Fue como si el universo hubiera empezado a dar vueltas repentinamente. De un modo lento, impresionante, miríadas de puntitas de diamante, flotando a través de un océano de absoluta oscuridad, empezaron a oscilar en ordenado ritmo alrededor de la nave lunar. Súbitamente, la Tierra se balanceó como una linterna en la víspera de Todos los Santos, y la propia luna se hizo invisible por la popa del vehículo espacial.
Hacía seis horas que la nave había cruzado la frontera neutral en su prolongado descenso a través de un cuarto de millón de millas de silencio. Ahora, después de cinco días de gravedad cero, el momento de la acción había llegado.
Las estrellas dejaron de girar y la verde linterna de la Tierra quedó colgada de algún invisible garfio. El universo estaba inmóvil otra vez: la nave lunar se había colocado en posición para su dificultoso aterrizaje.
A quinientas millas de distancia, los profundos cráteres de la Luna abrían amenazadoramente sus fauces a la nave en descenso. Iban ensanchándose, mostrando sus ocultos perfiles, sus desolados espolones rocosos, y toda la inmovilidad de pesadilla de un mundo petrificado.
Seis ansiosos pares de ojos miraban a través de los paneles de observación. Vieron al cráter Tycho, rodeado de resquebrajaduras y arrugadas llanuras de lava, abalanzarse a su encuentro como si estuviera ávido por tragarse a la nave.
Pasados diez minutos, seis hombres habrían realizado un sueño de conquista imaginado desde hacía siglos: pisar la superficie de la Luna.
El capitán Harper contempló, como hipnotizado, la pantalla situada en frente de su litera, y se preguntó si Dios les ayudaría. El profesor Jantz, matemático y astrónomo, intentaba librarse del temor elemental que empezaba a invadirle, calculando el cubo de 789. Los doctores Jackson y Holt, geólogo y químico, respectivamente, intercambiaban instrucciones en voz baja previendo la difícil posibilidad de que uno de ellos sobreviviera al otro. Pegram, el navegante, acariciaba una pata de conejo; y Davis, el mecánico, recitaba mentalmente El Viaje Dorado a Samarkanda, mientras contemplaba una manoseada fotografía de la muchacha con la cual podía haberse casado.
«Sesenta segundos para el punto encendido - susurró el altavoz -. Cuarenta y cinco segundos... treinta segundos... quince segundos.. diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡cero!»
Una repentina sacudida hizo que los hombres se hundieran más en las colchonetas de sus literas. Los paneles de observación permitieron ver un chorro de fuego amarillo verdoso descendiendo hacia la Luna desde la popa de la nave.
Después de varios días de gravedad cero, la repentina fuerza «G» desarrolló una implacable presión hasta el punto de que las venas humanas parecieron estar llenas de mercurio, y los huesos y tejidos transformados en plomo.
En la pantalla de observación aparecieron unas largas hileras de espolones montañosos que parecían eludir sólo por pulgadas el choque con las ahora extendidas patas de araña de la nave. Luego se hizo visible una zona lisa constituida por un lecho de lava, que fue creciendo con aterradora velocidad hasta que cada detalle, cada fragmento de roca, quedó claramente perfilado.
Ahora, los motores del cohete desarrollaban toda su potencia. A bordo de la nave no había ningún sonido al que pudiera darse el nombre de tal, aunque parecía que aquella enorme liberación de energía química hubiera creado un silencioso gemido sobrenatural que atormentaba a cada vigueta, a cada plancha de metal, a cada fibra humana, con su penetrante mensaje.
El profesor Jantz había dejado de preocuparse por el cubo de 789: estaba inconsciente. Sus compañeros, más o menos indispuestos, contemplaban a través de las nieblas de una semiinconsciencia las brillantes imágenes que se reflejaban en las pantallas de observación.
Todo el cosmos parecía reflejarse en aquellas pantallas, distribuidas por toda la nave. Los segundos palpitaban incansables, registrados por la roja aguja del electrocrono, que martilleaba su mensaje como un lejano crepitar de ametralladora.
«Sesenta segundos para altitud cero», susurró el altavoz.
Instintivamente, los hombres se volvieron a mirarse unos a otros, para intercambiar sonrisas de despedida o muecas anticipadas de triunfo.
«Cuarenta y cinco segundos... treinta segundos... quince segundos... diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡cero!»
Se produjo un silencio... el mayor silencio conocido hasta entonces. E inmovilidad. Luego, alivio.
Cuando las tres patas de araña entraron en contacto con la superficie lunar, el piloto automático de la nave sincronizó los deceleradores de los motores del cohete. Las delgadas patas se hundieron lentamente a través de un par de pulgadas de roca líquida, hasta encontrar la dura capa inferior. No hubo ningún choque, ninguna sacudida repentina, ninguna mareante oscilación. únicamente el final de algo. El final del movimiento, de las aceleradoras fuerzas «G», de las brillantes imágenes de las pantallas de observación, del temor y de todo malestar... el final de un breve pero colosal clima de tensión.
El capitán Harper fue el primero en recobrar el uso de la palabra.
- ¡Altitud cero! - murmuró -. ¡Sólo los dioses mueren jóvenes!
El profesor Jantz abrió los ojos; Pegram, el navegante, soltó disimuladamente su pata de conejo; y Davis dejó de recitarse a sí mismo El Viaje Dorado. Todos empezaron a desabrochar los cinturones de seguridad de sus literas, y, apenas recobrados del tránsito a la gravedad 1/6, se apresuraron a trepar a la cúpula de observación.
Veinticuatro horas más tarde, la nave reposaba como un esqueleto de tres patas, con la esfera habitable emergiendo como un vientre encima de su espinazo tubular. En la base de aquella nave de cien pies de altura, que había efectuado su primer y último viaje a través del espacio, había un tractor y un remolque, un montón de planchas curvadas de metal y un gran número de cestas de diversas formas y tamaños.
La temprana luz del sol dibujaba largas y fantásticas sombras detrás de todos los enseres y utensilios de la expedición. En el cielo, la bola verde de la Tierra, grande y cercana, destacaba de su telón de fondo, tachonado de estrellas.
Entretanto, en el cuarto de navegación de la esfera, el capitán Harper dirigía la palabra a sus compañeros, antes de abandonar la nave.
- Dentro de cuatro semanas, caballeros - estaba diciendo -, llegará la nave Número Dos. Su cargamento, como ustedes saben, consistirá principalmente en alimentos y en otros dos tractores lunares. Si por entonces podemos tener la base bien establecida, y si hemos procurado completar la exploración preliminar, habremos ahorrado una gran cantidad de tiempo; y la expedición podrá partir directamente. Como aquí no somos más que seis, es evidente que tendremos que trabajar de firme. Lo primero que hemos de hacer es montar un campamento. Hasta que no hayamos hecho esto, no podemos pensar en otros trabajos. Doctor Jackson, usted es geólogo... ¿Ha localizado algún rincón donde podamos montar el campamento en condiciones de seguridad?
- He encontrado un lugar ideal - respondió Jackson -. Está a cosa de una milla de distancia, prácticamente en línea recta con el Tycho y con la nave. Hay una grieta de unos treinta pies, con una protección de roca encima, que puede defendernos del peligro de los meteoritos. Pero tendremos que labrar una escalera en la roca, porque las paredes son casi verticales alrededor de toda la grieta.
- ¿Cuántas unidades-vivienda podrá contener? - preguntó Harper.
- Por lo menos tres. No veo ningún motivo para que no pueda albergar tres unidades y el laboratorio. Y si, eventualmente, deciden aumentar la expedición, hay varias grietas contiguas en las cuales pueden instalarse perfectamente un par de unidades suplementarias.
- Doctor Holt, usted exploró el lugar con Jackson. ¿Cuál es su opinión?
El capitán miró al químico con aire interrogante. Holt, que sólo tenía treinta años, era el miembro más joven de la expedición.
- Por estos alrededores hay muchas grietas, pero ninguna de ellas me ha parecido tan adecuada como la señalada por el doctor Jackson. Estoy de acuerdo con él. Podía haber sido mucho peor.
- Entonces, será mejor que pongamos manos a la obra - dijo el capitán Harper, cogiendo el capuchón de su traje antipresión -. Cuanto antes montemos la primera unidad, mejor. - Miró a través de una mirilla de cristal plastificado -. Algo me dice que sentiremos grandes deseos de abandonar esta tierra muerta antes de que pase mucho tiempo... ¿Alguna pregunta?
- Ha llegado el momento de establecer contacto por radio con la Tierra - dijo Pegram -. ¿Desea usted enviar algún mensaje, señor?
El capitán Harper se dispuso a colocarse el capuchón de su traje antipresión, pero antes de hacerlo se aliso la poblada cabellera que empezaba a grisear.
- Dígales - respondió, sin la menor huella de humor en su rostro - que este lugar está tan muerto que lo más probable es que, si vemos una brizna de hierba, nos pongamos a gritar como conejos asustados.
Instalar la unidad-vivienda en la grieta que el doctor Jackson había escogido les llevó tres días terrestres... en cuyo tiempo el sol se habla alzado por detrás de las distantes cordilleras y colgaba como una brillante bola de fuego en el cielo negro, tachonado de estrellas.
El día lunar, cuya duración equivalía a una quincena terrestre, había alcanzado ahora el nivel de la media mañana.
Mientras estuvieron montando la primera unidad-vivienda, el capitán Harper y sus compañeros comieron y durmieron en el tractor, que estaba acondicionado de acuerdo con la presión terrestre, y era lo bastante grande para acoger cómodamente a los seis. Más tarde, cuando fuese utilizado para trabajos de reconocimiento a larga distancia, tendrían que vivir en él durante una semana sin interrupción. Esta primera experiencia de lo que era la vida en sus angostos compartimientos representaba un valioso entrenamiento.
De cuando en cuando, los hombres se tomaban unos minutos de descanso y contemplaban con ojos maravillados el paisaje áspero y desprovisto de vida bajo su bóveda de oscuridad.
Estaban impresionados por su propia pequeñez y, al mismo tiempo, por su colosal hazaña, por la idea de que probablemente eran la primera forma de vida orgánica que iba a establecerse en la luna.
A cincuenta millas de distancia, hacia el polo sur lunar, el cráter Tycho mostraba con perfecta claridad su aguzado anillo montañoso, parecido a una hilera de dientes que se recortaban contra la línea del horizonte. Allí no había ninguna clase de nieblas atmosféricas que suavizaran sus perfiles o cubrieran el fuego de sus picos bañados por el sol.
A ambos lados de la grieta donde había sido montada la Base Número Uno, las llanuras de lava aparecían cubiertas con una capa de polvo meteórico de dos pulgadas de espesor, que conservaba las huellas de las pisadas como si fuera nieve recién caída. Cuando el tractor avanzaba por la llanura en medio de un fantasmagórico silencio, el polvo retenía la impronta de sus dentadas ruedas, formando un camino perfectamente visible. No había mucho peligro de perderse en la luna, ya que las huellas de las pisadas formaban un camino que, a no ser que alguien lo borrase, permanecería visible durante millares de años.
Al cuarto día terrestre, la expedición quedó instalada en su unidad-vivienda subterránea. La mayor parte del trabajo rutinario de transporte de material estaba hecho. Ahora podía empezar el período de experimentación y de exploración.
Fue decidido que los doctores Jackson y Holt, con el mecánico Davis, se llevaran el tractor y efectuaran un viaje de exploración en un radio de diez millas, manteniendo contacto por radio con la base. Podían regresar al cabo de seis horas.
Al capitán Harper le hubiera gustado unirse a ellos, pero el sentido del deber le mantuvo sujeto a un montón de trabajo rutinario en la base. Y el profesor Jantz, que había tomado unas muestras de polvo lunar, estaba completamente absorto en cálculos acerca de los bombardeos meteóricos. Pegram, el otro miembro de la expedición, tenía también su propio trabajo. Además de mantener contacto por radio con la Tierra, tendría que mantenerlo asimismo con el tractor.
Después de un insomne descanso de tres horas, Jackson, Holt y Davis entraron en el comedor de la Base Número Uno y devoraron un copioso desayuno.
El profesor Jantz, con una regla de cálculo a un lado de su plato y un libro de notas en el otro, les miró fijamente a través de sus gafas de cristales azulados.
- Deseo cristales pequeños - dijo bruscamente -, sin mezcla de metales. Sea buen muchacho, Jackson, y búsquemelos.
Jackson bebió un sorbo de café y se echó a reír.
- ¿Qué cree usted que deseo yo, profesor? No le quepa duda de que si hay algo que valga la pena lo traeremos.
El profesor asintió, y luego preguntó, de un modo completamente inesperado:
- ¿Por qué no hay oxígeno en la Luna?
El doctor Holt soltó su tenedor y se quedó mirando al matemático con aire intrigado.
- Ya conoce usted los motivos convencionales, profesor.
- Naturalmente... pero no me parecen lo suficientemente buenos.
- ¿Qué es lo que le hace pensar de ese modo?
El profesor Jantz dirigió al joven una sonrisita de superioridad.
- Mis cálculos - dijo alegremente -. Vamos a recibir una gran sorpresa.
- Le apuesto a usted una ración doble de coñac - dijo el doctor Jackson - a que no existe ningún rastro de oxígeno bajo ninguna forma.
El profesor Jantz se quedó silencioso unos instantes. Luego dijo:
- No sólo estoy dispuesto a aceptar su apuesta, doctor Jackson, sino que estoy dispuesto a ampliarla. Profetizo que encontraremos señales de materia orgánica.
- ¿Le parece bien el tabaco de una semana?
- Estupendo. Ya sabe que soy un empedernido fumador.
La confianza del profesor era tal, que daba la impresión de haber confirmado ya sus teorías.
- Ya que está usted tan seguro - dijo el doctor Holt, pensativamente -, podríamos ayudarle mejor a demostrar su punto de vista si nos indicase lo que debemos buscar.
- Habrá estado durmiendo durante millones de años - dijo el profesor -. Lo encontraremos en cavernas o en hendiduras, pero no, según creo, cerca de los cráteres principales.
- Déjese de enigmas - dijo Jackson -. ¿A qué diablos se refiere usted?
- Carbón de piedra - dijo el profesor tranquilamente -. Un hermoso carbón de piedra.
- Piedras, quizá, pero carbón...
- Piedras y polvo - dijo Jantz sin perder la calma -. Y volvió a enfrascarse en sus cálculos.
Habían pasado veinte minutos desde que salieron de la base. Davis iba conduciendo, y el tractor avanzaba a una velocidad de doce millas por hora. El doctor Jackson estaba sentado a su lado en el compartimiento de presión regulada, con un cuaderno de apuntes sobre las rodillas. De cuando en cuando, tomaba algunas notas en clave o dibujaba un diagrama, o bien hablaba con Pegram, de la base, por radio.
El doctor Holt iba en la parte exterior del tractor, en la torreta, con una cámara cinematográfica. Su único medio de contacto con los dos ocupante del vehículo era su radio individual. El sol cala implacable sobre su traje anti-presión, pero a pesar de esto estaba haciendo un buen trabajo y se sentía relativamente cómodo.
- Tractor a Base Uno, tractor a Base Uno - dijo Jackson -, Estamos a cuatro millas al sur de la Base, en línea recta hacia Tycho. El viaje es relativamente cómodo y el tractor se está portando muy bien. Dígale al profesor Jantz que la capa de polvo es más profunda en algunas de las depresiones del terreno. Muy pocas señales de una tendencia al amontonamiento. Cambio.
- Base Uno a tractor, Base Uno a tractor. El profesor Jantz ha instalado el sismógrafo. Necesita que provoquen ustedes una explosión cuando estén a unas diez millas de distancia. Por favor, informen antes de la detonación. Cambio.
- Tractor a Base Uno. Consideramos un privilegio el crear el primer temblor de Luna artificial. Informaremos cuando estemos preparados. Corto.
- Personalmente - dijo Davis -, el experimento no me interesa. Lo único que me sorprendería es que se moviera algo.
Súbitamente, la voz de Holt llegó a través de la radio ¡individual con evidente apremio.
- ¡Detengan el tractor y salgan rápidamente!
Davis cortó el contacto y el motor profirió un gemido de alivio.
- ¿Qué pasa? - inquirió Jackson.
- Vengan aquí a decírmelo - fue la enigmática respuesta.
Holt había saltado ya de la torreta y estaba alejándose del tractor, mirando al suelo con mucha atención.
Davis y Jackson se colocaron los capuchones, comprobaron el oxígeno y la radio y pasaron a la cámara reguladora de la presión. Unos momentos después se reunían con Holt.
- ¿Qué opinan ustedes de esto? - preguntó Holt con sorprendente excitación.
- ¡Diablo! - exclamó Jackson -. ¡Viernes en persona!
Sobre la capa de polvo lunar aparecían claramente impresas las huellas de unos pasos. Impulsivamente, Jackson colocó su propio pie encima de una de aquellas extrañas huellas y comparó el tamaño. El suyo era más estrecho y cuatro pulgadas más corto.
- Ahora - dijo Holt -, sigan la línea.
Jackson proyectó su mirada a lo largo del camino trazado por las huellas hasta que éstas desaparecieron en la distancia. Las huellas habían formado dos caminos: uno que iba y otro que venía, completamente paralelos y en línea recta, hacia el cráter Tycho.
- ¿Qué hacemos? - preguntó Davis -. ¿Comunicar con la Base?
- No tenga tanta prisa - dijo Jackson en tono irritado -. El buen Dios colocó un bulto ornamental encima de su cuello. Trate de utilizarlo.
- Voy a impresionar unos metros de película - anunció Holt, preparando su cámara -. Al parecer, el profesor Jantz era un poco conservador al suponer que el carbón era la única evidencia de que aquí existía vida orgánica.
- Alguien ha llegado hasta aquí procedente de Tycho - dijo Jackson pensativamente -. Según parece, llegó hasta este punto, se detuvo un poco y luego dio media vuelta y retrocedió por donde había venido. Ahora bien, ¿por qué lo hizo? Debía tener algún propósito.
- Ejercicio - sugirió Holt petulantemente -. La idea lunar de un paseo higiénico.
- No estoy de humor para esta clase de bromas - dijo Jackson -. Trate de decir algo que tenga más sentido común, o gaste menos oxígeno.
Súbitamente, Davis señaló detrás de ellos.
- ¿Ven ustedes lo que yo estoy viendo? - preguntó.
Holt y Jackson se volvieron en redondo y miraron en la dirección señalada por su compañero. A cuatro millas de distancia divisábase perfectamente la redonda esfera de la nave, reflejando la luz del sol... como una estrella colgante.
- ¡Caramba! - exclamó Holt -. Un comité de bienvenida... demasiado tímido. Él, ella o lo que sea nos vieron aterrizar.
- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó Davis -. ¿Seguir las huellas?
- Opino que no - dijo Jackson lentamente -. Creo que lo mejor que podemos hacer es regresar a la base y discutir la situación.
- No creo que fuera peligroso seguir las huellas un poco más - sugirió Holt.
- ¿Para qué?
- Nunca se sabe... A lo mejor podemos obtener alguna prueba que nos permita hacernos una idea del personaje que dejó estas huellas.
- O podemos tropezamos con el propio personaje - dijo Jackson secamente -. Y a lo mejor nos invita a visitar su casa y nos obsequia con café y pastas. O a lo peor le da por no aprobar la presencia de los... intrusos.
El capitán Harper contempló los rostros de sus cinco compañeros.
- Bien, ya hemos oído el relato del doctor Jackson y hemos visto la película de las huellas. Ahora tenemos que discutir lo que vamos a hacer para enfrentarnos con esta nueva situación. Como ustedes saben, cuando salimos de la Tierra no habíamos previsto nada de esto. ¿Alguna sugerencia?
El profesor Jantz se frotó pensativamente la barbilla.
- El tamaño de las huellas corresponde a un bípedo de considerable estatura. En la luna no existe atmósfera, de modo que ese ser puede pasarse sin ella, o proporcionársela por sí mismo. Creo que lo más sensato es suponer que se la proporciona a sí mismo. Esto parece indicar que se trata de un ser algo complejo o sumamente inteligente. Lo interesante es saber si es correcta la suposición de que existen muchos seres de su misma especie.
- Lo interesante es saber si vamos a investigarlo - replicó el doctor Holt -. O si, por el contrario, vamos a tratar de evitarle, a él o a ellos, hasta que llegue la próxima nave.
- Él o ellos pueden decidir investigar sobre nosotros - observó el capitán Harper -. El principal problema estriba en saber si serán peligrosos y si serán hostiles. Antes de emprender este viaje, le planteé al Organization Group la cuestión de que nos facilitaran algunas armas ofensivas. Pero insistieron en que aquí no podía existir ninguna forma de vida ¡Imbéciles! Me llenaron la cabeza de cifras para demostrarme cuantas toneladas de combustible se necesitarían para cargar una unidad vibratoria u/s. Y ahora todo el proyecto puede estar en peligro debido a que un maldito animal no está de acuerdo con sus teorías de vía estrecha.
- No se preocupe por las armas, capitán - dijo Holt -. El laboratorio ya está montado. Y en doce horas puedo construir unos cuantos proyectiles cohete de efectos contundentes.
- También disponemos - dijo el doctor Jackson - de explosivos de alta potencia en cantidad suficiente para montar un campo de minas, el cual podemos hacer estallar por contacto o por radio.
El capitán Harper repiqueteo con los dedos encima de la mesa durante unos momentos, antes de contestar.
- De todos modos - terminó por decir -, es necesario que dispongamos de algo para protegernos. Mi opinión general es que no debemos hacer absolutamente nada hasta que tengamos unas cuantas granadas de mano, proyectiles cohete y, quizás, unas cuantas minas.
- ¿Y luego? - inquirió el doctor Holt.
- Luego, creo que debemos enviar una expedición a seguir las huellas. Es absolutamente necesario que descubramos si... si existe algún peligro. Aparte de nuestra propia seguridad, hemos de tener en cuenta el resto de la expedición.
- Cuando los productos de dos tipos de civilización se encuentran - observó Jantz pensativamente -, se produce un inevitable conflicto. Me pregunto cuál será la que triunfará.
Hubo un breve silencio.
- La Luna es estéril - dijo Holt inesperadamente -. Me pregunto qué tendrá nuestro amigo X para desayunar.
El capitán Harper decidió ocuparse de la misión de reconocimiento, llevándose a Jackson y a Davis. Holt permanecería en el laboratorio, construyendo más granadas y unas cuantas minas terrestres dirigirlas por radio. El profesor Jantz y Pegram se repartirían el trabajo de patrulla en la superficie y el atender a las comunicaciones por radio.
Un doble sendero de huellas en el polvo lunar había desbaratado completamente los planes de la expedición. Los seis hombres habían empezado a sentirse como si estuvieran en estado de sitio. La cosa no hubiese sido tan grave si las huellas hubieran correspondido a un ser de cuatro patas. Pero un bípedo sugería poder y elevado desarrollo evolutivo. Si las huellas eran de un indígena de la luna, no existía ningún motivo para suponer que no hubiera una gran cantidad de ellos. Y, si era así, lo más lógico era que acogieran con hostilidad a unos intrusos procedentes del espacio, tal como sucedería en la Tierra si la situación fuera a la inversa.
Harper y sus compañeros tomaron su carga de alimentos, agua y granadas. Treparon por la escalera metálica y salieron a la cegadora luz del sol.
Los suministros fueron cargados en el tractor y todo fue objeto de una concienzuda revisión antes de que los tres hombres emprendieran la marcha. Davis volvió a ocupar el asiento del conductor, y, mientras ponía el motor en marcha, el doctor Jackson establecía contacto por radio con el mundo metálico oculto en la profunda grieta. Entretanto el capitán Harper, con cuatro granadas de mano, se instaló en la torreta, directamente encima del asiento del conductor.
- Tractor a Base - dijo Jackson -. Nos hemos puesto en camino. Estableceremos contacto cada cuarto de hora. Cambio.
- Base a tractor - respondió Pegram -. Recibida la llamada, perfectamente clara. Buena suerte. Corto.
El rugido del motor aumentó y el tractor empezó a deslizarse lentamente sobre las desoladas llanuras lunares, siguiendo su propio rastro anterior.
Al cabo de media hora llegaron, sin novedad, al lugar donde Holt habla visto las huellas. Esta vez, el avance había sido más cauteloso. En un momento determinado, el capitán Harper, que no perdía de vista el cráter Tycho, creyó divisar cierto movimiento a lo lejos. Pero terminó por atribuirlo a su imaginación y a la fatiga producida por la atenta contemplación de aquellas brillantes y áridas llanuras de lava. Allí no habla nada... nada más que un selvático silencio. Empezaba a pensar que todo el asunto había sido una especie de ilusión, cuando su mirada cayó repentinamente sobre las huellas. Unas huellas tan claramente visibles, que podían haber sido hechas sólo cinco minutos antes.
De común acuerdo, los tres hombres bajaron del tractor y se acercaron a contemplar de cerca las espaciadas depresiones.
- Nuestro Viernes tiene un paso muy exacto, ¿verdad? - dijo Jackson -. Creo que a nosotros nos sería imposible andar en línea completamente recta, manteniendo una distancia exacta entre cada uno de nuestros pasos.
- Es un gran diablo - dijo Harper -. Entre huella y huella hay casi un metro y medio. Bueno, vamos a cogerle por la cola. Cuanto más pronto pongamos en claro este misterio, mejor me sentiré.
- No será muy divertido si ha reunido a unos cuantos compañeros y se han sentado a esperarnos - dijo Jackson en voz baja.
- Tenemos que arriesgarnos. No podemos sentamos en la Base y esperar a que nos manden una tarjeta de visita. ¿Puede usted sacarle veinticinco millas al tractor, Davis?
- Sí, señor. Suponiendo que no tengamos que recorrer más de cincuenta millas.
El capitán Harper señaló a Tycho.
- No tendremos que recorrerlas. Cuando lleguemos allí - si es que llegamos -, todos necesitaremos un descanso.
- ¿Por qué no se mete un rato dentro, capitán? Yo me quedaré de guardia en la torreta.
Harper aprobó con un gruñido la sugerencia de Jackson y los tres hombres regresaron al vehículo. Al cabo de unos instantes, el tractor avanzaba a veinticinco millas por hora.
Detuvieron el tractor a unos ochocientos metros de distancia y Jackson bajó de la torreta para una apresurada inspección. Directamente en frente de él aparecía la única forma simétrica de todo el irregular paisaje. Era una semiesfera lisa, aparentemente metálica, que se erguía sobre el lecho de lava a unas cinco millas de distancia de la falda de las colinas de Tycho. Surgió repentinamente a la vista en el desolado paisaje, como un gigantesco huevo de avestruz medio enterrado en la arena. Su altura era de unos cuarenta pies.
- Mira por dónde, hemos encontrado el hogar de nuestro Viernes - dijo Jackson -. Debe de ser un muchacho listo para haber montado ese refugio metálico. Me pregunto si estará regulado a la presión adecuada.
El capitán Harper miró con expresión sombría a través del grueso cristal de la cúpula de observación del tractor.
- Cuanto más lo miro, menos me gusta - anunció lentamente -. Ahora tenemos pruebas concretas de que nuestro amigo es un ser civilizado, si no es un científico... Me pregunto qué agradables sorpresas nos tendrá reservadas.
Jackson permaneció silencioso.
- ¿Cuál es el plan de campaña, capitán? - Preguntó Davis -. ¿Seguimos adelante para investigar?
- Tenemos que hacer algo - dijo Harper -. Ahora no podemos volvernos atrás. Sugiero que nos acerquemos lentamente hasta que estemos a una distancia de un par de centenares de metros. Entonces...
Vaciló.
- Entonces, ¿qué? - preguntó Jackson.
- Entonces, uno de nosotros avanzará solo para investigar... llevándose unas granadas, desde luego, los otros se quedarán en el tractor, esperando los acontecimientos.
- Iré yo - dijo Davis inmediatamente.
- No - dijo Jackson -. Esto es asunto mío. Si nuestro Viernes y sus amigos resultaran ser hostiles, los mecánicos tendrían más importancia que los geólogos. Estoy absolutamente convencido de que yo no podría arreglar el tractor si sufriera una avería... y el tractor puede ser un factor decisivo. ¿No opina usted igual, capitán Harper?
- Desgraciadamente, sí. Pero esperemos que no sucederá nada desagradable. Ahora, será mejor que no perdamos tiempo.
El tractor avanzó lentamente hasta que estuvo a doscientos metros de la semiesfera metálica. Entonces se detuvo. Inmediatamente, el doctor Jackson descendió del vehículo y echó a andar con una granada en cada mano.
La lisa pared de la semiesfera tenía una sola abertura. Mientras avanzaba, el doctor Jackson pudo ver un brillo rojizo en el interior. Cuando estuvo a diez metros de distancia se paró, miró con cierta perplejidad a través del cristal plastificado del visor de su capuchón, y luego cubrió la distancia que faltaba casi de un salto. Los dos hombres que habían quedado en el tractor le vieron desaparecer en la oscuridad.
Inmediatamente, el capitán Harper habló a través de su radio individual.
- ¿Ocurre algo? ¿Se encuentra usted bien?
Con un suspiro de alivio oyó la voz de Jackson perfectamente clara:
- No hay nadie en casa. Venga a echarle un vistazo a esto. ¡Estoy empezando a creer en los cuentos de hadas!
- ¿Qué es lo que ha encontrado?
- Esto es la pesadilla de un técnico o una especie de laboratorio. ¡Diablos! ¡ahora no sé qué pensar!
- ¿Qué ha sucedido? - preguntó Harper en tono apremiante.
- ¡Acabo de descubrir algo que tiene aspecto de tres enormes ataúdes!
Tres horas más tarde, el tractor había regresado a la Base y el capitán Harper estaba haciendo un relato de la expedición al profesor Jantz, a Pegram y al doctor Holt, mientras Davis y el doctor Jackson montaban guardia en la superficie.
En vista de la información recientemente adquirida habían creído necesario mantener siempre a dos hombres en servicio de patrulla.
- El lugar no estaba regulado para la presión - dijo Harper -, lo cual resulta muy significativo. Las paredes tenían unas tres pulgadas de espesor, con cavidades o capas de insolación, a lo que supongo. El brillo rojizo procedía de alguna especie de cristal ionizado suspendido sobre un banco circular a unos cinco pies de altura que daba la vuelta a la semiesfera. Sobre el banco había varios instrumentos mecánicos y unos grandes aparatos acerca de los cuales no pudimos obtener ninguna pista. Jackson cree que se trata de instrumentos y aparatos geológicos, y Davis jura que una caja llena de complicados instrumentos colocada debajo del banco era una emisora de radio. Pero, tratándose de cosas que nunca habíamos visto anteriormente no podemos estar seguros de su identidad.
- En lo que respecta a esas cajas que usted describe dramáticamente como ataúdes - dijo el profesor Jantz -, ¿puede usted darme más detalles?
- Tenían diez pies de longitud y estaban tendidas horizontalmente. Las tapaderas provistas de goznes, estaban abiertas y echamos una mirada al interior. Estaban hechas de metal negro y tapizadas con una especie de tela de plástico. Cuando el doctor Jackson tocó una de las cajas, se produjo un chispazo que le sacudió de los pies a la cabeza a través de su traje anti-presión. Desde luego, no repitió la experiencia. Al parecer, las cajas habían estado ocupadas.
- Muy divertido - dijo el doctor Holt, con una risa nerviosa -. Creíamos que la Luna estaba deshabitada, y ahora resulta que tenemos como vecinos a tres científicos resucitados.
- No es cosa de risa - dijo Harper secamente -. En estos momentos, mi sentido del humor brilla por su ausencia
- ¿Qué sucederá si esos seres no desean mostrarse amistosos... y si nos encontramos con ellos? No van a utilizar arcos y flecha... - La posible ocupación de las... bueno, de los ataúdes, ofrece amplias perspectivas a la especulación - dijo Jantz enigmáticamente -. Empiezo a formarme la idea de un bípedo inteligente, musculoso, de unos nueve pies de estatura, que se proporciona su propia atmósfera, lleva a cabo experimentos científicos, ignora la comodidad animal y es capaz de andar casi un centenar de millas a elevadas temperaturas.
- Un tipo de enemigo muy desagradable - dijo Harper. - ¿Había huellas alrededor de la semiesfera? - preguntó el profesor.
- A docenas.
- ¿Las siguieron ustedes?
- Creímos preferible regresar con la información adquirida antes de vernos metidos en algún jaleo. ¿Insinúa usted que debemos tratar de establecer contacto?
- Tan pronto como sea posible - dijo Jantz -. De momento, estamos asustados de ellos - a pesar de no haberlos visto -, y ellos, supongo, estarán asustados de nosotros. Una situación muy poco satisfactoria. Tenemos que hacer algo que desvanezca o confirme nuestros temores, de modo que podamos planear nuestra futura actuación.
- He construido una cantidad de minas suficientes para establecer un cinturón de seguridad alrededor de esta base - dijo Holt -. Por lo menos, podremos tener la certeza de que este lugar está relativamente seguro.
Repentinamente la mesa se bamboleó y una taza vacía cayó al suelo. Aleccionados por años de experiencia, los hombres aguzaron instintivamente el oído, esperando escuchar el sonido de una explosión. Pero no oyeron nada.
- ¿Qué diablos es eso? - exclamó Harper.
Pegram se abalanzó hacia el transmisor.
- ¡Atención, patrulla de superficie! ¿Qué ha sucedido? Cambio.
No hubo ninguna respuesta. Mientras Pegram repetía la llamada, el capitán, Harper y el doctor Holt se colocaron los capuchones y corrieron hacia la cámara reguladora de presión.
- ¡Atención, patrulla de superficie! ¡Atención, patrulla de superficie! ¿Qué ha sucedido. Cambio.
Al cabo de unos instantes, llegó la voz de Jackson, muy débil:
- ¡Por el amor de Dios, salgan rápidamente! La nave ha sido... destruida. Yo tengo un escape en mi traje anti-presión...
Tres minutos después, el capitán Harper y el doctor Holt estaban en la superficie. Durante unos instantes quedaron paralizados, contemplando las retorcidas ruinas de la nave a una milla de distancia. Luego corrieron hacia el tractor, subieron a él de un salto y se dirigieron a toda velocidad hacia el lugar del desastre.
Habían recorrido tres cuartas partes del camino cuando vieron a Jackson. Estaba tendido sobre las duras rocas, completamente inmóvil. El doctor Holt descendió rápidamente del tractor, cargó con el cuerpo de su compañero y lo transportó al compartimiento regulado para la presión.
- ¿Está vivo? - preguntó Harper en tono inquieto, mientras volvía a poner el motor en marcha.
- Creo que sí. Es un escape muy lento, y ha tenido la precaución de abrir del todo la espita del oxígeno.
Empezó a desenroscar el capuchón de Jackson.
El geólogo se estremeció. Sus labios temblaron, y abrió los ojos.
- Davis... - murmuró débilmente -. Estaba a unos cincuenta metros de la nave.
- ¿Qué ha sucedido? - preguntó Harper, sin apartar la mirada de la llanura de lava, en la dirección en que se encontraban los restos de la nave.
A la presión atmosférica normal, el doctor Jackson se recobró rápidamente. El color volvió a su rostro e incluso consiguió sentarse.
- No he visto nada - murmuró -. De repente, la nave pareció desintegrarse. Luego, la onda expansivo me lanzó contra una roca, y me di cuenta de que mi traje anti-presión tenía un escape. Abrí del todo la espita del oxígeno y del helio, y recé para que me recogieran ustedes antes de que sucediera lo irremediable.
- ¡Miren, allí está! - exclamó Holt.
Señalaba a una figura tendida en el suelo, a unos sesenta metros de distancia. El tractor avanzó en aquella dirección y sus ocupantes pudieron ver que Davis no llevaba el capuchón. Más tarde, cuando el tractor se detuvo, hicieron un horrible descubrimiento: a Davis le faltaba la cabeza.
- ¡Pobre diablo! - dijo Harper -. Estaba demasiado cerca...
- Ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta - murmuró el doctor Holt, con voz estrangulada.
- ¡Santo cielo! - exclamó Harper, señalando los restos de la nave -. ¡Miren eso!
La nave había sido destruida a conciencia. Las largas patas de araña y el espinazo tubular estaban retorcidos como alambres. La esfera había quedado reducida a una masa de metal derretido. Ningún explosivo conocido podía haber producido aquella enorme cantidad de calor. Lo único que podía haberlo generado - hablando en términos terrestres desde luego - era la energía atómica.
El doctor Jackson fue el primero en romper el silencio.
- Me pregunto - dijo en voz baja -, si nuestro Viernes estará merodeando por aquí.
- No existen muchos lugares para ocultar a un personaje de nueve pies de estatura - dijo Holt -. Ni a su medio de transporte, si es que tiene alguno.
El capitán Harper puso de nuevo el motor en marcha.
- Será mejor que tratemos de encontrar alguna huella - dijo.
El tractor empezó a girar lentamente alrededor de los restos de la nave, en círculos cada vez mayores.
El consejo de guerra, reunido en la unidad-vivienda, fue breve y conciso. Los cinco hombres estaban sentados alrededor de la mesa, fumando y bebiendo café en cantidades superiores a la ración que les correspondía.
- Bien, se ha recibido ya la respuesta de la Tierra - anunció Harper con una mueca -. Lo siento, pero no van a enviar ninguna otra nave hasta que sepan lo que sucede aquí realmente.
- Apuesto lo que quieran a que están ideando ya un bonito epitafio para nosotros - dijo Holt cínicamente.
- Era la respuesta lógica - observó Jackson -. ¿Por qué habrían de poner en peligro a toda la expedición?
- El aspecto ético del problema puede ser dejado para más tarde - dijo el profesor Jantz con una débil sonrisa -. De momento, lo más importante es decidir lo que vamos a hacer.
- Devolver el cumplido - sugirió Holt -. Podemos dirigirnos a su refugio y hacerlo volar. Esto les servirá de aviso, y tal vez les haga meditar sobre la inconveniencia de utilizar medios demasiado expeditivos, a base de energía atómica.
- Si es que era atómica - dijo el profesor Jantz.
- Desde luego, no era H.E. - intervino Jackson -. La esfera quedó medio desintegrada.
- Creo que, en estos momentos, nos estamos mostrando demasiado... belicosos - dijo el profesor -. Después de todo, si nuestros desconocidos amigos llevan algún tiempo en la luna, tienen derecho a sentirse molestos por la presencia de unos intrusos. Pero si permaneciéramos ocultos e inactivos, podrían suponer que nos han destruido a todos.
- Nosotros seguimos sus huellas - replicó Harper -. Evidentemente, ellos siguieron las nuestras. No creo descabellada la suposición de que estén preparando otro obsequio atómico, esta vez tomando como objetivo esta base. En vista del hecho de que han ganado el primer asalto, creo que deberíamos tomar las medidas pertinentes para que no ganen el próximo. Además, uno de nuestros compañeros está muerto, y el doctor Jackson ha sobrevivido por verdadero milagro. Si llegamos un minuto más tarde, estaría tan muerto como el pobre Davis. Cuanto más tiempo permanezcamos inactivos, más posibilidades tendrán esos seres de acabar con nosotros.
- Creo que el capitán Harper tiene razón - dijo Jackson -. Tenemos que hacer algo que sirva para destruirlos o para desanimarlos.
- Vamos a someterlo a votación - dijo el capitán -. Los que estén de acuerdo conmigo que levanten el brazo.
El único que no levantó el brazo fue el profesor Jantz.
Un par de horas más tarde quedaron terminados los preparativos. Alrededor de la entrada de la base colocaron un campo de minas controladas por radio; los hombres hicieron prácticas de lanzamiento de granadas, y quedaron recompensados al descubrir que la escasa gravedad existente en la luna les permitía lanzar uno de aquellos artefactos con relativa exactitud a más de doscientos metros de distancia. El improvisado cohete de lanzamiento, les permitía enviar cincuenta libras de explosivo de gran potencia a un blanco situado a más de una milla de distancia.
La estrategia del capitán Harper era sumamente sencilla; tenía que serlo, ya que sus recursos eran extremadamente limitados. El cohete de lanzamiento podía ser montado en la torreta del tractor, y tres hombres se harían cargo del vehículo para su misión destructora, en tanto que los otros dos permanecían en la base.
Si el tractor no conseguía regresar de su viaje de cincuenta millas a la semiesfera de metal cerca de la falda de las colinas de Tycho, los supervivientes se encargarían de radiar a la Tierra toda la información posible, mientras permanecían ocultos.
Pegram y el profesor Jantz se quedarían en la base, en tanto que los otros se encargarían de la misión más peligrosa.
Cada uno de los cinco hombres se daba cuenta con amarga claridad de que la suerte de la primera expedición del hombre a la luna pendía de un hilo. Si fracasaban en su intento, pasarían varias décadas antes de que se llevara a cabo otro viaje a aquel planeta.
El tractor quedó cargado con las armas y suministros. Había llegado el momento de emprender la aventura. Los tres hombres montaron en el vehículo, mientras Pegram y Jantz comprobaban que no olvidaban nada.
- A partir de este momento - dijo el capitán Harper por su radio individual -, no estableceremos contacto por radio, a menos que se trate de un caso de vida o muerte. Nuestros amigos pueden disponer de algún aparato detector, y no conviene que les facilitemos las cosas.
- Como científico, no estoy de acuerdo con su decisión - dijo el profesor Jantz con ironía -. Pero como hombre... bueno, buena suerte, amigos. Les deseo el mayor de los éxitos.
- Eso espero - murmuró Harper.
- Y si no es así - dijo Holt con una risa nerviosa -, dígales a los de la Tierra que mi último pensamiento se lo dediqué a mamá.
- Estamos luchando por la raza humana - declaró melodramáticamente el doctor Jackson.
Todos estallaron en una carcajada, dando la impresión de que iniciaban la aventura con el corazón alegre y lleno de confianza. El capitán Harper puso en marcha el tractor. Levantando detrás de él una leve nube de polvo lunar, el vehículo se deslizó silenciosamente a través de las cegadoras llanuras de lava.
Era el sexto día terrestre de la expedición en la Luna, pero los cinco hombres experimentaban la sensación de no haber conocido otra existencia. La propia Tierra se había convertido en una ilusión, en un sueño lejano. Las únicas realidades, ahora, eran las desoladas llanuras de lava, los cráteres distantes, y el siniestro poder de unos seres invisibles... la amenaza de aquellos huidizos y aparentemente incansables seres descritos sarcásticamente por el profesor Jantz como «nuestros desconocidos amigos».
Pegram y el profesor se quedaron contemplando el tractor hasta que no fue más que un diminuto punto negro moviéndose en la distancia.
Desde un cielo negro, tachonado de estrellas, el sol dejaba caer sus implacables rayos, creando el increíble calor de un mediodía lunar.
A lo lejos, las montañas de Tycho se erguían repulsivas y horrendas, bañadas por el ardiente sol. El paisaje entero, sumido en su peculiar inmovilidad, parecía un desierto pintado... el telón de fondo de un drama de suspense y de peligro, como en realidad lo era.
El capitán Harper detuvo el tractor a una milla de distancia de la semiesfera metálica, y después de una breve confirmación del plan de ataque, Holt y Jackson descendieron del vehículo. Holt tomó posición a doscientos metros del tractor por el flanco izquierdo, y Jackson a doscientos metros por el derecho, a fin de evitar que una posible acción enemiga destrozara toda la fuerza de ataque.
Armados con granadas, los dos hombres debían avanzar hasta ponerse en posición de tiro, o encontrar resistencia. Si podían destruir la edificación sin entrar en contacto con el enemigo, debían hacerlo y retroceder; en caso contrario, debían establecer una especie de línea defensiva mientras el capitán Harper conducía el tractor lo más cerca posible y utilizaba el cohete de lanzamiento.
En cuanto hubieron alcanzado sus posiciones de flanco, Harper agitó su mano desde la torreta y los dos hombres avanzaron valientemente al trote.
Llegaron a cuatrocientos metros de la semiesfera sin divisar ninguna señal de actividad. Entonces, de repente, una forma enorme, que apenas era humana, apareció un instante en la puerta del extraño edificio, vaciló, desapareció de nuevo para reaparecer casi inmediatamente. Entonces echó a correr a una increíble velocidad, yendo directamente al encuentro de Holt.
A la luz del sol, los tres hombres vieron que estaba completamente cubierto de metal. Su cuerpo y sus extremidades despedían un brillo mate mientras el extraño ser avanzaba rápidamente.
Aunque tenía nueve pies de estatura y su forma era pavorosamente humana, los seres humanos con los cuales se enfrentaba ahora vieron con una súbita sensación de horror que el monstruoso individuo terminaba en la línea de los hombros. ¡No tenía cabeza!
El brazo de Holt describió un amplio círculo y una granada salió proyectada hacia su macabro adversario, que ahora se encontraba solamente a ciento cincuenta metros de distancia. El monstruo continuó su carrera sin tratar de apartarse.
La explosión no produjo ningún ruido, pero la onda expansiva alcanzó incluso al tractor, que en aquel momento se encontraba a cuatrocientos metros de distancia.
La granada había sido bien dirigida, a pesar de la velocidad del monstruo. Cayó a unos diez metros detrás de él. La conmoción hubiera hecho pedazos a un ser humano, pero aquel cuerpo recubierto de metal se limitó a tambalearse ligeramente, para reemprender en seguida su rápido avance. Holt alzó el brazo para lanzar otra granada, pero era demasiado tarde. Algo brilló en la mano del monstruo. Durante una fracción de segundo, una delgada raya luminosa salió proyectada hacia adelante.
Con involuntarios gritos de horror, Jackson y el capitán Harper vieron cómo Holt se desplomaba. Incluso desde la distancia a la cual se encontraban, pudieron darse cuenta de que su cuerpo había sido cortado limpiamente en dos.
Inmediatamente, al ver a su enemigo destruido, el monstruo se volvió hacia Jackson. Por espacio de unos segundos permaneció inmóvil - un blanco perfecto -, y Jackson no desperdició la oportunidad. Dos granadas en rápida sucesión, salieron disparadas hacia el blanco, mientras el extraño ser reemprendía su carrera. Intuyendo que el monstruo se encaminaría directamente hacia él, Jackson había lanzado la segunda de las granadas de modo que quedara un poco corta.
Dejando atrás la primera granada, el monstruo siguió avanzando para ser cogido de lleno por la segunda explosión. Por un instante pareció colgar suspendido - un cuadro de completa sorpresa -. Luego, brazos, piernas y cuerpo salieron proyectados al aire y cayeron separadamente.
Sin pérdida de tiempo, el doctor Jackson se volvió hacia la semiesfera metálica. Otros dos monstruos sin cabeza habían aparecido, y estaban dedicados a montar un extraño aparato.
Entretanto, el capitán Harper había continuado avanzando hacia el blanco a toda velocidad. Cuando estuvo a menos de trescientos metros detuvo repentinamente el tractor y se encaramó a la torreta. Sin perder tiempo en apuntar, apretó el pulsador del cohete de lanzamiento.
El disparo resultó demasiado alto. Cincuenta libras de explosivo de gran potencia volaron inofensivamente por encima del objetivo. Pero, mientras volvía a cargar a toda prisa el cohete de lanzamiento, Harper vio con el rabillo del ojo que Jackson se había puesto en movimiento.
El geólogo avanzó unos pasos, arrojó otras dos granadas y se dejó caer al suelo. La primera no hizo explosión, aunque la cosa no tuvo demasiada importancia, ya que quedó treinta metros corta. La segunda, en cambio, cayó a unos ocho metros de los dos monstruos. En el preciso instante en que uno de ellos alzaba en su mano la extraña y reluciente arma la granada hizo explosión, alcanzándole de lleno, lo mismo que a su compañero, y aplastando su aparato.
Lejos de quedar mortalmente heridos, los dos monstruos se recobraron con increíble rapidez. Uno de ellos corrió en busca de su arma, que había quedado sobre el lecho de lava, a unos metros de distancia, en tanto que el otro trataba de recomponer rápidamente su pequeño trípode con su cilindro de aspecto siniestro.
Pero, para entonces, el capitán Harper no sólo había vuelto a cargar el cohete de lanzamiento, sino que se había obligado a si mismo, mediante un supremo esfuerzo de voluntad, a apuntar lenta y cuidadosamente... intuyendo, quizá, que el resultado final dependía por completo de su próximo disparo.
Cincuenta libras de explosivo de gran potencia volaron en línea recta hacia la semiesfera. Durante unos terribles momentos, pareció que la carga no iba a estallar. Luego se produjo un silencioso resplandor, y el tractor se estremeció violentamente. La repentina nube de polvo cayó casi tan rápidamente como se había levantado.
Al aclararse, el capitán Harper vio que la semiesfera metálica y sus extraños ocupantes estaban completamente destrozados. Todo lo que quedaba de ellos era un humeante montón de metal retorcido.
Durante unos instantes, los dos supervivientes permanecieron completamente inmóviles. Luego, el doctor Jackson se puso en pie y echó a andar con paso inseguro hacia los restos del doctor Holt. El capitán Harper, a su vez, descendió de la torreta para ir a reunirse con su compañero. Súbitamente se desplomó. El doctor Jackson dio media vuelta y corrió hacia él.
- Creo... que se trata... de un pequeño... escape - balbuceó Harper a través de su radio individual -. ¡Lléveme al tractor!
Jackson le arrastró hasta el vehículo. Una vez allí le izó hasta la torreta y luego trepó él mismo hasta ella.
En cuanto estuvieron dentro del tractor, el capitán se recobró de su pasajero desmayo. El escape debió ser infinitesimal.
- Gracias - murmuró Harper con voz temblorosa -. Es una sensación terrible, ¿verdad?
- No se han inventado aún las palabras para describirla - asintió Jackson -. Debió usted quedarse en el tractor hasta que nosotros regresáramos.
- ¡Y un cuerno! Lo que siento es no haber podido hacer nada por el pobre Holt... ¿Alguna sugerencia, Jackson?
- Ninguna que valga la pena... ¿Vio usted lo que sucedió?
Harper asintió.
- Nuestro amigo sin cabeza le atacó con algo comparado con lo cual nuestros proyectiles h/v parecen armas de juguete. Deberíamos echarle una ojeada.
- ¿Cree usted que será prudente? - inquirió Jackson.
- ¿Se refiere usted a la radioactividad?
- Entre otras cosas.
- Entonces, ¿qué me dice de examinar los restos de su refugio? Llevaré el tractor lo más cerca posible. No creo que la H.E. haya dejado ninguna concentración suficientemente peligrosa. ¿Qué opina usted?
- Creo que vale la pena arriesgarse. Podemos enterarnos de algo útil acerca de ellos.
Harper puso en marcha el tractor y lo hizo avanzar lentamente hacia la zona destruida. A unos veinte metros de los restos de la semiesfera paró el motor.
- ¿Sabe una cosa? - dijo Jackson, mientras se disponía a pasar por la cámara reguladora de la presión -. En un sentido, estamos de suerte. Éste es el segundo fragmento de la historia que hemos tenido el privilegio de escribir.
- ¿A qué se refiere?
- El individuo que mató a Holt y me atacó a mí - dijo Jackson - era algo muy raro. Yo estaba más cerca de él que usted. Y le vi caer en pedazos.
- ¿Qué es lo que trata de insinuar?
- Únicamente que no estaba hecho de colas de rana - respondió Jackson en tono irónico -. Verá, capitán, creo que somos los primeros seres humanos que se han enfrentado con una banda de robots asesinos. El hecho de que hayamos puesto fuera de combate a esos tres es bastante significativo, creo yo.
- ¡Dios mío! - exclamó Harper.
El doctor Jackson se volvió y pasó a través de la cámara reguladora de la presión. Poco después estaba hurgando entre los restos bañados por el implacable sol.
La crisis estaba superada, pero en la Base Número Uno transcurrió algún tiempo antes de que decreciera la atmósfera de alta tensión. Dos hombres de la primera expedición habían muerto, y todo el proyecto lunar había estado al borde del fracaso. Sólo después de una lenta y minuciosa investigación en toda la zona de la base y en las faldas de las colinas de Tycho, los cuatro supervivientes quedaron convencidos de que no existía ningún otro peligro inmediato. Paulatinamente, sus actividades volvieron a la normalidad.
Varios días terrestres más tarde, el profesor Jantz aprovechó la oportunidad que le brindaba la ausencia del doctor Jackson, que había salido para efectuar un recorrido dé exploración, para entregarse a una tarea particular en el pequeño laboratorio subterráneo. Estaba absorto en el análisis de ciertas cantidades de polvillo negro.
Cuando el capitán Harper entró en el laboratorio, el profesor se ocupaba en calentar electrónicamente hasta la incandescencia un pequeño montón de aquel polvillo.
- ¿En qué está trabajando usted ahora? - preguntó Harper, por decir algo.
El profesor Jantz manifestó el placer de un chiquillo que ha descubierto algo maravilloso dentro de los zapatos que dejó en el balcón la noche de Reyes.
- Es la tercera muestra de la caverna número catorce - explicó volublemente.
- ¿De qué se trata?
- Mi querido Harper, esto es una muestra indiscutible de carbón bituminoso, del tipo conocido como fusain. Existe una maravillosa abundancia de microsporas y macrosporas. Mis teorías, ahora ya puedo decirlo, han quedado confirmadas de cabo a rabo. Cuando regrese a la tierra, procuraré...
- ¿Qué significa eso, en lenguaje corriente? - le interrumpió Harper.
- Significa, sencillamente, que la luna estuvo llena, en una determinada época, de marismas estuáricas. Significa que hace billones de años la luna era un hervidero de formas vitales en pleno desarrollo. En resumen, hemos acumulado pruebas más que suficientes para sacudir en sus cimientos las modernas teorías astrofísicas.
- ¿Por qué no hay ninguna evidencia de todo esto en la superficie lunar?
- Debido a que cuando la luna empezó a perder su atmósfera, el aumento del calor solar generó una combustión espontánea. Lo que hasta ahora ha sido llamado polvo meteórico, son las cenizas de lo que en otra época fueron enormes cementerios humeantes.
Harper sonrió burlonamente.
- De modo que va usted a sacudirles fuerte a los astrónomos de salón...
- Desde luego. He reunido suficientes datos para hacer que la mayoría de mis ilustres colegas consideren llegado el momento de ingresar en una clínica mental.
El capitán Harper sacó de su bolsillo un par de cuartillas mecanografiadas.
- En realidad, había venido a enseñarle el informe que voy a enviar al Cuartel General de la Organización. Si hay algo que desee usted añadir, puede decírmelo. Voy a enviarlo dentro de una hora.
El profesor Jantz cogió las cuartillas y las leyó rápidamente:
INFORME NÚMERO SIETE
«DE: HARPER, CAPITÁN DE LA EXPEDICIÓN LUNAR, BASE NÚMERO UNO,
»A: CONSEJO EJECUTIVO; CUARTEL GENERAL DE LA EXPEDICIÓN, TIERRA.
»Después de la destrucción del refugio de los robots, Jackson y Pegram han efectuado una minuciosa exploración del terreno, en un radio de cien millas alrededor de la base. No han descubierto más huellas extrañas, aparte de las procedentes de la semiesfera, ni señales de actividad de ninguna clase. Estamos convencidos, por lo tanto, que la segunda nave lunar puede emprender viaje en condiciones de seguridad.
»Hemos examinado los restos del refugio de los robots, y hemos extraído las siguientes conclusiones:
1) Los robots no son indígenas de la luna, dado que su construcción exigiría recursos y una forma de vida sumamente desarrollada, de los cuales no existe ninguna prueba.
2) Su construcción está por encima de las posibilidades actuales de la ciencia humana.
3) Dado que el refugio no estaba regulado para la presión, los tres llamados «ataúdes» parecen haber sido las cámaras de «hibernación» y lechos de carga eléctrica de los robots durante la noche lunar. Antes de que el refugio fuera destruido, se obtuvieron pruebas de su potencial eléctrico.
4) Suponiendo que las tres hipótesis anteriores sean correctas en sus puntos esenciales, creemos que en algún momento la luna recibió una expedición extraterrestre, la cual dejó los robots con fines de observación y de investigación científica.
5) Dado que los robots tomaron la iniciativa de atacarnos, es probable que sus creadores adaptaran sus mecanismos para que reaccionaran agresivamente ante cualquier fenómeno que pudiera ser interpretado como interferencia.
6) Teniendo en cuenta que los robots estaban aparentemente equipados con radios especiales, es probable que procedieran de nuestro propio sistema solar.
»Los argumentos ampliatorios en apoyo de estos puntos de vista serán expuestos en el Informe Número Ocho. Sólo me resta añadir nuestra unánime creencia de que la expedición extraterrestre regresará a la luna para enterarse de la suerte corrida por sus instalaciones. Es de esperar que, en esa época, los seres humanos establecidos en la luna dispongan de elementos suficientes para hacer frente a las necesidades de interferencia o de cooperación alternativamente.»
El profesor Jantz apartó la vista de las cuartillas mecanografiadas.
- Creo que ha resumido usted admirablemente nuestras principales conclusiones - dijo -El resto puede esperar hasta que dispongamos de tiempo para preparar un informe más completo. En cuanto haya terminado con esas muestras, pondré en orden mis propias notas para usted.
- Ya es hora de que Jackson y Pegram estuvieran de regreso - observó Harper, volviendo a meterse las cuartillas en el bolsillo -. Voy a llamarles por radio.
Salió del laboratorio, dejando al profesor Jantz entregado a su trabajo. Durante otras dos horas, Jantz pudo continuar su análisis de las muestras de la caverna número catorce sin ser molestado.
Pasado aquel tiempo, el capitán Harper volvió a entrar en el laboratorio...
- Han regresado sin novedad - anuncio.
- Bien, bien. Ahora podremos descansar durante unas cuantas horas.
- Jackson y Pegram desean que subamos a la superficie - dijo Harper -. Dicen que hay algo que vale la pena ver.
- ¡Más muestras! - exclamó el profesor, con infantil entusiasmo -. ¿Dónde diablos habré puesto mi capuchón?
Los dos hombres no tardaron en pasar por la cámara reguladora de la presión y en trepar por la escalerilla metálica adosada a las paredes de la grieta. Al llegar a la superficie, vieron a Jackson y a Pegram de pie junto al tractor.
- ¿Han encontrado ustedes algo interesante? - preguntó Jantz en tono esperanzado a través de su radio individual.
- Sí - respondió Jackson, levantando su brazo -. Mire a su alrededor.
Por todas partes, las sombras iban espesándose, y las llanuras de lava, suavizadas ahora por la claridad de los oblicuos rayos del sol, empezaban a apropiarse los oscuros perfiles de un crepúsculo lunar. La escena era desoladora, grotesca, pero, al propio tiempo, de una rara belleza.
Lentamente, muy lentamente, el sol empezó a hundirse detrás de los picos dorados de las montañas. Lentamente, la enorme bola verde de la Tierra se hizo más y más visible contra un telón de fondo de absoluta oscuridad.
El capitán Harper y sus tres compañeros permanecieron silenciosos en medio de una semioscuridad verdosa cada vez más intensa, contemplando el inexorable curso del sol sobre el áspero paisaje.
Era una escena que recordarían mientras vivieran: el sutil cambio que se operaba en un paisaje petrificado; el lento, impresionante final de su primer día lunar.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.