Aquéllas
eran sus vacaciones. ¡Sus vacaciones! ¡Ja, Ja!
Risa sarcástica. ¿Quién le había convencido para que fuese a pasarlas a
aquel pueblecito veraniego junto al mar, tan en boga... Kimpton de Mar? Gracia.
¿Quién le había obligado a gastar más de lo que podía? Gracia. Y él había
secundado sus planes con entusiasmo. Ella le había llevado allí, ¿y cuál era el
resultado? Mientras él estaba en una triste casa de huéspedes situada a un
kilómetro y medio del mar, Gracia, que debiera haber estado en otra similar (en
la misma no... los principios del círculo de Jaime eran muy estrictos), había
desertado y estaba nada menos que en el hotel Explanada, junto a la playa.
Al parecer
tenía allí amigos. ¡Amigos! Jaime volvió a reír con sarcasmo y mentalmente
repasó los últimos tres años que estuvo cortejando a Gracia. Cuando se dio
cuenta por primera vez de que la hacía objeto de sus preferencias, se puso
satisfechísima. Eso fue antes de que se elevara a la altura de la gloria en los
salones de sombrerería para señora de mistress Bartless en la calle Alta. En
aquellos tiempos era Jaime quien se daba importancia, pero ahora, ¡cielos! La
cosa había cambiado. Era Gracia quien «ganaba buen dinero», como se dice en
términos vulgares. Y eso la volvió orgullosa. Sí, eso era, terriblemente
orgullosa. Un fragmento de un libro de versos acudió a la memoria de Jaime,
algo así: «doy gracias al cielo por el amor de un hombre bueno». Pero en Gracia
no se observaba nada de eso. Después de desayunar opíparamente en el hotel
Explanada se olvidaba por completo del amor del hombre bueno, y aceptaba las
atenciones de un estúpido individuo llamado Claudio Sopworth; un hombre sin
valor moral, de eso Jaime estaba convencido.
Jaime clavó
el talón en el suelo con rabia y continuó mirando el horizonte con el ceño
fruncido. Kimpton de Mar. ¿Qué le había ocurrido para dejarse arrastrar a
semejante sitio? Era ante todo un lugar de veraneo de moda para la gente rica.
Tenía dos grandes hoteles, y varios kilómetros de villas pintorescas
pertenecientes a artistas famosas, judíos acaudalados, y aquellos miembros de
la aristocracia inglesa que se habían casado con mujeres ricas. El alquiler de
la más pequeña de aquellas casitas amuebladas, era de veinticinco guineas a la
semana. Y había que dejar a la imaginación lo que sería el de las grandes.
Detrás de donde Jaime estaba sentado había uno de aquellos palacios propiedad
de un famoso deportista, lord Eduardo Champion, y en él se hospedaban en
aquellos momentos una serie de distinguidos huéspedes, incluyendo al rajá de
Maraputna, cuya riqueza era fabulosa. Jaime había leído lo que decía de él el
diario de la mañana; la extensión de sus posesiones en la India; sus palacios,
su maravillosa colección de joyas, entre las que merecía especial mención una
famosa esmeralda que, según declaraban los periódicos, tenía el tamaño de un
huevo de paloma, pero la impresión que aquello dejó en su mente no fue pequeña.
—Si yo
tuviera una esmeralda como ésa —dijo Jaime volviendo a fruncir el ceño—, ya le
enseñaría a Gracia.
Era un
sentimiento vago, pero aquella declaración le hizo sentirse mejor. A espaldas
se oyeron voces y risas, y al volverse rápidamente se enfrentó con Gracia que
llegaba acompañada de Clara Sopworth, Dorotea Sopworth y... ¡cielos! Claudio
Sopworth. Las muchachas iban del brazo y reían.
—Vaya, casi
no te conocemos —le gritó Gracia.
—Sí —repuso
Jaime, comprendiendo que debería haber encontrado una respuesta más airosa. No
puede darse la impresión de una personalidad dinámica utilizando un monosílabo.
Miró con odio intenso a Claudio Sopworth, que iba casi tan bien vestido como el
protagonista de una comedia musical. Jaime deseó apasionadamente que un perro
alocado al salir del agua, pusiera sus patas húmedas y sucias de arena, sobre
la blancura impecable de los pantalones de Claudio.
Jaime
llevaba unos de franela gris muy cómodos que habían visto tiempos mejores.
—¡Qué aire
más fresco! —dijo Clara aspirándolo con fuerza—. Esto reanima a cualquiera,
¿verdad? —y rió.
—Es ozono
—replicó Alicia Sopworth—. Es tan bueno como un reconstituyente, ¿sabes? —y se
echó a reír también.
Jaime
pensaba:
«Me
gustaría cascar sus estúpidas cabezas. ¿Por qué han de reír de todo? Ahora no
han dicho nada gracioso.»
El
impecable Claudio murmuró con aire lánguido:
—¿Tomamos
un baño o es demasiado pronto?
La idea del
baño fue aceptada con entusiasmo, y Jaime se avino a acompañarles; incluso
consiguió con cierta astucia hacer que Gracia se quedara algo rezagada.
—¡Escucha!
—se quejó—. Apenas te veo.
—Bueno, ahora
estamos juntos —dijo Gracia—, y puedes venir a comer con nosotros al hotel, es
decir, si...
Contempló
indecisa las piernas de Jaime.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Jaime con ferocidad—. ¿Es que acaso no voy lo bastante
elegante para ti...?
—Creo,
querido, que podías esmerarte un poco más —dijo Gracia—. Allí van todos tan
elegantes. ¡Fíjate en Claudio Sopworth!
—Ya me he
fijado —repuso Jaime con pesar—. Nunca vi a un hombre más estúpido que ése.
Gracia se
irguió.
—No hay
necesidad de criticar a mis amigos, Jaime, eso es de mala educación. Él viste
como cualquier otro caballero de los que hay en el hotel.
—¡Bah!
—replicó Jaime—. ¿Sabes lo que leí el otro día en los «Comentarios Sociales»?
¡Pues que el duque de... ahora no recuerdo, pero de todas formas era un duque,
era el hombre peor vestido de Inglaterra!
—Es posible
—convino Gracia—, pero, compréndelo, es un duque.
—¿Y qué?
—preguntó Jaime— ¿Por qué no puedo serlo yo algún día? Bueno, por lo menos, si
no llego a duque, puedo ser par.
Dando una
palmada sobre el librito amarillo que llevaba en el bolsillo, empezó a recitar
una larga lista de pares de la realeza que habían comenzado sus vidas más
oscuramente que Jaime Bond. Gracia limitóse a reír.
—¡No seas
iluso, Jaime! —le dijo—. ¡Imagínate, tú conde de Kimpton de Mar!
Él la miró
entre enojado y vencido. Desde luego el aire de Kimpton se le había subido a
Gracia a la cabeza.
La playa de
Kimpton es una cinta de arena, larga y recta. Un hilera de casetas de baño y
toldos se extiende a todo lo largo por espacio de un kilómetro y medio, y el
grupo de nuestros amigos se había detenido ante una serie de seis casetas,
todas con la inscripción: «Para los huéspedes del hotel Explanada».
—Hemos
llegado —dijo Gracia—, pero me temo que no puedas venir con nosotros, Jaime,
tendrás que ir a las casetas públicas. Ya nos encontraremos en el agua. ¡Hasta
la vista!
—¡Hasta
luego! —replicó Jaime dirigiéndose al lugar indicado.
Diez
casetas cochambrosas se alzaban mirando al mar, y ante ellas había un marinero
ya anciano con un rollo de papel azul en la mano. Aceptó la moneda que le daba
Jaime, le cortó un ticket, y tras darle una toalla señaló con su dedo pulgar
por encima del hombro.
—Espere
turno —le dijo con voz ronca.
Fue
entonces cuando Jaime se dio cuenta de que había competencia. Otras personas,
aparte de él, habían tenido la idea de meterse en el mar. No sólo estaban todas
las tiendas ocupadas, sino que había una multitud esperando ante cada una.
Jaime se acercó a la cola más reducida y esperó. La puerta de la caseta se
abrió dando paso a una joven muy bonita, vistiendo un breve traje de baño, que
apareció en escena poniéndose el gorro de baño con aire de quien tiene toda la
mañana por delante. Se dirigió hacia el borde mismo del mar y allí se sentó
sobre la arena con indolencia.
«Esto es
inútil», se dijo Jaime acercándose a otro grupo.
Después de
esperar cinco minutos, se oyeron señales de actividad en la segunda caseta.
Después de fuertes sacudidas, se abrió la puerta y salieron cuatro niños con
sus padres. Por ser la caseta tan pequeña daba le impresión de un truco de
magia. Al instante siguiente dos mujeres se abalanzaron a un tiempo para entrar
en ella.
—Perdón
—dijo la primera jadeando ligeramente.
—Perdón
—dijo la otra sin inmutarse.
—Debe usted
saber que yo llegué diez minutos antes que usted —dijo la primera rápidamente.
—Yo llevo
aquí más de un cuarto de hora, como puede decirle cualquiera —replicó la
segunda con aire desafiante.
—Vamos,
vamos —dijo el marinero
acercándose.
Las dos
mujeres le hablaron a un tiempo. Y cuando hubieron terminado, señaló con el
pulgar a la segunda diciéndole en tono breve:
—Le toca a
usted.
Y luego se
alejó sordo a toda protesta. A él no le importaba ni poco ni mucho quién fuese
la primera, pero su decisión era irrevocable, como dicen en los concursos de
los periódicos.
Jaime le
asió de un brazo, desesperado.
—¡Escuche!
¡Oiga!
—¿Qué hay,
mister?
—¿Cuánto
tiempo tardaré en conseguir una caseta?
El anciano
marinero lanzó una mirada indiferente a la multitud que aguardaba.
—Puede que
una hora, o tal vez hora y media, no puedo asegurarlo.
En aquel
momento, Jaime vio que Gracia y las hermanas Sopworth corrían por la playa en
dirección al mar.
—¡Maldición!
—dijo Jaime para sus adentros—. ¡Oh, maldición!
Y de nuevo
apremió al anciano marinero.
—¿No podría
encontrar una caseta en otro sitio? ¿Y esas que hay allí? Parecen todas vacías.
—Esas
casetas —replicó el viejo con dignidad—, son «Particulares».
Y dicho
esto siguió adelante. Con la sensación de haber sido víctima de un timo, Jaime
se alejó de las colas, y echó a andar salvajemente por la playa. ¡Era el colmo!
Aquello sí que era el colmo! Contempló con rabia las pulcras casetas ante las
que pasaba. En aquellos momentos, siendo un liberal independiente, se convirtió
en un rojo socialista. ¿Por qué los ricos tenían casetas y podían bañarse en
cualquier momento sin hacer cola?
«Este
sistema nuestro —pensó amargamente—, es totalmente equivocado.»
Desde el
agua llegaron hasta él los gritos alegres de los bañistas. ¡La voz de Gracia! Y
por encima de sus risas coquetas, el insustancial «ja, ja, ja» de Claudio
Sopworth.
—¡Maldita
sea! —exclamó Jaime apretando los dientes, cosa que antes no hubiera osado
nunca, y que sólo había leído en las novelas.
Se detuvo
bruscamente, y con resolución se volvió dando la espalda al mar. Y concentró su
mirada en «Nido de Águila», «Buena Vista»[1]
y «Mon desir» (Mi deseo). Era costumbre de los habitantes de Kimpton de Mar
bautizar sus casetas de baño con nombres como éstos. «Nido de Águila» le
pareció una tontería, «Buena Vista» estaba más allá de sus conocimientos
lingüísticos, pero sus nociones de francés le bastaron para comprender el
tercer nombre.
—Mon Desir
—murmuró Jaime—. Vaya si lo es.
Y en aquel
momento vio que aunque las puertas de las demás casetas estaban cerradas, la de
«Mi Deseo» estaba entreabierta. Jaime miró cautelosamente a uno y otro lado de
la playa, pero aquella parte de la playa estaba ocupada por familias numerosas,
y las madres hallábanse vigilando a su prole. Eran sólo las diez de la mañana,
demasiado pronto para que la aristocracia de Kimpton de Mar bajase a bañarse.
«Estarán en
sus camas comiendo codornices y champiñones, servidos en bandeja por criados de
peluca empolvada, ¡puah! Ninguno vendrá antes de las doce», pensó Jaime.
Volvió a
mirar hacia el mar, y como obligado «leit motiv», un grito de Gracia rasgó el
aire, seguido del «ja, ja, ja» de Claudio Sopworth.
«Lo haré»,
dijo entre dientes.
Y empujando
la puerta de Mon Desir se metió dentro. De momento se llevó un susto al
ver varias prendas de vestir colgadas en perchas, pero se tranquilizó
rápidamente. La caseta estaba dividida en dos, y en la parte de la derecha vio
un jersey femenino de color amarillo, con sombrero de paja y un par de
sandalias, y en la izquierda, colgados de una percha, unos pantalones de
franela gris, un pullover y un sombrero ancho proclamaban que los sexos
estaban separados. Jaime se apresuró a trasladarse a la parte dedicada a los
caballeros, y se desnudó a toda velocidad. Tres minutos después se hallaba en
el mar dándose importancia y exhibiendo su estilo de nadador... cabeza
sumergida, los brazos surcando el agua... con ritmo constante... como un
profesional.
—¡Oh, estás
ahí! —exclamó Gracia—. Tenía miedo que te pasaras la mañana allí con la gente
que hay esperando.
—¿Sí? —dijo
Jaime.
Pensó con
afecto en el librito amarillo. «El hombre fuerte en ciertas ocasiones ha de ser
discreto.» De momento su humor había vuelto a equilibrarse, y pudo decir a
Claudio Sopworth en tono agradable pero firme, al ver que estaba enseñando a
Gracia a nadar de espaldas:
—No, no
amigo, no es así. Yo la enseñaré.
Y era tal
la seguridad de su tono, que Claudio se apartó vencido. Lo malo fue que su
triunfo duró poco. La temperatura de las aguas inglesas no permite a los
bañistas permanecer en ellas durante mucho tiempo. Gracia y las hermanas
Sopworth tenían ya los labios morados y les castañeteaban los dientes. Echaron
a correr por la playa y Jaime emprendió solitario el camino de regreso hacia Mon
Desir. Mientras se frotaba vigorosamente con la toalla, y deslizaba la
camisa por encima de su cabeza, sintióse satisfecho de sí mismo. Al fin había
sabido desplegar una dinámica personalidad.
Y entonces
se quedó rígido de terror. Fuera se oían voces de muchachas... voces totalmente
distintas a las de Gracia y sus amigas. Un momento después comprendió la
verdad, los propietarios de Mon Desir empezaban a llegar. Es posible que
si Jaime hubiera estado completamente vestido hubiera aguardado los
acontecimientos con dignidad, y hubiese intentado explicarse, pero como actuó
presa de pánico se abalanzó sobre la puerta y echó el pestillo con desesperación.
Las ventanas de la caseta estaban veladas por unas cortinas verdes, y así no
pudieron verle los que luchaban por abrir desde fuera deseosos de entrar a
vestirse.
—Está
cerrada —dijo una voz femenina—. Creí que Pug había dicho que estaba abierta.
—No, fue
Woggle quien lo dijo.
—Woggle es
el colmo —dijo la muchacha—. Qué tonto es, ahora tendremos que volver a buscar
la llave.
Jaime oyó
sus pasos que se alejaban, y exhaló un profundo suspiro, mientras se ponía las
otras prendas a toda prisa. Dos minutos después paseaba con aire indiferente
por la playa corno si jamás hubiera roto un plato. Gracia y los hermanos
Sopworth se reunieron con él un cuarto de hora más tarde, y pasaron el resto de
la mañana tirándose piedrecitas, escribiendo en la arena, y bromeando
alegremente. Al fin Claudio miró su reloj.
—Es hora de
comer —comentó—. Será mejor que regresemos.
—Tengo un
hambre terrible —dijo Alicia Sopworth.
Todos las
demás dijeron que también sentían mucho apetito.
—¿Vienes,
Jaime? —preguntó Gracia.
Sin duda
Jaime estaba aquel día muy susceptible, puesto que creyó ver ofensa en sus
palabras.
—No, si mis
ropas no son lo bastante buenas para ti —dijo con amargura—. Como eres tan
exigente, tal vez será mejor que no vaya.
Dijo esto
para que Gracia se disculpara, pero el aire del mar no les sentaba bien y ella
se limitó a decir:
—De
acuerdo. Haz lo que quieras, entonces te veré esta tarde.
Jaime se
quedó confundido.
—¡Vaya!
—dijo mirando al grupo que se alejaba—. Vaya, sí que...
Y echó a
andar hacia la ciudad. Kimpton de Mar tiene dos cafeterías, y en las dos hace
calor, hay mucha gente y gran alboroto. Volvió a ocurrir lo mismo que en las
casetas. Jaime tuvo que aguardar turno... bueno y algo más, puesto que cuando
quedó un sitio libre se lo quitó una matrona poco escrupulosa que acababa de
llegar. Al fin pudo sentarse en una mesita. Junto a su oído izquierdo tres
muchachas mal vestidas destrozaban un fragmento de ópera italiana. Por fortuna,
Jaime no era aficionado a la música, y se dispuso a estudiar la lista de platos
con las manos hundidas en los bolsillos, mientras pensaba:
—Pida lo
que pida, seguro que «se ha terminado». Así soy yo de desgraciado.
Revolviendo
en las profundidades de su bolsillo, su mano derecha tropezó con un objeto
desconocido... Parecía un guijarro... un guijarro grande y redondo.
«Para qué
diablos habré metido una piedra en mi bolsillo?», pensó.
Sus dedos
se cerraron sobre ella mientras se le acercaba una camarera.
—Un filete
con patatas fritas, por favor —ordenó Jaime.
—El filete
se ha terminado —murmuró la camarera con los ojos fijos en el techo.
—Entonces
tráigame ternera con salsa curry —dijo Jaime.
—La ternera
se «ha terminado».
—¿Hay algo
en este estúpido menú que no se «haya terminado»? —preguntó Jaime.
La camarera
pareció dolida, y puso un dedo pálido sobre el «cordero guisado». Jaime se
resignó a lo inevitable y se avino a que le sirvieran cordero guisado, y
mientras su cerebro no cesaba de maldecir el sistema de las cafeterías, sacó
del bolsillo la mano en la que todavía aprisionaba la piedra. Abriendo los
dedos contempló distraído el objeto que había en su palma, y entonces con
sobresalto olvidó todas sus preocupaciones. Aquello no era un guijarro, sino...
una esmeralda, apenas cabía duda posible... una esmeralda verde, enorme. Jaime
la miraba horrorizado. No, era imposible que fuese una esmeralda, debía ser un
vidrio de color. No existían esmeraldas de ese tamaño... a menos... ante los
ojos de Jaime bailaron unas letras impresas. «El rajá de Maraputna... famosa
esmeralda del tamaño de un huevo de paloma.» ¿Sería posible... que fuese
aquella esmeralda la que estaba contemplando ahora? La camarera regresó con el
cordero guisado, y Jaime cerró los dedos con gesto espasmódico mientras varios
escalofríos recorrían su espina dorsal. Tenía la sensación de verse metido en
un terrible dilema. Si ésta era la esmeralda... ¿pero lo sería? Abrió la mano
observándola con recelo. Jaime no era ningún experto en piedras preciosas, pero
la viveza del color y el brillo de la joya le convencieron de que se trataba de
la auténtica. Apoyó ambos codos en la mesa e inclinóse hacia delante sin ver el
plato de cordero guisado que se iba congelando lentamente. Tenía que descifrar
aquello. Si era la esmeralda del rajá la que tenía en la mano, ¿qué hacer? La
palabra «policía» acudió a su mente. Si uno encuentra algo de valor debe
entregarlo en la comisaría. Jaime había sido educado bajo este axioma.
Sí, pero...
¿cómo diantre había ido a parar al bolsillo de su pantalón? Ésa era la pregunta
que le haría la policía. Una pregunta desconcertante, y que por el momento no
podía contestar. Miró sus pantalones, y al contemplarlos le invadió una duda.
Los examinó más de cerca. Un par de pantalones de franela gris, se parece
muchísimo a otro par de pantalones de franela gris, pero después de todo, Jaime
tuvo la sensación instintiva de que aquéllos no eran sus pantalones. Se recostó
contra el respaldo de la silla abrumado por su descubrimiento. Ahora comprendía
lo ocurrido... con la prisa por salir de la caseta de baño, se había equivocado
de pantalones. Recordaba haber colgado los suyos de una percha cercana a la que
tenía el otro par. Sí, aquello explicaba su confusión. Pero de todas formas,
¿qué hacía allí una esmeralda valorada en cientos de miles de libras? Cuanto
más lo pensaba, menos lo entendía y en cuanto a explicar a la policía...
Era
violento... decididamente violento, no cabe duda. Tendría que confesar el haber
entrado deliberadamente en la caseta de otro. Claro que no era una ofensa
grave, pero le dejaba en mal lugar..
—¿Desea que
le sirva algo más, señor?
Era otra
vez la camarera, que miraba con extrañeza el plato de cordero sin empezar.
Jaime se apresuró a comer parte del mismo, y luego pidió la cuenta, pagó y se
fue. Una vez en la calle se detuvo indeciso, hasta que un cartelón de anuncios
atrajo su atención. La ciudad de Harchester, la más cercana a Kimpton de Mar,
tenía un periódico que se publicaba por la tarde, y era su contenido lo que
Jaime estaba contemplando. Anunciaba un hecho simple y sensacional. «Robo de la
esmeralda del rajá.»
—Dios mío
—dijo Jaime con desmayo, apoyándose contra la pared.
Sacando una
pequeña moneda de su bolsillo compró un ejemplar del periódico, y no tardó en
hallar lo que buscaba. Las noticias sensacionales de la localidad eran escasas
y poco frecuentes. Grandes titulares adornaban la primera página. «Robo
sensacional en la casa de lord Eduardo Champion. Robo de una famosa esmeralda
histórica. Terrible pérdida para el rajá de Maraputna.» Los hechos eran pocos y
sencillos. Lord Eduardo Champion había reunido en su casa la noche anterior a
varios amigos, y el rajá había ido en busca de la esmeralda para mostrársela a
una de las damas presentes, descubriendo su desaparición. Avisaron a la
policía, y hasta el momento no se tenía ninguna pista. Jaime dejó que el
periódico cayera al suelo. Todavía no era capaz de comprender cómo había ido a
parar aquella esmeralda al fondo del bolsillo de unos pantalones viejos de
franela que estaban en una caseta de baño, pero sí fue aumentando su
convencimiento de que la policía consideraría su historia como sospechosa. ¿Qué
podía hacer? Allí estaba de pie en una de las calles principales de Kimpton de
Mar, con un botín que valía el rescate de un rey reposando en su bolsillo, mientras
toda la policía del distrito lo buscaba afanosamente. Ante él se abrían dos
caminos. Camino número uno, ir directamente a la comisaría y contar lo
ocurrido... pero hay que admitir que a Jaime le daba miedo esta solución.
Camino número dos, deshacerse de la esmeralda como fuera. Se le ocurrió
envolverla y enviársela al rajá. Pero luego rechazó la idea. Había leído
demasiadas novelas policíacas para hacer semejante cosa, y además sabiendo lo
que podían conseguir los sabuesos con la lupa y otros instrumentos. Cualquier
detective que conociera su oficio y examinara el paquete de Jaime, sabría en
menos de media hora la profesión del remitente, su edad, costumbres y aspecto
personal. Y después sería tan sólo cuestión de unas horas el encontrarle.
Fue
entonces cuando se le ocurrió un plan de extraordinaria sencillez. Era la hora
de comer, la playa estaría desierta, podría volver a Mon Desir, colgar
los pantalones donde los había encontrado, y recuperar los suyos. Con este
pensamiento emprendió el camino de la playa.
Sin
embargo, su conciencia le remordía ligeramente. La esmeralda debía ser devuelta
al rajá, y concibió la idea de realizar algunas pesquisas por su cuenta... es
decir, una vez hubiera recuperado sus propios pantalones y devuelto los otros.
Para ponerla en práctica se dirigió al anciano marinero, a quien consideró una
buena fuente de información de la vida de Kimpton de mar.
—Perdóneme
—le dijo Jaime en tono cortés—; pero creo que un amigo mío tiene una caseta en
esta playa, El señor Carlos Lapton. Tengo entendido que se llama Mon
Desir...
El viejo
marinero estaba sentado con la pipa en la boca y mirando al mar. Ladeó un poco
su pipa y repuso sin apartar la vista del horizonte:
—Mon
Desir pertenece a su señoría, lord Eduardo Champion, eso lo sabe todo el
mundo. Nunca oí hablar de mister Carlos Lapton; debe ser un veraneante muy
reciente.
—Gracias
—le dijo Jaime antes de alejarse.
La
información le había dejado desconcertado. No era posible que el propio rajá
hubiera metido la piedra en el bolsillo de sus pantalones olvidándola luego.
Jaime meneó la cabeza. Su teoría no le satisfizo; pero entonces algún invitado
a la reunión debía haberla robado. Aquel problema le recordó una de sus novelas
policíacas preferidas.
No
obstante, su propósito permaneció inalterable y lo puso en práctica con
bastante facilidad. La playa estaba prácticamente desierta, como había
esperado, y por suerte la puerta de Mon Desir continuaba abierta. Entrar
en su interior fue cuestión de un momento, y Jaime estaba descolgando sus
pantalones de la percha, cuando una voz a sus espaldas le hizo volverse en
redondo.
—¡Ya le he
pescado! —dijo la voz.
Jaime se
quedó boquiabierto. En la puerta de Mon Desir había un extraño; un
hombre bien vestido de unos cuarenta años, elevada estatura, de rostro astuto y
mirada de águila.
—¡Ya le he
pescado! —repitió el desconocido.
—¿Quién...
quién es usted? —preguntó tartamudeando Jaime.
—El
detective inspector Merrilees, del Yard —replicó el otro—. Y le ruego que me
entregue esa esmeralda.
—¿La...
esmeralda?
Jaime
luchaba por ganar tiempo.
—Eso es lo
que he dicho, ¿no? —dijo el inspector Merrilees.
Tenía una
pronunciación seca y comercial. Jaime trató de recobrar su compostura.
—No sé de
qué me está usted hablando —dijo con fingida dignidad.
—Oh, sí,
muchacho, yo creo que sí lo sabe.
—Eso es un
error —dijo Jaime—. Puedo explicarlo fácilmente... —hizo una pausa.
Una
expresión de cansancio apareció en el rostro del otro.
—Siempre
dicen eso —murmuró el hombre de Scotland Yard—. Supongo que debió encontrársela
mientras paseaba por la playa, ¿verdad? Ésa puede ser una explicación.
Desde luego
tenía cierta semejanza. Jaime tuvo que reconocerlo, pero aún quiso ganar
tiempo.
—¿Cómo sé
yo que es usted quién dice? —le preguntó con voz débil.
Merrilees
levantó la solapa mostrándole una insignia, que Jaime contempló fijamente con
ojos desorbitados.
—Y ahora
—le dijo el otro casi alegremente—, ya sabe a qué atenerse. Es usted un
novato... estoy seguro. Es su primer robo, ¿verdad?
Jaime
asintió.
—Lo
suponía. Ahora, muchacho, ¿va a entregarme la esmeralda, o tendré que
registrarle? Jaime recuperó el habla.
—No... no
la llevo encima —declaró, mientras pensaba desesperadamente.
—¿La dejó
con sus cosas? —preguntó Merrilees.
Jaime
asintió.
—Muy bien
—dijo el detective—, entonces iremos juntos a buscarla.
Y cogió del
brazo a Jaime.
—No voy a
correr el riesgo de que se escape —le dijo en tono amable—. Iremos adonde se
hospedaba y entonces me entregará la piedra.
Jaime habló
con voz insegura.
—¿Y si lo
hago, me dejará marchar? —preguntó con voz trémula.
—Sabemos
cómo fue robada la piedra —explicó—, también quién es la dama que está
complicada, y naturalmente, el rajá quiere que la cosa no trascienda en lo que
sea posible. Ya sabe cómo son los gobernantes nativos, ¿verdad?
Jaime, que
no sabía nada de los gobernantes nativos, asintió simulando comprender.
—Claro que
será algo muy irregular —dijo el detective—, pero tal vez lo dejemos marchar.
Jaime
volvió a asentir. Habían recorrido ya toda la explanada y estaban entrando en
el pueblo. Jaime indicaba el camino a seguir, pero el otro no soltó ni por un
momento su brazo.
De pronto
Jaime vaciló como si fuese a hablar, y Merrilees alzó la cabeza extrañado, y
luego se echó a reír. En aquel momento pasaban por delante de la comisaría, y
había observado las miradas de angustia que Jaime le dirigía.
—Primero
voy a darle una oportunidad —le dijo de buen talante.
Fue
entonces cuando empezaron a ocurrir cosas. Jaime lanzando un fuerte grito cogió
al otro por el brazo, exclamando con toda la fuerza de sus pulmones y a grandes
gritos:
—¡Socorro!
¡Ladrón! ¡Socorro! ¡Ladrón!
Empezó a
reunirse un corro.
—Ha querido
robarme —gritaba Jaime—. Este hombre me ha metido la mano en el bolsillo.
—¿De qué
está usted hablando? —gritó el otro.
Un agente
acudió a hacerse cargo del asunto, y Merrilees y Jaime fueron escoltados hasta
la comisaría, mientras Jaime repetía sus protestas.
—Este
hombre me ha metido la mano en el bolsillo —declaró excitado—. Tiene mi cartera
en su bolsillo derecho. Miren.
—Este
hombre está loco —gruñó el otro—. Puede mirar usted mismo inspector, y ver si
dice la verdad.
A una señal
del inspector, el agente introdujo su mano en el bolsillo de Merrilees, sacando
algo que le hizo lanzar una exclamación de asombro.
—¡Dios mío!
—dijo el inspector olvidando su impasibilidad profesional—. Debe ser la
esmeralda del rajá.
Merrilees
parecía más sorprendido que ninguno.
—Esto es
monstruoso —explotó—, monstruoso. Este hombre debió ponerla en mi bolsillo
mientras andábamos juntos. Es un abuso.
La poderosa
personalidad de Merrilees hizo vacilar al inspector, quien sospechó de Jaime.
Susurró unas palabras al oído del agente, y este último se marchó.
—Vamos
caballeros —dijo el inspector—, oigamos sus declaraciones, una por una.
—Muy bien
—dijo Jaime—. Yo iba paseando por la playa, cuando me encontré a este
caballero, que fingió conocerme. Yo no recordaba haberle visto en la vida pero
no quise parecerle mal educado. Paseamos juntos. Yo ya tenía mis sospechas, y
cuando pasábamos por delante de la comisaría, sentía que me metía la mano en el
bolsillo, y le sujeté pidiendo auxilio.
El
inspector dirigió una mirada hacia Merrilees.
—Ahora
usted, señor.
Merrilees
pareció algo violento.
—La
historia es casi exacta —dijo despacio—, pero no del todo. No fui yo quien
fingió conocerle a él, sino él a mí. Sin duda intentaba deshacerse de la
esmeralda, y la introdujo en mi bolsillo, con dicho fin, mientras hablábamos.
El
inspector dejó de escribir.
—¡Ah! —dijo
en tono imparcial—. Bueno, dentro de un minuto llegará un caballero, que nos
ayudará a llegar al fondo de la cuestión.
Merrilees
frunció el ceño.
—Me es
completamente imposible esperar —murmuró consultando su reloj—. Tengo una cita,
inspector, no irá usted a suponer que yo robara la esmeralda y la llevara en el
bolsillo.
—No es muy
probable, señor, estoy de acuerdo —replicó el inspector—. Pero tendrá que
esperar sólo unos cinco o diez minutos hasta que esto quede aclarado. ¡Ah, aquí
está su señoría!
Un hombre
alto, de unos cuarenta años, había entrado en la habitación. Vestía unos
pantalones muy viejos y un sweater descolorido.
—Bueno,
inspector, ¿qué es esto? —dijo—. ¿Dice que han recuperado la esmeralda? Esto es
espléndido, buen trabajo. ¿Quiénes son estos caballeros?
Sus ojos se
posaron primero en Jaime y luego en Merrilees, y la poderosa personalidad de
este último pareció desmoronarse.
—¡Vaya...
Jones! —exclamó lord Eduardo Champion.
—¿Conoce
usted a este hombre, lord Champion? —le preguntó el inspector.
—Desde
luego —repuso lord Champion en tono seco—. Es mi ayuda de cámara, que entró a
mi servicio hará cosa de un mes. El detective que enviaron desde Londres
sospechó de él en seguida, pero entre sus cosas no se encontró ni rastro de la
esmeralda.
—La llevaba
en el bolsillo de su americana —declaró el inspector—. Este caballero hizo que
le detuviéramos. —Y señaló a Jaime.
Al minuto
siguiente Jaime era felicitado mientras le estrechaban calurosamente la mano.
—Mi querido
amigo —le dijo lord Eduardo Champion—. ¿Y dice usted que sospechó de él todo el
tiempo?
—Sí
—replicó Jaime—. Tuve que inventar esa historia de que me había metido la mano
en el bolsillo para traerle a la comisaría.
—Vaya, es
magnífico —dijo lord Champion—, magnífico. Tiene que venir a comer con
nosotros, es decir, si todavía no lo ha hecho... Ya va siendo tarde... son
cerca de las dos.
—No —dijo
Jaime—. No he comido... pero...
—Ni una
palabra, nada, nada —insinuó lord Champion—. Comprenda, el rajá querrá darle
las gracias por haberle devuelto la esmeralda. Y además yo no sé todavía la
historia completa.
Ahora
habían salido ya de la comisaría y se detuvieron ante los escalones.
—A decir
verdad —dijo Jaime—. Creo que preferiría contarle toda la historia.
Y así lo
hizo ante el regocijo de Su Señoría.
—Es lo
mejor que he oído en mi vida —declaró—. Ahora lo comprendo todo. Jones debió
correr a la caseta de baño, en cuanto robó la esmeralda, sabiendo que la
policía iba a registrar la casa. No era probable que nadie tocase ese par de
pantalones viejos que me pongo para pescar, y así podía recuperar la joya
cuando quisiera. Debió sufrir un fuerte sobresalto al ver que había
desaparecido. Al verle a usted comprendió que era quien se había llevado la
piedra. ¡Todavía no sé cómo pudo adivinar que no era un verdadero detective!
«Un hombre
fuerte —pensó Jaime para si— sabe cuándo ha de ser franco y cuándo discreto.»
Sonrió con
aire de superioridad mientras sus dedos acariciaban bajo la solapa de su
americana una pequeña insignia de plata perteneciente a un club poco conocido,
el Club Superciclista de Merton Park. ¡Qué asombrosa coincidencia que aquel
hombre, Jones, fuese también socio de aquel club!
—¡Hola,
Jaime!
Se volvió.
Gracia y las hermanas Sopworth le llamaban desde el otro lado de la calle.
—¿Me perdona
un momento? —dijo a lord Champion.
Se dirigió
hacia ellas.
—Nos vamos
al cine —dijo Gracia—. Y pensamos que tal vez te gustase venir con nosotros.
—Lo siento
—repuso Jaime—. Ahora tengo que ir a comer con lord Eduardo Champion. Sí, es
ese caballero que viste esa ropa vieja tan cómoda. Quiere presentarme al rajá
de Maraputna.
Y
quitándose el sombrero para saludarlas cortésmente, volvió a reunirse con lord
Champion.
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