He investigado muchos casos extraños en compañía de
Hércules Poirot, pero no creo que ninguno de ellos pueda compararse a la serie
extraordinaria de acontecimientos que mantuvieron despierto nuestro interés por
espacio de muchos años, hasta culminar en el último problema que le tocó a mi
amigo resolver. Nuestra atención se concentró por vez primera en la historia de
la familia de los Lemesurier una tarde, durante la guerra. Poirot y yo
volvíamos a vernos y renovábamos los viejos días de nuestra amistad iniciada en
Bélgica. Mi amigo había llevado a cabo una comisión para el War Office a su
entera satisfacción y cenamos en el Carlton con Brass Hat, que le dedicó
grandes cumplidos. Brass tuvo luego que salir a escape para acudir a su cita
con un conocido y nosotros terminamos nuestro café tranquilamente, sin prisas,
antes de imitar su ejemplo.
En el momento en que nos disponíamos a dejar el
comedor, me llamó una voz familiar, me volví y vi al capitán Vicente
Lemesurier, un joven a quien había conocido en Francia. Le acompañaba un
caballero cuyo parecido revelaba pertenecer a la misma familia. Así resultó, en
efecto, y Vicente nos lo presentó con el nombre de Hugo Lemesurier, su tío.
Yo no conocía íntimamente al capitán Lemesurier,
pero era un muchacho muy agradable, algo soñador, y recordé haber oído decir
que pertenecía a una antigua y aristocrática familia que databa de los tiempos
de la Restauración
y que poseía una propiedad en Northcumberland. Como ni Poirot ni yo teníamos
prisa, aceptamos la invitación del joven, y volvimos a sentarnos a la mesa con
los recién llegados, charlando satisfechos de diversos temas sin importancia.
El Lemesurier de más edad era un hombre de unos cuarenta años, de hombros inclinados
y que recordaba mucho al hombre ilustrado; en aquel momento se ocupaba en una
investigación química por cuenta del Gobierno, según dedujimos de la
conversación.
Interrumpió nuestra charla un joven moreno, de buena
estatura, que se acercó a la mesa presa de visible agitación.
—¡Gracias a Dios que los encuentro! —exclamó.
—¿Qué sucede, Roger?
—Se trata de su padre, Vicente. Ha sufrido una mala
caída. El caballo era joven y difícil de dominar.
Dicho esto les llevó aparte y ya no oímos lo que
decía.
A continuación los dos nuevos amigos se despidieron
de nosotros precipitadamente. El padre de Vicente acababa de ser víctima de
grave accidente mientras domaba un caballo joven y le restaban unas horas de
vida. El muchacho se puso mortalmente pálido, como si le afectara mucho la
noticia. A mí me sorprendió su actitud, porque unas palabras que le oí proferir
una vez en Francia me habían hecho creer que padre e hijo no estaban en muy
buenas relaciones. Debo confesar, pues, que su emoción filial me dejó atónito.
El joven moreno a quien Vicente nos presentó como su
primo, Roger Lemesurier, se quedó con nosotros y los tres salimos juntos a la
calle.
—Este caso, sumamente curioso —comentó Roger—
interesará quizás a monsieur Poirot, un as en materia de psicología, según he
oído decir.
—La estudio, en efecto —repuso con prudencia mi
amigo.
—¿Han reparado en la cara de mi primo? ¿Verdad que
parecía trastornado? ¿Conocen el motivo? Pues por la maldición que pesa, de
antiguo sobre la familia. ¿Desean conocerla?
—Sí, cuéntela y le quedaremos muy reconocidos.
Roger Lemesurier consultó un momento la hora en el
reloj de pulsera.
—Bueno, me sobra tiempo. Me reuniré con ellos en
King's Cross. Bien, monsieur Poirot: los Lemesurier somos una familia muy
antigua. Allá en el medievo un Lemesurier sintió celos de su mujer a la que
descubrió en situación comprometida. Ella juraba que era inocente, pero el
barón Hugo se negó a escucharla. Hugo juraba que el hijo que su mujer le había
dado no era suyo y que no percibiría ni un solo penique de su fortuna. No
recuerdo bien lo que hizo, creo que emparedó vivos al hijo y a la madre. Lo
cierto es que los mató y que ella murió protestando de su inocencia y
maldiciendo solemnemente a él y a todos sus descendientes. Según esta maldición,
ningún primogénito de los Lemesurier recogería jamás su herencia. Bien, andando
el tiempo se demostró, sin que cupiera lugar a dudas, la inocencia de la
baronesa. Tengo entendido que Hugo llevó siempre cilicio y que murió en la
celda de un convento. Pero lo curioso del caso es que a partir de aquel día
ningún primogénito de los Lemesurier ha heredado. Los bienes paternos han
pasado siempre de sus manos a las de un hermano, de un sobrino, de un segundón,
pero jamás al primogénito. El padre de Vicente es segundón de los cinco hijos
de su padre. El mayor murió en la infancia. Y Vicente se ha convencido durante
la guerra de que es ahora él el predestinado. Pero, por imposible que parezca,
sus dos hermanos menores han muerto en ella.
—Es una historia muy interesante —dijo Poirot
pensativo—. Pero ahora que el padre se está muriendo, ¿será el primogénito el
heredero de su fortuna?
—Precisamente. La maldición se ha desvirtuado. No
puede subsistir en medio del bullicio de la vida moderna.
Poirot meneó la cabeza como si reprobase el tono
ligero del otro. Roger Lemesurier volvió a mirar el reloj y se apresuró a
despedirse de nosotros.
Pero la historia no había concluido, al parecer, ya
que al día siguiente supimos la trágica muerte de Vicente. Había tomado el tren
correo de Escocia y durante la noche se abrió la portezuela de su departamento
y cayó a la vía. La emoción que le produjo el estado de su padre, sumada a la
enfermedad nerviosa que como resultado de su estancia en el frente padecía,
debió de producirle un ataque de locura temporal. Y la curiosa superstición que
prevalecía entre la familia superviviente volvió a salir a la luz al hablar del
nuevo heredero, Ronald Lemesurier, cuyo único hijo había muerto en la batalla
de Somme.
Supongo que nuestro encuentro accidental con Vicente
Lemesurier el último día de su vida, despertó nuestro interés por todo lo que
con su familia se relacionaba y por ello dos años después nos enteramos del
fallecimiento de Ronald, inválido en la época de su herencia de las propiedades
de los Lemesurier. Le sucedió su hermano John, hombre simpático, cordial, que
tenía un hijo en la
Universidad de Eton.
Los Lemesurier eran víctimas, en efecto, de un
destino implacable, ya que durante las vacaciones el joven estudiante se
disparó un tiro sin querer. La muerte de su padre, acaecida casi inmediatamente
después de picarle una avispa, puso la propiedad en manos de Hugo, el más joven
de los cinco hermanos, al que conocimos la noche fatal en el Carlton.
Aparte de comentar la extraordinaria serie de
desgracias que caían sobre los Lemesurier, no nos habíamos tomado ningún
interés personal por tales acontecimientos, pero se acercaba el momento en que
debíamos tomar parte más activa en ellos.
Una mañana nos anunciaron a mistress
Lemesurier. Era mujer activa, de buena estatura, de unos treinta años de edad y
que a juzgar por su aspecto poseía resolución y una dosis respetable de sentido
común. Hablaba con leve acento extranjero.
—Monsieur Poirot, creo recordará usted a Hugo
Lemesurier; él le vio hace años, pero no lo ha olvidado.
—Recuerdo perfectamente el hecho, madame. Nos vimos
en el Carlton.
—Eso es. Bien, monsieur Poirot, pues estoy muy
preocupada.
—¿Respecto de qué, madame?
—Pues respecto de mi hijo mayor. Porque tengo dos
hijos: Ronald, de ocho años, y Gerald, de seis.
—Continúe, señora. ¿Por qué le preocupa su hijo
Ronald?
—Monsieur Poirot, en el espacio de los seis últimos
meses pasados ha logrado escapar a la muerte por tres veces seguidas: la
primera vez estuvo a punto de ahogarse en Cornwall, este verano; la segunda vez
se cayó por la ventana de la nursery; la tercera vez estuvo a punto de
ser envenenado.
El rostro de Poirot expresaba de manera demasiado
elocuente, tal vez, lo que estaba pensando, porque mistress Lemesurier dijo
apresuradamente.
—Naturalmente, comprendo que usted me toma por una
boba que convierte en montañas un granito de arena...
—No, señora. Cualquier madre se sentiría tan
trastornada como usted por tales acontecimientos, pero lo que no veo es en qué
puedo servirla. No soy le bon Dieu para mandar a las olas; ponga
barrotes de hierro en la nursery y en cuanto a la comida, ¿qué podría
compararse al cuidado de una madre?
—Pero, ¿por qué le suceden tales cosas a Ronald y no
a Gerald?
—Se trata de una pura casualidad, madame... le hasard!
—¿De verdad cree usted eso?
—¿Qué cree usted, madame, qué cree su marido?
Una sombra nubló el rostro de mistress Lemesurier.
—Hugo no quiere escucharme. Supongo que habrá usted
oído hablar de la maldición que pesa sobre nuestra familia. Según ella, el
primogénito no puede heredar. Hugo cree en esa leyenda. Conoce al dedillo la
historia de los Lemesurier y es supersticioso en grado superlativo. Cuando le
comunico mis temores me habla de la maldición y asegura que no podemos escapar
de ella. Pero yo he nacido en los Estados Unidos, monsieur Poirot. Allí no
creemos en maldiciones, aunque nos gusten porque tienen cachet, porque
dan tono, ¿comprende? Hugo me conoció cuando tomaba yo parte en una comedia
musical y me dije que eso de una maldición es un encanto, algo indescriptible
para expresarlo con palabras, a propósito para narrarlo junto al fuego en una
cruda noche de invierno, pero cuando se trata de un hijo... es otra cosa,
porque yo adoro a mis hijos, monsieur Poirot, y haría cualquier sacrificio por
ellos.
—¿De manera que se niega a creer en la leyenda de la
familia?
—¿Puede una leyenda cortar un tallo de hiedra?
—¿Qué es lo que dice, madame? —exclamó mi amigo con
expresión de profundo asombro reflejado en el semblante.
—Digo, ¿puede una leyenda, una fantasía si prefiere
denominarlo así, cortar un tallo de hiedra? No me refiero a lo sucedido en
Cornwall, porque aunque Ronald sabe nadar desde los cuatro años, cualquier
chico puede encontrarse en apurada situación en un momento dado. Los dos hijos
míos son muy traviesos y por ello un día descubrieron que podían encaramarse
por la pared sirviéndose de la hiedra como de una escalera. Un día en que
Gerald no estaba en casa, la hiedra cedió y Ronald cayó a tierra. Por fortuna
no se hizo nada serio. Pero yo salí y examiné la hiedra. Estaba cortada,
monsieur, cortada deliberadamente.
—¿Se da cuenta de la gravedad de lo que insinúa,
madame? ¿Dice que el hijo menor estaba en aquel momento fuera de casa?
—Sí.
—¿Lo estaba también cuándo el envenenamiento de
Ronald?
—No, los dos estaban en ella.
—Es curioso —murmuró Poirot—. Dígame, ¿qué
servidores tiene usted?
—Miss Saunders, el aya de los niños y John Gardiner,
el secretario de mi marido.
Mistress Lemesurier hizo una pausa levemente
confusa.
—¿Y quién más, madame?
—El comandante Roger Lemesurier, a quien conoció
usted también aquella noche del Carlton, viene a vernos con frecuencia.
—¡Ah, sí! ¿Es pariente de ustedes?
—Un primo lejano. No pertenece a esta rama de la
familia. Sin embargo, creo que es el pariente más próximo de mi marido. Es muy
afectuoso y le queremos todos. Los chicos le adoran.
—¿Fue él, quizá, quien les enseñó a trepar por la
hiedra?
—Bien pudiera ser, porque les incita a hacer
travesuras.
—Madame, le pido mil perdones por lo que dije antes.
El peligro es real y creo poder servirla. Le propongo que nos invite a
pasar unos días con ustedes. ¿Tendría inconveniente a ello su marido?
—Oh, no. Pero dudará de su eficacia. Me irrita ver
que se sienta tranquilamente a esperar a que fallezca su hijo.
—¡Cálmese, madame! Nosotros todo lo hacemos
metódicamente.
Después de hacer el equipaje a toda prisa, tomamos
al día siguiente el camino del Norte. Poirot se sumió en sus reflexiones. Salió
de su ensimismamiento para preguntar bruscamente:
—¿Se cayó Vicente Lemesurier de uno de estos trenes?
Y acentuó levemente el verbo.
—¿Qué es lo que sospecha? —interrogué sinceramente
sorprendido.
—¿No le han llamado la atención, Hastings, esas
muertes casuales de los Lemesurier? ¿No le parece que todas ellas han podido
ser preparadas de antemano? Por ejemplo, la de Vicente; luego la del estudiante
de Eton. Un accidente es casi siempre algo ambiguo. Suponiendo que este mismo
niño, hijo de Hugo, hubiera fallecido como resultado de su caída por la
ventana, ¿qué cosa tan natural y tan poco sospechosa? Porque, ¿quién
sale beneficiado de su muerte? Su hermanito, un niño de siete años. ¡Es
absurdo!
—Quizá pretenden, más adelante, desembarazarse de él
también —sugerí yo alimentando una idea vaga de quién o quiénes lo pretendían.
Poirot movió la cabeza. La sugerencia no le
satisfacía, era evidente.
—Envenenamiento por ptomanía —murmuró—. La atropina
presenta casi los mismos síntomas. Sí, nuestra presencia allí es indispensable.
Hay que descubrir... o bien... evitar o...
Mistress Lemesurier nos recibió con entusiasmo. En
seguida nos llevó al estudio de su marido y nos dejó en él. Hugo había cambiado
mucho desde la primera guerra. Sus hombros se inclinaban todavía más hacia
delante y su rostro tenía un curioso tinte gris pálido. Poirot le explicó el
motivo de nuestra visita y le escuchó con atención.
—¡Es muy propio del sentido común de Sadie! —dijo al
final—. De todos modos, monsieur Poirot, le agradezco que haya venido; pero lo
escrito, escrito está. La vida del trasgresor es dura. Nosotros, los
Lemesurier, lo sabemos, ninguno de nosotros escapará a su destino.
Poirot le habló de la hiedra cortada, pero el hecho
causó poca impresión a Hugo.
—No cabe duda que fue obra de un jardinero poco
cuidadoso... Sí, sí, tiene que haber un instrumento, pero el fin es simple; y
no se demorará mucho, sépalo, monsieur Poirot.
Éste le miró con atención.
—¿Por qué dice eso?
—Porque yo mismo estoy sentenciado. El año pasado
fui a ver a un médico y padezco una enfermedad incurable. El fin está próximo,
pero antes de que yo fallezca se llevarán a Ronald. Gerald le heredará.
—¿Y si le sucediera algo también a su segundo hijo?
—No le sucederá nada; nada le amenaza.
—Pero, ¿y si le sucediera? —insistió Poirot.
—Mi primo Roger sería su heredero.
Alguien vino a interrumpir nuestra conversación. Era
un caballero alto, de arrogante figura, de cabello rizado, color de cobre, que
entró llevando unos papeles en la mano.
—Bien, deje eso, Gardiner y no se preocupe —dijo
Hugo Lemesurier— Mi secretario, míster Gardiner.
El secretario saludó, nos dedicó unas palabras
agradables de bienvenida y desapareció. A pesar de su gallardía había algo en
él que repelía y cuando me confié a Poirot, más adelante, mientras paseábamos
por los hermosos jardines, convino en ello con no floja sorpresa por mi parte.
—Sí, sí, Hastings, tiene usted razón. No me
gusta. Es demasiado guapo. Ah, ya están aquí los pequeños.
Mistress Lemesurier avanzaba hacia nosotros con los
dos niños al lado. Eran dos guapos muchachos, moreno el menor como la madre, de
cabello rubio y rizoso el mayor. Los dos nos estrecharon la mano, como dos
hombrecitos, y en seguida se dedicaron a Poirot. Luego fuimos presentados
a miss Saunders, mujer indescriptible, que formaba parte del grupo
familiar.
Por espacio de varios días llevamos una existencia
cómoda y agradable, siempre vigilante aunque sin resultado. Los chicos vivían
de manera normal sin carecer de nada. Al cuarto día de estancia en la finca
vimos aparecer al comandante Roger Lemesurier. Vivaracho y despreocupado, había
variado muy poco, tratando de todo con la misma ligereza. Era, evidentemente,
un gran favorito de los chicos, porque le acogieron con exclamaciones de
alegría y le arrastraron en seguida al jardín para jugar a los indios bravos.
Me di cuenta de que Poirot le seguía sin llamar la atención.
Al día siguiente, lady Claygate, cuya propiedad
lindaba con la de los Lemesurier, invitó a todo el mundo, chicos inclusive, a
tomar el té. Mistress Lemesurier quería que les acompañásemos, pero sin embargo
pareció aliviarla de gran peso la negativa de Poirot que, según dijo, prefería
quedarse en casa.
En cuanto partieron todos, puso manos a la obra. Su
actitud me recordó la de un terrier inteligente. Creo que no quedó sin
registrar un solo rincón de la propiedad; sin embargo, se hizo tan serena y
metódicamente que a nadie llamaron la atención sus idas y venidas. Mas era
evidente, al final, que no se sentía satisfecho. Tomamos el té en la terraza
con miss Saunders, que no había querido tampoco formar parte de la reunión.
—Los chicos deben estar disfrutando —murmuró—.
Confío en que se portarán como es debido, en que no pisotearán los parterres de
flores ni se acercarán a las abejas...
Poirot se quedó con el vaso que iba a llevarse a la
boca en la mano. Era como si acabara de ver un fantasma.
—¿Las abejas? —repitió con voz de trueno.
—Sí, monsieur Poirot, las abejas. Tres colmenas.
Lady Claygate está orgullosa de ellas.
—¡Abejas! —exclamó Poirot.
Luego se levantó de un salto y empezó a pasear por
la terraza con las manos en la cabeza. Por más esfuerzos que hice no pude
imaginar por qué se agitaba tanto a la sola mención de aquellos insectos.
En este momento oímos rodar un coche. Cuando el
grupo se apeó ya estaba Poirot en el umbral de la puerta.
—Han picado a Ronald —exclamó excitado Gerald.
—No ha sido nada —dijo mistress Lemesurier—. Ni
siquiera se ha hinchado. Le pondremos en la picadura un poco de amoníaco.
—A ver, hombrecillo. ¿Dónde ha sido? —preguntó
Poirot.
—Aquí, en este lado del cuello —repuso dándose
importancia Ronald—. Pero no me duele. Papá dijo: «Estáte quieto. Se te ha
posado encima una abeja.» Me estuve quieto y papá me la quitó de encima, pero
sentí un alfilerazo. Ya me había picado y no lloré porque ya soy grande e iré a
la escuela al año que viene.
Poirot examinó el cuello del niño y luego se retiró.
Cogiéndome por el brazo murmuró a mi oído:
—¡Esta noche, mon ami, será esta noche! No
diga nada... a nadie.
Como se negó a mostrarse más comunicativo, confieso
que pasé el resto del día devorado por la curiosidad. Se retiró temprano y
seguí su ejemplo. Mientras subíamos la escalera me cogió por un brazo y me dio
instrucciones.
—No se desvista. Aguarde algún tiempo, apague luego
la luz y venga a reunirse conmigo.
Obedecí y le encontré esperándome cuando llegó la
hora. Me encargó con un gesto que guardara silencio y nos dirigimos, de
puntillas, al ala de la casa donde se hallaba la de los niños. Ronald ocupaba
una habitación propia. Entramos en ella y me situé en un rincón oscuro. El niño
respiraba bien, normalmente y dormía tranquilo.
—¿Duerme profundamente, verdad? —susurré.
Poirot hizo seña de que sí.
—Le han narcotizado —murmuró.
—¿Para qué?
—Para que no llore cuando...
—¿Cuándo? —repetí al ver que hacía una pausa.
—¡Sienta el pinchazo de la aguja hipodérmica, mon
ami! ¡Silencio! No hablemos más, aunque no espero ningún
acontecimiento próximo.
Pero Poirot se engañaba. Diez minutos después se
abrió la puerta sin ruido y alguien entró en la habitación. Oí una respiración
anhelosa, unos pasos que se aproximaron a la cama, luego un súbito ¡clic! La
luz de una pequeña lámpara de bolsillo cayó sobre el rostro del pequeño
durmiente. La persona que la asía seguía invisible en la sombra. Dejó la
lámpara en tierra; con la mano derecha sacó la jeringuilla y con la izquierda tocó
al niño en el cuello. Poirot y yo dimos un salto al propio tiempo. La lámpara
rodó por el suelo y luchamos con el intruso en la oscuridad. Su fuerza era
extraordinaria. Por fin le vencimos.
—La luz, Hastings. Tengo que verle la cara... a
pesar de que temo saber demasiado bien a quien pertenece.
«Lo mismo me sucede a mí», me dije mientras buscaba
la luz a tientas. Había sospechado un momento del secretario acuciado por la
antipatía que me inspiraba, pero ahora estaba seguro de que el hombre que se
beneficiaría de la muerte de los dos niños era el monstruo cuyos pasos habíamos
estado siguiendo.
Uno de mis pies tocó la lámpara. La cogí y la
encendí. Su luz brilló de lleno en el rostro de... Hugo Lemesurier, ¡el propio
padre del pequeño!
Estuvo en un tris que se me cayera la lámpara de la
mano.
—¡Imposible! —dije con la voz velada—. ¡Imposible!
Lemesurier había perdido el conocimiento. Entre
Poirot y yo le trasladamos a su habitación y le dejamos sobre la cama. Poirot
se inclinó y le quitó con suavidad un objeto de la mano. Luego me lo enseñó. Me
estremecí. Era la jeringuilla.
—¿Qué hay en ella? ¿Veneno?
—Ácido fórmico si no me engaño.
—¿Ácido fórmico?
—Sí. Obtenido, probablemente, de la destilación de
hormigas. Ya recordará que es químico. Luego se hubiera atribuido la muerte del
niño a la picadura de la abeja.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡A su propio hijo! ¿Y usted
lo sospechaba?
Poirot por toda respuesta, hizo gravemente un gesto
afirmativo.
—Sí. Está loco, naturalmente. Imagino que la
historia de su familia se convirtió en él en verdadera manía. Su deseo intenso
de heredar la fortuna de los Lemesurier le condujo a cometer una serie de
crímenes. Posiblemente se le ocurriría la idea al viajar por primera vez con
Vicente. No podía permitir que la predicción resultase vana. El hijo de Ronald
había muerto ya y el mismo Ronald era un moribundo. La familia está compuesta
de individuos débiles. Él preparó el accidente de la pistola, y, lo que hasta
ahora no había sospechado, la muerte de su hermano John mediante este mismo
procedimiento de inyectarle en la yugular ácido fórmico. Entonces se realizó su
ambición y se convirtió en dueño de las propiedades agrarias de la familia.
Pero su triunfo fue de breve duración porque sufría una enfermedad incurable.
Además alimentaba una idea fija, una idea de loco: la de que su hijo no podría
heredar. Sospecho que el accidente del baño se debió a él. Seguramente animaría
al pequeño a que llegase cada vez más lejos. Al fracasar esta tentativa cortó
la hiedra y después envenenó el alimento de Ronald.
—¡Es diabólico! —murmuré con un escalofrío—. ¡Y qué
hábilmente planeado!
—Sí, mon ami, no existe nada tan sorprendente
como la extraordinaria inteligencia de los locos. No hay nada que pueda
compararse a ella, sólo la excentricidad de los cuerdos.
—Y pensar que sospeché hasta de Roger, este buen
amigo...
—Era natural, mon ami. Nosotros sabíamos que
acompañó a Vicente en su viaje al Norte. Sabíamos también que después de Hugo y
de los hijos de Hugo era el legítimo heredero. Pero los hechos dieron al traste
con estas suposiciones. No se cortó la hiedra más que cuando el pequeño Ronald
estaba en casa... el interés de Roger hubiera exigido que los dos hermanitos
perecieran. De la misma manera que fue sólo Ronald el envenenado. Y hoy, cuando
volvieron a casa y me di cuenta de que solamente bajo palabra de su padre había
que creer que Ronald fue picado por una abeja, recordé la otra muerte y supe
quién era el asesino.
Hugo Lemesurier murió varios meses después en una
casa de salud a la que fue trasladado. Su viuda volvió a casarse con míster
Gardiner, el secretario de los cabellos color de cobre. Ronald heredó los acres
de su padre y continúa floreciendo.
—Bien, bien —observé dirigiéndome a Poirot—. Otra
ilusión que se desvanece. Usted ha concluido con la maldición que pesaba sobre
los Lemesurier.
—¿Quién sabe? —repuso pensativo el detective—. Quién
sabe...
—¿Qué quiere decir?
—Voy a contestar, mon ami, con una sola y
significativa palabra: ¡rojo!
—¿Sangre? —interrogué aterrado, bajando la voz
instintivamente.
—¡Qué imaginación tiene tan melodramática, Hastings!
Me refería a algo más prosaico: al color de los cabellos del pequeño Ronald.
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