El destino nos juega extrañas
bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la
práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un
interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como
alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis pacientes a la misma
institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora -¡ironía de las
ironías!- soy su hermano en mi desgracia.
Y no obstante, en realidad no
estoy loco. Me enviaron aquí porque quise decir la verdad, y no era la clase de
verdad que los hombres se atreven a revelar o a reconocer. Soy consciente de
que mi papel en el asunto me llevó a sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero
no me afectó demasiado. Mi historia es cierta; lo juro -pero ellos no me
creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas
suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquella
noche repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes
investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry
College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una
declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en vida
que aborrezco.
Hay otra prueba concreta que
podría dar si me atreviera, pero sería demasiado horrible. No debo conducirles
al mismo lugar de aquel cementerio desconocido, indicarles el pasadizo que se
abre bajo aquella tumba. Es mejor que sufra solo, que el mundo se ahorre el
conocimiento que destruye la cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y
a la monotonía de mis días se añade el tormento sin fin de mis sueños
nocturnos. Es por esto que he decidido escribir este relato. Quizás el
desarrollo de mi historia servirá de algun modo a aliviar el difícil peso de
mis recuerdos.
El asunto empezó un día del
pasado Agosto en mi oficina de la ciudad. Aquella mañana había sido una
aburrida espera, y la larga y cálida tarde llegaba a su fin cuando la enfermera
hizo entrar al primer paciente. Era un caballero que venía a verme por primera
vez; un hombre que se presentó como el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry
College. Hablaba de una forma sibilante, con un peculiar acento extranjero que
me hizo presumir que no era natural de este país. Le invité a que se sentara y
procuré estudiarlo rápidamente mientras aceptaba mi invitación.
Era alto y delgado. El cabello
comenzaba a blanquear, tirando a platino, aunque por su aspecto general aparentaba tener unos cuarenta años. Sus ojos verdes,
vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas cejas
largas y oscuras. La nariz era ancha,
con sensuales ventanillas, pero sus labios eran delgados, un contraste físico
que en seguida llamó mi atención. Las huesudas manos que descansaban sobre la
mesa eran extraordinariamente pequeñas, con largos dedos rematados por uñas
afiladas, y pensé que se dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su
postura flexible era como la de una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de
un aventurero y los modales refinados. A la luz del sol pude observar su
rostro, y vi que todo su semblante estaba cubierto con una red de finas
arrugas. También noté la extraña palidez de su piel, que indicaba alguna
afección dermatológica. Pero lo más extraño de él era su modo de vestir. La
ropa, evidentemente nueva, era incongruente en dos aspectos: demasiado elegante
para presentarse a aquella hora y además, no parecía hecha para él. Su traje
era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la
chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos
de cuero y no llevaba sombrero. Sin duda, era un tipo excéntrico, quizás, un
esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.
Me preparé para hacerle las
preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era un hombre
de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin
necesidad de preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la
luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la garganta y empezó.
Dijo que estaba preocupado por
ciertas cosas que había leido y oído; le proporcionaban extraños sueños, y a
menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía. Esto interfería en su
trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus obsesiones estaban fundadas en la realidad.
Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus
dificultades.
Le pedí que me contara sus
sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales descripciones del
dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.
El sueño más corriente sucedía
en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que pronto se
sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la
parte más vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado
siglo. El lugar exacto de sus visiones nocturnas era dentro y en los
alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más arcaica y
derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche,
bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas
visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló
vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se
encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba.
Por lo general, sus sueños empezaban de esta manera, en medio de
un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un sendero
bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas
que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus
pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se dirigía
directamente a cierto nicho que estaba entre los ataudes. Entonces, se
arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las
desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que
conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del
húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares olores
nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus sueños no
se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después
descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la
piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.
Luego empezaba otro largo
viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por
cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la
negrura de la noche inmemorable.
Al llegar aquí se detuvo en su
narración, y su voz se redujo a un estridente y excitado susurro.
El horror venía siempre
después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente iluminadas, y
mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran
los moradores de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en
la muerte: éste era su botín. Habitaban en cavernas oscuras construidas con
huesos humanos y adoraban los dioses primitivos ante altares en forma de
cráneo. Había galerías que condudan a las tumbas y fosos aún más hondos en
donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres
nocturnos que contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.
Debió haber visto la expresión
de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía más tensa.
No tenía intención de
describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso contemplarlos.
Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signnicativos que
siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo
horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre
ellas se encontraban las que le perseguían por las noches. En sus visiones,
esos seres no se le acercaban y parecían no preocuparse de su presencia;
continuaban entregándose a horrendos festines en las cámaras sepulcrales o a
unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no diría más. Sus viajes nocturnos
siempre acababan con el tránsito de una vasta procesión de estas
monstruosidades por una caverna aún más profunda, un viaje que veía desde el
borde superior. Una visión rápida y estremecedora de los reinos inferiores le
recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus sueños, mientras veía
la procesión demoníaca desde el borde, había perdido pie precipitándose dentro
del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su sueño terminaba
afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.
Noche tras noche, las visiones
se sucedían, pero esto no era lo peor de sus preocupaciones. ¡Su auténtica
obsesión, su verdadero pavor consistía en el conocimiento de que estas visiones
eran ciertas!
Al llegar aquí le interrumpí
con impaciencia, pero él insistió en proseguir. ¿No había visitado el cementerio
desde sus primeros sueños y no había encontrado la misma bóveda que reconocía a
través de sus visiones? ¿Y qué había de los libros? Le habían enviado para que
iniciara una extensa investigación entre los libros particulares de la
biblioteca de un colega antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido,
debía admitir las veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en
tales libros como Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el
grotesco Ritos Negros, del místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del
escondido Bast. Recientemente, había emprendido algunos estudios en el loco y
legendario Necronomicon de Abdul Alhazred. No pudo impugnar el misterio
que se halla detrás de todas esas cosas como el censurado e infame Fábula de
Nyarlathotep, o La leyenda de Elder Saboth.
Aquí irrumpió en un divagador
discurso sobre los oscuros secretos míticos, con frecuencia alusiones a las
antiguas creencias, como el labuloso Leng, el oscuro N'ken y el diablo
encantado Nis; también habló de las blasfemias de la luna de Yiggurath y la
secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.
Era evidente que estos
desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y con este argumento
conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo.
Sus lecturas e investigaciones
le habían producido este ataque, y añadí que no debía someter su cerebro a
estas meditaciones, y que estas cosas son peligrosas para las mentes normales.
Había leído y oído lo suficiente para saber que tales ideas no estaban
concebidas para que los hombres las buscaran o comprendieran. Además, no debía
tomarse demasiado en serio estos pensamientos. pues después de todo, estas
leyendas eran únicamente alegóricas. No existen vampiros ni demonios
mitológicos, debía verse que estos sueños podían ser interpretados
simbólicamente.
Cuando terminé, se sentó en
silencio durante un momento. Dio un suspiro y luego habló con mucha cautela.
Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba diferente. ¿No había reconocido
el lugar de sus sueños?
Intervine con una observación
sobre la influencia del subconsciente, pero él, sin hacer caso de mi
aseveración, continuó.
Luego, me informó con una voz
que vibraba con una excitación histérica, me contaría lo peor. Aún no me había contado todo lo que sabía y lo que le había ocurrido
cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se había detenido
al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había llegado aún más
lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared; descendió las
escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para regresar,
nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres, él había
siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana siguiente
siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos seres! Ahora,
debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto irreflexivo.
Le calmé con dificultad,
mientras procuraba encontrar un método de tratamiento lógico y eficiente. Se
hallaba casi al borde de la locura. De nada serviría persuadirle o intentar
convencerle de que había soñado todos aquellos incidentes, de que su sistema
nervioso le había llevado a alucinaciones afines. No podía esperar que él se
diera cuenta, en su estado presente, que los libros responsables de su enfermedad
habían sido escritos por mentes desordenadas y con el propósito de producir
locos delirios. Era evidente que el único camino abierto era alegrarle, y luego
demostrarle concretamente el completo engaño de sus creencias.
Por lo tanto, en respuesta a
sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a conducirme al
lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme
la verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las
diez de la noche del día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su
satisfacción fue tan grande al saber que estaba dispuesto a acompañarle, que
casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo cariñoso a quien le
han regalado un nuevo juguete.
Le prescribí un sedante suave
para que lo tomara aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra
futura cita y nos despedimos hasta la
noche siguiente.
Su partida me dejó en un
estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digo de estudio: un profesor
inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño
de tres años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los
procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que después de la noche
siguiente podría demostrar de una manera concluyente la falsedad de sus
aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de
investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida
lectura de la edición expurgada del conde d'Erlette Cultes des Goules.
El anochecer me encontró
dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de
lana gruesa y un casco de minero con una lámpara en el extremo, me hallaba de
pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al Profesor
Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un
espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella
desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando la llegada de mi
paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.
Por fin llegó, vestido como el
día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja muralla
que rodeaba la necrópolisS. Luego, me condujo a través de un jardín de grava
iluminado por la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un
silencioso bosquecillo en el corazón del cementerio. Aquí, las piedras de las
tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la oscuridad, y los
rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció
involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en
escuchar el tráfago de los gusanos. No me preocupé en dejar que mis
pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la diabólica densidad de las
sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable,
me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los
prohibidos portales de la tumba que pretendía haber profanado.
No voy a entrar en detalles
sobre lo que siguió, ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la
tumba, ni a describir el espantoso interior del mausoleo. Es suficiente para mí
declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el
nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el
botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé
horrorizado ante esta inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis
sentidos manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado
mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ningu no de los
dos decíamos nada.
Por primera vez vacilé. Ya no
tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me las
había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que
estuviera completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta,
con repulsión, que mi trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de
que debíamos descender hasta aquellas profundidades y dejar arregladas de una
vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin respuesta. No estaba
preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre
imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no
conducía necesariamente a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con
él hasta el fondo del foso, su mente podría al fin descansar respecto a su
singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por
qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y
que abajo algo nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados?
¿Fugitivos que acaso huían de la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso?
Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar escondido. En este caso,
¿qué pasaría luego?
Aún así, algo me dijo que
debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso interior,
Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no
dudará más. Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me
rogaba que continuara, pero si me negaba tendría que pedir a la policía que
hiciera una investigación del lugar.
Fue esto último lo que me
decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si
el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba... bueno, pronto
lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala
gana, para continuar, y luego me puse a su lado para que me enseñara el camino.
La entrada parecía la boca de
un monstruo mitológico. Bajamos por una escalera en declive en forma de
serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que estaba socavado en la sólida
roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida
putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un
viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados.
Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y mientras continuábamos,
empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa del más espantoso
pánico ,aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.
Varios factores contribuían a
mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían
incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la
segunda espiral del pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas,
gruesas y abotargadas. Empecé a comprender la causa de aquella hinchazón y las
probables fuentes de su alimentación. Luego, también me di cuenta de que
Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había
estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia?
Al mirar hacia abajo, recibí
todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las
hubieran estado usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó
comprender la importancia de este descubrimiento, pero cuando al fin estalló
claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de asombro. No me atrevía a
mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen de lo
que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera.
Rápidamente, encubriendo mi
terror pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba
extrañas sombras sobre los agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso
que me ponía todo aquel asunto y en vano traté de razonar conmigo mismo,
ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido.
Mientras proseguíamos no había
nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes resquebrajadas del túnel
parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que este
antiguo sendero no habíasido construido para nada normal o parecido a la
normalidad, y no temí que mis pensamientos incidieran en las últimas
revelaciones que podrían encontrarse más adelante. Durante un buen rato nos
deslizamos en el más absoluto silencio.
Abajo, abajo, abajo, nuestro
camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda.
Luego, la escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada,
fosforescente, como ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró
una extensión abierta pequeña y de superficie lisa, de donde colgaban hileras
de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura. Al fondo, en la
densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que
conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló
mi corazón; parecía que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos
misterios que hubiera sido mejor no ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me
agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros mientras me
aconsejaba que guardara silencio.
Hablaba con voz bisbiseante
mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y sombría
caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la
oscuridad. Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar
aquí mientras él se adelantaba en las tinieblas: al regresar, me traería las
pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia delante, desapareciendo
casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me dejó tan
de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta.
Me senté en la oscuridad y
esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin?
¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto? En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel
laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo
el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como
pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin
piedad.
La luz arrojaba sombras sobre
las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro círculo
luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras:
eran retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún
más potente; parecía insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba
de manera intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se
arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud.
Entonces llegó el grito: un
grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el aire
sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel
grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las
palabras de Chaupin eran ciertas.
Pero no me atreví a detenerme
a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más
profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me
volví y subí corriendo la escalera subterránea con la velocidad que da la más
profunda desesperación. No necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos
captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada más que
el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos
cuando daba la vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras.
Me tambaleé hacia arriba, jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que
consumía cualquier pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de
horror. ¡Pobre Chaupin!
Me parecía que los ruidos se
acercaban cada vez más; luego
brotó un ronco aullido en las
escaleras directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado
con sus tonos infrahumanos, acompañado de una risa nauseabunda y espantosa.
¡Estaban llegando!
Seguí corriendo, al rítmico
trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que
se estaban acercando al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi
nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera sin fin que se retorcía como una
serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas mis
fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba,
arriba, más cerca, más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y
espanto.
Por fin se terminaron las
escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los
monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de
mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su sitio, lleno aún de los
rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al hacerlo, la
moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores
al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar
tambaleándome al mundo de los mortales.
Nunca olvidaré aquella noche,
por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca más encontraré
el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me
entierren en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo
que he llegado a ser. Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del
asunto; pero hay un recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir
borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los
monstuos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.
¡ Pues el primero y principal
de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres como el
Profesor Chaupin!
Trad. M. V. LENTINI
Narraciones Géminis de Terror, nº14
Ediciones Géminis. 1968
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