En muchos documentos figuraban con el
nombre Delle Catene, pero en otros como los señores Von Ketten. Procedentes del
norte, se habían detenido en el umbral del Mediodía. Según sus conveniencias
hacían valer la filiación alemana o la latina, pero la verdad era que sólo se
sentían ligados a sí mismos.
Un poco al margen de la carretera que
conduce a Italia a través del Brennero, entre Brixen y Trento, su castillo se
erguía, señero, al borde de un barranco. Quinientos pies más abajo el agua de
un torrente hacía tal estruendo que si alguien hubiera asomado su cabeza por la
ventana no habría podido oír la campana de una iglesia que sonara en el mismo
recinto. Frenado por esa impenetrable cortina de ruido, todo eso del mundo
permanecía ajeno al castillo de los Catene, pero la mirada, indiferente al
estrépito, atravesaba sin problema ese obstáculo y vacilaba, llena de asombro,
frente a la cóncava profundidad de esa perspectiva.
Todos los Ketten eran conocidos por su
vista penetrante y alerta. Jamás se les escapaba algo que, en varias leguas a
la redonda, les pudiese reportar algún provecho. Eran malvados como cuchillos
que cortan rápida y profundamente. Ni la cólera los enrojecía, ni la alegría
los sonrojaba; por el contrario, la ira los volvía sombríos, y en la
satisfacción resplandecían al igual que el oro, como él, extraños y hermosos. Y
todos ellos, cualquiera que fuese el año o el siglo en que vivieran, tenían
como rasgos comunes las tempranas canas que aparecían en su barba y en sus
cabellos oscuros, y algo más: morían antes de los sesenta. También se
asemejaban en que la tremenda fuerza que desplegaban en ciertas ocasiones
parecía no tener cabida ni origen en sus cuerpos delgados y no demasiado
fornidos, sino nacer de sus ojos y su frente; éste al menos era el comentario
de los amedrentados sirvientes y vecinos. Echaban mano a lo que podían, y,
según les conviniese, procedían con rectitud, con violencia o con astucia, pero
siempre tranquilos e implacables; sus breves vidas se desarrollaban sin prisa y
acababan pronto, sin conocer la decadencia, una vez que habían cumplido su
papel.
En el clan de los Ketten existía la
costumbre de no emparentarse con los nobles del contorno. Iban a buscar muy
lejos a sus mujeres y procuraban que fuesen ricas, a fin de estar ellos en
mejores condiciones para la libre elección de sus aliados y de sus enemigos. El
señor Von Ketten, que doce años atrás había desposado a una hermosa portuguesa,
tenía ahora treinta años. La boda se había celebrado en el extranjero, y la
joven esposa estaba a punto de alumbrar cuando el cortejo penetró en las
tierras de los Catene con todos sus criados, caballos, sirvientes, perros y
bestias de carga. El viaje de bodas había durado un año. En verdad, todos los
Ketten eran resplandecientes caballeros, pero sólo lo demostraban en el año en
que salían en busca de novia. Sus mujeres eran hermosas, porque ellos querían
que sus hijos fueran hermosos, y en el extranjero, donde no eran tan apreciados
como en su país, no hubieran podido, de otro modo, conquistar a semejantes
mujeres. Pero ellos mismos no habrían podido decir si era en ese año, o en el
resto de su vida, cuando aparecían como realmente eran. Un mensajero, portador
de importante noticia, vino al encuentro del cortejo. Los trajes y banderas
multicolores de la comitiva parecían aún una enorme mariposa, pero en Ketten se
había operado un cambio. Siguió cabalgando junto a su mujer como si se hubiera
recuperado o como si quisiera demostrar que estaba más allá de toda urgencia, pero
su expresión se había vuelto impenetrable como un banco de niebla. Un cuarto de
hora más tarde, cuando el castillo surgió de pronto frente a ellos tras una
curva del camino, Ketten rompió, no sin esfuerzo, aquel silencio.
Quería que su mujer regresara. El
cortejo se detuvo. Pero la portuguesa prefería continuar. Suplicó y tuvo éxito;
ya habría tiempo para regresar después de haber escuchado las razones.
Los obispos de Trento eran poderosos
señores y su palabra era ley. Desde los tiempos de su bisabuelo, los Ketten
mantenían con ellos un litigio a causa de una parcela de tierra. Ya fuera en
ocasión de pleitos, ya en sangrientos encuentros originados por la provocación
o la resistencia, los Ketten habían tenido que ceder frente a la superioridad
del adversario. Su mirada, a la que por lo común nada escapaba, aquí sólo
servía para vigilar en vano; no obstante, la tarea era transmitida de padres a
hijos y, a través de las generaciones, su indeclinable orgullo seguía
aguardando.
A este señor de Ketten se le ofreció la
ocasión. Por un instante tuvo miedo de haberla desperdiciado. Un poderoso
partido, surgido entre los nobles, se enfrentó al obispo y tomó la decisión de
atacarlo por sorpresa y hacerlo prisionero. Desde que se supo que Ketten
regresaba a su tierra, se le consideró como una carta de triunfo. Al cabo de
una larga ausencia, Ketten no tenía noción de cuál era exactamente el poder
episcopal, pero sí sabía que iba a ser una terrible prueba, de larga duración e
incierto desenlace, y que si no lograba sorprender a Trento desde el comienzo
no era previsible que todos llegaran al amargo final. Sentía rencor hacia su
linda mujer, sencillamente porque ésta había estado a punto de hacerle perder
la oportunidad; sin embargo, ella le gustaba tanto que él, inclinado sobre el
caballo, se le acercó como siempre y su mujer le pareció tan misteriosa como
las perlas de su collar. Cabalgando a su lado, pensó que esas perlas, si se las
sostenía en el hueco de una mano crispada, podían ser estrujadas como
guisantes; sin embargo, parecían extrañamente confiadas. La nueva noticia había
disipado el hechizo, tal como se esfuman las fantasmagorías del invierno,
cuando los soleados días estivales irrumpen como niños desnudos. En el futuro
le aguardaban años de mucho cabalgar, durante los cuales mujer y criatura se
desvanecerían como desconocidos.
Entretanto los caballos habían llegado
al muro del castillo, y la portuguesa, ya enterada de todo, insistió en que
quería quedarse. El castillo tenía una agreste apariencia. Aquí y allá, en la
pared rocosa, raquíticos arbustos daban la impresión de raleada pelambre. Las
montañas, cubiertas de bosques, creaban tal desorden en el paisaje que, para
quien sólo conocía las olas del mar, esa confusión resultaba indescriptible. El
aire tenía un aroma que se había vuelto frío, y parecía como si los caballos
hubieran penetrado en una enorme y resquebrajada marmita de un extraño color
verde. Pero en los bosques habitaban el ciervo, el oso, el jabalí, el lobo y
tal vez el unicornio; más allá, las cabras del monte y las águilas. Insondables
abismos ofrecían guarida a los dragones. Sólo atravesado por las sendas que
abrían las alimañas, el bosque tenía semanas de ancho y semanas de profundidad;
y allá arriba, donde ese bosque era coronado por la montaña, comenzaba el reino
de los espíritus. Allí, con los vientos y las nubes, moraban los demonios; no
había un solo camino que fuese transitable por un cristiano, y si a veces
alguien excesivamente curioso se extraviaba, ello le acarreaba consecuencias que
en las veladas de invierno las criadas sólo se atrevían a mencionar en un
susurro, en tanto que los sirvientes guardaban silencio y se encogían de
hombros, ya que, después de todo, la vida de los hombres es peligrosa y tales
aventuras pueden ocurrirle a cualquiera. Pero de todo lo que la portuguesa
había escuchado, había algo que le resultaba particularmente extraño: se decía
que, así como nadie había podido alcanzar los extremos del arco iris, tampoco
nadie había podido tener una imagen completa del paisaje que estaba detrás de
los muros de piedra, ya que más allá había siempre nuevos muros y, entre uno y
otro, nuevos valles que eran como lonas llenas de piedras, grandes como casas.
Aun la más fina gravilla que uno pisaba, incluía piedras del tamaño de una cabeza.
O sea un mundo que no era tal. A menudo ella se había representado en sueños
esta tierra, de la que provenía el hombre que ella amaba, a imagen de éste, y
se había representado la imagen del hombre de acuerdo con lo que él narraba de
su tierra. Cansada del paisaje marítimo y su azul de pavo real, ella había
esperado encontrar un país tan colmado de imprevistos como la tensa cuerda de
un arco. No obstante, cuando se halló frente al misterio y lo encontró más feo
de lo que había esperado, hubiera preferido huir. Con su encantamiento de
piedras y rocas, con sus vertiginosas paredes llenas de moho, con sus maderas
podridas y sus troncos rugosos y húmedos; con sus trastos de guerra y de
labranza, con sus cadenas de establo y sus varas de carro, el conjunto del
castillo tenía el aspecto de un gallinero. Pero ahora que estaba aquí, aquí
pertenecía, y llegaba a creer que aquello que veía no era en realidad feo, sino
de una belleza semejante a las costumbres de estas gentes, a las que había
comenzado a habituarse.
Cuando Ketten vio a su mujer cabalgando
hacia la montaña, no quiso retenerla. Él no se lo agradeció, pero algo había en
ella que, sin dominar su voluntad ni ceder a la misma, al eludirlo de algún
modo lo atraía y a la vez lo obligaba a ir tras ella, sumido en un torpe
silencio, como una pobre alma perdida.
Dos días después, Ketten montaba
nuevamente.
Once años más tarde, seguía montando.
El golpe contra Trento, preparado a la ligera, había fracasado. Desde el
comienzo, había costado a los nobles más de un tercio de sus fuerzas y más de
la mitad de su osadía. Ketten, herido durante la retirada, no regresó
inmediatamente a sus dominios; estuvo dos días escondido en la cabaña de unos
campesinos y luego volvió a recorrer los castillos para reencender la llama de
la resistencia. Llegado demasiado tarde para los preparativos y la organización
de la empresa, después del fracaso se aferró a aquella idea, tal como un perro
se prende de la oreja de un toro. Advirtió a los nobles lo que les aguardaba si
el poderío episcopal contraatacaba antes de que ellos se reagruparan; a los
indolentes y a los avaros los presionó hasta arrancarles dinero; consiguió
refuerzos, movilizó a la gente y fue elegido como jefe de la nobleza. Al
comienzo, las heridas le sangraban tanto que se veía obligado a cambiar los
vendajes dos veces al día. Ahora, mientras cabalgaba y trataba de persuadir a
la gente, y se ausentaba un día del castillo por cada semana que había faltado
a su puesto de lucha, no sabía verdaderamente si lo hacía pensando en la
hechizante portuguesa, que mientras tanto se angustiaba.
Cuando fue a verla, sólo habían
transcurrido cinco días desde que cayera herido; pero apenas se quedó un día.
Ella lo miró sin hacerle preguntas, tal como se sigue la trayectoria de una flecha
para ver si acierta en el blanco.
Ketten reclutó a su gente, incluido el
último muchacho disponible. Preparó el castillo para la defensa, organizó,
ordenó. Fue una jornada con bullicio de la servidumbre, caballos que
relinchaban, traslado de vigas, ruido de hierros y de piedras. Durante la
noche, volvió a partir. Fue tan amable y tan tierno como se debe ser con una
criatura noble y admirada, pero sus ojos estaban fijos, exactamente como si la
mirada saliera de un yelmo, y eso era así aun en los momentos en que no lo
llevaba puesto. Cuando llegó el momento de la despedida, la portuguesa, en un
repentino impulso de feminidad, quiso lavarle las heridas y cambiarle el
vendaje, pero él no lo permitió; con más urgencia de la necesaria se despidió
riendo, y ella también rió.
La táctica del enemigo era violenta,
como correspondía al hombre noble y rudo que vestía los hábitos de obispo, pero
también como si esa vestidura de corte femenino le hubiera enseñado a ser
condescendiente, disimulado y tenaz. Su riqueza y sus extensas posesiones
desplegaban gradualmente su influencia, permitiendo así que los sacrificios se
demoraran hasta el último instante, cuando ni la posición ni el ascendiente
alcanzaban para conseguir aliados. Esa técnica de combate evitaba las decisiones.
Cuando la resistencia se agudizaba, prefería replegarse, pero apenas advertía
que esa misma resistencia aflojaba, entonces arremetía. De ese modo podía
acontecer que un castillo fuese asaltado y cayese, si el sitio no era antes
levantado, después de sangrientas matanzas, y también, en otras ocasiones, que
las tropas ocupasen aldeas durante semanas, en las que nada acontecía, salvo el
robo de alguna vaca a los campesinos o el sacrificio de dos o tres pollos. Las
semanas formaban veranos e inviernos, y las estaciones formaban años. Dos
fuerzas luchaban entre sí, una desenfrenada y agresiva, pero demasiado débil;
la otra, semejante a un cuerpo inerte y blando, aunque cruel y pesado, y a
quien hasta el tiempo prestaba su fuerza.
Ketten sabía todo esto. Le costaba sus
buenas fatigas retener a los malhumorados y debilitados nobles y conseguir que
gastaran sus últimas fuerzas en un ataque por sorpresa. Él acechaba el punto
débil, el cambio, lo improbable, eso que sólo el azar podía brindar. Su padre y
su abuelo habían esperado, y cuando se espera durante mucho tiempo, aun lo
increíble puede suceder. Esperó once años. Durante once años cabalgó sin cesar
entre castillos y campamentos, a fin de mantener viva la resistencia, renovando
siempre, mediante cien pequeñas escaramuzas, tal reputación de audacia y de
valor que nadie podía atribuirle timidez en la dirección de la guerra, llegando
de vez en cuando a provocar grandes y sangrientos choques, a fin de mantener
despierta la cólera de sus aliados. Sin embargo, al igual que el obispo, eludía
una acción decisiva. En varias ocasiones fue levemente herido, pero jamás
permaneció en su casa más de dos veces durante doce horas. Los rasguños y la
vida nómada lo iban cubriendo con sus costras. Probablemente temía quedarse por
más tiempo en el hogar, tal como un hombre cansado evita sentarse. Los caballos
nerviosos bajo las riendas, las risas de los hombres, el fulgor de las
antorchas, la serie de fogatas del campamento semejante a un tronco de oro en
polvo en medio del brillo verde de los árboles del bosque, la fragancia de la
lluvia, las maldiciones, los jinetes fanfarrones, los perros que olfatean a los
heridos, las faldas recogidas, los campesinos aterrorizados, tales fueron sus
diversiones en esos años. En medio de todo eso, se conservó esbelto y
distinguido. Aunque en su pelo castaño empezaban a aparecer algunas canas, su
rostro se mantenía sin edad. Cuando debía replicar a bromas groseras, lo hacía
como un hombre, pero sus ojos permanecían inmóviles. Cuando la disciplina
aflojaba, era capaz de arremeter como un vaquero, pero nunca gritaba; sus
palabras eran breves y suaves, los soldados le temían, la cólera jamás lo
dominaba.
Su aspecto era radiante, pero su rostro
permanecía sombrío. En el combate se olvidaba de sí mismo. Sólo se expresaba a
través de la violencia, abundante en heridas y gestos contundentes. Se
embriagaba de baile y de sangre. No sabía lo que hacía, y sin embargo siempre
hacía lo que estaba bien. De ahí que los soldados lo idolatraran. Corría la voz
de que, por odio hacia el obispo, se había vendido al diablo y lo visitaba en
secreto, ya que el diablo permanecía en el castillo bajo el aspecto de una
hermosa extranjera.
La primera vez que Ketten oyó esto, no
se indignó ni se rió, pero la alegría hizo que su rostro tomara el color del
oro oscuro. A menudo, cuando estaba sentado junto al fuego, o en el
desguarnecido hogar de un campesino, mientras el día se derretía en el calor
tal como el cuero se ablanda bajo la lluvia, entonces pensaba. Pensaba en el obispo
de Trento, acostado entre limpias sábanas, en medio de sabios clérigos y
pintores que estaban a su servicio, en tanto él se revolvía como un lobo.
También habría podido tener todo eso. En el castillo había instalado a un
capellán, a fin de que atendiera a las necesidades del espíritu, así como a un
clérigo que debía leer en voz alta, e incluso una alegre doncella. Desde muy
lejos había venido un cocinero con objeto de desterrar para siempre de la
cocina cualquier tipo de nostalgia; allí eran alojados, a fin de obtener de su
charla algunos días de distracción, los doctores y los estudiantes que pasaban
de viaje. Llegaban costosos tapices y telas para engalanar los muros. Sólo él
se mantenía a distancia. Durante un año entero, mientras viajaba por tierras
lejanas, había pronunciado palabras coléricas, burlonas o zalameras, ya que
como toda cosa bien creada (se trate de una hoja de cedro o un vino generoso,
de un caballo o un chorro de agua) tiene su gracia, también los Catene poseían
la suya. Sin embargo, su patria estaba entonces lejos, y acaso se podía
cabalgar durante semanas sin que fuera posible captar su verdadero carácter. A
veces podía decir palabras irreflexivas, pero sólo mientras los caballos
descansaban. Llegaba por la noche y volvía a partir por la mañana, o se quedaba
desde los Maitines hasta el Angelus. Era algo tan familiar como las cosas que
se llevan por mucho tiempo. Cuando uno ríe, ellas ríen con uno cuando uno se
va, ellas se van con uno; cuando uno se palpa, las encuentra; pero si uno las
levanta en vilo para mirarlas, entonces guardan silencio y parecen mirar hacia
otra parte. Si alguna vez se hubiera quedado por más tiempo, habría aparecido
como en verdad era. Pero no recordaba haberle dicho jamás a su mujer: «Soy
éste», o «Quiero ser aquél». Sólo había hablado de caza, de aventuras, de las
cosas que efectivamente hacía. Tampoco ella, contrariamente a como suele
proceder la gente joven, le preguntaba qué pensaba él de esto o aquello, ni le
hablaba acerca de cómo habría querido ser cuando envejeciese. Ella se abría en
silencio, como una rosa, tan llena de vida como se había mostrado desde el
comienzo, cuando había aparecido en la escalinata de la iglesia, lista para el
viaje, como quien sube a una piedra para montar más fácilmente, dispuesta a
trasladarse hacia su nueva vida. Él conocía apenas a los dos hijos que ella le
había dado, pero aun esos dos hijos sentían pasión por ese padre siempre
lejano, cuyas hazañas habían colmado sus oídos desde que habían sido capaces de
escuchar. Extraño era el recuerdo de aquella noche a la que el menor debía la
vida. Cuando Ketten llegó, vio un flotante vestido, gris claro, con flores de
un gris oscuro, los negros cabellos trenzados en la noche, y la linda nariz que
se perfilaba nítidamente sobre la tersa e iluminada superficie amarilla de un
libro con misteriosas ilustraciones. Era algo así como un sortilegio.
Apaciblemente instalada en su rico atuendo, con la falda que descendía en
incontables pliegues, la figura se elevaba por sí misma y en sí misma acababa,
semejante al chorro de una fuente. Ahora bien, ¿cómo liberar el chorro de una
fuente, y arrancarlo de su vacilante existencia, tan dócil a sí misma, sino
mediante la magia o el milagro? Al abrazar a esa mujer, uno podía de pronto
chocar contra una mágica resistencia. No sucedió así, pero la simple ternura
¿no es acaso todavía más inquietante? Al entrar él silenciosamente, ella le
consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que
sin embargo hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y
en cuyo interior uno sin embargo se desliza.
En comparación, qué tristes le parecían
a él las estratagemas de guerra, las mentiras políticas, la cólera, los
muertos... Un hecho es siempre la consecuencia de otro. El obispo contaba con
su oro; el general, con la capacidad de resistencia de la nobleza. Dar órdenes
es algo claro. Esta vida es clara como el día, sólida como un objeto; el golpe
de un dardo bajo el cuello de acero es algo tan sencillo como cuando se señala con
el dedo y se dice: «Es esto.» El resto nos es tan ajeno como la luna. Pero el
señor de Ketten amaba en secreto precisamente ese resto. No disfrutaba con el
orden, ni con el gobierno de su casa, ni con el aumento de su riqueza. Y aunque
desde hacía muchos años luchaba por apropiarse de bienes ajenos, sus afanes no
apuntaban a la paz que trae consigo la victoria, sino que iban más allá. En la
frente de los Catene residía su fuerza, pero de ella sólo surgían acciones
silenciosas. Cada mañana, cuando montaba, sentía renovarse en él la felicidad
de no entregar el alma de su alma; pero luego, por la noche, cuando desmontaba,
no pocas veces experimentaba esa sensación de desabrida estupidez que sigue a
todo exceso, como si a lo largo de la jornada hubiera gastado todas sus fuerzas
en querer ser, no sin fatiga, algo hermoso que no podía designar con palabras.
El obispo, ese hipócrita, podía rogar a Dios cuando Ketten lo acosaba; Ketten
en cambio, sólo podía galopar en medio de campos floridos, sentirse transportado
por la viva y reacia ola de su caballo, lograr compulsivamente el hechizo de la
amistad. Sin embargo, le hacía bien que todo eso existiera ya que lo
consideraba la prueba de que, aun sin el resto, se podía vivir y morir. Eso
negaba y desechaba algo que se insinuaba en el fuego cuando se miraba
fijamente, y que desaparecía no bien uno, rígido de ensueños, se incorporaba y
volvía la cabeza. A veces, cuando pensaba en el obispo, a quien él tanto
provocara, le parecía estar metido en una maraña de la que sólo un milagro
podía rescatarlo.
Su mujer, cuando se quedaba a mirar las
ilustraciones de los libros, invitaba al viejo servidor que administraba el
castillo, para que la acompañase a vagabundear por el bosque. Un bosque puede
abrirse, pero su alma siempre retrocede. La portuguesa atravesaba grandes zonas
arboladas, trepaba a las rocas, seguía rastros y alimañas, pero al regreso sólo
traía consigo esos pequeños temores, esos obstáculos vencidos esas curiosidades
satisfechas que pierden toda su fuerza cuando se sale del bosque, y aun aquel
verde espejo que conocía por relatos antes de venir a este país. Apenas se
salía del bosque, éste se cerraba a espaldas de uno. En el castillo, empero, su
indolencia no conspiraba contra el orden. Sus hijos, ninguno de los cuales
había visto ni una sola vez el mar, ¿eran verdaderamente sus criaturas? A veces
le parecía que, más bien, eran semejantes a pequeños lobos. Cierta vez le
trajeron del bosque un lobezno y también lo crió. Entre él y los enormes perros
reinaba una incómoda tolerancia. Era cosa de dejar hacer, sin ningún
intercambio de señales. Si el lobo atravesaba el patio del castillo, los perros
se incorporaban y lo seguían con los ojos, pero no ladraban ni gruñían. El lobo
parecía tener la vista siempre fija hacia adelante, aun cuando a veces miraba
de soslayo, y, para no hacerse notar, andaba más tieso y más despacio,
siguiendo a su ama, dondequiera ella se dirigiese, sin que fuera visible otro
signo de amor y de fidelidad. El lobo la miraba con sus ojos intensos, pero
ella no decía nada. La portuguesa quería a este lobo, porque sus músculos, su
pelo castaño, su muda bravura, la intensidad de sus ojos, todo le recordaba a
Ketten.
Por fin llegó el momento esperado: el
obispo cayó enfermo y murió. El Capítulo quedó sin amo. Ketten vendió todos sus
bienes muebles, prendó sus propiedades y, recurriendo a todos los medios,
equipó un pequeño ejército personal; luego, inició negociaciones. Frente a la
alternativa de volver a iniciar la vieja pugna contra una fuerza renovada, antes
aun de que se hubiera decidido quién habría de ser el sucesor del obispo o de
hallar una solución no demasiado costosa, el Capítulo se decidió por esto
último. Sólo una cosa podía suceder: Ketten, último en aguantar, firme y
amenazador, embolsó la mayor parte de las indemnizaciones que el cuerpo de
eclesiásticos capitulares pagó a expensas de los más débiles y timoratos.
De ese modo llegó a su fin una guerra
que durante cuatro generaciones había sido como una pared que, en cada mañana y
en cada desayuno, era visible y a la vez no lo era. De pronto esa pared faltó.
Hasta ese momento, los hechos se habían desarrollado al igual que en la vida de
todos los Ketten, pero lo que ahora quedaba por hacer en la vida de este Ketten
en particular consistía meramente en dar los últimos toques e instituir el
orden, o sea una tarea que era más de artesanos que de caballeros.
Entonces, cuando regresaba al hogar, le
picó una mosca. De inmediato se le hinchó la mano y se sintió muy cansado.
Entró en la taberna de una aldea miserable, y no bien se sentó junto a la
grasienta mesa de madera, sintió que el sueño lo invadía. Apoyó la cabeza en
aquella tabla sucia y cuando, ya de noche, despertó, tenía fiebre. Si hubiera
tenido prisa, habría de todos modos continuado su camino, pero no la tenía.
Cuando a la mañana siguiente quiso montar, se sintió repentinamente débil y se
derrumbó. Se le habían hinchado el brazo y el hombro, y como él los había
comprimido bajo la armadura, no tuvo más remedio que permitir que se la
aflojaran. Mientras estaba de pie y dejaba hacer, fue presa de unos escalofríos
tan fuertes como no había imaginado que existiesen. Sus músculos se contraían y
bailoteaban de un modo tal que él no podía ni siquiera juntar sus manos, y las
piezas de la armadura, a medio quitar, sonaban como un canalón suelto en mitad
de la tormenta. Se dio cuenta del lado ridículo de la situación y, con la furia
pintada en el rostro, rió de aquel golpeteo, pero sentía las piernas débiles
como una criatura. Envió un mensajero a su mujer; otro, a un barbero; un
tercero, a un conocido médico. El barbero, que fue el primero en llegar, ordenó
compresas de hierbas calientes, y pidió autorización para efectuar una sangría.
Ketten, ahora mucho más impaciente por llegar a su casa, le dio la orden de que
lo sangrase, de modo que muy pronto tuvo casi tantas heridas nuevas como
antiguas. Era extraño sentir esos dolores contra los cuales nada podía hacer.
Ketten estuvo dos días tendido sobre aquellas hierbas succionantes, luego se
dejó fajar de pies a cabeza y le transportaron al castillo. Tres días duró el
viaje, pero aquella cura brutal, que podía haberle provocado la muerte ya que
consumía todas sus defensas, frenó de algún modo la enfermedad. Cuando esas
defensas parecían ya tocar fondo, el intoxicado tenía aún una fiebre altísima,
pero la infección había sido detenida.
Semejante a un enorme incendio de pasto
seco, la fiebre duró semanas. El enfermo parecía irse fundiendo en ese fuego,
pero también se consumían y se evaporaban los malos jugos. Ni siquiera el
célebre médico pudo conseguir mejores resultados. Sólo la portuguesa colocaba,
además, misteriosos signos en la puerta y en la cama. El día en que apenas
quedaba del señor de Ketten una forma llena de ceniza blanda y caliente,
súbitamente la fiebre bajó muchos grados y a partir de ese instante ardió,
suave y tranquila, en ese nuevo nivel. Si por una parte los dolores, contra los
cuales nada podía hacer, ya eran en sí mismos bastante extraños, por otra, el
enfermo no vivió lo que vino después como alguien que está en el centro mismo
de la peripecia. Dormía mucho, y aun cuando abría los ojos, estaba ausente.
Cuando recuperó la conciencia, era como si ese cuerpo, sin voluntad, impotente,
con la tibia temperatura de un niño, no fuera el suyo, ni tampoco fuese suya
esa alma débil que podía ser irritada por un soplo. Sin duda, se sentía a sí
mismo como un muerto, y durante todo ese tiempo esperaba algo, no importaba
qué, para el caso de que se recobrara una vez más. Jamás se le había ocurrido
que morir fuese algo tan placentero. Una parte de su ser había muerto por
anticipado y se había dispersado como los viajeros que llegan a destino. Desde
el momento en que sus huesos estaban aún en la cama, y la cama estaba ahí, su
mujer se inclinaba sobre él, y él, por curiosidad, por cambiar un poco,
vigilaba los gestos de aquel rostro atento. Todo cuanto amaba, estaba lejos. El
señor de Ketten y su hechicera, poderosa como la luna, habían salido de él y se
alejaban en silencio. Él los veía aún, sabía que le habrían bastado unos pocos
saltos para alcanzarlos. Sólo que no sabía si estaba con ellos o si permanecía
todavía en su lecho. Todo descansaba en una mano buena y gigante, suave como
una cuna, una mano que todo lo sopesaba sin hacer mucho caso de la decisión. Seguramente
sería Dios. Ketten no dudaba al respecto. Tampoco se excitaba. Aguardaba
simplemente, y ni siquiera respondía a la sonrisa que sobre él se inclinaba, ni
tampoco a las tiernas palabras.
Llegó el momento en que Ketten supo, de
pronto, que ésa sería su última jornada si no reunía toda su voluntad para
mantenerse vivo. Precisamente fue en esa noche, que cedió la fiebre.
No bien sintió bajo sus pies ese primer
peldaño de la curación, dejó que diariamente lo llevaran al breve espacio verde
que coronaba el pico, rocoso y desprovisto de murallas, que se elevaba en el
aire. Envuelto en mantas, allí permanecía extendido bajo el sol, y era
imposible saber si dormía o estaba despierto.
Cierta vez, cuando despertó, el lobo
estaba junto a él. Ketten miró fijamente esos ojos intensos y no pudo moverse.
Transcurrió cierto tiempo, que él no pudo calcular, y de pronto advirtió que su
mujer estaba a su lado, con el lobo junto a sus rodillas. Nuevamente cerró los
ojos, como si no estuviera despierto. Pero cuando lo llevaron de nuevo a su
cama, pidió que le trajeran su ballesta. Estaba tan débil que no pudo tenderla.
Se quedó estupefacto. Le hizo señas al criado para que se acercara, le dio la
ballesta y le ordenó: el lobo. El criado titubeó, pero él estaba rabioso como
una criatura y, a la noche, la piel del lobo apareció colgada en el patio del
castillo. Cuando la portuguesa la vio y se enteró por los criados de lo que
había sucedido, la sangre se le heló en las venas. Se acercó al lecho de su
esposo. Él estaba blanco como la pared y por primera vez desde que estaba
enfermo, la miró a los ojos. Ella rió y dijo: «Con esa piel me haré un gorro y
vendré por las noches a chuparte la sangre.»
Más tarde, Ketten echó al clérigo.
Cierta vez éste había dicho que desde el momento que el obispo rogaba a Dios,
era peligroso para Ketten; luego le había administrado la Extremaunción. Pero
eso no sucedió en seguida. La portuguesa intervino para que el capellán fuese
tolerado por lo menos hasta que consiguiese un nuevo empleo. Ketten cedió. Aún
se sentía débil y dormía frecuentemente al sol, sobre la hierba. En cierta
ocasión, cuando se despertó en aquel sitio, estaba allí el amigo de su
infancia, de pie junto a la portuguesa. Acababa de llegar de su país, y aquí,
en el norte, se parecía a su compatriota. Saludó con noble decoro y pronunció
palabras que, a juzgar por la expresión de su semblante, debían ser de una
particular amabilidad. Mientras tanto, lleno de vergüenza, Ketten yacía como un
perro entre la hierba.
Era posible, además, que esto
aconteciera por segunda vez: Ketten estaba a menudo ausente. Por otra parte,
fue después cuando advirtió que su gorra le quedaba grande. Esa gorra de cuero
flexible que siempre le había quedado un poco estrecha, ahora, al hacer un leve
movimiento, resbaló hacia un costado hasta que la oreja la contuvo. Todavía
estaban juntos los tres cuando la portuguesa exclamó: «¡Dios mío, se le achicó
la cabeza!» Lo primero que pensó Ketten fue que tal vez se había hecho cortar
demasiado los cabellos, aunque no podía recordar cuándo había sido. Se pasó
disimuladamente la mano por la cabeza, pero advirtió que el pelo estaba tan
largo como de costumbre, y además desaliñado, en razón de que él estaba
enfermo. Pensó entonces que la gorra podía haberse agrandado, pero era casi
nueva, y además, ¿cómo podía haber aumentado de tamaño sin haber sido usada,
mientras estuvo guardada en el fondo de un arcón? Resolvió entonces tomarlo a
broma: con tantos años pasados junto a mercenarios, lejos de caballeros
instruidos, era posible que el cráneo se le hubiese achicado. Al pronunciarla,
advirtió de pronto que la broma se volvía demasiado burda y, además, que no era
válida como respuesta a la interrogante fundamental, ya que, ¿puede
verdaderamente achicarse un cráneo? La fuerza de las venas puede disminuir;
bajo el cuero cabelludo puede la grasa derretirse un poco debido a la fiebre;
pero es tan poco lo que eso representa. De vez en cuando fingía alisarse los
cabellos, o se preocupaba de secarse el sudor, o bien procuraba doblarse hacia
atrás en la sombra sin que nadie lo viera, para poder tomarse la cabeza, en
distintos lugares, con las puntas de los dedos, como si éstos fueran un compás
de albañil. Pero no había duda: su cabeza se había achicado y cuando se la
palpaba desde el interior con los pensamientos, entonces parecía aún más
pequeña, algo así como dos valvas unidas.
Hay muchas cosas inexplicables, es
cierto, pero no se llevan sobre los hombros, y no se sienten cada vez que se
dobla el pescuezo hacia dos personas que hablan cuando uno finge dormir. Había
olvidado desde hacía mucho tiempo, y salvo algunas palabras, aquella lengua
extranjera. Pero en cierta ocasión comprendió una frase: «Dejas de hacer lo que
quieres, y en cambio haces lo que no quieres.» El tono estaba más cerca del
apremio que de la broma. ¿Qué había querido decir? En otra ocasión, se asomó
Ketten por la ventana hacia el estruendo del río. Era un juego que en los
últimos tiempos le divertía. El ruido, entreverado como barrido de paja, tapaba
los oídos. Luego, al volver de esa sordera, podía escuchar claramente el
diálogo de la esposa con el otro; un diálogo animado, como si, al participar en
él, aquellas dos almas se sintieran muy a gusto. La tercera vez corrió tras la
pareja que, a pesar de que ya había caído la noche, se dirigía al patio del
castillo. Ketten pensó que cuando ellos pasaran frente a la antorcha que estaba
sobre la escalinata, sus sombras seguramente se irían a proyectar sobre las
copas de los árboles. Al llegar ese momento, Ketten se inclinó rápidamente
hacia delante, pero las dos sombras, al proyectarse sobre el follaje, por sí
mismas se fundieron en una sola. En otros tiempos, había tratado de eliminar el
veneno de su cuerpo descargándolo sobre los caballos o los criados, o tal vez
quemándolo en el vino; pero el capellán y el clérigo lector bebían y comían con
tal voracidad que el vino y los alimentos se les salían por las comisuras de
los labios, y el joven caballero les tendía riendo el jarro de vino, tal como
se azuza a un perro contra otro. A Ketten le repugnaba el vino que aquellos
zafios con barniz escolástico bebían sin medida. Hablando en alemán y en el
latín de la misa, entreveraban el milenario Imperio, los temas doctorales y los
cuentos obscenos. Cuando hacía falta, un humanista que estaba de paso servia de
intérprete entre aquella lengua y la del portugués; en realidad, el humanista
se había torcido un pie y estaba enérgicamente consagrado a su curación en el
castillo. «Se cayó del caballo porque vio pasar una liebre», bromeaba el clérigo.
«Creyó ver un dragón», dijo con involuntaria ironía el señor de Ketten, que
asistía reticente a la charla. «¡Y el caballo también!», rugió el capellán,
«por algo saltó de esa forma. De modo que el maestro entendía a la bestia mejor
que el señor». Los borrachos se rieron de Ketten, que los miró, avanzó un paso
y golpeó en la cara al capellán. Éste, que era un rechoncho y joven campesino,
primero enrojeció hasta la raíz de los cabellos; luego se quedó pálido y
permaneció sentado. El joven caballero se levantó, sonriendo, y fue en busca de
su amiga. «¿Por qué no lo apuñaló?», susurró, no bien quedaron solos, el
humanista de la liebre. «Es fuerte como dos toros juntos», respondió el
capellán, «y además la doctrina cristiana es particularmente apropiada para
servir de consuelo en estos casos». Pero la verdad era que el señor de Ketten
estaba aún muy débil y recuperaba lentamente su vitalidad, como si no lograra
encontrar el segundo peldaño de su curación.
El extranjero no prosiguió su viaje, y
la compañera de infancia no comprendía las alusiones de su señor. Se había
pasado once años esperando a su esposo. Durante once años él había sido el
amante fantástico y glorioso; ahora, vagaba por el patio y el interior del
castillo y, carcomido como estaba por la enfermedad, parecía un tipo vulgar si
se lo comparaba con la juventud y la elegancia cortesanas. La portuguesa no
pensaba demasiado en todo esto, pero estaba un poco cansada de este país que le
había prometido cosas de maravilla. No se decidía a alejar del castillo a ese
compañero que tenía el aroma de la patria y pensamientos que la divertían; la
expresión contrariada de su esposo no le parecía suficiente motivo. Nada tenía
que reprocharse. Era verdad que, desde hacía unas semanas, actuaba con cierta
frivolidad, pero eso le hacía bien, y ella sentía a veces que su rostro volvía
a resplandecer como antes. Ketten consultó a una adivina, y ésta le aseguró que
no curaría hasta tanto no hiciera una cosa determinada. Cuando él la apremió
para que le revelara de qué se trataba, la mujer se calló y eludió la respuesta
diciendo que no sabía.
Ketten había tratado siempre, no sólo
de no romper los lazos de la hospitalidad, sino de estrecharlos cada vez más, y
no había tenido inconveniente en considerar sagrada la vida y sagrado el
derecho a la hospitalidad de aquellos que, durante años, habían sido
espontáneos huéspedes de su enemigo. Pero la debilidad que experimentaba
durante la convalecencia le hacía sentirse casi orgulloso de su torpeza. La
inteligencia llena de astucia no le parecía mejor que la pueril inteligencia
verbal del joven. Le aconteció algo extraño. Entre las oprimentes brumas de su
enfermedad, el rostro de su mujer le parecía más tierno de lo debido. No muy
diferente de antes, cuando él se había asombrado de encontrar a veces el amor
de su mujer—sin que hubiera motivos para ello—más impetuoso que de costumbre.
Difícilmente habría podido decir si era serenidad o tristeza lo que sentía,
igual que en aquellos días en que estuvo cerca de la muerte. No podía moverse.
Cuando buscaba los ojos de su mujer, éstos se entornaban y lo miraban con
frialdad. Su propia imagen quedaba fuera, ya que aquellos ojos no dejaban
penetrar su mirada. Le parecía que, de no sobrevenir un milagro, nada
acontecería. Y cuando el destino quiere callar, no debe exigírsele que hable,
sino más bien estar a la espera de lo que venga.
Cierto día en que regresaban todos
juntos al castillo, vieron un gatito frente a la puerta. Estaba allí, como si
no quisiera saltar sobre el muro, a la manera de los gatos, sino penetrar en el
castillo a la manera de los seres humanos. Se arqueó en señal de bienvenida y
se frotó suavemente contra las botas y las faldas de aquellas enormes criaturas
que, sin ningún motivo, se asombraban ante su presencia. Se le hizo entrar,
pero fue exactamente como si se acogiera a un huésped. Al día siguiente ya
parecía que se hubiera recibido a un niño y no a un simple gato.
Tantas pretensiones tenía el gracioso
animalito que, en vez de buscar su diversión en los sótanos y desvanes, no
abandonaba jamás la compañía de las personas. Por otra parte poseía el don de
ocupar el tiempo de todos, aunque eso resultara en cierto modo inexplicable, ya
que había en el castillo otros animales más nobles sin contar, además, con que
las personas también estaban muy ocupadas consigo mismas. Quizás ello se
explicara precisamente por el hecho de que debían bajar la mirada para
encontrar aquel pequeño ser que tan imprevisiblemente se comportaba y que
quizás era un poco demasiado tranquilo, y hasta se podría decir que demasiado
triste y meditabundo para tratarse de un gato. Actuaba como si supiera qué era
lo que los seres humanos esperaban de un gato. Se subía al regazo y se tomaba
un gran trabajo para ser amable con las personas, pero podía advertirse que no
estaba allí con todo su ser, y justamente eso que le faltaba para ser un joven
gato común y corriente era como una segunda naturaleza, una ausencia, una
aureola tranquila que lo rodeaba sin que nadie hubiera encontrado aún el valor
de decirlo. Cuando la portuguesa se inclinaba con cariño hacia aquel animalito
que estaba en su regazo y que con las uñas diminutas buscaba sus dedos para
jugar con ellos como un niño, el joven amigo se inclinaba a su vez riendo sobre
gato y regazo, y ese juego aparentemente inocente recordaba, sin embargo, al
señor de Ketten que él había superado sólo a medias su enfermedad, tal como si
ésta, con su letal suavidad se hubiera infiltrado en el cuerpecito del animal,
ó acaso no estuviera solamente en el gato, sino entre ambos. Luego un criado
advirtió que el gato tenía sarna.
El señor de Ketten se asombró de no
haberse dado cuenta por sí mismo. El criado repitió que era preciso matar al
gato sin demora.
Mientras tanto el animalito ya tenía un
nombre, extraído de los libros de cuentos. Cada vez estaba más suave y más
dócil. Ahora ya era visible que estaba enfermo y que tenía una debilidad poco
menos que luminosa. Se quedaba más tiempo que de costumbre en el regazo a fin
de reponerse de los trabajos de este mundo, y sus uñas se agarraban con cierta
ansiedad. Ahora había aprendido a examinar a todos, uno después del otro; desde
el pálido Ketten hasta el joven portugués, inclinado hacia delante. Este, a su
vez, no le quitaba los ojos de encima, aunque acaso dedicara sus miradas al
vaivén respiratorio de aquel regazo que lo sostenía. El gato los miraba como si
quisiera que le perdonaran lo feo que resultaba que él, por una misteriosa
sustitución, sufriera por todos. Y entonces comenzó el martirio.
Una noche empezó a vomitar, y estuvo
vomitando hasta la mañana siguiente. A la luz del día, su aspecto era lánguido
y desconcertado, tal como si hubiera recibido muchos golpes en la cabeza. Acaso
se tratara simplemente de que, por exceso de cuidado y de amor, se le hubiera
alimentado en forma exagerada. Pero ya no era posible que permaneciera en el
dormitorio, de modo que se le instaló en una habitación del patio, con los
mozos de cuadra. Al cabo de los días éstos se quejaron, diciendo que el gato
estaba cada vez peor. No era posible que por las noches lo dejaran afuera. El
gato no sólo seguía vomitando, sino que además padecía diarrea y nada estaba a
salvo de sus deposiciones. Era una ardua prueba tener que elegir entre una
aureola casi invisible y aquella horrible inmundicia. Después de haber
averiguado la procedencia del gato (una granja junto al río, al pie de la
montaña) se decidió restituirlo a sus dueños. Hoy se diría que fue devuelto a
su comuna de origen, evitando de ese modo la responsabilidad y a la vez el
ridículo. Como también les remordía la conciencia, le ofrecieron leche y un
poco de carne, y hasta soltaron unas monedas para que los campesinos (en cuya
granja la inmundicia sin duda importaba menos) lo cuidaran bien. Frente a ese
proceder de sus amos, los criados sacudían la cabeza.
El criado que recibió el encargo de
transportar el gato hasta abajo contaba que cuando inició el regreso vio que el
animal corría tras él. De modo que el criado había tenido que bajar dos veces
más. Dos días después, el gato reapareció en el castillo. Los perros lo
evitaban; los sirvientes, por miedo a sus amos, no lo apresaban. Cuando los
criados advirtieron su presencia, fue tácitamente aceptado que nadie le
impediría morir allí arriba. El gato había enflaquecido y perdido su brillo;
sin embargo, parecía haber superado la etapa más repugnante de su dolencia,
limitándose a volverse cada vez menos corpóreo. Siguieron luego dos días
durante los cuales volvió a acentuarse lo que antes había pasado: lento y
vacilante deambular en el sitio donde se le cuidaba; distraído entretenimiento
de las patas, que trataban de apresar algún trozo de papel que se moviera en la
cercanía; de vez en cuando, cierta vacilación a causa de su debilidad y a pesar
de su condición de cuadrúpedo. El segundo día llegó a caerse hacia un costado.
En una persona, tal desvanecimiento no habría tenido nada de extraordinario,
pero en aquel animal parecía la consecuencia de una metamorfosis en algo casi
humano. Lo contemplaban casi con respeto. Desde su particular situación, cada
uno de esos seres no podía dejar de pensar que su propio destino estaba
representado en ese gato poco menos que desligado de la tierra. Al tercer día
recomenzaron los vómitos y la inmundicia. El criado estaba allí, y aunque no se
atrevía a repetirlo, era evidente que su silencio tenía un solo significado:
había que matar al gato. El portugués inclinaba la cabeza como quien se
enfrenta con una tentación y luego le decía a su amiga: «De otra manera, no
saldremos de esto.» Le parecía haber pronunciado su propia condena a muerte. De
pronto, todos miraron al señor de Ketten. Éste se quedó pálido como la pared,
luego se levantó y salió. Entonces la portuguesa le dijo al criado:
«Llévatelo.»
El criado llevó el gato a su
habitación. Al día siguiente, el animal había desaparecido. Nadie hizo
preguntas, pero todos sabían que el criado lo había matado a palos. Se sentían
oprimidos por una culpa inexpresable. Tan sólo los niños no advertían nada, y
encontraban perfectamente normal que el criado matara a golpes a un gato asqueroso
con el que ya no se podía jugar. A los perros, que en el patio olisqueaban la
hierba iluminada por el sol, las patas se les ponían tiesas, la piel se les
erizaba; después, miraban de reojo. En uno de esos momentos se enfrentaron el
señor de Ketten y la portuguesa. Permanecieron de pie, uno junto al otro;
dirigieron la vista hacia los perros y no hallaron nada que decirse. La señal
había sido visible, pero ¿cómo interpretarla? Y además ¿qué se esperaba que
aconteciese? Sobre ambos se formó una cúpula de silencio.
Si desde ahora hasta la noche ella no
le sugiere que se vaya, me veré obligado a matarlo, pensó el señor de Ketten.
Llegó la tarde y nada sucedió. Pasó la hora de las vísperas. Ketten estaba
sentado, con expresión grave, y también con un poco de fiebre. Fue hasta el
patio para refrescarse y allí permaneció durante largo rato. No tuvo fuerzas
para tomar la última decisión a pesar de que, en toda su vida, eso había sido
un juego para él. Montar a caballo, ajustarse la coraza, empuñar la espada, todo
eso que había dado el tono a su existencia, le parecía ahora algo disonante. El
combate era un movimiento ajeno y sin sentido. Aun la breve senda de un
cuchillo era como una de esas largas, interminables rutas, donde siempre es
posible marchitarse. Por otra parte, sufrir no era la especialidad de Ketten.
Se daba cuenta de que, si no salía de esto, no curaría jamás. Pero junto a esos
dos pensamientos había también un tercero que reclamaba espacio: cuando
muchacho había soñado siempre con encaramarse a la inaccesible pared que se
elevaba al pie del castillo. Era una idea desatinada y suicida, pero que
llevaba en sí misma un oscuro presentimiento, como si se tratara de un dictamen
divino o de un milagro inminente. Le parecía ahora que ya no él, sino el gato,
podría regresar, por esa vía, directamente desde el más allá. Rió por lo bajo,
y sacudió la cabeza como si quisiera sentirla sobre los hombros; pero, mientras
lo hacía, había ya iniciado el descenso por el camino pedregoso.
Al llegar abajo, junto al río, se
volvió. Pasó primero sobre las rocas entre las cuales corría ya el agua, y
luego entre los arbustos, hasta llegar al muro. La luna indicaba con trazos de
sombra las pequeñas cavidades en las que manos y pies podían afirmarse. De
pronto, una piedra cedió bajo sus pies. Sintió el tirón en los músculos,
después en el corazón. Ketten escuchó: le pareció que transcurría un lapso
infinito antes de que la piedra golpeara el agua. En ese momento ya había
ascendido por lo menos un tercio de la pared. Fue como si despertara y sólo
entonces comprendiera lo que había hecho. Únicamente un muerto podía volver
abajo; arriba, en cambio, le aguardaba el diablo. Tanteando hacia arriba, buscó
un apoyo. En cada asidero, su vida pendía de esas diez delgadas correas que eran
los tendones de sus dedos. En su frente había gotas de sudor y un extraño calor
ascendió por su cuerpo. Sus nervios se habían convertido en hilos de piedra.
Pero, cosa extraña, durante esta lucha la fuerza y la salud, como si le
llegaran desde fuera, comenzaron a instalarse nuevamente en sus miembros. Y lo
increíble aconteció: todavía tuvo que evitar un saliente, luego pudo introducir
su brazo en una ventana. Por otra parte, no había otra posibilidad, pero él ya
sabía dónde estaba; de modo que saltó, se sentó en el antepecho de la ventana e
introdujo sus piernas en la habitación. Al mismo tiempo que la fuerza también
había recuperado la osadía. Respiró. No había perdido el puñal. Le pareció que
el lecho estaba vacío. Aguardó, sin embargo, a que su corazón y sus pulmones se
tranquilizaran. Advirtió, cada vez con mayor nitidez, que estaba solo en la
habitación. Sin hacer el menor ruido, se acercó a la cama: evidentemente, esa
noche nadie había dormido allí.
Ketten se deslizó a través de
habitaciones, corredores y puertas que nadie habría podido encontrar sin la
ayuda de un guía, y así llegó a la alcoba de su mujer. Escuchó y aguardó, pero
no le llegó ni un murmullo. Entró en la pieza: la portuguesa dormía y respiraba
suavemente. Ketten se inclinó hasta los rincones más oscuros, y cuando al fin
salió de la alcoba hubiera cantado, tanta era la increíble alegría que
experimentaba.
Recorrió todo el castillo, pero ahora
las tablas del piso y las baldosas sonaban bajo sus pasos, tal como si fuera al
encuentro de una alegre sorpresa. En el patio, un centinela quiso saber de
quién se trataba, y él aprovechó para preguntarle por el huésped. El hombre
respondió que el extranjero se había ido en el instante mismo en que asomaba la
luna. Ketten se acomodó sobre una pila de madera a medio descortizar, y el
centinela se asombró al ver que permanecía allí durante tanto tiempo. De
pronto, Ketten tuvo la certeza de que, si volvía a la alcoba de la portuguesa,
ya no la encontraría. Golpeó con fuerza en la puerta y entró. La joven se
comportó exactamente como si, en su sueño, hubiera estado esperando eso. Lo vio
de pie frente a ella; vestido en la misma forma que cuando la había dejado.
Nada se había probado; nada tampoco estaba borrado. Pero ella no hizo preguntas
y él, por su parte, nada hubiera podido preguntar. Descorrió la pesada y
ruidosa cortina de la ventana, detrás de la cual todos los Catene habían nacido
y habían muerto.
«Si Dios llegó a convertirse en hombre,
también puede llegar a convertirse en gato», dijo la portuguesa. Ante semejante
blasfemia, él tendría que haberle tapado la boca con su mano, pero ambos sabían
que ni una sola palabra saldría jamás de aquellos muros.
(De «Tres Mujeres», traducción de Mario Benedetti ©1968
Seix Barral, S.A., Barcelona, España)
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