Cuando
llegó a la casa de sus tíos lo único que tenía, además de la ropa que tenía
puesta y algunos libros viejos, era un cofre de madera tallado a mano, de
escaso valor real (diez o veinte pesos, según le habían dicho), pero de un
incalculable valor ritual para él porque ese cofre era lo único que conservaba
de una edad más dichosa.
Sus tíos eran muy pobres y tenían muchos hijos y lo
había adoptado a él como si verdaderamente hubieran sido capaces de mantenerlo.
La casa le pareció inmediatamente un lugar de castigo. Sus primos, unos niños
rubios y blanquísimos, pero sucios y harapientos, lo miraron como un objeto
extraño. Su tío no era argentino pero hablaba bastante bien el idioma del país,
salvo cundo blasfemaba. Él entonces sólo tenía trece años y ahora contaba
diecisiete, cuando ya podía darse cuenta de que no estaba en el infierno. Los
chicos que, cuando llegó, lo miraban como un objeto extraño, eran ahora
muchachos de trece y catorce años; pero el infierno no se había movido ni los
niños habían crecido porque el clima primordial subsistía en el vientre de su
tía, que dando a luz todos los años se marchitaba como una esponja.
Nada había variado, pues, ni las blasfemias de su tío dichas en un
dialecto traído del otro lado del mar, pero que él entendía perfectamente y a
través de las cuales captaba la intensidad de la ira que las producía. Su tío
poseía una para cada grado de ira, y
quizá tuviese otras en reserva, que jamás había dicho, para ciertos instantes
de horror y paroxismo. Ahora que tenía diecisiete y sabía que estaba en el
infierno, pensaba que el dios que insultaba su tío no era quizás aquel dios de
quien él poseía un vago recuerdo, sino, como el dialecto en que era vulnerado,
un dios traído del otro lado del mar o quizás nacido allí mismo y acostumbrado
al dolor y a la miseria. El infierno descubierto en la infancia había crecido
con él, se había multiplicado en el vientre de su tía.
En el barrio de la pequeña ciudad a él lo conocían
todos por Capozzo, el apellido de su tío, aunque él se llamase Peralta, salvo
teresa, la muchacha de la casa vecina, a quien miraba pasar como algo
inalcanzable, blanca y altísima bajo el pelo negro. Había hablado muy pocas
veces con ella . ¿Cómo atreverse a hablar con el ángel siendo un condenado?
Muchas veces se había detenido para mirar la puerta alta y dorada, tan
inaccesible como la propia teresa, y el hermoso bacón con flores, y justificaba
que ella pasara las más de las veces sin mirarlo y que sólo de vez en cuando lo
llamara para preguntarle algo sin importancia. Pero lo llamaba por su verdadero
nombre y él sentía entonces que ella lo rescataba, que lo sacaba del infierno,
aunque por eso mismo se volviese más inalcanzable. Él respondía solamente con
las palabras justas que requería la pregunta, y jamás se hubiera animado a
pronunciar otras que no significasen masa más que una respuesta estricta. Y
vislumbraba, desde cualquier parte del infierno que el amor y los afectos eran
cosas muy puras, pero pertenecían a los seres humanos, eran como un agua
violada que se escondía en los ojos y en lo alto de su cabello. Los hombres
representaban mediocremente todo lo realmente puro del mundo, lo adaptaban a
sus almas entristecidas y sólo daban aspectos mutilados de algo que sin duda
era muy hermoso.
Las piezas que constituían la casa de los Capozzo daban todas a la calle,
unidas por una galería, de modo que un espectador podía desde la calle ver
entrar y salir a los demonios, de una habitación a la otra, a pesar de la
enredadera que cubría la verja de alambre tejido durante el verano. Dos
cuartos, hacia la derecha, servían de dormitorios a sus tíos y a los niños de
sexo femenino; en el otro dormían el resto de la familia, grandes y chicos en
dos camas enormes unidas como si fueran una sola. Él dormía en un cuarto más
pequeño, donde guardaban también el carbón y la leña. Sobre la cabecera de su
cama, en una repisa, estaba el cofre. Dentro del mismo guardaba algunas cartas,
una ramita seca que le había dado Teresa y un certificado de estudios donde constaba
que había aprobado el sexto grado de la escuela primaria, cosa que antes le
había parecido un triunfo suyo digno de ser admirado pero que los años había
menoscabado. Lo había guardado para mostrárselo a Teresa algún día, para que
supiera que él era o tenía algo, pero ahora se burlaba de esa deseo diciéndose
que ningún certificado le permitiría evadirse del infierno. En realidad lo
guardaba porque creía que el papel, en cierto modo, pertenecía a Teresa; y en
rigor tenía el mismo valor que la ramita seca, caída de las manos de Teresa en
un noche recordable, y que él recogió del suelo como si se tratase de un
hallazgo valioso.
Durante los ocios que seguían a sus changas ocasionales, dibujaba. Lo
hacía siempre. Cuando ganó el premio de dibujo en el concurso organizado por
una entidad de turismo y fue a recibirlo, ante tanta gente,tuvo miedo. Vio que
todos aplaudían, pero no a él, a Peralta, que también podía ser otra
cosa que un maldito. Dijeron su nombre verdadero, pero ¿quién lo había oído?
Quizás los que lo oyeron pensaon que se trataba de un error. Teresa no estuvo
allí y nunca se entró probablemente, y decírselo ahora era como mostrarle el
certificado que estaba en el cofre. Ya nadie se acordaba del concurso.
Recordó que un día le había dado a un dibujo al hermano de Teresa, para
que ella lo viese. Nunca pudo saber si ella lo vio. El hermano le pidió más
dibujos durante mucho tiempo. Él trazaba paisajes y retratos procurando que de
alguna manera se relacionasen con ella. Trataba de contarle todo lo que padecía
y su esperanza de salvarse. Si Teresa los había visto, sin duda sabía muchas
cosas de él y así por lo menos podía compadecerlo.
En sus dibujos procuraba mostrar algunas cosas pero ocultaba otras. Las
riñas entre sus tíos, por ejemplo, sobre todo a la hora de comer. Comían y
reñían en la galería, sentados los que podían en la única mesa, que había que
apoyar contra la pared porque estaba muy desvencijada. Los que no cabían comían
sentados en el suelo, apoyados también contra la pared, cerca de la mesa. Él
prefería esta última posición para ocultarse a los ojos de los que pasaban por
la calle.
Pero en realidad no hubiera necesitado ocultarse, porque Teresa, cuando
pasaba, jamás miraba hacia la casa y parecía ignorarla totalmente. Era ya una
mujer adulta, aunque tuviese su misma edad, y parecía cada día más
inalcanzable. Por otra parte él había abandonado toda idea de salvación, cuya
prefiguración era Teresa, sentía piedad por la miseria que lo rodeaba y de la
que él formaba parte y pensaba que el infierno, en último término, era un lugar
que los condenados amaban y ocultaban pacientemente. Pensaba que nunca podría
abandonar esa casa porque lo mantenía allí una vocación de silencio y abandono,
una fuerza tenaz que él mismo alimentaba.
Cuando se suicidó la tía (una solución de cianuro que acabó con ella y
con el vástago que como siempre llevaba en el vientre), el infierno pareció
florecer, resplandecer en sus frutos para que todos, incluidos los
indiferentes, pudiesen verlo. Ahora un espectador podía ver desde la calle una
gran actividad en la casa, entrar y salir a los demonios de una pieza a la
otra. Velaban a la tía en la habitación de la derecha. A él le parecía falso el
hecho de que algunos que no fuesen ellos mismos estuvieran en la casa. Y advirtió
que la gente no había ido por piedad o por cortesía o por seguir las costumbres
sino para acabar un asombro. Se miraban entre ellos como entendiéndose
secretamente, y luego callaban y alzaban los ojos hacia las gesticulaciones y
blasfemias del tío, que se paseaba aparatosamente por toda la casa.
Cuando apareció Teresa él estaba en cuclillas cerca de la pared. La vio y
tuvo la sensación de que ella avanzaba y él retrocedía tratando de ocultar la
miseria en la que vivía. Ella lo arrinconaba contra los muros grasientos, y sus
ojos, extendiéndose, veían los aspectos más repugnantes de su vida. Y aunque él
hubiese querido tapar la casa entera con su cuerpo con su cuerpo, incluso el
ataúd y la gente que había venido, habría sido imposible porque los ojos de Teresa
estaba hechos para verlo todo y cubrían con sus globos ariscos hasta los
últimos confines de la casa.
“Lo siento mucho”, dijo ella, entrando en la habitación en donde velaban
a su tía, y él sintió que Teresa estaba viniendo para acabar con una lucha donde
él había sido vencido.
No respondió. Hubiera querido decir que la muerte de su tía no
significaban nada para él, que como todo lo demás en aquel ámbito carecía de
sentido; pero sintió que no era sólo la miseria lo que tenía que ocultar, no
sólo el biombo sucio que lo separaba del carbón y de la leña, sino todo lo que
Teresa ya no vería jamás, lo que había pasado ya y el hábito del infierno. Y
quién sabe hasta qué punto la suya era una visita formal, por tratarse de una
muerte (de lo contrario nunca hubiese ido a su casa), quién sabe hasta qué
punto había venido para eso o para saber cómo vivía él, el hombre que se había
atrevido a amarla, no porque se tratara de ella, que era una simple
circunstancia, sino a amar a alguien.
Imposible, pues, ocultar nada, aunque dispusiera de un enorme biombo que
cubriera toda la casa.
Pensó en el cofre labrado, no entrevisto por Teresa, fue hasta su cuarto
y se echo en el catre. ¡Cuánto daría para que ella no hubiese entrado, para que
no hubiese visto! Uno de los niños llegó entonces y le dijo que Teresa lo
llamaba. En realidad eso creyó él, porque lo único que dijo el niño fue Teresa
está aquí y se fue inmediatamente. Él antes de ver sintió la presencia de
ella asomando la cabeza y parte del cuerpo por encima del biombo. Levantarse,
mirar el cofre y caminar luego con ella por la galería era finalmente un solo
acto inconsciente que nunca podría reconstruir. Dijo palabras tontas,
ridículas, que sólo tenían sentido para él o para la Teresa que imaginaba, algo
así como se equivocó de cuarto, el muerto está aquí, sintiendo que se
arrepentía de decirlas mientras estaba diciéndolo.
Cundo Teresa se fue, él sintió que no la había perdido a ella sino al
ángel que había descendido desde su cabello. Él en cambio era lo absurdo,
o en todo caso un demonio que cualquiera podía ver desde la calle, abriendo
puertas, saliendo de un cuarto para entrar a otro sin poder ocultarse nunca totalmente.
Pero después de todo la frase que le había dicho a ella no era tan
ridícula, porque cuando se fueron todos los visitantes, que eran también como
unos demonios acusadores, sintió que él también había muerto. La única
diferencia entre la muerte de su tía y la suya era que él podía todavía palpar
los muros envejecidos y oír bajo sus pies el crujido de los pisos de madera
gastada. Teresa sabía todo de antemano y había ido para demostrárselo y
advertirle que era infantil pensar en ella. Su vida había terminado allí, y un
demonio como él no podía ir a ninguna parte, porque le costaba mucho demostrar
que no lo era. Podía irse, sin duda, pero antes tenía que pensar en el modo de
hacerlo para la suya no fuese una simple partida sino una fuga. Los demonios lo
dejarían ir tranquilamente, hasta festejarían su ocurrencia , pero él quería
fugarse, ser un elemento extraño a ellos que por fin se evade y consigue la
libertad.
En ese dilema estaba cuando un día oyó los gemidos. No les prestó
atención, pero cuando advirtió que eran gritos de Teresa que venían desde su
casa corrió velozmente y se detuvo ante la puerta, alta y dorada, hecha para
que sólo teresa entrase por ella. Los gritos habían cesado. Era mejor volverse.
Además, creía que no debía cruzar esa puerta, ese paraíso que perdería para
siempre. Los grito volvieron ahora, más fuertes que antes. Tomó el picaporte:
la puerta estaba con llave. Entonces arrojó varias veces su cuerpo contra ella,
oyendo que los gritos crecían adentro. En ese instante hubiera querido estar
encerrado en un lugar oscuro y desde allí oír los gritos de Teresa, pero no
derribar aquella puerta, penetrar hacia un fondo del misterioso y ausente. Los
tres niños lo habían seguido hasta allí y lo miraban. Les ordenó que se fueran,
pero ellos fingieron no oírlo. Al fin la puerta cedió y una hoja cayó entre un
estrépito de vidrios rotos. Miro y quedó inmóvil. Vio cuartos inmundos, enormes
patios vacíos, separados por pequeñas balaustradas, llenos de basura. Corrió
hacia adentro, hacia los gritos, alzó los ojos y vio un cielo distinto,
pesante. Al llegar al último patio vio a Teresa con un impecable vestido blanco
apenas manchado, peleando con su padre, borracho y su madre, una especie de
bruja que nunca había visto, sentada en un sillón de paralíticos. Teresa,
armada con un palo, hirió a su padre en la frente y éste cayó. Sin poder
deshacerse todavía de sus primos, que lo seguían, acudió. Teresa lo miró
entonces y con una voz extraña, prostituida, le dijo que ayudase, que no se
quedara parado como un imbécil. Él fue hasta el grifo, bajo la mirada oblícuala
de la vieja, mojó su pañuelo y se inclinó a lavar al herido.
Mientras lavaba la frente sangrienta que él advirtió
súbitamente normal, pareciéndole falsa en cambio la que estaba acostumbrado a
oírle. Ella lo miraba sin ningún temor y él bajaba los ojos sin atreverse a
enfrentar su mirada, como si fuese él quien había mentido y fingido. Recordó
que muchas veces, cuando era chico, el hermano de Teresa lo había invitado a
entrar. Él era, pues, el único culpable. Ella jamás le había ocultado nada.
Teresa seguía hablando familiarmente, como si ya fuesen marido y mujer. Miró a
un costado y vio que varios de sus primos se familiarizaban con la casa e
invadían todos los rincones. Les ordenó volverse. “¿Por qué? Ellos vienen
siempre”, dijo Teresa. De la frente del herido ya no manaba sangre, pero el
hombre seguía inconsciente, quizás por el alcohol que había ingerido. Entonces
él alzó los ojo y miró a Teresa y, farfullando algo, empezó a sonreír.

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