Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Marco Denevi - Eine kleine nachtmusik



         Tiempo atrás el edificio estaba habitado por familias de posición acomodada. Después,  uno tras otro,  los departamentos  fueron alquilados a  agentes de Bolsa, a  empresas financieras,  a despachantes de aduana.  Pero Henriette y Leopoldina Von  Wels no quisieron mudarse. A la  noche ellas y Hildstrut, la vieja criada  húngara, eran las únicas  almas vivientes dentro del edificio, porque también Wilson, el  portero, se iba a dormir a su casa en Montserrat. No tenían miedo de quedarse solas y, si vamos a ver, les gustaba. Durante el día hay un discreto movimiento de gente y no pocos ruidos. Pero a partir de  las nueve de la noche el edificio queda  sepulto en el silencio y en la oscuridad de una mina abandonada. Sólo en el séptimo piso hay luz y, a menudo,  una música  tenue.  Si algún  inquilino hubiese  permanecido  en su oficina a esas horas, habría dicho: "son las dos extranjeras".
         Henriette  leía, Leopoldina bordaba  o tejía  una carpeta. En  la ortofónica monumental giraba un disco:  Mozart, Schubert, Schumann, Chopin, Liszt y, de tanto en  tanto Wagner (pero  Leopoldina, aunque nunca lo  dijo, detestaba a Wagner  y no  se atrevía a  confesar su  preferencia por Rossini).  Si hacía calor salían al balcón.  En verano todas sus amistades se iban a las playas, y si ellas no veraneaban era porque a Leopoldina el menor trajín le alteraba la salud.
         Fue  lo  que  hicieron  aquella  noche:  salir  al balcón  y  disfrutar  del espectáculo. Una vez Leopoldina tendría una ocurrencia muy atinada. Dijo: "¿Te fijaste, Henriette? Del  otro lado de Leandro Alem no vive nadie, todo el mundo está  de paso". Es cierto.  Lo que tenían delante  de los ojos era una ciudad sin población estable: Retiro, la Plaza Británica, el Hotel Sheraton, las torres  de Las Catalinas Norte,  el puerto y, al  fondo, el río. Pero de noche, invierno y verano, el panorama es fascinante, casi irreal.
         Buenos  Aires parecía  desierta,  lánguida, como  si todavía  no  se hubiese repuesto de los alborotos de Fin de Año. Por Leandro Alem se deslizaban unos pocos  automóviles extraviados.  Sólo las  torres de  Las Catalinas,  que de noche  están  lustradas  de   negro  brillante,  conservaban  algunos  pisos iluminados como  guirnaldas de plata  navideña. Detrás las luces  de la zona portuaria  parpadeaban en  una  tiniebla brumosa.  Y arriba  un  vasto cielo abierto,  como  es difícil  ver  en  las ciudades.  Henriette y  Leopoldina, acodadas sobre el antepecho de balaustres, no pensaban en nada.
         Entonces oyeron  la música. Sonaba a sus espaldas,  como si viniese desde el interior del  departamento. Pero ellas  no habían puesto ningún  disco en la ortofónica. Y no era música clásica. Era un tango. Un tango ejecutado por un bandoneón. Se miraron, estupefactas. Henriette decidió que sería una radio. Pero ¿quién había encendido una radio a  esas horas  dentro del  edificio? Y  no, no  era una  radio: un  error de interpretación fue corregido, una frase se repitió tres veces, como para ser memorizada.
         Henriette entró  en el departamento, se  dirigió hacia el vestíbulo. ¿Adónde iba? ¿Qué estaba por hacer? Leopoldina la siguió. En todos los pisos hay una galería  cubierta  que  va   desde  el  vestíbulo  hasta  la  cocina  y  las habitaciones de servicio. Defendida  por una mampara de vidrios ingleses, da a un  pozo de aire por  el que trepan los ruidos del día  y el silencio y la oscuridad de la noche.  Henriette subió a una silla y se asomó por encima de la mampara. En el pozo de aire, a la altura del sexto piso, había una niebla de luz amarilla.
         Volvieron  a  la  sala   y  se  sentaron.  Se  miraban  una  con  otra  como interrogándose. El sonido del bandoneón parecía flotar en el aire, surgir de las  paredes,  del piso,  del  cielo raso,  al  modo de  esa música  llamada funcional que suele haber en algunas oficinas modernas, en la sala de espera de algunos consultorios médicos y que brota no se sabe de dónde.
         –¿Quién podrá ser?– susurró Leopoldina
         Henriette se impacientó:
         –Por lo pronto, un hombre. Las mujeres no tocan el bandoneón.
         Pero  no había  alzado  la voz,  también ella  había susurrado.  Se levantó, caminando  en puntas  de  pie fue  a apagar  todas  las lámparas,  sólo dejó encendido un pequeño hongo de cristales de colores, y volvió a su sillón. El  concierto habrá  durado,  la primera  noche, una  buena media  hora. Las señoritas Wels  no sabían nada de  tangos, creían que es  un género vulgar y medio canallesco. Pero  la música es la música y la noche  es la noche, y de la  conjunción de  ambas siempre  nace un  misterio delicado.  Escuchaban en silencio, sin moverse, respirando lenta y acompasadamente como si durmieran. Poco  a poco  descubrían dos cosas:  que el  bandoneón no es  un instrumento musical, es una  voz casi humana, y que nada más que  con su música el tango cuenta alguna historia. Aquella primera noche fueron historias de amor, pero no  historias  trágicas  o apasionadas  sino  más  bien juguetonas,  incluso tiernas, como de algún amor juvenil.
         Después, nada. Nada durante un largo rato. Después las sobresaltó un portazo y enseguida  el brusco sacudón que  da el ascensor cuando  está en la planta baja y lo llaman desde alguno de los pisos superiores. De noche se oye todo. Oyeron  que el  ascensor se  detenía, que la  puerta de  reja se abría  y se cerraba, que  de nuevo el ascensor se ponía en  movimiento. Y por fin oyeron un segundo portazo, lejos, en la puerta de calle.
         Henriette  corrió a  asomarse  al balcón  y  Leopoldina la  siguió. Pero  el edificio está construido sobre  la recoba de Leandro Alem y el balcón encima sobresale un metro. Por  mucho que uno saque medio cuerpo afuera, no alcanza a ver  ni el  cordón de la  vereda. Y si  alguien sale del edificio  y se va caminando por la recova, desde arriba es imposible verlo.
         Ningún automóvil, ningún taxi se detuvo ni nadie cruzó a pie la avenida, así que era  evidente que la persona que acababa de  salir del edificio se había ido caminando  por debajo  de la recova.  ¿Sería la misma que  un rato antes tocaba el bandoneón?
         Henriette fue  a espiar:  el pozo de  aire estaba totalmente  a oscuras. Sí, sería la misma. Las señoritas Wels permanecieron en el balcón sin pronunciar una palabra. Vino la  medianoche, y como Henriette no daba señales de querer irse a dormir, Leopoldina  pudo seguir manoseando mentalmente la idea que la asaltó de  golpe: el hombre había tocado el  bandoneón para ellas, la música había sido  un mensaje  en clave, el  mensaje decía "llegué,  aquí estoy", y luego de enviarles el mensaje se había ido. ¿Volvería?
         A la  mañana siguiente  Hildstrut, en cambio  de averiguar por  Wilson, como ellas se  lo habían  ordenado, quiénes alquilaban el  departamento del sexto piso,  dejó que  ese hombre  chismoso y  grosero, que  arqueaba el  cuerpo y levantaba  las  nalgas  en   una  postura  obscena,  viniese  a  informarles personalmente.
         Dijo que el nuevo  inquilino era un muchacho joven. Se había instalado en el sexto piso  la tarde anterior, una mudanza  rápida y sencilla: pocos muebles pero  canastos y  más  canastos y  perchas con  ropa  de todos  los colores, incluidos varios smokings. Al parecer vivía solo.
         –No sé para qué  quiere un departamento tan grande. Acuérdense de lo que les digo: ese muchacho nos traerá problemas.
         –¿Qué clase  de problemas?–interrogó Henriette. en  un tono altanero. Wilson no pareció sentirse intimidado.
         –Ya se imaginarán cuáles. Tengo buen ojo para catalogar a la gente. Ese tipo es un  hombre de la noche. Lindo, pálido, con el  pelo engominado y una ropa que no es para ir a trabajar.
         Henriette se fastidió:
         –Por lo visto aquí le alquilan a cualquier gentuza.
         Wilson las  miraba, las  miraba y no  se iba, querría ver  qué impresión les causaban sus palabras. Leopoldina trató de no hacer ningún gesto.
         –Seguro–  dijo Wilson–  que  de noche  recibe  mujeres y  amigotes, y  arman escándalo. Total, quién va a protestar. Ustedes, las únicas.
         Si  hace  algún  escándalo  se  lo  diremos al  administrador  –le  contestó Henriette,  más  seca que  una  Habsburgo  que despide  a  un lacayo–  Puede retirarse, Wilson.
         Cuando por  fin se libraron de  ese incordio, Hildstrut, que  como era medio sorda no había oído los tangos, dijo: –Mejor que de noche haya otras personas en el edificio.
         Henriette se irritó:
         –Según qué clase de personas.
         Leopoldina  no hizo  ningún comentario.  Pero Henriette  le notó  una ligera excitación.
         ¿Estaba aterrada o qué?  Esa misma tarde Henriette mandó llamar al cerrajero para que colocase un segundo pasador en la puerta de entrada.
         Ningún escándalo.  De día  era imposible distinguir, entre  tanto ruido, los ruidos  que quizá  proviniesen del  sexto piso.  De noche las  luces estaban encendidas pero tampoco se  oía ningún ruido, ninguna conversación. Y, a eso de las diez, el  bandoneón. Tangos, siempre tangos. Alrededor de las once el muchacho se iba. ¿Adónde? ¿A tocar en algún dancing? Era lo más probable. –Seguro,  es el bandoneonísta de  alguna orquesta típica– decía Henriette–. Lo que no  comprendo es que se haya venido a vivir  aquí. Por lo general esa gente vive en los suburbios.
         Leopoldina seguía  sin hacer ningún  comentario. Y los domingos  él debía de pasarlos durmiendo  o en alguna otra cosa, porque ese  día no había ni luces prendidas  ni  conciertos de  bandoneón,  y  las señoritas  Wels reñían  por cualquier pavada.
         Las demás noches, unos minutos antes de las diez, ya estaban sentadas en los sillones del  salón. Henriette simulaba leer, pero  por algo no ponía ningún disco en la ortofónica.
         Leopoldina bordaba o tejía, y a cada rato se le soltaba un punto del tejido.
         Cuando se  escuchaban las  primeras sílabas, porque  eran sílabas, moduladas por el  bandoneón, Henriette murmuraba en  un tono que quería  ser irónico o despreciativo:
         –Vaya, otra vez nos da la serenata. Eine Kleine Nachtmusik del arrabal.
         Pero olvidaba dar vuelta las páginas del libro y, al rato, cerraba los ojos, dejaba reposar el libro sobre las rodillas. Leopoldina interrumpía su labor, apoyaba la nuca en  el respaldo del sillón, a través de la ventana miraba el cielo estrellado.
         Con el  correr de las noches  llegó a la conclusión de  que la música era un pedido  de socorro.  El muchacho  les decía:  "estoy solo, estoy  triste", y después hacía silencio porque esperaba alguna respuesta, y después, en vista de que la respuesta  no le llegaba, se iba no a un  dancing sino a vagar por esas calles.  Volvería a la madrugada,  o con el sol,  cuando el edificio ya había despertado,  y por eso  ella, aunque se mantuviese  desvelada hasta el fin de la noche, no lo oía regresar.
         Una noche no aguantó más y dijo:
         Algunos tangos me gustan.
         La reacción de Henriette fue tan desaforada que Leopoldina adivinó. –¿Cómo  te puede gustar  esa música?  -Henriette jadeaba, parecía  sufrir un repentino ataque de asma–. Por favor, una música propia de los bajos fondos. Leopoldina adivinó  que Henriette  se había puesto furiosa  porque también a ella le gustaban los tangos.
         Un día, antes de  retirarse, apareció Wilson con una gran sonrisa.–¿Y? ¿Cómo se porta el galán del sexto piso?
         Henriette fingió buen humor:
         –¿Por qué lo llama galán?
         Wilson, sin dejar de  sonreír, entrecerró los ojitos cerdunos como hacen los
miopes para ver mejor.
         –¿Nunca lo vieron?
         –Nunca, por supuesto.
         –¿No molesta, de noche?
         –En  absoluto. Si  no fuese  por usted,  creeríamos que  el sexto  piso está
desocupado.
         –Miren un poco. Y yo que creía que era un fiestero.
         –¿Un qué?
         –No, nada.  Porque tiene una figura  que madre mía. Propiamente  un galán de cine. ¿Nunca lo verían, ni siquiera desde lejos, desde el balcón?
         Una  noche,  en  la  oscuridad  del  dormitorio  para que  Henriette  ni  la
disuadiese nada más que con la mirada, Leopoldina se animó.
         -Tendríamos que conocerlo.
         –¿Conocerlo?  ¿Y cómo?–Henriette  no había  preguntado "¿conocer  a quién?", señal de que también ella estaba pensando en el muchacho.
         Qué sé yo cómo– dijo Leopoldina, más decidida–, pero alguna manera habrá.
         –¿Ir y  tocar el timbre de su  departamento? ¿Nosotras, rebajarnos hasta ese punto?
         –Debe  de  haber  una  forma de  encontrarnos  con  él  y  que parezca  pura casualidad.
         –¿Por ejemplo?
         –Ahora no se me ocurre nada.
         Después de unos minutos Henriette rezongó:
         –Que tome él la iniciativa. Para eso es hombre.
         Leopoldina supo, así, que  también Henriette deseaba el encuentro y entonces se atrevió a hablar, a toda prisa para que Henriette no la interrumpiese:
         Cualquier noche de estas  salimos, hablamos en voz bien alta y hacemos mucho ruido con el ascensor  para que él nos oiga. Comemos en el restaurante de al lado.  A las  diez y  media volvemos,  pero no  subimos, nos quedamos  en la planta baja, junto a la puerta de calle.
         Cuando él  salga del  ascensor una de  nosotras forcejea con la  llave en la cerradura, como si en ese preciso momento hubiésemos entrado en el edificio. Nos cruzaremos. Será inevitable. –¿Y entonces qué? Nos saludará y seguirá de largo.
         Podríamos decirle  que somos sus vecinas del séptimo  piso, y que nos gustan mucho los tangos que toca en el bandoneón.
         –¿Serías capaz con tu carácter?
         –No sé. Creo que no. Yo no.
         Ya, me echas el fardo a mí. Ya veo. Lo tenías todo muy bien pensado.
         No dijo más.  No dijo si estaba de acuerdo o no  estaba de acuerdo, pero por un rato no pudo  estarse quieta. Leopoldina la oía moverse entre las sábanas y emitir por la  boca una especie de chasquido, como quien paladea el último sabor de una golosina.
         Dos días después, durante el almuerzo, Henriette dijo:
         –Esta noche podríamos ir a comer en el restaurante de al lado.
         De modo que Leopoldina se volvió audaz:
         –No, al restaurante no. Me siento incómoda en ese lugar tan ruidoso.
         Henriette se encabritó:
         –Fue tu idea, no la mía.
         –Sí, pero lo pensé mejor y no es necesario que vayamos al restaurante.
         A las nueve y  treinta p.m. apagaron las luces, dieron portazos, el ascensor las  secundó con  su repertorio de  chirridos. Esperar,  de pie del  lado de adentro de  la puerta  de calle, hasta  las once fue  un verdadero martirio. Henriette parecía  la más nerviosa de las dos,  suspiraba y cada tanto hacía un  ademán como  de querer  decir algo  y enseguida arrepentirse.  En cambio Leopoldina, eso sí, con  los ojos muy abiertos, se mantenía inmóvil como una estatua.
         Henriette  consultó  su reloj  de  pulsera.  "Las once  y cuarto",  susurró. Leopoldina, para demostrar que ese dato no tenía importancia, no hizo ningún movimiento.  A las  once  y media  Henriette quería  subir  al departamento, mascullaba que era una  vergüenza lo que estaban haciendo, agazapadas, allí, como dos  perdidas. Pero Leopoldina  se mantuvo quieta y  callada, aunque ya tenía una expresión facial al borde de la desesperación.
         A  medianoche, sin  pedirle parecer  a nadie  Henriette se dirigió  hacia el ascensor y Leopoldina la siguió. Cuando el ascensor atravesaba el palier del sexto piso oyeron el  bandoneón. Henriette le asestó a Leopoldina una mirada furibunda, pero Leopoldina tenía los ojos bajos y perlas de sudor en toda la cara.  El bandoneón  sonaba  muy próximo,  muy nítido,  como si  el muchacho estuviese tocándolo detrás de la puerta de su departamento.
         Debe de haber sido eso lo que más encolerizó a Henriette. Otra vez sufría el ataque de  asma. Pensaría que el muchacho lo  hacía adrede, para burlarse de ellas. En  cambio, Leopoldina pensó:  "Está ahí, detrás de  la puerta, listo para recibirnos en su departamento".
         Mientras se  desvestía a  los manotazos, Henriette  perdió su aire  altivo y
adoptó una voz ronca y un poco grosera:
         –Estarás satisfecha,  me imagino, con tu  bendito plan. No sé  cómo, pero lo supo. Supo que lo esperábamos abajo, como dos mujerzuelas. Y no salió. Justo esta noche  no salió, para humillarnos. Todo  este tiempo estuvo dándonos la serenata con  el solo  fin de tomarnos  el pelo, de reírse  de nosotras. Ah, pero de mí no se ríe nadie, y menos ese chiquilín.
         Leopoldina  iba despojándose  de la  ropa con  movimientos tan  débiles, tan desganados que  parecía desnudarse para morir. Cuando  por fin apagó la luz, oyó la voz de Henriette sofocada por la sábana que le cubría la cabeza: Mañana mismo me quejo al administrador.
         No  se quejó  nada. Pero  todas las  noches, después  de cenar, ponía  en la ortofónica,  a  todo  volumen,  un disco  con  alguna  ópera  de Wagner.  El bochinche de los nibelungos  o la bacanal en el Venusberg debían de oírse no sólo dentro de todo  el edificio sino también desde la avenida Leandro Alem, desde  los rascacielos  de  las Catalinas.  Si mientras  tanto él  tocaba el bandoneón, no se podía saber.
         En medio del estrépito Leopoldina rogaba.
         –Un poco más bajo, Henriette.
         Henriette daba una patada en el suelo:
         –No. ¿Acaso él no nos aturde con su bandoneón?
         Se ponía sarcástica:
         Qué aprenda,  de paso,  qué música nos  gusta. Y si todavía  no sabe quiénes somos, que vaya y que le pregunte a Wilson.
         ¿Qué  le diría  Wilson? Las  señoritas Wels,  alemanas o hijas  de alemanes, creo. Muy ricas, muy aristocráticas. No serán jóvenes pero son muy hermosas, sobre  todo la  mayor,  Henriette. Lástima  que  Wilson no  supiese dar  más detalles: su  abuelo fue  general del emperador  Francisco José y  por línea materna están emparentadas con  los Vizinzey, nobles húngaros que descienden de los Estérhazy, los protectores de Haydn.
         Claro que Wilson era  muy capaz de decirle: dos solteronas, orgullosas hasta más no  poder, aunque la menor, Leopoldina, parece  más amable, pero la otra la  tiene dominada,  la otra  es un  sargento de  caballería. Y  habría sido bueno,  aunque era  imposible, que  Wilson añadiese:  Leopoldina no  se casó porque Henriette,  una envidiosa que no le cuento,  le espantó a los novios. Esto no lo pensaba Henriette, lo pensaba Leopoldina.
         En tanto  las vociferaciones de Wagner  atronaban la noche, Leopoldina salía
al  balcón. No  quería ser cómplice  de la  venganza de Henriette.  Salía al balcón  y se  decía  que, unos  metros más  abajo,  el muchacho  se sentiría mortificado, creería  que a  ella no le  gustaban los tangos,  supondría que ella lo  menospreciaba. Quizás la otra noche  había tenido alguna razón para no salir.  Estaría enfermo.  Pero enfermo y  todo había tocado  el bandoneón para que  ellas fueran a hacerle  compañía. ¿Por qué no?  ¿Qué tiene de malo que dos señoras decentes vayan a visitar a un vecino solo y enfermo? ¿Quién, empezando por el muchacho, podría confundirlas con un par de mujerzuelas?
         Hasta  que una  noche  no pudo  más, abandonó  el  balcón y  gritó  para que Henriette la oyese en medio de los batifondos wagnerianos:
         –Basta,  por Dios,  basta de Wagner.  Me crispa  los nervios. Y  encima este
calor. Voy a volverme loca.
         Henriette  debía de  estar harta,  ella también,  de tantos aullidos  de las walquirias y  de tantos crepúsculos de  los dioses, pero le  costaría dar el brazo a torcer. Ahora,  haciendo como que complacía el pedido de Leopoldina, encontró la oportunidad de librarse de Wagner. Pero tampoco estaba dispuesta a volver a oír el bandoneón: puso un disco en el que Dinu Lipatti desgranaba melismas de Chopin.
         Y a la noche  siguiente aparentó engolfarse hasta tal punto en la lectura de un libro que no advertía el silencio que las rodeaba. Leopoldina no salió al balcón. Algo le decía  que esa noche sería decisiva. Se sentó en el borde de una silla, como preparada para ponerse de pie, y esperó.
         En efecto, a las diez y media recibieron el mensaje. No era un tango, era un vals. ¡Dios mío, era el Danubio Azul! ¡El muchacho estaba tocando el Danubio Azul!  Lo tocaba  muy  mal, a  los tropezones.  Pero  justamente por  eso el bandoneón parecía una voz  entrecortada, quebrada por la emoción o quizá por el llanto.  El muchacho les pedía que lo  perdonasen. El muchacho quería que se  reconciliaran con  él.  Y elegía,  humildemente,  la única  música a  su alcance que ellas no rechazarían aunque sólo supiera balbucearla.
         Leopoldina se había puesto  de pie y, una mano alrededor de la garganta como para calmar los pulsos  de la sangre, escuchó los primeros compases del vals y después no pudo dominar su propia voz:
         –¿Te das  cuenta? Sabe quiénes somos, y nos dedica  el Danubio Azul. Lo toca para nosotras.
         Siempre ha tocado para nosotras. Nos conoce.
         Henriette no se había movido. Había dejado de leer el libro pero no se había movido, acaso  de soberbia  que era, para  no trasuntar ninguna  emoción. La actitud  de  Leopoldina la  despabiló.  Pareció alarmada.  Hizo un  enérgico ademán para que Leopoldina bajase la voz.
         –¿Nos conoce? ¿De dónde nos conoce?
         –No lo sé. Pero  sabe que tenemos sangre vienesa y por eso eligió el Danubio Azul. No  un tango sino el  Danubio Azul. No puede  ser pura casualidad. Nos conoce, te digo que nos conoce.
         Estaba tan enardecida que Henriette se levantó y la tomó de un brazo:
         Si nos  conoce es porque Wilson le habrá pasado el  dato: en el séptimo piso
viven dos  mujeres solas con una sirviente vieja  y medio sorda. Dos mujeres ricas, en un departamento lleno de objetos de valor.
         Leopoldina se apartó:
         –No.  Si  fuese un  ladrón  no habría  esperado  tanto tiempo  para venir  a robarnos. Ese muchacho quiere ser nuestro amigo.
         –¡Amigo! A su edad no se busca amigas. En todo caso se busca amantes.
         –Y bien, sí. Una amante. No soy tan vieja, después de todo.
         Henriette pareció  que iba a enfurecerse  pero de pronto se  dejó caer en un sofá,  las rodillas  separadas, los  brazos flojos,  el cuerpo  echado hacia atrás.
         –Leopoldina ¿perdiste el juicio? ¿Qué disparates estás diciendo?
         Ningún disparate.  Ese muchacho  quiere relacionarse con  nosotras. Al menos con una de las dos.
         –Y ya sabes con cuál.
         Soy la más joven, no lo olvides.
         Ame pregunto si no te has vuelto loca.
         Quizá. Pero esta vez no podrás impedírmelo.
         –¿Impedirte que?
         –Lo sabes de sobra, Henriette. toda la vida lo hiciste.
         De  repente  advirtieron que  el  muchacho  habla terminado  de ejecutar  el Danubio Azul y que  ahora hacía silencio. Entonces Leopoldina se sentó en un sillón,  cerca  del  vestíbulo  de entrada,  y  cobró  un  aire glacial  que Henriette nunca le había visto. 
         –Dentro de unos minutos, vendrá aquí, seguramente vestido de smoking.
         –¿Le abrirás la puerta?
         –Por supuesto.
         –¿Y si no es a ti a quien viene a visitar?
         –Eso lo veremos.
         Leopoldina  se irguió  en  su sillón,  Henriette se  irguió  en el  suyo. Se miraban  una con  otra,  como desafiándose.  Pero pasaban  los minutos  y el timbre  no sonaba.  Y  como resulta  incómodo  mantener por  largo rato  una postura  arrogante, las dos  liquidaron el  duelo de miradas,  dirigieron la vista hacia lados opuestos y apoyaron la espalda en el óvalo de gobelino.
         Cuando se oyó el portazo, el sacudón del ascensor, los ruidos habituales que indicaban que  el muchacho se iba, Leopoldina no  se movió pero Henriette se echó a reír:
         –Tu enamorado no se decide. Es tímido, por lo visto.
         Sin contestar, Leopoldina fue  a tenderse vestida, en la cama. Al rato entró Henriette. En  el momento en que el reloj del  comedor daba las doce, surgió en la oscuridad del dormitorio la voz de Henriette. Era una voz dulce y como afligida.
         –No quise ofenderte. Pero  no me negarás que la conducta de ese joven es muy extraña.
         Leopoldina no respondió. Y  para que Henriette no creyese que estaba dormida encendió  el velador,  miró la  hora en el  reloj sobre  la mesita de  luz y volvió a apagar el velador. Seguía sin desvestirse.
         Después Henriette insistió:
         –No te hagas ilusiones. Esa clase de hombres no es para nosotras.
         Leopoldina no respondió. No habló una sola palabra durante el día siguiente. Tenía una expresión ultrajada  y los ojos violentos. Por la tarde Wilson les trajo la noticia: el inquilino del sexto piso se había mudado esa mañana, él no sabía adónde.
         –Ahora  podrán dormir tranquilas.  Pasó el  peligro. Y añadió  unas palabras inesperadas en un sujeto tan tosco: Golondrina de un solo verano.
         Esa  noche  Leopoldina,  siempre  muda, siempre  herida  de  muerte, y  como levitando, salió al balcón. Muy derecha, miraba lejos, las luces del puerto, más allá el río de zinc bajo la luna.
         Henriette  la vigilaba  desde adentro.  Hasta que  abandonó el libro  que no leía, que ni siquiera  había abierto, y fue a ponerse al lado de Leopoldina. Codo con codo, erguidas y mirando siempre hacia adelante, las señoritas Wels le  habrían parecido, a  quien pudiese  observarlas, dos princesas  de algún país  nórdico que  asisten,  desde el  balcón de  su  palacio, a  un desfile militar.
         Al cabo de un cuarto de hora, Leopoldina dijo:
         –¿Te fijaste?  Del otro  lado de Leandro  Alem no vive nadie,  todo el mundo
está de paso.
         –Es verdad– dijo Henriette–. No se me había ocurrido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.