El doctor James Eddington Sheaffer hizo descender su
abejorro retropropulsado de dos pedales desde una altura de dos mil pies.
Mientras miraba hacia abajo, con expresión de desconsuelo, se preguntaba cómo
recibiría Emily, su esposa, la Alegre Noticia. Luego murmuró en voz baja, casi
para sí mismo: «¡Abeja, abeja, abeja! ¡Zambúllete en la colmena!»
El microtransmisor de su reloj de
pulsera envió la rutinaria orden a la caja negra, instalada debajo de la caperuza
del abejorro. La máquina zumbó obediente e inició su caída casi vertical hacia
la residencia Sheaffer, en el 793 del Boulevard Hope.
El doctor Sheaffer contempló cómo crecía su césped, desde
el tamaño de un sello de correos hasta las dimensiones de una toalla de baño.
Si por lo menos siguiera ascendiendo, pensó, hasta aplastarse contra él...
Aquella lúgubre idea era el
resultado directo de su reciente y gloriosa salida de la Independent
Electronic Brain Washers Inc. Calculando por lo bajo, su situación en la
Compañía debería haberse mantenido durante tres años más. Pero sin otra
advertencia que la repentina aparición de un antiguo reloj de jaspe, una caja
de cigarros de diez pulgadas y una botella de dos litros de champaña, sus
queridos y leales colegas le habían enfrentado con un voto unánime que le
nombraba presidente. A continuación habían aceptado la acostumbrada dimisión,
la cual, por un pequeño descuido, se había olvidado de incluir en su discurso
de inauguración. Y el voto final,
también unánime, le había recompensado con una pensión de veinte mil dólares
anuales..., en reconocimiento de los valiosos servicios prestados durante su
presidencia de cinco minutos.
Por tanto, ya sabía lo que era
sentirse profesionalmente asesinado. Con frecuencia se había hecho esa
pregunta.
Aquellos amargos pensamientos
quedaron interrumpidos por el aterrizaje del abejorro en la terraza de la
residencia Sheaffer. El doctor se bajó del vehículo y descargó de él un montón
de cajas atadas con lazos de colores. Tres mil dólares de vestidos nuevos para
Emily. El gesto del doctor Sheaffer se hizo más avinagrado. Había tenido que
contemplar un maniquí-robot -adaptado a la talla exacta de Emily- durante
casi una hora antes que le permitieran firmar un cheque.
Entretanto, la causa de aquel
desastre en la haute costure surgió de la chimenea de la casa con una
sonrisa en los labios. Emily estaba en la cocina, vigilando el café y los
buñuelos, cuando oyó que el abejorro se posaba en el tejado. Y como estaba
deseosa de mostrar su última creación ilegal -un sari confeccionado con
un mantel de encaje que había pertenecido a su abuela y a varias generaciones
de polillas- se había introducido en la chimenea para que un montacargas,
empujado por una columna de aire comprimido, la subiera hasta la terraza.
El doctor Sheaffer dejó caer las
cajas y contempló a su esposa con evidente aprensión.
-Hola, varón -dijo Emily.
-Hola, hembra -dijo el doctor
Sheaffer uniéndose al saludo ritual.
Emily dio media vuelta sobre sí
misma con fingida indiferencia. Pero en su voz había una nota de ansiedad cuando
preguntó:
-¿Te gusta?
-No está mal -concedió Sheaffer-.
Pero, por el amor de Dios, no salgas así a la terraza, Em. ¡Puede verte algún
guardia!
Dirigió una nerviosa mirada al
cielo, plagado de abejorros.
-¡Bah! -dijo Emily-. A mí no
tienes que recomendarme que tenga cuidado con los guardias. Y, de todos modos,
no hay nadie a menos de tres mil pies. -Alzó la cabeza y contempló una intensa
riada de tráfico a una enorme altura. Luego, intuyendo quizá que algo iba mal,
colocó sus brazos alrededor del cuello del doctor Sheaffer, mordisqueó su oreja
y susurró-: ¿Qué es lo que pasa, querido? ¿Te han rebajado el cupo de trabajo?
-Lo han suprimido del todo -dijo
Sheaffer.
Emily se llevó una mano al rostro
como si acabara de recibir un bofetón.
-Esta mañana, querida -continuó
su marido amargamente-, he sido elegido presidente, retirado con todos los
honores y recompensado con una pensión de veinte mil dólares..., todo en el
espacio de cuatro minutos.
En los ojos de Emily brillaron
unas lágrimas que no llegaron a caer.
-Pero sólo tienes treinta y cinco
años, querido... No..., no pueden hacerte eso.
-Ya lo han hecho. -Había cierta
melancólica satisfacción en la voz del doctor Sheaffer-. Un científico
sacrificado en el altar de la Automación... ¿Qué me dices de celebrarlo esta
noche y de proporcionarme un entierro decente? Podemos invitar a los Harrison.
A Joe le despidieron hace seis meses..., aunque a él ya le había llegado el
momento. Tenía casi cuarenta y un años.
Repentinamente, Emily agarró el
brazo de su marido.
-¡Es ilegal, Jimmy! No es más que
una..., una horrible equivocación. La ley dice que nadie puede jubilarse antes
de los cuarenta años.
El doctor Sheaffer sonrió sin
alegría.
-Artículo séptimo del Código
Industrial... ¿Sabes lo que dice el artículo octavo?
-Ni siquiera sabía que había un
artículo octavo.
-Traducido al lenguaje corriente,
amor mío, dice que si una máquina puede hacer el trabajo mejor que un ser humano meramente inteligente, el humano
quedará definitivamente descartado..., sin tener en cuenta su edad, sexo,
color o religión. Amén.
Emily le contempló unos instantes
con expresión de incredulidad. Luego las lágrimas fluyeron de sus ojos.
-Pero..., el lavado de cerebros
está clasificado como una ocupación humana, ¿no es eso? Yo creía...
-También lo creía yo -dijo
Sheaffer cariñosamente-. Pero mientras estaba vaciando mi escritorio me
hablaron de mi sucesor: un robot positrónico. Puede lavar cuatro cerebros a la
vez. La Independent ha pagado por él un millón y medio de dólares..., de
muy buena gana; al menos tendrá resuelto el problema de su superávit de
beneficios durante seis meses. Luego tendrán que comprar otro robot y despedir
a otro empleado... -Súbitamente sonrió-. Te he..., ejem..., te he comprado
algunos vestidos nuevos. ¿Contenta?
-¡Pingajos para robots! -exclamó
desdeñosamente Emily-. ¡Los odio! ¿Por qué no permitirán que las mujeres se
confeccionen sus propios vestidos como este encantador sari?
-¡Tan sediciosa como siempre!
-murmuró Sheaffer pellizcando cariñosamente la barbilla de su esposa-. Supongo
que no querrás dejar fuera de servicio a medio millón de máquinas de
confeccionar vestidos... Además, tenemos que invertir el dinero que nos sobra
en alguna cosa. Vamos a beber algo y luego llamaré a Joe por la telepantalla.
Pero Emily se acercó a las cajas
y, después de dirigir una apresurada mirada al cielo, empezó a golpearlas con
el pie hasta que quedaron debajo del alto parasol. Allí, al abrigo de ojos
indiscretos, sacó los inmaculados vestidos de sus inmaculadas envolturas.
Cuando estuvieron reunidos en un montón, Emily se dedicó a pisotearlos
concienzudamente.
Finalmente, tras haberlos
sometido al tratamiento de sus tacones, se arrodilló y trató de hacerlos
pedazos.
El doctor Sheaffer contemplaba a
su esposa con una tolerante sonrisa El valor de su furia destructora era
principalmente psicológico, ya que todos los vestidos estaban confeccionados
con la fibra sintética eternalon..., inarrugable, irrompible y
perdurable. También estaba garantizada su incombustibilidad.
-Diviértete, querida -dijo
afablemente-. Estás jugando con algo que sólo vale tres mil dólares.
Jadeando un poco, con el rubio
pelo revuelto, Emily le dirigió una sonrisa de complicidad.
-Si parecen un poco usados cuando
venga el inspector de Costumbres, no tendré que ponérmelos -explicó.
El doctor Sheaffer empezó a jugar
con la ilusión de construir en secreto su propio cerebro electrónico, cuyo
contenido podría lavar siempre que se sintiera de mal talante. El plan sólo
tenía una dificultad: construir el cerebro le costaría por lo menos dos años.
Se preguntó si permanecería interesado durante tanto tiempo.
Repentinamente, una luz roja
parpadeó en una pequeña pantalla instalada en la pared junto al porche del
tejado; y la melodiosa voz del auto-avisador dijo:
-Doctor Sheaffer, tiene usted un
visitante. Doctor Sheaffer, tiene usted un visitante.
A continuación apareció en la
pantalla la imagen de un hombre alto, mofletudo, con una vacua sonrisa en el
rostro.
El doctor Sheaffer contempló
aquella aparición y palideció ligeramente. Desde el lugar donde se encontraba
podía ver la gran insignia redonda en la solapa del desconocido. La insignia
tenía grabado un martillo de plata.
-Es el Rompedor, Em. -murmuró el
doctor-. ¡Y no nos han mandado el aviso!
Emily actuó con la rapidez del
rayo. Se quitó el sari, recogió uno de los vestidos nuevos al azar, se
introdujo en él y cerró la cremallera con un solo movimiento. Luego miró a su
marido con expresión de culpabilidad.
-¡Oh. Jimmy! Recibimos el
aviso... Hace un mes. Quería enseñártelo, pero se me perdió. -Se animó
repentinamente-. Pero podemos enviarle a pasear. No tiene que presentarse
hasta el martes, día trece.
-Hoy estamos a martes, trece
-dijo el doctor Sheaffer lúgubremente.
-¡Doctor Sheaffer! -dijo el
auto-avisador en tono de reproche-. Su visitante está esperando.
Con aire de mártir, el doctor
Sheaffer se introdujo en la chimenea y descendió rápidamente al vestíbulo. La
puerta de la calle se abrió automáticamente mientras se acercaba a ella, y el
Rompedor entró en la casa balanceando alegremente su estuche de violín.
-¿Doctor Sheaffer? Encantado de
conocerle... Bien, doctor, le ha llegado el turno de vérselas de nuevo con el
Martillo. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?
-Desde luego -asintió el doctor
Sheaffer amargamente.
-Bueno, bueno. Vamos a ver -dijo
el Rompedor, abriendo su estuche de violín y sacando el Martillo de
reglamento, de cuatro libras. Lo balanceó experimentalmente y miró a su
alrededor en busca del primer Objeto Anticuado. Lo encontró en el combinado
barómetro, calendario y anotador de fechas que colgaba en el vestíbulo de los
Sheaffer desde hacía cinco años.
-¿Habla eso? -preguntó el
Rompedor.
-No, pero es un modelo inglés
-explicó el doctor Sheaffer sin alimentar demasiadas esperanzas-. Estamos muy
encariñados con él.
-Lo lamento muchísimo -dijo el
Rompedor tristemente-. Las normas establecen que los calendarios tienen que
ser parlantes.
Descargó un fuerte golpe con el
Martillo. Latón doblado, vidrios rotos y una temblorosa saeta deslizándose
hacia «Muy tormentoso». Al mismo tiempo el calendario registró la fecha del 1
de enero del año 2000..., la cual, como señaló puntualmente el anotador de
fechas, correspondía al 109 cumpleaños de la bisabuela materna del doctor
Sheaffer.
-Muchas felicidades, querida
señora -dijo el Rompedor. Puso en marcha un aparato de grabación de bolsillo y
habló a través de su micrófono de muñeca-: «Residente: Boulevard Hope, 793.
Objeto: un barómetro-calendario. Propietario: Sheaffer, James E.» -Luego
detuvo el aparato de grabación y murmuró en tono de reproche-: Tenía que
haberse desprendido de eso hace mucho tiempo, doctor Sheaffer. La chatarra es
antisocial... Ahora vámonos, como dijo el poeta, en busca de pastos nuevos.
Empujó suavemente al doctor
Sheaffer con el simbólico Martillo, en tanto que sus ojos brillaban de
anticipado placer.
Lo primero que llamó su atención
fue el televisor: un modelo tridimensional y estereofónico de treinta pulgadas,
que era al mismo tiempo mueble-bar.
-Pre-his-tó-ri-co -anunció el
Rompedor sacudiendo tristemente la cabeza-. Vamos, doctor, ¿es que quiere
estropear los lindos ojos de su esposa obligándola a contemplar imágenes tan pequeñas?
-¡Escuche! -dijo el doctor
Sheaffer furioso-. Da la casualidad que me gustan los modelos de treinta
pulgadas. Y también a mi esposa. Además, este aparato ha funcionado
perfectamente durante años. Podemos captar la Eurovisión: Londres, París, Roma...,
directamente.
-¡No me diga! -El Rompedor
parecía sinceramente impresionado.
Sin embargo, y ante la
desesperación del doctor Sheaffer, dejó caer el Martillo en el lugar exacto:
una larga práctica le había enseñado a conocer los puntos más sensibles de los
Objetos anticuados.
Murmurando un piadoso «Amén», el
Rompedor anotó en su aparato de grabación la ejecución del televisor de los
Sheaffer. Luego, con sorprendente eficiencia, liquidó el acondicionador de
aire Mity Mijit 1989.
-De acuerdo -dijo el Rompedor,
volviéndole la espalda a la devastación-. Ahora vamos a ver la fábrica de sueño,
Doc.
El doctor Sheaffer estaba poseído
por una silenciosa e impotente rabia. No sólo era ilegal eludir, obstruir,
coaccionar, distraer, sobornar, mutilar o asesinar a un Rompedor, sino que
podían obtenerse seis meses de terapia social en una clínica psiquiátrica por
el simple hecho de discutir con uno de ellos.
Rechazando tristemente la
encantadora visión de un puñetazo en la barbilla, el doctor Sheaffer acompañó
al Rompedor al dormitorio.
El Rompedor contempló el doble
arrullador con éxtasis profesional. Su antiguo hipno-carrete, cuya suave música
estaba calculada para sumir al paciente en una dulce inconsciencia, hizo
asomar una ancha sonrisa a su rostro. Y su sistema de rayos tranquilizantes
arrancó una carcajada a sus labios.
-Doctor -dijo, secándose las
lágrimas que la risa había hecho asomar a sus ojos-, sus noches de tortura han
terminado para siempre. Los arrulladores están pasados de moda. Ahora se
utilizan unos generadores de rayos psicostáticos que descansan el cerebro no
sólo para inducirle al sueño, sino también librándole de preocupaciones
mientras está dormido.
El doctor Sheaffer cerró los ojos
mientras el arrullador recibía noventa segundos de guerra relámpago. Cuando volvió
a abrirlos, el hipno-carrete y el proyector de rayos tranquilizantes estaban
en el suelo rodeando sus pies como aplastadas flores metálicas.
-Creo que eso es todo por aquí
-dijo el Rompedor, indultando generosamente el antiguo tocador de Emily. Contempló
al doctor Sheaffer con ojos afables-. Supongo que no adoptará usted una actitud
negativa, ¿verdad? Si adopta una actitud negativa, tendré que incluirlo en mi
informe.
-¿Actitud negativa? ¿Quién...,
yo? -El doctor Sheaffer trató de componer una expresión de inocencia ofendida,
pero lo único que consiguió fue que su aspecto recordara una Fase Negra de un
maníaco-depresivo.
-Tenemos que modernizarnos -dijo
el Rompedor, como si razonara con un niño-. Acabaré con toda la chatarra y le
concederé un crédito de..., digamos 10.000. Así podrá usted ir al Comisariado
y adquirir una pantalla de seis pies y un generador de rayos psicostáticos,
entre otras cosas. Esto es progreso, ¿no le parece?
-Desde luego, esto es el progreso
-murmuró el doctor Sheaffer rechinando los dientes.
-Bien, entonces -dijo el
Rompedor-, vamos a continuar civilizando este hogar feliz... ¿Por dónde se va
al paraíso de las calorías?
El doctor Sheaffer suspiró
profundamente y le acompañó a la cocina.
Emily estaba allí esperándoles.
En aquel momento hubiese cambiado de buena gana su delgada y esbelta silueta
por doscientas libras de grasa y el volumen de una apisonadora. Estaba delante
de una semianticuada lavadora eléctrica esperando que pasara inadvertida.
-Hola -dijo el Rompedor
cortésmente
-Hola -respondió Emily sin el
menor entusiasmo.
El Rompedor fingió no darse
cuenta de la existencia de la lavadora.
-Bueno, bueno, bueno -observó
alegremente-. Excelente cocina, de veras... Parece la respuesta a la plegaria
de un hambriento.
Mientras hablaba iba acercándose
a la desdichada lavadora.
-Se ha descuidado usted de
revisar el conservador de alimentos -dijo Emily con una nota de pánico en la
voz-. Es un último modelo. Tenemos allí dos patos, cinco pollos, tres langostas
y un pavo en estado de coma... Conservaremos el pavo dormido hasta que se
celebre el Día de Acción de Gracias.
Pero el truco falló.
Aparentemente desinteresado en las maravillas de la vida en suspensión, el
Rompedor avanzaba inexorablemente hacia su presa. Emily irguió el busto, como
si se dispusiera a cerrarle el paso.
-Vamos, vamos, señora Sheaffer
-la reconvino amablemente el Rompedor-, no sea usted niña. Arriesgar su reputación
por esa antigualla de lavadora... ¿Qué diría su psiquiatra?
-¡No! -suplicó Emily en tono
desesperado-. ¡No la rompa, por favor! Es un recuerdo de familia. Sé que
es anticuada, pero...
Su voz se apagó mientras
contemplaba al Rompedor, que en
aquellos momentos estaba adaptando un suplemento especial al Martillo.
-¿Cómo tendré que calificar su
actitud en mi informe, querida señora? -preguntó el Rompedor con una brillante
sonrisa-. ¿Obstrucción o intento de soborno?
El Martillo subió y descendió
tres veces. Y cada vez los Sheaffer se estremecieron como si hubieran recibido
el impacto en su propia carne.
-Mi querida señora -dijo el
Rompedor, contemplando la destrozada máquina-, cuando llegue la lavadora
ultrasónica me recordará usted con lágrimas de gratitud.
-¡Seguro! -replicó torvamente el
doctor Sheaffer-. Dígame, ¿cómo pudieron clasificar en la categoría humana a un
témpano de hielo sin alma como usted? Ahora anote en su informe que soy un
sedicioso y utilizaré el Martillo para destrozar su anticuado cráneo...
Emily palideció intensamente.
El Rompedor suspiró. Su destino
era ser incomprendido.
-Si nos pinchan -observó
tristemente-, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos?
Si nos envenenan, ¿acaso no morimos? Y si nos engañan, ¿acaso no nos vengamos?
El Mercader de Venecia, Acto Tercero... Sea comprensivo, doctor. Alguien tiene
que hacer este desagradable trabajo. -Sonrió malignamente-. Ahora vamos a ver
su automóvil. Un pajarito me ha dicho que está listo para el Martillo.
Por el rostro del doctor Sheaffer
se extendió una sonrisa de triunfo.
-Prepárese a recibir una pequeña
decepción -dijo-. Es un Cadillac modelo 1965..., y, por si no lo sabe, está oficialmente
considerado como antigüedad.
-¡No me diga! -El Rompedor enarcó
las cejas-. Bueno, prepárese usted ahora a recibir una pequeña impresión, doctor.
El Cadillac modelo 1965 acaba de perder sus privilegios. No podrán seguir
circulando. Triste, ¿verdad?
Para el doctor Sheaffer era más
que triste; era el acto final de la tragedia. Durante años enteros había
cuidado y mimado el Cadillac, invirtiendo centenares de horas en su reparación,
hasta convertir el estropeado cacharro que había descubierto en un granero de
Minnesota en reluciente modelo de exposición. Era la envidia de todos sus
amigos, los cuales, cansados de sus vehículos con una velocidad mínima de 200
millas por hora, contemplaban el antiguo automóvil, con sus sedantes noventa
millas, con ojos ávidos.
El saber que iba a ser
sacrificado por el Martillo provocó en el doctor Sheaffer un trauma mental
demasiado intenso para sus ya recargados circuitos. Dio dos vueltas sobre sí
mismo, se dejó caer sobre el taburete de la cocina y contempló al Rompedor
como si acabara de describir en detalle el cercano fin del mundo.
El Rompedor le miró con aire
compasivo. Luego se volvió hacia Emily y se encogió de hombros.
-Ofuscación mental -observó
clínicamente-. Tal vez sea mejor que me ocupe del Cadillac mientras el doctor
está sumido en el trance... ¿Cuál es el camino de la celda de la muerte,
querida señora?
Emily alzó un dedo tembloroso
señalando una puerta.
-Por ahí a la derecha -susurró.
Unos apagados sonidos llegaron
hasta la cocina: el canto de cisne del Cadillac. Emily rodeó con sus brazos los
hundidos hombros de su esposo, con aire protector, como si quisiera impedir
que llegaran hasta él los macabros ruidos de la ejecución. Pero, cosa rara, el
doctor ni siquiera se movió.
Antes que Emily hubiera tenido
tiempo de meditar en aquella anomalía regresó el Rompedor con el aire de
persona que ha cumplido con su deber, sin tener en cuenta para nada sus propios
sentimientos. Entró en la cocina, dejó descuidadamente el Martillo sobre la
destrozada lavadora y trabajó en una calculadora de bolsillo por espacio de
cuarenta segundos.
-En nombre del Presidente de los
Estados Unidos -anunció finalmente- tengo el placer de informarles que el Tío
Sam les debe doce mil quinientos dólares a cuenta de las anteriormente
mencionadas ejecuciones. Disponen ustedes
de treinta días para gastarlos. -Recogió el Martillo y lo devolvió a su
estuche. Antes de marcharse palmeó el hombro del doctor Sheaffer-. Saludo a un
noble corazón. Buenas noches, dulce príncipe, y que bandadas de ángeles canten
para arrullar tu sueño... Hamlet, Acto Quinto, Escena Segunda... ¡He tenido
mucho gusto, doctor!
El Rompedor hizo mutis con una
sonrisa de genio.
Cuando se hubo marchado, el
doctor Sheaffer se puso en pie y se acercó a la telepantalla de la cocina.
Marcó un número.
-Vamos a darle la buena noticia a
Joe -dijo en tono desmayado.
Luego, mientras esperaba que la
pantalla se iluminara, abrazó fuertemente a Emily.
-Compruebo los reflejos
-explicó-. Creo que todavía estamos vivos.
El hecho pareció sorprenderle.
Ninguno de los dos se dio cuenta
que en la pantalla había aparecido un rostro. Un rostro que les contempló con
aire de aprobación durante un par de segundos y luego tosió discretamente.
Emily, sobresaltada, se apartó rápidamente de su marido.
-Hola, Joe -dijo el doctor
Sheaffer imperturbable.
-Gracias por el espectáculo -dijo
Joe-. ¿Tengo que aplaudir o enviar un donativo?
El doctor Sheaffer se encogió de
hombros.
-Estamos a trece y martes -dijo-.
Para que digan de las supersticiones. Esta mañana la Independent me ha despedido.
Esta tarde, a última hora, hemos recibido la visita del Rompedor.
La sonrisa desapareció del rostro
de Joe Harrison.
-¡Cuánto lo siento! Jimmy, no
habrá dejado caer el martillo sobre el...
-Lo ha dejado caer sobre él.
Cadillac modelo 1965: anticuado. Lo mismo que la lavadora de Emi y varias
cosas más.
-Demonios -dijo Joe-. Mi corazón
sangra por ti... ¿Por qué no vienes a cenar con nosotros esta noche? Lloraremos
juntos.
-Precisamente te había llamado
para invitarles a Patty y a ti.
-Sería una imprudencia -dijo
Joe-. Después de tomarnos un par de copas nos dedicaríamos a hacerle la respiración
artificial al cadáver del Cadillac..., contraviniendo la ley... Además, hay
algo que quiero enseñarte. ¿Qué te parece?
-De acuerdo -dijo el doctor Sheaffer-.
¿A qué hora es la cena?
-¿Te parece bien a las ocho?
-Como quieras. Hasta luego, Joe.
-Hasta luego. Y no olvides una
cosa: el tiempo es un bálsamo maravilloso.
Joe Harrison sonrió
enigmáticamente y cortó la comunicación. La pantalla quedó oscura.
* * *
El cielo estaba tachonado de
brillantes estrellas; pero su brillo no podía competir con el de las
constelaciones eléctricas de las calles, extendiéndose a un millar de pies
bajo el abejorro en todas direcciones. Mirando a través del cristal, Emily
trató en vano de localizar la residencia de los Harrison en medio de aquel
centelleo multicolor.
Se había repuesto un poco de la
destrucción de su querida lavadora. Como un gesto de desafío, llevaba su sari
de confección casera, discretamente oculto bajo un abrigo de pieles
sintéticas.
El doctor Sheaffer había
localizado ya el punto de aterrizaje y, dejando que el mecanismo automático se
encargara del descenso, se volvió hacia su esposa:
-Al diablo con todo, Emily.
Seguimos estando vivos, y juntos.
Ella encontró su mano en la
oscuridad y la oprimió con cariño.
Treinta segundos más tarde, Joe y
Patty, que estaban esperándoles en la terraza, les acogían cordialmente.
Se introdujeron en la chimenea y
descendieron al comedor. Patty contempló con sincera admiración el sari
de Emily.
-¡Es completamente
tetradimensional, querida! ¿Dónde has obtenido el modelo?
-Lo dibujé yo misma -dijo Emily
con modestia.
Joe inspeccionó el sari
con científica imparcialidad.
-Me recuerda el concepto de
Nitz-Suvarov acerca del subespacio -observó en tono profundo.
-¿Qué es eso? -preguntó Emily.
-Una serie de agujeros unidos por
teorías... Vamos a echar un trago de esta Sangre de Rompedor, Jimmy. Seis copas
equivalen a la amnesia total.
-Por la destrucción de la Utopía
-brindó el doctor Sheaffer, apurando de un solo trago el contenido de su copa.
Siguió una larga pausa.
-¿Cuál es la fórmula, Joe?
-preguntó reverentemente-. ¿Combustible de cohete y éter?
-Algo por el estilo... ¡A tu
salud, hermano!
Joe vació su copa, parpadeó un
par de veces y contó lentamente. Cuando llegó a nueve, la neblina roja se
había desvanecido.
Patty miró a los dos hombres con
aire severo.
-¡Ha terminado la sesión de
suicidio! -anunció-. La cena está a punto.
Hora y media más tarde, después
de una cena sintética, el doctor Sheaffer aprovechó una pausa en la
conversación general para introducir el tema que le preocupaba.
-Joe, ¿qué diablos voy a hacer
con todo esto?
-¿Con qué, hermano Misfit?
-Con todo este maldito ocio
proporcionado por esta asquerosa Era Dorada.
Joe dirigió una extraña sonrisa a
Patty.
-Esas son palabras muy duras,
caballero. En realidad, casi pueden considerarse subversivas.
El doctor Sheaffer se sirvió otra
ración de Sangre de Rompedor.
-Tres hurras por la subversión
-observó tranquilamente- y otros tantos por el sabotaje... Esto es lo que
necesita este mundo: una buena dosis de sabotaje... Nada violento, Joe. La simple liquidación de dos o tres mil fábricas de robots.
Entonces tú y yo y todos los demás jubilados podríamos ponernos a trabajar de
nuevo.
De repente, Patty se puso en pie.
Miró a su marido, y su marido la miró a ella. El doctor Sheaffer creyó que los
Harrison habían llegado a un silencioso y oscuro acuerdo.
-Vamos,
Em -dijo Patty-. Dejemos a esos dos rebeldes
con su sedición. ¿Te he hablado alguna vez de mi guardarropa secreto? Ven y
verás lo que he estado haciendo durante los últimos seis meses.
Tomó a una intrigada Emily por el
brazo y la condujo fuera de la habitación.
El doctor Sheaffer dirigió a Joe
una prolongada e investigadora mirada.
-Tengo la impresión que alguien
está haciendo algo que no es legal..., afortunadamente. Y no sólo en lo que se
refiere a la confección de vestidos. Me gustaría que me dijeras de qué se
trata, Joe..., a no ser -añadió amargamente- que no confíes en mí.
Joe Harrison se sirvió una doble
transfusión de Sangre de Rompedor.
-Diablos, esto es tan fuerte, que
ni siquiera confío en mí mismo... Pero antes de profundizar en el asunto vamos
a comprobar si realmente somos dos cerebros con una sola urdimbre.
-¡Adelante!
-Tema número uno: creemos que el
noventa y cinco por ciento de la automatización está llevando la virtud del
ocio demasiado lejos.
-De acuerdo.
-Tema número dos: queremos
libertad para trabajar, así como libertad para divertirnos.
-De acuerdo.
-Tema número tres: queremos ganar
nuestro sustento y nuestra propia estimación, y no queremos limosnas..., ni
siquiera limosnas de veinte mil dólares al año.
-De acuerdo.
-Tema número cuatro: discutimos
el derecho de cualquier Departamento Federal a declarar anticuados nuestros
bienes y posesiones. Discutimos también el derecho a existir del mencionado
Departamento.
-De acuerdo.
-Tema número cinco: nos gustaría
destruir el sistema pacíficamente y empezar de nuevo..., pero no hemos descubierto
aún una buena fórmula.
-De acuerdo.
-Tema número seis: somos unos
rebeldes antisociales..., y demasiado desquiciados para disfrutar de los
beneficios de este mundo maravilloso.
-De acuerdo.
Joe bebió un trago de Sangre de
Rompedor e hipó.
-Bien..., James Eddington
Sheaffer, a partir de este momento te declaro un refugiado bona fide. Y,
en consecuencia, te condeno a un centenar de años de transporte
retrospectivo...
-De acuerdo -dijo el doctor
Sheaffer-. ¿Qué diablos quieres decir?
Joe sonrió y se puso en pie.
-¡Psst!
Sígueme, refugiado. He estado trabajando en un
camino de escape.
Tomó al doctor Sheaffer del brazo
y le condujo a un salón.
En sus horas de forzado ocio el
profesor Joseph Harrison, ex Director del Departamento de Física Sub-atómica de
la American Solar Engines Inc., había concentrado su genio en
transformar el salón en una copia de un bar del pasado siglo XIX. Había añadido
también un par de interesantes refinamientos.
-Escupideras, serrín, auténtica
luz de gas -dijo orgullosamente-. Únicamente el licor es ersatz... ¿Qué
te parece?
-¡Maravilloso! -suspiró el doctor
Sheaffer-. Aquello sí que era vivir... Pero, en lo que se refiere a ese camino
de escape, te confieso que estoy sumamente intrigado.
Joe se acercó a una de las
paredes del salón.
-Disculpa mi sentido de lo
dramático -dijo. Luego, levantando los brazos, exclamó-: ¡Ábrete, Sésamo!
La pared se deslizó a un lado,
dejando al descubierto un pequeño laboratorio de física lleno de extraños
aparatos.
El doctor Sheaffer se quedó con
la boca abierta.
-Una simple célula fotoeléctrica
que reacciona al sonido -explicó Joe tranquilamente-. Ahora échale una mirada a
eso.
Señalaba un ancho cilindro de
metal, de unos tres pies de altura.
-Parece una lavadora ultrasónica
-dijo el doctor Sheaffer, examinando un par de pequeños discos con unas raras
graduaciones.
-Eso, querido delincuente, es la
unidad propulsora del primer cronocarro. -Joe apartó el cilindro a un lado-.
Ahora échale una mirada a eso.
Señalaba una amplia cúpula de
plástico. Sus transparentes paredes, con la excepción de una pequeña puerta
circular cerca de la base, estaban cruzadas por una intrincada red de cables
verdes, azules y amarillos.
-Eso -continuó Joe después de una
reverente pausa- es el cronocarro.
El doctor Sheaffer lo examinó
atentamente.
-Parece una jaula para un loro
gigante con tendencias homicidas -observó al fin-. Pero si tú dices que es un
cronocarro, estoy de acuerdo en que es un cronocarro muy bonito... Ahora, ¿qué
diablos es un cronocarro?
-En lenguaje llano, mi ignorante
amigo, una máquina del tiempo.
-¿Una qué?
-Lo que has oído. Ahora vamos a
unirnos a las señoras. La historia es un poco larga de contar.
Tomó al intrigado doctor Sheaffer
del brazo y le arrastró suavemente fuera del laboratorio.
Luego Joe murmuró:
-¡Abracadabra!
La pared se deslizó hasta
recobrar su posición normal.
El doctor Sheaffer parpadeó y
contempló el bar estilo siglo XIX.
-Esta Sangre de Rompedor tiene
unos efectos terribles -murmuró.
* * *
Entretanto, Emily estaba
examinando el guardarropa ilegal de Patty. Consistía en dos vestidos
larguísimos: uno de color verde esmeralda, y otro azul eléctrico. Y en dos enormes
sombreros, uno de los cuales parecía una pequeña grupa de avestruz, y el otro
un cuenco lleno de fruta.
Emily quedó maravillada ante
aquellas soberbias creaciones que hubieran sido el dernier cri alrededor
de 1900. Pero su asombro subió de punto cuando Patty, ruborizándose de placer,
le mostró otros tesoros: un par de trajes de hombre, de color gris, con
pantalones de tubo; un par de camisas de auténtico lino, con cuellos
almidonados de dos pulgadas y dos corbatas de color carmesí.
En respuesta a la avalancha de
preguntas, Patty dijo misteriosamente:
-Joe y yo estamos planeando una
especie de vacaciones..., permanentes. Esperamos que a Jimmy y a ti les interese
también. Aunque debo advertirte que se trata de un viaje sin regreso posible.
-¡Patty, me estás matando de
curiosidad! ¡Cuéntamelo todo antes que estalle!
Patty sonrió, misteriosa.
-Querida, es una historia muy
larga, y no quiero estropearle a Joe el placer de ser el primero en
informarles. Espero que haya preparado ya a Jimmy. Vamos a comprobarlo.
Cuando estuvieron reunidos, el
Profesor Joseph Harrison explicó los hechos fundamentales acerca de su
cronocarro y de sus ilegales propósitos.
Tratándose de la primera máquina
del tiempo, explicó, tenía las acostumbradas limitaciones de una obra experimental.
Sólo podía transportar hacia atrás; y su alcance máximo era de un centenar de
años, aproximadamente.
Pero lo importante era que
ofrecía un medio de escapar del mundo de 1994; de la decepcionante Era de la
Abundancia, de la insoportable Era de la Prosperidad: de un mundo apto para ser
habitado únicamente por robots.
-De modo que podemos regresar a
la era pre-atómica -concluyó Joe alegremente-, antes que la automación y la
energía solar transformaran la faz de la Tierra. ¡Piensa en lo que eso
significa, Jimmy! Si queremos, tú y yo podremos matarnos trabajando doce horas
al día, seis días a la semana, cincuenta semanas al año. Podemos trabajar
hasta que tengamos noventa años. ¡Nadie se opondrá a ello!
-Y podremos hacernos nuestros
propios vestidos -añadió Patty alegremente-. Montones de vestidos. Y podremos
cocinar nuestros propios alimentos, hacer visillos, comprar muebles viejos, y
encender hermosos fuegos de leña en invierno. Podremos leer a O. Henry a la
luz de una lámpara, y llevar la más fantástica ropa interior.
-Sin Rompedores -murmuró Emily,
como arrobada-. Sin...
Pero el doctor Sheaffer estaba
pensando en perspectivas más amplias.
-Joe -dijo, en tono soñador-,
¿qué me dices de un viaje a Kitty Hawk para echarles una mano a los hermanos
Wright en sus experimentos de aerodinámica? ¿O tal vez a Detroit, para ayudar a
resolver los problemas de producción del Ford modelo T? ¿O volar, quiero decir navegar,
hasta Londres y hacerle unas cuantas sugerencias a Marconi? Más tarde, desde luego, podríamos ocuparnos
del cinematógrafo... ¿Estás seguro que ese..., ese cronocarro funcionará, Joe?
Creo que no podría sobrevivir a la decepción.
-Completamente seguro -le
tranquilizó Joe-. Lo he construido a conciencia... Y no creerás que soy capaz
de producir un aparato de mala calidad...
-No, pero...
-Lo he calculado con tanta
precisión -continuó Joe-, que podremos celebrar el día de Año Nuevo de 1900.
Nuestra llegada coincidirá con el estallido de las primeras botellas de
champaña.
Emily casi bailaba de excitación.
-¡Sería maravilloso! -exclamó.
Joe miró al doctor Sheaffer con
expresión interrogadora.
-¿Qué dices tú, Jimmy? Si quieres
estar seguro del hecho que el cronocarro funcionará, tendremos que esperar a
que te quemes las cejas luchando con conceptos tales como la duración
infinita en una serie transfinita de estructuras espaciales.... ¿O estás
dispuesto a confiar en mí?
-No del todo -dijo el doctor
Sheaffer con una sonrisa-. Pero correré el riesgo.
-Entonces, ¿a qué esperamos?
-dijo Patty, sirviendo tranquilamente cuatro raciones de Sangre de Rompedor-.
No hay ninguna época como la presente.
-¡Desde luego! -asintió
alegremente Emily-. Por eso vamos a trasladarnos al pasado.
Levantaron sus vasos en un
solemne brindis.
-Ahora -dijo Joe, tomando la
dirección de las operaciones-, vamos a organizamos, muchachos. Patty tiene la
lista de todo lo que necesitamos. Ella y Em lo recogerán todo, mientras tú y yo
desmontamos el cronocarro. Luego lo cargaremos en los abejorros entre los
cuatro. Utilizando los dos, podremos llevarlo todo en un solo viaje.
-¿Qué es lo que llevaremos en un
solo viaje? -preguntó el doctor Sheaffer.
-El cronocarro, genio. Tenemos
que llevarlo al desierto. No querrás que surjamos el día de Año Nuevo de 1900
en la casa de alguien, ¿verdad? Nuestra repentina presencia podría resultar
difícil de explicar...
De pronto, la casa de los
Harrison se convirtió en una activa colmena.
* * *
Era más de medianoche cuando los
dos abejorros emprendieron el vuelo, a la luz de la estrellas. Mientras contemplaban
las oscurecidas ciudades que se deslizaban por debajo de ellos, los cuatro
evadidos no se sentían pesarosos ni culpables: experimentaban, por el
contrario, una deliciosa sensación de libertad..., como escolares que se
ausentan de clases.
Aterrizaron en el desierto un par
de horas antes del amanecer. Aterrizaron cerca de una melancólica y sombría
ciudad fantasma, que retornaría a la vida cuando el calendario hubiera dado
marcha atrás.
-Bueno, ya hemos llegado -dijo
Joe alegremente-. El punto sin retorno.
-Y viceversa -observó
lacónicamente el doctor Sheaffer.
Mientras los hombres montaban el
cronocarro a la claridad de los faros de los abejorros, Emily y Patty se embutían
en sus trajes de época y luchaban con los maravillosos y descomunales
sombreros.
Los trajes eran muy ajustados en
determinadas zonas del cuerpo, y no permitían una gran libertad de movimientos;
al principio, incluso el respirar resultaba difícil. Pero, para las dos mujeres,
eran como el plumaje de un ave del paraíso. Diez minutos antes de la salida del
sol, el cronocarro estaba montado y dispuesto para el gran viaje. Patty sacó
café y bocadillos: una última colación simbólica de 1994.
-Está a punto de salir el sol
-observó Joe, tragándose un último bocado de pollo-. Será mejor que pongamos manos
a la obra antes que se haga de día. No me gustaría ver aparecer una patrulla de
abejorros de la policía.
El doctor Sheaffer miró a su
esposa y sonrió. Pensó que estaba
muy atractiva, con su vestido de brillante tafetán verde y un gran cuenco de
fruta en la cabeza.
-¿Dispuesta, Em? Todavía estás a
tiempo de volverte atrás.
Emily le devolvió la sonrisa.
-Dispuesta, querido -dijo-. La
Utopía está donde uno la encuentra.
Para el mundo de 1994, era un
adecuado epitafio: para el inminente mundo de 1900, era una bienvenida
optimista.
Joe y Patty habían entrado ya en
el cronocarro. El doctor Sheaffer besó a su esposa cariñosamente y la tomó de
la mano. Súbitamente, también ellos se encontraron a bordo, encerrados en una
pequeña carabela, capitaneada por el Profesor Joseph Harrison, el nuevo Colón
del Tiempo.
Por el horizonte asomó el rojizo
disco del sol. Joe concentró su atención en los instrumentos del tablero de
mandos, y empezó a contar los segundos en voz muy baja. Luego pulsó un
interruptor. Por unos instantes, el desierto pareció sumergirse en una dorada
luz de amanecer; luego repentinamente, hubo una interminable y parpadeante
sucesión de días y de noches; incluso con los ojos cerrados y tapándose los
oídos con las manos, los cuatro fugitivos del tiempo percibían la cálida
carrera del sol, la fría zarabanda de las estrellas y el rugido de un poderoso
viento.
Pero, finalmente, el salto en el
tiempo llegó a su término, y el desierto y el cielo volvieron a quedar
inmóviles. Joe abrió los ojos y contempló fijamente el tablero de mandos.
-¡Lo he conseguido! -exclamó, con
emocionado asombro-. ¡Ha funcionado!
Unos instantes después, cuatro
maravillados seres humanos se bajaban del cronocarro y posaban sus plantas en
un mundo en el que se iniciaba un nuevo día, un nuevo año y un nuevo siglo.
El doctor Sheaffer miró hacia lo
que en el mundo de 1994 había sido una silenciosa ciudad fantasma. Había dejado
de ser una ciudad fantasma, para convertirse en un torbellino de ruido y de
luz..., símbolo del mundo turbulento y optimista de 1900.
-¡Miren! -dijo el doctor
Sheaffer, con la voz impregnada de entusiasmo y de temor-. ¡La Historia está ya
encima de nosotros!
Tomados de la mano los cuatro
refugiados -fugitivos de una Utopía que había fracasado- se dispusieron a
entrar en una época que, a pesar de todas sus limitaciones, era una época de
oportunidades...
Un extraño y atareado mundo. Un
mundo desordenado y desaliñado. Demasiado desordenado para someterse al calculado
celo de los Planificadores; demasiado ocupado para rechazar los sueños y las
energías de los hombres.
F I N
Título Original:
Nineteen Ninety-Four © 1970.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.