PROLOGO
-Señor doctor en Física-dijo nuestro huésped
-, dejemos lo demás, que quiero rogaros que nos narréis algún cuento de tema
honrado.
-Así
lo haré, si se quiere - repuso el doctor - Ea, buena gente, escuchadme.
Y comenzó su cuento.
EL MEDICO
-Relata Tito Livio que hubo antaño un
caballero llamado Virginio, hombre muy digno y honrado, rico en bienes y en
amigos.
No
tuvo con su esposa otra progenie que una hija, joven de soberana belleza,
porque la naturaleza creóla con tantas excelencias y tan meticuloso primor que
parecía querer proclamar con ella:
-Ved cómo sé modelar una criatura, cuando se me antoja. ¿Hay quien me
imite? No ciertamente Pigmalión, por mucho que sin cesar forje, grabe o pinte;
ni tampoco Apeles o Zeuxis, así se esfuercen en grabar, cincelar o trazar. No,
no me emularían que por algo el Creador me hizo su vicario general en materia
de formar las criaturas terrestres según mi gusto. Sí, que todas estas cosas
están a mi cuidado so la capa de la creciente y menguante luna. Y nada por mi
trabajo pido, porque mi Señor y yo estarnos en total armonía, y yo he modelado
esa doncella para honrar a mi Señor. Asimismo hago con los demás seres,
cualesquiera que sean sus formas y colores.
Catorce años contaba aquella mocita en que tanto se holgaba la
naturaleza. Porque ésta, así como sabe pintar de blanco el lirio y de carmín la
rosa, supo con iguales calores pintar los lindos miembros de aquella noble
criatura antes de nacer, y Febo tiñó los bucles de la niña con los rayos
esplendentes de su luz.
Si la
doncella era excelsa por su hermosura, mil veces más lo era por sus virtudes.
Ninguna buena cualidad le faltaba. Era casta de alma y de cuerpo, humilde y
sobria, paciente y abstinente, y modesta en su porte y compostura. Razonaba con
discreción y, aunque hubiese sido tan sabia como Palas, se habría expresado
con femenil sencillez, huyendo de expresiones rebuscadas, que pudieran oler a
doctas usando términos adecuados a su condición y procurando que todos se
ajustasen a la virtud y la cortesía.
Mostraba siempre el recato propio de una doncella, era de corazón
constante y siempre Procuraba ocuparse en algo, para ahuyentar la vana
ociosidad. Baco no prevalecía sobre su boca, porque el vino y la juventud
acrecen los placeres de Venus como se acrece el fuego con aceite o grasa. A
causa de su espontánea virtud, muchas veces la joven fingiese enferma para
rehuir las reuniones donde sólo locuras se hablan, como son los festines,
danzas y orgías, que dan ocasiones de retozo. En esos sitios se hacen tales
cosas que maduran harto pronto a los niños, infundiéndoles
insolencia y, atrevimiento, y esto es peligroso. Que demasiado presto aprenden
las mocitas el descaro al hacerse mujeres.
Respecto
a esto, vosotras, dueñas, a quienes los señores encomiendan el cuidado de sus
hijas, pídoos que no os incomodéis de mis palabras. Pensad que sólo por dos
cosas dirigís a las hijas de los señores: ora porque conservasteis vuestra
honestidad, o porque, habiendo sido livianas y conociendo asaz bien ese arte,
habéis abandonado para siempre tan malhadada práctica. Así, en consideración a
Cristo, no desmayéis en instruir a las damiselas en la virtud. Porque el
cazador furtivo, cuando deja sus aficiones y mañas, puede ser mejor
guardabosque que cualquier otro hombre. En consecuencia, guardad bien a las
doncellas, que, si queréis, en vuestra mano está el hacerlo. No les consintáis
vicio alguno, y así no se vituperará vuestra mala intención, que si la tuviereis,
seria traidora. Y entended que no hay traición más vil que la del que seduce
al inocente.
En cuanto a vosotros, padres y madres, si tenéis algún hijo, sabed que
os está confiada su custodia mientras se halle bajo vuestra potestad. Cuidad
que no se pierda con el ejemplo de vuestra vida, ni tampoco por vuestra
negligencia en el castigo, porque si tal aviene, vosotros lo pagaréis caro. Al
pastor incurioso e indolente, el lobo le arrebata muchas reses.
Pero
quédese esto aquí y volvamos a nuestro tema. La doncella de mi cuento se
guardaba sola de tal modo que no necesitaba dueña. En su vida podrían las demás
jóvenes haber leído, como en un libro, las buenas palabras y obras que a una
mocita virtuosa corresponden, pues era muy discreta y caritativa.
Por ello se propagó la fama de su belleza y muchas bondades, y todas
los amantes de la virtud loaban a la hija de Virginio. Sólo la miraba mal la
envidia, que se duele de la dicha de los demás y se satisface de su dolor e
infortunio, como dice el Doctor.
Un
día, aquella joven, según suelen las de su edad, fue a misa con su
madre. Había en la ciudad un magistrado que gobernaba la región. Y este juez,
al pasar junto a él la damisela, puso sus ojos en ella y la miró buen rato. Y
en seguida se alteraron su corazón y pensamiento, por lo enamorado que quedó de
la belleza de la muchacha. Así, se dijo en secreto: «Mía será esta moza,
aunque pese a todos.»
Y entonces el diablo se adentró en su corazón e insinuóle que él, con
destreza, podía conseguir a la jovencita. No le parecía posible obtenerlo con
violencia o con dádivas; lo primero por tener ella muchos amigos, y lo
segundo por gozar fama de tan elevada virtud, que era obvia que el magistrado
no podría persuadirla de que pecase.
Así,
habiendo deliberado mucho consigo mismo, hizo llamar a un malvado que en la
ciudad había y que gozaba fama de artero y resuelto. El gobernador,
secretamente, explicó a aquel malandrín sus designios, mandándole prometer que
no los contaría a nadie, so pena de la cabeza. Y habiendo concertado los dos
un infame proyecto, el magistrado, muy jubiloso, miró con buen semblante al
rufián y le hizo valiosos presentes.
Ya
convenida toda la maquinación que debía satisfacer la lascivia del gobernador,
el villano, que se llamaba Claudio; retornó a su morada. Y el juez, cuyo nombre
era Apio (pues esto no es invención, sino auténtica y palmaria historia, tan
cierta como indudable), realizó cuanto le parecía adecuado al fin de lograr su
placer.
Así, según cuenta la historia, pocos días después el perverso
magistrado acudió a su tribunal, como solía, para sentenciar las cosas que le
presentaban. Y el traidor villano entró allí diciendo:
-Señor,
si tal es tu voluntad, hazme justicia en una lastimosa demanda que debo
presentar contra Virginio. Si él rechazare mi imputación, yo acreditaré con buenos
testigos que es cierto lo que declaro.
Contestóle el juez:
-No
puedo, en ausencia del acusado, sentenciar en firme. Hágasele llamar y tú
habla, que yo te atenderé de buen grado y haré justicia y no iniquidad.
Vino
Virginio para saber qué le quería el magistrado, y entonces se leyó la execrable denuncia, que era ésta:
«A
.vos, amado señor Apio, vuestro humilde servidor Claudio expone que un
caballero llamado Virginio mantiene en su poder, contra mi expreso deseo, atropellando
toda equidad y derecho, a una mi sirviente y esclava según la ley, la cual me
fue robada de casa una noche, siendo muy niña. Y esto, señor, si os place,
probarélo con testigos. No es la moza su hija, como el caballero dice, y, por
tanto, señor y juez, suplicoos que me devolváis mi esclava, si así 'os dignáis
hacerlo.»
Oyendo tea petición, Virginio miró con ira al malvado villano, pero
muy luego, antes de que él expusiera su caso y demostrara como caballero, con
testimonio de muchas personas, la falsedad que afirmaba su adversario, el
maldito magistrado no quiso esperar ni oír una sola palabra de Virgilio, sino
que dispuso:
-Mi determinación es que este villano reciba al punto su sierva, la
cual no retendrás tú más tiempo en tu casa. Vete, pues, a buscar a la joven y
ponla bajo mi salvaguardia. El villano recibirá su esclava. Tal es mi
sentencia.
El
digno caballero Virginio, viendo que la sentencia del magistrado le obligaba a
entregarle a la mocita para que Apio viviera lascivamente con ella, volvióse a
su casa, entró en el salón e hizo llamar a su amada hija. Y luego, mirándola
con el rostro descolorido como la ceniza, contempló el púdico semblante de la
muchacha, sintiendo abrumado su corazón por la paternal piedad. Mas sus
sentimientos no le apartaron de su propósito.
-Hija Virginia -dijo -, dos caminos se te ofrecen: la muerte o la
deshonra. ¡Maldito el día en que nací! Nunca tú merecías morir a filo de
espada. ¡Oh querida hija, finalidad de mi vida, tú a quien en tanto regalo he
criado y que nunca te apartas de mi pensamiento! ¡Oh, hija, mayor deleite y
mayor dolor de mi vida! ¡Oh, perla de castidad! Acepta la muerte con
resignación, porque mi voluntad es esa. Es el amor y no el odio lo que te mata,
y mi mano, por compasión, debe decapitarte. ¡Ay! ¿Por qué te vería
Apio nunca? ¡Cuán falsamente, por haberte visto, ha juzgado hoy!
Y contó a la doncella todo el caso, según oísteis. Y ella exclamó:
-¡Misericordia, padre mío!
Y
le echó los brazos al cuello, como acostumbraba. Manaron lágrimas de sus ojos y
preguntó:
-¡Oh,
mi buen padre! ¿Es menester que muera? ¿No existe otro remedio?
-No, en verdad, amada
hija-contestó él.
-Pues entonces-dijo la doncella-, dame
tiempo, padre, para llorar mi muerte, como Jefté otorgó a su hija la merced de
lamentarse antes de que él la matara. Bien sabía Dios que ningún delito había
ella cometido, salvo correr para ver llegar antes a su padre y acogerle con
muchas demostraciones.
Y luego cayó en un desfallecimiento y en
saliendo de él dijo a su progenitor:
-Bendito sea Dios, que me hace morir virgen.
Dame la muerte para, evitar la deshonra. Sí, en nombre de Dios,
ejecuta tu voluntad con tu hija.
Y le rogó una vez y otra que la hiriera
blandamente' con la espada, tras lo cual se postró, desvanecida.
El, con triste voluntad y atribulado corazón, le cortó la cabeza y, empuñándola
por los cabellos, fue a llevarla al magistrado, que aun estaba en el tribunal.
Dice la historia que, cuando el juez vio la
cabeza, mandó que apresasen y ahorcaran sin dilación a Virginio. Pero la
traidora iniquidad fumé conocida, y un millar de hombres, impelidos por su
compasión, acudieron a salvar al caballero. Ya la gente, oyendo la falsa
demanda del villano, había entrado en sospechas de que aquélla era
intriga convenida con Apio, cuya lascivia conocía bien.
Así cerraron contra él y le pusieron en
prisión, donde él mismo se dio la muerte, mientras Claudio, el traidor empleado
por Apio, era condenado a morir en la horca. Pero el clemente Virginio
intervino por él, y consiguió que sólo le desterrasen, lo que le libró de una
muerte segura. Los demás que habían consentido en tan odioso delito fueron
colgados.
Ya veis cómo el crimen recibe su
castigo. Precavéos, que nadie sabe a quién puede castigar Dios. ni
de qué modo el gusano de la conciencia reprochará la mala vida, siquiera sea
ésta tan encubierta que nadie la conozca más que el hombre y Dios. Ni al ignaro
ni al instruido les consta cuándo deberán temer. Así, seguid mi consejo y
abandonad el pecado antes que el pecado os abandone a vosotros.
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