-El paisaje que se ve desde nuestras ventanas es verdaderamente
encantador -dijo Anabel-; esos huertos de cerezos y esos prados verdes, y el
río que serpentea a lo largo del valle, y la torre de la iglesia asomándose
entre los olmos, todo eso hace una verdadera pintura. Hay algo aquí
terriblemente soñoliento y lánguido, sin embargo; el estancamiento parece ser
la nota dominante. Nunca pasa nada; tiempo de sembrar y de cosechar, una
ocasional epidemia de sarampión o una tempestad moderadamente destructiva, y un
poco de excitación por las elecciones más o menos una vez cada cinco años, eso
es todo lo que tenemos para alterar la monotonía de nuestras existencias. ¿Más
bien horrible, no es cierto?
-Por el contrario -dijo Matilde- me parece suave y reposado; pero,
por supuesto, tú sabes que yo he vivido en países en los que sí pasan cosas,
muchísimas al mismo tiempo, cuando uno no está preparado para que pasen todas a
la vez.
-Eso, por supuesto, es algo distinto -dijo Anabel.
-No podría olvidar -dijo Matilde-, la vez que el Obispo de Bequar
nos hizo una visita inesperada; iba a poner la primera piedra de la casa de una
misión o algo por el estilo.
-Yo pensaba que allá ustedes estaban siempre preparados para que les
cayeran huéspedes de emergencia -dijo Anabel.
-Yo estaba totalmente preparada para media docena de obispos -dijo
Matilde-; pero lo desconcertante fue descubrir, después de conversar un poco,
que éste en particular era un primo lejano mío de una rama de la familia que se
había peleado amarga y ofensivamente con la mía por un servicio de postre Crown
Derby; ellos se habían quedado con él, y nosotros debíamos tenerlo en virtud de
no se qué legado, o más bien, nosotros lo teníamos y ellos debían tenerlo, ya
no me acuerdo cuál de las dos cosas; de todos modos, sé que ellos se portaron
vergonzosamente. Y ahora me llegaba uno en olor de santidad, como quien dice, y
reclamando la tradicional hospitalidad del oriente.
-Era bastante difícil, pero hubieras podido dejar que tu marido lo
atendiera la mayor parte del tiempo.
-Mi marido estaba a cincuenta millas en el monte, haciendo entrar en
razón, o lo que él se imaginaba que era la razón, a la gente de un pueblito que
creía que uno de sus jefes era un tigre reencarnado.
-¿Un tigre qué?
-Un tigre reencarnado, ¿has oído hablar de los hombres-lobos que son
una mezcla de hombre, lobo y de mono? Bueno, en esos lugares tienen
hombres-tigres, o creen que los tienen, y tengo que decir que en ese caso,
hasta donde llegaban las pruebas no desvirtuadas, tenían todas las bases para
creerlo. Sin embargo, como hemos renunciado a los juicios por hechicería desde
hace unos trescientos años, no nos gusta que otra gente mantenga nuestras
prácticas desechadas; no parece respetuoso con nuestra posición mental y moral.
-Espero que no trataras mal al obispo -dijo Anabel.
-Bueno, por supuesto era mi huésped, de modo que tenía que ser
exteriormente con él, pero él era lo suficientemente falto de tacto para
desenterrar incidentes de la vieja pelea y tratar de demostrar que se podía
decir algo en defensa de la forma como se había portado su lado de la familia;
incluso si hubiera sido así, lo cual yo no admito ni por un instante, mi casa
no era el lugar para decirlo. No discutí la cuestión, pero le di permiso a mi
cocinero para ir a visitar a sus ancianos padres a unas noventa millas de
distancia. El cocinero de emergencia no era especialista en curris; de hecho,
no creo que la cocina de cualquier manera o forma fuera uno de sus puntos
fuertes. Creo que originalmente había venido como jardinero, pero como nunca
pretendimos tener nada que se pudiera considerar jardín, se empleaba como
ayudante del pastor de cabras, puesto en el cual entiendo que era completamente
satisfactorio. Cuando el obispo supo que yo le había dado al cocinero un
permiso especial e innecesario, se dio cuenta de las interioridades de la
maniobra, y de ese momento en adelante escasamente nos hablamos. Si alguna vez
has tenido en tu casa un obispo con quien no te hablas, te darás una idea de la
situación.
Anabel confesó que nunca había pasado por una experiencia tan
inquietante.
-Luego -continuó Matilde-, para complicar más las cosas, el
Gwadlipichee se desbordó, algo que pasaba a veces cuando las lluvias se prolongaban
más de la cuenta, y el piso bajo de la casa y todos los edificios exteriores
quedaron sumergidos. Nos las arreglamos para soltar los caballos a tiempo, y el
mayordomo los llevó nadando a la colina más cercana. Una o dos cabras, el
pastor jefe, su esposa y varios de sus niñitos llegaron a refugiarse en la
galería. Todo el resto del espacio disponible se llenó de gallinas y pollos
mojados y embarrados; uno no sabe realmente cuántas gallinas tiene hasta que se
inundan los cuartos de los sirvientes. Desde luego, ya había pasado por algo
parecido en las inundaciones anteriores, pero nunca había tenido una casa llena
de cabras y muchachitos y de gallinas medio ahogadas, además de un obispo con
quien apenas me hablaba.
-Debió ser una experiencia dura -comentó Anabel.
-Se iban a presentar más molestias. Yo no iba a permitir que una
simple inundación común barriera la memoria de ese servicio de postre Crown
Derby, y le hice saber al obispo que su espaciosa alcoba en la que había un
escritorio, y su pequeño cuarto de baño con suficientes jarras de agua fría,
era su parte de la casa y que el espacio estaba bastante congestionado, dadas
las circunstancias. Sin embargo, como a las tres de la tarde, cuando se acababa
de despertar de su siesta, hizo una súbita incursión en el cuarto que
normalmente era el recibo, pero que ahora era comedor, bodega, cuarto de
aperos, y otra media docena de cuartos temporales. A juzgar por la bata de mi
huésped, éste parecía pensar que también debía servirle como cuarto de vestir.
Le dije fríamente:
-Me temo que no tiene dónde sentarse, la galería está llena de
cabras.
-Hay una cabra en mi alcoba -observó con la misma frialdad y más que
una sospecha de reproche sardónico.
-No me diga -dije yo-, ¡otra sobreviviente! Yo pensaba que todas las
otras cabras habían perecido.
-Esta cabra en particular ha perecido por completo -dijo-, en este
momento la está devorando un leopardo. Por eso salí de la alcoba; a algunos
animales les desagrada que los miren cuando están comiendo.
El leopardo, por supuesto, era muy fácil de explicar; había estado
rondando por los corrales de las cabras cuando vino la inundación, y se había
trepado por la escalera exterior que llevaba al baño del obispo, trayéndose una
cabra por si acaso.
Probablemente el baño le pareció demasiado húmedo y encerrado para
su gusto, y transfirió sus operaciones gastronómicas a la alcoba en donde el
obispo estaba echando su siesta.
-¡Qué situación tan aterradora! -exclamó Anabel-; imagínate, tener
un leopardo hambriento en la casa, con una inundación rodeándote por todas
partes.
-Hambriento en lo más mínimo -dijo Matilde-; estaba lleno de carne
de cabra, y tenía toda el agua que quisiera si le daba sed, y probablemente lo
único que quería en ese momento era dormir sin que lo molestaran. De todos
modos, creo que cualquiera admitirá que tener el único cuarto de huéspedes
disponible ocupado por un leopardo es un predicamento embarazoso, además, la
galería abarrotada de cabras, niñitos, gallinas mojadas, más un obispo con el cual
una apenas hablaba plantado en su único cuarto de estar. No sé cómo pasé esas
horas eternas, y, claro está, las comidas no hacían sino empeorar las cosas. El
cocinero de emergencia tenía todas las excusas para mandarnos sopa aguada y
arroz desbaratado, y como ni el pastor de cabras ni su mujer eran nadadores
expertos, no se podía llegar al sótano. Por fortuna, el Gwadlipichee baja tan
rápidamente como se desborda y poco antes de la madrugada, el mayordomo vino
chapoteando con los caballos a los cuales el agua apenas les pisaba los cascos.
Entonces surgió una molestia debida al hecho de que el obispo quería partir
antes de que lo hiciera el leopardo; y como éste último estaba instalado en
medio de los artículos personales de aquél, había una obvia dificultad para
alterar el orden de la partida. Le hice notar al obispo que los gustos y los
hábitos del leopardo no son los de una nutria, y que éste prefiere naturalmente
caminar que chapotear, y que en todo caso una comida compuesta por una cabra
entera, regada con el agua de la tina, justificaba cierta cantidad de reposo;
si hacía que le dispararan para asustarlo y que huyera, como sugería el obispo,
el leopardo lo único que podía hacer sería salir de la alcoba para venir al
cuarto de estar ya muy congestionado. Realmente fue un alivio bastante grande
cuando ambos se fueron. Ahora, tal vez, entiendas mi aprecio por un lugar
campestre en donde no pasan cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.