo -dijo el
engrasador, con los cual volvió a acostarse y se durmió.
Al poco tiempo, hasta el capitán
pareció dormitar, y el corresponsal creyó ser el único hombre a flote, en
medio de todos los océanos. Se oía la voz del viento que soplaba sobre las
olas, y ésta era más triste que la muerte.
Se produjo un fuerte y
prolongado silbido a popa del bote, y un fulgurante rastro fosforescente, como
una llama azulada, dejó su surco en las aguas oscuras. Podría haber sido obra
de un cuchillo monstruoso.
Luego se hizo un silencio
mientras el corresponsal, respirando con la boca abierta, miraba en dirección
al mar.
De repente hubo otro silbido
y otro extenso relámpago de luz azulada y, esta vez, aquello pasó al costado
del bote y hubiera podido casi alcanzarlo con un remo. El corresponsal vio
entonces una enorme aleta que se deslizaba como una sombra a través del agua,
arrojando espuma cristalina y dejando el largo rastro fulgurante.
El corresponsal miró por
encima del hombro del capitán. Su rostro se encontraba oculto y parecía estar
dormido. Miró a los niños del mar. No cabía duda que estaban dormidos. Así que,
no teniendo con quien compartir su preocupación, se inclinó ligeramente a un
costado y maldijo suavemente hacia el mar.
Pero aquello no había
decidido todavía abandonar la vecindad del bote. A proa o a popa, por un
costado o el otro, a intervalos largos o cortos, huía la extensa raya
centelleante, y había que oír el zum penetrante de la oscura aleta. La
velocidad y potencia de aquello eran sumamente dignas de admiración. Hendía el
agua a semejanza de un gigantesco y afilado proyectil.
La presencia de esta cosa
obsesiva no producía en el hombre el mismo terror que si hubiese estado allí de
picnic. Se limitaba a fijar sobre el mar una mirada apagada y maldecir en voz
baja.
Verdad es, con todo, que no
deseaba quedarse a solas con aquello. Le hubiese gustado que alguno de sus
compañeros despertase por casualidad, y le hiciese compañía. Pero el capitán
permanecía inmóvil contra el tarro de agua, y el engrasador y el cocinero,
tendidos en el fondo del bote, se hallaban sumergidos en un sueño tranquilo.
VI
"Si me voy a ahogar...,
si me voy a ahogar..., si me voy a ahogar, ¿por qué, entonces, en nombre de los
siete malditos dioses del mar, me fue permitido llegar hasta aquí y contemplar
la arena y los árboles?"
Era natural que, en una
noche lúgubre como ésa, un hombre llegase a la conclusión de que siete malditos
dioses tenían realmente la intención de ahogarlo, aunque fuera una abominable
injusticia. Porque sin duda constituía una injusticia abominable ahogar a un
hombre que había luchado tan duro, tan duro. El hombre sentía que esto sería un
crimen sumamente monstruoso. Otros se habían ahogado en el mar desde los
tiempos en que pululaban las galeras con velas pintadas, pero aún así...
Cuando un hombre llega a
pensar que la naturaleza no lo considera importante y que, según ella, no sería
una mutilación para el universo desprenderse de él, su primera intención es de
arrojar ladrillos contra el templo, y aborrece profundamente el hecho de que no
haya ni ladrillos ni templos. Sin duda, abrumaría con sus burlas a cualquier
manifestación visible de la naturaleza.
Luego, si no halla nada
tangible que denigrar, sentirá, quizá, la necesidad de confrontarse con una
personificación y descenderá a las manos implorantes, diciendo:
-Sí, pero yo me amo.
Siente entonces que por toda
respuesta la naturaleza le envía una estrella fría y distante en la noche
invernal. A partir de ese momento comprende lo patético de su situación.
Los hombres del bote no
habían tratado estas cuestiones, pero cada uno de ellos sin duda había meditado
sobre ellas en silencio y de acuerdo con su entendimiento. Sus rostros
denotaban pocas veces alguna expresión que no fuese aquella, a todos común, de
profundo cansancio. La conversación estaba consagrada a lo que requería el
manejo del bote.
En misteriosa
correspondencia con las inflexiones de sus sentimientos, una estrofa surgió en
la mente del corresponsal. Incluso no recordaba que ya había olvidado esa
estrofa y, de pronto, volvía a su mente:
Un soldado de la Legión agonizaba en Argel;
Cuidado de mujer no tenía, lágrimas de mujer le faltaban;
Pero a su lado se encontraba un camarada, y él asió la mano de ese
camarada.
Y dijo. -Nunca más veré los míos, ni mi tierra natal.
En su infancia, el
corresponsal se había enterado de que un soldado de la Legión agonizaba en
Argel, pero jamás lo había considerado un hecho importante. Un gran número de
compañeros de escuela lo habían puesto al tanto sobre la condición en que se
encontraba el soldado, pero esta misma insistencia terminó, como es natural, por
dejarlo totalmente indiferente. Nunca había considerado asunto de su
incumbencia esto de que un soldado agonizara en Argel, ni tampoco le había
parecido motivo de aflicción. Significaba menos para él que el hecho de romper
la punta de un lápiz.
Ahora, sin embargo, la
imagen se le presentó anticuada pero hermosa, como algo humano y viviente. No
se trataba ya sólo de la mera descripción de una agonía nacida en el pecho de
un poeta mientras tomaba el té y se calentaba los pies en la estufa; era una
realidad presente: dura, triste y hermosa.
El corresponsal podía ver
claramente al soldado. Estaba acostado en la arena, con los pies rígidos
vueltos hacia arriba. Si bien había apoyado su pálida mano izquierda contra el
pecho en un intento por detener la vida que lo abandonaba, la sangre brotaba de
entre sus dedos. Una ciudad de formas bajas y cuadradas se erguía, en medio de
la distante lejanía argelina, contra un cielo que se esfumaba con las últimas
luces del crepúsculo. El corresponsal, mientras manejaba los remos e imaginaba
los movimientos cada vez más lentos de los labios del soldado se sentía
embargado por una comprensión profunda y totalmente impersonal.
Compadecía al pobre soldado
que agonizaba en Argel.
Aquello que había seguido al
bote aguardando a su lado, evidentemente se había aburrido con la demora. Ya no
se escuchaba el silbido de la aleta al cortar el agua , y la llama del largo
rastro había desaparecido. Al norte, la luz aún centelleaba, pero no por eso
parecía estar más cerca del bote. A veces al bramido de la rompiente llegaba a
los oídos del corresponsal y, en esos momentos, hacía girar el bote mar adentro
y remaba con más ahínco. Era evidente que alguien, al sur, había prendido un
fuego de guardia en la playa. Estaba demasiado lejos para ser visto, pero
alcanzaba a proyectar sobre el farallón que se erguía detrás de un resplandor
trémulo y rosado, y desde el bote se lo podía columbrar. El viento se hacia más
fuerte y, a veces, una ola se abalanzaba de improviso con la furia de un gato
montés, y había que ver entonces cómo resplandecía y rutilaba la cresta
espumosa al romperse.
El capitán, en la proa,
empujó el tarro de agua, acabando por sentarse derecho.
-Es una noche bastante larga
-le comentó al corresponsal. Miró en dirección a la costa:
-Esa gente de la estación de
salvamento no tiene apuro en llegar.
-¿Vio ese tiburón que
jugueteaba por aquí cerca?
-Sí, lo vi. Era bien grande,
el tío, sin duda.
-¡Ojalá hubiese sabido que
usted estaba despierto!
Más tarde el corresponsal
habló hacia el fondo del bote:
-¡Billie! -Hubo un lento y
gradual desperezo-. Billie, ¿quieres reemplazarme.
-Cómo no -dijo el
engrasador.
El corresponsal, a pesar de
que sus dientes castañeteaban todas las melodías populares, se durmió
profundamente no bien alcanzó la fría y confortable agua del fondo del bote y
se hubo acurrucado junto al salvavidas del cocinero. Tan propicio le fue este
sueño que apenas habían pasado algunos instantes cuando oyó una voz que lo
llamaba en un tono de agotamiento extremo: -¿Me reemplazas? -Cómo no, Billie.
La luz del norte había
desaparecido misteriosamente, pero el corresponsal orientó el rumbo de acuerdo
con las directivas del vigilante capitán.
Después, durante la noche,
dirigieron el bote mar afuera, y el capitán ordenó al cocinero que llevase un
remo a la popa y mantuviese la embarcación de frente a la marejada. Debía
avisar en caso de que oyese el estruendo de la rompiente. Este plan permitía al
engrasador y al corresponsal descansar a un mismo tiempo.
-Les daremos a estos
muchachos la oportunidad de ponerse de nuevo en forma -dijo el capitán.
Se enroscaron en el fondo
del bote y, después de unos castañeteos y estremecimientos preliminares,
durmieron una vez más el sueño de los muertos. Ninguno de ellos supo que le
habían legado al cocinero la compañía de otro tiburón, o quizá el mismo
tiburón.
A veces, mientras el bote se
divertía sobre las olas, la espuma saltaba por encima del costado y los
empapaba de nuevo, pero esto no era suficiente para interrumpir su reposo. El
siniestro azote del viento y el agua no los afectaba más que si hubiesen sido
momias.
-Muchachos -dijo el
cocinero, con manifiestos signos de disgusto en la voz-, la corriente está
arrastrando el bote muy cerca de la costa. Creo que lo mejor sería que uno de
ustedes lo lleve otra vez mar afuera.
El corresponsal,
despertándose, oyó el estrépito de las olas que rompían en la costa.
Mientras el corresponsal
remaba, el capitán le alargó un poco de whisky con agua, y esto le calmó los
escalofríos.
-Si alguna vez logro llegar
a tierra, y alguien me muestra aunque más no sea la foto de un remo... Al fin,
hubo una conversación breve.
-¡Billie!... Billie, ¿me
reemplazas?
-Cómo no -contestó el
engrasador.
VII
Cuando el corresponsal abrió
de nuevo los ojos, tanto el cielo como el mar se habían revestido del tinte
gris del amanecer. Más tarde, las aguas tomaron el colorido del carmesí y el
oro. Finalmente, surgió la mañana en todo su esplendor, con un cielo de azul
puro y la luz del sol cabrilleando sobre las extremidades de las olas.
Sobre las dunas distantes se
veían muchas casitas oscuras y por encima de ellas se erguía un alto y blanco
molino del viento. Ni un hombre, ni un perro, ni una bicicleta surgieron en la
playa. Las casitas hubieran podido ser parte de un pueblo desierto.
-Bueno -dijo el capitán-, si
no llega ninguna duda, será mejor que tratemos de cruzar la rompiente ahora
mismo. Si nos quedamos aquí afuera mucho más, estaremos después demasiado
débiles para hacer algo por nosotros mismos.
Los otros asintieron en silencio
ante este razonamiento. Orientaron la proa del bote hacia la playa. El
corresponsal se preguntó si alguien subía alguna vez a ese alto molino de
viento, y si entonces, alguna vez, miraba hacia el mar. Esa torre era un
gigante que volvía las espaldas a la dura existencia de las hormigas.
Representaba hasta cierto grado, para el corresponsal, la serenidad de la
naturaleza frente a la lucha del individuo: la naturaleza del viento y la
naturaleza de la visión de los hombres. En ese momento no le pareció cruel, ni
benéfica, ni pérfida, ni sensata. Pero sí indiferente, absolutamente indiferente.
Quizá resulte plausible que un hombre en esta situación, impresionado por el
desinterés del universo, pueda ver las innumerables faltas de su existencia, y
las paladee pecaminosamente en su pensamiento, y desee otra oportunidad. Una
distinción entre el bien y el mal se le presenta increíblemente clara, en ese
momento, ante esa reciente indiferencia del borde de la tumba, y comprende que
si se le diera otra oportunidad enmendaría su conducta y sus palabras, y que
sería más bueno y más inteligente en el curso de una presentación o un té.
-Ahora bien, muchachos -dijo
el capitán-, es seguro que el bote va a zozobrar. Todo lo que podemos hacer es
maniobrar hasta acercamos lo más posible y luego, cuando zozobremos, agrúpense
y traten de llegar a la playa. Estén tranquilos ahora, y no salten hasta estar
seguros de que va a hundirse.
El engrasador tomó los
remos. Por encima del hombro, escudriñó la rompiente.
-Capitán -dijo-, creo, que
lo mejor sería dar media vuelta al bote, mantenerlo de proa al mar y avanzar de
popa.
-Está bien, Billie -dijo el
capitán-, avanza de popa.
Entonces el engrasador hizo
girar el bote y, sentados en la popa, el cocinero y el corresponsal se vieron
obligados a mirar sobre el hombro para contemplar la costa indiferente y
desierta.
Las monstruosas olas de la
costa alzaron el bote tan alto que los hombres pudieron observar de nuevo cómo
las blancas extensiones de agua subían por la playa inclinada.
-No nos aproximaremos mucho
-dijo el capitán.
Cada vez que uno de los
hombres lograba desviar su atención de las olas, volvía la mirada en dirección
de la costa, y en la expresión de los ojos durante esta contemplación había una
cualidad singular. El corresponsal, observando a los otros, comprendió que no
tenían miedo, pero el verdadero significado de sus miradas permanecía oculto.
En cuanto a él mismo, se
sentía demasiado cansado para poder encarar lo fundamental del hecho. Intentó
forzar su mente a pensar en ello, pero en ese momento estaba dominada por los
músculos, y los músculos decían que aquello no les importaba. Lo único que se
le ocurrió fue que sería una vergüenza que llegara a ahogarse. No hubo ningún
intercambio precipitado de palabras, nadie empalideció, ni se produjo ningún
alboroto manifiesto. Los hombres se limitaban a observar la costa.
-Ahora bien, no olviden
mantenerse lejos del bote cuando salten -dijo el capitán.
Del lado del mar, la cresta
de una ola grande se derrumbó estrepitosamente y, con un rugido, la larga
extensión de espuma encrespada se precipitó sobre el bote.
-Firme, ahora -dijo el
capitán.
Los hombres guardaron
silencio. Desviaron sus ojos de la costa para fijarlos en la rompiente y
esperaron. El bote subió por la pendiente, saltó por la furiosa cima, rebotó
sobre ella y bajó bamboleándose por el largo lomo de la ola. Se había
embarcado un poco de agua y el cocinero la vació.
Pero la cresta siguiente
también se derrumbó sobre el bote. El diluvio de hirviente agua plateada cogió
el bote y lo hizo girar casi perpendicularmente. El agua se precipitaba por
todas partes. Las manos del corresponsal se hallaban en ese momento sobre la
borda y cuando el agua penetró en ese lugar retiró rápidamente los dedos, como
si pusiese reparos a que se mojaran.
El pequeño bote, borracho
con el peso del agua, se tambaleaba y hundía más hondo en el mar. -¡Desagua el
bote, cocinero! ¡Desagua el bote! -dijo el capitán.
-Está bien, capitán -dijo el
cocinero.
-Ahora, muchachos, la que
viene nos agarra seguro -dijo el engrasador-. Cuídense de saltar lejos del
bote.
La tercera ola avanzó
enorme, furiosa, implacable. Se tragó limpiamente el bote y casi en forma
simultánea, los hombres se tiraron al mar. Un pedazo de salvavidas había
quedado en el fondo del bote y el corresponsal, al caer al agua, lo sostuvo
contra el pecho con la mano izquierda.
El agua de enero estaba
helada y, en el acto, el corresponsal pensó que se hallaba más fría de lo que
esperaba encontrarla allí, tan cerca de la costa de Florida. Esto surgió en su
mente aturdida, como un hecho digno de ser señalado en ese momento. El frío del
agua era triste, era trágico. Este hecho se asociaba y confundía con el juicio
sobre la propia situación, así que esto parecía ser motivo justificado hasta para
lágrimas. El agua estaba fría.
Cuando salió a la
superficie, apenas pudo tomar conciencia de algo que no fuese el ruido del
agua. Más tarde, vio a sus compañeros en el mar. El engrasador se encontraba al
frente de la carrera. Nadaba vigorosa y rápidamente. Cerca a la izquierda del
corresponsal, la voluminosa y blanca espalda de corcho del cocinero sobresalía
del agua; y, en la retaguardia, el capitán se sostenía, con su mano ilesa, de
la quilla del bote volcado.
Una costa presenta cierta
cualidad inmutable y, en medio de la confusión del oleaje, el corresponsal se
asombró de ello.
Parecía también muy
atrayente; no obstante, el corresponsal sabía que le faltaba hacer un largo
recorrido para llegar hasta ella y se puso a patalear sin prisa. Tenía debajo
el trozo de salvavidas y, algunas veces, se dejaba rodar por la pendiente de
una ola como si estuviese en un trineo.
Pero, al fin, llegó a un
lugar del mar donde el recorrido se vio obstruido por obstáculos. No dejó de
nadar para preguntarse qué especie de corriente lo había arrastrado, pero a
partir de allí no pudo avanzar más. La costa se presentaba frente a él como un
recorte de paisaje en un escenario, y la miró y penetró con sus ojos en cada
uno de los detalles.
Mientras que el cocinero
pasaba adelante, mucho más allá a la izquierda, el capitán le gritaba:
-¡Pónte de espalda,
cocinero! ¡Pónte de espalda y usa el remo!
-Está bien, capitán.
El cocinero se volvió boca
arriba y prosiguió su camino, impulsándose con un remo como si fuese una canoa.
Al poco tiempo, a la
izquierda del corresponsal, pasó también el bote, con el capitán aferrándose
con una mano a la quilla. De no haber sido por la extraordinaria gimnasia
ejecutada por el bote, el capitán hubiese recordado la figura de un hombre que
se asoma de puntillas para mirar a través de un cerco. El corresponsal se
asombró de que el capitán tuviera aún fuerzas para aferrarse al bote.
Fueron pasando y
aproximándose a la costa el engrasador, el cocinero, el capitán, y detrás de
ellos el tarro de agua, bambolénadose alegremente sobre el oleaje.
El corresponsal seguía en
las garras de este nuevo y extraño enemigo: una corriente. La orilla, con su
blanco declive de arena y su verde morro coronado con pequeñas casitas
silenciosas, se extendía frente a él como un cuadro. Se hallaba muy cerca
entonces, pero la misma impresión de alguien que, en una galería de arte,
contempla un paisaje inglés o argelino.
Pensó: "¿Es que voy a
ahogarme? ¿Será posible? ¿Será posible? ¿Será posible?" Es probable que
una persona considere la eventualidad de su propia muerte como el fenómeno
final de la naturaleza.
Pero, después de un tiempo,
alguna ola debió de haberlo arrancado rápidamente de la pequeña corriente
mortal, pues, de pronto, descubrió que podía hacer nuevos progresos en dirección
a la orilla. Más tarde aún, se dio cuenta de que el capitán, sosteniéndose con
una mano de la quilla del bote, había desviado la mirada de la costa y se
volvía hacia él, y lo llamaba por su nombre:
-¡Venga al bote! ¡Venga al
bote!
En su esfuerzo por llegar
hasta el capitán y el bote se le ocurrió que cuando uno llega al límite de sus
fuerzas el hecho de ahogarse debe sin duda surgir como una solución
providencial: una cesación de hostilidades, acompañada de gran alivio. Y se
sintió contento, ya que, en determinados momentos, lo que más lo había
obsesionado era el terror del tránsito de la agonía. No quería sufrir.
Al poco tiempo vio a un
hombre que corría a lo largo de la costa. Se iba desvistiendo con extraordinaria
rapidez. Chaqueta, pantalones camisa, todo se lo quitaba al vuelo, como por
arte de encantamiento.
-¡Venga al bote! -gritó el
capitán.
-¡Está bien, capitán.
Mientras nadaba, el
corresponsal vio que el capitán se dejaba caer hacia el fondo y abandonaba el
bote. Entonces le tocó al corresponsal representar su pequeño prodigio del
viaje. Una ola grande lo asió y lo arrojó con facilidad y suma rapidez por
encima del bote y mucho más allá de éste. Le pareció, aun en ese momento, que
aquello constituía una hazaña gimnástica y un verdadero milagro del mar. Un
barco volcado en la rompiente no es cosa de juguete para un nadador.
El corresponsal llegó a
aguas que le llegaban a la cintura, pero no estaba en condiciones de mantenerse
de pie más que algunos segundos. Cada una de las olas lo derribaba como una
bolsa, y la resaca lo arrastraba. Entonces vio que el hombre que había estado
corriendo y desvistiéndose, y desvistiéndose y corriendo, entraba saltando al
agua. Este hombre arrastró al cocinero a tierra, y en seguida vadeó hacia el
capitán; pero el capitán lo alejó con un gesto y lo envió en dirección al
corresponsal. El hombre se hallaba desnudo, desnudo como un árbol en invierno;
pero una aureola rodeaba su cabeza y resplandecía como un santo. Asiendo de la
mano al corresponsal, le dio un tirón arrastrándolo un rato largo, y luego un
poderoso impulso hacia arriba. El corresponsal, habituado a la formalidades
menores, dijo: -¡Gracias, viejo!
Pero de pronto el hombre
exclamó:
-¿Qué es eso?
Señaló rápidamente con el
dedo. El corresponsal dijo:
-Vaya.
En el bajío, con el rostro
hacia abajo, yacía el engrasador. Su frente tocaba la arena que a intervalos,
entre ola y ola, se liberaba de las aguas.
El corresponsal no pudo
saber todo lo que pasó después. Al alcanzar tierra firme cayó tendido, dando
con cada una de las partes de su cuerpo en la arena. Era como si se hubiese
precipitado desde un techo, pero el golpe le fue grato.
La playa pareció al instante
poblarse de hombres que traían frazadas, ropas y botellas, y de mujeres con
cafeteras y todos los remedios considerados sagrados. La acogida en tierra a
los hombres del mar fue cálida y generosa; pero una forma inmóvil y que goteaba
agua fue conducida lentamente playa arriba, y la única bienvenida que le podía
dar la tierra era la hospitalidad diferente y siniestra de la tumba.
Cuando llegó la noche, las
olas blancas iban acompasadamente de acá para allá a la luz de la luna, y el
viento trajo a los hombres de la playa el sonido de la gran voz del mar, y
ellos sintieron que ahora podían ser sus intérpretes.
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