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Mariano José de Larra - El casarse pronto y mal


Así como tengo aquel sobrino de quien he ha­blado en mi artículo de "Empeños y desempeños", tenía otro no hace mucho tiempo, que en esto suele venir a parar el tener hermanos. Éste era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella edu­cación que se daba en España no hace ningún siglo; es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosa­rio, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estre­naba vestido el domingo de Ramos y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba papá, con la mano más besada que reliquia vieja, y regis­trando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo hubiesen a las ma­nos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas novelas que, como solía decir, a pretexto de inclinar a la virtud, enseñan desnudo el vicio. No diremos que esta educación fuese mejor ni peor que la del día; sólo sabemos que vinieron los franceses, y como aquella buena o mala educación no estribaba en mi hermana en principios ciertos, sino en la rutina y en la opresión doméstica de aquellos terribles padres del siglo pasado, no fue necesaria mucha comunicación con algunos oficiales de la guardia imperial para echar de ver que si aquel modo de vivir era sencillo y arreglado, no era, sin embargo, el más divertido. ¿Qué motivo habrá, efectivamente, que nos persuada que debemos en esta corta vida pasarlo mal, pudien­do pasarlo mejor? Aficionóse mi hermana de las costumbres francesas y ya no fue el pan pan, ni el vino vino; casóse, y siguiendo en la famosa jornada de Vitoria la suerte del tuerto Pepe Botellas, que tenía dos ojos muy hermosos y nunca bebía vino, emigró a Francia.
Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca sepa detenerse en el justo medio, pasó del Año Cristiano a Pigault Le­brún y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como con­venía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que sólo los tontos entra­ban de buena fe, y del cual el muchacho no necesi­taba para mantenerse bueno; que padre y madre eran cosa de brutos, y que a papá y mamá se los debía tratar de tú, porque no hay amistad que iguale a la que une a los padres con los hijos (salvo algu­nos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros y algunos soplamocos que darán siem­pre los primeros a los segundos); verdades todas que respeto tanto o más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.
No es necesario decir que el muchacho, que se llamaba Augusto, porque ya han caducado los nom­bres de nuestro calendario, salió despreocupado, pues­to que la despreocupación es la primera preocupación de este siglo.
Leyó, hacinó, confundió; fue superficial, vano, presumido, orgulloso, terco, y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado. Murió, no sé a qué propósito, mi cuñado, y Augusto regresó a España con mi hermana, toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá todavía los que no hemos tenido como ella la dicha de emigrar; trayéndonos, entre otras cosas, noticias ciertas de cómo no había Dios, porque eso se sabe en Francia de muy buena tinta. Por supuesto, que no tenía el muchacho quin­ce años, y ya galleaba en las sociedades, y citaba, y se metía en cuestiones, y era hablador, y raciocinador como todo muchacho bien educado; y fue el caso que oía hablar todos los días de aventuras escanda­losas y de los amores de Fulanito con la Menganita, y le pareció, en resumidas cuentas, cosa precisa para hombrear, enamorarse.
Por su desgracia, acertó a gustar a una joven, per­sonita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo, en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental con la más desatinada afición que en el mundo jamás se ha visto; tocaba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuando, porque tenía una bonita voz de contralto. Hubo guiños y apretones desespe­rados de pies y manos y varias epístolas recíproca­mente copiadas de la "Nueva Floísa"; y no hay más que decir sino que a los cuatro días se veían los dos inocentes por la ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas, sobornaban con el mejor fin del mundo a los criados, y, por último, un su amigo, que debía de quererle muy mal, pre­sentó al señorito en la casa. Para colmo de desgra­cia, él y ella, que habían dado principio a sus amores porque no se dijese que vivían sin su trapillo, se llegaron a imaginar primero y a creer después a pies puntillas, como se suele muy mal decir, que estaban verdadera y terriblemente enamorados. ¡Fatal cre­dulidad! Los parientes, que previeron en qué podía venir a parar aquella inocente afición ya conocida, pusieron de su parte todos los esfuerzos para cortar el mal, pero ya era tarde. Mi hermana, en medio de su despreocupación y de sus luces, nunca había po­dido desprenderse del todo de cierta afición a sus eje­cutorias y blasones, porque hay que advertir dos cosas: primera, que hay despreocupados por este estilo, y segunda, que somos nobles, lo que equivale a decir que desde la más remota antigüedad nuestros abuelos no han trabajado para comer. Conservaba mi hermana este apego a la nobleza, aunque no conservaba bienes; y ésta es una de las razones por que estaba mi sobrinito destinado a morirse de ham­bre si no se le hacía meter la cabeza en alguna parte, porque eso de que hubiera aprendido un oficio, ¡oh!, ¿qué hubieran dicho los parientes y la nación entera? Averiguóse, pues, que no tenía la niña un origen tan preclaro ni más dote que su instrucción nove­lesca y sus duetos, fincas que no bastan para sostener el boato de unas personas de su clase. Averiguó también por parte contraria que el niño no tenía empleo, y dándosele un bledo de su nobleza, hubo aquello de decirle:
-Caballerito, ¿con qué objeto entra usted en mi Quiero a Elenita -respondió mi sobrino.
¿Y con qué fin, caballerito? Para casarme con ella.
Pero no tiene usted empleo ni carrera. Eso es cuenta mía...
Sus padres de usted no consentirán...
-Sí, señor; usted no conoce a mis papás.
-Perfectamente; mi hija será de usted en cuanto me traiga una prueba de que pueda mantenerla y el permiso de sus padres; pero en el ínterin, si usted la quiere tanto, excuse por su mismo decoro sus visitas.
-Entiendo.
-Me alegro, caballerito.
Y quedó nuestro Orlando hecho una estatua, pero bien decidido a romper por todos los inconvenientes. Bien quisiéramos que nuestra pluma, mejor corta­da, se atreviese a trasladar al papel la escena de la niña con la mamá; pero diremos, en suma, que hubo prohibición de salir y de asomarse al balcón y de corresponder al mancebo; a todo lo cual la malva respondió con cuatro desvergüenzas acerca del libre albedrío y de la libertad de la hija para escoger ma­rido, y no fueron bastantes a disuadirla las reflexio­nes acerca de la ninguna fortuna de su elegido; todo era para ella tiranía y envidia que los papás tenían de sus amores y de su felicidad; concluyendo que en los matrimonios era lo primero el amor, que en cuanto a comer ni eso hacía falta a los enamorados, porque en ninguna novela se dice que coman las Amandas y los Mortimers', ni nunca les habían de faltar unas sopas de ajo.
Poco más o menos fue la escena de Augusto con mi hermana, porque, aunque no sea legítima conse­cuencia, también concluía de que los padres no deben tiranizar a los hijos, que los hijos no deben obedecer a los padres; insistía en que era independiente; que en cuanto a haberle criado y educado, nada le debía, pues lo había hecho por una obligación imprescin­dible, y a lo del ser que le había dado, menos, pues  no se lo había dado por él, sino por las razones que dice nuestro Cadalso, entre otras lindezas sutilísimas de este jaez.
Pero insistieron también los padres, y después de haber intentado infructuosamente varios medios de seducción y rapto, no dudó nuestro paladín, vista la obstinación de las familias, en recurrir al medio en boga de sacar a la niña por el vicario. Púsose el plan en ejecución, y a los quince días mi sobrino había reñido ya decididamente con su madre; había sido arrojado de su casa, privado de sus cortos alimentos, y Elena, depositada en poder de una potencia neu­tral; pero, se entiende, de esta especie de neutralidad que se usa en el día; de suerte que nuestra Angélica y Medoro se veían más cada día y se amaban más cada noche. Por fin amaneció el día feliz, otorgóse la demanda; un amigo prestó a mi sobrino algún dine­ro, uniéronse con el lazo conyugal, estableciéndose en su casa, y nunca hubo felicidad igual a la que aquellos buenos hijos disfrutaron mientras duraron los pesos duros del amigo.
Pero, ¡oh dolor!, pasó un mes, y la niña no sabía más que acariciar a su Medoro, cantarle una aria, ir al teatro y bailar una mazurca; y Medoro no sabía más que disputar. Ello sin embargo, el amor no ali­menta, y era indispensable buscar recursos.
Mi sobrino salía de mañana a buscar dinero, cosa más difícil de encontrar de lo que parece, y la ver­güenza de no poder llevar a su casa con qué dar de comer a su mujer, le detenía hasta la noche. Pasemos un velo sobre las escenas horribles de tan amarga posición. Mientras que Augusto pasa el día lejos de ella en sufrir humillaciones, la infeliz consorte gime luchando entre los celos y la rabia. Todavía se quieren; pero en crasa donde no hay harina todo es mohína; las más inocentes expresiones se inter­pretan en la lengua del mal humor como ofensa: mortales; el amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor, y las injurias acaban de apagar un resto de la antigua llama que, amortiguada, en ambos corazones ardía; se suceden unos a otros los reproches; y el infeliz Augusto insulta a la mujer que le ha sacrificado su familia y su suerte, echán­dole en cara aquella desobediencia a la cual no ha mucho tiempo él mismo la inducía; a los continuos reproches se sigue, en fin, el odio.
¡Oh, si hubiera quedado aquí el mal! Pero un resto de honor mal entendido que bulle en el pecho de mi sobrino y que le impide prestarse para susten­tar a su familia a ocupaciones groseras, no le impide precipitarse en el juego y en todos los vicios y bajezas, en todos los peligros que son su consecuencia. Co­rramos de nuevo, corramos un velo sobre el cuadro a que dio la locura la primera pincelada y apresuré­monos a dar nosotros la última.
En este miserable estado pasan tres años, y ya tres hijos más rollizos que sus padres alborotan la casa con sus juegos infantiles. Ya el himeneo y las priva­ciones han roto la venda que ofuscaba la vista de los infelices; aquella amabilidad de Elena es coque­tería a los ojos de su esposo; su noble orgullo, insu­frible altanería; su garrulidad divertida y graciosa, locuacidad insolente y cáustica; sus ojos brillantes se han marchitado; sus encantos están ajados, su talle perdió sus esbeltas formas, y ahora conoce que sus pies son grandes y sus manos feas; ninguna amabili­dad pues, para ella, ninguna consideración. Augusto no es a los ojos de su esposa aquel hombre amable y seductor, flexible y condescendiente; es un holga­zán, un hombre sin ninguna habilidad, sin talento alguno, celoso y soberbio, déspota y no marido...; en fin fin, ¡cuánto más vale el amigo generoso de su esposo, que les presta dinero y les promete aún pro­tección! ¡Qué movimiento en él! ¡Qué actividad! Qué heroísmo! ¡Qué amabilidad! ¡Qué adivinar los pensamientos y prevenir los deseos! ¡Qué no permit­ir que ella trabaje en labores groseras! ¡Qué asiduidad y qué delicadeza en acompañarla los días ente­ros que Augusto la deja sola! ¡Qué interés, en fin, el que se toma cuando le descubre, por su bien, que ;u marido se distrae con otra!...
¡Oh poder de la calumnia y de la miseria! Aquella mujer, que si hubiera escogido un compañero que la hubiera podido sostener hubiera sido acaso una Lu­recia, sucumbe por fin a la seducción y a la falaz esperanza de mejor suerte.
Una noche vuelve mi sobrino a su casa; sus hijos están solos.
-¿Y mi mujer? ¿Y sus ropas? Corre a casa de su amigo.
-¿No está en Madrid? ¡Cielos! ¡Qué rayo de luz! ¿Será posible?
Vuela a la policía, se informa. Una joven de tales y tales señas con un supuesto hermano han salido en la diligencia para Cádiz. Reúne mi sobrino sus pocos muebles, los vende, toma un asiento en el primer carruaje, y hétele persiguiendo a los fugitivos. Pero le llevan mucha ventaja, y no es posible alcanzarlos hasta el mismo Cádiz. Llega; son las diez de la no­che, corre a la fonda que le indican, pregunta; sube precipitadamente la escalera, le señalan un cuarto cerrado por dentro; llama; la voz que le responde le es harto conocida y resuena en su corazón; redobla los golpes; una persona desnuda levanta el pestillo.
Augusto ya no es hombre, es un rayo que cae en la habitación; un chillido agudo le convence de que le han conocido; asesta una pistola, de dos que trae, al seno de su amigo, y el seductor cae revolcándose en su sangres persigue a su miserable esposa, pero una ventana inmediata se abre, y la adúltera, poseída del terror y de la culpa, se arroja, sin reflexionar, de una altura de más de sesenta varas. El grito de la agonía le anuncia su última desgracia y la venganza más completa; sale precipitado del teatro del crimen, y encerrándose, antes que le sorprendan, en su habi­tación, coge aceleradamente la pluma y apenas tiene tiempo para dictar a su madre la carta siguiente:
"Madre mía: Dentro de media hora no existiré; cuidad a mis hijos, y si queréis hacerlos verdadera­mente despreocupados, empezad por instruirlos... Que aprendan en el ejemplo de su padre a respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que aprendan a domar sus pasiones y a respetar a aquellos a quien lo deben todo. Perdonadme mis faltas; harto casti­gado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa preocupación. Perdonadme las lágri­mas que os hago derramar. Adiós para siempre."
Acabada esta carta, se oyó otra detonación que resonó en toda la fonda, y la catástrofe que le sucedió me privó para siempre de un sobrino que con el más bello corazón se ha hecho desgraciado a si y a cuan­tos le rodean.
No hace dos horas que mi desgraciada hermana, después de haber leído aquella carta, y llamádome para mostrármela, postrada en su lecho y entregada al más funesto delirio, ha sido desahuciada por los médicos.
-Hijo..., despreocupación..., boda..., reli­gión..., infeliz... -son las palabras que vagan errantes sobre sus labios moribundos.
Y esta funesta impresión, que domina en mis sen­tidos tristemente, me ha impedido dar hoy a mis lectores otros artículos más joviales, que para mejor ocasión les tengo reservados.



Publicado en El Pobrecito Hablador,
1832.

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