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Georges Courteline - La escalera



  Lo que es mi tío -comenzó a decirme el loco de La Brigue- era un viejo tonto, pero muy buen hombre por lo demás; y, en cuanto a mi tía, también era una vieja miserable, bromista como no hay dos.
  Ambos vivían en Puy-l'Évêque, hondonada lúgubre del Vendômois.
  Su casa, que no tenía sino dos pisos, estaba situada en un extremo del pueblo, a dos pasos de las antiguas fortificaciones. Esa vivienda en donde no se oía, desde la mañana hasta la noche, sino el ruido de sus querellas, había sido heredada por mi tío de su buen padre, quien la había heredado del suyo, el cual, a su vez, la tenía del bisabuelo de mi tío... y así hasta lo infinito.
  Desde tiempos inmemoriales el inmueble iba pasando de generación en generación, como el paquete de naipes que los jugadores de bacará van haciendo pasar de mano en mano. Cada uno de los propietarios habíalo restaurado, según el gusto de la época, bien por el techo bien por el cimiento; pero todos habían olvidado alguna parte, dejándolo siempre con una pata en el aire y con la mitad atrasada de medio siglo respecto a la otra mitad, obligándolo así a representar un papel ridículo y singularmente dudoso. Su aspecto era el de un personaje que hubiese vestido sus piernas con el pantaloncillo acañonado del gran siglo y su talle con la levita vulgar de un lechuguino contemporáneo.
  Entre los cuatro muros de esa casa de Yanot, vivían pues, como, el perro y el gato, mis buenos tíos. Animados el uno contra el otro, por una antipatía tan profunda como instintiva que se había ido acentuando lentamente durante los treinta y cinco años de existencia común, provincial, formidablemente imbécil y desprovista de todo objetivo, bastaba que uno de ellos expusiese una manera de pensar para que el otro expusiese la manera diametralmente opuesta. -¿Por qué? ¡Vaya usted a saberlo! Por cualquier cosa, por nada, por mero placer, por la razón que tuvo Caussade para matar a Latournelle... Lo cierto es que ambos estaban hechos para exasperarse mutuamente, pues mientras ella era roma, agria, agresiva, él era sarcástico, desdeñoso, amigo de los alzamientos de hombros y de los silencios insultantes.
  Es necesario decir que si la casa de mis tíos dejaba mucho que desear en su parte exterior tampoco en punto a comodidades era perfecta, aunque sí bastante bien hecha, después de todo, para aquel par de imbéciles que encontraban motivos de disputa en la necedad sorprendente y en la extraña imprevisión con que sus habitaciones estaban arregladas. El dormitorio, situado en el piso segundo, comunicaba con el comedor, situado en el primer piso, por medio de un corredorcillo, estrecho como las indianas de a peseta y largo como un día sin pan, en el fondo del cual se encontraba una escalera, no menos absurda pero sí más peligrosa, que hacía pensar por lo oscura y torcida en el alma de un usurero.
  Como era muy difícil subir por ahí sin romperse bonitamente la cabeza, ocurriósele una vez a mi señora tía hablar de la necesidad de remediar aquello, construyendo una escalera humanamente practicable para unir las dos piezas.
  Mi tío se quedó anonadado ante la grandeza de aquella idea; por lo cual creyó necesario proclamar en alta voz la... ineptitud del plan, circunstancia que, naturalmente, decidió a mi tía a ejecutar en el acto su proyecto. Depositaria de los fondos comunes, llamó en seguida a un carpintero y a un albañil quienes acabaron el trabajo, ayudados por sus aprendices, en poco más de una semana. Mi tío había mirado a los obreros silbando y fumando su pipa. Cuando se quedó solo con su mujer, no pudo menos que decirle:
  -Ahora ya debes estar contenta de tu obra... ¡Admirable escalera, en realidad... y elegante... y decorativa... y cómoda!... En todo caso yo no he de pasar nunca por ella.
  Mi tía que no esperaba aquello, se puso pálida y preguntó a su marido:
  -¿Tú no pasarás nunca por esa escalera?
  -Ya lo creo que no -respondió mi tío-. En toda mi vida.
  -¿Y por qué no? -volvió a preguntar mi tía.
  A lo que mi tío respondió:
  -Porque no me da la gana.
  Él sonreía contento de sí. Ella, atolondrada, se callaba.
  Al fin dijo violentamente:
  -Eso ya es demasiado ¡Caramba!... Pero juro que has de pasar por ella.
  -Y yo -respondió el otro con seguridad con calma- te juro que no he de pasar.
  Y así se acabó la discusión.
  Durante tres días mi tío siguió saboreando el placer de su triunfo; pero el domingo, cuando fue a solicitar los setenta y cinco céntimos con que mi tía le gratificaba semanalmente en vista de sus pequeñas necesidades, ésta tomó su desquite declarando que ya no había dinero para los imbéciles obstinados.
  Una cochinada ¡caramba!... El tío tuvo intenciones de apalearla, de golpearla, pero tuvo también la fuerza de contenerse, de hacerse el indiferente, de poner buena cara y aun de silbar entre dientes un airecillo alegre. Luego, siguiendo su costumbre dominical, salió después del almuerzo, sin un real en el bolsillo, para vagar durante cuatro horas por las calles, bajo una lluvia terrible. Por la noche volvió a su casa mojado hasta los huesos y afectando el ligero balanceo de cuerpo y la pesadez de lengua de los hombres que han bebido un poco... historias que él inventaba para hacer creer a su mitad que los "imbéciles obstinados" contaban fuera de casa con más de un amigo capaz de brindarles algunas copas.
  Y esa comedia grotesca siguió representándose todos los domingos. Los dos cónyuges habían hecho de la terquedad una cuestión de honor, y ni uno ni otro cejaban. Luego dejaron de hablarse, dejaron de conocerse. Durmiendo juntos a la manera de dos extraños que la suerte reuniera en el mismo lecho de una posada cosmopolita y marchando con orgullo, cada uno por "su escalera", a las horas de comer, sentían desenvolverse en sus almas los sentimientos furiosos e irreconciliables del odio.
  Un día, al bajar por su camino -por "el suyo"-, mi tío dio un mal paso... Y cayendo ruidosamente en aquella oscuridad de cueva, donde quedó boca arriba como un lechoncillo, se rompió una pata.
  Mi tía, como era natural, corrió... ¿Para socorrerlo?... No; para mostrarle su alegría, -alegría inmensa-. Sus primeras palabras fueron sorprendentes:
  -¡Veinte francos! ¡Si me hubiesen dado veinte francos no estaría tan satisfecha!...
  -¡Vieja sinvergüenza! -gritó mi tío indignado- ¡vieja bandida! ¡vieja maldita!... ¡No hay idea de mujer tan monstruosa!...
  Pero a ella le importaba poco todo eso. Su alegría era tal que, sofocada y resollando como un fuelle, no podía ya sino mostrar con el dedo la nuez de su garganta, para hacer ver que las palabras no querían salir, por el estrangulamiento de su goce!
  ¡Ah! ¡mujer encantadora que supo decidirse al fin a mandar llamar a un médico! El cual recomendó, después de colocar el primer aparato, una tranquilidad absoluta para el enfermo.
  Naturalmente aquello era pedir un imposible.
  El enfermo alzo los hombros y tendió sobre sus ojos la sábana, como César tendió en otro tiempo el lienzo de su toga y esperó bravamente la muerte.
  La tranquilidad había desaparecido por completo del alma de mi tío, cuyo seno llevaría en adelante una llaga igual a la que lleva el Rin alemán desde que Condé triunfador supo desgarrar su verde manto... La rotura de la pierna no valía nada en realidad; el verdadero mal había nacido en su corazón al mismo tiempo que sus pantalones se rompieron en los bordes de aquellas gradas, llenas de grietas, de "su escalera".
  En tanto mi tía, que era una mujer fuerte y conocedora del alma humana, se puso a cuidar al enfermo en vez de celebrar su victoria a son de cornetas. Sabiendo que hay ocasiones en que la humildad sabia del vencedor es un golpe de hierro candente en las heridas del vencido, no quiso manchar con una palabra equívoca, ni con una alusión agria, ni con una mirada maliciosa, el brillo inmaculado de su triunfo.
  Durante los once días que mi tío guardó cama, ella no olvidó un solo minuto su papel. La expresión de su rostro tenía, sin embargo, algo de radiante, y la sonrisa enigmática, incrustada en las comisuras de sus labios, era bastante terrible para que su atroz ironía persiguiese al enfermo hasta penetrar con puntas de fuego en la médula de sus huesos. Para formarse una idea vaga del estado moral de mi tío, es necesario figurarse el martirio de un hombre convertido en pelota de "alfileres Jeanne l'Ouvriere", por la influencia de un genio malévolo. Cada una de aquellas tazas de tila que mi tía azucaraba al lado de su lecho con afectaciones corteses y con delicadezas odiosas de enemigo convencido de la superioridad de su fuerza, eran para él una herida mortal. En tales circunstancias, pues, más hubiese valido que el enfermo escupiese en su pierna estropeada rogando a Dios que helase sobre ella.
  Una mañana la fiebre, con su cortejo endemoniado de delirios, vino a agravar su estado. El pobre hombre discurría como una mujer borracha diciendo "que su mitad se entretenía haciéndolo cocer a fuego lento después de haberlo desollado vivo; que ella había puesto cuatro lamparillas encendidas en los cuatro extremos de su mesa de noche en señal de alegría y que luego había hecho fuegos artificiales en todas las habitaciones para celebrar su muerte"... Tonterías, en fin, tonterías enormes; todo un 14 de julio encerrado en un cerebro enfermo de Prudhomme sin honra...
  "Eso tiene que acabar por una catástrofe" -dijo alguno-; y en realidad, después de representar la comedia delante de la gente durante treinta y seis horas, mi tío cerró los ojos y devolvió el alma...
  En seguida llegó lo que llega siempre en esas ocasiones: un ordenador de pompas fúnebres seguido de una cuadrilla de enterradores, los cuales pusieron a mi tío en su cajón de pino y se lo echaron a la espalda gritando: "¡Arriba!"... Y ya sonaban en la noche profunda del corredor los zapatos llenos de clavos de esas buenas gentes cuyos sombreros galoneados y cuyas espaldas azules de pizarra se perdían en la oscuridad, cuando mi tía, interviniendo dulcemente, les indicó con el dedo la otra escalera, "la suya", la que ella había construido, la que su marido no podía ver, y les dijo:
  -Ustedes se equivocan de camino. Es por aquí por donde se baja...
  Y luego, mientras, puesta de codos sobre la baranda con las mandíbulas apretadas, seguía con interés el descenso perpendicular y vacilante de su difunto, la buena mujer murmuró:
  -Ya te había yo jurado que algún día pasarías por allí...

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