I
Era
bueno ser.
Era
meditación... regresar a uno mismo. Era contemplación... acudir a mirar a los
demás, convertirse en algo distinto.
En
meditación uno se contenía. En contemplación se producía una fusión, una
coalescencia con todo lo demás.
Mok
prefería la meditación. Con ella Mok gozaba de identidad, y era consciente de
ser él, ella o ello, infinitamente repetido a través del
recuerdo de milenios de encarnaciones. Mok, como los demás, había evolucionado
a través de multitud de formas de vida en multitud de mundos. Ahora Mok se veía
libre del dolor y libre también de los placeres, libre de las ilusiones de los
sentidos que habían servido a los cuerpos que albergaban a los seres que
finalmente se habían convertido en Mok.
Y sin
embargo, Mok no era completamente libre. Porque Mok seguía acudiendo a los
recuerdos para su satisfacción.
Los
demás preferían la contemplación. Gozaban con la unión, la fusión de sus
recuerdos, aunando sus consciencias y compartiendo su sensación de existir.
Mok
nunca había podido compartir por entero. Mok era demasiado consciente de las
diferencias. Pese a su carencia de cuerpo, de sexo, de limitaciones físicas
impuestas por la sustancia en el tiempo y el espacio, Mok era consciente de la
desigualdad.
Mok
era consciente de Ser.
Ser
era el más poderoso de todos ellos. En coalescencia, Ser dominaba cualquier
esquema de contemplación. Ser imponía la armonía sobre los demás, pero tan sólo
si los demás se entregaban.
Era
bueno ser. Pero no lo suficientemente bueno.
Mok
meditaba sobre esto. Y cuando la coalescencia vino de nuevo, Mok no se entregó.
Mok se ancló firmemente en el concepto de libertad... libertad de elección, la
libertad definitiva que Ser negaba.
Hubo
agitación entre los demás. Mok la captó. Algunos intentaron fusionarse con Mok,
porque ellos también compartían sus ideas, y Mok se abrió para recibirlos,
sintiendo aumentar su fuerza. Mok era ahora tan fuerte como Ser, más fuerte,
apelando a la voluntad y a la finalidad nacidas de los recuerdos de millones de
existencias finitas en las cuales voluntad y finalidad eran las raíces de la
supervivencia. Pero aquella supervivencia había sido temporal, y esta iba a ser
permanente, eterna.
Mok retuvo
la noción, recogió la fuerza, afirmó la finalidad... y entonces, de pronto, la
finalidad se desvaneció. La fuerza rezumó alejándose. Los demás se habían ido;
no quedaba nadie excepto Mok y la propia noción. La noción de...
Mok no
pudo aferrar la noción. Se había esfumado.
Todo
lo que quedaba era Mok y Ser. Anulando noción, finalidad y fuerza, Ser se había
impuesto sobre Mok, invadiendo e inundando la consciencia de Mok. Mok era
consciente. Pero sin noción no había finalidad, sin finalidad no había fuerza,
sin fuerza Mok no podía conservar la identidad, y sin identidad no había
consciencia.
Sin
consciencia no había Mok.
Cuando
la identidad de Mok regresó estaba en la nave.
¿Nave?
Sólo
recuerdos de lejanas encarnaciones le dijeron a Mok que se trataba de una nave,
pero así era, sin lugar a dudas: una nave, un vehículo, un transporte, un
objeto físico, capaz de moverse físicamente a través del espacio y del tiempo.
Espacio
y tiempo volvían a existir, y la nave se movía a través de ambos. La nave
estaba confinada en el espacio y el tiempo, y Mok estaba confinado en la nave,
que era apenas lo suficiente grande como para albergarlo a él durante el viaje.
Sí, él.
Mok
era él. Confinado ahora, no sólo en la prisión del espacio y del tiempo,
ni en la prisión más pequeña de la nave, sino en la prisión de un cuerpo. Un
cuerpo masculino.
Masculino.
Mamífero. Una columna vertebral para sostener toda la estructura, brazos y
piernas para sujetarse y agarrar, ojos y oídos y nariz y otros burdos
receptores sensoriales. Carne, sangre, piel... un pelaje amarillento cubriendo
la parte posterior del cuerpo, incluida la zigzagueante cola. Pulmones para
recepción del oxígeno, que en aquel momento era proporcionado por un ingenioso
casco transparente y un mecanismo sujeto a su espalda.
¿Ingenioso?
Era torpe, burdo, primitivo, una reliquia de las remotas eras bárbaras que Mok
apenas podía recordar vagamente. Intentó meditar, intentó contemplar, pero en
aquel momento tan sólo podía ver... ver a través del casco transparente
cómo la nave se inmovilizaba y su vientre se abría para catapultarle a él hacia
la fría superficie de un yermo planeta en torno al cual giraba una helada luna
que se destacaba contra el telón de fondo de las distantes estrellas.
También
la nave tenia una forma... un cuerpo que había sido someramente modelado según
los conceptos de una raza mamífera, casi como uno de esos gigantescos robots
desarrollados por las formas de vida en un estadio intermedio de evolución.
Mok
miró a la nave mientras permanecía inmóvil ante él contra el estéril fondo de
estrellas. Sí, la nave poseía una protuberancia craneal en forma de domo y dos
brazos metálicos terminados en garras. Garras para abrir el vientre de la nave,
garras que habían arrojado el cuerpo de Mok expulsándolo de aquel vientre en
una parodia de nacimiento.
Ahora,
mientras Mok observaba, el vientre de la nave se estaba cerrando de nuevo,
sellándose, mientras las garras metálicas regresaban a su posición de reposo a
ambos lados. Y llamaradas de fuerza empezaron a surgir de su parte posterior.
La
nave estaba yéndose.
Mok
había sido encarnado en los confines de la nave, aprisionado en aquella su
presente forma. La nave lo había trasladado hasta aquel mundo, y ahora lo
estaba dejando allí. Lo cual significaba que la nave debía ser...
-¡Ser¡
-gritó, al darse cuenta de ello, y el sonido de su voz creando ecos en el hueco
casco casi hendió su cabeza. Pero Ser no respondió. La nave continuó
alejándose, acelerando, hubo un rugir y un destellar y luego una incandescencia
que se desvaneció en la nada contra el negro telón de vacío puntuado por
centelleantes motas luminosas que dominaba el cielo de aquel mundo en el cual
Mok acababa de nacer.
El
mundo donde Ser lo habla abandonado para que muriera...
II
Mok
volvió su atención hacia sí mismo. Su cuerpo ardía. ¿Ardía? Mok buscó
arcaicos recuerdos y halló otra noción. No estaba ardiendo. Estaba helándosc.
Aquello era frío.
La
superficie del planeta era fría, y su piel -¿pelaje?- no bastaba para
protegerle. Mok inspiró profundamente, y aquello le trajo consciencia de sus
mecanismos internos: circulación, sistema nervioso, pulmones. Pulmones para
respirar, proporcionando el combustible de la vida.
La
especie de mochila alimentadora en su espalda era pequeña. Su contenido,
escasamente suficiente para llenar sus necesidades en su vuelo hasta allá,
estaría agotado muy pronto.
¿Había
oxígeno en la superficie de aquel planeta? Mok miró a su alrededor. La rocosa
superficie estaba desprovista de vegetación, y aquel no era un signo
prometedor. Pero quizá no toda la superficie fuera como aquello; en otras
zonas, a niveles inferiores, era probable que floreciera vida vegetal. Si era
así, una existencia operativa podía sostenerse.
Sólo
había una forma de saberlo. Los apéndices prensiles de Mok -no exactamente
garras, tampoco dedos- trastearon torpemente con las sujeciones del casco y lo
retiraron cuidadosamente. Hizo una profunda inspiración, luego otra. Sí, había
oxígeno.
Satisfecho,
Mok se quitó casco y mochila, junto con el mecanismo de control sujeto a un
lado. Ya no iba a necesitar aquel aparato allí.
Lo que
necesitaba ahora era calor, una atmósfera cálida.
Miró
hacia la desolada y oscura alineación de peñascos que delimitaban la estéril
llanura. Avanzó lentamente hacia ellos, bajo las silenciosas estrellas,
subiendo penosamente una ladera contra un repentino viento que empezó a azotar
su tembloroso cuerpo. Aquel era un torpe cuerpo, un burdo mecanismo sujeto a un
primitivo mecanismo muscular. Tan sólo los atavismos acudieron en su ayuda,
mientras medio percibía recuerdos de antiguas existencias físicas que le
ayudaban a mover sus piernas con la adecuada coordinación. Andar, trepar,
arrastrarse, saltar por entre las rocas... todo aquello era difícil, exigente,
un desafío que tenía que superar y dominar.
Pero
Mok trepó por la cara del más próximo risco y halló la abertura, una grieta con
una fisura interna que se convirtió en la boca de una caverna. Una tenebrosa
protección contra el viento, donde se estaba algo más cálido. Y el rocoso suelo
descendía en pendiente hacia la profunda oscuridad. Las pupilas de sus ojos se
acomodaron, y pudo guiarse en las tinieblas del túnel, ya que su visión era
nictálope.
Mok
reptó a lo largo de cavernas y cavernas como un gato gigantesco, mientras
bocanadas de aire caliente azotaban su cuerpo intentando arrojarlo hacia
adelante. Adelante y abajo, adelante y abajo. Y ahora el calor ascendía hacia
él en oledas palpables, el aire cantaba con un acento áspero, y había el
resplandor de una fuente de luz allá al frente. Adelante y abajo hacia la
fuente de luz, hasta que oyó el silbar y el retumbar, sintió el candente flujo,
respiró los cauterizantes gases, vio los chorros de llamas brotando allá donde
nacían el flujo candente y los gases.
¡El
interior del planeta estaba en fusión!
Mok
dejó de avanzar. Se giró y retrocedió hasta una confortable distancia,
penetrando en una galería secundaria que mostraba a su vez otros ramales. A
partir de allí se iniciaban tortuosos túneles en todas direcciones, pero estaba
a salvo en aquel lugar, en el calor y la oscuridad; a salvo para descansar. Su
cuerpo -su prisión corpórea en la que estaba condenado a permanecer- necesitaba
descansar.
Descansar
no era dormir. Descansar no era hibernación, ni estivación, ni ninguna de las
mil formas de animación suspendida que la memoria de Mok recordaba de miríadas
de encarnaciones en el pasado. Descansar era simplemente pasividad. Pasividad y
reflexión.
Reflexión...
Las
imágenes se mezclaron con conceptos verbales durante largo tiempo desechados.
Con su ayuda, mientras permanecía pasivo, Mok formuló su situación. Estaba en
el cuerpo de un animal, pero había sutiles diferenciaciones de los auténtico
mamíferos. Necesitaba oxigeno, pero no el respiro del auténtico sueño. Y no
sentía excitaciones viscerales, no las punzadas del hambre física. Sabía que no
dependía de la ingestión de sustancias extrañas para sobrevivir. Mientras
protegiera su envoltura carnal del frío y del calor extremos, mientras evitara
exigir demasiado de sus músculos y órganos, seguiría existiendo. Pero pese a
las diferencias que lo distinguían de los auténticos mamíferos, seguía
confinado a su cruel forma actual. Y aquella existencia era animal.
La
sensación brotó de su interior, un flujo de sentimiento que Mok no había
experimentado en eones, una estimulante, nauseabunda, ardiente, revulsiva
evocación de emoción. Ahora sabía lo que era. Era miedo.
Miedo.
La
verdadera servidumbre del animal.
Mok
tenía miedo porque ahora comprendía que aquello había sido planeado, que era
obra de Ser. Lo había sometido a aquella degradación y modificado su aspecto de
mamífero a fin de que pudiera vivir eternamente.
Y
aquello era lo que asustaba más a Mok. ¡La eternidad en aquella forma!
Abandonando
su pasividad, Mok hizo una flexión y se levantó. Yendo hasta el límite de sus
capacidades, Mok buscó en su interior otros poderes inherentes. El poder de
fusión, de coalescencia... había desaparecido. El poder de transmutar, de
transferir, de transportar, de transformar... había desaparecido. No podía
cambiar su apariencia física, no podía alterar su entorno físico, excepto por
los limitados medios físicos que ponían a su alcance su cuerpo de animal.
No
había escapatoria a su actual existencia.
Ninguna
escapatoria.
Aquella
realización despertó más miedo, y Mok se giró y echó a correr. Corrió
ciegamente por los serpenteantes corredores, con el miedo pisándole los talones
mientras corría, corría interminablemente, sin darse cuenta de ello.
En
algún lugar el camino que seguía empezó a ascender. Mok avanzó trabajosamente
por él, jadeando en busca de resuello; hubiera deseado dejar de respirar, pero
el cuerpo, aquel cuerpo de animal, aspiraba el aire en intensas bocanadas,
funcionando de forma autónoma, más allá de su control consciente.
Ascendiendo
a lo largo de inclinadas espirales, Mok emergió de nuevo a la superficie
exterior de aquella prisión planetaria. Era una zona inferior, distante y
diferente de su punto de entrada, con una vegetación verdeante recortándose
contra un deslumbrante amanecer... un valle, capaz de mantener la vida.
¡Y
había vida allí! Formas plumosas cotorreando en los árboles, figuras velludas
escurriéndose por el suelo, cosas escamosas deslizándose, criaturas quitinosas
enterrándose y zumbando. Eran formas simples, burdamente concebidas con una
finalidad primitiva, pero vivas y conscientes.
Mok
las captó, y ellas captaron a Mok. No había forma de comunicarse con ellas
excepto vocalmente, pero incluso los suaves sonidos que brotaron de su garganta
las hicieron huir frenéticamente. Porque Mok era ahora un animal, que temía y
era temido.
Se
acuclilló entre las rocas que había en la boca de la caverna de la que había
surgido y miró desamparado hacia su interior, lamentando la confusión y el
pánico que su presencia había provocado, y los suaves sonidos que emitiera se
convirtieron en un retumbante gruñido de desesperación.
Y fue
entonces cuando lo descubrieron... los peludos bípedos que avanzaron
cautelosamente para rodearlo hasta que estuvo cercado por una confusa banda.
Eran trogloditas, gruñendo y olisqueando y emitiendo un acre hedor de miedo y
rabia entremezclados mientras avanzaban cautelosamente.
Mok
los contempló, observando cómo las encorvadas figuras avanzaban al unísono en
su dirección. Aferraban toscos palos, simples ramas arrancadas de los árboles;
algunos llevaban piedras tomadas de la ladera. Pero eran armas, capaces de
infligir heridas, y las peludas criaturas eran cazadores en busca de su presa.
Mok se
giró para retroceder al interior de la caverna, pero el camino estaba bloqueado
también por agazapados cuerpos, y no había escapatoria.
Los
trogloditas avanzaban ahora más decididamente, con el temor y la aprensión
dejando paso a la rabia. Exhibiendo unos amarillentos colmillos. Los peludos
brazos alzados. Una de las criaturas -el líder de la horda- gruñó lo que
parecía una señal.
Y
empezaron a arrojar sus piedras.
Mok
levantó las manos para proteger su cabeza. Su visión estaba bloqueada, de modo
que tan sólo oyó el sonido de las piedras golpeando contra la ladera antes de
verles empezar a caer. Entonces, cuando los gruñidos y los gritos se hicieron
frenéticos, Mok alzó la vista para ver cómo las piedras rebotaban contra sus
atacantes.
Rugiendo
de rabia, se acercaron más para destrozar el cuerpo y el cráneo de Mok con sus
palos. Mok oyó el sonido de los impactos, pero no sintió nada, puesto que los
golpes jamás alcanzaron el blanco previsto. En vez de ello, los palos se
astillaron y se rompieron en el aire.
Entonces
Mok se giró, confuso, para hacer frente a sus enemigos. Estos retrocedieron,
chillando aterrados. Rompiendo el cerco, se retiraron ladera abajo hacia el
bosque, huyendo de aquella extraña cosa que no podía ser herida ni muerta,
aquella invencible entidad...
Aquella
invencible entidad.
Era
una noción propia de Mok, y ahora comprendió. Ser le había proporcionado
aquella definitiva ironía... la invencibilidad. Un campo de fuerza, rodeando su
cuerpo, lo hacía inmune a las heridas y a la muerte. No dudaba de estar también
inmunizado contra cualquier invasión bacteriana. Estaba sometido a una forma
física, pero no dependía de ninguna de las necesidades físicas para la
supervivencia; podía existir, indestructible, por toda una eternidad.
Realmente, estaba prisionero para siempre.
Por un
momento Mok permaneció inmóvil ante aquella comprensión, completamente cegado
por la intensidad casi tangible de su negra desesperación. Aquel era el
definitivo horror... condenado sin posibilidad de morir, exiliado por un tiempo
interminable, aislado indefinidamente. Eternamente solo.
Sus
abotagados sentidos recuperaron su dominio, y Mok miró a su alrededor, a la
ahora vacía ladera.
No
estaba comNetamente vacía. Dos de las criaturas trogloditas estaban tendidas
inmóviles entre las rocas, directamente debajo de él. Una sangraba por un corte
en un lado de su cabeza, producido por el rebotar de un palo, mientras que la
otra había caído a causa del golpe de una piedra.
Aquellas
criaturas no eran inmortales.
Mok
avanzó hacia ellas, notando el movimiento de sus pechos, el suave susurro de
sus respiraciones.
No
eran inmortales, pero aún estaban vivas. Vivas e indefensas. Vulnerables, a su
merced.
A su
merced. La
cualidad que Ser se había negado a mostrarle a Mok. No había habido merced en
su condena a pasar allí la eternidad, solo.
Mok
hizo un alto, inclinándose sobre las dos formas inconscientes. Dejó escapar un
sonido en su garganta, un sonido que era curiosamente parecido a una risita.
Quizás
aquella fuera una salida después de todo, una forma de mitigar al menos su
sentencia allí. Si él mostraba ahora piedad hacia aquellas criaturas... quizá
no estuviera siempre solo.
Levantó
el cuerpo de la primera criatura entre sus brazos. Era pesado en su flacidez,
pero la fuerza de Mok era mucha. Tomó cuidadosamente a la segunda criatura,
procurando no dañarla más de lo que estaba.
Luego,
aún sonriendo, Mok se giró y condujo a las dos formas inconscientes al interior
de la caverna.
III
En el
cálido refugio iluminado por el fuego de lo más profundo de la caverna, Mok
instaló a las criaturas. Mientras dormitaban intermitentemente, ascendió de
nuevo a la superficie y buscó comida para ellas entre los verdeantes claros.
Encontró cosas que sabía que les alimentarían y, apelando a distantes
recuerdos, moldeó pequeños recipientes de barro en los que llevarles agua de un
riachuelo de montaña.
Tras
un tiempo recuperaron la consciencia, y evidenciaron inmediatamente su temor...
su miedo hacia la enorme bestia de protuberantes ojos y serpenteante cola, la
bestia que sabían inmortal.
Fue
sencillo para Mok comprender el parco conjunto de gruñidos y ladridos que
servían como principal medio de comunicación de aquellas formas de vida, lo
bastante sencillo como para captar inmediatamente los limitados conceptos y
referencias simbolizados en su habla. Dentro de esas limitaciones, intentó
decirles quién era y qué hacía allí y cómo había ido a parar a aquel lugar,
pero aunque le escucharon atentamente no comprendieron nada.
Y
siguieron teniéndole miedo, el espécimen hembra más que el espécimen macho. El
macho, al menos, evidenciaba una cierta curiosidad relativa a los recipientes
de barro, y Mok le mostró una y otra vez la forma de hacerlos hasta que la
criatura fue capaz de imitarle con éxito.
Pero
ambos eran precavidos, y ambos reaccionaban con el temor cuando se veían
enfrentados a la lava fundida del corazón del planeta. No consiguieron
acostumbrarse a los acres gases, a la oscuridad que envolvía el laberinto de
entrecruzadas fisuras que formaban los subestratos de la superficie. Aunque
iban recuperando fuerzas con el paso del tiempo, permanecían constantemente muy
juntos el uno del otro y no dejaban de murmurar, mirando a Mok aprensivamente.
Mok no
se sintió demasiado sorprendido cuando, al regresar de una de sus expediciones
a la superficie en busca de comida, descubrió que se habían marchado.
Pero
sí se sintió sorprendido ante la virulencia de su propia reacción... la
repentina oleada de soledad que lo invadió.
Soledad...
¿por aquellas criaturas? No era concebible que pudieran servir como compañeros,
incluso al nivel más bajo de relación; y sin embargo echaba en falta su
presencia. Su simple presencia había sido en sí misma un lenitivo a su profunda
sensación de aislamiento.
Descubrió
que sentía una creciente simpatía hacia ellos en su desamparada ignorancia
abismal. Incluso sus impulsos destructivos excitaban su piedad, puesto que
tales impulsos indicaban su constante miedo. Seres como aquellos vivían en un
constante temor que los llevaba a reacciones violentas; no confiaban en su
entorno ni en ningún otro, y cada nueva experiencia o fenómeno era percibida
como un peligro potencial. No tenían ninguna esperanza, ninguna imagen
abstracta de futuro que los animara.
Mok se
preguntó si sus dos cautivos habrían tenido éxito en su escapatoria. Recorrió
los pasadizos en su busca, imaginando su desamparado vagar, su patética
situación si se habían perdido en las inmensidades subterráneas. Pero no
encontró nada.
De
nuevo estaba solo en el caliente cuerpo animal que no conocía ni el cansancio
ni el dolor... excepto aquel nuevo dolor, aquel solitario anhelo de contacto
con otra vida, a cualquier nivel. Antiguas nociones llegaron hasta él,
identificando los matices de sus reacciones, todos parecidos y ligados entre sí
a determinados períodos de tiempo. Monotonía. Hastío. Inquietud.
Aquellos
fueron los elementos emotivos que lo forzaron a salir de nuevo de la confinada
seguridad de las cavernas. Erró por el planeta, evitando las grandes
extensiones desérticas y frías y buscando las zonas de lujuriante vegetación.
Durante un largo período de tiempo sólo encontró las formas de vida más
primitivas.
Entonces,
una de sus correrías diurnas a la superficie le condujo hasta un arroyo, y
mientras permanecía acurrucado tras unos arbustos divisó a un grupo de
trogloditas reunidos en la otra orilla.
Vocalizando
en su esquema de gruñidos y ladridos, se aventuró al descubierto, intentando
tranquilizarles. Pero empezaron a gritar apenas lo vieron, gritaron y huyeron
al interior del bosque, y de nuevo quedó solo.
Quedó
solo, y cruzó al lado del arroyo y vio lo que habían dejado tras ellos en su
huida... dos burdos recipientes de barro, medio llenos con agua.
Ahora
sabía lo que había sido de sus cautivos.
Habían
sobrevivido y habían regresado con los suyos, compartiendo con ellos su recién
adquirida habilidad. No podía conjeturar lo que habrían contado de su
experiencia, pero habían recordado sus enseñanzas. Eran capaces de aprender.
Mok no
necesitaba más pruebas, y el incentivo estaba allí; la combinación de piedad,
de preocupación hacia aquellas criaturas, de su propia necesidad de contacto a
cualquier nivel. Y aquel era un nivel lógico... nunca podría haber
compañerismo, aquello era algo que comprendía y aceptaba, pero sí era posible
otro tipo de relación. La relación entre maestro y pupilo, entre mentor y
suplicante, entre el poder gobernante y el gobernado.
El
poder gobernante...
Mok
dio vueltas a los recipientes de barro, observando la torpeza con que habían
sido modelados, notando las irregularidades de su superficie. Podía corregir
tan fácilmente aquellas irregularidades, podía pulir y remodelar tan
simplemente aquella arcilla. Gobernar la tierra, gobernar las criaturas,
impartir el conocimiento que las remodelaría de nuevo.
Y
entonces llegó la última realización.
Aquello
sería un deber y un destino, una función y una satisfacción. Dentro de la
prisión del espacio y del tiempo, podría modelar aquellas pequeñas vidas.
Ahora
sabía cuál era su destino.
Se
convertiría en su dios.
IV
Era un
extraño papel, pero Mok lo llevó a cabo.
Hubo
obstáculos, por supuesto. El primero que tuvo que enfrentar fue el miedo que
sentían hacia él. Era extraño, y para las mentes primitivas de aquellas
criaturas cualquier cosa extraña era abominable. Su aparición provocaba
reacciones que le impedían acercarse a ellos, y durante un tiempo Mok desesperó
de conseguir superar la barrera de la comunicación. Luego, lentamente, se dio
cuenta de que su miedo era en sí mismo un instrumento que podía emplear para
fines positivos. Con él podía invocar el temor, la autoridad, la consciencia de
sus poderes.
Sí,
aquel era el camino. Aceptar su condición y permanecer siempre apartado de
ellos, confiado de que llegaría un tiempo en que su propia curiosidad los
conduciría a buscarle.
De
modo que Mok permaneció en las cavernas, y gradualmente se fueron estableciendo
los contactos. No todos los homínidos fueron a él, por supuesto, sólo los más
intrépidos y emprendedores, pero era a esos a quienes esperaba. Eran los más
preparados para aprender.
Como
suponía, la experiencia de sus primitivos cautivos se convirtió en una leyenda,
y la leyenda condujo a la adoración. No tenía sentido que Mok les desanimara al
respecto, era incluso imposible intentarlo a la luz de su razonamiento
primitivo, lo más adecuado era un sistema de intercambios. Ofrendas y
sacrificios se convirtieron en el precio que había que pagar a cambio de la
sabiduría. Mok rebuscó en sus propios recuerdos primordiales, asignando un
orden a los conocimientos que impartía: el don del fuego, el secreto de los
cultivos, la cocción del barro, el modelado de armas, el sometimiento y
domesticación de formas inferiores de vida, el control y erradicación de otras.
Lentamente, un sistema más sofisticado de comunicaciones fue evolucionando,
primero a nivel verbal y luego visual.
Las
criaturas fueron ampliando sus conocimientos, absorbiéndolos en su aún burda
cultura. Aprendieron el uso de la rueda y la palanca, luego alcanzaron la
gradual abstracción del concepto numérico. Finalmente fueron capaces de
realizar sus propios descubrimientos independientes; lenguaje y matemáticas
estimularon el autodesarrollo.
Pero
en momentos de crisis seguía siendo necesaria una mayor ilustración. Las
fuerzas naturales más allá de sus limitados poderes de control ocasionaban
periódicos desastres a los esquemas de vida en la superficie del planeta, y con
cada cataclismo se producía un resurgimiento de la adoración y los sacrificios
que Mok aborrecía secretamente. Sin embargo, aquellas criaturas parecían sentir
la necesidad de entregar su recompensa por las habilidades que podían obtener y
las ventajas que estas habilidades les proporcionaban, y Mok tenía que aceptar
reluctantemente la situación.
Era
más duro para él aceptar el que siguieran con su miedo.
Durante
un tiempo esperó que a medida que aumentaba su saber revisaran sus actitudes.
En vez de ello, sus temores se incrementaban. Mok esperaba poder observar sus
progresos directamente, pero no había oportunidad de contacto abierto y
comunicación, y su simple aparición provocaba el pánico. Incluso aquellos que
acudían a él en secreto, o conducían los rituales de adoración, parecían temer
el aceptar el hecho, pese a que ello los colocaba en un status superior dentro
del grupo. Aceptaban y aclamaban la existencia de su dios, pero pese a ello
evitaban su presencia física.
Quizá
fue por ello que empezaron a surgir las sectas y los cismas, cada uno de ellos
con su propia jerarquia y su propio dogma relativo a la verdadera naturaleza de
aquello a lo que adoraban. Mok recordó agriamente que, en una religión
organizada, la presencia real de un dios es un inconveniente.
De
modo que Mok se abstuvo de sucesivas visitas, y a medida que pasaba el tiempo
se fue retrayendo más y más profundamente en las cavernas. Ahora ya casi
resultaba innecesario mantener un contacto con ellos, puesto que aquellas
criaturas habían evolucionado a un estadio en el que eran capaces de
desarrollarse por sí mismos.
Pero
incluso los dioses alimentan su orgullo en su soledad. De modo que a largos
intervalos, y de una forma secreta, Mok se aventuraba al exterior para echarle
un vistazo apresurado a sus dominios.
Un
atardecer salió a la superficie en la cima de una montaña Allí las estrellas
seguían brillando friamente, pero había un brillo mucho mayor abajo, procedente
de la tierra... de la enorme ciudad que se extendía como testamento de la
sabiduría de aquellas criaturas y de él mismo.
Mok
miró hacia allá, y las dulces oleadas del orgullo lo invadieron mientras
contemplaba aquello que había construido. Aquellos juguetes, aquellas
menudencias con las que había jugado, habían convertido ahora las fuerzas
fundamentales del universo en sus propios juguetes y menudencias para crear a
través de ellas su propio destino.
Quizás
él, como su dios, estuviera siendo mal comprendido ahora, quizás incluso lo
hubieran olvidado. Pero ¿importaba? Habían conseguido la independencia, ya no
le necesitaban.
¿O sí?
La
noción llegó hasta él, y fue más estremecedora para Mok que el viento nocturno
de la montaña.
Aquellas
criaturas habían creado, pero también habían destruido. Y sus motivaciones su
avidez, su hambre, su lujuria, su miedo... seguían siendo las de las bestias
que habían sido. Las bestias que podían volver a ser de nuevo, si la conciencia
espiritual no iba pareja al apego material.
Seguía
existiendo allí una gran necesidad, una necesidad mucho mayor que antes. Y Mok
no sintió orgullo, sino tan sólo perplejidad, un sentimiento que lo atravesó
mucho más intensamente que el dolor.
¿Cómo
podía ayudarles?
-No
puedes.
La
comunicación llegó hasta él, y Mok se giró.
Absorto,
no se había dado cuenta del silencioso descenso de la nave del cielo hasta la
superficie, pero allí estaba ahora, recordada y reconocida. La nave que lo había
capturado y transportado hasta allí, la nave de extraña forma que era
Ser...
Flotaba
incandescente contra el infinito horizonte, y como si la comunicación hubiera
sido una señal, Mok se sintió presa de una reacción desechada hacía mucho
tiempo. Estaba contemplando a Ser.
Y en
aquel diálogo, las nociones de Ser fluyeron hacia él.
-Válido.
Tú no puedes llenar sus necesidades. De todos modos, ya has hecho demasiado.
Pese a
la voluntad consciente, Mok sintió el testarudo resurgir de su orgullo. Pero no
había necesidad de formular las razones, porque la meditación de Ser era
completa.
-Estás
en un error. Capté tu rebelión, te superé, te conduje hasta aquí... pero no fue
un castigo. Fuiste situado en este lugar para un propósito. Porque ese orgullo,
esa necesidad de conseguir la identidad a través de la realización, podía ser
utilizada aquí, en este tiempo y lugar. Como los demás.
-¿Los
demás? -la confusión coloreó la meditación de Mok.
-¿Crees
que tú eres el único rebelde? No es así. Ha habido más, muchos más. Y han
cumplido con su finalidad en otros mundos a través del cosmos. Mundos en los
cuales la semilla de la vida necesitaba cultivo y atención. Los elegí a ellos
para sus tareas, como te elegí a ti. Y no has fracasado.
Mok
pensó en aquello, luego se comunicó con una energía que le sorprendió.
-¡Entonces
déjame continuar! ¡Dótame con lo necesario para ayudarles ahora!
-No es
posible -le llegó la meditación de Ser.
Mok
realizó un último esfuerzo.
-Pero
tengo derecho a hacerlo. Soy su dios.
-No
-respondió Ser-. Nunca has sido su dios. Fuiste elegido para ser lo que
realmente fuiste... su demonio.
Demonio...
No
hubo meditación ahora, sólo un exasperante vacío mientras Mok revisaba
conceptos durante largo tiempo desechados de encarnaciones perdidas excepto en
su inmutable memoria. Conceptos de bien, mal, correcto, erróneo...
conceptos incorporados a las primitivas religiones de un millón de primitivos
pasados. Dios surgió de esos conceptos, y también la inclusión de una fuerza
opuesta. Y en todas las leyendas de cada uno de los miles de mitos, el esquema
era el mismo. Un rebelde arrojado de los cielos para tentar con la enseñanza,
para proporcionar el conocimiento prohibido como precio a su adoración. Un ser
con la forma de una bestia, ocultándose en la oscuridad, en los profundos pozos
donde los fuegos internos llameaban eternamente. Y él había sido ese ser; era
cierto, era un demonio.
Sólo
el orguflo le había cegado impidiéndole ver la verdad... el orgullo que lo
había empujado a representar el papel de dios.
-Un
orgullo del cual has sido purificado -prosiguió la meditación de Ser-. Ahora no
puede captarse en ti más que piedad y compasión hacia esas criaturas y su
peligro potencial. No puede captarse más que amor.
-Es
cierto -asintió Mok-. Siento amor hacia ellos.
-Con
tu ayuda -llegó la confirmación de Ser-, esas criaturas evolucionaron. Pero tú
evolucionaste también... perdiendo tu orgullo, ganando amor. Siendo así, ya no
puedes ser durante más tiempo su demonio. Tu utilidad aquí ha terminado.
-¿Pero
qué ocurrirá?
La
respuesta llegó no como una noción sino como una realización.
De
pronto Mok ya no estuvo en el leonado cuerpo de la bestia. Estaba en la nave,
flotando y mirando hacia abajo a aquel cuerpo; mirando hacia abajo a la
criatura que agitaba su cola y alzaba sus protuberantes ojos. La criatura que
contenía ahora la esencia de Ser.
Y Ser
comunicó:
-Durante
un tiempo tú ocuparás mi lugar, como en su tiempo deseaste. Sembrarás las
estrellas, pondrás orden en el caos, conducirás a los otros en contemplación.
Lo harás con armonía y con amor.
-¿Y
tú? -preguntó Mok.
El ser
en el cuerpo de la bestia formó una noción última:
-Tomaré
tu papel y tu responsabilidad. Hay algo dentro de mí que debe ser también
purificado, y quizá destruya mucho de lo que tú creaste aquí. Pero al final,
incluso como su demonio, quizá pueda conducirles a la salvación definitiva. El
ciclo cambia.
Mok
tomó el control de la máquina celestial en la cual moraba su esencia, le ordenó
elevarse, y como un carro de fuego ascendió a los reinos de gloria que lo
aguardaban más allá de los cielos.
Mientras
lo hacía, captó un último atisbo de Ser.
La
bestia se había girado para descender la montaña. Pisando firme, el demonio
estaba penetrando en su reino.
La
comprensión de Mok vaciló. ¿Ciclo? Ser había sido un dios y ahora era un
demonio. Mok había sido un demonio y ahora era un dios. Pero nunca se hubiera
convertido en un dios si Ser no hubiera deseado el cambio de papeles.
¿Había
sido esa la intención de Ser durante todo el tiempo... permitir a Mok que
evolucionara como demonio y luego usurpar su identidad?
En ese
caso, Ser era realmente un demonio desde el principio, y Mok había estado
también desde el principio en el lado opuesto, es decir había sido como un
dios.
¿O
eran todos ellos... Mok, Ser, los demás, incluso las primitivas criaturas
mamíferas de aquel planeta, a la vez dioses y demonios?
Era un
asunto, decidió Mok, que tal vez necesitara toda una eternidad de meditación...
* * *
Echenle
a Judy-Lynn del Rey la culpa de este relato.
Judy-Lynn
Benjamin era su nombre cuando la conocí en la Convención Mundial de Ciencia
Ficción de 1968. Era directora adjunta de Galaxy, y en su calidad de tal
me pidió que le escribiera una historia para su revista. Fuera de su calidad de
tal se convirtió instantáneamente en una tan buena amiga que ni yo ni mi mujer
Elly hemos podido nunca negarle nada. Además, solapadamente, poco después me
envió la ilustración de la cubierta de un próximo número de la revista, y me
pidió que escribiera mi historia de acuerdo con ella.
Contemplando
la extraordinaria ilustración de Reese que mostraba a una figura reptilesca
enfundada en un traje espacial mientras un cohete abandonaba con grandes
chorros surgiendo de sus toberas la superficie de un desolado planeta, me sentí
atrapado y desesperado. Durante los últimos cuatro años había estado trabajando
principalmente para el cine y la televisión, y había producido muy poca obra
literaria escrita. Ahora me veía en la obligación de escribir no tan sólo un
relato, sino uno que encajara específicamente con el tema de aquella
ilustración. De hecho, me habían dicho: «Aquí está la carreta... ahora ponle un
caballo para que tire de ella.» Y mi cabeza estaba vacía de ideas al respecto.
En tal
situación hice lo que hubiera hecho cualquiera: me dejé ganar por el pánico.
De
modo que me puse ante mi máquina, y escribí «Como un dios» de una sola sentada,
para el número de abril de 1969.
Como
habrán notado ustedes, este relato trata a la vez de Dios y del Demonio. Quizás
en esta emergencia ambos se vieron obligados a una forzada colaboración a fin
de que yo pudiera cumplir con mi encargo a tiempo.
A fin
de concederle a Dios lo que es de Dios y al Demonio lo que es del Demonio,
afirmo pues que, de este relato, hay que concederles ecuánimemente medio punto
a cada uno.
Como un dios. Robert Bloch
How like a god. Trad. Domingo Santos.
Escalofrrríos. Acervo Ciencia Ficción 42
Ediciones Acervo, 1981
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