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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

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Ralph Adam Cram - Calle M. Le Prince, Nro 252


     Cuando llegué a París, en mayo de 1886, naturalmente me decidí a
     aprovechar la caridad de un viejo amigote mío, Eugene Marie D'Ardeche,
     quien había abandonado Boston hacía un año o más, luego de recibir noticia
     del fallecimiento de una tía que le había legado todas propiedades que
     ella poseía. Imaginé que este golpe de fortuna lo habría sorprendido, dado
     que las relaciones entre la tía y el sobrino nunca habían sido cordiales,
     juzgando por los comentarios de Eugene tocantes a la dama, que era, según
     parecía, más o menos una vieja bruja, con inclinaciones reales por la
     magia negra; al menos esos eran los comentarios usuales.
     El motivo que la llevara a dejar todas sus propiedades a D'Ardeche, nadie
     podía decirlo, a excepción que ella sintiera que las tendencias
     adolescentes de él hacia el budismo y el ocultimos pudieran guiarlo algún
     día hacia su propia iluminación. Sin duda D'Ardeche
     To be sure d'Ardeche reviled her as a bad old woman, being himself in that
     state of enthusiastic exaltation which sometimes accompanies a boyish
     fancy for occultism;
     Pero, a pesar de su actitud distante y repelente, Mlle. Blaye de Tartas le
     hizo su único heredero, para ira de un cuestionable viejo amigo, conocido
     como el Sar Torrevieja, el "Rey de los Hechiceros". Este malévolo
     prodigio, cuya faz gris y artera era visa a menudo en la calle M. le
     Prince, mientras Mlle. de Tartas estaba con vida, tenía grandes
     expectativas de disfrutar su pequeña fortuna luego de su muerte; y cuando
     se supo que ella solo le había dejado los contenidos de la casona del
     Barrio Latino, dándole la casa en sí y todo lo demás a su sobrino de
     América, el Sar procedió a remover todo del lugar, y luego a maldecirlo
     cuidadosa y completamente, junto con todos aquellos que fueran a vivir
     dentro de la casa.
     Luego, él desapareció.
     Este episodio final había sido la última noticia que recibí de Eugene,
     pero conocía el número de la casa, que era 252 de la calle M. le Prince.
     Así que un día o dos después de precipitarme en un primer escrutinio de
     París, comencé a buscar a Eugene a través del Sena.
     Cada uno que conocía el Barrio Latino, conocía la calle M. le Prince, que
     nacía en la loma que estaba cerca del Jardín de los Luxemburgo. Estaba
     llena de casas extrañas y esquinas singulares, y ciertamente el Nº 252
     era, cuando lo vi por vez primera, el más raro de todos. Había un portal,
     con una arco negro de piedra antigua, entre dos construcciones pintadas de
     amarillo. El efecto de esta pizca de masonería del siglo XVII, con sus
     viejas y oscuras puertas, y faroles oxidados fijados sombríamente sobre la
     vereda angosta, fue, en su marco de yeso fresco, siniestro en extremo.
     Me pregunté si habría cometido un error en la numeración; era más que
     evidente que nadie vivía tras aquellas telas de araña. Fui a uno de los
     nuevos hoteles y hablé con el conserje.
     No, M. D'Ardeche no vive ahí, aunque él es el dueño de la mansión; él vive
     en Meudon, en la casa de campo de la finada Mlle. de Tartas. ¿Monsieur
     desea el número y la calle?
     Monsieur gustaría en extremo, así que tomé la carta que el conserje me
     escribió, y acto seguido comencé a marchar de nuevo para el río, con el
     objeto de tomar el vapor para Meudon. Por una de esas coincidencias que
     suceden a menudo, de forma inexplicable, no había caminado veinte pasos a
     través de la calle cuando caí en brazos de Eugene D'Ardeche. En menos de
     tres minutos estábamos sentados en el extraño jardín de Chien Bleu,
     tomando vermut y ajenjo, y hablando de todo un poco.
     "¿No vives en la casa de tu tía?" lo interrogé al final.
     "No, pero si esta clase de cosas siguen, deberé hacerlo. Me gusta más
     Meudon, y la casa es perfecta, toda amueblada, y nada en ella más nuevo
     que la última centuria. Debes venir conmigo esta noche y verlo. Tengo un
     cuarto entero para mi Buddha. Pero hay algo malo con la casa de enfrente.
     No puedo mantener un inquilino en ella... por más de cuatro días. Ya tuve
     tres, todos en los últimos seis meses, pero las historias van de un sitio
     a otro y un hombre pronto pensaría en contratar al Cour des Comptes para
     vivir como en el Nº 252. Es notorio. El hecho es que está encantada de la
     peor manera."
     Reí y ordené más vermút.
     "Está bien. Está encantada de todas maneras, lo suficiente como para que
     quede vacía, y la parte graciosa es que nadie sabe que está encantada.
     Nunca se ve nada, nada se escucha. Todo lo que pude saber es que, la gente
     se horroriza allí dentro, y han tenido sustos tan malos que han tenido que
     ser internados. Tengo un ex-inquilino en el Bicêtre todavía. Así que la
     casa sigue vacía, y como ocupa un terreno considerable, pago bastante de
     impuestos. No se que hacer. Creo que se la daré a ese bastardo,
     Torrevieja, o bien iré yo mismo a vivir ahí. No me importan los fantasmas,
     estoy seguro."
     "¿Alguna vez estuviste ahí?"
     "No, pero siempre lo he intentado, y de hecho hoy vine aquí para ver
     algunos camaradas, Fargeau y Duchesne, doctores en el Hospital de
     Clínicas, en el Parc Mont Souris. Ellos prometieron que pasarían la noche
     conmigo en la casa de mi tía (que es llamada 'la Bouche d'Enfer')(N. del
     T.: boca del infierno), supongo que será esta semana, si es que pueden
     desocuparse. Ven conmigo mietras los paso a ver, y luego podemos cruzar el
     río a Véfour y comer algo, tu puedes pedir tus cosas al Chatham e iremos a
     Meudon, donde por supuesto podrás alojarte."
     El plan me vino bien, perfectamente, así que fuimos al hospital,
     encontramos a Fargeau, quien declaró que él y Duchesne estaban listos para
     cualquier cosa, y que el jueves siguiente estarían libres por la noche, y
     que ese mismo día se encontrarían para intentar aclarar el entuerto y
     resolver el misterio del Nº 252.
     "¿Irá M. l'Américain con nosotros?" preguntó Fargeau.
     "Por supuesto," repliqué, "pienso acudir, y espero no rehusen contar
     conmigo. He aquí una manera impecable para ustedes de conseguir los
     honores de vuestra ciudad. Muéstrenme un fantasma real, y disculparé a
     París por haber perdido Jardin Mabille."
     Así que convinimos en eso.
     Luego fuimos a Meudon y cenamos en la terraza de la villa, que era todo
     aquello que D'Ardeche había dicho, y más, una atmósfera absolutamente del
     siglo XVII. En la cena Eugene me contó más cosas acerca de su difunta tía,
     y de los extraños sucesos de la vieja casa.
     Mlle. Blaye vivía, según parece, sola, a excepción de una criada de su
     propia edad; una criatura severa y taciturna, con rasgos bretones y lengua
     bretona. Nunca fue visto a nadie entrar en el Nº 252, con la excepción de
     Jeanne, la criada y el Sar Torrevieja, quien acostumbraba aparecer
     constántemente sin que nadie viera de dónde, y sin que nadie lo viera
     salir de la casa. Sin embargo, los vecinos, que por espacio de once años
     habían visto al viejo hechicero moverse furtivamente y visitar la casa
     casi a diario, declararon a gritos que nunca nadie lo había visto
     abandonar la casa. En una ocasión, cuando ellos decidieron hacer guardia,
     quien observaba la casa era el Maître Garceau del Chien Bleu, quien luego
     de clavar su vista en la puerta desde las diez de la mañana, cuando el Sar
     ingresó, hasta las cuatro de la tarde, lapso en que la puerta jamás se
     abrió (sabía esto, ya que pegó una estampilla de diez céntimos en la
     coyuntura de la puerta, y la estampilla no había sido rota) en que la
     siniestra figura de Torrevieja se deslizó por delante de él con un seco
     "¡Pardon, Monsieur!" y desapareció nuevamente a través de la entrada negra.
     Esto fue muy curioso, puesto que el Nº 252 está rodeado enteramente por
     casas, hay unas ventanas que abren a un patio en que nadie podía llegar a
     ver de los hoteles de la calle M. le Prince y la calle de l'Ecole, y el
     misterio era una de las posesiones del Barrio Latino.
     Una vez al año, la austeridad del lugar era quebrada, y todos los
     ciudadanos del barrio entero se quedaban boquiabiertos mirando los
     numerosos carruajes que llegaban al Nº 252, muchos de ellos privados, no
     pocos con penachos en las puertas. De todos descendían mujeres cubiertas
     con velos y hombres con capas puestas al cuello. Luego se escuchaban
     curiosos sonidos de música del interior, y aquellos cuyas casas lindaban
     con las blancas paredes del Nº 252, eran frecuentados por quienes querían
     escuchar la extraña música y los sonidos de monótonos cánticos y voces de
     vez en cuando. Al amanecer el último invitado ya había partido, y durante
     un año más el hotel de Mlle. de Tartas seguía ominosamente silencioso.
     Eugene creía que era la celebración de "Walpurgisnacht," (N. del T.: Noche
     de Santa Walpurgis) y ciertamente tenía muchas evidencias a favor.
     "Algo raro sobre el asunto es," dijo, "el hecho de que todos los que viven
     en la calle jura que hace cosa de un mes atrás, mientras yo estaba fuera,
     en Concarneau, de visita, la música y las voces se volvieron a escuchar,
     tal y como cuando mi apreciada tía estaba con vida. La casa estaba vacía,
     como te digo, así que habrá sido que la buena gente haya sido víctima de
     una alucinación."
     Debo reconocer que estas historias no me dieron confianza; de hecho, ya
     que el jueves estaba cerca, comencé a arrepentirme un poco de mi
     determinación de pasar la noche en la casa. Pero era en vano volverse
     atrás, y el perfecto aplomo de los dos doctores, quienes fueron el martes
     a Meudon para hacer un par de arreglos, me hicieron jurar que moriría de
     terror antes que acobardarme. Supongo que creí más o menos en fantasmas, y
     que ahora era bastante grande como para creer en ellos, ya que estaba
     seguro que era una de las pocas cosas en que no creía. Dos o tres cosas
     inexplicables me habían pasado, y, siendo que tenía una fuerte
     predisposición para creer algunas cosas que no podía explicar, con la edad
     iba perdiendo la simpatía por tales ideas.
     Bien, para empezar con la memorable noche del doce de junio, hicimos
     nuestros preparativos, y luego de depositar una gran maleta tras las
     puertas del Nº 252, fuimos al Chien Bleu, donde Fargeau y Duchesne nos
     sirvieron la mejor cena que Père Garceau pudo crear.
     Recuerdo haber no sentido que la conversación fuera de buen gusto.
     Comenzamos con varias historias de faquires indios y prestidigitadores
     orientales, materias en las que, curiosamente, Eugene estaba bien
     informado. Luego pasamos a los horrores del gran motín de los cipayos, y
     hubo reminiscencias del cuarto de disecciones. Para este momento habíamos
     bebido bastante, y Duchesne se lanzó a una descripción fotográfica de la
     única vez (según él) que fue poseído por el pánico del temor; a saber, una
     noche, hacía muchos años atrás, cuando quedó encerrado por accidente en el
     cuarto de disecciones del Loucine, junto con varios cadáveres de la más
     desagradable naturaleza. Me aventuré a protestar contra la decisión del
     tema de conversación, pero como resultado hubo un perfecto carnaval de
     horrores. Cuando terminamos de beber nuestra última crema de cacao y
     comenzamos a dirigirnos para "la Bouche d'Enfer," mis nervios estaban
     duros como una piedra.
     Eran las diez en punto cuando cruzamos la calle. Un viento cálido sopló
     por la ciudad, y masas de nubes barrieron el cielo púrpura; era una noche
     insípida, una de esas noches de desesperanzador desánimo, cuando solo
     desea, si es que se encuentra en casa, beber una menta y fumar un
     cigarrillo.
     Eugene abrió la puerta, y trató de encender una de las linternas; pero la
     ráfaga de viento le apagaba cada fósforo, hasta que finalmente cerramos la
     puerta exterior, luego de lo cual pudo alumbrar aquella cámara. Comencé a
     mirar con curiosidad. Estábamos en una pasillo largo, abovedado,
     perfectamente limpio a no ser por algún polvillo que había provenido desde
     la calle. Más allá había un patio, un curioso lugar iluminado por la
     caprichosa luz de la luna y por los rayos de nuestras linternas. El lugar
     evidentemente había sido una vez el más noble de los palacios. Enfrente se
     erguía la parte más antigua, una pared de tres plantas de la época de
     Francisco I, con una gran glicina que la cubría en parte. Las alas de cada
     lado eran más modernas, siglo XVII, y más desagradables, mientras que
     hacia la calle no había más que una pared lisa.
     El gran patio estaba surcado por muchos trocitos de papel que volaban por
     el viento, fragmentos de envases de papel, y sombras ominosas, mientras
     que las masas de nubes flotaban por encima, cubriendo y luego revelando
     las estrellas, todo esto en el más absoluto de los silencios. Ni siquiera
     el sonido de la calle ingresaba en este lugar; era extraño y espeluznante
     en extremo. Debo confesar que en ese momento comencé a sentir una leve
     disposición hacia el terror. No pude pensar en otra cosa más confortante
     que en esos deliciosos versos de Lewis Carroll:

     "¡El lugar justo para un Snark! dije dos veces,
     Eso solo, alentaría al resto.
     ¡El lugar justo para un Snark! dije por tercera,
     Lo que digo tres veces es auténtico," (1)

     que me mantuve repitiéndome una y otra vez con febril insistencia.
     Hasta los médicos detuvieron sus bromas, y comenzaron a estudiar el
     panorama con gravedad.
     "Hay una cosa cierta," dijo Fargeau "cualquier cosa puede pasar aquí y no
     tendremos la mínima chance de descubrirlo. ¿Han notado que es un lugar
     perfecto para el desorden?"
     "Y cualquier cosa que pueda pasar aquí, con la misma certeza de
     impunidad," continuó Duchesne, encendiendo su pipa con un fósforo al que
     le dio un chasquido que nos hizo sobresaltar. "D'Ardeche, tu lamentada
     pariente ciertamente tenía una esfera de acción completa para sus
     tradicionales experimentos en demonología."
     "Maldito sea yo si no creo que aquellas mismas tradiciones estaban más o
     menos fundadas en hechos ciertos," dijo Eugene. "Nunca vi este patio bajo
     estas condiciones antes, pero ahora podría creer cualquier cosa. ¡Qué es
     eso!"
     "Nada más que un portazo," dijo Duchesne, en voz alta.
     "Bien, deseo que las puertas no se azoten en casas que han estado vacías
     durante once meses."
     "Esto es irritante," y Duchesne deslizó su brazo hacia mí; "pero debemos
     tomar las cosas como vienen. Recuerda que tenemos que tratar no solamente
     con los espectrales moblajes que dejó tu tía escarlata, sino también con
     aquella maldición lanzada por ese maligno Torrevieja. ¡Vamos! Entremos
     antes que llegue la hora en que las sábanas muertas chirrian y murmuran en
     este solitario vestíbulo. Enciendan sus pipas, el tabaco es una segura
     protección contra el mundo de las tinieblas; enciéndalas y en marcha."
     Abrimos la puerta del hall y entramos al vestíbulo abovedado, lleno de
     polvillo y telarañas.
     "No hay nada en esta planta," dijo Eugene, "a excepción de los cuartos de
     la servidumbre y oficinas, y no creo que haya nada malo con estas. Nunca
     escuché que pasara nada raro. Vamos a subir las escaleras."
     Tan lejos como se podía ver, la casa tenía una apariencia nada
     interesante, todo lo que se veía parecía del siglo XVIII, la fachada y el
     vestíbulo parecían ser la única parte edificada en la época de Francisco I.
     "El lugar fue incendiado durante la época del Terror," dijo Eugene, "ya
     que un tío, de quien Mlle. de Tartas lo heredó, era ferviente partidario
     del Rey; luego de la Revolución fue a España, y no volvió hasta el ascenso
     de Carlos X, cuando se restauró la casa, y entonces falleció, siendo
     descomunalmente viejo. Esto explica porque se ve todo tan nuevo."
     El viejo hechicero español a quien Mlle. de Tartas dejó sus pertenencias
     personales había hecho su trabajo a fondo. La casa estaba absolutamente
     vacía, hasta los guardarropas y los estantes de los libros habían sido
     acarreados; fuimos de una habitación a otra, encontrando todo
     absolutamente desmantelado, solamente quedaban las ventanas y las puertas
     con sus marcos, los pisos de parquet y las floridas repisas renacentistas
     de chimeneas.
     "Me siento mejor," remarcó Fargeau. "La casa puede estar encantada, pero
     no lo parece, ciertamente; es el lugar más respetable que se pueda
     imaginar."
     "Solo espera," replicó Eugene. "Estas eran solamente habitaciones que mi
     tía usaba muy raramente, excepto, tal vez, en sus 'Walpurgisnacht'
     anuales. Vengan conmigo escaleras arriba y les mostraré una mejor 'mise en
     scène'."
     En esta planta, las habitaciones daban al patio, los dormitorios eran
     demasiado pequeños, ("Las habitaciones malas son todas iguales," dijo
     Eugene), en total cuatro, todas tan ordinarias en apariencia como las de
     abajo. Un corredor las conectaba con el pasillo principal, en donde había
     una puerta que no se parecía a ninguna de las otras puertas, estaba
     cubierta con un tapete color verde, algo carcomido por las polillas.
     Eugene seleccionó una llave del puñado que acarreaba, y abrió la puerta,
     que con alguna dificultad, giró hacia el interior; era una puerta pesada,
     como si fuera de una caja fuerte.
     "Ahora estamos," dijo, "en el mismo umbral del infierno mismo; estas
     habitaciones eran las más impía de las impías. Nunca las alquilé con el
     resto de la casa, sino que las dejé como una curiosidad. Solamente deseaba
     que Torrevieja se hubiera mantenido fuera; sin embargo, él las saqueó, al
     igual que el resto de la casa, y no hay nada más que las paredes, el
     cielorraso y el piso. Tiemblen y entren."
     La primera habitación era una especie de antesala, un cubo de unos veinte
     pies, sin ventanas, y sin más puertas que aquella por la que entramos y
     aquella por la que seguimos camino. Paredes, piso y techo estaban
     cubiertos con laca negra, brillantemente lustrada, que centelleaban las
     luces de nuestras linternas en cientos de intrincados reflejos. Era como
     estar dentro de una enorme caja japonesa. De esta, pasamos a otra
     habitación, en la que casi se nos caen las linternas. La cámara era
     circular, unos treinta pies de diámetro, cubiertos por una cúpula
     hemisférica; paredes y techo eran azul oscuro, salpicadas con estrellas
     doradas; y a través del domo se extendía la colosal figura en rojo de una
     mujer desnuda arrodillada, con una pierna a cada lado del piso y la cabeza
     tocando el dintel de la puerta a través de la cual entramos, sus brazos a
     los costados, con los antebrazos extendidos a través de las paredes hasta
     encontrarse con los largos pies. Era la cosa más asombrosa, desfigurada y
     absolutamente aterrorizante que jamás había visto. Del ombligo de la
     figura pendía un objeto blanco, como el legendario huevo del Roc de las
     Mil y Una Noches. El piso estaba pintado con laca roja, y había un
     pentagrama embutido del tamaño de la habitación, hecho con anchos listones
     de bronce. En el centro de este pentagrama había un círculo de piedra
     negra, con una forma ligeramente como de plato, con una pequeña socavación
     en el medio.
     El efecto de la habitación era simplemente aplastante, con esa gigantesca
     figura roja agazapada por todo el lugar, los ojos fijos en uno, no importa
     cual fuera mi posición. Nadie de nosotros dijo palabra alguna, tan
     opresiva resultaba la figura en cuestión.
     El tercer cuarto era como el primero en dimensiones, pero en vez de estar
     pintado de negro, estaba enteramente enfundado con planchas de metal,
     tanto paredes como techo, y piso, ahora manchado con tonos verdosos, pero
     aún brillante bajo la luz de las linternas. En el medio se erguía un altar
     rectangular, y enfrente, opuesto al alcance de la puerta, un pedestal de
     basalto negro.
     Esto era todo. Tres habitaciones, tan extrañas, que a pesar de estar
     vacías, son difíciles de imaginar. En Egipto, la India, no habrían estado
     fuera de lugar, pero aquí, en París, en un hotel vulgar, en la calle Rue
     M. le Prince, eran inauditas.
     Retrocedimos sobre nuestros pasos, Eugene cerró la puerta metálica con su
     tapete, y fuiemos a una de las cámaras del frente, y nos sentamos,
     mirándonos el uno al otro.
     "Lindo lugar, el de tú tía," dijo Fargeau. "Lindo lugar, con buen gusto;
     estoy feliz de no haber pasado la noche en uno de esas habitaciones."
     "¿Qué supones que hacía ella ahí?" preguntó Duchesne. "Se un poco sobre
     artes negras, pero esta serie de habitaciones es demasiado para mí."
     "Mi impresión es," dijo d'Ardeche, "que estos cuartos eran una suerte de
     santuario que contenían una imagen o algo por el estilo sobre la base de
     basalto, mientras que la piedra opuesta era un verdadero altar; la
     naturaleza del sacrificio que harían, eso no puedo llegar a imaginármelo.
     El cuarto anterior parece haber sido usado para invocaciones o
     encantamientos. El pentagrama trazado en el piso parece confirmarlo. De
     todas maneras es todo tan raro y 'fin de siècle' como pueden imaginarse.
     Miren, son casi las doce, vamos a disponer de nosotros mismos, si es que
     vamos a cazar esa cosa."
     Las cuatro cámaras de esa planta de la vieja casa supuestamente encantada,
     se veían bastante inocentes, y, tanto como sabíamos, tal como los pisos
     inferiores. Habíamos acordado que cada uno ocupara una habitación, dejando
     las puertas abiertas con las linternas encendidas, y que al menor grito o
     golpe, estaríamos todos dirigiéndonos hacia el cuarto del que el sonido
     hubiera provenido. No había comunicación entre estas habitaciones, pero,
     como dejaríamos las puertas al corredor abiertas, cada sonido nos sería
     claramente audible.
     El último cuarto me tocó a mí, y lo revisé cuidadosamente.
     Parecía completamente un inocente, común y corriente, cuadrado y elevado
     dormitorio parisino, terminado en madera pintada de blanco, con una
     pequeña repisa de mármol, un piso polvoriento de madera de arce, paredes
     empapeladas ordinarias, aparentemente bastante nuevas, y dos ventanas
     mirando al patio.
     Abrí el cincho con algún problema, y me recliné contra la ventana, con mi
     linterna junto a mí, enfocando hacia la única puerta, que daba al
     corredor.
     El viento había dejado de soplar, y todo estaba muy calmo, todo estaba
     quieto y hacía calor. Las nubes estaban esparcidas espesamente en el
     cielo, ya no eran urgidas por las ráfagas de viento. Por encima del techo
     pude escuchar el sonido de un tardío 'fiacre' (N. del T.: coche de
     alquiler) en las calles abajo. Llené mi pipa nuevamente y esperé.
     Por un tiempo, las voces de los hombres en los otros cuartos eran una
     compañía, y al principio les gritaba, pero mi voz hacía unos ecos
     desagradables a través del largo pasillo, y tenía una sugestiva forma de
     reverberar, y me volvía por una ventana rota en su extremo como si fuera
     la voz de otra persona. Pronto abandoné mis intentos de conversar, y me
     dediqué a la tarea de mantenerme despierto.
     No era fácil; ¿porqué comí esa lechuga salada en Père Garceau? Tendría que
     haberme dado cuenta. Me estaba dando un irresistible sopor, y la
     vigilancia era absolutamente necesaria. Era ciertamente gratificante saber
     que podía dormir, que mi coraje era de gran magnitud, pero en el interés
     de la ciencia, tenía que mantenerme despierto. Casi nunca, me parecía,
     veía el dormir como algo tan deseable. Medio centenar de veces, casi, di
     cabezazos solo para despertar con un susto, y encontrar que se me había
     apagado la pipa. Encendía un fósforo mecánicamente, y con la primera
     bocanada, me quedaba dormido de nuevo. Era de lo más fastidioso. Me
     levanté y comencé a caminar alrededor del cuarto. Ya estaba disgustado. Mi
     posición reclinada me había cortado la circulación y me había dejado
     dormidas las piernas. Así que difícilmente podía estar parado. Me sentía
     entumecido, como si tuviera frío. No había ningún sonido de las otras
     habitaciones, ni fuera de ellas. Me volví a reclinar en la ventana. ¡Qué
     oscuro se estaba poniendo! Prendí la linterna. ¡Qué obstinadamente mi pipa
     se apagaba! Y ya había gastado mi último fósforo. ¿La linterna, también,
     estaba apagándose? Extendí mi mano para levantar la mecha. La sentí como
     plomo, y cayó junto a mí.
     Entonces, me desperté, absolutamente. Recordé la historia de "The Haunters
     and the Haunted." Esto era el Horror. Traté de levantarme, de gritar. Mi
     cuerpo era como plomo. Mi lengua estaba paralizada. Casi no podía mover
     mis ojos. Y la luz se estaba extinguiendo. No había dudas acerca de ello.
     Cada vez más oscuro; poco a poco el patrón del empapelado iba siendo
     deglutido por las progresivas sombras de la noche. El entumecimiento
     alcanzó cada uno de mis nervios, mi brazo derecho se deslizó sin
     sensibilidad de mi regazo a un lado, y no podía levantarlo. Comencé a
     sentir en mi cabeza un leve y agudo zumbido, como el de una cigarra
     campestre durante septiembre. La oscuridad crecía rápidamente.
     Sí, eso era. Algo estaba sometiéndome, cuerpo y mente, a una lenta
     parálisis. Físicamente estaba como muerto. Si podía tan solo mantener mi
     mente, mi conciencia, podía estar seguro, ¿pero podría? ¿Podía resistir el
     horror demente de este silencio, de la profunda oscuridad, el lento
     entumecimiento? Lo sabía, como el hombre en el cuento de fantasmas, mi
     única seguridad estaba ahí.
     Mi cuerpo estaba muerto, ya no podía mover mis ojos. Estaban fijos en el
     punto en donde estaba la puerta, que ahora se veía reemplazado por una
     casi absoluta oscuridad.
     La suma noche: el último parpadeo de la linterna se fue. Yo esperé; mi
     mente aún estaba viva, pero ¿por cuánto tiempo? Había un límite para el
     aguante del pánico del temor supremo.
     Entonces comenzó el fin. En la negrura delicada aparecieron dos ojos
     blancos, lechosos, opalescentes, pequeños, lejanos; ojos abominables, como
     los de una pesadilla. Más bello de lo que es posible describir, unos
     blancos copos ígneos se movían desde el perímetro interior, desapareciendo
     en el centro, como un flujo sin fín de agua ópalo en un túnel circular. No
     podía mover mis ojos, ya que no poseía fuerza alguna: ellos devoraban las
     pavorosas y bellas formas que lentamente avanzaban, muy lentamente, fijas
     en mí, aumentando de tamaño, cada vez más bellas, los copos blancos de luz
     barriéndose cada vez más rápido dentro de la resplandeciente vorágine; la
     horrenda fascinación se hacía más honda en su intensidad tal como esos
     blancos y trepidantes ojos se acercaban y agrandaban.
     Como una espantosa e implacable máquina de muerte, los ojos del Horror
     desconocido se hinchaban y expandían hasta que estuvieron muy cerca mío,
     enormes, terribles. Sentí un lento, frío y húmedo aliento propelido con
     mecánica regularidad contra mi rostro, cubriéndome con su fétida bruma.
     Con el miedo ordinario viene siempre el terror físico, pero conmigo, en
     presencia de esta Cosa inenarrable era solamente el más pavoroso y
     superior de los terrores de la mente, el temor demente de una fantasmal y
     prolongada pesadilla. Nuevamente traté de gritar, o de hacer algún ruido,
     pero físicamente estaba muerto. Los ojos estaban cercanos a mí, su
     movimiento era tan veloz que parecía ser dos flamas palpitantes, el
     aliento muerto me rodeaba como las profundidades del océano más profundo.
     Súbitamente una húmeda y gélida boca, como la de una jibia, sin forma
     real, como una gelatina, se abrió sobre mí. El horror comenzó lentamente a
     drenar mi vida, pero, a medida que estos enormes y vibrantes pliegues de
     pasta gelatinosa pasaban sinuósamente a mí alrededor, mi voluntad volvió,
     mi cuerpo despertó con la reacción del miedo final, y concluí con la
     innombrable muerte que me envolvía.
     ¿Qué era aquello contra lo que estaba luchando? Mis brazos se hundieron a
     través de la masa gelatinosa que no ofrecía resistencia. Un instante tras
     otro nuevos pliegues de fría gelatina me iban rodeando, aplastándome con
     la fuerza de los Titanes. Peleé para arrebatar mi boca del sello que esa
     abominable Cosa le había impuesto, pero, si nunca lograba tomar una simple
     bocanada de aire, la húmeda y aspirante masa se cerraría sobre mi rostro
     antes que pudiera gritar. Creo que luché por horas, desesperadamente, de
     manera insana, en un silencio que fue más abominable que cualquier sonido,
     luché hasta que al final sentí la muerte total, hasta que la memoria de
     toda mí vida se precipitó sobre mí como un manantial, hasta que no tuve
     más fuerza para torcer mi cara de aquel súcubo infernal, hasta que con un
     último y mecánico empeño, sentí y me rendí a la muerte.
     . . . . . . . .
     Entonces escuché una voz que dijo, "si está muerto, nunca podré
     perdonármelo; yo tengo la culpa."
     Otra voz replicó, "él no está muerto, se que podemos salvarlo si lo
     llevamos a tiempo al hospital. ¡Cochero, maneje como el demonio! Veinte
     francos para usted, si llegamos allá en tres minutos."
     Entonces fue la noche de nuevo, la nada, hasta que súbitamente desperté y
     me puse a mirar a mi alrededor. Estaba en la guardia de un hospital, todo
     muy blanco e iluminado, algunas flores de lis amarillas estaban a un lado
     de la camilla, y una alta hermana de la merced estaba sentada a mí lado.
     Para contar la historia en un par de palabras, estaba en el Hotel Dieu,
     donde habíamos tenido esa pavorosa noche del 12 de junio. Pregunté por
     Fargeau o Duchesne, y ellos fueron entrando, y se sentaron a un lado de la
     cama, contándome todo lo que ignoraba.
     Parecía que se habían sentado, cada uno en su cuarto, hora tras hora, sin
     escuchar nada, muy aburridos, y desilusionados. Poco después de las dos de
     la mañana, Fargeau, que estaba en la habitación siguiente a la mía, me
     llamó para ver si estaba despierto. Como no hubo réplica, y, luego de
     gritar una o dos veces, tomó su linterna y fue a investigar. ¡La puerta
     estaba cerrada desde el interior! Instantáneamente llamó a d'Ardeche y
     Duchesne, y juntos bregaron violentamente por tirarla abajo. Pero se
     resistía. Dentro pudieron escuchar unos pasos irregulares, y una
     respiración pesada. Casi helados de terror, lucharon por tirar la puerta
     abajo, cosa que consiguieron utilizando un bloque de mármol que formaba la
     repisa de la chimenea del cuarto de Fargeau. Cuando la puerta se quebró,
     ellos fueron lanzados con violencia contra las paredes del corredor, como
     si hubiera habido una explosión, las linternas se apagaron, y se vieron en
     el mayor de los silencios y la peor de las oscuridades.
     Tan pronto como se recuperaron del golpe, brincaron al interior de la
     cámara y tropezaron con mi cuerpo en el medio de la habitación. Prendieron
     una de las linternas y tuvieron la visión más extraña que pudiera ser
     imaginada. El piso y las paredes hasta la altura de seis pies, estaba
     rodeado con algo que parecía como agua estancada, espesa, viscosa,
     enfermiza. Lo mismo que yo, que estaba empapado con el mismo líquido
     maldito. El hedor era como a almizcle, y era nauseabundo. Ellos me sacaron
     al exterior, me quitaron las ropas, me envolvieron con sus capas y me
     llevaron al hospital, creyéndome ya muerto. Luego del amanecer d'Ardeche
     dejó el hospital, habiéndose asegurado que estaba en vías de recuperación,
     y con Fargeau, fueron a examinar a la luz del día las huellas de la
     aventura que casi había sido fatal. Ya era tarde. Varios carros de
     bomberos cruzaron la calle a medida que ellos pasaban por la Académie. Un
     vecino se precipitó sobre d'Ardeche: "¡Oh Monsieur! ¡Qué desgracia, pero
     que buena suerte! En verdad la Bouche d'Enfer, perdón, la residencia de la
     lamentada Mlle. de Tartas, se incendió, pero no en su totalidad, solo la
     parte antigua. Las alas fueron salvadas, y debido a los bravos bomberos.
     Monsieur los recordará, sin duda."
     Era bastante cierto. Habiendo sido a causa de una linterna volcada, y
     olvidada en la excitación, o bien si el origen del fuego hubiera sido
     sobrenatural, era cierto que ya no existiría "la Boca del Infierno". Una
     última autobomba drenaba lentamente a medida que d'Ardeche se acercaba;
     media docena de mangueras habían extendido su carga a través de la porte
     cochère (N. del T.: puerta para coches), y solamente la fachada de
     Francisco I había sobrevivido, solapada aún con los negros troncos de las
     glicinas. Más allá había un gran terreno vacante, donde se levantaban
     lentamente varias cortinas de humo. Cada una de las plantas se habían ido,
     y las extrañas habitaciones de Mlle. Blaye de Tartas eran ahora solamente
     un recuerdo.
     Visité el lugar con d'Ardeche el año pasado, pero en lugar de las antiguas
     paredes había ahora un edificio nuevo y ordinario, fresco y respetable;
     aún las maravillosas historias de la vieja Bouche d'Enfer seguían dando
     vueltas, y seguirían allí, no tenía duda, hasta el Día del Juicio.



     1. El original está tomado de The Hunting of the Snark (La Cacería del
     Snark-1876), Primera parte: El Aterrizaje:
     "Just the place for a Snark! I have said it twice,
     That alone should encourage the crew.
     Just the place for a Snark! I have said it thrice,
     What I tell you three times is true,"

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