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James Cross - Millonario por cinco minutos



—El vicio es un monstruo con un semblante tan horrible —dijo el señor Rawlinson modificando la cita—, que para odiarlo no hace falta más que verlo.
Tommy Russell se contempló las uñas bien arregladas que mostraban un pálido indicio de laca incolora. Los ojos del anciano eran de un azul legañoso punteado de blanco y del color rojo de las venillas reventadas, lagrimosos y en constante movimiento. Russell prefería no mirarlos. Había advertido que cuando los contemplaba demasiado fijamente, parecía que las pupilas oscurecieran y absorbieran la luz y por un momento tenía la impresión de observar un azul tan profundo y oscuro como el del Atlántico Norte.
—Pero cuando le frecuentamos y su rostro empieza a resultarnos familiar —siguió el viejo Rawlinson mientras Tommy Russell apretaba los dientes y aguardaba a que aquella voz cascada y aguda recuperara su tono normal—, primero lo toleramos, luego le compadecemos y acabamos por aceptarlo.
Russell permanecía en silencio esperando la parte esencial del discurso, del que aquella temblorosa cita no era más que la introducción. «¿Cuántos años más tendré que sufrir?», pensó.
—Estoy hablando de ti, Thomas —dijo el anciano tras una pausa interminable—. De tu conducta, tus amigos, tu ritmo de vida. Tu padre me nombró albacea de su fortuna y fue muy claro al respecto. Descartamos esta posibilidad aun antes de que escribiera el testamento. Tienes una renta más que suficiente. Cuando se redactó el testamento se dispuso que fueran diez mil dólares al año, y ahora casi se ha duplicado la cantidad. Pero no podrás disponer del capital, ni de los ingresos adicionales, hasta que yo te considere capaz de administrarlo. Y hasta ahora, Thomas, no has dado muestras de ser lo bastante juicioso ni precavido.
Russell notó que la vena principal de la frente le empezaba a latir incontrolablemente. Por un momento sintió unos terribles deseos de inclinarse sobre aquel escritorio tan ordenado y bien barnizado, agarrar aquella garganta delgada y fláccida y apretar hasta que la nuez de Adán crujiera bajo sus manos. Pero luego la parte fría y calculadora de su cerebro se hizo cargo de la situación y se dio cuenta de que el viejo no podía vivir siempre, y que cuando muriera, los cinco millones serían suyos, de Tommy Russell.
—Lamento que éste sea tu punto de vista, tío Fred —dijo dulcemente—. Yo creo que incluso para tus valores morales, he mejorado mucho.
—Tonterías —dijo su tío—. Yo no lo he advertido. No conseguirás el capital para derrocharlo. Tendrás que esperar a cumplir los treinta y cinco años, y para eso faltan casi siete, o a que yo me muera y encuentres otro albacea más complaciente. Pero aunque tú creas que soy un viejo, no tengo más que sesenta años y pienso vivir muchos más aún.
—No te pido toda la herencia —dijo Russell—. Esto te lo dejo a tu criterio, pero estoy un poco apurado.
—Si diez mil al año no te bastan, es porque tienes demasiado tiempo para gastártelo. ¿Por qué no te buscas un trabajo? Ganarías un salario decente y te quedaría menos tiempo para derrochar tu renta.
—No soy capaz de imaginarme trabajando cuarenta horas a la semana en ninguna actividad —dijo Russell. Inmediatamente se dio cuenta del error que había cometido, pero ya era demasiado tarde.
—Me temo que tendrás que buscarte un trabajo o cambiar tu ritmo de vida —le dijo su tío secamente—. En cualquier caso, tu renta seguirá siendo de diez mil dólares. Tal vez esto te impulse a seguir uno de estos dos caminos.
—Mis deudas sobrepasan esta cantidad —replicó Russell con prudencia.
—Si te demandan por culpa de tus deudas, siempre puedes llegar a un acuerdo con tus acreedores o bien declararte en bancarrota. Si, tal como sospecho, son deudas de juego, debo recordarte que en la mayoría de los estados no te pueden llevar ante los tribunales por eso.
—Puede que no haya ningún procedimiento legal, pero me pueden hacer saltar los dientes de un puntapié en cualquier callejón, o si están muy desesperados, mandarme al fondo del río con una piedra atada al cuello.
—Lo lamentaría mucho, querido sobrino, especialmente porque tendría que cargar con la responsabilidad de la fortuna que dejó tu padre. De todas maneras, no tengo la menor intención de pagar tus deudas de juego.
Tommy Russell lo había pensado muchas veces, pero en aquel momento vio dos cosas con claridad: la primera, que a su tío le gustaría verle muerto y que a sus sesenta años no se sentía demasiado viejo para disfrutar la fortuna de Russell en sus últimos años; la segunda que él, Tommy Russell, iba a asesinar a su tío en la primera ocasión que se presentara.
Una vez él hubiera fallecido, el administrador sería un banco que se conformaría de sobra con que hiciera un buen depósito y le cedería inmediatamente la fortuna. Sólo se trataba de llevar a cabo el asesinato de la manera más rápida y segura posible.
Por un momento, Russell consideró que lo más sencillo sería estrangularlo con su bufanda de seda allí mismo. La sola imagen de aquellos ojos lagrimosos sobresaliendo del rostro violáceo resultaba muy atractiva, pero la desechó. Por lo menos una docena de personas, desde el conserje al ascensorista, le habían visto llegar a la suite que su tío ocupaba en el club. Cualquier actuación en terreno conocido le llevaría inmediatamente a la horca.
Durante las semanas siguientes, Tommy vivió con austeridad de su renta y se dedicó a estudiar atentamente las costumbres de su tío. Transcurridos dos meses, tuvo que admitir la derrota. Su tío era un solterón independiente a quien la actividad mundana protegía durante las veinticuatro horas del día: desayuno en el club; una visita al corredor de bolsa, en taxi; almuerzo con algún amigo; vuelta al club donde hacía una siesta; después un cóctel en el club o en otro lugar, también con amigos; cena en el club o como acompañante en alguna fiesta particular, pues era soltero adinerado y aún se le podía considerar casi un buen partido; o al teatro, también con un grupo; y finalmente, de vuelta al club. Nunca estaba solo, y en todo momento había que pasar por una legión de sirvientes o había que evitar una legión de testigos. El viejo Rawlinson no podía tenerlo más fácil para escapar de una muerte violenta. No conducía. Por Nueva York siempre iba en taxi; en sus poco frecuentes salidas de fin de semana, cogía el tren. Su peso era saludable, unos kilos menos de lo que le correspondía por edad y corpulencia; tenía un carácter afable y tranquilo; sus cuatro abuelos habían sobrepasado los noventa años; llevaba una vida sobria y moderada.
Al cabo de dos meses de investigar y planear con minuciosidad, Russell llegó a la conclusión de que su tío, por causas naturales, con toda probabilidad le sobreviviría. Y algo peor aún: que era casi imposible asesinarlo impunemente.
Una noche, cuando iba por el sexto Armagnac, expuso el caso a la que en aquel momento era su amante. Phyllis le escuchó con atención. Había estudiado psicología y se jactaba de comprender el comportamiento humano y sus motivaciones. No demostró asombro alguno; la decisión de Russell de matar a su tío le pareció lógica y rentable. Lo que le preocupaba era su incapacidad para solucionar lo esencial.
—Tal como vive —dijo—, no es posible hacerlo.
—Entonces será mejor que me acostumbre a llevar una existencia de chupatintas durante los próximos siete años. ¿Te atrae la idea?
—Yo no digo que no pueda hacerse. Pero hay que cambiar su manera de vivir, alterar sus costumbres.
—Ha vivido así durante cuarenta años. ¿Qué quieres que haga? ¿Invitarlo a un safari, cosa que en su vida aceptaría, y provocar un accidente? ¿Tirarlo al agua desde una canoa para que se ahogue? Nunca se embarcaría en algo menor que un transatlántico de cincuenta mil toneladas.
—¿Qué te parece si se te escapa un palo de golf de hierro del número tres mientras juega contigo?
—Una vez me dijo que el único deporte que practicaba era llevar el féretro de sus amigos que se dedicaban a hacer atletismo.
—Entonces no hay más remedio que cambiar su entorno, y el mejor método para conseguirlo es conseguir que se case.
—Tiene sesenta años y hasta ahora ha logrado eludir el matrimonio, a pesar del gran número de jovencitas casaderas, y no tan jovencitas, divorciadas y viudas que han querido cazarle. Es inmune.
—Una mujer lista podría conseguirlo.
—¿Quién, por ejemplo?
—Por ejemplo yo.
Russell consideró un momento la posibilidad.
—¿Quieres que te diga una cosa? —dijo lentamente—. Creo que podrías conseguirlo. Eres joven, pero no demasiado. Eres lista, lo bastante lista para no demostrarlo. Puedes representar casi cualquier papel que te propongas. Creo sinceramente que puedes hacerlo.
—Pues claro que puedo, y además puedo hacerlo en tres meses. Conozco a ese tipo de solterones.
—Podrías apartarlo del club y llevártelo a vivir al campo, lejos de su ambiente. Y una vez allí, podría ocurrir cualquier cosa. Cariño, creo que has dado en el clavo.
—Hay algo de lo que no hemos hablado —dijo ella—. ¿Qué porcentaje me llevaría por hacer de señuelo?
—Serías una viuda rica. El viejo dejará unos cincuenta mil dólares. Pero la mayor parte de su fortuna no se puede tocar. Irá a parar a Harvard el día que él falte.
—¿Has probado alguna vez a vivir con los intereses de cincuenta mil dólares? No llega ni para champán. ¿Y tú, qué? ¿Cuánto piensas sacar? No trates de engañarme, porque puedo enterarme.
—Unos cinco millones. ¿Qué quieres?
—Quiero que te cases con la viuda. Eres un poco canalla, pero me he acostumbrado a ti y me lo paso bien contigo. Creo que podríamos llevarnos bien.
—Pero tendríamos que dejar pasar un tiempo; sería una imprudencia.
—Por supuesto. Sólo quiero tu promesa. Dime que te casarás conmigo cuando él muera, y yo te creeré. Y recuerda —siguió—, que estaríamos juntos en esto. Sería lo más sensato que podríamos hacer, y lo más seguro.
—Querida, será un placer. Tú me le pones a tiro y yo me ocuparé del resto. ¿Quieres mi promesa? Muy bien, ya la tienes.
Se inclinó por encima de la mesa y le dio un beso en la barbilla mientras pensaba que en aquellos años de psicología le habían enseñado bien pocas cosas si creía que un hombre que valía cinco millones se casaría con ella.
—Nena —dijo—, hazlo de prisa. No quiero esperarte demasiado tiempo.
Todo ocurrió con la misma celeridad que ella había predicho. Russell llevó a Phyllis a Central Park, adonde su tío iba con cierta frecuencia para dar un paseíto, como él lo llamaba. El tercer día se encontraron. Russell no tardó ni cinco minutos en invitarlos a comer para celebrar con champán un trabajo que tenía en perspectiva. Pagó la cuenta y dejó al viejo Rawlinson en compañía de Phyllis mientras él acudía a una cita inexistente relacionada con el trabajo que había descrito. Phyllis y Rawlinson se quedaron tomando café y brandy y se hicieron amigos. Por primera vez en su vida, Rawlinson había conocido a una mujer que parecía inteligente, atractiva y nada depredadora.
Al cabo de una semana la llevaba al teatro, la deleitaba con sus teorías sobre arte dramático y la instruía sobre el arte helenístico en el Metropolitan. A los quince días, subió a su apartamento a tomar una copa. Antes de que transcurriesen tres semanas, estaba nerviosamente convencido de que la había seducido y de que, siendo un hombre de honor, le debía el matrimonio y, lo que es más importante, había sido una sensación muy agradable y deseaba repetirla. Phyllis le ofreció una semana entera de remordimientos. Se había dejado llevar por su experiencia y refinamiento, le explicó, pero sería un error repetirlo.
—No estaría bien, Fred —le dijo con tono solemne—. Ceder una vez es una cosa, pero si pasa a ser algo habitual, ¿en qué me convierto yo?
Una mezcla de inocencia y precaución debió de advertir al tío Fred del giro que estaba tomando la conversación, pues cambió de tema, la acompañó a casa temprano y pasó diez días sin llamarla. Pero una vez transcurrido este tiempo, empezó a encontrar terriblemente aburridos los serenos placeres de su vida anterior; las partidas de bridge, cada vez menos frecuentes, le resultaban deprimentes; el teatro le daba sueño y la conversación de sus compañeros de cena le irritaba; la plácida actividad del club le recordaba que no le quedaban demasiados años y le asustaba con el presagio de un lento declinar hacia una soledad carente de emociones notables.
Al final de las dos semanas pidió a Phyllis que se casara con él. Un mes más tarde se celebró una discreta boda en el despacho de un juez con quien a veces jugaba al billar. Asistieron dos testigos: uno era el sobrino del juez y el otro Tommy Russell.
Russell había cambiado un poco, pensó el tío Fred. Parecía más formal y tranquilo. Tal vez el cambio se debiera al trabajo que tenía ahora de vender bonos a comisión. La verdad es que le debía mucho. Si no hubiera tropezado con él en el parque, nunca habría conocido a Phyllis.
Consideró la posibilidad de aumentar la renta del muchacho, pero rechazó la idea. «Limitarle el dinero ha dado buenos resultados y ahora hay que ver si es capaz de seguir así. Dentro de un año puedo reconsiderar el asunto y tal vez más adelante, si opino que ha cambiado definitivamente, tal vez le permita que se haga cargo de la herencia.»
San Denis, dice la leyenda, anduvo diez kilómetros a través de París llevando en la mano la cabeza que le acababan de cortar. «Lo que me impresiona no son los diez kilómetros —comentó una vez Madame du Deffand cuando se enteró del paseo que había dado el santo—. Son los primeros pasos los que cuentan.» Lo mismo ocurrió con el tío Fred. Una vez dado el terrible primer paso, el resto vino solo.
Al volver de la luna de miel en Europa se fueron a vivir a una antigua granja restaurada de Connecticut. Lejos quedaban aquellas visitas a los agentes de bolsa, las partidas de bridge y los banquetes. El tío Fred dejó incluso de ser miembro del club. Sus antiguos amigos, que en general consideraban que una excursión al campo era algo así como un safari, apenas le veían y poco a poco se fueron distanciando, pero él no les echaba de menos. Estaba demasiado ocupado removiendo la tierra del jardín, construyendo una elaborada barbacoa y, por primera vez, gozando (ya que tenía una salud notable para su edad) de una relación que, como dice Shaw, combina el máximo de tentación con el máximo de oportunidades.
Cuando Tommy Russell acudió a la cena a la que había sido invitado, quedó consternado por el aspecto que presentaba su tío: andaba con paso vigoroso, tenía la mirada límpida, la voz profunda y una carcajada que tronaba de una manera irritante. Parecía quince años más joven y en perfectas condiciones para sobrevivir otro cuarto de siglo.
En cambio Phyllis había envejecido. Tenía unas ojeras muy marcadas y llevaba un esparadrapo en la muñeca por culpa de una quemadura que se había hecho cocinando. Se le habían roto dos uñas, comentó disgustada, y había dejado de pintárselas. Llevaba el pelo limpio pero desarreglado. Aún simulaba escuchar con admiración lo que decía el tío Fred, reír sus chistes, y de vez en cuando le acariciaba y le daba palmaditas con aire de propiedad. Pero Russell advirtió que cuando el tío Fred centraba un momento la atención en otra cosa, ella se relajaba agradecida y adoptaba una expresión de sombrío estupor.
La idea de casarse con ella tal como la veía ahora, incluso por cinco millones de dólares, distaba mucho de ser placentera.
Aquella tarde sólo pudieron hablar a solas una vez, y durante pocos minutos.
—No puedo soportar esto mucho tiempo más, Tommy —dijo—. Tenemos que hacerlo en seguida.
—Esperaba que se muriera solo, por causas naturales. Habría sido mucho más sencillo. Pero parece que tenga cuarenta y cinco años.
—Me está matando. Sólo me ayuda una asistenta. He tenido que aprender a cocinar y debo ayudarle con el jardín. Aquí no hay forma de ir a la peluquería.
—Se le ve muy feliz.
—Y con razón. Creía que habías dicho que era tímido con las mujeres, pero después de trabajar todo el día, por la noche no puedo dormir. Siempre tenemos que hacer algo. Un mes más y acabaré cortándole el cuello aquí mismo.
—Ven a Nueva York el martes, a mi apartamento. Lo tengo todo arreglado. Podemos actuar con rapidez y...
Se calló porque el tío Fred bajaba las escaleras canturreando desafinadamente. Después le mostró la barbacoa bajo los focos del patio. Tommy vio el lugar donde pensaba plantar hierbas aromáticas y el espacio dedicado a la piscina. Y después se marchó en cuanto pudo y regresó a casa.
A Phyllis no le resultó tan fácil trazar un plan para ir a Nueva York como Russell se imaginaba. Cuando el tío Fred había cambiado su estilo de vida, había cortado los lazos con todo. No había vuelto ni una vez a la ciudad desde que se habían trasladado a Connecticut, y no veía razón alguna para que su esposa lo hiciera. La quería a su lado para que le ayudara en todas sus posibles necesidades o deseos. Había abandonado por completo su vida anterior, había invertido en una esposa y no veía por qué no iba a sacar el máximo partido de aquella inversión.
Tendría que encontrar una excusa muy buena, Phyllis lo sabía, y no se le ocurrió hasta la víspera. Al principio no comprendía por qué quería recorrer una distancia tan larga en tren simplemente para ver al doctor. En la ciudad más próxima había un médico general algo mayor pero muy bueno y también había un hospital en Danbury. Representó un juego de indirectas llenas de coquetería hasta que el tío Fred lo descubrió por sí mismo.
—Ser padre a mi edad —dijo—. Nunca lo hubiera imaginado.
—No estoy segura, querido. Por eso quiero que me vea el doctor McPherson. Me conoce desde hace muchos años y con él me sentiré más tranquila. Y tú estarás perfectamente aquí. Tendrás a Millie, y yo regresaré pronto.
—Tal vez debería ir contigo —dijo con cierta reticencia.
—No, no. Me las arreglaré bien sola. Y no tienes que preocuparte por la cocina de Millie. Te prepararé un buen guiso antes de partir y no tendrás más que calentarlo.
En el rostro del tío Fred se reflejó durante unos instantes la pugna entre el alivio por no tener que ir y su aversión a que le dejaran solo. Luego las dos emociones fueron derrotadas por la simple idea de la paternidad.
—Como tú digas, querida.
Al día siguiente de regresar, Phyllis se encontraba fatigada, pues el viaje había sido largo. Se había visto obligada a visitar al doctor McPherson, por si a su marido se le ocurría llamarlo por teléfono. Sólo tenía unos días antes de que llegaran los resultados negativos del análisis. El plan de Tommy Russell era bueno y simple, pero requería prepararlo y ensayarlo cuidadosamente. Por fin, a última hora de la tarde había tenido que ir a hablar con el agente de seguros local.
Tal como habían previsto, el agente no mostró ningún entusiasmo por la idea de buscar una compañía que aceptara aumentar la cobertura de la póliza de los bienes que contenía la casa. La historia cuidadosamente ensayada que le contó Phyllis le hizo menear la cabeza con una mezcla de asombro y reproche.
—¡Varios miles de dólares en efectivo —exclamó—, más sus joyas! Y todo en los cajones del escritorio. Sinceramente, señora Rawlinson, no creo que nadie acepte cubrir una póliza bajo tales circunstancias. Señora Rawlinson —prosiguió muy serio—, este dinero deberían tenerlo en el banco, y las joyas en una cámara acorazada. Conservándolo en casa, se exponen a perderlo todo si hay un incendio, por no hablar en caso de robo.
—Mi marido detesta los bancos. A mí esta situación me molesta tanto como a usted, pero él es un hombre mayor y una vez perdió mucho dinero al quebrar un banco durante la Gran Depresión. A veces me asusta mucho pensar en lo aislados que estamos.
Tommy Russell había explorado el terreno cuidadosamente y con su estilo desenfadado y casi descortés, había recogido gran cantidad de información acerca de los habitantes del lugar. Por él, Phyllis se había enterado de que el agente de seguros jugaba al póquer con un grupo, en el que también se encontraba el jefe de policía, y que era muy locuaz; y que siendo al mismo tiempo el agente de seguros y el director del banco local, su bête noire era la persona que guardaba dinero y joyas en casa en lugar de depositarlas en lugar seguro. La próxima partida de póquer tuvo lugar la noche siguiente, el viernes, y el sábado por la tarde no se hablaba más que del viejo y amable señor Rawlinson y de su joven esposa, que guardaban dinero y joyas en grandes cantidades (que aumentaban a medida que circulaba la historia) en su casa solitaria a varias millas de la ciudad. Ahora ya estaban en marcha los preparativos y la última parte del plan tendría lugar el sábado por la noche. Tommy Russell había tardado bastante en perfeccionarlo, pero una vez iniciado, se desarrollaría con gran rapidez.
El sábado por la noche soplaba una brisa suave desde el estrecho y la temperatura era más propia de julio que de octubre, pero apenas circulaba nadie por las carreteras secundarias cuando el coche prestado de Tommy Russell, con una matrícula de Nueva Jersey que había robado media hora antes en el aparcamiento de Danbury, se deslizó con las luces apagadas por el camino de entrada de la casa del tío Fred y fue a detenerse en la parte trasera, donde no podía ser visto desde la carretera.
En el bolsillo, Tommy llevaba el resto de una entrada general de un teatro en el que representaban una obra que él ya había visto y de la que, según sus cálculos, debía de estar a punto de finalizar el segundo acto. Podía actuar con celeridad y, cambiando la matrícula durante el camino, regresar a Nueva York justo a tiempo para aparecer por cualquier local donde fuera conocido para tomar una copa y hablar de la función con algunos amigos o con el camarero.
Abrió sigilosamente la puerta trasera. Phyllis había engrasado los goznes aquella misma tarde y por la noche, después que su marido hubiera echado el cerrojo, había bajado a por un vaso de leche y la había abierto. Russell llevaba los guantes de piel de cerdo que se había puesto al salir de Nueva York y que pensaba destruir a su regreso. Dejó la puerta entornada y se dirigió a la ventana de atrás. Había un pedazo de arpillera cerca del cobertizo y al lado, una pequeña hacha. Envolvió el mango con la tela y golpeó el cristal de la ventana, junto al cerrojo. Después de oír que tintineaba contra el suelo, soltó rápidamente el pestillo y abrió la ventana. Luego regresó corriendo a la puerta y entró.
Arriba, en el dormitorio, Fred dormía, pero su mujer oyó la señal y le dio una palmada en el hombro.
—Despierta, hay alguien abajo.
Fred oyó la puerta trasera que el viento abría y cerraba suavemente haciéndola chocar contra el marco. No oyó nada más.
—Es la puerta —dijo malhumorado.
—Te habrás olvidado de trabarla. Por favor, baja a cerrarla. No me deja dormir.
—De acuerdo, de acuerdo.
Aún no había despertado del todo cuando llegó al final de las escaleras, moviéndose sin dificultad gracias a la clara luz de la luna. Había entrado en el comedor y se dirigía a la cocina cuando Russell, que estaba acurrucado en el hueco de la escalera, se plantó detrás de él y le golpeó dos veces en la cabeza con el hacha, la segunda cuando su tío ya se estaba desplomando. Russell notó que el frágil hueso del cráneo se quebraba bajo el impacto. Durante un instante se sintió aturdido y mareado, pero inspiró hondo tres o cuatro veces y recuperó la serenidad. Luego aguardó.
El resto del plan era pura rutina. Phyllis bajaría alarmada al ver que su marido no regresaba. Le daría un golpe por la espalda, de modo que ella no pudiera ver quién la atacaba, y luego la ataría. Russell vaciaría la casa, llevándose todas las joyas que encontrase y los cincuenta dólares escasos, que era todo lo que el tío Fred guardaba consigo. Y eso sería todo. Luego Russell, siendo el único familiar del anciano asesinado, ayudaría a organizar el funeral para descargar a la horrorizada viuda de sus responsabilidades. Phyllis vendería la casa y volvería a Nueva York. Con toda naturalidad, Russell seguiría preocupándose por su bienestar y al cabo de un año aproximadamente contraerían matrimonio con toda sencillez, sin despertar sorpresa ni ninguna sospecha.
Fue cuando la oyó bajar las escaleras, detenerse en la mitad del camino y gritar cautelosamente: «Fred, ¿estás ahí?», cuando se le ocurrió modificar el plan original. No iba a casarse con aquella mujer, pensó furioso, una mujer que era capaz de planear el asesinato de su propio esposo. Había envejecido, se estaba volviendo malhumorada y bebía demasiado.
Con ella nunca estaría seguro. En un momento de enajenación podía confesarlo todo, deseosa de declarar su culpabilidad, y podía arrastrar a Russell con ella. Y si no se casaba con ella, podía hacerle chantaje durante el resto de su vida. ¿Y por qué iba un ladrón a matar al marido, pensó, y atar en cambio a la mujer perdonándole la vida? Era un disparate y la policía empezaría a sospechar en seguida. Si los mataba a los dos no corría más riesgos que matando sólo a uno y no quedarían cabos sueltos.
Levantó el hacha ensangrentada al oír que Phyllis, siguiendo el plan, volvía a gritar: «Fred, ¿dónde estás?».
Luego acabó de bajar las escaleras y le vio a la luz de la luna, de pie junto al cuerpo del tío Fred.
—¿Está muerto?
—Prácticamente. Puede que pase un par de horas en coma. Sigamos adelante.
Tenía que golpearla cuando ella entrara en el comedor y viera el cuerpo del anciano.
—Vamos —dijo él—. Voy a ponerme detrás tuyo.
Él la golpearía por la espalda tal como habían planeado, pero lo haría con el hacha y se aseguraría de que la había matado. En cuanto al anciano, para cuando acudiera alguien a investigar lo que había ocurrido, tampoco le quedaría ni un soplo de vida.
Sólo había dado un paso hacia ella cuando se encendieron las luces del comedor. Por un momento creyó que al pasar Phyllis había rozado el interruptor con los volantes de la manga de la bata negra ridículamente recargada que llevaba.
—¡Apaga la luz! ¡Nos puede ver alguien desde la carretera!
—Necesito un poco de claridad, Tommy —replicó olla—. ¿Quieres saber por qué?
—¡Apágala! —repitió mientras se dirigía al interruptor para hacerlo él mismo.
Phyllis se sacó el revólver del bolsillo. Era pequeño, de calibre 25 como máximo, pero apuntaba directamente hacia él y el agujero del cañón le pareció tan grande como un túnel.
—El hombre del seguro hizo que me inquietara —explicó— por tener el dinero y las joyas en casa. De manera que siguiendo su consejo, compré esto. No te preocupes —siguió—. Sé utilizarlo.
—Estás loca. ¿Qué ganarás matándome?
—Unos cinco millones de dólares.
—¿Qué quieres decir? No estamos casados, no conseguirás ni un céntimo de mi fortuna.
—¿Tu dinero, Tommy? ¿Qué te hace pensar que es tuyo?
—Una vez muerto el viejo, es mío.
—Pero él no está muerto, Tommy. ¿Qué ocurriría con el dinero si tú murieras antes?
—Supongo que lo heredaría el tío Fred.
—Pues éste es el caso, Tommy. Él no está muerto aún, y cuando muera dentro de un par de horas, el dinero me corresponderá a mí.
—No recobrará el conocimiento. Está casi muerto.
—Mientras haya pulso, el más leve aliento, el más débil latido de corazón, está vivo. Si tú mueres cinco minutos antes que él, en estos cinco minutos habrá heredado tu fortuna y cuando él muera, ésta pasará a sus herederos. Hay una biblioteca en la ciudad, Tommy. Leí todo lo que concierne al caso el día que fui a comprar la pistola.
—¿Cómo podrás demostrarlo, estúpida?
—Entró un ladrón en casa, Tommy, que golpeó al pobre Fred con un hacha. Cuando yo bajé, disparé contra él en la oscuridad y murió al instante. Luego encendí las luces y vi que era Tommy Russell. Todo el mundo sabe que Tommy quería el dinero. Todo el mundo sabe que Fred apenas le daba para gastos. Yo misma presencié su discusión el día que Tommy vino a cenar. Él mató a Fred e intentó que pareciera un robo. Me habría matado a mí también. Y cuando venga la policía, encontrarán que Fred no ha muerto aún. Pero tú sí, Tommy. Tú ya no respirarás.
Por un momento Russell pensó en abalanzarse sobre ella y arrebatarle la pistola. Pero el cañón le apuntaba con toda firmeza y comprendió que no tenía sentido. Cinco minutos, pensó. He sido rico durante cinco minutos. Su último pensamiento fue de incredulidad.
—Adiós, Tommy —dijo disparándole dos tiros certeros, uno en el corazón y otro en la cabeza. No dejó nada al azar. Se inclinó sobre él y comprobó que no respiraba con un pequeño espejo de bolsillo. Cuando estuvo totalmente segura, llamó por teléfono a la policía. Mientras aguardaba a que vinieran, el pobre Fred gimió una o dos veces. Fue un poco desagradable, pero todo acabaría pronto. Al fin y al cabo, en esta vida no todo pueden ser alegrías.

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