El otro
día, mientras estaba pensando en cuestiones de moral y en el Sr.H.Pitt, fui,
por así decirlo, secuestrado e introducido en un banco de jurado para juzgar a
alguien. El secuestro duró unas semanas pero no dejo de parecerme algo
repentino y arbitrario. Me sentaron ahí porque vivo en el barrio de Battersea y
mi apellido empieza por la letra C.
Mirando por el tribunal, vi una autentica multitud que había acudido a
la citación del juzgado. Toda esta procesión vivía en Battersea y su nombre
empezaba por C.
Parece ser que siempre citan al jurado haciendo estos barridos alfabéticos.
De un plumazo oficial, por así decirlo, Battersea queda desnudo de sus C y se
tiene que apañar como pueda con el resto de alfabeto. De una calle falta un tal
Cumberpath, de otra un Chizzolpop, tres Chucksterfields de la mansión
Chucksterfield, los niños lloran la ausencia de Cadgerboy, la comadre de la
esquina llora por su Coffintop y no admite consuelo. Nos acomodamos juguetones
en nuestros asientos, ( somos una especie temeraria los C de Battersea, no nos
preocupan las consecuencias) y nos toma juramento de forma totalmente inaudible
un sujeto que parece un cirujano militar que hubiese entrado en su segunda
infancia. Entendemos sin embargo que debemos juzgar bien y fielmente el asunto
que enfrenta al Tribunal, la Corona y el prisionero. Los tres están, de momento, por aparecer.
***
Justo cuando daba por hecho que la corona y
el acusado estaban seguramente llegando a un acuerdo amistoso en otra sala,
apareció la cabeza del acusado por encima del banquillo. El cargo es robo de
bicicletas y es la viva imagen de un amigo mío. Nos metemos con detenimiento en
el asunto de robo de bicicletas. Juzgamos
bien y fielmente el asunto de las bicicletas que enfrentan a la corona y al
acusado. Acordamos, tras una discusión breve pero profunda, que la corona no
esta implicada en modo alguno. Después nos ocupamos de una mujer acusada de
descuidar a sus hijos. Parece como si algo o alguien hubiese sido descuidado
con ella. Soy uno de los que están más bien convencidos de ello.
Durante el tiempo en que el ojo observó estas apariciones y la mente
formuló estos frívolos comentarios, el corazón sintió una pena primitiva y un
miedo que el ser humano ha sido incapaz de formular desde el principio. Pero es
lo que da su fuerza a la mitad de los poemas del mundo. Este estado de animo no
puede ni sugerirse a no ser diciendo que la tragedia es la máxima expresión del
valor de una vida humana. Nunca me había encontrado tan próximo al dolor y
nunca tan lejos del pesimismo. Por lo
general, no diría palabra de estas emociones oscuras, hablar de ellas es
demasiado difícil. Las menciono ahora a cuento de una razón, concreta y
especifica, que inmediatamente expondré.
Las menciono porque con su calor encontré, de forma curiosa, la
confirmación de una verdad política o social. Vi con una claridad rara e
indescriptible en que consiste realmente el jurado y porque nunca debemos
abandonarlo.
Hasta la fecha, nuestra época se ha orientado de manera consistente hacia
la especialización y la profesionalidad. Tenemos ejércitos profesionales porque
luchan mejor, cantantes profesionales porque cantan mejor, cómicos
profesionales porque se ríen mejor, etcétera. Numerosos escritores modernos han
planteado esta idea para el derecho y la política. Muchos socialistas
fabianos han insistido en que la mayor
parte de nuestra actividad política debería realizarse por expertos. Muchos
juristas han planteado que el jurado lego debe ser suplantado por el juez
profesional.
***
Bueno, si este fuese un mundo
realmente razonable, no creo que hubiese nada que objetar. Pero lo que realmente aprendemos de la
experiencia, la verdadera base de toda religión, es que la cuatro o cinco cosas
más esenciales que debe conocer un hombre, son todas ellas lo que llamamos
paradojas. Es decir que por más que
resulten evidentes en la vida diaria, difícilmente podemos formularlas sin
parecer culpables de contradicciones verbales. Una de ellas es, por ejemplo, el
indiscutible tópico de que la persona que más disfruta consigo misma es la que menos lo pretende. Otra es la paradoja
del valor que consiste en que la forma de evitar morir es no temiéndolo en
exceso. Al que le importa tan poco partirse un hueso que trepa a una roca sobre
las olas, puede que salve su vida con ese descuido. El que pierda su vida la salvará. Como ven un comentario totalmente
prosaico y practico.
Pues bien, entre estas cuatro o cinco paradojas que deberían enseñarse a
cada bebé que juega en las rodillas de su madre, se encuentra la siguiente: a
más mira una persona algo menos la ve, a más la estudia menos sabe de ello. El
argumento fabiano a favor del experto, que debemos confiar en personas
entrenadas, sería totalmente inexpugnable que fuese cierto que la gente que
estudia algo y lo práctica cada día, entiende el significado y la importancia
de ese algo cada vez mejor. No lo hace. Cada vez ve menos de su sentido e
importancia. De la misma manera en que nosotros, a no ser que nos recordemos
que debemos ser humildes y agradecidos, vemos cada día menos el sentido y la
importancia del cielo y las montañas, lo que es una pena.
***
Es un asunto tremendo señalar a
alguien para que reciba la venganza de los demás. Pero es algo a lo que
se puede uno acostumbrar. Uno se acostumbra a cosas terribles, como el sol. Lo
verdaderamente horrible de toda la
administración de justicia, incluso de los mejores de entre jueces,
magistrados, abogados, detectives y agentes de policía, no es que sean malos (
algunos son buenas personas) ni que sean idotas (un puñado es muy inteligente),
es sencillamente que se han acostumbrado.
Hablando con propiedad, no ven al acusado en el banquillo. Solamente pueden
ver al hombre de siempre en su lugar habitual. No contemplan el imponente
tribunal donde se imparte justicia, solo su lugar de trabajo. Por lo tanto, la
civilización cristiana ha decidido muy sabiamente que en cada nueva ocasión
reciban una transfusión de sangre e ideas nuevas procedente de las calles. Que
lleguen personas capaces de ver el tribunal y la multitud, los rostros vulgares
de agentes y rateros, los rostros consumidos de los viciosos, el rostro
inverosímil de los abogados mientras gesticulan. Y ver todo esto como uno mira
un cuadro nuevo o el estreno de una obra de teatro.
Nuestra civilización ha decidido, con toda razón, que determinar
la inocencia o culpabilidad de alguien es un asunto demasiado trascendental
como para confiárselo a los profesionales. Si desea iluminar un asunto tan
terrible, solicita doce hombres de la calle tan ignorantes del derecho como yo
mismo, pero capaces de sentir lo que yo sentí en el banco del jurado. Cuando lo
que quiere es que se catalogué correctamente una biblioteca, conocer las
dimensiones del sistema solar o cualquier otra cosa irrelevantes, utiliza a
especialistas. Pero cuando quiere hacer algo realmente importante coge a doce
hombres corrientes que andaban por ahí. Si no recuerdo mal, el fundador del
cristianismo, no hizo otra cosa.
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