CAPÍTULO I
Una oleada de reporteros inundó la casa.
Duke les vio llegar y comprobó personalmente la gran verdad de que nada puede
detener a la Prensa. Ni timbres de alarma, ni ojos eléctricos, ni, seguramente,
cables de alta tensión.
Eran caballeros (Caballeros de la
Prensa) y, por lo tanto, no necesitaban pedir permiso para meterse donde se
les antojara. Lo hacían y luego, una vez dentro, uno de ellos chilló:
-Con su permiso, señor Straley.
Y se repartieron por el despacho de Duke,
husmeándolo todo, descubriendo enseguida dónde estaba el mejor whisky,
vaciando en un par de segundos otras tantas botellas y diciendo, al tirar los
vacíos cascos:
-Gracias por el licor, señor Straley.
Bob Dennison y Elizabeth Straley miraban,
horrorizados, aquella nueva invasión de los bárbaros. Eran sólo quince hombres,
unos provistos de cuadernos de taquigrafía y otros armados de aparatos
fotográficos. Unos eran altos y delgados. Otros, bajos y enjutos; unos, rubios,
y otros, morenos; pero una cosa tenían todos de común: la mala educación, el
sombrero en la cabeza y la afición a sentarse en los lugares más inverosímiles.
-Buenos días -saludó, al fin, Duke.
-Buenos días, señor Straley -replicó el
decano de los invasores-. Ha sido usted muy amable recibiéndonos.
-Si ustedes lo creen así... -sonrió,
irónico, Duke.
-Desde luego -replicó el periodista-. Es
usted muy amable y ya sabe que en nosotros tiene a unos amigos sinceros.
-Gracias, muchas gracias -siguió
ironizando Duke-. Lamento que se haya terminado el whisky. Si quieren
cerveza, Butler les traerá unos botes que debe de guardar en la nevera.
El movimiento instintivo de todos los
periodistas recordó a Betty el de una jauría de perros a la que se enseña un
arenque ahumado. Todos empezaron a husmear para ver de descubrir el sitio donde
se encontraba la envasada cerveza.
Sonriendo, Duke pulsó un timbre y llamó,
por un micrófono colocado sobre su mesa de despacho:
-Butler, trae todas las latas de cerveza
que encuentres.
Cinco minutos después aparecía el
majestuoso mayordomo de los Straley. Traía una caja de cartón en uno de cuyos
lados se leía: "Cerveza en latas". Sobre la caja veíanse tres
o cuatro abrelatas.
Durante los diez siguientes minutos los
reporteros se estuvieron peleando por arrebatárselos mutuamente y abrir con ellos
las latas que les habían correspondido en la lucha por su posesión. Cuando
hubieron terminado de beber cerveza echaron los vacíos casos en la caja y
aseguraron que la cerveza detrás del whisky es deliciosa.
-Ahora nos tiene que dar algo más -dijo
el decano de los reporteros, hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años,
con los aladares blanqueados y un irónico bigotillo muy mal recortado.
-Si quieren unas inyecciones de
vitaminas... -sugirió Duke-. Creo que a todos ustedes les convienen. También
puedo examinar sus pulmones o extirparles las amígdalas.
-No se trata de nada de eso, señor
Straley -replicó el que llevaba la voz cantante-. Lo que usted puede darnos, y
nosotros deseamos, es noticias. Noticias de interés para nuestros lectores.
-¿Quieren que les dé noticias? -preguntó
Duke con genuino asombro-. No he inventado nada, no he descubierto ningún nuevo
cuerpo químico, ni he resuelto ningún misterio. Creo que las noticias me las
tendrán que dar ustedes.
-¿Bromea usted, señor
Straley? -preguntó el reportero.
-A veces bromeo más de la cuenta; pero en
estos momentos hablo muy en serio.
-Entonces... ¿Es que no ha leído los
periódicos?
-He leído unos periódicos; los que se
publicaron esta mañana...
En aquel instante apareció Butler y,
dirigiendo una despectiva mirada a los periodistas, avanzó hacia su jefe y le
entregó un diario.
-La última edición, señor -anunció.
Y como formaba parte integrante de la
casa y de la familia Straley, se permitió agregar, acentuando su disgusto por
la intromisión de aquellos vándalos:
-Creo que en el periódico encontrará el
motivo de este allanamiento de su morada, señor.
-Vive usted muy retrasado, señor Straley
-dijo, el Atila del periodismo-. Nuestros lectores se asombrarán de que
a los cinco minutos de haberse puesto a la venta los números especiales, usted
aun no los hubiera leído.
-Generalmente sólo se publican
extraordinarios para anunciar una degollina de bandidos o de policías, o un
crimen pasional. No me interesa nada de eso.
-Pero lo que hoy se publica sólo le
interesa a usted -dijo un redactor del post.
-Si sólo le interesa a mi hermano, ¿a qué
han venido entonces ustedes? -preguntó, con deliciosa sonrisa, Betty.
-Por la sencilla razón de que todo cuanto
se refiere a su hermano, señorita, interesa a la nación entera -replicó el jefe
de la banda.
-¿Por qué no leemos lo que dice el
periódico? -preguntó Bob Dennison, el amigo y futuro cuñado de Duke.
-No es necesario que lean nada -intervino el reportero jefe-. Esas
noticias ya son viejas. Se está tirando un nuevo número en el que se dan los
detalles de última hora.
-Y, por lo tanto, ustedes nos dirán lo
que se publicará en el tercer extraordinario, ¿no es así? -sonrió Betty.
-Desde luego.
-Y, a cambio, nosotros les diremos lo que
se publicará en la edición de las dos de la tarde.
-¡Magnífico, señorita! -aprobó el
periodista-. Es usted la primera mujer hermosa que también es inteligente.
¿Cuándo se casa con Dennison?
-Eso es noticia para la edición de las
cinco de la tarde -sonrió burlonamente Betty-. Vuelvan más tarde y podrán
invadir mi tocador, beberse la leche de almendras, el jugo de pepino y chupar
los lápices de los labios. Además podrán embadurnarse con rimmel.
-Ataca al hermano y deja a la hermana
-advirtió otro redactor-. Si tratas de ser más listo que ella sólo conseguirás
demostrar que eres más tonto.
-¡Formidable! -rió Betty. Y dirigiéndose al que acababa de
hablar, agregó:- Es usted el primer hombre que, además de ser periodista, es
inteligente. Le reservaré un frasco de jugo de rosas. Es una golosina
riquísima.
-Está bien, nos rendimos -gruñó el más
viejo de los periodistas, arrancando de manos de Duke el periódico que éste iba
a abrir-. No es necesario que lea nada. Así podremos hacer la interviú mucho
más emocionante.
-Está bien, empiecen a disparar. ¿A quién
he matado?
-A Funimaro Goto.
-¡Eh!
-¡Estupendo! -gritó el reportero,
mientras los fotógrafos captaban en sus placas el asombro de Duke-. La muerte
de Funimaro Goto ha sorprendido a Duke Straley.
-¿Quién mató al viejo Goto? -inquirió
Duke, muy serio.
-¿Quién le mató? -chilló uno de los
reporteros, a la vez que garabateaba en su cuaderno de taquigrafía-.
¡Magnífico!
-¿Quieren explicarse con un poco de
cordura? -pidió Duke-. No me gusta este juego.
-¿No estaba enterado de la muerte de
Funimaro? -preguntó, más serio, el portavoz de la Prensa.
-No.
-Pues murió hace tres días, en su isla
próxima a Bali.
-Próxima a las Filipinas -corrigió Duke.
-¿Conoce usted la isla?
-Más que isla es un atolón.
-Un depósito de perlas, ¿no es así?
-Dicen que está lleno de las mejores
perlas.
-Exacto, señor Straley. Funimaro Goto
poseía la mejor pesquería de perlas de todo Oriente. Nada de perlas de cultivo,
sino legítimas, gruesas como garbanzos remojados. Blancas, negras y
encarnadas...
-Nacaradas nada más -corrigió Duke-. Por
allí no se pescó jamás ninguna perla negra, y las encarnadas están por
descubrir.
-¿Las han buscado en el Mar Rojo?
-preguntó el periodista-. ¿No? Pues vayan a pescar ostras allí y verán como no
miento al decir que existen perlas encarnadas. Pero volvamos a lo nuestro. Hace
tres días Funimaro Goto dejó de existir. Hace cuarenta y ocho horas su cadáver
fue quemado y sus cenizas aventadas hacia el mar, al que tanto amaba y al que
deseaba volver para siempre. Hace veinticuatro horas, Pills y Barrow, de San
Francisco, abrieron el testamento del viejo Goto y descubrieron que, de acuerdo
con el testamento extendido hace dos años, legaba a su patria la suma de
ochenta millones de yens y toda su flota pesquera. Esto confirmaba el
testamento depositado en Tokio, en el cual se advertía que Funimaro Goto
dispondría de su isla a su conveniencia, y que todo intento de invalidar su
cesión, fuera a quien fuese, traería aparejado la anulación del testamento. Por
lo tanto nadie discutirá el derecho de Goto a legar su isla a su buen amigo
Duke Straley.
-¿A mí? -preguntó, sin inmutarse, Duke.
-Sí, señor Straley. Usted es el heredero
de la mejor pesquería de perlas del Pacífico. Funimaro Goto se la lega porque,
según dice en el testamento, usted es la única persona en el mundo que sabe ver
la belleza, y no sólo el valor, de las perlas. Eso lo comprobó Goto en los dos
meses que pasó usted en la isla de Puerto Lágrimas. ¿Puede explicarnos algo de
lo que hicieron los dos allí? ¿A qué fue usted a la isla?
-Pensaba ir al Japón, donde esperaba
encontrar el jarrón que me faltaba para completar mi colección de...
-Sí, sí, ya lo sabemos; pero usted no
llegó al Japón.
-No, no llegué allí. Desde Manila pasé a
Puerto Lágrimas, donde Funimaro me recibió como a un amigo. Estuve dos meses
con él y aprendí todo lo referente a las perlas. Funimaro poseía la mejor
biblioteca del mundo sobre la materia, que a él tanto le interesaba. Casi todo
eran originales encuadernados por él. Para complacerme hizo copiar todos sus
libros, que ya he dicho que eran únicos, y me cedió una copia. Al volver a
Nueva York traje conmigo aquel tesoro inapreciable, que a Goto le costó algo
así como cinco millones de dólares.
Un silbido de asombro brotó de los labios
de todos los periodistas.
-¡Cinco millones! -exclamó el portavoz-.
¡Qué barbaridad! ¿No exagera?
-Las copias que yo poseo son
fotográficas, y para obtenerse fue necesario hacer ir a Puerto Lágrimas, desde
Tokio, Shangai, Canton, Manila y Surabaya, un grupo de fotógrafos
especializados, formado por doscientos hombres y otras tantas cámaras. Además
acudieron quinientos especialistas en el revelado, positivado y ampliación
fotográfica. Trabajaron por turnos continuos, y necesitaron cuarenta días para
reproducir la totalidad del material. Si lo hubiesen copiado a mano y
pintándolo, como en los originales, la labor hubiera exigido un centenar de
años.
-¡Esto es muy interesante! -declararon
varios periodistas, entusiasmados por la información que iban a poder ofrecer a
sus lectores.
-¿Y posee usted todas las copias?
-preguntó el reportero principal.
-Todas. Llenan dos habitaciones y los
negativos ocupan cinco grandes cajas. Al volver a Nueva York, después de pasar
algunos días en San Francisco, empecé a reunir los datos complementarios que se
encontraban en nuestra patria. Pronto podré entregar a los editores el material
necesario para una enciclopedia perlífera.
-Pero ahora las cosas cambiarán, ¿no?
-preguntó el redactor del Post.
-¿En qué sentido? -inquirió Duke.
-En el de que irá usted a la isla de
Puerto Lágrimas y se dedicará a pescar perlas.
-No creo que sea ese el motivo por el
cual Goto me ha legado su isla. Hace bastantes años que apenas pescaba perlas,
por temor a que se agotara el lecho. Quizá anualmente vaya a pasar unos meses
allí, para ir sacando las perlas ya formadas y dejar las otras hasta que
alcancen su completo desarrollo.
-¿No habrá en la isla ningún tesoro escondido?
-No lo creo.
-¿Por qué, señor Straley, le nombró Goto
heredero suyo? ¿Lo sabía usted?
-Funimaro Goto nunca me habló de que
pensara legarme su isla. Para mí ha sido una sorpresa.
-¿Agradable?
-Tal vez.
-El testamento exige que vaya usted a
tornar posesión inmediata de la isla. ¿Cuándo saldrá hacia allí?
-En cuanto tenga en mis manos el
testamento y me convenza de que todo no es una broma de ustedes.
-No es una broma -dijo uno de los
reporteros, avanzando hacia Duke-. Soy Carter, del Centinela, de San
Francisco. En cuanto recibimos la noticia me enviaron a interviuvarle. En el
mismo avión especial viajaba el señor Pills, de la notaría de Pills y Barrow.
Lo tenemos fuera, encerrado en un auto, para que no pudiese anticiparle las
noticias del testamento. Ahora lo soltarán y...
Carter fue interrumpido por la violenta
apertura de la puerta, en cuyo umbral apareció un enfurecido y humillado
caballero de unos sesenta años de edad, cuyo sombrero hongo mostraba claras
señales del paso de los bárbaros.
-¡Cuándo salga de aquí les haré encerrar
en la cárcel! -gritó, agitando contra los reporteros el paraguas que empuñaba
con la mano derecha.
Luego miró a su alrededor y reconociendo
a Duke sin duda por las numerosas fotografías que de él había publicado la
prensa, preguntó:
-¿Puedo hablarle a solas, señor Straley?
-No lo intente -advirtió Duke-. Si a
estos caballeros les interesa averiguar lo que usted deba decirme echarán,
incluso, la casa al suelo para que no hallemos donde refugiarnos.
Jonás Pills quedó pensativo unos
instantes.
-Realmente, no es necesario guardar
secretos que ya se conocen -suspiró, al fin-. Estos caballeros -y señaló a los
periodistas-, registraron mi cartera abrieron el testamento, lo copiaron y
luego me dejaron en su coche hasta que uno de ellos hizo seña de que me
soltaran.
En los rostros de todos los reporteros se
veía una uniforme y beatífica sonrisa. Parecían niños incapaces de romper de un
pelotazo el cristal de una ventana.
-Según el testamento que el señor
Funimaro Goto redactó ante nuestros representantes, en la isla de Puerto
Lágrimas, conocida también por Tears Harbour, es usted heredero absoluto de la
isla y de cuanto en ella se encuentra. Además hereda también: dos goletas con
motor auxiliar y un buque de carga de mil quinientas toneladas, que actualmente
se encuentra en el puerto de San Francisco, cargando víveres y maquinaria para
la isla. La carga es también suya. En su testamento, Funimaro Goto advierte que
no deberá usted vender la isla a nadie.
-¿Eso es todo? -preguntó Duke.
-Eso es todo. El testamento está
redactado debidamente, en inglés y en japonés, a fin de que los testigos
japoneses pudieran comprenderlo sin dificultad alguna. Le he traído una copia
jurada. El original se encuentra en sitio seguro, debidamente registrado.
Dentro de quince días el vapor de que le he hablado parte hacia Puerto
Lágrimas. Si desea usted embarcar... podrá hacerlo en él. Si prefiere hacer el
viaje en el Clipper...
-Iré en el buque -dijo Straley. Y
volviéndose hacia los reporteros explicó:- Será un viaje de bodas para mi
hermana y para mi amigo Dennison. Pueden publicarlo.
-¿No temen a los piratas? -preguntó un
periodista-. Creo que por allí aún abundan.
-El pabellón de Funimaro Goto es
respetado por los piratas del Mar de la China -explicó Duke-. Pueden decírselo
a sus lectores.
-¿En cuánto valora usted la isla, señor
Straley? -preguntó el decano.
-En unos mil quinientos millones de
libras esterlinas -replicó Duke-. Claro que este cálculo es aproximado y en
realidad su valor debe de ascender a unos tres mil millones de libras.
-Y cada libra... vale cinco dólares, ¿no?
-preguntó, sin voz, el periodista más viejo.
-Algo más, pues actualmente el dólar está
más alto que las esterlinas.
-¿O sea que Funimaro Goto le ha legado
quince mil millones de dólares?
-Sin exagerar puedo decir que he heredado
veinte mil millones.
-¡Oh!
Durante cinco segundos, los periodistas
quedaron corno atontados por la magnitud de la suma. Luego, como galgos de
carreras que ven pasar ante sus hocicos la liebre mecánica, salieron disparados
hacia la calle. Duke, su hermana, Bob y el señor Pills se preguntaron cómo
había sido posible que no se llevaran por delante todo el marco de la puerta
del despacho, contra el cuál quedaron encajados unos instantes.
-¿Qué les ocurre? -preguntó el notario.
-Van a comunicar la noticia a todo el
mundo -dijo Duke-. No creo que sea cosa corriente heredar veinte mil millones.
-No, realmente no lo es -admitió el
notario-. No creí que ese atolón valiera tanto. Bien, señor Straley, me
hospedaré en el Park Hotel, donde me tendrá a su disposición hasta mañana por
la mañana, que regresaré a San Francisco.
-Si desea cobrar sus honorarios...
-Todo está pagado -sonrió Jonás Pills-.
El señor Goto depositó en nuestro poder diez mil dólares, después de pagar los
gastos de traslado a Puerto Lágrimas de nuestros representantes. Buenos días,
señor Straley. He tenido un gran placer en conocerle.
-El gusto ha sido mío, señor Pills
-aseguró Duke.
-Lo creo, lo creo -rió el notario.
Y como si la magnitud de la herencia no
hubiera cabido aún en su cerebro, repitió varias veces, antes de llegar a la
calle:
-¡Veinte mil millones! ¡Qué horror!
Duke le siguió con la mirada desde el
umbral de la puerta principal, y luego, entre su hermana y Bob, regresó al
despacho.
-¿Qué hace usted aquí? -preguntó,
extrañado, al ver al periodista que se había presentado a sí mismo como Carter,
del Centinela de San Francisco, sentado en un sillón y fumando uno de
los cigarrillos especiales de Duke.
-Me he quedado a decirle algo -sonrió el
periodista.
-Creí que por hoy los reporteros tenían
manjar sobrado -replicó muy serio, Duke.
-Ellos tal vez sí; pero yo tenía que
decirle dos cosas.
-¿Cuál es la primera? -inquirió Duke.
-Pues llamarle embustero y decirle que en
mi vida he escuchado una mentira mayor que la de esos veinte mil millones de
dólares. Cuando el público empiece a reírse de los periódicos que la
reproduzcan, se va a ganar el odio de todos mis colegas. ¡Veinte mil millones!
Creo que con una cantidad así se podría comprar todo un continente.
Duke sonrió.
-Veo que es usted más sagaz que sus
amigos -dijo.
-Eso creo -admitió, sin sonrojarse,
Carter-. Pero no se si ha obrado usted cuerdamente. Si quería deshacerse de mis
compañeros, podía haberlo hecho diciéndoles que si llegaban al Waldorf Astoria
en diez minutos en el comedor de Sert, hallarían una comida dispuesta para
ellos. Lo de decirles que la isla valía una montaña de dólares ha sido
ingenioso; pero traerá malas consecuencias.
-Tiene razón -admitió Duke, al cabo de
unos segundos-. ¿Se le ocurre alguna solución?
Carter sacó un cuaderno y arrancó de él
una hoja llena de números. Tendiéndola a Duke explicó:
-Estas son las matrículas de los cuatro
coches en que han llegado los periodistas. En estos instantes deben de andar a
todo gas por Broadway. Usted es amigo de Max Mehl, el jefe de Policía. Llámele
enseguida y dígale que ordene la detención, por los autos patrulla, de esos
coches y que cuando tengan a todos los reporteros detenidos, los lleven a un
buen hotel donde les servirán una opípara comida, al final de la cual usted les
anunciará la broma diciendo que se la ha gastado como venganza a su invasión de
esta casa...
Antes de que Carter terminara de hablar,
Duke descolgó el teléfono y marcó el número particular de Max, a quien
retransmitió, casi al pie de la letra, las instrucciones de Carter, terminando
con la petición de que llevara a los reporteros al Morocco, donde ya
estaría dispuesta la comida. Cuando Max hubo dado su conformidad, Duke colgó el
teléfono y llamó al restaurante El Morocco, en tanto que Betty,
conectando la radio con la emisora de la Policía, escuchaba el aviso
continuamente repetido de detener a los ocupantes de los cuatro autos, cuyas
matrículas se anunciaban.
CAPÍTULO II
-¿Y usted no quiere disfrutar de la
comilona que he encargado? -preguntó Duke al colgar el teléfono.
Carter movió negativamente la cabeza.
-No, señor. Me conformaré con lo que
tengan ustedes dispuesto, aunque sean emparedados de salchicha de Franckfort.
-Es una bonita manera de invitarse a
comer con nosotros -dijo Betty.
-Es un honor para ustedes -rió Carter-.
Al fin y al cabo rechazo una comida, en El Morocco, y les prefiero a
ustedes a ellos.
-Muchas gracias -dijo Bob-. Tenemos que
estarle reconocidos.
-Ve a advertir a Butler de que tenemos un
invitado -dijo Duke a su hermana.
Luego, volviéndose hacia Carter,
preguntó:
-¿Qué necesita, de mí? ¿Información?
-No. Su ayuda y, a cambio de ella, la
mía.
-¿Mi ayuda para qué?
-Para reconocer un collar de perlas. ¿Se
considera usted capaz de reconocer a simple vista un collar legítimo entre
quince o veinte falsos?
-Si los falsos están bien hechos es
imposible distinguirlos de los buenos.
-Pero usted podrá reconocer una perla
legítima, aunque se encuentre en una bandeja llena de imitaciones. Yo no sabría
reconocer una perla buena, porque no he visto ninguna, o por lo menos casi
ninguna; pero tanto si las legítimas son más bonitas como si son más feas,
tiene que existir alguna diferencia.
Duke movió negativamente la cabeza.
-No. Llevo unos años estudiando
detenidamente las perlas y sus imitaciones y puedo decirle que el mejor
conocedor de perlas no sería capaz de resolver con éxito el problema que usted
expone. Si se tratara de las antiguas falsificaciones, quizá fuera posible
descubrir la verdad; pero en nuestros días, la industria de las perlas de
imitación se ha desarrollado de tal forma, que las perlas imitadas resisten
todas las pruebas de identificación, excepto la de la aguja eléctrica que
ilumina el interior de la perla perforada. Si la perla está sin perforar, la
solución exigiría quizá meses de estudio, y puede que aun entonces el perito no
fuera capaz de elegir la perla legítima.
Carter pareció reflexionar sobre lo que
Duke acababa de decirle.
-Usted debe de referirse a perlas hechas
a propósito para engañar a un perito, ¿no.? Por ejemplo esos collares de perlas
que se hacen para que las propietarias de collares valorados en cien mil o más
dólares puedan hacer ver que los lucen, cuando, en realidad lo que llevan es
una imitación de la joya que guardan en la caja de caudales. Esos collares
deben de tener un valor muy grande y sólo pueden encargarse cuando han de
ocupar el sitio de otros propios de una emperatriz. ¿No es eso?
-Sí. Me refería a esos collares.
Carter respiró más aliviado.
-Pero las perlas a que yo me refiero son
de otra clase -siguió-. ¿Cree usted que podría reconocer un collar legítimo,
colocado entre veinte o treinta de los más baratos? De esos que se venden a
diez centavos o a un dólar como máximo.
-Eso es distinto -replicó Duke-. No
tardaría ni medio minuto en reconocerlo.
-¡Maravilloso! Es usted nuestra
salvación. Sólo usted podría sacarnos del apuro en que estamos. Si no fuera
todo lo decente que dice la fama, no le hubiera propuesto una empresa
semejante. Otro podría dejarse vencer por la tentación de darnos el cambiazo. Pero
veo que su hermana viene a anunciarnos que la comida está dispuesta. El licor y
la cerveza me han abierto el apetito.
En aquel momento, y cuando Betty se
disponía a desconectar la radio, se oyó este mensaje:
-¡Atención, Duke! ¡Atención, Duke!
¡Atención, Duke! ¡La orden ha sido cumplida! ¡La orden ha sido cumplida! ¡Los
presos marchan hacia África! ¡Sí, los presos marchan a Marruecos! ¡Saludos de
Max!
-Me alegro de que no haya fallado la
solución -dijo Carter-. Y ya que ha seguido mi consejo, ¿quiere seguirme
haciendo caso y encargar un avión ultra-rápido que nos conduzca a San Francisco
en el menor espacio posible de tiempo?
-¿Y qué debemos hacer en San Francisco?
-preguntó Duke.
-Encontrar las perlas, impedir que le
vuelen el "Kiichiro Maru".
-¿Qué bicho es ese? -preguntó Bob.
-Supongo que debe de ser el barco que me
ha legado Funimaro Goto.
-Eso mismo, señor Straley. Hay quién
tiene interés en impedirle la llegada a Puerto Lágrimas. Yo puedo protegerle y
al mismo tiempo proteger a otra persona, ya que sus enemigos son los enemigos
de ella.
-¿Y entre medio está el collar? -preguntó
Betty.
-Sí, señorita. El collar es el lazo de
unión entre ambos motivos.
-No entiendo nada -declaró Betty.
-Es
natural... -empezó Carter.
Cómo en aquel momento Duke estaba
hablando con el aeródromo, el periodista se interrumpió para advertir:
-Encargue un avión especial para dos
pasajeros -dijo-. Son los más rápidos.
-Pero somos cuatro -advirtió Betty.
Carter movió la cabeza.
-No, señorita. Usted y su novio deben
quedarse en Nueva York. Las personas con quiénes tenemos que habérnoslas, no
vacilarían en perjudicarla a usted y a su novio, si veían la posibilidad de
imponerse con ello a su hermano. Dichas personas no tienen agentes en Nueva
York, pues sus negocios sólo están relacionados con Oriente. Por lo tanto aquí
no corre usted peligro; pero una vez llegara a San Francisco... Piense lo peor
y multiplíquelo por diez. Entonces se aproximará un poco a lo que son capaces
de hacer.
-¿Quiénes? -preguntó Bob Dennison.
-Nuestros enemigos.
-¿Y quiénes son nuestros enemigos?
-preguntó Duke.
-Mientras atravesamos de extremo a
extremo el continente, tendremos tiempo de sobra para hablar de ello. Ahora me
estoy cayendo de debilidad.
***
El avión, había partida del aeródromo de
Newark y volaba hacia Chicago, desde donde descendería a Omaha, de allí a
Cheyenne, luego a Salt Lake City y por último a San Francisco, en total unas
dos mil seiscientas millas que el veloz aparato recorrería en unas diez horas.
En la cabina, a prueba de ruidos, estaban
sentados Duke y Carter. Éste explicaba su historia.
-No trabajo en el Centinela
-dijo-. Trabajé en un tiempo y en Nueva York, no se han enterado de que me
expulsaron por haberle dicho al editor lo que pensaba de él. No le dije ninguna
mentira ni exageré ninguno de sus defectos; pero lo peor que se le puede decir
a un hombre es la verdad. Juró que me cerraría las puertas de todos los
periódicos decentes de la costa del Pacífico, y demostró que la amenaza no era
vana. Al fin tuve que entrar en una revista de cobertera. ¿Sabe lo qué son?
Duke movió negativamente la cabeza.
-Es un negocio extendido por toda la
nación. Existen en las capitales más importantes y son un producto de nuestro
sistema político. Yo diría, también, que son una vergüenza; pero hasta hace
poco me he ganado la vida en ellas. Cuando un periodista empieza a rodar sólo
tiene un temor; el de acabar en una de esas revistas. Entonces está ya perdido
y nunca más volverá a levantar la cabeza. Pierde el honor y pierde el respeto
de sus compañeros. Cuando se encuentra con ellos, ve como todos le vuelven la
espalda...
-Aun no me explicado qué clase de
revistas son esas.
-¿Es usted lector de anuncios de
colocaciones? -preguntó, inesperadamente, Carter.
-Me distraigo mucho leyéndolos.
-Entonces habrá encontrado muchas veces
un anuncio que dice así: "Se necesitan periodistas" o "Faltan
reporteros" o, simplemente: "Se necesitan escritores".
Se prometen buenos ingresos y no es necesario emplear en el trabajo más horas
de las que se tengan libres, es decir, que se puede combinar dicho trabajo con
otro cualquiera. Claro que si se tiene un trabajo decente, nadie acepta eso. Es
muy sospechoso que en una ciudad, donde, por muchos que sean los periódicos, se
pueden visitar todas las redacciones en una mañana, y los del oficio están al
corriente de las vacantes que se producen, haya alguien que pida reporteros y
de tantas facilidades.
"Yo, cuando estuve al final de mis
recursos, acudí a una de esas redacciones. La puerta era de cristal esmerilado
y en letras negras se leía: “Pacific. La revista de los visitantes de San
Francisco”.
"Entré en la redacción y vi sólo unas
cinco o seis mesas con máquinas de escribir. Junto a cada máquina se veía un
teléfono y abundante papel. Al fondo se hallaba una enorme mesa llena de
periódicos del día.
"Me recibió el director de la
publicación y me explicó lo que debía hacer. Me entregó un recorte de un
periódico de la mañana en el cual se relataba que el conocido productor
cinematográfico, Mac Naylan había sido detenido la noche anterior por escándalo
público. La Policía lo recogió en plena calle, borracho cono una cuba y se le
acusó de haber ofendido a varias señoritas que pasaron por allí de regreso de
su trabajo. El Juez del tribunal nocturno le reprendió muy duramente y después
de multarle con cien dólares le envió a su hotel.
"Si es usted un antiguo reportero ya
sabe lo que debe hacer -me dijo el hombre- La revista se vende a cincuenta
centavos. Por cada ejemplar que usted consiga vender recibirá veinticinco
centavos.
-¿Y qué era lo que debía usted hacer?
¿Chantaje?
-Es una variedad del chantaje. Lo
comprenderá enseguida. Me senté ante una de las máquinas y después de
reflexionar un momento empecé a escribir algo así:
"La Policía de San Francisco ha sido
víctima involuntaria de un error, que ha lanzado una mancha sobre el buen
nombre de una persona tan conocida en los círculos de California, como el
productor Mac Naylan, que se hallaba en nuestra ciudad para asistir al estreno
de su última producción.
"En la noche del miércoles, cuando
el señor Mac Naylan se dirigía a pie al cine, disfrutando de nuestro delicioso
clima, fue abordado por un mendigo que le solicitó una limosna. El señor Mac
Naylan, cuyos buenos sentimientos son de todos conocidos, sucumbió a la
petición que debía resultarle tan gravosa, pues aquella misma noche, al
abandonar el cine después del formidable éxito de su película, el productor se
dio cuenta que el "mendigo" le había sustraído la cartera, que
contenía mil quinientos dólares.
"Mientras tanto, el ladrón invirtió
en licor el producto del robo, emborrachándose terriblemente y provocando un
escándalo al que puso fin la Policía deteniéndole y conduciéndole ante el juez
del tribunal nocturno. Por los documentos encontrados en la cartera, se supuso
que el detenido era el productor Mac Naylan, y el juez le condenó a una multa,
enviándole luego a su hotel acompañado por dos policías.
"Cuando el borracho llegó al hotel,
el portero descubrió a los policías el error cometido, diciendo que el
productor señor Mac Naylan había llegado bastante rato antes y se encontraba en
sus habitaciones. El detenido sólo podía ser un impostor.
"La policía presentó sus excusas al
señor Naylan; pero, desgraciadamente, uno de los reporteros que hacen
información en el tribunal nocturno, transmitió la noticia a su periódico, que
la publicó al día siguiente.
"El señor Naylan demostró su buena
voluntad absteniéndose de encausar al director del periódico y al juez del
tribunal nocturno, dando el incidente por terminado, sin exigir, siquiera, una
rectificación en el periódico. Su único comentario fue: "Son tantas las
cosas malas que me cargan, que una más no me perjudicará".
Carter interrumpióse un momento y sonrió
como si en el fondo se sintiera un poco orgulloso de su inventiva.
-Después de escribir el artículo
-siguió-, lo entregué a la linotipia y cuando estuvo compuesto hice sacar un
par de copias y lo envié al productor Mac Naylan, quien, encantado de la "justicia"
que se le hacía, me encargó mil ejemplares para distribuirlos entre sus amigos,
a fin de demostrarles la injusticia que, por una vez, habíase cometido con él.
"Esas son las revistas a que me
refiero. En las grandes ciudades siempre ocurren cosas que para ciertas
personas son importantes. Si un casado se olvida de que lo es y luego ocurre
algo que lo coloca ante la curiosidad del público, la revista local acude en su
ayuda, da una explicación falsa al incidente y el hombre, agradecido, compra
cien o doscientos ejemplares que demostrarán a su mujer, que todo ha sido una
calumnia, ya que una revista tan importante como la "Pacific",
defensora de las buenas costumbres, explica la verdad del incidente.
-Está visto que por mucho tiempo que uno
viva siempre ignora algo -dijo
Duke-. ¿Sigue trabajando para la revista?
-No. Lo dejé hace unos meses cuando
conocí a Jerry.
-¿Un amigo?
-Una muchacha deliciosa; pero con un
pasado no muy claro.
-¿En qué sentido, no es claro?
-En ninguno deshonesto. Es la muchacha
más bonita y más honrada que he conocido. Vivió mucho tiempo en China, de donde
trajo bastantes cosas; pero no nos precipitemos. Jerry vive en el Paraíso.
-¿El cielo?
-No, es una pensión donde el ser más
normal era yo. Todos los demás son gente muy extraña. Jerry es americana; pero
se crió en China. Es una muchacha distinta de las demás. Todos los que se han
criado en Oriente se diferencian mucho de nosotros.
-Usted está enamorado de ella, ¿verdad?
Carter sonrió.
-Sí -dijo, a. fin-. Cuántos la ven se
enamoran de ella. Yo no he sido distinto de los demás, pero ella se ha portado
conmigo como con todos. Quisiera poderle explicar mucho más; pero no puedo
hacerlo hasta que lleguemos al Paraíso. Sólo le diré lo que he averiguado por
mí mismo.
El perfecto aislamiento de la cabina
permitía que se fumase en ella sin ningún peligro. Carter encendió uno de los
cigarrillos especiales de Duke, elaborados por éste mismo, mediante una mezcla
de tabacos sólo conocida por él, y lanzando hacia el bajo techo una bocanada de
humo siguió:
-Se que Jerry y su padre vivieron en
Shanghai hasta el año treinta y siete. Cuando los japoneses ocuparon la ciudad,
el padre de Jerry murió; pero la muchacha no echa las culpas a los japoneses,
sino a cierto Harper Barton, también en Shanghai, pero con las oficinas
centrales en San Francisco. No me ha dicho exactamente lo que ocurrió con
Harper, sin embargo, se que entre los dos existe un latente estado de guerra.
"Al quedar inutilizado Shanghai para
sus operaciones, Barton se trasladó a Singapur, adonde había ido, también,
Jerry. Ésta, no se entretuvo y con veinticuatro horas de anticipo tomó el
Clipper y se vino a San Francisco. Traía una caja con diez dragones de bronce,
maravillosa joya u obra de arte china. Harper Barton la siguió; pero al llegar
a San Francisco comprendió que había hecho tarde. Los dientes de los dragones
habían desaparecido.
-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó
Duke.
-No lo só. Jerry y Harper se vieron una
vez en la calle y yo fui involuntario testigo de su conversación. Barton exigía
los dientes de los dragones y Jerry le pedía a cambio, los documentos.
-¿Cuáles?
-No lo sé. Las palabras de ambos fueron
estas: "Déme los dientes de los dragones" y Jerry
contestó: "Déme los documentos". Barton pareció enfurecerse y
dijo: "Pide usted mucho". Jerry replicó: "Ofrezco
mucho". Entonces Barton prometió no detenerse ante nada con tal de
apoderarse de aquellos dientes. Jerry contestó que si cometía alguna tontería
lo perdería todo, pues los dientes estaban tan bien ocultos que ni ella misma
podría dar con ellos. Eso desconcertó a Harper Barton; pero luego debió de
comprender el significado de las palabras de la muchacha, pues preguntó:
"¿Las ha mezclado con otras?".
-¿Las? ¿En femenino?
-Sí. Quizá se refería a otra cosa. Jerry
echóse a reír y asintió con la cabeza. Dijo que ella recobraría los dientes y
que entonces la victoria sería suya. Entonces Harper Barton pronunció estas
palabras: "Sé que confía en Funimaro, mas yo cuidaré de que no
pueda ayudarla, Jerry". Después de esto se alejó y Jerry se quedó tan
pálida que comprendí que Barton la había herido en lo vivo.
-Todo eso es muy misterioso. ¿No sabe
nada más?
-No. Pasó bastante tiempo y Jerry no fue
molestada. En su cuarto en una caja de ébano, guarda los diez dragones sin
dientes, y la caja está guardada, continuamente, por Kingoro, un japonés
naturalizado americano, que no habla ni tres palabras seguidas. Hace unos días
Jerry me dijo que no podía aguardar más y que si no tomaba una inmediata
decisión se exponía a que Barton se le anticipase. Me entregó un radiograma
redactado en estos términos -y Carter tendió a Duke un papel en el cual se
leía:
"Conservo
dragones en mi poder; pero escondí los dientes. Venga enseguida, pues peligran.
Harper anda cerca".
-¿A quién iba dirigido?
-A Funimaro Goto, a la isla de Puerto
Lágrimas.
-¿Y qué ocurrió?
-La primera noticia que tuvimos de allí
fue la de que Funimaro Goto había muerto y estaba ya incinerado.
-Eso podría significar un asesinato, ¿no?
-Eso mismo dijo Jerry. Al saber que el
japonés había muerto aseguró que todo era obra de Barton y agregó, casi
llorando, que los dientes de los dragones estaban perdidos para siempre y que
ella había sido una loca. Luego Kingoro debió de hacer algunas investigaciones,
pues ayer Jerry me entregó dinero y un pasaje en el avión de Nueva York y me
dijo que era muy importante que me pusiera en comunicación con usted, pues era
el único capaz de reconocer unas perlas buenas de las malas. Sobre todo era
usted el único que no abusaría de su descubrimiento.
-Me ha contado usted muchas cosas; pero
en realidad no me ha dicho nada. Antes ha hablado de que pensaban volar el Kiichiro
Maru. ¿Es cierto?
-Sí. Kingoro lo averiguó. Hay interés en
que el heredero de Funimaro no llegue a Puerto Lágrimas.
-Sospecho que en medio de tantas
complicaciones, yo soy algo así como el campo de batalla, que no tiene nada que
ver con ninguna de los dos contendientes y, sin embargo, es el que sale peor
librado.
Carter sonrió ante la broma.
-Sí -admitió-. Algo por el estilo. De
todas maneras, la trama es muy complicada y juegan de por medio intereses
enormes. Harper Barton es un hombre poderoso, tanto, que si deseara un arca del
puente de la Puerta de Oro se lo servirían en bandejas. Es un mal enemigo. Y es
enemigo nuestro, mejor dicho, es enemigo de Jerry. También es enemigo de usted,
porque desea apoderarse de la isla de Puerto Lágrimas.
-¿Por el valor de los lechos perlíferos?
-No. Nada de eso. La isla es una
propiedad particular. Un simple atolón que, en el mejor de los casos, no valdrá
ni dos millones de dólares, suponiendo que alguien fuera la bastante loco para
llegar a pensar en ofrecer tanto dinero.
-Sin embargo, la riqueza perlífera es
enorme.
-Era enorme, señor Straley. Funimaro Goto
la ha estado explotando durante muchos años. Cuando usted le visitó, la
explotación habíase reducido al mínimo y Gota tenía proyectado interrumpirla
totalmente en los próximos diez años. ¿No cree usted que su proyecto era bueno?
-En efecto -admitió Duke-. De continuarse
la explotación, el lecho se habría agotada totalmente.
-Funimaro lo sabía y pensaba aprovechar
los últimos años de su existencia en completar sus estudios sobre perlas. Lo
que ignoraba Goto es que el gobierno de los Estados Unidos desea y necesita ese
atolón. Está próximo a las Filipinas; pero cuando se tomó posesión de ellas no
se incluyó en la lista de islas, ya que ni siquiera los españoles llegaron a
ocuparla. Un marino español naufragó una vez allí y estuvo unos meses en el
atolón, hasta que fue recogido por otra buque. En su informe, el náufrago
bautizó al atolón con el nombre de Puerto Lágrimas. Al cabo de poco tiempo,
Funimaro debió de leer la relación del marinero y, sin duda, encontró en ella
algún dato que le hizo sospechar la existencia de un riquísimo yacimiento
perlífero. Marchó hacia el atolón, tomó posesión de él en nombre de su patria; pero
entonces el Japón estaba dándoles la gran paliza a los rusos y no quiso
complicar sus relaciones con los Estados Unidos; por lo tanto, rechazó la
oferta que le hacía Funimaro Goto, replicando que el japonés podía ocupar por
su cuenta el cinturón de coral.
-¿Y no hicieron nada los Estados Unidos?
-preguntó Duke.
-Ni ellos ni los holandeses quisieron
declararse dueños de un terreno sin ningún valor. Los holandeses estaban
demasiado ahítos de carne buena para molestarse en ocupar aquellos huesos
mondos y lirondos que no valían lo que un palmo de sus Indias. Los yanquis, por
la vecindad del atolón, hubieran querido, gustosamente, ocuparlo con el único y
exclusivo objeto de que no fuese a parar a manos de los japoneses; pero andaban
demasiado atareados con los insurrectos filipinos y lo que menos les interesaba
era disgustar al Japón, que podía perfectamente dedicarse a surtir de armas a
los tagalos, prolongando así, hasta sabe Dios cuándo, la insurrección.
Carter miró a Duke y sintióse muy satisfecho
del interés que el famoso aventurero demostraba.
-Pasó el tiempo -continuó-, y Funimaro
quedó transformado en el dueño y señor de Puerto Lágrimas. Era un Estado
minúsculo, sin habitantes fijos, sin ningún valor aparente, sin la suficiente
extensión para instalar en él una base naval; pero... llegamos a nuestros días.
El Clipper vuela de América a Singapur, hacen falta bases aeronavales, y Puerto
Lágrimas ha cobrado de pronto, un valor tan grande, que los Estados Unidos
están dispuestos a pagar una fortuna por esa laguna en el centro de un cinturón
de corales. Harper Barton es rico; pero a ningún millonario le disgustaría
aumentar su fortuna en veinticinco millones, suma que el Departamento de Guerra
ofreció a Funimaro. Él no la aceptó porque, como es natural, hubiera preferido
ceder su isla al Japón. Pero su nieto no tiene tantos escrúpulos ni tanto
cariño a su patria. Se ha educado en California, ha vivido siempre aquí y, por
lo tanto, no desea más que poder vender la isla y disfrutar de los millones.
-Pero la isla no le pertenece.
-No; pero si usted muriese, él podría
invalidar el testamento de su abuelo y demostrando que Funimaro Goto no le
nombró para nada en su última voluntad, podría reclamar la fortuna y la isla.
Al fin, se conformaría con ella, la cedería a Barton, que le pagaría diez o
doce millones y a su vez la vendería por lo máximo que pudiera obtener.
-¿Y los dientes de los dragones, los
dragones de bronce y las perlas?
-Eso se lo explicará Jerry cuando lleguemos
al Paraíso. Lo único que puedo decirle es que dichos dragones tienen un valor
religioso que puede transformarse en político. Los dragones son chinos y creo
que simbolizan la paz.
-No comprendo casi nada -sonrió Duke.
-Ya le he dicho que todo es muy
complicado. Se trata de una madeja muy enredada y sólo Jerry sabe donde está el
cabo por el cual se puede sacar el ovillo. En cuanto descendamos en el
aeropuerto, marcharemos al Paraíso.
-¿Qué lugar es ese?
-Una especie de pensión un tanto extraña.
En un tiempo fue una quinta de recreo mandada construir por un minero que había
dado con un buen yacimiento de oro. El hombre, en sus horas de soledad había
leído muchas novelas, y al construirse la casa hizo que la llenaran de
pasadizos secretos. La casa estaba junto a la playa, y durante muchos años
estuvo aislada; luego se fue poblando el lugar y como el minero, cansado de
vivir allí se marchó a Nueva York, el edificio pasó por diversas manos hasta
llegar a las de mamá Higgins, que la transformó en pensión un tanto
estrafalaria. Allí se hospedan Jerry y sus mejores amigos. Y también se
hospedará usted. He anunciado ya su llegada y le esperan como el señor John
Smith. No olvide que para todo el mundo usted es Smith.
-Un nombre muy conocido -sonrió Duke.
-En casa de Mamá Higgins siempre hay un
John Smith. No le extrañará.
De pronto se abrió la puertecita que
comunicaba con el departamento del piloto, y éste tendió a Duke una hoja de block.
Era un mensaje radiotelegráfico.
-¡No está mal! -exclamó Duke, después de
leerlo y al mismo tiempo que la tendía a Carter.
El periodista leyó el mensaje, que estaba
redactado en los siguientes términos:
"Mensaje
transmitido por Morse luminosa desde avión que acaba de adelantarnos: A Duke
Straley, en su aparato: Acabamos de dejarte atrás. Viajamos en bombardero de
gran radio de acción que realiza viaje de pruebas de velocidad desde Floyd
Bennet a San Carlos, San Francisco. Llegaremos tres a cuatro horas antes que tu
mosquito. Nos hospedamos en Hotel Imperial. Cuando quieras hacer viaje rápido,
pide consejo a tu hermana y a tu cuñado. Acabamos de casarnos y hacemos primer
viaje de novios en este cuatrimotor. Besos de Betty y Bob".
-Tiene usted una hermana muy lista, señor
Straley -comentó Carter.
-Y muy entrometida -replicó Duke,
mientras por la ventanilla observaba el enorme avión que, desarrollando toda su
velocidad, que bordearía los setecientos kilómetros por hora, les iba dejando
atrás-. Hubiese preferido que no se complicara en este asunto.
-Y yo también, señor Straley -replicó,
sombriamente, Carter-. Su hermana puede ser un arma que Barton puede utilizar
contra usted.
-¿Dónde vive ese Barton?
-Tiene sus oficinas en el barrio
comercial de San Francisco; pero su domicilio particular es un misterio para
todos. Allí tiene su guarida y su cuartel general, y creo que sería más fácil
asaltar la Casa de la Moneda en Washington que llegar hasta Harper Barton.
CAPÍTULO III
La espesa niebla dificultó bastante el
aterrizaje del aparato. Al fin, después de tres intentos fallidos, el avión se
posó en la pista del aeropuerto de San Francisco. Paróse el motor, y la niebla,
que habíase disipado un poco en torno al aparato, volvió a cerrarse sobre él
cuando la hélice dejó de girar.
Duke Straley y Carter saltaron a la
húmeda pista de cemento, cambiaron un apretón de manos con el piloto y
dirigiéronse a las oficinas del aeropuerto.
-Señor Straley, tenemos un mensaje para
usted -anunció el encargado de la oficina, entregando a Duke una hoja de papel
en la que se leía escrito a máquina:
"Hemos llegado bien. Piloto trató
de destrozar el aparato en el aterrizaje pero no pudo conseguirlo, cosa que
celebramos. Aguardamos tu visita en el Imperial, habitación 120. No vayas a
vernos hasta la noche, pues no nos tenemos en pie. Abrazos, Betty".
-Se recibió hace un par de horas -explicó
el empleado.
Duke le dio las gracias, y acompañado por
el reportero salieron del aeródromo, frente al cual vieron unos taxis. Tomaron
uno de ellos y Carter dio una dirección al chofer. Éste debía de ser un perito
en el arte de guiar a ciegas pues conducía sin vacilaciones su auto a través de
la casi sólida cortina de niebla, adivinando cuando debía desviarse para no
chocar contra otro auto o frenar para no echarse encima de algún transeúnte que
parecía un fantasma.
-Estoy deseando llegar a casa -dijo
Carter, arreglándose el cuello de la camisa-. El andar entre la niebla me hace
sentirme como indefenso ante un grave peligro.
Volvióse a mirar por la ventanilla
trasera si les seguía algún otro coche; pero la precaución era totalmente
inútil, ya que el manto de niebla que llenaba San Francisco era absolutamente
impenetrable, y aunque los relojes señalaban las once de la mañana, la
visibilidad era tan nula como si hubieran señalado las once de una noche en que
el alumbrado público hubiera sido cortado.
Siguiendo las calles poco frecuentadas,
el chofer les fue haciendo atravesar una parte de San Francisco, deteniéndose
al fin ante una casa apenas visible, que se levantaba al final de un jardincito
que debía de rodearla.
-Ya hemos llegado -suspiró Carter-. Le
juro que a medida que nos íbamos acercando temía cada vez más que nos
dispararan una ametralladora o nos echasen una bomba. Los hombres de Barton son
capaces de todo lo que él les ordene, y Barton es capaz de ordenar lo más
increíble.
Descendieron del vehículo y Carter aconsejó:
-Entre enseguida. La puerta está abierta.
Luego, volviéndose hacia el taxista, le
preguntó cuánto importaba la carrera.
Duke se separó de él. Carter entregó un
billete de a cinco dólares, y mientras aguardaba el cambio encendió un cigarrillo.
Cuando llegó a la puerta de la casa,
después de atravesar el jardincito, que olía a tierra mojada, Duke se detuvo.
¿No había cometido una ingenuidad dejándose llevar hasta allí por un hombre que
era un completo desconocido y que ni siquiera le había dado una explicación
satisfactoria de los motivos que le habían impulsado a trasladarse a Nueva
York? Pero, no; Carter le era simpático y ni por un momento había sospechado de
él. Era un amigo que deseaba ayudarle y, al mismo tiempo, ayudar a aquella
Jerry, de quien, sin duda, estaba enamorado.
El ruido del taxi, al ponerse de nuevo en
marcha, le hizo volver la cabeza. No vio la calle, ni el taxi ni a Carter. Todo
quedaba oculto por los jirones de amarillenta niebla que parecía brotar de la
tierra. La casa debía de estar muy cerca del mar, pues se oía el rumor del
oleaje.
Un poco irritado por la no aparición de
Carter, Duke volvió sobre sus pasos para llamarlo, pues no sentía el menor
deseo de entrar solo en la casa. La posibilidad de que se le estuviera
tendiendo una trampa pasó de nuevo por el cerebro de Duke y, con la mano en la
culata del revólver que llevaba en el bolsillo derecho de la chaqueta, salió
del jardincito y fue hacia donde había visto por última vez a Carter.
Le vio, al fin, junto a la esquina,
apoyado en un poste telefónico, con el cigarrillo entre los labios. De pronto
abrió la boca y pareció escupir el cigarrillo.
-¿Por qué no viene? -preguntó en voz alta
Duke.
Carter no replicó. De su garganta salió
sólo un ronco estertor que heló la sangre en las venas de Duke.
Éste corrió hacia el periodista y la
pálida luz se reflejó en el largo cuchillo que le atravesaba el cuello yendo a
hundirse luego en la madera del poste y en la sangre que le manchaba ya toda la
camisa.
Duke no necesitó un examen más a fondo
para convencerse de que su compañero de viaje estaba muerto.
La serenidad que acompañaba siempre a
Duke en los momentos de mayor peligro le invadió. Su mano derecha empuñó velozmente
el revólver de gran calibre y reducido tamaño que llevaba en el bolsillo de la
chaqueta. El cerebro le funcionaba con toda precisión.
Había visto morir a Carter. La muerte
debía de haberse producido en el momento en que Duke le vio soltar el
cigarrillo.
Acercóse más al muerto y examinó el arma
homicida. Era un cuchillo de fuerte y pesada hoja, de empuñadura metálica,
sencillo pero terriblemente eficaz. Quizá un arma de lanzador de puñal.
La posibilidad de que a Carter le habían matado
a distancia, o sea tirando contra él el cuchillo desde unos diez o doce metros,
era admisible; pero no cabía duda alguna acerca de que semejante destreza
bordeaba lo maravilloso, ya que acertar a un blanco tan vago era empresa de un
genio. Por lo tanto, era más lógico suponer que el asesino no había lanzado el
arma, sino que había hundido con su propia mano el puñal en el cuello de
Carter. El que Duke no le hubiera visto no tenía nada de extraño, pues la
niebla podía haber protegido perfectamente al asesino.
Un rumor de pasos que se alejaban llegó a
oídos del joven millonario. Sin duda el que huía era el autor de aquel
asesinato; pero el perseguirlo era tan difícil, que Duke ni siquiera lo
intentó.
Por cumplir un requisito que juzgaba completamente
inútil, Duke tomó el pulso de Carter. Como esperaba, el corazón había dejado de
latir.
Comprendiendo que no podía hacer nada por
el muerto, Duke volvió a entrar en el jardín y fue a llamar a la puerta de la
casa. Una mujer apareció casi enseguida en el umbral.
-Buenas tardes -saludó Duke-. ¿Es este el
lugar conocido por El Paraíso?
-Soy Mamá Higgins -replicó la mujer-.
¿Quién es usted? ¿Qué desea?
-Me llamo John Smith -replicó Duke-.
Venía con el señor Carter...
-¡Ah! ¡Ya se! Entre, tenga la bondad.
¿Dónde está Carter?
-Fuera... en la calle... En fin, lamento
tenerle que comunicar que está muerto. Le asesinaron hace un momento.
Duke esperaba cualquier reacción menos la
que tuvo aquella sólida mujer.
Mamá Higgins le agarró de un brazo y, con
una fuerza impropia de una representante del sexo débil, le hizo entrar
violentamente en el pequeño vestíbulo de la casa, cerrando al mismo tiempo la
puerta que, por el interior, estaba forrada de acero y que tenía tantas
cerraduras automáticas como una caja de seguridad.
-¡Jerry! -llamó la señora Higgins.
Una joven -la más hermosa que Duke
recordaba haber visto y también la más exótica- apareció en el vestíbulo, en
inmediata respuesta a la llamada de la dueña.
-Jerry, este es el caballero a quien
esperabas -dijo Mamá Higgins-. Se llama John Smith. Hazle pasar al salón y
averigua lo que puedas. Dice que a Carter se lo han cargado afuera, junto a la
puerta. Nosotros nos encargaremos de él. Tú cuida de ese John Smith.
La mujer hablaba fríamente, sin ninguna
emoción, como si dirigiera las distintas fases de una importante batalla, y la
noticia de la muerte de Carter no tenía para ella más importancia que la de una
inevitable baja.
En cambio, Jerry parecía más afectada. La
hermosa joven poseía esa extraña expresión propia de quienes han vivido mucho
tiempo en Oriente y que, sin perder ninguno de sus rasgos característicos,
adquieren, no obstante, expresiones y gestos que los diferencian notablemente
de los occidentales. Jerry, sin tener nada de oriental, resultaba exótica, como
si su mesticismo espiritual tuviera algo de físico.
-¡Pobre Carter! -murmuró-. ¡Era un buen
amigo! Ya le previne que no debía unirse a mí. Son muchos los peligros que me
rodean. Y lo peor es que yo soy la que menos peligro corre.
De pronto se interrumpió, como si no se
hubiera dado cuenta hasta entonces de que no estaba sola. Mirando fijamente a
Duke, preguntó:
-Usted es el señor Straley, ¿verdad?
-Sí, señorita...
-Llámeme Jerry. Carter le habló de mí,
¿no es cierto?
-Temo que el pobre Carter no fuera muy
explícito en sus explicaciones acerca de usted. Me habló de que tenía usted
diez dragones y de que necesitaba un collar de perlas.
-Sí. El dragón necesita sus dientes de
paz -murmuró Jerry-. Entonces la felicidad volverá a la tierra.; pero si los
dragones no recuperan sus dientes, la guerra seguirá asolando el país más
hermoso del mundo.
-¿China? -preguntó Duke.
-Sí; pero todo eso no tiene importancia
para usted. Sólo Kingoro y yo sabemos dónde está el collar. Por eso no corro yo
peligro; pues si intentaran algo contra mí jamás lo recuperarían...
-¿Puede decirme qué tiene que ver el
collar con los dragones desdentados?
-El collar está hecho con los dientes de
paz -murmuró Jerry con la mirada perdida en algún punto lejano-. Yo lo escondí
y yo no puedo recuperarlo, porque no sabría reconocerlo.
En aquel instante Mamá Higgins entró en
el salón, seguida por un menudo japonés.
-Kingoro ha ocultado ya el cuerpo
-anunció la mujer-. La Policía no vendrá a molestarnos; pero el cerco se cierra
cada vez más, Jerry. Es necesario tomar una decisión.
-Esta noche recuperaremos el collar -dijo
Jerry. Luego, volviéndose hacia el japonés, agregó:- ¿Has advertido a los tuyos
que vigilen el Kiichiro Maru?
-Está perfectamente vigilado -replicó el
japonés, sorprendiendo a Duke por la pureza de su dicción-. Hemos colocado
detectores eléctricos, y si alguien intenta colocar un explosivo, la alarma
sonará.
-¿Y las sospechas de que había algunos
traidores entre la tripulación? -inquirió la joven.
-Confirmadas. Había tres traidores; pero
ya no están allí.
Nadie preguntó dónde estaban aquellos
tres traidores; pero Duke se imaginó un punto del fondo de la bahía y en él un
triple espectáculo nada agradable.
-¿Confesaron? -preguntó Mamá Higgins.
-Hablaron sin darse cuenta de que sus
labios pronunciaban terribles verdades. Sus ojos estaban fijos en oscilantes
espejos y sus cerebros, entorpecidos, dictaban palabras que eran condenas de
muerte.
-¿Hipnotismo? -preguntó Duke.
Kingoro, volviéndose hacia él y
acompañando sus palabras de una profunda reverencia, contestó:
-En efecto, señor. Un simple experimento
de hipnotismo. Muy sencillo y muy eficaz.
Mientras hablaba, el japonés había sacado
del bolsillo una pitillera de metal muy brillante y se esforzó en abrirla. La
luz se reflejaba en ella y Duke tuvo apenas tiempo de dominarse antes de que
aquellos destellos durmieran sus sentidos. Con un violento esfuerzo de voluntad
se impuso a la trampa que le tendía Kingoro y, al cabo de un minuto, advirtió:
-No se esfuerce en hipnotizarme. He
aprendido a dominar mis sentidos.
-Pero hubo un momento en que la razón se
alejaba con pausado vuelo -sonrió Kingoro.
-En efecto -admitió Duke-. Y si no
hubiera realizado su intento tan enseguida de haber hablado del mismo,
seguramente hubiese triunfado. Es usted inteligente.
-Su buen juicio me honra y será recordado
con orgullo por mí y por mis descendientes.
-Dejaos de cortesías y pasemos a lo que
importa -intervino Mamá Higgins-. ¿Has averiguado algo, Kingoro?
-Una fuerte mano hundió el cuchillo en la
garganta del señor Carter -replicó el japonés-. Éste es el cuchillo.
Al decir esto, el oriental tiró sobre la
mesa un largo y fuerte cuchillo, que Duke reconoció como el que viera un
momento antes hundido en la garganta del infeliz periodista.
Mamá Higgins lo cogió y lo estuvo
examinando unos instantes.
-Alemán -comentó-. Cuchillo de caza.
Pueden comprarse miles de ellos en las armerías de California. No nos da
ninguna pista.
-Y si alguna quedaba la habrán borrado
con tanto tocarlo -objetó Duke.
-Los bandidos modernos no dejan huellas
dactilares -replicó Jerry-. Y mucho menos los que luchan contra nosotros.
-Permítame examinarlo -pidió Duke.
Cogió el puñal de manos de Mamá Higgins y
lo estuvo estudiando unos minutos.
-Lo han afilado y agudizado aún más de lo
normal -hizo notar-. En un principio era de un solo filo. Ahora, en cambio,
corta por ambos lados como una navaja de afeitar. No haría falta ser muy fuerte
para matar con él a un hombre.
Kingoro arrebató suavemente el cuchillo y
lo guardó ene un bolsillo interior de su chaqueta, diciendo:
-Este mismo cuchillo hará justicia algún
día.
-Lo importante, ahora, es decidir lo que
debemos hacer -dijo Mamá Higgins-. Todo está dispuesto, tenemos ya entre
nosotros al hombre que necesitamos. Si no damos el golpe pronto, nos exponemos
a que ellos se nos anticipen.
-No pueden hacerlo -declaró Jerry.
-Si Harper Barton sólo hubiera hecho en
su vida las cosas que podía hacer, no habría llegado a ser quien es. Creo que
ha llegado el momento de que se hable claro a este caballero.
-No soy hombre curioso; pero creo que la
señora Higgins tiene razón -dijo Duke-. Cuéntenme toda la verdad; pues si he
venido hasta aquí ha sido con el objeto de ver en qué terminaba este misterio.
Desde el primer momento decidí no hacer nada a menos que se me convenciera de
que mi intervención sería beneficiosa a algún fin honrado.
-Mi fin es completamente honrado. Quiero
devolver la paz a China.
Jerry pronunció estas palabras con tal
sencillez que Duke se dio cuenta, enseguida, de que eran verdad. ¿Sería aquella
muchacha una fanática patriota?
-¿Cómo quiere devolver esa paz? -preguntó
Duke.
-Devolviendo a sus altares los diez
dragones de Confucio.
-Le ruego que empiece por el principio,
pues aunque usted me suponga muy enterado de esas cosas, le aseguro que nunca
he oído hablar de esos dragones de Confucio.
Jerry se levantó.
-Acompáñeme -dijo a Duke.
Salió del salón, seguida por el
aventurero. Kingoro y Mamá Higgins quedaron allí.
La joven subió por una ancha escalera de
roble y, al llegar al primer rellano tanteó la pared hasta hallar lo que
buscaba. Un segundo después aparecía una puerta en el muro, y Jerry, entrando
por ella, hizo seña a Duke para que la siguiese.
El pasadizo era muy estrecho y apenas
estuvo dentro de él, Duke notó que la puerta se cerraba a su espalda y, al
mismo tiempo, se encendían una serie de lucecillas que iluminaban el pasadizo. Éste
no era muy largo, y después de doblar varios recodos, llegaron ante otra
puerta, que Jerry abrió, apagándose al mismo tiempo las luces.
La habitación donde entraron era muy
reducida y debía de estar aislada del resto de la casa, pues no se veía ninguna
ventana ni otra puerta. Una potente lámpara iluminaba el interior de la
estancia, cuyo mobiliario consistía en una mesita de acero y dos sillas del
mismo metal. Sobre la anexa se veía una gran caja de ébano. Yendo hacia ella,
Jerry la abrió.
La luz reflejóse sobre la verdosa
superficie de diez monstruos. Estaban colocados en otros tantos departamentos
de la caja y su forma correspondía a la tan conocida de los dragones chinos.
-Estos fueron los que sirvieron de modelo
a los demás -murmuró Jerry-. Son los más antiguos que se conocen. Como obras de
arte su valor se cuenta por millones de dólares.
-Pero su valor espiritual es
infinitamente mayor, ¿no? -sonrió Duke.
-Sí -contestó Jerry-. Pero tal como están
ahora no poseen ningún valor. Les faltan los dientes.
En efecto, las abiertas bocas de los diez
dragones aparecían desdentadas. Cada una de aquellas bocas mostraba treinta
cavidades vacías.
-Sin los dientes, estos dragones no
sirven de nada -explicó Jerry.
-¿Y dónde están los dientes?
La joven vaciló.
-Están escondidos -dijo al fin-. Cuando
salí de Singapur, Barton me seguía de cerca. Necesitaba los diez dragones,
porque el Japón está dispuesto a pagar por ellos una fortuna. Si presenta estos
dragones a los chinos, todos depondrán las armas.
-¿Y usted no quiere que las depongan?
-preguntó Duke.
-Si. Yo deseo que termine esa lucha que
sólo perjudica a China y, en cambio favorece a todos los enemigos de la
Humanidad. Son muchas las naciones interesadas en que China continúe peleando,
agotándose en una lucha estéril. Esas naciones ignoran la existencia de estos
dragones, porque si la supieran y creyesen en su poder no me habrían dejado
llegar aquí. Barton lo sabe pero no ha podido convencer a ningún Gobierno de
que el valor de cada uno de estos dragones es más grande que el del mayor
acorazado. Se han reído de él y, al fin, sólo le ha quedado un recurso:
ofrecerlos al Japón. Ellos saben lo que valen estos dragones y pagarán lo que
se les pida. Por mucho que den, siempre saldrán ganando. Sin embargo, yo no
quiero venderlos, quiero darlos. Por eso, viéndome rodeada de enemigos, tuve
que escapar hacia aquí...
De pronto, la joven se interrumpió,
lanzando una, exclamación de angustia
-¡Dios mío! ¡Oh!
-¿Qué ocurre? -preguntó Duke.
Jerry había cogido uno de los dragones y
lo estaba examinando atentamente. Lo volvió varias veces en sus manos, lo miró
detalladamente, cogió los otros y, al fin, se dejó caer en una de las sillas, murmurando:
-¡Barton ha vencido!
-¿Qué sucede? -preguntó Duke.
Jerry le miró con los ojos llenos de
angustia.
-Me los han robado -dijo-. Estos no son
los dragones legítimos.
-¿Qué quiere decir?
Por toda repuesta, Jerry pasó un dedo por
una de las verdosas manchas de los monstruos. El dedo quedó sucio de verdín.
-Pintura -dijo-. Estos dragones son
exactos a los verdaderos. Se han hecho con un molde sacado de ellos; pero
cualquiera puede ver que no son antiguos.
Duke tomo uno de los pesados dragones y
no necesitó un examen a fondo para convencerse de la verdad de la afirmación de
Jerry. Aquellos dragones debían de haber sido fundidos una semana antes, y sus
señales de vejez eran postizas.
-Barton me ha vencido. Creí que el
secreto estaba asegurado y...
-Por favor, señorita Jerry; cuénteme todo
el secreto -pidió Duke-. Tal vez pueda ayudarla.
Jerry vaciló un momento.
-Tal vez -murmuró, al fin-. Barton posee
enormes intereses en China. Mi padre los poseía también. Hace tiempo pudo
adquirir diez acciones del Ferrocarril Chosan, uno de los principales de China.
Cada una de dichas acciones le costó cien mil dólares, y mi padre consideró que
había hecho un excelente negocio. Las acciones del ferrocarril son solamente
cien. Cuarenta y cinco están en manos japonesas y otras cuarenta y cinco en
manos británicas. Las diez restantes son las que pesan más en la balanza, pues
del voto de su poseedor depende si la dirección del ferrocarril pasa a manos inglesas
o japonesas. Mi padre, creyendo servir a sus intereses, siempre votó por la
dirección británica; pero rechazó ofertas de hasta diez millones por sus diez
acciones. Eso ocurrió cuando se vio la importancia que adquiría el ferrocarril
para el tráfico comercial con la China del interior. Ahora los ingleses pueden
comerciar tranquilamente por medio de él; pero si los directivos del Chosan
fueran japoneses, el comercio se interrumpiría y los ingleses deberían comprar
los productos que ahora reciben por el ferrocarril a la empresa Chosan. Esas
diez acciones fueron la única herencia que me legó mi padre. Y ahora están en
poder de Barton. Son acciones al portador y en los consejos de accionistas del
Chosan, sólo se exige su presentación. El que las presenta es su dueño, y nadie
discute su derecho al voto.
-Eso quiere decir que Barton es el
dictador del Chosan.
-No ha intentado aún nada. El ferrocarril
carece de importancia para él. Inglaterra está dispuesta a pagar diez millones
de dólares por mis acciones. El Japón ofrece lo mismo; pero si aparecieran los
diez dragones y cesase la guerra, el valor se reduciría en mucho. Yo vendería
esas acciones a Inglaterra y entregaría los dragones a los sacerdotes chinos
para que predicaran el fin de la guerra, mostrándolos con sus dientes de paz.
Barton los vendería al Japón y obtendría una fortuna fabulosa.
-¿Y por qué no lo ha hecho usted?
-preguntó Duke.
-Mi padre me lo prohibió. Los dragones le
fueron confiados por un alto sacerdote. Mi padre era incapaz de vender lo que
era un depósito sagrado. Poco antes de su muerte, le confiaron los dragones. Al
morir, yo me hice cargo de ellos y marché hacia Singapur. Los agentes de
Barton, me registraron el equipaje y no pudiendo encontrar los dragones, me robaron
las diez acciones del ferrocarril Chosan, que mi padre me pidió que vendiese a
Inglaterra. Aquello me sumió casi en la miseria, y gracias a la ayuda de unos
buenos amigos pude huir a San Francisco, anticipándome a Barton. Cuando llegué
a esta ciudad comprendí que debía quitar los dientes a los dragones y hacerlos,
así, inutilizables, pues de lo contrario, Barton acabaría por quitármelos. Por
lo tanto, así que llegué...
-Perdone, señorita Jerry. ¿Qué clase de
dientes tenían esos dragones?
-Cada uno de ellos tenía, en vez de
dientes, treinta perlas de Ceilán. Sin ellas los dragones no tienen valor, pues
incitan a la guerra. En cambio, cuando cada uno lleva en sus encías las treinta
perlas, que son símbolo de paz, ésta debe reinar en todo China.
-¡Ah! Ahora empiezo a comprender.
-En cuanto descendí del Clipper, entregué
mi equipaje a Mamá Higgins, que es de toda mi confianza, y, acompañada por
Kingoro, fui a un templo japonés, donde veneran una enorme estatua de Buda.
Llevaba en mi bolso las trescientas perlas y formé con ellas tres collares de
cien perlas cada uno. En cuanto estuvimos en el templo, Kingoro entretuvo al
guardián y yo colgué del cuello de Buda los tres collares.
-¿No resulta extraño ver una imagen así
con tres collares de perlas?
-No, porque aquella imagen está adornada
ya con más de cincuenta collares de perlas. Claro que todas son falsas; pero
cuando quisimos recobrar las nuestras nos encontramos con que no podíamos
reconocerlas. Por eso llamamos a Funimaro Goto. Él nos hubiera ayudado; pero
Barton, que sabe lo que nos ocurre, aunque no ha podido averiguar aún donde
están las perlas, hizo matar a Goto. Ahora sólo usted puede ayudarnos, aunque
no teniendo los dragones, de nada nos sirven las perlas.
-¿Cómo puede haber robado Barton los
dragones? -preguntó Duke.
-Hace un mes vino a esta casa un profesor
que hace algunos años había sido huésped de Mamá Higgins. Volvió a hospedarse
aquí, y, ayer, se marchó. No se nos ocurrió sospechar que fuese un enviado de
Barton; pero seguramente lo fue. Debió de encontrar el pasadizo y sustrajo los
dragones, devolviendo luego los duplicados. Esa es la única explicación algo
lógica.
Mientras hablaba, Jerry abrió la puerta
del pasadizo y avanzó por él, seguida de Duke. Cuando llegó de nuevo a la
escalera descendió hacia donde esperaban Mamá Higgins y Kingoro.
-Hemos perdido -gimió la muchacha-.
Barton se ha apoderado de los dragones. Tiene dos triunfos contra nosotros.
La sorpresa de la mujer y del japonés fue
interrumpida por el timbre del teléfono. Mamá Higgins descolgó el auricular.
-¿Quién llama? -preguntó.
El asombro se reflejó en sus ojos.
Volviéndose hacia Jerry anunció:
-Es Harper Barton. Quiere hablar contigo.
Tras breve vacilación, Jerry fue al aparato,
tomó el auricular y preguntó:
-¿Qué quiere?
-...
-Sí, acabo de descubrir el robo.
-...
-No pretenderá que le felicite por su
listeza.
-...
-Ya se que tiene todos los triunfos en la
mano; pero le falta el mejor.
-...
-¿Cómo? ¿Lo dice de veras?
-...
-Está bien. Esta noche se lo enviaremos.
-...
-No le extrañe que haya tomado tan pronto
una decisión. Perseguimos un fin semejante y sé darme cuenta de cuando estoy
derrotada. Adiós, Barton.
Jerry colgó el teléfono y, volviéndose
hacia los demás anunció:
-La lucha ha cesado, Barton y yo hemos
firmado un armisticio. Yo le entregaré las perlas y él me devolverá las
acciones del Chosan. Tiene los dragones y puede venderlos para que siga la
guerra. Yo puedo convertirlos en mensajeros de paz. Cuando esta noche le
entregue las perlas, él dará las diez acciones.
-¿Y si vendiera las perlas, señorita
Jerry? -preguntó Duke-. ¿No cree que saldría ganando?
-Las perlas no me pertenecen -replicó la
joven-. Además, debo devolver lo que se me ha prestado. Tengo que vender las
acciones. Mañana por la mañana llegará el representante británico, Esta noche
iremos al templo japonés, señor Straley. Indique usted cuáles, de los cincuenta
collares de perlas, son los legítimos. He intentado luchar contra Barton; pero
es el más fuerte.
-¿Dónde vive Barton? -preguntó Duke.
-Nadie la sabe -contestó Jerry-. No hemos
podido averiguarlo.
-¿Cuándo me necesitarán? -preguntó Duke.
-Esta noche a las once. Dentro de nueve
horas.
-¿Y dónde hay que llevar las perlas?
-Barton telefoneará indicándonos dónde
hay que llevarlas.
-Entonces, hasta las once, señorita
Jerry. Voy a ver a mi hermana. Se ha casado y aún no he podido felicitarla.
-Vigile y vaya con mucho cuidado, y sobre
todo no repita a nadie lo que sabe.
-No tema -sonrió Duke-. Si me necesitan
estaré en el Hotel Imperial.
CAPÍTULO IV
Bob y Betty escucharon atentamente el
relato que les hizo Duke de sus aventuras.
-Sospecho que te están utilizando como
juguete -dijo Betty-. En todo este asunto hay más niebla que en San Francisco.
-Yo opino que la cosa resulta confusa;
pero la muchacha dice la verdad -declaró Bob-. Recuerdo haber leído algo acerca
de los diez dragones de Confucio.
-Ese Barton es un enemigo peligroso -dijo
Duke-. Me gustaría hablar con él...
Interrumpiéndose bruscamente, Duke hizo
seña a su cuñado para que siguiera hablando.
-No se si te recibiría -replicó Bob,
comprendiendo lo que Duke deseaba-. Por lo que has contado de él es un
enemigo...
Duke había llegado ya junto a la puerta
de la habitación y la abrió tan brusca e inesperadamente, que el hombre que
estaba escuchando por la cerradura cayó de bruces al suelo.
Duke le obligó a incorporarse y lo tenía
cogido por las solapas de su chaqueta, cuando se oyó un lejano a "¡plof!"
y el desconocido se estremeció violentamente, cayendo hacia delante, quedando
apoyado en el cuerpo de Duke.
Éste lo traspasó a Bob, y empuñando su
revólver, salió al corredor, dirigiéndose hacia la escalera.
No vio a nadie. Los ascensores estaban en
la planta baja, y el agresor había desaparecido tan completamente como si se
hubiera esfumado. Descolgando un teléfono que se encontraba en el pasillo, Duke
ordenó:
-Señorita, haga que cierren las puertas
del hotel. Se ha cometido un crimen. El asesino tratará de huir...
Desde donde estaba podía ver la calle a
través de una ventana. En aquel momento un hombre salió del hotel por una de
las puertas laterales y subió a un auto, que llegó a marcha reducida y,
enseguida, adquiriendo velocidad, se alejó, desapareciendo en medio del
tráfico.
-Ya es tarde -agregó, en respuesta a las
excitadas preguntas de la telefonista-. El asesino debe de haber huído. Diga
que tomen algunas precauciones por si estuviera en el hotel, que avisen a la
Policía y que suba el detective del hotel a la habitación mil doscientos siete.
Colgando el aparato, Duke volvió a la
habitación. El desconocido estaba tendido en un sofá y Duke no necesitó
examinarlo más atentamente para comprender que ya había muerto.
-Le dispararon son una pistola de aire
comprimido -dijo Bob-. Le hirieron con una flecha envenenada. Apenas tuvo
tiempo de hablar.
-¿Qué dijo? -preguntó Duke-. La Policía no
debe saber nada.
-Toma.
Bob entregó a Duke una hoja de papel en
la cual se leía: "Sam. Él ha sido. Misión 83".
-Sam fue su asesino -explicó,
innecesariamente, Bob-. Debe vivir en la calle Misión.
-Seguro. Enviaron a éste y a su compañero
para que nos espiaran. Sam tendría orden de matar a su compañero si era
sorprendido.
Duke se volvió hacia la puerta y dijo:
-Explicad lo que os parezca a la Policía.
No digáis nada de lo que dijo. Voy a averiguar algo en la calle Misión.
Por la escalera de servicio, Duke
descendió hasta los sótanos del Hotel Imperial y pudo comprobar las pocas
precauciones que se habían tomado para impedir la huída del asesino. Sin que
nadie le cerrara el paso salió a la calle y dirigióse a un importante comercio
cercano, donde compró una maleta de fibra, unas revistas y un plano de San
Francisco. Al salir del almacén dirigióse a otro donde se vendían máquinas de
escribir y rotativas para circulares. Adquirió en él un tubo de tinta de
imprenta y guardándolo en la maleta consultó el plano, localizó el
emplazamiento de la calle Misión y en un taxi dirigióse hasta el punto más
próximo a ella.
El número 83 de la calle Misión era una
muestra de lo desagradable que puede ser una casa. Poseía todas las
características de fealdad que puede reunir un edificio. Junto a la puerta de
entrada se leía: "Pensión. Se alquilan habitaciones".
Duke subió hasta la puerta y llamó al
timbre. Transcurrieron dos minutos antes de que se abriera la puerta y apareciese
una mujer inconcebiblemente gruesa, que le miró de pies a cabeza y tardó casi
otro minuto en decidirse a preguntarle:
-¿Qué quiere?
Del interior de la casa emanaba un
insoportable olor a col hervida. Sin duda en aquel lugar, en cincuenta años, no
se había comido otra cosa que col hervida.
-¿Tiene una habitación económica?
-preguntó Duke.
La suspicacia de la mujer se hizo
evidente.
-¿Actor? -preguntó.
-No. Puedo pagarle por anticipado.
La mujer hizo un esfuerzo por sonreír.
-Tengo una habitación cerca del baño por
cinco dólares a la semana. Hay otra más arriba -se sonó con el delantal y
agregó:- Está en el último piso y sólo vale tres dólares.
Duke miró hacia arriba. El último piso
era el quinto.
-¿Dónde está el baño? -preguntó.
-En el segundo.
-Enséñeme el baño. Quizá pueda ahorrarme
dos dólares.
La mujer no hizo nada para dejarle pasar.
-¿Está sin trabajo? -preguntó.
-Estaba sin trabajo en Los Ángeles. Ahora
ya lo tengo en San Francisco.
-Está bien... entre.
Cuando estuvieron en el vestíbulo, al pie
de la escalera, la mujer preguntó:
-¿Puede pagar los cinco dólares?
Duke le mostró un billete de a diez.
Satisfecha, la mujer empezó a subir
trabajosamente la escalera. Resoplaba como una locomotora y al cabo de una
eternidad llegó al segundo piso. Deteniéndose junto a una puerta, dio unos
golpes con los nudillos.
-¡Dejadme tranquila! -replicó una
estridente voz de mujer, acompañada de un indicador chapoteo.
-Este es el cuarto de baño -explicó la
patrona. Luego fue hacia una habitación inmediata y abrió la puerta,
explicando:- Esta es la habitación de cinco dólares.
Duke la examinó indiferentemente. Contenía
una cama de madera demasiado grande para aquella habitación, una cómoda, un
armario y un par de sillas. No cabía nada más.
-No está mal -dijo-. Veamos la otra.
La patrona dirigió una mirada de disgusto
a la escalera.
-El subir tan alto me mata -dijo-. Con
tal de no tener que subir hasta arriba, prefiero rebajarle ésta a cuatro
dólares y medio.
-Conforme -replicó Duke-. Sólo estaré un
par de semanas, pues luego he de salir de viaje. Tenga.
Tendió a la mujer un billete de a cinco
dólares.
-Acompáñeme a mi cuarto -dijo la
patrona-. Le extenderé el recibo y le daré el cambio.
Descendieron a la planta baja y la mujer
hizo pasar a Duke a una habitación amueblada al gusto de treinta años antes. De
una caja de metal sacó la patrona una mugrienta cartera y un saquito con
monedas de níquel. Entregó cincuenta centavos a cambio del billete y luego
tendió a Duke una libreta con tapas de hule.
-Firme en el registro -dijo.
Duke, antes de inscribirse, recorrió con
la vista los nombres de los inquilinos de la pensión. Halló un Sam Leighton,
que llevaba allí un mes y ocupaba la habitación 23: La de Duke era la 27.
-¿Es que no recuerda su nombre? -preguntó
la patrona.
-Sí, claro -sonrió Duke-. John Smith, de
Los Ángeles.
-He tenido muchos, inquilinos de Los
Ángeles -comentó la mujer-. Y casi todos se llamaban John Smith.
-Somos una familia muy numerosa. ¿Quién
más está en mi piso?
-Una mujer ocupa la habitación que da a
la calle. Siga mi consejo y no le diga nada. Es tan mala como parece -la mujer
lanzó un ruidoso suspiro, explicando:- No me gusta tener mujeres de su clase;
pero los tiempos son difíciles y en tanto que no de escándalos en mi casa... Lo
que haga fuera, no me importa.
Un camión que pasaba por la calle hizo
retemblar la casa. Cuando el ruido se hubo apagado, Duke preguntó:
-¿Quién más se encuentra en mi piso?
-Todos los inquilinos son gente
tranquila. Llevan mucho tiempo aquí.
-¿Y en el número veintitrés?
Los porcinos ojillos de la mujer
brillarán suspicazmente.
-Un empleado de la Atlantic y Pacific
-contestó, cerrando luego la boca, como dispuesta a no dejarse arrancar ni una
sola palabra más.
-Bien -sonrió Duke-. Subiré a mi cuarto.
La
patrona le entregó dos llaves una de su habitación y otra de la puerta de la
calle. Duke subió al cuarto número 27, encerróse en él, dejó la maleta sobre la
cama y abriéndola, sacó una de las revistas compradas. Con la cubierta hizo una
pantalla que dirigía hacia el suelo toda la luz, dejando en sombras el resto de
la estancia y, sobre todo, el umbral de la puerta.
Cogiendo el tubo de tinta de imprenta,
Duke arrodillóse junto al umbral y extendió en él una capa de unos treinta
centímetros de ancho que iba de quicio a quicio. Cuando hubo vaciado el tubo,
lo envolvió en otra hoja arrancada a la revista y lo guardó en el bolsillo,
luego, sentándose y apoyando los pies sobre la mesa, empezó a leer la trágica
historia de dos enamorados que eran demasiado jóvenes para casarse.
Cuando estaba en el punto más intrigante
oyó el inconfundible lamento de la escalera bajo el peso de la patrona. Escuchó
atentamente y la oyó avanzar por el pasillo hasta detenerse frente a una
habitación que Duke calculó sería la 23.
Al cabo de unos minutos, Duke se puso en
pie, fue hacia la puerta, saltó por encima de la gran mancha de tinta, y
dejando la luz apagada y su equipaje, salió al pasillo y sin hacer nada por
disimular sus pasos, descendió por la escalera y luego salió a la calle. Había
anochecido ya, y uno de los faroles del alumbrado público dirigía su luz sobre
la escalera que daba acceso a la casa.
Duke se ocultó en la puerta de un
comercio ya cerrado y aguardó.
Al cabo de un rato se abrió la puerta de
la pensión y aparecieron dos hombres. Uno de ellos era alto, el otro mucho más
bajo. Vestían de relativa etiqueta y Duke supuso que eran camareros o músicos,
que marchaban a su trabajo.
Transcurrieron cinco minutos más y de
nuevo se abrió la puerta. Esta vez apareció una mujer, ¿la del segundo piso con
habitación que daba a la calle? Quizá.
Transcurrieron veinte minutos antes de
que se volviera a abrir la puerta. Apareció otro hombre. Llevaba un maletín;
pero no fue eso lo que más interesó a Duke, sino las negras huellas que sus
zapatos iban dejando en los escalones y luego en el pavimento.
Dirigiendo un burlón saludo a la casa,
Duke echó a andar detrás del hombre que había recogido en las suelas de sus
zapatos la tinta con que él manchó el umbral de su habitación.
El desconocido caminaba apresuradamente,
dirigiéndose hacia las calles más transitadas. Cuando llegó a la calle Market,
en dirección a la estación terminal de los transbordadores, Duke le alcanzó y
hundiéndole en los riñones el revólver que llevaba, en el bolsillo de la
americana, anunció:
-En Jefatura deseamos verle, amigo.
El hombre era tan rojo de cara como de
pelo. En sus ojos lucía un brillo salvaje.
-¡No he hecho nada! -gruñó-. No...
-Está bien, Sam, si no has estado en el
Hotel Imperial hace un par de horas, y puedes demostrarlo, nadie te molestará y
podrás volver aquí.
-Tengo que tornar el transbordador para
Oakland...
-Sale uno cada hora. Si es necesario te
traeremos en un auto patrulla para que no pierdas el próximo.
Sacó una cadena del bolsillo e hizo
entrechocar los eslabones. Sam imaginó que se trataba de un par de esposas y
decidió que era preferible que no se las pusiera.
-Está bien, agente -replicó-. Le acompañaré.
Puedo demostrar que no he hecho nada malo. En cuanto lleguemos a la comisaría
me tendrán que dejar en libertad.
-No te llevo a la comisaría, sino a otro
sitio donde no te tendrán tantas consideraciones.
Sam Leighton sintió unas irresistibles
tentaciones de huir. Su cuerpo las acusó y Duke las interpretó debidamente.
-No seas loco -advirtió-. No me
importaría lo más mínimo que me dieras motivo para meterte unas balas en el
cuerpo. Te has metido en un mal asunto. Alguien a quien tú conoces ha liquidado
a un federal, y tú has matado a un cómplice tuyo. Nos interesa el pez gordo y
te perdonaremos a ti; pero has de confesar de plano.
-Por favor, no se precipite. Mi jefe
puede pagarle mucho.
-Estás intentando un soborno y eso no te
beneficiará, Sam. Sigue adelante y procura que la gente no nos mire demasiado.
Y no imagines que ibas a poderte marchar fácilmente. Todas las estaciones
estaban vigiladas y no hubieses podido abandonar San Francisco. Una cosa es
jugar con la policía local y otra con la de Washington.
-¿Qué harán conmigo?
-Ya te he dicho que buscamos peces
grandes. Los pececillos como tú no nos interesan. ¿Quieres hablar ahora o
después de pasar por cierto sótano que tenemos para resolver en él los casos difíciles?
De todas formas hablarás.
-Hablaré ahora -replicó Sam.
-Entremos en ese bar. Puedes pagarme la
bebida. Eso no es soborno.
Una sonrisa iluminó el rostro del
pelirrojo.
-Está bien, entremos -dijo.
Pasaron al interior de un bar y se
sentaron en uno de los departamentos, que eran como habitaciones sólo por un
lado. Sam, se sentó a la parte de dentro y Duke entre él y la salida, volviendo
la espalda a la pista.
Sam encargó whisky con soda. Cuando
lo trajeron pagó la cuenta y bebió ansiosamente.
-¿Quién es vuestro jefe? -preguntó Duke.
-Harper Barton.
-¿Do él la orden de matar a Carter?
-Creo que sí.
-¿Te dio la orden de que mataras a tu
compañero si fracasaba en el intento de escuchar nuestra conversación?
-No me atrevo a contestar.
-Si tienes miedo no irás muy lejos...
-Menos lejos irá usted, amigo -replicó
una voz, y, al mismo tiempo Duke sintió en los riñones el inconfundible
contacto de una pistola automática.
El nuevo actor en aquella dramática
comedia, ordenó:
-Amigo, coloque las manos sobre la mesa y
no olvide que si las mueve se quedará aquí hasta que venga a recogerle la
ambulancia.
Duke obedeció enseguida, dejando que el
otro le quitase el revólver.
-Es usted muy listo, señor Straley
-siguió el recién llegado-. Pero en cuanto a listeza aún le falta por aprender.
Nuestro jefe le da cien vueltas.
-Eso creo.
-¿No es un federal? -preguntó Sam.
-¡Qué va a ser! Es un entrometido que
apalea los millones y que se ha jugado estúpidamente el cuello. Le seguimos
desde casa de Mamá Higgins y luego hasta el hotel, allí se nos fue de entre las
manos; pero los que vigilaban la pensión avisaron que había entrado allí.
Cuando saliste le seguimos sin que él se diera cuenta. Los demás volvieron a
sus puestos y yo fui detrás de vosotros. Vi como te detenía, Sam, y me hubiera
muerto de risa ante las tonterías que hizo.
Sam sonrió, diciendo:
-Cuando te vi, Tex, también yo estuve a
punto de morirme de risa. No se como no se dio cuenta. Y para arreglar las
cosas me pidió que entrásemos aquí.
-¿Están pagadas las bebidas?
-Sí, Tex.
-Pues, entonces, en marcha. El jefe nos
espera. Vamos señor Straley. Y no olvide que a nosotros no nos importa
disparar.
-Tú debes de ser el del cuchillo, ¿no?
-preguntó.
-Déjese de preguntas, señor.
-¿Cómo te las compusiste para llegarle al
cuello a Carter? Tuviste que saltar, ¿verdad?
-¡Vamos!
-Cuando vea a Barton le preguntaré por
qué emplea enanos en su banda. ¿O es un circo?
El llamado Tex tuvo que hacer un violento
esfuerzo para no disparar contra Duke. Éste había comprendido enseguida, que
Tex era uno de esos hombres pequeños que odian el serlo y mucho más, el que se
les diga que lo son. Lo había comprendido por el erguimiento con que andaba,
por el traje a rayas que vestía, por los altísimos tacones y gruesa suela de
sus zapatos.
-Si sigue hablando, no respondo de lo que
será de usted.
-Y si me matas yo no respondo de lo qué
será de ti. Tu amo me necesita vivo. Harás mal llevándome muerto.
Tex se contuvo con gran dificultad y
ordenó:
-Vamos. Se hace tarde.
-Vamos, pues. No quiero hacer esperar a
mis amigos.
Salieron del bar y Tex hizo seña a un
taxi que pasaba por allí, para que se detuviera.
-¿Taxi y todo? -preguntó Duke.
-Es más seguro -replicó Sam.
-Desde luego, es más seguro -sonrió Duke.
-Suba -ordenó Tex.
Duke se metió en el coche y sus dos
aprehensores sentáronse a ambos lados de él. Tex tenía su pistola y Sam el
revólver de Duke.
Tex inclinóse hacia el conductor y le dio
en voz baja una dirección. Enseguida el taxi se puso en marcha y Duke soltó una
carcajada.
CAPÍTULO V
-¿De qué ríe? -preguntó Sam.
-De algo muy divertido -replicó Duke,
fijando la mirada en los zapatos de Tex-. He visto suelas mucho más gruesas. En
las zapaterías ortopédicas. Creo, Tex, que deberías visitar uno de esos establecimientos.
Tex palideció intensamente y Duke notó
contra su cuerpo la tensión de los músculos del brazo derecho de Tex. Haciendo
como si no lo advirtiera, preguntó a Sam
-¿Dónde tiraste la pistola "Benjamín"?
¿No era de esa marca?
Sam
enrojeció aún más; pero no respondió.
-Las "Benjamín" son unas
excelentes pistolas de aire comprimido. Casi silenciosas y capaces de lanzar
flechas de treinta gramos de peso, que se pueden envenenar y son más eficaces
que una automática provista de silenciador. No comprendo cómo toleran su venta
en cualquier armería. La tiraste enseguida, ¿no? Seguramente en una cloaca.
¿Limpiaste bien las huellas dactilares? Piensa que si la encuentra algún pocero
la entregará a la Policía y es posible que den contigo por medio de ellas o de
la numeración de la pistola.
-No respondas, Sam -ordenó Tex.
Duke volvióse hacia él.
-Eres de Tejas, ¿no? Por eso te llaman
Tex.
-No soy de Tejas -replicó Tex.
-Es raro. Tienes muy mal genio y todos
los hombres que he conocido con mal genio eran de Tejas.
-Soy de Idaho.
-No he estado nunca allí. Debe de ser un
Estado de tres al cuarto.
-Vale más que esto.
-Es una opinión que sólo he visto
compartida por los demás habitantes de Idaho, Tex. También hay quién opina que
el mejor lugar del mundo es Alaska, y los esquimales se entusiasman hablando
del Círculo Ártico.
-El mejor lugar del mundo es Rio -declaró
Tex-. Algún día cuando liquidemos estos negocios, iré a pasar un año allí
viviendo como un rey hasta que se me termine la plata. Lástima que no pueda ir
a Buenos Aires.
-Allí te espera la policía para hacerte
pagar una vieja deuda, ¿no es cierto, Tex?
-¿Cómo lo sabe? -gritó Tex, sin darse
cuenta de que estaba haciendo lo que Duke deseaba.
-Soy aficionado a las carreras de
caballos, Tex. Me entero de todos los escándalos y en "El Gráfico"
de Buenos Aires, leí una edificante información acerca de tus trampitas.
-Debía de ser de otro que se parecía
mucho a mí.
-Tal vez. Era más bajito que tú. Claro
que no llevaba zapatos ortopédicos... No, no te enfades, Tex, creo que ya hemos
llegado.
Tex cerró violentamente el puño
izquierdo. Había pensado hacer detener el auto unas cuantas casas más arriba.
-Baja, Sam, y vigila.
La casa ante la cual se habían detenido
era un edificio de tres pisos, construido con excelentes materiales y por un
arquitecto que sabía como deben hacerse las cosas bien hechas. A un lado de la
puerta principal se veía el número 18, pintado sobre un cristal iluminado. Un
poste indicaba: "Cabrillo Street", Duke sonrió burlonamente.
-Baje -ordenó en voz baja Tex.
-Paga antes el taxi -replicó Duke.
Y dirigiéndose al conductor agregó:
-¿No sabe, usted amigo, que lleva una
celebridad en su auto? Este amigo es Tex Milo, el famoso "Jockey"
que fue expulsado de la organización porque ganaba demasiadas carreras. Paga,
Tex. Puedes bajar. Yo seguiré en el taxi.
-¡Baje enseguida! -masculló Tex.
De pronto el taxista hizo sonar tres
veces la bocina. En el extremo de la calle apareció un policía.
-Noventa centavos -anunció el conductor-.
Y no hagan tonterías, pues ahí viene un policía.
-Paga y baja, Tex -ordenó Duke-. No creo
que a Barton le entusiasme la idea de que se cometa un asesinato frente a su
casa.
El terror había blanqueado el rostro del
antiguo "jockey". Dirigiendo una mirada de odio a Duke,
entregó un dólar al chófer y bajó a reunirse con su compañero. Los dos
marcharon hacia la casa, mientras el taxi volvía a ponerse en marcha,
deteniéndose sólo un momento para explicar al policía que no ocurría nada de
particular. Cuando hubieron recorrido unos doscientos metros, Duke indicó al
chófer que se detuviera, y bajó del auto, entregando al conductor un billete de
diez dólares.
-Gracias, amigo -dijo-. Ha corrido usted
un buen peligro. Aquellos dos tipos eran peligrosos.
-Ya lo sospeché -sonrió el taxista-. Me
alegro de haberle podido ayudar.
-Yo también. Adiós.
Duke entró en una farmacia, dirigiéndose
a la cabina telefónica, marcó el número del Hotel Imperial y pidió hablar con
Betty. Fue Bob quien se puso al aparato.
-Oye, Bob -dijo Duke-. Me dirijo al
dieciocho de la calle Cabrillo. Si a las nueve y cuarenta minutos llamas por
teléfono allí y preguntas por mí, me harás un favor. El número no lo
encontrarás en la lista telefónica, pues seguramente es número particular; pero
tú ya sabes como componértelas para conseguirlo.
-Desde luego -replicó Bob-; le pediré al
policía que tenemos aquí de guardia que lo consiga. Se han llevado ya al
cadáver; pero nos están molestando mucho, y más desde que saben que somos
recién casados. Por suerte el policía a quien han dejado aquí conoce a Max y
está deseando que lo trasladen a Nueva York.
-Prométele nuestra ayuda y consigue el
número. Adiós. Seguramente no nos veremos hasta mañana.
Duke colgó el teléfono y salió de la
farmacia. Eran las nueve y diez minutos.
A grandes zancadas volvió sobre sus pasos
y a las nueve y veinte estaba otra vez ante el número 18 de la calle Cabrillo.
Un momento después llamó a la puerta.
Transcurrieron unos segundos antes de que
se abriera una mirilla y al otro lado de la puerta sonara una exclamación de
incredulidad. Luego se cerró la mirilla y transcurrió otro minuto. Al fin se
abrió la puerta y apareció Sam, con la mano derecha significativamente hundida
en el bolsillo correspondiente.
-Hola, zanahoria -saludó Duke-. ¿Puedo
entrar?
Sam se hizo a un lado y Duke penetró en
el espacio comprendido entre la puerta de la salle y la que daba al vestíbulo
interior. Fue hacia ésta, la abrió y encontróse en una amplia estancia,
alfombrada ricamente y oliendo a buen tabaco y a perfumes orientales. La
decoración era una mezcla oriental y occidental, pero combinada con buen gusto.
Mientras Sam cerraba la puerta del vestíbulo, Duke se acercó a un teléfono de
comunicación interior y tocó el auricular. Estaba caliente.
-¿Qué dijo Barton? -preguntó, mirando a
Sam, que lo observaba claramente asustado ante aquella sagacidad que a él le
resultaba inconcebible.
-Le espera. Tendré que registrarle...
-No llevo armas -dijo Duke-. Sin embargo
puedes registrarme si ello te ha de hacer feliz.
Sam corrió con las manos todo el cuerpo
de Duke sin encontrar ningún arma. Al fin dijo:
-Puede subir. Tex le aguarda en el primer
piso.
Al decir esto, señaló una amplia escalera
de mármol blanco.
Duke subió por ella, deteniéndose varias
veces a contemplar los cuadros chinos y japoneses que adornaban las paredes.
Eran casi todos pinturas sobre seda, de una delicadeza y riqueza de colorido
que maravillaron a Duke. También se detuvo largo rato contemplando la colección
de porcelanas que el dueño de la casa tenía encerrada en una enorme vitrina de
laca.
-¿Le gusta? -preguntó una voz a su
espalda.
Duke se volvió y llevóse la primera
sorpresa real de aquella noche y la segunda del día, después de la muerte de
Carter.
-¿Es usted Barton? -preguntó, observando
atentamente al hombre que estaba ante él.
Era joven, elegante, casi atractivo. Se
le hubiera podido tomar por uno de tantos jóvenes habituados a la alegre vida
de la ciudad; pero su barbilla, demasiado firme y sus ojos demasiado duros,
indicaban que Barton no era un alegre vividor sino un hombre que sabía luchar.
-¿Y usted es Duke Straley? -preguntó a su
vez el joven.
No había contestado a la pregunta, pero
la que él hacía indicaba que la suposición de Duke era acertada.
-Nunca hubiera supuesto que la muerte de
mi amigo Funimaro Goto fuera el motivo que nos acercara.
-Hubiese preferido que permaneciera usted
en Nueva York, Duke.
-Lo creo -sonrió el aventurero.
-No le tengo miedo -advirtió Barton-. Si
ha interpretado mis palabras en ese sentido...
-No, no creo que me tenga miedo. Noto en
sus ojos y en sus manos que se siente seguro de sí mismo. Lo único que no acaba
de comprender es por qué he venido. Si la supiera se sentiría más tranquilo.
-Le tengo en mis manos, Duke.
-Permítame que, sin ofenderle, dude de
sus palabras. Es usted demasiado inteligente para creer semejante cosa.
Barton sonrió. Vestía un traje de
etiqueta y parecía preparado para salir.
-¿No podemos hablar en otro sitio donde
estemos más cómodos? -siguió Duke tras una breve pausa.
Barton indicó con un ademán una puerta
próxima. Duke entró el primero y de pie detrás de un sillón de cuero vio a Tex,
que empuñaba una pistola provista de silenciador.
-Buenas noches, mi querido "jockey"
-rió Duke.
Tex respondió con un gruñido.
-Ese muchacho vale un horror -declaró
Duke, volviéndose hacia Barton-. ¿Es necesario que esté presente en nuestra entrevista?
-No creo que nada lo impida.
Duke acercóse a la mesa y cogió un pesado
marco de plata colocado frente al sillón que debía de ocupar, generalmente,
Barton. Antes de que éste pudiera impedirlo, Duke lo volvió y contempló el
bello rostro de Jerry. La joven vestía a la moda china e incluso se había
peinada como las muchachas de Shanghai.
-¡Deje ese retrato! -ordenó Barton.
Duke lo dejó donde estaba antes y
preguntó:
-¿Cree que Tex debe oír la que tenemos
que hablar? Ese retrato debió de costarle muy caro.
-Diez dólares -contestó Barton-. El
fotógrafo era amigo mío. No tuvo inconveniente en sacar una copia más para mí.
Puedes retirarte, Tex. Si te necesito ya te llamaré.
-Pero... Patrón, ese hombre es peligroso.
-Tu jefe también lo es, Tex -rió Duke-. A
él no le hubiera podido engañar tan bien como a ti.
Barton cortó con un imperioso ademán el
gesto amenazador del ciudadano de Idaho, que salió del despacho guardando la
pesada pistola.
-Ha hecho bien -aprobó Duke-. No me gusta
hablar delante de gente estúpida. Y Tex no es, precisamente, un genio de la
listeza. No comprendo como un hombre tan poderoso como usted emplea a hombres
corno Tex y Sam.
-Porque sea fáciles de reponer -replicó
Barton.
-Es verdad. Cuando cometen un error, un
disparo a la espalda con una flecha envenenada. Creo que hace usted bien. Los
servidores demasiado listos son peligrosos. Esta noche le explicaré a mi
hermana lo inteligente que es usted.
-Sospecho, señor Straley, que no verá
usted a su hermana esta noche.
-Sospecho, señor Barton, que comete usted
un error. O tal vez diga eso para hacerme hablar. Sí, eso es. Usted sabe que si
he venido aquí es porque creo poder salir de nuevo, y desea que le explique de
qué medio me valdré para ello.
-Ha avisado a la policía y si dentro de
una hora no comunica con jefatura, vendrán a buscarle, ¿no es así? ¿O tal vez
tiene la casa rodeada de policías?
-Perdemos el tiempo, señor Barton. Creo
que es mejor que hablemos claro. Y si usted no quiere hacerlo, a mí no me
importa contarle una linda historia. Escuche. Esta tarde asesinaron a un
hombre. Se llamaba Carter y su principal defecto era estar enamorado de la
señorita Jerry.
Duke miró a Barton; pero éste no dio
ninguna muestra de que la sospecha de Duke fuera acertada.
-El señor Carter sabía muchas cosas.
Había trabajado en esas odiosas revistas que practican un deporte primo hermano
del chantaje. Quizá sabía algo de usted, tal vez sabía algo de otra persona;
pero lo más lógico es suponer que estaba locamente enamorado de Jerry y usted
lo quitó de en medio porque también está enamorado de Jerry. Pero aun le queda
otro rival.
-Ése no es rival.
-Gracias, señor Barton, ahora empieza
usted a hablar inteligentemente. Kingoro no es rival, porque es japonés y Jerry
es blanca. Pero, ¿es realmente blanca?
-¿Qué quiere decir, Duke?
-Lo que he dicho.
-Jerry es de sangre occidental.
-Pero de alma oriental, Barton. Ha vivido
lo bastante en Oriente para que no sienta por los chinos o los japoneses la
misma repulsión que sentiría una muchacha habituada a vivir siempre entre
blancos. Jerry ha visto a más asiáticos que europeos a americanos. No siente
repulsión por ellos, y es muy posible que vea a Kingoro de una forma que ni
usted ni yo, ni mucho menos las demás muchachas, lo ven. Por lo tanto, Barton,
entre usted y Jerry aún se interpone un rival. Por lo menos un posible
adversario, a quien tendrá que hacer matar algún día.
-¿Es a eso a lo que ha venido?
-No, no he venido a azuzarle contra el
bueno de Kingoro que, si no me engaño, maneja el puñal mucho mejor que Tex. He
venido a explicarle una historia muy interesante. ¿Qué hora es?
-Las nueve y media -contestó Barton.
-Creí que era más tarde. Mejor. Así
podremos seguir hablando. Esta tarde, como decía, usted se libró de un rival.
Kingoro echó el cadáver al mar, y Tex no se lo impidió, porque usted le dijo
que no lo hiciera. Era muy conveniente deshacerse del cuerpo del delito. Cuando
yo salí del Paraíso, Tex, Sam y un tercero me siguieron hasta el hotel
Imperial.
-Le esperaban cerca del Hotel Imperial
-corrigió Barton.
-Es verdad. Olvidaba la comunicación que
mi hermana envió al aeropuerto. Muy sencillo y muy sagaz. Veo que es usted un
buen enemigo. Hacía tiempo que no luchaba con nadie realmente peligroso.
-Es un honor para mí que me conceda tanta
importancia.
-No es más que justicia y reconocimiento
de un hecho innegable. Como le interesaba saber qué íbamos a hablar mi hermana
y yo, sus hombres habían recibido orden de enterarse de nuestra conversación.
Uno de ellos escuchó lo que pudo; pero hizo un ruidito que yo capté. Le pude
sorprender y lo iba a hacer entrar en mi cuarto, cuando el bueno de Sam,
siguiendo instrucciones suyas le disparó con una pistola de aire comprimido una
flechita envenenada y acabó con él; pero no lo bastante deprisa que pudiera
impedirle revelar el nombre de su asesino y la dirección de donde vivía.
-Muy interesante. Continúe.
-Fui a la calle Misión numero ochenta y
tres y solicité de la voluminosa patrona una habitación. De momento me tomó por
lo que dije ser. Me alquiló la habitación veintisiete y no hubiera sospechado
nada si yo, en un alarde de estupidez, no le hubiera preguntado quiénes
ocupaban las habitaciones del segundo piso, y, especialmente, quién estaba en
la número veintitrés. Ya sabía ya que Sam Leighton era el ocupante de dicha
habitación; pero no le conocía. ¿Le sigue interesando mi relato?
-Mucho. Cada vez me interesa más.
-Entonces seguiré. En cuanto la buena
mujer oyó mi pregunta cerró la concha y no volvió a decir ni una palabra. Yo
subí a mi cuarto, me encerré por dentro, lo oscurecí lo necesario para que no
se viera el manchurrón de tinta de imprenta que dispuse en el umbral de mi
habitación. Cuando oí que la patrona subía a comunicar a Sam que alguien así
como un policía andaba tras él, salí de mi cuarto, bajé a la calle y buscando
un rincón solitario y oscuro, esperé. Salieron varias personas y, al fin,
apareció Sam. Le reconocí por las manchas que sus pasos iban dejando en el
suelo. Era indudable que aquel pájaro había pasado por mi cuarto. Le seguí,
notando que a mi vez era seguido por Tex, que había acudido al lugar avisado
por el inteligente Sam. Éste se dirigió hacia los transbordadores de Oakland,
con la sana intención de hacerme embarcar en uno de ellos y aprovechar la
niebla y la oscuridad para darme un golpecito en la cabeza y echarme a las
sucias aguas de la bahía. Para él debió de resultar una sorpresa desagradable
el que yo le detuviera antes de llegar a la estación terminal de los
transbordadores. Fingió creer que yo era un policía y se dejó llevar donde quise.
Detrás de nosotros, Tex se relamía los labios de gusto pensando en mi asombro.
-¿De veras se los relamía? -preguntó
Barton.
-Se lo aseguro. Lo vi por los espejos de
varios comercios. Entramos en un bar y Tex nos siguió, me dio el alto, me quitó
mi revólver y satisfecho como el cazador que ha tumbado un elefante, me trajo
aquí para que usted pudiera devorarme; pero... no se dio cuenta de que yo
deseaba, sobre todo, conocer la guarida del lobo feroz y que de antemano sabía
cuales iban a ser las reacciones de sus dos pistoleros. Los entretuve hablando,
desvié su atención de lo importante y Tex no se acordó de avisar al chófer para
que se detuviera a una prudente distancia de esta casa. Cómo no lo hizo el auto
llegó hasta aquí y entonces yo advertí al chófer lo que ocurría y como no
podían cometer un doble crimen a la puerta de su casa, tuvieron que dejarnos
marchar. Entonces yo comuniqué la dirección de esta casa a mi amigo el jefe de
Policía que, si no me engaño, va a llamarle de un momento a otro.
En aquel instante sonó el timbre del
teléfono de encima de la mesa de Barton. Éste descolgó el aparato y preguntó:
-¿Quién llama? No, se ha equivocado...
-Sí, jefe, estoy aquí -gritó Duke
acercándose al teléfono-. El señor Barton ha querido bromear.
La ira brilló en los ojos del dueño de la
casa. Colgó el teléfono y se puso en pie.
-No se excite, señor Barton -sonrió
Duke-. No he venido a causarle ningún daño, sino, simplemente, a hablar con
usted lo más cordialmente que nos sea posible. Si insiste usted en tomarse las
cosas por el lado feo, no lograremos nada práctico. Ahora ya sabe que no le he
mentido. Que la Policía está advertida de mi paradero y que si no aparezco o
aparezco muy desfigurado, usted tendrá que dar difíciles explicaciones de lo
que ha ocurrido en esta casa.
-No crea que ha triunfado, señor Straley.
-Llámeme Duke, como antes. Me gusta más.
No creo haber triunfado, por la sencilla razón de que no creo haber empezado a
pelear. De usted depende que peleemos o no. Usted, Barton, tiene intereses muy
diversos. Desea mi isla para venderla a los Estados Unidos, a fin de que la
conviertan en una base aeronaval. ¿Es verdad?
-Lo es.
-Mejor. Así podremos entendernos. Usted
desea ésa isla y piensa volarme junto con mi hermoso barco el Kiichiro Maru.
Eso de destruir un barco y los que van en él está muy mal. Creo que es
preferible que no lo intente y se olvide de que en el mundo existe esa isla de
Puerto Lágrimas. He tenido ya tiempo de legarla al Estado y si me mata no
conseguirá más que gastarse unos miles de dólares y tirarlos inútilmente por la
ventana No quiero causarle semejante perjuicio. Por lo tanto, olvide sus
macabros proyectos.
-Están olvidados, señor Straley... digo,
Duke. Es un buen negocio que se pierde.
-Cuando se es tan rico como usted es muy
agradable poder decir tan sencillamente que se ha perdido un buen negocio y no
dar a veinte millones más importancia de la que cualquier habitante de esta
ciudad le concede a veinte centavos.
-Sé perder y tengo aún entre manos lo
suficiente para resarcirme de esa pérdida.
-En efecto. Posee usted los diez dragones
desdentados. Es un triunfo que debe de hacerle costado muy caro.
-Cincuenta mil dólares.
-Es barato. Le felicito. Pero los
dragones, por si solos, carecen de valor.
-Se engaña usted. Hay dos o tres
gobiernos a los cuales les interesa mucho que la paz no llegue a hacerse en
China. Si esos dragones desdentados aparecen allí, la lucha continuará.
-Pero otro gobierno le pagará muy bien
esos dragones con dientes.
-Exacto.
-Yo puedo ofrecerle los dientes de los
dragones, o sea, las trescientas perlas de Ceilán.
-De Malabar -corrigió Barton-. Soy un
buen conocedor de las perlas.
-No las he visto aún y no puedo discutir
con usted. Supongo que tiene razón. Esta noche le traeré las perlas y, a cambio
de ellas usted me entregará las diez acciones del Ferrocarril Chosan. ¿De
acuerdo?
-La señorita Jerry era quien debía
traerme esas perlas.
-Pero la señorita Jerry correría
demasiado peligro en esta casa. Creo que mejor que se las traiga yo.
-Bien, tráigalas usted.
-¿Podría enseñarme, antes, las acciones
del ferrocarril? No quisiera regalarle una fortuna en perlas y verme luego
engañado.
La mirada de Barton se posó durante una
décima de segundo en el retrato de Jerry, volviendo enseguida al rostro de
Duke.
-Tendrá que confiar en mi palabra -dijo.
-Está bien -replicó Duke, que había
comprendido ya donde se ocultaban las diez acciones.
-He tenido un gran placer en conocerle,
señor Straley -siguió Barton, levantándose.
Duke le miró fijamente.
-Es usted un hombre malo, Barton -dijo-.
Hasta ahora, todos los hombres malos a quienes he conocido han terminado muy
mal. Usted sigue su camino y presiento que su muerte no va a tener nada de
agradable.
-Los dos amamos el peligro, señor
Straley, y es muy posible que los dos perezcamos en él. Buenas noches.
-Pero usted piensa que yo moriré, al
menos, un año antes que usted y yo temo que si realiza su proyecto no vivirá
para ver el día de mañana.
-Buenas noches, señor Straley.
Duke se puso en pie y encogióse de
hombros.
-Buenas noches, Barton. Espero que
volveremos a vernos vivos.
Barton no respondió. Tenía las manos en
los bolsillos y sin retirarlas de allí acompañó a Duke hasta el vestíbulo,
donde Sam le dirigió una mirada de asombro, que Duke interpretó de esta manera:
-No esperabas verme bajar vivo, ¿verdad?
-Abre la puerta, Sam -ordenó Barton.
-Y aprovecha el momento para escapar de
aquí, Sam -dijo Duke-. Esta casa se llenará antes de muy poco, y si insistes en
quedarte aquí tú serás uno de ellos. Buenas noches, Barton, hasta las doce.
Prepárame un poco de té.
Harper Barton vio salir a Duke sin que la
sonrisa desapareciera de sus labios. Cuando la puerta se hubo cerrado volvió
lentamente la espalda a Sam y subió a su despacho. La red estaba bien tendida y
los peces no tardarían en caer en ella. Harper Barton estaba seguro de sí
mismo.
Una vez en su despacho, contempló un
momento el retrato de Jerry y su rostro se humanizó durante unos segundos.
Luego, asaltado por el recuerdo de las palabras de Duke, murmuró:
-No... eso no es posible. Kingoro... Ni
él puede estar enamorado de ella ni ella de él.
Sentóse a la mesa y permaneció unos
minutos pensativo. Al fin, descolgó el teléfono y marcó un número que consultó
en su cuaderno de notas.
Una voz gutural contestó a la llamada.
-Póngame con A-Uno -pidió Barton.
Pasaron unos segundos y una voz preguntó
en inglés:
-¿Qué desea, Barton?
-Acepto su oferta. Puede venir enseguida
a buscarlos, si tiene el dinero.
-¿Le va bien dentro de diez minutos?
-Perfectamente. Que venga solo.
-Irá solo pero no olvide a lo que se
expone si juega sucio.
-Lo sé.
-Buenas noches, Barton.
Éste colgó el aparato y levantándose fue a un
extremo del despacho y pulsó un oculto botón. Descorrióse una parte del muro y
apareció la sólida puerta de una enorme caja de caudales. Barton hizo girar el
disco de la combinación y, al fin, la puerta abrióse por sí sola, como movida
por un oculto motor eléctrico.
El interior de la caja estaba lleno de
documentos y de paquetes. En la parte inferior se veía una caja parecida a la
que Duke viera en la habitación secreta del Paraíso. Barton la sacó y la dejó
sobre la mesa. Cerró luego la caja de caudales y la ocultó. Destapó luego la
otra caja y contempló, pensativo, los diez dragones de bronce. Iba a cometer
una canallada; pero no era la primera ni siquiera la última.
Miró de nuevo el retrato de Jerry y
murmuró:
-Las mujeres aman a los audaces. Yo lo
soy. Mañana Jerry se sentirá atraída por mi audacia sin límites.
Su soliloquio fue interrumpido por el
zumbido del teléfono de comunicación interior. Lo descolgó y oyó la voz de Sam
que anunciaba:
-Hay alguien que dice que usted le está
esperando desde hace diez minutos.
-¿Viene solo?
-Trae una maleta.
-Hazle subir.
Rápidamente Barton se volvió hacia la
repisa de la chimenea que se hallaba a su espalda. Observó un momento la
colocación de los dos sillones y luego fue hacia la chimenea. Sobre ésta se
veían dos cajas de porcelana. Las destapó y dentro de cada una de las cajas se
veían tres tubos de acero en forma de cañoncitos de juguete. Los de una caja
apuntaban a un sillón y las de la otra al otro. Cada una de aquellas armas
estaba conectada a un hilo eléctrico. Si Barton apretaba con el pie el resorte
que tenía a la derecha, los cuatro cañoncitos de aquel lado dispararían
acribillando el sillón del mismo lado. Los otras cuatro se disparaban por la
izquierda, y nadie que se sentara en aquel sillón de aquel lado salvaría su
vida.
Era una precaución que Barton nunca
dejaba de tomar y que en aquel momento completó con un revólver de corto cañón,
calibre treinta y ocho largo, que guardó en un bolsillo.
Apenas lo hubo hecho sonó una llamada a
la puerta y Tex hizo entrar al visitante. Éste dejó sobre el sillón de la
izquierda la pesada maleta que traía y se sentó en el sillón de la derecha.
-Veo que ya lo tiene todo dispuesto -dijo
señalando con un ademán la caja de las dragones.
-¿Trae el dinero?
El hombre abrió la maleta, que apareció
llena de fajos de billetes de a mil dólares. Empezó a sacarlos y los fue
echando sobre la mesa, junto a la caja. Cada fajo contenía cien mil dólares.
Al cabo de diez minutos la cuenta quedó
conforme. El nocturno visitante sustituyó en la maleta los billetes por los
diez dragones de bronce, y levantándose dijo:
-Esta vez gana usted una fortuna; pero si
quiere un consejo, no siga por este camino. Para una nación importante, la vida
de un hombre no tiene demasiado valor. Y mucho menos si ese hombre es un
enemigo. Usted ha sido considerado por nuestro gobierno como un enemigo y si no
hubiera aceptado nuestra oferta, mañana habría muerto y esta casa hubiese sido
incendiada.
-A pesar de todo, el fuego no hubiera
destruido los dragones, pues estaban bien guardados.
-Quizá; pero se ha expuesto mucho, y si
otras naciones se enteran de ésta venta... En fin, no veo su vida muy segura,
Barton. Siga un consejo y márchese a Europa. Aquí se le conoce demasiado.
-Buenas noches -replicó Barton.
-Buenas noches. Veo que no quiere darse
cuenta de que se ha metido en un juego muy peligroso. El pastel es más grande
que su boca y no podrá tragárselo de una vez. Sin embargo, nos ha hecho un
favor, y si desea trasladarse a nuestro país, será bien recibido y... bien
vigilado. Buenas noches.
-Adiós.
Nuevamente quedó solo Harper Barton.
Acarició la montaña de billetes que tenía sobre la mesa. Era una fortuna
inmensa. Y que había ganado muy fácilmente... Quizá demasiado fácilmente.
Pensó en Duke y sonrió. La suerte de
aquel aventurero millonario estaba echada. Y la de Kingoro también iba a ser
decidida por si había algo de verdad en lo de su amor por Jerry.
Dirigió una mirada al reloj. Eran casi
las once. Pronto comenzaría el acto final de aquel drama.
CAPÍTULO VI
Duke, Jerry y Kingoro abandonaron el
Paraíso. Mamá Higgins los despidió después de haberles asegurado que los
alrededores estaban limpios de espías. Subieron al taxi que habían avisado por
teléfono y Kingoro ordenó:
-Avenida Grant. Ya le indicaré dónde debe
detenerse.
El auto arrancó y sus tres ocupantes se
acomodaron en el interior.
Duke había explicado su visita a Barton.
-Ha sido usted muy valiente -dijo el
japonés-. Para ver el pez se ha puesto como cebo en el azuelo.
-Ese hombre es odioso -dijo Jerry-. Está
lleno de orgullo por su fuerza y no comprende que su destino está escrito ya.
-A cambio de las perlas dará las acciones
-dijo Duke.
-Eso es lo importante -murmuró Jerry.
Parecía extrañamente abatida. Sin
embargo, cuando bajó para salir con el japonés y Duke, habíase puesto un traje
de noche de último modelo y el maquillaje de su rostro había sido cuidado hasta
la exageración.
Mientras se dirigían hacia la Avenida
Grant, Kingoro tendió a Duke un paquete de goma de mascar.
-Tome - dijo-. Lo necesitará para que las
perlas no se le escapen al cortar los collares. Un pedazo en cada extremo de
los hilos impedirá que las perlas rueden por el suelo. El guardián del templo
cree que los collares sólo nos interesan como recuerdos curiosos. Recibirá
cincuenta dólares y se considerará bien pagado; pero debemos darnos prisa, pues
es muy posible que nos traicione.
Sacó luego una linterna de bolsillo y la
entregó a Duke.
-La necesitará -dijo-. No creo que con la
luz que hay allí pueda reconocer las perlas legítimas.
El auto había llegado al fin a la Avenida
Grant, y al cabo de un momento, Kingoro ordenó al chofer:
-Pare ahí, junto a ese edificio coronado
de dragones.
El auto se detuvo frente a una casa, cuyas
tres cuartas partes eran netamente modernas, de edificio de cemento armado cuyo
remate, en forma de tejadillos de pagoda, era copia de otros tejados de China a
del Japón. Los faroles del alumbrado público eran alargados, como fanales de
papel, y sus curvos remates estaban adornados con campanillas metálicas. Otros
faroles eran casi redondos y todos recordaban modelas orientales. En contraste
con aquellas muestras de arquitectura oriental, los luminosos Neón y la
abundancia de automóviles ponían una nota anacrónica, que era la característica
más especial del Barrio Chino de San Francisco.
-Aguarde aquí -ordenó Kingoro al
conductor del taxi.
Luego se alejaran por una calle
transversal, guiados por Jerry, que caminaba nerviosamente.
Se adentraron por varias calles y
callejas y, por fin, llegaron ante un edificio que parecía arrancado a un
pueblo japonés. La fachada estaba llena de faroles rojos que emitían una vaga
claridad, dando la impresión de que el edificio estaba en llamas.
Un grupo formado por dos mujeres y cuatro
hombres salía comentando lo curiosa de aquel espectáculo. Era una pagoda
destinada a que la visitasen los turistas de la ciudad. En ella todo era falso;
pero estaba presentado con ingenio.
Un japonés, vestido con un largo kimono,
les recibió con una profunda reverencia.
-Ya sabes a qué venimos -dijo Kingoro, en
inglés-. ¿Hay alguien dentro?
-No, excelencia, no hay nadie -replicó,
humildemente, el guardián del templo.
Duke captó un gesto de disgusto en
Kingoro. Éste hizo seña a Duke para que le siguiese y pidió a Jerry:
-Tenga la bondad de quedarse con el
guardián por si alguien quisiera entrar.
Kingoro guió a Duke hasta una enorme
imagen de Buda. Era de porcelana dorada y, aunque estaba sentada, su tamaño era
casi la mitad mayor que el de un hombre de elevada estatura. Se hallaba rodeada
de humeantes pebeteros y ante ella se veían abundantes ofrendas.
-De prisa -insistió Kingoro, cuyo
nerviosismo desmentía la fama de impasibles de que gozan sus compatriotas.
Duke estaba mascando chiclé, y subiendo a
la especie de altar dispuesto frente a la imagen, pudo ver la enorme cantidad
de collares de perlas falsas que colgaban del cuello de la imagen. Eran todos
collares enormes, que por este solo detalle indicaban la calidad de sus perlas.
Con ayuda de la linterna, Duke examinó
los collares. Las perlas legítimas saltaron casi enseguida a su vista. Las
perlas no eran muy grandes, pero su oriente era maravilloso. Eran perlas de Malabar.
Inconfundibles, y en tal número, que Duke temió ser víctima de una alucinación.
-¡De prisa! -pidió Kingoro-. ¿Las ha
encontrado?
Duke asintió con la cabeza. Cortó con un
cuchillo el hilo de una de los collares y aplicó un poco de chiclé a ambos
extremos del collar, para que las perlas no se perdieran, ya que era imposible
hacerlo pasar por encima de la cabeza del Buda.
Guardó el primer collar en el bolsillo e
hizo lo mismo con los otros dos, reuniéndose luego con Kingoro.
-¿Está seguro de que se trata de las
perlas legítimas? -preguntó el japonés.
-Compruébelo.
Duke depositó los tres collares sobre una
mesita de laca y enfocó sobre ellos el potente foco de la linterna. Aquellos
reflejos eran inconfundibles.
-Entonces salgamos -dijo Kingoro-. No
estaré tranquilo hasta que el asunto quede arreglado.
-Es usted muy fiel a la señorita Jerry.
Kingoro dirigió una rápida mirada a Duke.
-Sí, muy fiel -murmuró luego.
Reuniéronse con el guardián del templo y
con Jerry, que estaban entreteniendo a unos visitantes. Kingoro entregó a su
compatriota un billete muy doblado y luego los tres salieron de la pagoda,
regresando al auto y ordenando Duke:
-Al dieciocho de la calle Cabrillo; pero
antes ya le diré dónde debe detenerse.
Se puso en marcha el vehículo y Duke
advirtió a Jerry:
-Usted no debe acompañarme. Quédese con
Kingoro y deje el asunto en mis manos. Es peligroso.
Jerry se encogió de hombros. El auto
avanzaba velozmente, alejándose del Barrio Chino, por la calle de Stockton. Lo
avanzado de la hora no impedía que la circulación fuera muy abundante, y Duke
creyó observar en dos ocasiones que un auto les seguía de bastante cerca.
Cuando una reducción del tráfico dejó solos a los dos coches, Duke hizo seña a
Kingoro, señalando el auto que les seguía. El japonés movió afirmativamente la
cabeza. Duke le tendió una de las dos pistolas que antes de ir al Paraíso había
adquirido en una tienda de préstamos.
Kingoro rechazó el arma y mostró el
cuchillo que llevaba en una funda, bajo el brazo.
Duke metió la pistola entre el asiento y
la carrocería del auto. En caso de necesidad la tendría a mano y...
El auto que les seguía aceleró la marcha,
y adelantándose a ellos se cruzó, de pronto, delante del taxi, obligando al
chofer a una violenta parada.
El otro vehículo, cuya carrocería estaba
pintada de claro quedaba perfectamente visible a la luz de los faros del taxi y
de su interior salieron cinco hombres, que corrieron hacia el coche. Duke y
Kingoro saltaron al suelo, uno por cada lado, y recibieron a los agresores con
los puños cerrados. Duke vio ante él a un hombretón de rostro simiesco contra
el que descargó toda la energía concentrada de sus músculos.
El impacto de un puño contra aquel rostro
le hizo temer haberse destrozado la mano; pero el hombretón se desplomó como un
fardo y el millonario comprendió que aún le quedaban energías para los otros.
El siguiente que llegó contra él debía de
estar práctico en el manejo de los puños, pues logró esquivar el primer golpe
y, en cambio, descargó un potente puñetazo contra la oreja izquierda de Duke.
Éste, viendo llegar el golpe, saltó a un lado, para aminorar la violencia del
mismo, a pesar de lo cual sintió que las luces bailaban ante sus ojos.
En aquel instante comprendió que su
adversario llevaba los puños protegidos por uno de esos desagradables
artefactos de latón o de cobre que protegen la mano del que los emplea y
destrozan la cara del que los recibe.
Diciéndose que a tal señor tal honor,
cuando el atacante trató de completar su obra, Duke le acogió con un golpe de
"sabate", que honraba al boxeo francés, y que aplicado con
demoledora furia al pecho, arrancó el aliento al desconocido, lanzándolo hacia
atrás como despedido por una catapulta. Al volverse, Duke vio como Kingoro se
libraba del tercero de sus atacantes, en una magnífica demostración de las
excelencias del jiu-jitsu.
Duke dominaba aquel tipo de lucha; pero
ante Kingoro se reconoció completamente inferior.
Iba a dirigirse hacia su compañero y
hacia Jerry cuando el gemido de una sirena le advirtió que la Policía llegaba
al campo de batalla.
La reacción del japonés sorprendió
enormemente a Duke pues Kingoro, como si oyera llegar al diablo, echó a correr
hacia una cercana calleja y desapareció antes de que el auto se detuviera junto
a los restos del combate.
Tres policías descendieron. Uno de ellos
iba armado de un Remington, otro llevaba una ametralladora Thompson
y el tercero empuñaba un revólver de reglamento.
-¿Qué significa esto? -preguntó el
policía del Remington.
-Nos han agredido -explicó Duke-.
Detuvieron su auto frente a nuestro taxi y se lanzaron sobre nosotros.
-¿Es verdad? -preguntó el policía,
dirigiéndose al chofer del taxi.
-Sí, ocurrió tal como dicen -contestó el
taxista.
-Vosotros levantad a esos y ved lo que
dicen -ordenó el policía del rifle.
Sus dos compañeros consiguieron hacer
incorporarse a los vencidos. El empeño exigió casi diez minutos, pues los
golpes habían sido muy eficaces.
-¿Por qué habéis intentado atracar a ese
hombre? -preguntó el jefe de los policías.
El mejor vestido de los otros cinco
entregó una tarjeta al policía, explicando:
-Soy Thaddeus Kurt, de la joyería Kurt.
-¡Oh! Perdón, señor Kurt.
El llamado Kurt señaló a Duke, diciendo:
-Este hombre y otro compañero que parecía
chino o japonés entraron en mi joyería pistola en mano y se llevaron
trescientas perlas que acababa de recibir y estábamos seleccionando. Nos
encerraron en un ropero y huyeron; pero pudimos liberarnos y salimos detrás de
ellos, alcanzándolos aquí. Luchamos, pero nos vencieron... ¡Por fortuna llegaron
ustedes a tiempo!
-¿Es verdad eso? -preguntó el policía,
volviéndose a Duke.
-¡Es mentira! -replicó el joven-. Ese
hombre no ha sido nunca joyero.
-Regístrele, señor policía, y vea si
encuentra en su poder las perlas.
El policía de la ametralladora encañonaba
significativamente a Duke y éste tuvo que dejarse registrar. El policía del
revólver le quitó la pistola y las perlas.
-¿Son éstas? -preguntó al supuesto Kurt.
-Sí -contestó el hombre-. Son las mismas.
-Tendrá que acompañarnos a la comisaría -dijo
el policía del Remington, guardando los collares de perlas-. Allí se
aclarará todo. Si es un error lo lamentaré mucho; pero, no puedo hacer otra
cosa.
Siempre apuntado por la ametralladora,
Duke tuvo que dirigirse hacia el taxi.
-Iremos en este coche -dijo el jefe de
los dos policías-. Tú -indicó al del revólver-, lleva el auto patrulla por
delante. Nosotros iremos detrás, y el señor Kurt puede seguirnos.
Duke estaba observando atentamente al que
hablaba. En aquellos momentos la luz de un farol le dio de lleno en el pecho y
Duke pudo leer la inscripción de la placa. Decía: Detective Sargento de Primera
Clase.
Pero también decía, debajo: Cincinati, y
estaban en San Francisco.
Duke comprendió la trampa en que había
caído; pero si la placa había perdido todo su valor, la ametralladora que
empuñaba el otro policía seguía conservando toda su eficacia.
-¿Qué hacemos con la señora? -preguntó el
tercer policía, señalando a Jerry.
-No
se nos ha dicho nada de ella -replicó el sargento-. Llévala en tu auto y déjala
en algún sitio alejado, donde haya pocos policías.
Al decir esto, el falso sargento guiñó un
ojo, mientras que el de la ametralladora empujaba a Duke con el cañón de su
arma, obligándole a subir al taxi mientras Jerry era llevada al coche de la
Policía.
Los supuestas joyeros robados metiéronse
en su auto y siguieron al taxi cuando éste se puso en marcha.
Junto al chofer iba el "policía"
de la ametralladora que vigilaba a la vez a Duke y al taxista que, muy pálido,
obedecía las instrucciones que le daba su vecino.
El "sargento" había
dejado a un lado el Remington y empuñaba una Colt automática del
45.
-¿Un cigarrillo? -propuso Duke.
-Gracias -replicó el otro. Y riendo
agregó:- No puedo fumar estando de servicio.
-Ha sida una celada muy bien tendida
-felicitó Duke-. ¿Es idea suya, sargento de Cincinati?
El hombre se echó a reír otra vez.
-El jefe también colaboró en ella -se
dignó conceder-. Pero lo principal salió de mi cabeza.
-¿Me llevan a su casa?
-¿A qué casa?
-A la de Barton.
-No. Tenemos otro sitio mejor. Allí la
Policía podría encontrarle, y el patrón es lo bastante listo para no
comprometerse tontamente. Y no trate de enturbiarme el cerebro charlando por
los codos como hizo con Sam y Tex. Yo estoy hecho de otra madera.
Duke inclinó la cabeza como si se
considerase metido en un atolladero del que no veía medio de salir.
-¿Sabe que lleva una fortuna en perlas?
-preguntó, al fin.
-Sí -contestó el sargento.
-Pero, ¿sabe cuánto valen?
-Supongo que mucho.
Duke sonrió tristemente.
-Estay seguro de que no acierta ni la
tercera parte de su valor.
-Un millón -rió el falso policía.
Duke soltó una despectiva carcajada.
-¡Un millón! Vendidas en diez millones
esas perlas serían una ganga que se disputarían todos los joyeros de Nueva York
o de Londres. ¡Un millón! Por veinticinco se pagaría sólo su valor exacto y por
treinta su precio de venta.
-¿Treinta millones? -repitió, casi sin
voz, el sargento.
-Sí. Eso valdrían esas perlas si se
expusieran en un escaparate. Y vendidas al joyero más ladrón, proporcionarían
quince millones en el acto. ¿Creía que sólo valían cien dólares?
El falso policía, sacó los collares y se
inclinó sobre ellos. De pronto, la masa de perlas se transformó en un
firmamento poblado de nacientes y murientes estrellas, y bajo los efectos del
terrible culatazo recibido, el sargento de Cincinati, cayó a las pies de Duke,
mientras que éste, empuñando la pistola que había sacado de su escondite y
utilizada para dejar sin sentido al policía, amenazaba con ella al de la
ametralladora.
-Déme la Thompson -ordenó.
El hombre le entregó el arma y Duke le
descargó un salvaje golpe en la sien con la pistola; luego, inclinándose hacia
el chofer, anunció:
-No se asuste. No eran policías. Siga
adelante, como si nada hubiese ocurrido. Nos sigue otro coche, y si sospechan
algo dispararán. Yo me encargaré de ellos. Cuando oiga disparar la
ametralladora, mantenga la misma dirección; pero cuando termine, desvíese por
la primera bocacalle que encuentre.
-Bien, señor -replicó el chofer, más
muerto que vivo.
Se había dado cuenta de que no se trataba
de una detención en regla y había temido, durante todo el tiempo, que le
asesinaran para sellarle los labios.
Entretanto, Duke había recuperado las
perlas; y luego, empuñando la Thompson, comprobó que el tambor estaba
lleno de proyectiles. Introdujo el primero de los cincuenta en la recámara del
arma, que iba provista de silenciador, y arrancando la mirilla trasera, indicó
al conductor que mantuviera una marcha recta, sin desviarse para nada, luego
asomó el cañón de la ametralladora y apretó el gatillo.
El arma pareció saltar en las manos de
Duke. Oyóse un uniforme "¡pof-pof-pof!" y el interior del
coche se llenó de los irrespirables vapores de la cordita, mientras el auto en
que iban el joyero y sus cómplices se desviaba del centro de arroyo, con los
neumáticos delanteros y el motor destrozados y en medio de un estridente
chirrido que ahogó las sordas detonaciones, fue a chocar contra una boca de riego,
derribándola y haciendo brotar del suelo un potente surtidor de agua que empujó
a un lado el auto, volcándolo.
Duke dejó de disparar, y el taxista,
siguiendo sus instrucciones, desvióse por la primera bocacalle, en el mismo
instante en que uno de los ocupantes del otro coche salía del interior del
mismo y comenzaba a disparar sobre el taxi. La emoción y el temblor de sus
manos impidieron que los tiros fuesen buenos, y antes de que pudiera afinar la
puntería, el taxi había desaparecido.
-Diríjase a un callejón solitario y
echaremos allí a estos dos amigos -indicó Duke.
-¿No sería preferible llevarlos a la
Policía? -preguntó el chofer.
-Por mí los llevaría; pero pertenecen a
una banda poderosa y se expondría usted a alguna venganza. Haga lo que le digo.
El conductor buscó una calle mal
alumbrada, cercana al puerto, y Duke, sin ninguna consideración, lanzó sobre la
acera a los dos falsos policías, luego, al pasar junto a la bahía, tiró al mar
el rifle y la ametralladora, guardando la pistola automática del sargento y la
que utilizó para dominar a los dos hombres.
-¿Dónde debemos ir? -preguntó el chofer.
-Deténgase frente a alguna farmacia.
Quiero telefonear.
Desde la cabina de una farmacia, abierta
toda la noche, Duke llamó al Paraíso. Éste no aparecía en la lista telefónica,
pero en cambio encontró el apellido Higgins.
-¿Mamá Higgins? -preguntó.
-Sí. ¿Quién llama?
-John Smith. ¿Ha llegado ya la señorita
Jerry?
-Si. La trajo Kingoro. Está muy afectada.
-Dígale que conservo los dientes y que
pronto tendrá lo demás.
-¿Qué dientes?
-Los de los dragones. Todo ha salido
bien. Buenas noches.
Duke colgó el teléfono antes de que la
mujer pudiera hacerle más preguntas, y regresando al taxi, ordenó:
-Lléveme a la entrada de la calle
Cabrillo. Allí nos separaremos, pues podría rondar por los alrededores algún
amigo de los hombres que hemos visto esta noche.
Recostándose en el asiento del auto, Duke
dejó vagar sus pensamientos. La lucha había sido breve. La más rápida de toda
su vida. Y también la más peligrosa. Iba acercándose el momento culminante y en
él necesitaría toda su presencia de ánimo y energía.
El chirrido de los gastados frenos del
auto le arrancó de sus meditaciones. El coche habíase detenido a la entrada de
una calle. En lo alto del farol que se levantaba en la esquina se veían dos
rótulos formando ángulo. Una de ellos era el de la calle Holmes. El otro, que
apuntaba hacia la otra, anunciaba: "Cabrillo Street".
Duke entregó un billete de cien dólares
al taxista y le estrechó la mano.
-Gracias por su colaboración -dijo.
Luego, respirando profundamente, echó a
andar en dirección a la casa número 18.
CAPÍTULO VII
Con una escena casi repetición de la que
marcó su primera visita a casa de Harper Barton, se abrió al fin la puerta, y
Sam miró, lleno de asombro, a Duke.
-¿Está tu jefe? -preguntó éste.
-Sí... le espera arriba -tartamudeó Sam.
-Bien. No te molestes en acompañarme.
Conozco el camino.
Duke subió sin prisa la escalera de
mármol, echó una mirada a la vitrina de las porcelanas y, al volverse, se
encontró ante la pistola de Tex.
-Buenas noches, jockey -rió Duke-.
¿Siempre recibes así a las visitas?
-El patrón dice que suelte las armas.
Duke sacó la pistola que había utilizado
en el auto y la tendió a Tex. Éste la fue a coger, y sin saber cómo encontróse
en el suelo, sin sentido, de resultas del golpe más salvaje que había recibido en
su vida, que había sido pródiga en tales caricias. Fue un golpe a la barbilla,
descargado no sólo con la fuerza del brazo de Duke, sino también con la dureza
del acero de la pistola.
Dejando a Tex en el suelo, Duke recogió
la pistola del antiguo jockey y con las dos en la mano fue hacia la
puerta del despacho de Barton. Entró en él llevando las dos armas bien a la
vista y encontróse con el dueño de la casa que, de pie al otro lado de la mesa,
le apuntaba con una pistola Remington.
-No es necesario que me amenace -sonrió
Duke-. Le traigo la pistola de su guardia de corps y también la mía. Tiene
usted unos servidores muy deficientes.
-Pero yo valgo más que ellos.
-Es posible que sí. ¿Le avisaron ya sus
hombres lo ocurrido?
-Sí.
-¿Maté a alguno?
-No.
-Me alegro. Podía haberlo hecho
impunemente...
-¿Dónde está Jerry?
-¿No lo sabe? -preguntó Duke.
-No -replicó, ceñudamente Barton, sin
dejar de apuntar a Duke.
-¿Por qué no llama a su casa?
-Ya lo he hecho. No sabían nada. Han
encontrado a Pollock muerto de una cuchillada.
-¿Quién es Pollock?
-El que debía traerla aquí.
-¿El conductor del auto patrulla?
-inquirió Duke.
-Sí. El auto fue hallado a unos
quinientos metros de donde le detuvieron. Pollock tenía una puñalada en el
cuello.
-Quizá sea cosa de Tex.
-No lo es.
-Entonces casi juraría que nuestro amigo
Kingoro tiene algo que ver con ello.
-¡Le mataré por eso!
-Puede intentarlo pero antes deberá usted
apresarle y, por lo que he visto esta noche, es un hueso muy duro de roer.
-Tengo buenos dientes.
-A veces a uno se le caen los dientes, y
entonces sólo le quedan las manos.
-¿Quiere dejar sobre la mesa lo que lleva
en sus manos?
Duke tiró sobre la mesa las dos pistolas.
-Siéntese -ordenó Barton, indicando uno
de los sillones.
Duke se sentó en el otro, y al hacerlo
percibió una leve y burlona sonrisa en labios del dueño de la casa. Comprendió
enseguida que estaba colocado en una posición peligrosa.
Esta convicción se reforzó al ver cómo
Barton dejaba su pistola sobre la mesa, casi junto a las otras dos.
-¿Un cigarro? -invitó Barton, tendiendo a
Duke una abierta caja de cigarros.
Duke eligió cuidadosamente uno de ellos,
lo encendió con un cuidado aún mayor, y lanzando hacia el techo una columna de
humo, declaró:
-Fuma usted buen tabaco.
-Y bebo mejor licor -sonrió Barton-. ¿Una
copa de whisky escocés legítimo, de más de cincuenta años?
-Encantado.
Sin perder de vista a Duke, Barton abrió
un cajón y sacó de él una botella de "Vat-69" y dos vasitos de
cristal tallado. Los llenó del dorado licor, y levantando su vaso, brindó.
-Por nuestro conocimiento.
-Por su suerte -replicó Duke.
Bebió el licor, y dejando el vaso sobre
la mesa miró fijamente a Barton.
-¿Por qué ha jugado usted sucio?
-preguntó.
-Porque es usted un enemigo y lo seguirá
siendo mientras viva. No me gusta tener enemigos.
-Yo no tenía ningún interés especial en
este asunto.
-Usted se encuentra en un lado de la
barrera y yo en el otro, Duke. Sería ingenuo que yo creyese que usted iba a
perdonarme la muerte de Carter.
-Usted no hizo matar a Carter, Barton.
El rostro de Barton se ensombreció.
-¿Por qué dice eso?
-Porque lo sé. Usted no podía hacer matar
a Carter por una razón muy sencilla: porque Carter era uno de sus hombres.
Quizá el mejor de todos ellos. Tan bueno, que aún ahora Jerry le sigue creyendo
una víctima caída en defensa de ella.
-¿En qué basa sus deducciones, señor
Straley?
-Es usted un hombre muy curioso, Barton.
Cuando se siente seguro de sí mismo, me llama Duke. Cuando alguna de mis
estocadas le llega a la carne, entonces me llama "señor Straley".
De esa manera puedo adivinar perfectamente su estado de ánimo. Si no le quedase
tan poco tiempo de vida le aconsejaría que corrigiera ese defecto. Un hombre
como usted no debería tener esas debilidades.
-¿Cree que me queda poco de vida?
-Sí. Y aunque usted cree que a mi me
queda mucha menos, se engaña.
-Su vida depende de mí.
-Es posible; pero no me matará antes de
oírme y cuando me haya escuchado, tendrá menos deseos de matarme que ahora.
-¿Cómo ha averiguado lo de Carter?
-Podría decirle que lo sospeché desde el
primer momento. Pero le mentiría. Me tragué la farsa de Carter y fui un fácil
juguete en sus manos. Cuando me contó lo de la revista Pacific admiré su
honradez al contarme algo que yo podía haber interpretado contra él. Fue un
rasgo de listeza que yo confundí con la honradez.
"Cuando le asesinaron tuve la vaga
impresión de que algo rompía las leyes lógicas. Luego ocurrieron muchas cosas y
olvidé el incidente, sobre todo cuando todos admitieron que la muerte de Carter
había sido decretada por usted. Cuando fue descubierta la desaparición de los
diez dragones, Jerry y Mamá Higgins sospecharon de un huésped que se había
marchado. No, el autor del robo fue Carter. Teniendo un aliado semejante en el
campo enemigo, usted estaba bien informado de todo y podía burlarse de los
esfuerzos de Jerry y de Kingoro.
-Deduce usted muy bien, y porque se que
no va a salir vivo de esta casa, no me importa admitir que, por ahora, ha
acertado en todo.
-Gracias, por su reconocimiento de mi
sagacidad. Continuaré explicándole la historia de Carter. Usted debió de
conocerle cuando se dedicaba al chantaje por medio de su revista Pacific.
Quizá intentó sacarle dinero y usted le convenció para que se uniera a usted.
-Un amigo mío tuvo un tropiezo con una
manicura y el escándalo fue muy grande. Acudí a Carter y logré que
proporcionara a mi amigo un montón de ejemplares de su revista para justificar la
difamación que decía cometieron con él. Como conocía a varios directores de
periódicos, y sabía de ellos cosas que a ninguno le convenía que se divulgaran,
logró el triunfo de que no sólo su revista, sino también tres periódicos
locales declarasen que mi amigo había sido víctima de una chantajista. A partir
de entonces estuvimos en muy buenas relaciones.
-Ha debido de lamentar mucho la muerte de
Carter, ¿verdad?
Barton se encogió de hombros.
-Tal vez no. Como hace unas horas
dijimos, es preferible emplear servidores tontos. Los demasiado inteligentes
resultan peligrosos.
-Eso fue, también, lo que durante unas
horas me ha engañado. Aunque sospechaba que Carter era un traidor, creía que
usted era el más interesado en deshacerse de él. Carter sabía demasiadas cosas
de usted, y como chantajista, hubiera sabido aprovecharlas muy bien, cosa que a
usted no le convenía.
-Tiene mucha razón. Viéndole tan
inteligente, lamento, de verás, que no me sea posible perdonarle la vida y,
sobre todo, asociarle a mis empresas.
-Tengo demasiado buen sentido para
aceptar una oferta semejante, Barton. Dicen los chinos que quien cabalga en un
tigre no puede desmontar cuando quiere. Sus empresas son un tigre terrible en
el que usted galopa, sabiendo que el final de la carrera está más o menos
lejos; pero el resultado sólo puede ser uno: Su tigre le devorará.
-Lamento que no pueda usted asistir al
espectáculo.
-Lamenta usted equivocadamente, Barton.
Todo hombre inteligente comete errores. Y suele cometerlos cuando más seguro
está de sí mismo. Usted ha llegado a un grado de seguridad y confianza en sí
mismo que le perjudica enormemente. Y ahora, esa confianza va a ser su
perdición.
Barton sonrió burlonamente.
-Siga hablando de Carter. En eso está más
acertado que en lo otro.
-Pues bien, seguiremos con el bueno de
Carter. Durante el viaje me sacó lo que pudo, me contó lo que quiso y logró
hacerme creer que era un hombre honrado a quien la desgracia, las envidias y la
injusticia social habían precipitado en el abismo del chantaje. Le creí porque
son tantas las cosas que ocurren en nuestro mundo, que la historia de Carter no
resultaba más increíble que cualquiera de tantas otras. Pero cuando al
descender del taxi me dijo qué entrase en el Paraíso mientras él se quedaba
pagando la carrera, algo me sonó a extraño. ¿Por qué no entrar juntos? Si no le
hubieran asesinado, habría sospechado mucho de él; pero al verle muerto creí
que la mano de usted había guiado el puñal. No se me ocurrió que resultaba raro
que Carter se hubiera apartado aún más de la casa, deteniéndose junto a aquel
poste de teléfonos. No se me ocurrió que había ido allí para comunicar con Tex
y Sam, y que una mano justiciera le cerró para siempre los labios. A los pocos
minutos de la muerte de Carter, usted fue enterado de ella y creyó conveniente
cargar con ella, ya que, en resumidas cuentas, Carter le había ayudado ya en
todo lo posible y su muerte saldaba el pago que usted le había prometido.
-Perfecto.
-Pero cometió usted un error muy grande al
hacerme venir a San Francisco. Creyó que Funimaro Goto era más peligroso que yo
y se deshizo de él. Hizo mal. Funimaro no estaba capacitado para luchar con
usted. En cambio, yo soy un enemigo muy peligroso.
-A
quien ahora tengo a mi merced.
-A quien usted supone tener a su merced
-corrigió Duke-. Como todos los delincuentes famosos, usted ha llegado a
creerse un superhombre. Nada de cuanto usted haga puede fallar. No hay enemigo
capaz de resistírsele. Ni la Policía ni los detectives privados pueden con
usted. Es un error pensar así. Yo, desde que empecé a dedicarme a perseguir a
los bandidos como usted, no he dejado de considerar que cualquiera de mis
enemigos podía ser mejor que yo. Por eso, hasta ahora, he triunfado siempre.
-Hasta ahora.
-Sí, hasta ahora. Desde el primer
instante comprendí que era usted un enemigo digno de mí; pero también me di
cuenta enseguida de cuál era su punto débil.
-¿Cuál es?
-Sus cómplices. Ninguna cadena es más
fuerte que su más débil eslabón. Se ha acostumbrado a que los demás realicen
los trabajos sucios y le ocurre lo que a los famosos pistoleros de Chicago.
Empezaban luchando en persona, matando a sus enemigos, creando una fama de
hombres duros y peligrosos. Luego, a medida que iban acumulando millones,
acumulaban grasa, les iba disgustando cada vez más tener que seguir matando por
su propia mano, y dejaban que fueran otros los que se encargasen de los
trabajos repugnantes. Y al fin, sus propios hombres, dándose cuenta de que eran
los más fuertes, los mataban y ocupaban sus puestos. A usted no le ocurre eso,
pues ninguno de sus cómplices vale nada; pero, en cambio, lo que usted cree una
barrera de acero entre la ley y su persona, no es más que un muro de papel.
-¿Ha venido sólo a decirme todo eso?
-preguntó Barton.
-No. He venido a traerle las perlas. Sus
hombres llegaron a quitármelas; pero luego, a su vez, se las dejaron arrebatar
ingenuamente. Eso le demuestra que ninguno de ellos está a la altura de Kingoro
ni de mí.
-¿Kingoro? Sí, es peligroso como una
serpiente de cascabel.
-Sin cascabel -corrigió Duke-. Es un
hombre extraño. Un luchador formidable y un genio en el manejo del cuchillo. Él
fue quien mató a Carter.
Barton observó fijamente a Duke. Al fin,
asintió con la cabeza.
-Sí, sólo él pudo hacerlo.
-¿Cree que lo mató por celos? -preguntó
Duke-. Kingoro es el ángel guardián de Jerry. ¿Dónde lo conoció?
-En Shanghhai. Era criado del padre de
Jerry.
-¿Criado?
-Una especie de secretario.
-¿Cuánto tiempo llevaba a su servicio?
-Un año y medio.
-Bien... Es un personaje muy interesante
nuestro amigo Kingoro. Quizá algún día tengamos que ocuparnos de él, A usted le
ha perjudicado mucho. Creo que eliminó a todos los hombres a quienes usted
instaló en mi barco.
-Sí. No se cómo descubrió su identidad.
Eran mis mejores servidores.
-De una manera muy sencilla. ¿Me permite
sacar un cigarrillo? El tabaco habano me resulta insípido. Prefiero mis
cigarrillos.
Duke sacó una alargada pitillera de
platino y la abrió, ofreciéndola a Barton, que rechazó los cigarrillos.
-¿Cree que contienen opio? -preguntó
Duke-. No, no recurriría a un procedimiento tan ingenuo. Existen otros
infinitamente mejores.
Mientras hablaba iba golpeando el
cigarrillo sobre la pitillera, haciendo que la luz se reflejara en el brillante
metal y dirigiendo diestramente el reflejo a los ojos de Barton.
-Sí -continuó con voz opaca-. Sí, Kingoro
es un genio, un verdadero genio, una maravilla de maravillas. Empleó contra sus
hombres un procedimiento muy original. Los reunió a todos en un salón y les
empezó a decir: "Dormíos, dormíos, dormid, así, dormid, duérmete,
duérmete, duérmete. Obedece. Yo te lo ordeno. Tu voluntad desaparece. Yo soy
quien manda. Obedece. Duérmete. Así. Es muy fácil. Déjate hundir en los abismos
del sueño. ¡Así! ¡Duerme! Descansa. Descansa... Descansa... Reposa... Duerme...
Duerme... ¡Ya estás dormido! Ya no tienes voluntad. Sólo yo la tengo. Debes
obedecerme. ¿Contestarás a mis preguntas?
-Sí -contestó, trabajosamente, Barton-.
Contestaré.
-¿Estás dormido? -preguntó Duke moviendo
la pitillera ante los ojos de Barton.
-Sí, estoy dormido -contestó éste.
Duke sonrió burlonamente.
-¿Qué harías si quisieras matarme?
-preguntó.
-Si estuviera sentado en el sillón de la
izquierda, apretaría con el pie el botón que hay en el suelo, a mi izquierda.
Entonces se dispararían cuatro pistolas escondidas en una de las cajas de
porcelana de la repisa de la chimenea.
-Descansa -ordenó Duke.
Se puso en pie y fue a la chimenea.
Barton quedó en su silla, rígido como una imagen. Duke destapó una de las cajas
y examinó el ingenioso mecanismo, retiró luego los hilos eléctricos que debían
inflamar la pólvora y luego descargó cada una de las pistolitas. A continuación
hizo lo mismo con la otra caja. Dejándolo todo tal como estaba, dirigióse luego
a la mesa y descargó las tres pistolas que había encima de ella. Registró
después los cajones y encontró un revólver de gran calibre. También lo
descargó, tirando todas las balas al cesto de los papeles y ocultándose bajo
unos trozos de papel.
A continuación cogió el retrato de Jerry
y abrió el marco por la parte trasera. Dentro encontró diez acciones del
ferrocarril de Chosan. Estaban escritas en caracteres chinos y en inglés. Duke
las guardó en un bolsillo.
-¿Dónde tienes los dragones? -preguntó,
luego.
-Ya no los tengo -respondió Barton.
-No me mientas -dijo Duke-. No puedes
mentirme. Soy tu dueño. Contesta la verdad.
-Los he vendido. En la caja de caudales
tengo el dinero que me han dado por ellos. La guerra en China continuará. Los
dragones no podrán hablar nunca de paz.
Duke ordenó al inconsciente Barton que le dijese dónde estaba la caja de
caudales y luego cómo abrirla. Anotó la combinación, y después de asegurarse de
que Barton no había mentido, volvió a cerrar la caja, se sentó de nuevo frente
a Barton, y sacando la pitillera repitió la operación anterior.
-Y como Kingoro es un formidable
hipnotizador, logró hacer dormir a todos los hombres de la tripulación y, sin
darse cuenta de lo que hacían los culpables, confesaron de plano.
Duke dejó de golpear el cigarrillo, se lo
llevó a los labios y lo encendió.
-No creo en eso del hipnotismo -declaró
Barton.
Duke le dirigió una sonrisa que para
Barton resultó incomprensible, pues no se había dado cuenta de que durante un
cuarto de hora había permanecido en trance hipnótico.
-He presenciado experimentos muy notables
-declaró Duke-. He visto a más de un hombre quedar dormido sin darse cuenta de
lo que le ocurría.
-No creo en ellos. He visto eso mismo en
algunos escenarios y opino que todo es mentira.
-Me extraña que hable así habiendo vivido
en Oriente.
-Por eso puedo hablar. No hay que
confundir los juegos de manos, más o menos diestros, con la magia real.
-Es usted un incrédulo, Barton, y el
incrédulo que lo es porque sí, sin aducir razones definidas, es un idiota. Y
perdone el calificativo.
-A los que van a morir se les permite
decir lo que quieran -sonrió Barton.
-Gracias. No voy a entretenerle por más
tiempo. Pensaba cambiarle las perlas por las acciones del Chosan; pero desde el
momento en que ha vendido usted los dragones, no creo que tenga interés alguno
en el cambio.
Barton palideció como un muerto.
-¿Qué ha dicho? -preguntó, roncamente-.
¿Qué ha dicho?
-La verdad. Que no puedo ofrecerle las
trescientas perlas que forman la dentadura de los diez dragones por la sencilla
razón de que no posee usted los dragones y, por lo tanto, sin bocas los dientes
son inútiles. Por otra parte, la nación a la que usted ha vendido los dragones
y que le ha pagado treinta millones de dólares en fajos de cien billetes de mil
cada uno, debe de tenerlos tan bien guardados que sería inútil intentar
recuperarlos. Me extraña, sin embargo, que no haya ofrecido a esa misma nación
las acciones del Chosan.
-¿Cómo sabe que he vendido los dragones?
-preguntó roncamente Barton.
-Lo sospechaba nada más. Usted acaba de
confirmarlo.
-¿Y cómo ha acercado en el precio?
-Disparé al azar y di en el blanco.
-¡No! -gritó Barton-. Usted lo ha averiguado
por otro medio.
-El mismo comprador me lo ha dicho. Y me
ha dicho también que no vivirás mucho tiempo.
-No llegarás a ver el día de mañana,
Barton-dijo una voz detrás de Duke.
Éste, sin volverse, dijo:
-Buenas noches, Kingoro. Tenga la bondad
de entrar y sentarse en ese sillón. El señor Barton tendrá mucho gusto en
hablar con nosotros. He observado que su charla es muy interesante y
sustanciosa. Hablando con él se aprende mucho.
El japonés entró lentamente en el despacho,
después de cerrar con llave la puerta. Empuñaba una pistola Luger de
largo cañón y no perdía de vista a Barton.
-Siéntese -insistió Duke-. Y guarde la
pistola. Estamos entre amigos.
Kingoro conservó la pistola.
-Barton -dijo-. Ha llegado el momento de
ajustar cuentas. Entregue los dragones.
-No podrá hacerlo porque los ha vendido a
una nación que no profesa ninguna simpatía a los japoneses -dijo Duke.
-¿Es verdad eso? -preguntó Kingoro.
-Desgraciadamente es verdad -suspiró el
millonario-. Claro que es muy posible que los chinos se hayan vuelto un poco
incrédulos y no hubieran hecho caso de los dragones; pero tal vez estén hartos
de guerra y hubieran acogido alegremente la oportunidad de volver a casa
obedeciendo la orden de los dioses.
Duke observó que la mano con que Kingoro
empuñaba la pistola temblaba ligeramente. El japonés estaba muy afectado.
-¿Sabes lo que te va a costar esa
traición, Barton? -dijo lentamente.
-Nada -replicó el dueño de la casa-. Deje
esa pistola si no quiere morir. Están los dos encañonados por ocho pistolas y
sólo tengo que desearlo y las ocho dispararán a la vez.
-No sea niño, Barton, sus amenazas no nos
asustan -dijo Duke-. ¿Cree que nos hubiéramos puesto tontamente en sus manos si
no supiéramos que tenemos todos, absolutamente todos los triunfos?
Los pies de Barton buscaron los dos
resortes y los apretó. Al no ocurrir nada le tocó la vez de palidecer
intensamente.
-No intente ametrallarnos, Barton
-declaró Duke-. Sus cañoncitos son inofensivos.
-Pero... ¿cómo?
-¿Quiere saber cómo lo he hecho? Más
tarde se lo explicaré. Pensaba cambiarle las perlas por las acciones del
Chosan. Creí que vendería los dragones al Japón y que con ello terminaría la
guerra. No lo ha hecho y su traición le costará muy cara. Es usted un canalla
tan grande, que incluso, cuando con el mismo beneficio puede hacer dos cosas,
prefiere elegir la mala.
Duke sacó las perlas y dejó uno de los
collares encima de la mesa.
-Véalas. Son hermosas. Podrían haber
ahorrado mucha sangre; pero no ha podido ser. Uno de sus hombres creyó que
valían treinta millones y estaba dispuesto a hacerle traición. No valen tanto;
pero ello no impide que sean las más hermosas que he visto en mi vida.
Barton las examinó un momento.
-Sí -dijo-. Son muy hermosas. Le daré las
diez acciones a cambio de ellas.
-¿Qué acciones? -preguntó Duke-. ¿Estas?
-y sacó las que había retirado del marco del retrato de Jerry.
-¿Cómo las ha conseguido?
-Por un medio en el que usted no cree.
Por lo tanto no se lo explicaré. Lo único que diré es que también he abierto su
caja de caudales, cuya combinación es NUEVA YORK 1940. Una combinación
muy ingeniosa.
Barton habíase echado hacia atrás,
aterrado por lo que estaba oyendo.
-Ya ve que no necesito su permiso para
llevarme lo que es de la señorita Jerry. Quizá algún día se haga un collar con
estas perlas.
-Déjeme examinarlas.
Alargó la mano hacia el largo collar y
cuando la tuvo casi encima la dejó caer y empuñando la pistola Remington
fue a disparar contra Kingoro. Éste apretó tres veces el gatillo de su arma y
las tres detonaciones formaron una sola.
Barton miró lleno de asombro al japonés y
luego se llevó la mano derecha al pecho, donde tres rojos rosetones iban
uniéndose hasta formar uno mayor.
-¡Dios... mío! -jadeó.
Luego una dolorosa contracción desfiguró
su rostro y cayendo de bruces sobre la mesa resbaló de allí al suelo.
Kingoro le miró fríamente.
-Ha muerto como merecía -dijo.
Después se volvió hacia Duke y,
apuntándole con la pistola, le ordenó:
-Entrégueme las acciones y la pistola que
guarda.
Duke tendió a Kingoro las diez acciones y
luego se dejó despojar de la pistola.
-Perdone mi comportamiento, señor Straley
-dijo Kingoro, en cuyos ojos brillaba una angustia inmensa-. Yo también he
jugado y he perdido.
-Lo creo, excelencia -contestó Duke.
-¿Me conoce? -preguntó el japonés.
-Creo recordar a cierto príncipe Kingoro
Hiranuma. Hay quien dice que todos los chinos y también todos los japoneses son
iguales. Yo opino lo contrario y creo hallar cierto parecido entre el príncipe
Kingoro Hiranuma y usted. Juraría que él era su padre, pues más tarde supe que
un hijo suyo había ido a estudiar en Oxford.
-Es verdad. Mi padre ha muerto y ahora
soy el príncipe Kingoro Hiranuma. Mi patria me confió una gran misión y me he
demostrado indigno de la confianza que pusieron en mí. Sólo me queda un
recurso: ya que no puedo entregar los diez dragones de Confucio, entregaré a mi
patria el control del ferrocarril de Chosan.
-Esas acciones pertenecen a Jerry.
El nipón fijó un momento la mirada en el
retrato de la joven. Duke comprendió que el amor por ella tenía también algo
que ver en el fracaso del noble japonés.
-Yo le pagaré lo que ella pensaba obtener
-dijo, sacando un libro de cheques y empezando a extender uno.
Cuando hubo terminado lo tendió a Duke y
pidió:
-¿Quiere dárselo a Jerry? Dígale que es una
falta muy grave tomarme esta libertad; pero he perdido ya mi honor y no puedo
detenerme ante ningún obstáculo...
Duke dirigió una mirada al cheque. Era el
más importante que había visto en su vida. Veinte millones de dólares.
Se puso en pie y saludó con una
inclinación de cabeza al hombre a quien todos habían creído un simple ayuda de
cámara.
-Ha sido un honor para mí el conocerle,
excelencia -dijo.
Kingoro replicó con otra inclinación y
estas palabras:
-El honor ha sido mío, señor. Lamento que
nos separe nuestra nacionalidad, porque dentro de una hora necesitaré un amigo.
-Lo comprendo, excelencia pero yo no
podría ayudarle. Mi mano temblaría. Nosotros somos débiles y no poseemos el
valor de los hombres de su raza.
-Lo sé; pero hubiera sido muy grato para
mí que fuera usted y no otro.
-¿Puedo serle útil en algo más,
excelencia?
-No, gracias. Yo entregaré las acciones
del ferrocarril a quien debe hacerlas llegar a su destino. Luego lo mejor que
puedo desear es que mi recuerdo sea borrado de este mundo y que mis
compatriotas no me maldigan.
Duke guardó en un bolsillo las perlas y,
recogiendo su pistola, dijo:
-Buenas noches, príncipe Hiranuma.
-Buenas noches, señor Straley.
Los dos hombres se saludaron con dos
profundas reverencias y Duke salió del despacho donde quedaba muerto Barton.
Pero no era la trágica muerte de Harper lo que más le impresionaba. Era el
destino del japonés cuyo sacrificio de dos años había resultado casi estéril y
que, fiel cumplidor de las leyes de honor de su patria, iba a hacerse justicia
a sí mismo.
En el vestíbulo superior vio a Tex,
tendido en el mismo sitio donde había caído; luego, al llegar a la planta baja,
vio a Sam caído junto a la puerta. En la frente tenia una mancha rojiza en cuyo
centro se veía una flechita. Duke comprendió el medio de que se había valido
Kingoro para entrar en la casa: un disparo de cerbatana a través de la mirilla.
Luego, muerto Sam, el violentar la puerta no debió de resultar difícil.
Al llegar a la calle, Duke miró por
última vez hacia la ventana que debía de corresponder al despacho de Barton.
Por si Kingoro le miraba, le saludó como hubiera saludado un soldado a su general.
CAPÍTULO VIII
Jerry dejó el cheque sobre la mesa y
murmuró:
-¡Pobre Kingoro! Nunca creí que fuese lo
que usted dice, señor Straley.
La joven estaba en la habitación que en
el Hotel Imperial ocupaban Bob Dennison y su mujer. Éstos se hallaban presentes
y habían escuchado llenos de emoción el relato de Duke.
-¿Y se matará? -preguntó al cabo de unos
instantes Jerry.
-Su código de honor no le permite otra
cosa -explicó Duke-. Le dieron una orden y no supo cumplirla.
-Pero... no fue culpa suya...
-Si no se hubiera enamorado... tal vez
hubiera tenido fuerzas para conseguir los dragones por el mismo medio que
utilizó Carter.
-Si me hubiese hablado de sus
sentimientos... -musitó Jerry.
-Hizo bien callando. Su corazón,
señorita, no podía ser para él. Si hubiera visto en usted alguna posibilidad de
que llegara a amarle, él le hubiera hablado.
-Quizá tenga razón. Así, al menos, habrá
creído que tal vez...
-Sí, la duda es una gran ayuda cuando se
emprende un viaje tan largo.
Duke se puso en pie y todos le imitaron.
-Bien, señorita Jerry. Por fin se ha
resuelto el misterio de los diez dragones de Confucio. Aquí tiene las perlas y
le ruego que si algún día desea desprenderse de ellas no deje de avisarme.
-No las venderé nunca. Volverán al sitio
donde pertenecen. Si no pueden ir en los dragones legítimos, irán en los otros
que Barton me dejó.
Jerry calló un momento y luego dijo
-Kingoro me salvó esta noche de las manos
de Barton, y sin embargo... ¡Pobre Barton! También él estaba enamorado de mí.
Guardando en el amplio bolso las perlas y
el cheque del japonés, Jerry salió de la habitación. Cuando la puerta se hubo
cerrado tras ella, Betty exclamó:
-¡Si parece que estaba enamorada de
Barton!
-Es muy posible -replicó Duke-. Las
mujeres sois muy extrañas y vuestras reacciones han costado a los filósofos
muchos quebraderos de cabeza. Por fortuna Bob no tiene nada de filósofo.
Betty quedó pensativa y, al fin, murmuró:
-¿No crees que el príncipe Hiranuma se ha
matado en realidad por Jerry?
-Lo ha hecho por su patria.
-¡Oh, no! Estoy segura de que se ha
suicidado porque siendo japonés no se podía casar con Jerry.. ¡Qué hermoso debe
de ser que un hombre se suicide por una!
-Las mujeres siempre complicáis las cosas
claras con manchones de romanticismo -suspiró Bob.
-Eso es filosofar -advirtió Duke-. Si
empiezas así acabarás muy anal.
-¡Oh, no! Yo adoro a mi Bob -declaró Betty-.
Pero a veces me gustaría verle algo más apasionado.
Duke habíase acercado a la ventana. El
sol intentaba en vano perforar la niebla matinal que cubría San Francisco.
Aquel había sido uno de los más veloces casos en que había intervenido. Quizá
ni siquiera fue suya la solución. Había asistido más como espectador que como
actor de tragedia. Pero no lo lamentaba. Había conocido a un hombre, y esto
solo ya era mucho en el mundo actual.
Vio a Jerry cruzando la calle y pensó en
los tres hombres que la habían amado. En veinticuatro horas, los tres habían
abandonado violentamente este mundo.
Sacando su pitillera, Duke encendió un
cigarrillo y lanzó una bocanada de humo contra el cristal de la ventana. Por un
momento el vidrio quedó empañado. Cuando volvió a aclararse, Duke ya no estaba
allí. Se dirigía al despacho de recepción para alquilar una habitación donde
conseguir el bien ganado reposo.
FIN
Digitalizado
por: Antonio González Vilaplana
Edición
noviembre 2003
Publicado
en: Editorial Molino, mayo 1944
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.