—El
vicio es un monstruo con un semblante tan horrible —dijo el señor Rawlinson
modificando la cita—, que para odiarlo no hace falta más que verlo.
Tommy
Russell se contempló las uñas bien arregladas que mostraban un pálido indicio
de laca incolora. Los ojos del anciano eran de un azul legañoso punteado de
blanco y del color rojo de las venillas reventadas, lagrimosos y en constante
movimiento. Russell prefería no mirarlos. Había advertido que cuando los
contemplaba demasiado fijamente, parecía que las pupilas oscurecieran y
absorbieran la luz y por un momento tenía la impresión de observar un azul tan
profundo y oscuro como el del Atlántico Norte.
—Pero
cuando le frecuentamos y su rostro empieza a resultarnos familiar —siguió el
viejo Rawlinson mientras Tommy Russell apretaba los dientes y aguardaba a que
aquella voz cascada y aguda recuperara su tono normal—, primero lo toleramos,
luego le compadecemos y acabamos por aceptarlo.
Russell
permanecía en silencio esperando la parte esencial del discurso, del que aquella
temblorosa cita no era más que la introducción. «¿Cuántos años más tendré que
sufrir?», pensó.
—Estoy
hablando de ti, Thomas —dijo el anciano tras una pausa interminable—. De tu
conducta, tus amigos, tu ritmo de vida. Tu padre me nombró albacea de su
fortuna y fue muy claro al respecto. Descartamos esta posibilidad aun antes de
que escribiera el testamento. Tienes una renta más que suficiente. Cuando se
redactó el testamento se dispuso que fueran diez mil dólares al año, y ahora
casi se ha duplicado la cantidad. Pero no podrás disponer del capital, ni de
los ingresos adicionales, hasta que yo te considere capaz de administrarlo. Y
hasta ahora, Thomas, no has dado muestras de ser lo bastante juicioso ni
precavido.
Russell
notó que la vena principal de la frente le empezaba a latir incontrolablemente.
Por un momento sintió unos terribles deseos de inclinarse sobre aquel
escritorio tan ordenado y bien barnizado, agarrar aquella garganta delgada y
fláccida y apretar hasta que la nuez de Adán crujiera bajo sus manos. Pero
luego la parte fría y calculadora de su cerebro se hizo cargo de la situación y
se dio cuenta de que el viejo no podía vivir siempre, y que cuando muriera, los
cinco millones serían suyos, de Tommy Russell.
—Lamento
que éste sea tu punto de vista, tío Fred —dijo dulcemente—. Yo creo que incluso
para tus valores morales, he mejorado mucho.
—Tonterías
—dijo su tío—. Yo no lo he advertido. No conseguirás el capital para
derrocharlo. Tendrás que esperar a cumplir los treinta y cinco años, y para eso
faltan casi siete, o a que yo me muera y encuentres otro albacea más
complaciente. Pero aunque tú creas que soy un viejo, no tengo más que sesenta
años y pienso vivir muchos más aún.
—No te
pido toda la herencia —dijo Russell—. Esto te lo dejo a tu criterio, pero estoy
un poco apurado.
—Si
diez mil al año no te bastan, es porque tienes demasiado tiempo para
gastártelo. ¿Por qué no te buscas un trabajo? Ganarías un salario decente y te
quedaría menos tiempo para derrochar tu renta.
—No soy
capaz de imaginarme trabajando cuarenta horas a la semana en ninguna actividad
—dijo Russell. Inmediatamente se dio cuenta del error que había cometido, pero
ya era demasiado tarde.
—Me
temo que tendrás que buscarte un trabajo o cambiar tu ritmo de vida —le dijo su
tío secamente—. En cualquier caso, tu renta seguirá siendo de diez mil dólares.
Tal vez esto te impulse a seguir uno de estos dos caminos.
—Mis
deudas sobrepasan esta cantidad —replicó Russell con prudencia.
—Si te
demandan por culpa de tus deudas, siempre puedes llegar a un acuerdo con tus
acreedores o bien declararte en bancarrota. Si, tal como sospecho, son deudas
de juego, debo recordarte que en la mayoría de los estados no te pueden llevar
ante los tribunales por eso.
—Puede
que no haya ningún procedimiento legal, pero me pueden hacer saltar los dientes
de un puntapié en cualquier callejón, o si están muy desesperados, mandarme al
fondo del río con una piedra atada al cuello.
—Lo
lamentaría mucho, querido sobrino, especialmente porque tendría que cargar con
la responsabilidad de la fortuna que dejó tu padre. De todas maneras, no tengo
la menor intención de pagar tus deudas de juego.
Tommy
Russell lo había pensado muchas veces, pero en aquel momento vio dos cosas con
claridad: la primera, que a su tío le gustaría verle muerto y que a sus sesenta
años no se sentía demasiado viejo para disfrutar la fortuna de Russell en sus
últimos años; la segunda que él, Tommy Russell, iba a asesinar a su tío en la
primera ocasión que se presentara.
Una vez
él hubiera fallecido, el administrador sería un banco que se conformaría de
sobra con que hiciera un buen depósito y le cedería inmediatamente la fortuna.
Sólo se trataba de llevar a cabo el asesinato de la manera más rápida y segura
posible.
Por un
momento, Russell consideró que lo más sencillo sería estrangularlo con su
bufanda de seda allí mismo. La sola imagen de aquellos ojos lagrimosos
sobresaliendo del rostro violáceo resultaba muy atractiva, pero la desechó. Por
lo menos una docena de personas, desde el conserje al ascensorista, le habían
visto llegar a la suite que su tío ocupaba en el club. Cualquier actuación en
terreno conocido le llevaría inmediatamente a la horca.
Durante
las semanas siguientes, Tommy vivió con austeridad de su renta y se dedicó a
estudiar atentamente las costumbres de su tío. Transcurridos dos meses, tuvo
que admitir la derrota. Su tío era un solterón independiente a quien la
actividad mundana protegía durante las veinticuatro horas del día: desayuno en
el club; una visita al corredor de bolsa, en taxi; almuerzo con algún amigo;
vuelta al club donde hacía una siesta; después un cóctel en el club o en otro
lugar, también con amigos; cena en el club o como acompañante en alguna fiesta
particular, pues era soltero adinerado y aún se le podía considerar casi un
buen partido; o al teatro, también con un grupo; y finalmente, de vuelta al
club. Nunca estaba solo, y en todo momento había que pasar por una legión de
sirvientes o había que evitar una legión de testigos. El viejo Rawlinson no
podía tenerlo más fácil para escapar de una muerte violenta. No conducía. Por
Nueva York siempre iba en taxi; en sus poco frecuentes salidas de fin de
semana, cogía el tren. Su peso era saludable, unos kilos menos de lo que le
correspondía por edad y corpulencia; tenía un carácter afable y tranquilo; sus
cuatro abuelos habían sobrepasado los noventa años; llevaba una vida sobria y
moderada.
Al cabo
de dos meses de investigar y planear con minuciosidad, Russell llegó a la
conclusión de que su tío, por causas naturales, con toda probabilidad le
sobreviviría. Y algo peor aún: que era casi imposible asesinarlo impunemente.
Una
noche, cuando iba por el sexto Armagnac, expuso el caso a la que en aquel
momento era su amante. Phyllis le escuchó con atención. Había estudiado psicología
y se jactaba de comprender el comportamiento humano y sus motivaciones. No
demostró asombro alguno; la decisión de Russell de matar a su tío le pareció
lógica y rentable. Lo que le preocupaba era su incapacidad para solucionar lo
esencial.
—Tal
como vive —dijo—, no es posible hacerlo.
—Entonces
será mejor que me acostumbre a llevar una existencia de chupatintas durante los
próximos siete años. ¿Te atrae la idea?
—Yo no
digo que no pueda hacerse. Pero hay que cambiar su manera de vivir, alterar sus
costumbres.
—Ha
vivido así durante cuarenta años. ¿Qué quieres que haga? ¿Invitarlo a un
safari, cosa que en su vida aceptaría, y provocar un accidente? ¿Tirarlo al
agua desde una canoa para que se ahogue? Nunca se embarcaría en algo menor que
un transatlántico de cincuenta mil toneladas.
—¿Qué
te parece si se te escapa un palo de golf de hierro del número tres mientras
juega contigo?
—Una
vez me dijo que el único deporte que practicaba era llevar el féretro de sus
amigos que se dedicaban a hacer atletismo.
—Entonces
no hay más remedio que cambiar su entorno, y el mejor método para conseguirlo
es conseguir que se case.
—Tiene
sesenta años y hasta ahora ha logrado eludir el matrimonio, a pesar del gran
número de jovencitas casaderas, y no tan jovencitas, divorciadas y viudas que
han querido cazarle. Es inmune.
—Una
mujer lista podría conseguirlo.
—¿Quién,
por ejemplo?
—Por
ejemplo yo.
Russell
consideró un momento la posibilidad.
—¿Quieres
que te diga una cosa? —dijo lentamente—. Creo que podrías conseguirlo. Eres
joven, pero no demasiado. Eres lista, lo bastante lista para no demostrarlo.
Puedes representar casi cualquier papel que te propongas. Creo sinceramente que
puedes hacerlo.
—Pues
claro que puedo, y además puedo hacerlo en tres meses. Conozco a ese tipo de
solterones.
—Podrías
apartarlo del club y llevártelo a vivir al campo, lejos de su ambiente. Y una
vez allí, podría ocurrir cualquier cosa. Cariño, creo que has dado en el clavo.
—Hay
algo de lo que no hemos hablado —dijo ella—. ¿Qué porcentaje me llevaría por
hacer de señuelo?
—Serías
una viuda rica. El viejo dejará unos cincuenta mil dólares. Pero la mayor parte
de su fortuna no se puede tocar. Irá a parar a Harvard el día que él falte.
—¿Has
probado alguna vez a vivir con los intereses de cincuenta mil dólares? No llega
ni para champán. ¿Y tú, qué? ¿Cuánto piensas sacar? No trates de engañarme,
porque puedo enterarme.
—Unos
cinco millones. ¿Qué quieres?
—Quiero
que te cases con la viuda. Eres un poco canalla, pero me he acostumbrado a ti y
me lo paso bien contigo. Creo que podríamos llevarnos bien.
—Pero
tendríamos que dejar pasar un tiempo; sería una imprudencia.
—Por
supuesto. Sólo quiero tu promesa. Dime que te casarás conmigo cuando él muera,
y yo te creeré. Y recuerda —siguió—, que estaríamos juntos en esto. Sería lo
más sensato que podríamos hacer, y lo más seguro.
—Querida,
será un placer. Tú me le pones a tiro y yo me ocuparé del resto. ¿Quieres mi
promesa? Muy bien, ya la tienes.
Se
inclinó por encima de la mesa y le dio un beso en la barbilla mientras pensaba
que en aquellos años de psicología le habían enseñado bien pocas cosas si creía
que un hombre que valía cinco millones se casaría con ella.
—Nena
—dijo—, hazlo de prisa. No quiero esperarte demasiado tiempo.
Todo
ocurrió con la misma celeridad que ella había predicho. Russell llevó a Phyllis
a Central Park, adonde su tío iba con cierta frecuencia para dar un paseíto,
como él lo llamaba. El tercer día se encontraron. Russell no tardó ni cinco
minutos en invitarlos a comer para celebrar con champán un trabajo que tenía en
perspectiva. Pagó la cuenta y dejó al viejo Rawlinson en compañía de Phyllis
mientras él acudía a una cita inexistente relacionada con el trabajo que había
descrito. Phyllis y Rawlinson se quedaron tomando café y brandy y se hicieron
amigos. Por primera vez en su vida, Rawlinson había conocido a una mujer que
parecía inteligente, atractiva y nada depredadora.
Al cabo
de una semana la llevaba al teatro, la deleitaba con sus teorías sobre arte
dramático y la instruía sobre el arte helenístico en el Metropolitan. A los
quince días, subió a su apartamento a tomar una copa. Antes de que
transcurriesen tres semanas, estaba nerviosamente convencido de que la había
seducido y de que, siendo un hombre de honor, le debía el matrimonio y, lo que
es más importante, había sido una sensación muy agradable y deseaba repetirla.
Phyllis le ofreció una semana entera de remordimientos. Se había dejado llevar
por su experiencia y refinamiento, le explicó, pero sería un error repetirlo.
—No
estaría bien, Fred —le dijo con tono solemne—. Ceder una vez es una cosa, pero
si pasa a ser algo habitual, ¿en qué me convierto yo?
Una
mezcla de inocencia y precaución debió de advertir al tío Fred del giro que
estaba tomando la conversación, pues cambió de tema, la acompañó a casa
temprano y pasó diez días sin llamarla. Pero una vez transcurrido este tiempo,
empezó a encontrar terriblemente aburridos los serenos placeres de su vida
anterior; las partidas de bridge, cada vez menos frecuentes, le resultaban
deprimentes; el teatro le daba sueño y la conversación de sus compañeros de
cena le irritaba; la plácida actividad del club le recordaba que no le quedaban
demasiados años y le asustaba con el presagio de un lento declinar hacia una
soledad carente de emociones notables.
Al
final de las dos semanas pidió a Phyllis que se casara con él. Un mes más tarde
se celebró una discreta boda en el despacho de un juez con quien a veces jugaba
al billar. Asistieron dos testigos: uno era el sobrino del juez y el otro Tommy
Russell.
Russell
había cambiado un poco, pensó el tío Fred. Parecía más formal y tranquilo. Tal
vez el cambio se debiera al trabajo que tenía ahora de vender bonos a comisión.
La verdad es que le debía mucho. Si no hubiera tropezado con él en el parque,
nunca habría conocido a Phyllis.
Consideró
la posibilidad de aumentar la renta del muchacho, pero rechazó la idea.
«Limitarle el dinero ha dado buenos resultados y ahora hay que ver si es capaz
de seguir así. Dentro de un año puedo reconsiderar el asunto y tal vez más
adelante, si opino que ha cambiado definitivamente, tal vez le permita que se
haga cargo de la herencia.»
San
Denis, dice la leyenda, anduvo diez kilómetros a través de París llevando en la
mano la cabeza que le acababan de cortar. «Lo que me impresiona no son los diez
kilómetros —comentó una vez Madame du Deffand cuando se enteró del paseo que
había dado el santo—. Son los primeros pasos los que cuentan.» Lo mismo ocurrió
con el tío Fred. Una vez dado el terrible primer paso, el resto vino solo.
Al
volver de la luna de miel en Europa se fueron a vivir a una antigua granja
restaurada de Connecticut. Lejos quedaban aquellas visitas a los agentes de
bolsa, las partidas de bridge y los banquetes. El tío Fred dejó incluso de ser
miembro del club. Sus antiguos amigos, que en general consideraban que una
excursión al campo era algo así como un safari, apenas le veían y poco a poco
se fueron distanciando, pero él no les echaba de menos. Estaba demasiado
ocupado removiendo la tierra del jardín, construyendo una elaborada barbacoa y,
por primera vez, gozando (ya que tenía una salud notable para su edad) de una
relación que, como dice Shaw, combina el máximo de tentación con el máximo de
oportunidades.
Cuando
Tommy Russell acudió a la cena a la que había sido invitado, quedó consternado
por el aspecto que presentaba su tío: andaba con paso vigoroso, tenía la mirada
límpida, la voz profunda y una carcajada que tronaba de una manera irritante.
Parecía quince años más joven y en perfectas condiciones para sobrevivir otro
cuarto de siglo.
En
cambio Phyllis había envejecido. Tenía unas ojeras muy marcadas y llevaba un
esparadrapo en la muñeca por culpa de una quemadura que se había hecho
cocinando. Se le habían roto dos uñas, comentó disgustada, y había dejado de
pintárselas. Llevaba el pelo limpio pero desarreglado. Aún simulaba escuchar
con admiración lo que decía el tío Fred, reír sus chistes, y de vez en cuando
le acariciaba y le daba palmaditas con aire de propiedad. Pero Russell advirtió
que cuando el tío Fred centraba un momento la atención en otra cosa, ella se
relajaba agradecida y adoptaba una expresión de sombrío estupor.
La idea
de casarse con ella tal como la veía ahora, incluso por cinco millones de
dólares, distaba mucho de ser placentera.
Aquella
tarde sólo pudieron hablar a solas una vez, y durante pocos minutos.
—No
puedo soportar esto mucho tiempo más, Tommy —dijo—. Tenemos que hacerlo en
seguida.
—Esperaba
que se muriera solo, por causas naturales. Habría sido mucho más sencillo. Pero
parece que tenga cuarenta y cinco años.
—Me
está matando. Sólo me ayuda una asistenta. He tenido que aprender a cocinar y
debo ayudarle con el jardín. Aquí no hay forma de ir a la peluquería.
—Se le
ve muy feliz.
—Y con
razón. Creía que habías dicho que era tímido con las mujeres, pero después de
trabajar todo el día, por la noche no puedo dormir. Siempre tenemos que hacer
algo. Un mes más y acabaré cortándole el cuello aquí mismo.
—Ven a
Nueva York el martes, a mi apartamento. Lo tengo todo arreglado. Podemos actuar
con rapidez y...
Se
calló porque el tío Fred bajaba las escaleras canturreando desafinadamente.
Después le mostró la barbacoa bajo los focos del patio. Tommy vio el lugar
donde pensaba plantar hierbas aromáticas y el espacio dedicado a la piscina. Y
después se marchó en cuanto pudo y regresó a casa.
A
Phyllis no le resultó tan fácil trazar un plan para ir a Nueva York como
Russell se imaginaba. Cuando el tío Fred había cambiado su estilo de vida,
había cortado los lazos con todo. No había vuelto ni una vez a la ciudad desde
que se habían trasladado a Connecticut, y no veía razón alguna para que su
esposa lo hiciera. La quería a su lado para que le ayudara en todas sus posibles
necesidades o deseos. Había abandonado por completo su vida anterior, había
invertido en una esposa y no veía por qué no iba a sacar el máximo partido de
aquella inversión.
Tendría
que encontrar una excusa muy buena, Phyllis lo sabía, y no se le ocurrió hasta
la víspera. Al principio no comprendía por qué quería recorrer una distancia
tan larga en tren simplemente para ver al doctor. En la ciudad más próxima
había un médico general algo mayor pero muy bueno y también había un hospital
en Danbury. Representó un juego de indirectas llenas de coquetería hasta que el
tío Fred lo descubrió por sí mismo.
—Ser
padre a mi edad —dijo—. Nunca lo hubiera imaginado.
—No
estoy segura, querido. Por eso quiero que me vea el doctor McPherson. Me conoce
desde hace muchos años y con él me sentiré más tranquila. Y tú estarás
perfectamente aquí. Tendrás a Millie, y yo regresaré pronto.
—Tal
vez debería ir contigo —dijo con cierta reticencia.
—No,
no. Me las arreglaré bien sola. Y no tienes que preocuparte por la cocina de Millie.
Te prepararé un buen guiso antes de partir y no tendrás más que calentarlo.
En el
rostro del tío Fred se reflejó durante unos instantes la pugna entre el alivio
por no tener que ir y su aversión a que le dejaran solo. Luego las dos
emociones fueron derrotadas por la simple idea de la paternidad.
—Como
tú digas, querida.
Al día
siguiente de regresar, Phyllis se encontraba fatigada, pues el viaje había sido
largo. Se había visto obligada a visitar al doctor McPherson, por si a su
marido se le ocurría llamarlo por teléfono. Sólo tenía unos días antes de que
llegaran los resultados negativos del análisis. El plan de Tommy Russell era
bueno y simple, pero requería prepararlo y ensayarlo cuidadosamente. Por fin, a
última hora de la tarde había tenido que ir a hablar con el agente de seguros
local.
Tal
como habían previsto, el agente no mostró ningún entusiasmo por la idea de
buscar una compañía que aceptara aumentar la cobertura de la póliza de los
bienes que contenía la casa. La historia cuidadosamente ensayada que le contó
Phyllis le hizo menear la cabeza con una mezcla de asombro y reproche.
—¡Varios
miles de dólares en efectivo —exclamó—, más sus joyas! Y todo en los
cajones del escritorio. Sinceramente, señora Rawlinson, no creo que nadie
acepte cubrir una póliza bajo tales circunstancias. Señora Rawlinson —prosiguió
muy serio—, este dinero deberían tenerlo en el banco, y las joyas en una cámara
acorazada. Conservándolo en casa, se exponen a perderlo todo si hay un
incendio, por no hablar en caso de robo.
—Mi
marido detesta los bancos. A mí esta situación me molesta tanto como a usted,
pero él es un hombre mayor y una vez perdió mucho dinero al quebrar un banco
durante la Gran Depresión. A veces me asusta mucho pensar en lo aislados que
estamos.
Tommy
Russell había explorado el terreno cuidadosamente y con su estilo desenfadado y
casi descortés, había recogido gran cantidad de información acerca de los
habitantes del lugar. Por él, Phyllis se había enterado de que el agente de
seguros jugaba al póquer con un grupo, en el que también se encontraba el jefe
de policía, y que era muy locuaz; y que siendo al mismo tiempo el agente de
seguros y el director del banco local, su bête noire era la persona que
guardaba dinero y joyas en casa en lugar de depositarlas en lugar seguro. La
próxima partida de póquer tuvo lugar la noche siguiente, el viernes, y el
sábado por la tarde no se hablaba más que del viejo y amable señor Rawlinson y
de su joven esposa, que guardaban dinero y joyas en grandes cantidades (que
aumentaban a medida que circulaba la historia) en su casa solitaria a varias
millas de la ciudad. Ahora ya estaban en marcha los preparativos y la última
parte del plan tendría lugar el sábado por la noche. Tommy Russell había
tardado bastante en perfeccionarlo, pero una vez iniciado, se desarrollaría con
gran rapidez.
El
sábado por la noche soplaba una brisa suave desde el estrecho y la temperatura
era más propia de julio que de octubre, pero apenas circulaba nadie por las
carreteras secundarias cuando el coche prestado de Tommy Russell, con una
matrícula de Nueva Jersey que había robado media hora antes en el aparcamiento
de Danbury, se deslizó con las luces apagadas por el camino de entrada de la
casa del tío Fred y fue a detenerse en la parte trasera, donde no podía ser
visto desde la carretera.
En el
bolsillo, Tommy llevaba el resto de una entrada general de un teatro en el que
representaban una obra que él ya había visto y de la que, según sus cálculos,
debía de estar a punto de finalizar el segundo acto. Podía actuar con celeridad
y, cambiando la matrícula durante el camino, regresar a Nueva York justo a
tiempo para aparecer por cualquier local donde fuera conocido para tomar una
copa y hablar de la función con algunos amigos o con el camarero.
Abrió
sigilosamente la puerta trasera. Phyllis había engrasado los goznes aquella
misma tarde y por la noche, después que su marido hubiera echado el cerrojo,
había bajado a por un vaso de leche y la había abierto. Russell llevaba los
guantes de piel de cerdo que se había puesto al salir de Nueva York y que
pensaba destruir a su regreso. Dejó la puerta entornada y se dirigió a la
ventana de atrás. Había un pedazo de arpillera cerca del cobertizo y al lado,
una pequeña hacha. Envolvió el mango con la tela y golpeó el cristal de la
ventana, junto al cerrojo. Después de oír que tintineaba contra el suelo, soltó
rápidamente el pestillo y abrió la ventana. Luego regresó corriendo a la puerta
y entró.
Arriba,
en el dormitorio, Fred dormía, pero su mujer oyó la señal y le dio una palmada
en el hombro.
—Despierta,
hay alguien abajo.
Fred
oyó la puerta trasera que el viento abría y cerraba suavemente haciéndola
chocar contra el marco. No oyó nada más.
—Es la
puerta —dijo malhumorado.
—Te
habrás olvidado de trabarla. Por favor, baja a cerrarla. No me deja dormir.
—De
acuerdo, de acuerdo.
Aún no
había despertado del todo cuando llegó al final de las escaleras, moviéndose
sin dificultad gracias a la clara luz de la luna. Había entrado en el comedor y
se dirigía a la cocina cuando Russell, que estaba acurrucado en el hueco de la
escalera, se plantó detrás de él y le golpeó dos veces en la cabeza con el
hacha, la segunda cuando su tío ya se estaba desplomando. Russell notó que el
frágil hueso del cráneo se quebraba bajo el impacto. Durante un instante se
sintió aturdido y mareado, pero inspiró hondo tres o cuatro veces y recuperó la
serenidad. Luego aguardó.
El
resto del plan era pura rutina. Phyllis bajaría alarmada al ver que su marido
no regresaba. Le daría un golpe por la espalda, de modo que ella no pudiera ver
quién la atacaba, y luego la ataría. Russell vaciaría la casa, llevándose todas
las joyas que encontrase y los cincuenta dólares escasos, que era todo lo que
el tío Fred guardaba consigo. Y eso sería todo. Luego Russell, siendo el único
familiar del anciano asesinado, ayudaría a organizar el funeral para descargar
a la horrorizada viuda de sus responsabilidades. Phyllis vendería la casa y
volvería a Nueva York. Con toda naturalidad, Russell seguiría preocupándose por
su bienestar y al cabo de un año aproximadamente contraerían matrimonio con
toda sencillez, sin despertar sorpresa ni ninguna sospecha.
Fue
cuando la oyó bajar las escaleras, detenerse en la mitad del camino y gritar
cautelosamente: «Fred, ¿estás ahí?», cuando se le ocurrió modificar el plan
original. No iba a casarse con aquella mujer, pensó furioso, una mujer que era
capaz de planear el asesinato de su propio esposo. Había envejecido, se estaba
volviendo malhumorada y bebía demasiado.
Con
ella nunca estaría seguro. En un momento de enajenación podía confesarlo todo,
deseosa de declarar su culpabilidad, y podía arrastrar a Russell con ella. Y si
no se casaba con ella, podía hacerle chantaje durante el resto de su vida. ¿Y
por qué iba un ladrón a matar al marido, pensó, y atar en cambio a la mujer
perdonándole la vida? Era un disparate y la policía empezaría a sospechar en
seguida. Si los mataba a los dos no corría más riesgos que matando sólo a uno y
no quedarían cabos sueltos.
Levantó
el hacha ensangrentada al oír que Phyllis, siguiendo el plan, volvía a gritar:
«Fred, ¿dónde estás?».
Luego
acabó de bajar las escaleras y le vio a la luz de la luna, de pie junto al
cuerpo del tío Fred.
—¿Está
muerto?
—Prácticamente.
Puede que pase un par de horas en coma. Sigamos adelante.
Tenía
que golpearla cuando ella entrara en el comedor y viera el cuerpo del anciano.
—Vamos
—dijo él—. Voy a ponerme detrás tuyo.
Él la
golpearía por la espalda tal como habían planeado, pero lo haría con el hacha y
se aseguraría de que la había matado. En cuanto al anciano, para cuando
acudiera alguien a investigar lo que había ocurrido, tampoco le quedaría ni un
soplo de vida.
Sólo
había dado un paso hacia ella cuando se encendieron las luces del comedor. Por
un momento creyó que al pasar Phyllis había rozado el interruptor con los
volantes de la manga de la bata negra ridículamente recargada que llevaba.
—¡Apaga
la luz! ¡Nos puede ver alguien desde la carretera!
—Necesito
un poco de claridad, Tommy —replicó olla—. ¿Quieres saber por qué?
—¡Apágala!
—repitió mientras se dirigía al interruptor para hacerlo él mismo.
Phyllis
se sacó el revólver del bolsillo. Era pequeño, de calibre 25 como máximo, pero
apuntaba directamente hacia él y el agujero del cañón le pareció tan grande
como un túnel.
—El
hombre del seguro hizo que me inquietara —explicó— por tener el dinero y las
joyas en casa. De manera que siguiendo su consejo, compré esto. No te preocupes
—siguió—. Sé utilizarlo.
—Estás
loca. ¿Qué ganarás matándome?
—Unos
cinco millones de dólares.
—¿Qué
quieres decir? No estamos casados, no conseguirás ni un céntimo de mi fortuna.
—¿Tu
dinero, Tommy? ¿Qué te hace pensar que es tuyo?
—Una
vez muerto el viejo, es mío.
—Pero
él no está muerto, Tommy. ¿Qué ocurriría con el dinero si tú murieras antes?
—Supongo
que lo heredaría el tío Fred.
—Pues
éste es el caso, Tommy. Él no está muerto aún, y cuando muera dentro de un par
de horas, el dinero me corresponderá a mí.
—No
recobrará el conocimiento. Está casi muerto.
—Mientras
haya pulso, el más leve aliento, el más débil latido de corazón, está vivo. Si
tú mueres cinco minutos antes que él, en estos cinco minutos habrá heredado tu
fortuna y cuando él muera, ésta pasará a sus herederos. Hay una biblioteca en
la ciudad, Tommy. Leí todo lo que concierne al caso el día que fui a comprar la
pistola.
—¿Cómo
podrás demostrarlo, estúpida?
—Entró
un ladrón en casa, Tommy, que golpeó al pobre Fred con un hacha. Cuando yo
bajé, disparé contra él en la oscuridad y murió al instante. Luego encendí las
luces y vi que era Tommy Russell. Todo el mundo sabe que Tommy quería el
dinero. Todo el mundo sabe que Fred apenas le daba para gastos. Yo misma
presencié su discusión el día que Tommy vino a cenar. Él mató a Fred e intentó
que pareciera un robo. Me habría matado a mí también. Y cuando venga la
policía, encontrarán que Fred no ha muerto aún. Pero tú sí, Tommy. Tú ya no
respirarás.
Por un
momento Russell pensó en abalanzarse sobre ella y arrebatarle la pistola. Pero
el cañón le apuntaba con toda firmeza y comprendió que no tenía sentido. Cinco minutos, pensó. He sido rico durante cinco
minutos. Su último pensamiento fue de incredulidad.
—Adiós,
Tommy —dijo disparándole dos tiros certeros, uno en el corazón y otro en la
cabeza. No dejó nada al azar. Se inclinó sobre él y comprobó que no respiraba
con un pequeño espejo de bolsillo. Cuando estuvo totalmente segura, llamó por
teléfono a la policía. Mientras aguardaba a que vinieran, el pobre Fred gimió
una o dos veces. Fue un poco desagradable, pero todo acabaría pronto. Al fin y
al cabo, en esta vida no todo pueden ser alegrías.
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