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Bernardo Couto Castillo - Una obsesión



En un pequeño mueble Luis XV, comprado por mí últimamente, encontré, en el fondo de un cajón, la extraña carta que aquí se lee:
«Querido amigo:
»Lo que te escribo va a extrañarte profundamente, pero no tienes una idea del estado de excitación y de pesar en que me encuentro. Tú, el mejor compañero de otros días, el que conoció todas mis dichas y todas mis angustias, eres el único que puede oír y consolar mi desolación. Vente, ven a vivir a mi lado, a ser el compañero de otros tiempos; sólo que ahora ni reiré, ni seré el bullicioso, endiablado de entonces... ¡Ven, ven, amigo mío, pues temo por mi pobre razón harto sacudi­da ya!
«Debes recordar que, poco tiempo después de haber tú dejado la vida de alboroto y desorden que juntos arrastráramos tanto tiempo para sabiamente encerrarte en un retiro de paz y labor, te escribí, diciéndote:
»Amigo: al fin encontré lo que necesitaba: la criatura tran­quila y sumisa, a cuyo lado refugiarme; el ser hecho para el amor, tolerante con mis caprichos, humilde a mis deseos, y que va, desde hoy, a ser mi compañera. Te hablaba de ella, de su rostro apacible, de su mirada serena y acogedora, de sus cabellos abriéndose en la mitad de la frente y descendiendo rectos sobre las sienes como los de una virgen prerrafaelista2. Te exponía el caso de conciencia en que me hallaba, pues siendo ella una criatura honesta, el deber me exigía darle mi nombre, cuando mis convicciones o, más bien, mis preocu­paciones estúpidas se oponían a todo lazo oficial y definitivo. Sabía bien que ella no deseaba sino obedecerme; su madre, su casa, todo estaba pronto a sacrificar a mi menor deseo; con el mismo gusto, ¡qué digo!, con el mismo entusiasmo hubiera salido para la iglesia que para el peor lugar por mí designado. En su pobre vida de mujer era yo el esperado, el amo indis­cutible, el bienvenido que la mujer aguarda, pronta a entre­garse. Con mi habitual egoísmo y abandono, me dije: "ya ha­brá tiempo."
»Murió su madre y hube de verla más de seguido sin ocupar­me más que del encanto que de todo su pequeño ser emanaba.
»Tú no puedes figurarte los dos años de entera, de comple­ta felicidad que he pasado a su lado. Yo nunca creí en la feli­cidad, no creí que un hombre, algo refinado, pudiera sin gran esfuerzo soportar durante dos años las mismas caricias, las mismas palabras, las mismas facciones y las mismas cosas. Pues bien, yo, el mismo escéptico egoísta que conociste, he sido feliz al lado de una mujer; feliz, como sólo puede serlo el hombre destinado a pagarlo muy caro después, como me pasa ahora. Cada día que se va, cada hora que vuela, lamento más esos dos años, y los deseos con más intensidad; he que­dado herido para siempre, he quedado, como debe haber quedado Adán después de su expulsión del Paraíso.
»Durante los dos años que duró mi pasión nunca pensé en­gañarla; no te asombres, pues no la conociste. Jamás tuvo dos veces el mismo mimo ni repitió la misma caricia, jamás de sus pequeños labios salieron frases vulgares; engendraba todas las seducciones y las bondades todas; era indulgente, y tú bien sabes que cuando más deseos se tiene de engañar es cuando se ve oposición y celos importunos. En ella, si bien a la hora dada brotaron terribles, como de verdadera amante, mientras no sospechó, jamás pasó por su frente la idea de que yo pu­diera ser falso. Yo era para ella, todo lo grande y todo lo her­moso, como ella era para mí todo lo adorable.»¿Te acuerdas de Carlos X? Pues él, sólo él ha sido el autor de mi desgracia; él, la mano negra que se oculta en la sombra y hiere para siempre; él, el falso amigo creado para picar como la víbora, traidora y mortalmente; él, el miserable. Yago en­trado en mi casa para atormentar, para emponzoñar, para ha­cer la noche en toda nuestra felicidad. Tú sabes que lo busqué para provocarlo en un duelo, en el que todavía tuvo la suerte de herirme, ¡de herirme!, a mí, que debiera aniquilarle tan sólo con la fuerza de mi odio!
»Un día, como llegara, encontré a Julia toda en llanto. Mi asombro no tuvo límites, cuando a mis caricias sólo contestó con reproches.
»Yo quise, exigí saber y supe... ¡El miserable!, el que diaria­mente se sentaba a mi mesa, el que me sonreía, le había ha­blado de mí, de mi pasado, de las mujeres que yo había en­gañado, de todo cuanto yo había hecho; había citado fechas y dado pruebas; le había dicho que con ella pensaba hacer lo mismo, que no me había casado con ella para impunemente hacer lo que con otras: guardarla un poco de tiempo, para después, una vez cansado, abandonarla. El pobre ser tan ama­do, se sacudía de dolor, cuando entre sollozo y sollozo, mur­muraba esta declaración.
»Intenté en vano consolarla. Después de las lágrimas vinie­ron los reproches coléricos, en ella se despertó la rabia de la mujer confiada que se siente totalmente engañada; yo no era lo que ella creía, lo que ella amaba. Vino el despecho, la rabia que quiere herir, vengarse, y un nuevo ser se reveló ante mí: el débil, el sumiso, el ser de bondad, se tornaba en la leona iracunda que sólo quiere arañar, destruir. "Te has de casar con­migo —decía— te has de casar a fuerzas... ¿por qué me has engañado?... como habrás engañado a las otras... y yo... no soy como ellas... te has de casar... te has de casar aunque no me quieras." Este grito brotaba constantemente de su có­lera, como la espuma del agua que se agita.
»En su mirada encendida había rencor, había desprecio, y mi orgullo, mi orgullo estúpido de hombre, se levantó contra el ser que yo amaba y que sentía aún, mi orgullo se levantó para decir: "Casarme, ¿y quién podrá obligarme ¿Acaso tú, que has caído voluntariamente?... ¡Nunca!.
»A mis palabras siguió un rato de silencio; la vi asombrada a su vez, asombrada de ver levantarse una cólera contra la suya, una fuerza contra la que ella creía tener en ese momento. Luego, después de breve lucha fue a la mesa de noche que junto a sí tenía y empuñó un pequeño revólver mío, dirigiéndolo contra mí.
»Yo, colérico de ver altiva a quien creía esclava, dije sin dar un paso: "Pega, porque todo ha concluido entre nosotros; nada quiero ya contigo y ahora mismo vas a salir de aquí."
»La vi palidecer, levantó el revólver, me miró un instante con una mirada..., con una mirada que nunca, nunca más he podido olvidar; con una mirada que me persigue en las sombras de a noche y me atormenta en los malos sueños. Me miró largo faro, sin que yo pronunciara una palabra, llevó el cañón a su frente y volvió a mirarme, con un reproche lleno todavía de amor; me miró... Yo no di un paso, la vi próxima a la muerte, resuelta a concluir y mi estúpido, mi singularmente estúpido orgullo de macho herido, me hizo bravear su última mirada.
»Una detonación y yo me precipité a tiempo aún para re­cibirla en mis brazos... una última convulsión... luego nada, un borbotón de sangre brotando de su frente, cubriendo su rostro, ¡bañándola toda!
«¡Amigo mío! ¿Quién podrá exactamente describir y analizar lo que yo sentí en esa noche al velar a la que tanto había ama­do, a la que claro sentía amar más y más una vez muerta? Sólo tengo vagos recuerdos. Su cuerpo, las líneas de su perfecto cuer­po, se destacaban sobre la negrura del tapiz fúnebre extendido sobre el lecho, bajo ella; la blancura de sus manos, la lucidez ca­davérica de su rostro, resaltaban vivamente sobre el negro, como los marfiles de una laca. La herida de la frente había sido vendada y sólo un punto rojo manchaba la seda que la envol­vía; sus cabellos sueltos le servían de almohada. En sus peque­ños labios, antes tan risueños, nido de caricias, y ahora fríos, in­sensibles como los de un mármol, había un ligero pliegue dolo­roso. Sus párpados cerrados apartaban para siempre de mí su mirada. Luego, no recuerdo más. Ráfagas de aire entrando, es­tremeciendo la luz de los cirios, haciendo pasar resplandores amarillentos por el rostro de la muerta. Notas quejumbrosas e irónicas de alegres organillos, aletear de moscas, los toques de las horas repitiéndose a diferentes distancias y en diversos tonos, sucediéndose, resonando bruscos, pesados, inexorables en el si­lencio de la interminable noche y muchos pensamientos, mu­chos, dando vueltas en mi cabeza a ideas y a recuerdos.
»Yo revivía las escenas y las caricias de esos dos años y que­daba un rato viéndola, la veía invariable, impasible, hundida en las profundidades de su sueño de muerta; tomaba su mano fría, la llamaba no pudiendo, no queriendo admitir que estuviera así. ¿Muerta? ¿Y por qué? ¿Qué había hecho? ¿Qué habíamos hecho? Ella continuaba invariable, impasible; la se­riedad de su rostro me decía todo lo que nos separaba, estaba muy lejos, yo no existía más para ella; y lo absoluto de aque­lla desaparición, el pensar en la soledad del día siguiente y lo definitivo de su muerte, me hacía sentirme rabioso, desespe­rado contra mi impotencia y la fuerza del que crea seres para con tanta facilidad destruirlos.
»Pensaba en mi culpa, en mi criminal orgullo. Un movi­miento, una palabra, una súplica hubieran bastado para que ella estuviera viva, prodigándome sus caricias y murmurando a mi oído sus palabras amantes.
«...Volvía a verla... el mismo pliegue amargo en su boca... los ojos cerrados... los cirios prestándole luminosos resplan­dores y bronceando los largos hilos de su cabellera suelta.
»Me arrepentía, me odiaba, y todo era en vano, ninguna, absolutamente ninguna fuerza daría dulzura a su sonrisa ni abriría más sus ojos. Los días sucederían a los días y era en vano esperarla. Los hombres continuarían los mismos he­chos, los mismos gestos, las mismas palabras, nada ni nadie cambiaría, y ella, ella que debiera agitarse y moverse como los demás, sumergida para siempre bajo la tierra, y sólo por no haberla hablado, por no haberla detenido. Para mí la cons­tante desolación, ¿y para ella...?
»La vi salir y no tuve fuerzas para acompañarla; manos ex­trañas cerraron para siempre su nueva morada; las últimas pa­labras que le fueron dirigidas, salieron de labios que nunca la besaron; yo quedé aturdido, anonadado, como se queda des­pués de las grandes y definitivas catástrofes.
«Cuando resignado, ante lo irremediable de su muerte, co­mencé la habitual peregrinación, la espontánea revista de los objetos y las menudencias que ella había escogido y en cuyas familiaridades había vivido, empezó ese largo viacrucis de la re­construcción, detalle por detalle, de mi anterior felicidad. Todo me la recordaba, en todo la encontraba y todo estaba lleno to­davía de su presencia. Los espejos no olvidaban su imagen, los guantes arrojados no perdían aún el molde de su mano, había cojines que conservaban el hueco formado por su cabeza y la mancha, la fatal mancha de un rojo negruzco, se me presen­taba a cada momento resucitando la escena.
»No pudiendo resistir a todo esto, abandoné la casa donde juntos gustáramos tantas venturas y donde tan amargos ratos pasé a solas. Comenzaron días largos, tediosos, de continuo errar y huir de su recuerdo como un ingrato; los días en que se lucha por no ver más el relicario donde se esconde su me­moria y donde, su imagen flota. Llegaba hasta la casa, miraba las puertas cerradas, los balcones vacíos, todo diciendo el abandono y la muerte, y, sintiéndome débil, volvía para be­ber hasta embotar mi dolor; pero entonces la visión de su cuerpo, al caer en mis brazos, la expresión, ¡oh!, esa expresión de amoroso reproche salida de sus ojos, la sangre, cubriendo su cuerpo, me atormentaban, pareciéndome como la más es­pantosa de las pesadillas.
«Después de algún tiempo volví decidido a trabajar sin des­canso. Pasé inclinado sobre la mesa muchos días y muchas noches, llenando nerviosamente hojas y más hojas, querien­do con el cansancio y las ideas ficticias, sustraerme a mi pen­samiento. Con frecuencia, las mismas palabras que yo escri­bía, tocaban, despertaban mis heridas, y con frecuencia, olvi­dando por un momento, me volvía buscándola a mi lado, como lo hacía cuando ella me acompañaba a trabajar; al no encontrarla, botaba la pluma, quedando más hundido en mi dolor.
«Pero es, al llegar aquí, donde empieza lo más negro, lo que siempre, ¡oh egoísta! me preocupa más de todo este drama. No te rías.
»Una noche, después de varias horas de trabajo, sentí un li­gero ruido tras de mí; estando bastante nervioso, me volví bruscamente; excuso decirte que no encontré nada. Seguí tra­bajando, algo preocupado ya, y desconfiado de las sombras que abundan fuera del radio luminoso de mi lámpara, cuan­do poco después sentí, sentí o creí sentir un ligero toque en el hombro; quedé frío, pensando en que ella me advertía así cuando quería interrumpir mi trabajo, y sentí una ansiedad horrible; no me atrevía a volver el rostro, no respiraba, teme­roso de encontrar algo detrás de mí. Después de un rato de lu­cha, volví al fin la cara con lentitud, haciendo ruido y esfuer­zos. ¡Nada! Sólo las medias sombras y el brillo dorado de las encuadernaciones. Respiré largamente, sintiendo consuelo; pero temiendo aún, dejé la pluma, y sin volverme más, sin­tiendo frío en la frente, fui directamente a mi cama.
«Inútil es decir que no pude dormir un momento: el me­nor ruido, el toque de las horas, el crujir de un mueble o el paso de un ratón, todo esto me producía sudores fríos y so­bresaltos, a pesar de cuanto razonamiento juicioso me hacía.
«Pero desde entonces, amigo mío, siempre es lo mismo, todo me sobresalta, trabajo siempre con el oído alerta, que­riendo sorprender todo ruido. En una palabra, tengo miedo, miedo de la pobre suicida a quien tanto amé. Tengo miedo de que vuelva, miedo, sobre todo, de la expresión de su última mirada.
»No estoy loco, no, pero la siento, la siento errando invisi­ble a mi alrededor y tengo miedo, miedo de ella y de tal ma­nera, que nunca ni por nada me hubiera atrevido a escribir esto de noche, inquieto de sentir el golpe en el hombro, o sus pasos, avanzando silenciosos, con precaución.
»Tengo miedo, sí, y de ella; ven, ven y líbrame de este pa­vor, de esta insoportable angustia. Sintiendo a alguien a mi lado me sentiré fuerte. He pensado en casarme, en traer con­migo a algún que me escude de ella; pero no, la invisible sentiría celos nunca podría besar ni estrechar a mi mujer sin sentirla ahí, entre nosotros dos.
»Y no es que haya dejado de quererla, no. La amo y la de­seo más que nunca. ¡Ah, si ella estuviera aquí, cuan diferente sería mi vida; pero tú lo ves, la amé mucho, me amó ella tam­bién; fuimos muy felices, y ahora es preciso que pague con el peor de los castigos: temerla, querer refugiarme contra ella... contra ella!
»¡Lo ves! Ahora mismo, al escribirte, el sonido quejumbro­so de una puerta empujada por el viento..., ¿por el viento?..., me ha hecho estremecer y enfriarse mi frente, sin que pueda atreverme a volver el rostro...
»¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! Ven, amigo mío, ven o no sé lo que será de mí!».


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