Perder la razón es la cosa más lenta y más aburrida del mundo. Desde mi
infancia, he estado a punto de hacerlo más de una vez. Al igual que casi todos
mis amigos, al haber nacido bajo la maldición que aflige a todos los mortales,
pero especialmente a los modernos. Me refiero a la maldición que hace que un
hombre tenga que forzar su inteligencia casi
hasta el límite antes de tener la oportunidad de vivir.
Pero el proceso de enloquecer es aburrido por la sencilla razón de
que nadie es consciente de que sucede. La rutina, el tomarse las cosas al pie
de la letra, una seriedad seca, un hambre mental, componen el ambiente de la enfermedad. Si
alguien pudiese ser consciente de su locura, dejaría de estar loco.
Una persona estudia algunos textos del libro de Daniel o criptogramas
en las obras de Shakespeare, con unas lupas monstruosas que siempre tiene
puestas sobre la nariz. Si se las pudiese quitar una sola vez, las haría añicos. Una persona deduce sus
fantasías, sobre la raza anglosajona o sobre el sexto sello, de un primer
axioma que no puede ver. Si pudiera estudiarlo, se daría cuenta de que no esta
allí.
Este
lento y temible proceso de autohipnosis mediante el error puede ocurrirle no solamente a individuos
sino a sociedades enteras. Es difícil detectarlo y demostrar que ocurre, por lo
tanto es difícil de curar. Pero esta degradación mental puede ser detectada
mediante un examen que considero eficaz. Una nación no enloquece por hacer
cosas extravagantes, mientras las emprenda con un espíritu extravagante: Los
cruzados que no se arreglaban la barba hasta no contemplar Jerusalén, los
jacobinos llamándose los unos a los otros Harmondius o Epaminodas cuando sus
nombres eran Jacques y Jules. Son excentricidades, pero fueron obra de almas
turbulentas durante tiempos alborotados.
Pero cuando vemos una excentricidad encajada con mansedumbre, el
estado ha enloquecido. Por ejemplo, tengo licencia de armas. Por todo lo que yo
sé, esto, lógicamente, me permite disparar
cincuenta y nueve cañones día y noche,
en mi jardín. No me sorprendería que alguien lo hiciese porque se lo pasaría muy bien. Pero me sorprendería
que los vecinos lo aceptasen como algo normal solamente por ser conforme a la
letra de la ley.
O otro ejemplo: Tengo licencia para perros y puede que tenga derecho
( por lo poco que sé) a soltar diez mil perros salvajes en Buckinghamshire. No
me sorprendería ante semejante ley, porque en la moderna Inglaterra
prácticamente no hay ley de la que no asombrarse. Ni siquiera me sorprendería
ante el hombre que lo hiciese, porque
cierta clase de persona, si vive lo bastante sometido al sistema de
terratenientes inglés, sería capaz de cualquier cosa. Pero me alarmaría ante
gente capaz de aceptarlo. En otras palabras, pensaría que el mundo ha perdido
la razón si el incidente fuese aceptado en silencio.
Ahora bien, cosas como estas suceden cada día y son aceptadas en
silencio. Todos los golpes se deslizan por la suavidad de un muro esmaltado.
Los golpes no se escuchan contra la blandura de una celda acolchada. Y es que
la locura es un estado tan pasivo como activo. Es una parálisis, una negativa
de los nervios a responder ante un estimulo normal tanto como una respuesta
anómala. Hay colectivos, a los que se
puede distinguir claramente en algunos lugares de la historia, que pasan de la
riqueza a la miseria, de la gloria a la
insignificancia de la libertad a la esclavitud, no ya en silencio si no incluso
con serenidad. Han perdido el poder de asombrarse de sus propias acciones. El
rostro aún sonríe por más que los miembros
de forma repugnante se están desprendiendo del cuerpo. Cuando adoptan
una moda descabellada o promulgan una
ley absurda, no se asombran del monstruo que han parido. Se han acostumbrado a
su propia sinrazón. Su cosmos es el caos, el remolino su aliento. Estas
naciones se arriesgan, en verdad, a perder colectivamente la cabeza; de
convertirse en un vasto teatro de la estupidez, con ciudades en ruinas y locos
campos salpicados de industriosos lunáticos. Uno de estos países es la moderna
Inglaterra.
He aquí un ejemplo sacado de
la realidad, una pequeña muestra de cómo funciona realmente nuestra conciencia
social: de espíritu domesticado, descabellado en el resultado, recibido en
silencio. Algo sin la luz del entendimiento. Tomo este párrafo de un diario.
“Ayer en Epping, Thomas Woolbourne,
un obrero de Lambourne, fue citado a juicio junto a su esposa por negligencia
de sus cinco hijos. El Dr.Alpin declaró
que fue invitado a visitar el hogar del acusado por inspectores de la sociedad nacional para la prevención de la
crueldad contra la infancia Tanto la casita como los niños estaban muy sucios.
Comprobó que la salud de los niños era extraordinariamente buena, aunque la
situación sería grave en caso de enfermedad. Se comprobó que los acusados
estaban sobrios. El hombre quedo en libertad. La mujer, que alegó en su defensa
que no podía limpiar que la casita porque no tenía agua corriente y estaba enferma, fue sentenciada
a seis semanas de cárcel. La sentencia sorprendió a los acusados. La mujer fue
arrastrada fuera de la sala llorando y gritando “¡Qué Dios me ayude!” “.
No sé como llamar esto si no es chino. Invoca la imagen mental de una arcaica e inmutable corte
oriental en que hombres de rostro reseco ejecutan alguna atroz crueldad acompañándose de proverbios y epigramas cuyo sentido han olvidado. En
ambos casos lo único que podemos considerar real es la injusticia. Si aplicamos
el menor toque de razón, todas las acusaciones de Epping se disuelve hasta la
nada.
Desafío aquí a cualquier persona cuerda a explicarme porque metieron
en la cárcel a esa mujer. O por ser pobre o por estar enferma. Nadie ha sugerido, nadie puede sugerir, de hecho
nadie ha dicho, que cometió algún otro crimen. Al médico le llamaron de una
sociedad para la prevención de la crueldad hacia los niños. ¿Era culpable esta
mujer de crueldad hacia los niños? En absoluto. ¿Dijo el médico que fuese
culpable? En absoluto. ¿Había alguna prueba, por remota que fuese, que delataba
el pecado de crueldad? Ni un ápice. Lo peor que el doctor se decidió a decir es
que aunque la salud de los niños era extraordinariamente buena, la situación
sería grave en caso de enfermedad. Si el médico me indicase una situación que
resultase cómica en caso de enfermedad, tomaría en consideración su argumento.
Esto es lo peor de las preocupaciones modernas. El doctor loco esta
efectivamente loco. Es, en el sentido literal y práctico, un demente pero sigue
siendo, en el sentido literal y práctico, médico. La única cuestión es la
antigua “Quis docebit ipsum
doctorem?” . Pues la crueldad hacia los niños es algo por completo
antinatural, instintivamente maldita en el cielo y la tierra pero el abandonar
los niños es algo natural, como el abandonar
cualquier otro deber. Solo una ligera diferencia separa el estirar
brazos y piernas haciendo gimnasia a estirarlos en el potro de tortura. Solo
una ligera diferencia separa la cirugía de la tortura. A retorcerle a alguien
los pulgares se le puede llamar manicura con facilidad. A que te arranquen los
miembros potros salvajes, masaje. El problema moderno no es tanto lo que la
gente soportará como lo que no soportará. Pero me temo que estoy
interrumpiendo... ya hierve el agua y el décimo mandarín esta recitando los
diecisiete principios fundamentales y las cincuenta y tres virtudes del sagrado
emperador.
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