En un pequeño mueble Luis XV, comprado por mí últimamente,
encontré, en el fondo de un cajón, la extraña carta que aquí se lee:
«Querido amigo:
»Lo que te escribo va a extrañarte
profundamente, pero no tienes una idea del estado de excitación y de pesar en
que me encuentro. Tú, el mejor compañero
de otros días, el que conoció todas mis dichas y todas mis angustias, eres el
único que puede oír y consolar mi desolación. Vente,
ven a vivir a mi lado, a ser el compañero de otros tiempos; sólo que ahora ni reiré, ni seré el bullicioso, endiablado de
entonces... ¡Ven, ven, amigo mío, pues temo por
mi pobre razón harto sacudida ya!
«Debes recordar que, poco tiempo después de haber tú
dejado la vida de alboroto y desorden que juntos arrastráramos tanto tiempo para sabiamente encerrarte en un retiro
de paz y labor, te escribí,
diciéndote:
»Amigo:
al fin encontré lo que necesitaba: la criatura tranquila y sumisa, a cuyo lado
refugiarme; el ser hecho para el amor, tolerante con mis caprichos, humilde a
mis deseos, y que va, desde hoy, a ser mi compañera. Te hablaba de ella, de su
rostro apacible, de su mirada serena y acogedora, de sus cabellos abriéndose en
la mitad de la frente y descendiendo rectos sobre las sienes como los de una
virgen prerrafaelista2. Te exponía el caso de conciencia en que me
hallaba, pues siendo ella una criatura honesta, el deber me exigía darle mi
nombre, cuando mis convicciones o, más bien, mis preocupaciones estúpidas se
oponían a todo lazo oficial y definitivo. Sabía bien que ella no deseaba sino
obedecerme; su madre, su casa, todo estaba pronto a sacrificar a mi menor
deseo; con el mismo gusto, ¡qué digo!, con el mismo entusiasmo hubiera salido
para la iglesia que para el peor lugar por mí designado. En su pobre vida de
mujer era yo el esperado, el amo indiscutible, el bienvenido que la mujer
aguarda, pronta a entregarse. Con mi habitual egoísmo y abandono, me dije:
"ya habrá tiempo."
»Murió
su madre y hube de verla más de seguido sin ocuparme más que del encanto que
de todo su pequeño ser emanaba.
»Tú
no puedes figurarte los dos años de entera, de completa felicidad que he
pasado a su lado. Yo nunca creí en la felicidad, no creí que un hombre, algo
refinado, pudiera sin gran esfuerzo soportar durante dos años las mismas
caricias, las mismas palabras, las mismas facciones y las mismas cosas. Pues
bien, yo, el mismo escéptico egoísta que conociste, he sido feliz al lado de
una mujer; feliz, como sólo puede serlo el hombre destinado a pagarlo muy caro
después, como me pasa ahora. Cada día que se va, cada hora que vuela, lamento
más esos dos años, y los deseos con más intensidad; he quedado herido para
siempre, he quedado, como debe haber quedado Adán después de su expulsión del
Paraíso.
»Durante los dos años que duró mi pasión nunca pensé
engañarla; no te asombres, pues no la conociste. Jamás tuvo dos veces el mismo
mimo ni repitió la misma caricia, jamás de sus pequeños labios salieron frases
vulgares; engendraba todas las seducciones y las bondades todas; era
indulgente, y tú bien sabes que cuando más deseos se tiene de engañar es cuando
se ve oposición y celos importunos. En ella, si bien a la hora dada brotaron
terribles, como de verdadera amante, mientras no sospechó, jamás pasó por su
frente la idea de que yo pudiera ser falso. Yo era para ella, todo lo grande y
todo lo hermoso, como ella era para mí todo lo adorable.»¿Te acuerdas de
Carlos X? Pues él, sólo él ha sido el autor de mi desgracia; él, la mano negra
que se oculta en la sombra y hiere para siempre; él, el falso amigo creado para
picar como la víbora, traidora y mortalmente; él, el miserable. Yago entrado
en mi casa para atormentar, para emponzoñar, para hacer la noche en toda
nuestra felicidad. Tú sabes que lo busqué para provocarlo en un duelo, en el
que todavía tuvo la suerte de herirme, ¡de herirme!, a mí, que debiera
aniquilarle tan sólo con la fuerza de mi odio!
»Un día, como llegara, encontré a Julia toda en
llanto. Mi asombro no tuvo límites, cuando a mis caricias sólo contestó con
reproches.
»Yo quise, exigí saber y supe... ¡El miserable!, el
que diariamente se sentaba a mi mesa, el que me sonreía, le había hablado de
mí, de mi pasado, de las mujeres que yo había engañado, de todo cuanto yo
había hecho; había citado fechas y dado pruebas; le había dicho que con ella
pensaba hacer lo mismo, que no me había casado con ella para impunemente hacer
lo que con otras: guardarla un poco de tiempo, para después, una vez cansado,
abandonarla. El pobre ser tan amado, se sacudía de dolor, cuando entre sollozo
y sollozo, murmuraba esta declaración.
»Intenté en vano consolarla. Después de las lágrimas
vinieron los reproches coléricos, en ella se despertó la rabia de la mujer
confiada que se siente totalmente engañada; yo no era lo que ella creía, lo que
ella amaba. Vino el despecho, la rabia que quiere herir, vengarse, y un nuevo
ser se reveló ante mí: el débil, el sumiso, el ser de bondad, se tornaba en la
leona iracunda que sólo quiere arañar, destruir. "Te has de casar conmigo
—decía— te has de casar a fuerzas... ¿por qué me has engañado?... como habrás
engañado a las otras... y yo... no soy como ellas... te has de casar... te has
de casar aunque no me quieras." Este grito brotaba constantemente de su cólera,
como la espuma del agua que se agita.
»En su mirada encendida había rencor, había
desprecio, y mi orgullo, mi orgullo estúpido de hombre, se levantó contra el
ser que yo amaba y que sentía aún, mi orgullo se levantó para
decir: "Casarme, ¿y quién podrá obligarme ¿Acaso tú, que
has caído voluntariamente?... ¡Nunca!.
»A mis palabras siguió un rato de silencio; la vi
asombrada a su vez, asombrada de ver levantarse una cólera contra la suya, una
fuerza contra la que ella creía tener en ese momento. Luego, después de breve
lucha fue a la mesa de noche que junto a sí tenía y empuñó un pequeño revólver
mío, dirigiéndolo contra mí.
»Yo, colérico de ver altiva a quien creía esclava,
dije sin dar un paso: "Pega, porque todo ha concluido entre nosotros; nada
quiero ya contigo y ahora mismo vas a salir de aquí."
»La vi palidecer, levantó el revólver, me miró un
instante con una mirada..., con una mirada que nunca, nunca más he podido
olvidar; con una mirada que me persigue en las sombras de a noche y me
atormenta en los malos sueños. Me miró largo faro, sin que yo pronunciara una
palabra, llevó el cañón a su frente y volvió a mirarme, con un reproche lleno
todavía de amor; me miró... Yo no di un paso, la vi próxima a la muerte, resuelta
a concluir y mi estúpido, mi singularmente estúpido orgullo de macho herido, me
hizo bravear su última mirada.
»Una detonación y yo me precipité a tiempo aún para
recibirla en mis brazos... una última convulsión... luego nada, un borbotón de
sangre brotando de su frente, cubriendo su rostro, ¡bañándola toda!
«¡Amigo mío! ¿Quién podrá exactamente describir y
analizar lo que yo sentí en esa noche al velar a la que tanto había amado, a
la que claro sentía amar más y más una vez muerta? Sólo tengo vagos recuerdos.
Su cuerpo, las líneas de su perfecto cuerpo, se destacaban sobre la negrura
del tapiz fúnebre extendido sobre el lecho, bajo ella; la blancura de sus
manos, la lucidez cadavérica de su rostro, resaltaban vivamente sobre el
negro, como los marfiles de una laca. La herida de la frente había sido vendada
y sólo un punto rojo manchaba la seda que la envolvía; sus cabellos sueltos le
servían de almohada. En sus pequeños labios, antes tan risueños, nido de
caricias, y ahora fríos, insensibles como los de un mármol, había un ligero
pliegue doloroso. Sus párpados cerrados apartaban para siempre de mí su
mirada. Luego, no recuerdo más. Ráfagas de aire entrando, estremeciendo la luz
de los cirios, haciendo pasar resplandores amarillentos por el rostro de la
muerta. Notas quejumbrosas e irónicas de alegres organillos, aletear de moscas,
los toques de las horas repitiéndose a diferentes distancias y en diversos
tonos, sucediéndose, resonando bruscos, pesados, inexorables en el silencio de
la interminable noche y muchos pensamientos, muchos, dando vueltas en mi
cabeza a ideas y a recuerdos.
»Yo revivía las escenas y las caricias de esos dos
años y quedaba un rato viéndola, la veía invariable, impasible, hundida en las
profundidades de su sueño de muerta; tomaba su mano fría, la llamaba no
pudiendo, no queriendo admitir que estuviera así. ¿Muerta? ¿Y por qué? ¿Qué
había hecho? ¿Qué habíamos hecho? Ella continuaba invariable, impasible; la seriedad
de su rostro me decía todo lo que nos separaba, estaba muy lejos, yo no existía
más para ella; y lo absoluto de aquella desaparición, el pensar en la soledad
del día siguiente y lo definitivo de su muerte, me hacía sentirme rabioso,
desesperado contra mi impotencia y la fuerza del que crea seres para con tanta
facilidad destruirlos.
»Pensaba en mi culpa, en mi criminal orgullo. Un
movimiento, una palabra, una súplica hubieran bastado para que ella estuviera
viva, prodigándome sus caricias y murmurando a mi oído sus palabras amantes.
«...Volvía a verla... el mismo pliegue amargo en su
boca... los ojos cerrados... los cirios prestándole luminosos resplandores y
bronceando los largos hilos de su cabellera suelta.
»Me arrepentía, me odiaba, y todo era en vano,
ninguna, absolutamente ninguna fuerza daría dulzura a su sonrisa ni abriría más
sus ojos. Los días sucederían a los días y era en vano esperarla. Los hombres
continuarían los mismos hechos, los mismos gestos, las mismas palabras, nada
ni nadie cambiaría, y ella, ella que debiera agitarse y moverse como los demás,
sumergida para siempre bajo la tierra, y sólo por no haberla hablado, por no
haberla detenido. Para mí la constante desolación, ¿y para ella...?
»La vi salir y no tuve fuerzas para acompañarla;
manos extrañas cerraron para siempre su nueva morada; las últimas palabras
que le fueron dirigidas, salieron de labios que nunca la besaron; yo quedé
aturdido, anonadado, como se queda después de las grandes y definitivas
catástrofes.
«Cuando resignado, ante lo irremediable de su
muerte, comencé la habitual peregrinación, la espontánea revista de los objetos
y las menudencias que ella había escogido y en cuyas familiaridades había
vivido, empezó ese largo viacrucis de la reconstrucción, detalle por
detalle, de mi anterior felicidad. Todo me la recordaba, en todo la encontraba
y todo estaba lleno todavía de su presencia. Los espejos no olvidaban su
imagen, los guantes arrojados no perdían aún el molde de su mano, había cojines
que conservaban el hueco formado por su cabeza y la mancha, la fatal mancha de
un rojo negruzco, se me presentaba a cada momento resucitando la escena.
»No pudiendo resistir a todo esto, abandoné la casa
donde juntos gustáramos tantas venturas y donde tan amargos ratos pasé a solas.
Comenzaron días largos, tediosos, de continuo errar y huir de su recuerdo como
un ingrato; los días en que se lucha por no ver más el relicario donde se
esconde su memoria y donde, su imagen flota. Llegaba hasta la casa, miraba las
puertas cerradas, los balcones vacíos, todo diciendo el abandono y la muerte,
y, sintiéndome débil, volvía para beber hasta embotar mi dolor; pero entonces
la visión de su cuerpo, al caer en mis brazos, la expresión, ¡oh!, esa
expresión de amoroso reproche salida de sus ojos, la sangre, cubriendo su
cuerpo, me atormentaban, pareciéndome como la más espantosa de las pesadillas.
«Después de algún tiempo volví decidido a trabajar
sin descanso. Pasé inclinado sobre la mesa muchos días y muchas noches,
llenando nerviosamente hojas y más hojas, queriendo con el cansancio y las
ideas ficticias, sustraerme a mi pensamiento. Con frecuencia, las mismas
palabras que yo escribía, tocaban, despertaban mis heridas, y con frecuencia,
olvidando por un momento, me volvía buscándola a mi lado, como lo hacía cuando
ella me acompañaba a trabajar; al no encontrarla, botaba la pluma, quedando más
hundido en mi dolor.
«Pero es, al llegar aquí, donde empieza lo más
negro, lo que siempre, ¡oh egoísta! me preocupa más de todo este drama. No te
rías.
»Una noche, después de varias horas de trabajo,
sentí un ligero ruido tras de mí; estando bastante nervioso, me volví
bruscamente; excuso decirte que no encontré nada. Seguí trabajando, algo
preocupado ya, y desconfiado de las sombras que abundan fuera del radio
luminoso de mi lámpara, cuando poco después sentí, sentí o creí sentir un
ligero toque en el hombro; quedé frío, pensando en que ella me advertía así
cuando quería interrumpir mi trabajo, y sentí una ansiedad horrible; no me
atrevía a volver el rostro, no respiraba, temeroso de encontrar algo detrás de
mí. Después de un rato de lucha, volví al fin la cara con lentitud, haciendo
ruido y esfuerzos. ¡Nada! Sólo las medias sombras y el brillo dorado de las
encuadernaciones. Respiré largamente, sintiendo consuelo; pero temiendo aún,
dejé la pluma, y sin volverme más, sintiendo frío en la frente, fui
directamente a mi cama.
«Inútil es decir que no pude dormir un momento: el
menor ruido, el toque de las horas, el crujir de un mueble o el paso de un
ratón, todo esto me producía sudores fríos y sobresaltos, a pesar de cuanto
razonamiento juicioso me hacía.
«Pero desde entonces, amigo mío, siempre es lo
mismo, todo me sobresalta, trabajo siempre con el oído alerta, queriendo
sorprender todo ruido. En una palabra, tengo miedo, miedo de la pobre suicida a
quien tanto amé. Tengo miedo de que vuelva, miedo, sobre todo, de la expresión
de su última mirada.
»No estoy loco, no, pero la siento, la siento
errando invisible a mi alrededor y tengo miedo, miedo de ella y de tal manera,
que nunca ni por nada me hubiera atrevido a escribir esto de noche, inquieto de
sentir el golpe en el hombro, o sus pasos, avanzando silenciosos, con
precaución.
»Tengo miedo, sí, y de ella; ven, ven y líbrame de
este pavor, de esta insoportable angustia. Sintiendo a alguien a mi lado me
sentiré fuerte. He pensado en casarme, en traer conmigo a algún que me escude
de ella; pero no, la invisible sentiría celos nunca podría besar ni estrechar a
mi mujer sin sentirla ahí, entre nosotros dos.
»Y no es que haya dejado de quererla, no. La amo y
la deseo más que nunca. ¡Ah, si ella estuviera aquí, cuan diferente sería mi
vida; pero tú lo ves, la amé mucho, me amó ella también; fuimos muy felices, y
ahora es preciso que pague con el peor de los castigos: temerla, querer
refugiarme contra ella... contra ella!
»¡Lo ves! Ahora mismo, al escribirte, el sonido
quejumbroso de una puerta empujada por el viento..., ¿por el viento?..., me ha
hecho estremecer y enfriarse mi frente, sin que pueda atreverme a volver el
rostro...
»¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! Ven, amigo mío, ven o
no sé lo que será de mí!».
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