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Geoffrey Chaucer - El capellán de monjas



PROLOGO

-¡Alto! - dijo el caballero -. No sigáis más con eso, mi buen señor. En verdad que ya habéis con­tado bastante, porque entiendo que poca tristeza es su­ficiente para muchos. Por mí sé asegurar que es gran desdicha ver la repentina caída de quien vivió con profusa riqueza y holgura. Al contrario, gran placer y satisfacción hay en mirar cómo quien vivió en mí­sero estado prospera y se torna feliz y próspero. Eso sí que es agradable, y eso sí que sería bueno de contar.
-Por la campana de San Pablo - declaró el hoste­lero - que habéis hablado la pura verdad. Este mon­je platica con brío, diciendo que la fortuna encubrió no sé qué con una nube, y también rezongando algo sobre una tragedia, según todos habéis oído. ¡Par­diez! No se consigue nada deplorando cosas que ocu­rrieron, y además es un tormento, como bien habéis dicho, señor caballero, tener que escuchar cosas tris­tes Cesad ya, señor monje, y Dios os bendiga. Vues­tro cuento disgusta a todos y, además, lo que na­rráis no vale una mariposa, porque no hay en ello amenidad ni diversión.
Así, señor monje, o mejor, don Pedro, como os lla­máis, os pido francamente que contéis cualquier otra cosa. Porque en verdad os digo que, de no ser por lo mucho que suenan las campanillas de los arreos de vuestro caballo, ha tiempo que el sueño me hubiera hecho dar en tierra, y quizá en algún profundo ce­nagal. Y entonces vuestro cuento habría sido vano, porque, como dicen los sabios, a quien no tiene auditorio le sobra expresar su opinión. Y aquí es menes­ter que lo que se cuente yo lo oiga. Así, si os place, referidnos, señor, alguna cosa de caza.
-No tengo ganas de burlas - repuso el monje -. Hable otro, pues que ya he hablado yo.
Entonces el .hostelero, con palabras atrevidas y ru­das, dijo lo siguiente al capellán de monjas:
-Ven acá, cura, acércate, don Juan, y cuéntanos algo que nos alegre el ánimo. Alborózate, hombre, y no te desasosiegue por cabalgar ese penco tuyo, pues aunque sea malo y flaco, lo importante es que te sir­va; no se te dé un comino lo demás. En estando tú contento, lo demás es nada.
-Es verdad, hostelero - contestó el mosén -. To­do es tal y como lo dices, y si no estoy alegre, merez­co vituperio.
Y don Juan, el benigno sacerdote, nos contó su re­lato de la manera que oiréis.
EL CAPELLAN DE MONJAS

Cierta pobre viuda, ya bastante entrada en años, vi­vía tiempo ha en una estrecha cabaña que se alzaba en una cañada, junto al lindero de un bosque. Desde que la mujer había enviudado vivía con resignación y sencillez de su escaso ganado y escasa renta. Con lo que Dios le deparaba proveía, merced a su buena diligencia, a su sustento y el de sus dos hijas.
Sólo poseía tres cerdas grandes, tres vacas y una oveja que llamaba Malle. En su sala y su cuarto in­terior, donde no faltaba abundancia de hollín, hacía la viuda sus pobres colaciones. No había .menester de salsas picantes, porque ningún bocado exquisito co­mía, y su yantar corría parejas con su cabaña. Nunca se indigestaba de un hartazgo, no tenía otra medi­cina que el comer moderadamente, el trabajar y el vivir con el corazón satisfecho. La gota no le dificul­taba el bailar, ni la apoplejía amagaba su cerebro.
No bebía vino tinto ni blanco. En su mesa sólo se veían cosas blancas y negras: a saber, leche y pan moreno, que ella se esforzaba en que no faltasen nun­ca. También había tocino y, en ocasiones, un huevo o dos.
Tenía un corral rodeado por una cerca de leño y un foso seco por fuera, y dentro habitaba un gallo llamado Cantaclaro, ave sin par en toda tierra donde cacareen gallos. Era más grata su voz que el órgano que sonaba en la iglesia los días de misa, y su cantar mucho más infalible que un reloj de abadía. Canta­olaro, en su corral, conocía por instinto cada grado ascendente del círculo equinoccial, y de quince en quince grados cantaba de modo que hubiera sido imposible mejorar. Tenía la cresta bermeja como fino coral y recortada como la almenada muralla de un castillo. Su pico era negro y brillante como el aza­bache, sus patas y garras de tornasolado azul, más blancas sus uñas que la flor del lirio, y su plumaje era como oro pulido a fuego.
Aquel gentil gallo tenía bajo su férula siete galli­nas, todas hermanas y amantes suyas, y semejantes a él en su color. La más galana de todas, por su cuello jaspeado, era la bella Pertelote, gallina discre­ta, cortés, cumplida y de buenos modales. Tan bien se había conducido desde que tuvo siete noches de edad, que había cautivado el corazón del gallo, te­niéndolo, si así puede decirse, ligado enteramente. Y él la amaba y se sentía feliz de hacerlo. Muy her­moso era oírles cantar, entonando sus voces, cuando empezaba a ascender el refulgente sol: «Mi amor se fue a su tierra». Porque ha de saberse que tengo por cierto y averiguado que en aquella época las bestias y las aves sabían hablar y cantar.
Una madrugada, estando Cantaclaro en su percha del corral, rodeado de todas sus esposas y con la bella Pertelote a su lado, empezó a producir ruidos gutu­rales, a guisa de quien sufre un sueño congojoso. Y Pertelote, oyendo estos lamentos, se atemorizó y dijo:
-¡Oh, mi corazón y mi amor! ¿Qué te aflige que suspiras así? ¡Esto es por dormir tanto! ¡Debieras abochornarte!
El contestó las siguientes razones:
-No te enojes señora; pero por Dios que he so­ñado que me veía en tal tribulación que todavía el corazón se me encoge pensándolo. ¡Así Dios interpre­te bien mi sueño y libre mi cuerpo de ominoso cau­tiverio! Soñé que, paseándome por este corral, di­visaba llegar a un animal semejante a un perro, el cual quiso lanzarse sobre mi y estuvo en brete de ma­tarme. Tenía un color entre amarillento y rojizo, con las puntas de las orejas y del rabo negras, y su hocico era menudo y sus ojos brillantes. Todavía me amedrento recordándolo. Por eso debí de quedarme dormido.
-¡Oh, qué vergüenza! -dijo ella-. Quita allá, co­barde. Por el alto Dios te aseguro que has perdido mi corazón y mi afecto, porque yo no puedo querer a un pusilánime. Pues, como ciertas mujeres declaran, todas nosotras deseamos que nuestro esposo sea valiente, sabio, generoso, honrado y no cicatero, ni sandio, ni temeroso de las armas, ni baladrón. ¿Cómo, por el su­premo Dios, osaste decir a tu amada que has tenido miedo? ¿De qué te vale esa barba si no albergas un corazón varonil? ¿Posible es, ¡ay de mí!, que te hayas espantado de un sueño? Bien sabe Dios que en los sue­ños sólo hay ilusión. Del hartazgo dimanan los sue­ños, y muchas veces de vapores y complexiones, cuan­do los vapores abundan en las personas. ¡Pardiez! Esa pesadilla te ha provenido de tu exceso de bilis roja, causa usual de que las gentes sueñen en flechas, en­carnadas llamas, luchas y bestias grandes y pequeñas que quieren morderles. Asimismo los humores melan­cólicos hacen que muchos hombres griten en sueños, por temor de osos o toros negros, o de negros diablos que con ellos quieren cargar.
Aun te podría citar otros humores, que causan gran pesadumbre durante el sueño, pero tocaré esto a la ligera. ¿Acaso Catón, hombre muy sabio, no aconseja que no se crea en los sueños? En fin, cuando baje­mos toma algún purgativo. Sí, por amor de Dios y de mi alma y vida, te exhorto a que te purgues con­tra la melancolía y la cólera. Y a efecto de que no lo aplaces, siendo así que en este lugar no hay boti­cario, yo buscaré en nuestro corral y te mostraré las hierbas más provechosas, que tienen la propiedad de purgar por arriba y por abajo. ¡Por Dios, no lo ol­vides! Tú eres de índole colérica, y así has de procurar que el sol, al ascender, no te halle lleno de humores calientes, pues si hicieres de otro modo, apuesto un real de plata a que atraparás unas ter­cianas o una fiebre intermitente que acabe contigo.
Debes también, durante un día o dos, tomar gusanos, por vía de digestivo, alternándolos con hierbas pur­gantes, corno la laureola, la centaura, la fumaria y el eléboro, que se han en este corral. Asimismo pi­cotearás el tártago y el fruto de espino y la hiedra, que también medra aquí y es de buen sabor. Ea, ma­rido, anímate, ¡por la progenie de tu padre!, y aban­dona tus temores de sueños. Y con esto, baste.
-Señora - dijo el-, muchas gracias por tu cien­cia. Pero sabe que, aunque Catón, tan afamado como docto, manda no temer a los sueños, en los antiguos libros se halla que otros hombres de más autoridad que él opinan lo contrario, habiendo por experiencia advertido que los sueños anuncian las penas y ale­grías de esta vida. Acerca de esto el argumentar so­bra, porque los hechos lo acreditan.
Un gran autor cuenta lo que oirás: iban una vez de peregrinación dos hombres, en buena paz y com­pañía, y llegaron a una ciudad donde la mucha aglo­meración de gente y escasez de alojamientos contri­buyeron a que ellos no hallasen ni aun una choza donde recogerse juntos. Así, hubieron de pernoctar reparados, yéndose uno a una posada y otro a otra, y buscando el acomodo que pudieron. Uno lo halló en una cuadra, al extremo del corral, entre los bueyes de labor, mientras el otro se hospedaba bastante bien, porque la fortuna es caprichosa.
Mucho antes de alborear soñó este hombre que su compañero le llamaba, diciendo: «Acórreme, querido hermano, que esta noche me van a asesinar en el es­tablo donde descanso. Acude con toda diligencia».
El hombre se levantó, asustado por su sueño, pero, luego de despierto, pensó que todo había sido ilusión.
Otras dos veces soñó lo mismo, y a la tercera apare­ciósele su amigo y le dijo: «Estoy harto ya; mira cuán anchas y hondas heridas tengo. Levántate ma­ñana temprano y en la puerta occidental de la ciu­dad hallarás un carro lleno de estiércol, donde está escondido mi cadáver. Mi oro ha sido la causa de este suceso».
Y punto por punto narró, con lívido semblante, cómo había acontecido el asesinato. Y el que soñaba tú­volo todo por tan cierto, que a la mañana, en cuanto fué de día, se encaminó a la posada donde pernoc­tara su compañero y, llegando a la cuadra, empezó a llamarle.
-Señor - dijo el mesonero, acudiendo -, tu amigo ha marchado de la ciudad al amanecer.
El otro empezó a concebir desconfianza, recordan­do sus sueños y, sin demora, fuése a la puerta occi­dental de la población, donde vió un carro de estiér­col del que se usa para engrasar la tierra. Y aquel carro era tal como el aparecido se lo había descrito. Entonces, con denodado corazón, el hombre clamó, pi­diendo justicia de aquella infamia:
-¡Mi compañero ha sido asesinado esta noche y en este carro yace, tendido de espaldas, con la boca entreabierta! ¡Favor! Vengan los magistrados que go­biernan esta ciudad, que aquí está mi compañero muerto.
Vino gente, volcó el carro y en medio apareció el cadáver del asesinado.
Así, ¡oh, Dios bendito, justo y verdadero!, Tú haces siempre patente el homicidio. A diario vemos cómo ello se manifiesta. Porque el asesinato es aborrecible al equitativo y sabio Dios, que no consiente que que­de encubierto. Puede permitirlo un año, dos o tres, pero al cabo hace que se averigüe. Así lo entiendo yo.
Los jueces de la ciudad prendieron al carretero, pu­siéronle a cuestión de tortura para interrogarle, hicieron lo mismo con el mesonero, y al fin los dos confesaron su crimen y fueron ahorcados.
Con esto vemos que los sueños son temibles. En el mismo libro que dije, léese, en el siguiente capítulo (y tenga yo felicidad y gloria como no miento), que dos hombres querían embarcar para gestionar un asunto en un país remoto. Mas los vientos eran con­trarios y les hicieron pasar tiempo en una ciudad pla­centeramente levantada a la vera de una ensenada. Un atardecer el viento cambió, soplando del lado que les era menester. Se acostaron muy alborozados, pen­sando hacerse a la vela temprano de mañana, y he aquí que uno de los dos hombres tuvo un maravilloso sueño hacia la amanecida.
Parecióle ver una figura junto a su lecho. Aquella figura le exhortaba a que esperase y no embarcara, con estas palabras:
-Sólo he de decirte que, si partes mariana, te aho­garás.
El que había tenido el sueño rogó a su compañero, al despertar, que retrasaran su travesía, por un día a lo menos. Pero el otro, que se encontraba al lado del primero, rió e hizo mucha chanza de su crédulo amigo.
-Ningún sueño - declaró - amedrentará mi ánimo al punto de impedir mis negocios. No se me da un ardite de tus sueños, porque los sueños son meras ilusiones y fantasías. Unas veces se sueña con búhos, otras con monos, otras con cosas muy peregrinas, y siempre con asuntos que no han sucedido ni deben suceder. En fin, ya veo que quieres quedarte y perder tu tiempo en la ociosidad, y lo lamento. Dios te acom­pañe.
Y, tras aquella despedida, se puso en camino. No había navegado la mitad de la distancia cuando, por no sé qué ocurrencia, la quilla de su bajel se quebró y hundióse la nave y quienes iban en ella perecieron entre las olas, en presencia de otras embarcaciones que cerca navegaban.
Ya ves, mi amada y bella Pertelote, cómo esos an­tiguos ejemplos señalan que no se deben considerar con incuria los sueños, porque muchos de ellos pre­ñados están de consecuencias graves. Si no, examina la vida de San Kenelmo, hijo de Kenulfo, noble rey de Mercia, y verás que dicho Kenelmo tuvo un sueño donde se vió muerto, poco tiempo, en efecto, antes de ser asesinado. Explicóle la visión su nodriza, y le aconsejó que se precaviera contra traiciones, pero él, que no tenía más que siete años y muy santo el co­razón, hizo poca estima del sueño. En verdad que me agradaría que hubieses leído esa leyenda, como yo.
Y sabe, además, señora Pertelote, que Macrobio, que escribió de la visión que el célebre Escipión tuvo en África, confirma que los sueños son avisos de cosas que más tarde han de acontecer.
Mira también el Antiguo Testamento y verás si Da­niel juzgaba los sueños mera ilusión. En la historia de José si la lees, hallarás que los sueños, a veces (pues no digo que lo sean todos), significan aviso de hechos que luego vendrán. ¿Acaso Faraón, rey de Egipto, y su panadero y capero, no experimentaron el efecto de los sueños?
Todo el que examine los anales de los diferentes reinos encontrará pasmosas noticias a propósito de los sueños. Creso rey de Lidia, soñó que estaba en un árbol, lo que era señal de que moriría ahorcado. La noche que precedió al día en que había de morir Héctor, su esposa Andrómaca soñó que su marido pe­recería si entraba en batalla, y así se lo advirtió, mas él no quiso atenderla y salió al combate, siendo muerto por Aquiles. Empero esta historia es prolija y ya está viniendo el día, por lo que no quiero dilatarme. Sabe, en resolución, que este sueño me predice algu­na vicisitud ingrata. Y por lo que a los purgantes toca, ningún valor les doy, pues sé que son ponzoño­sos, y por eso no confío en ellos ni los aprecio en un j eme.
Ahora, dejando estas cosas y hablando de otras más regocijantes, dígote, señora Pertelote, que así tenga yo la gloria como Dios en un extremo me ha conce­dido pródigamente su gracia. Sí, que al mirar la be­lleza de tu semblante sobreviene un tan vivo carmín alrededor de tus ojos, que en el acto se disipan todas mis aprensiones, porque tan cierto como el «In prin­cipio» es que «Muller est hominis confusio». Este di­cho latino, señora, quiere significar que la mujer es la alegría y felicidad del hombre. Cuando por las noches me roza tu suave costado, aun cuando la an­gostura de nuestra percha me impida montar sobre ti, no obstante, me embarga un consuelo y placer in­menso, que me hace desdeñar sueños y visiones.
Y con esto, viendo que ya era de día, descendió has­ta el suelo y las gallinas le imitaron. Halló un grano en el corral e hizo gran cacareo llamándolas. Ya no se mostraba medroso, sino soberano. Veinte veces voló sobre Pertelote y otras tantas la cubrió antes de la hora de prima. Gallardo cual fiero león andaba Can­taclaro por el corral, apoyándose sobre las uñas, sin dignarse plantar los pies en el suelo. Si algún grano topaba, rompía a clamores, y todas sus esposas co­rrían hacia él. Así hallo a Cantaclaro, picoteando y contoneándose con la pompa de un príncipe en su palacio, antes de que le ocurriese la aventura que voy a relatar.
Había concluido marzo, mes en que principió el mundo y creó Dios al primer hombre, y habían pa­sado treinta y dos días desde el primero de dicho mes. Cantaclaro, mientras en el apogeo de su soberbia pa­seaba acompañado de sus siete esposas, levantó los ojos hacia el resplandeciente sol (que había recorri­do en el signo de Tauro poco más de veintiún gra­dos) y conoció, por instinto, y no por aprendizaje al­guno, que era la hora de prima. En consecuencia, cantó con voz jovial:
-El sol ha remontado en el cielo más de veintiún grados. Oye, señora Pertelote, ventura de mi existen­cia, cómo gorjean- los alegres pajarillos, y mira cómo brotan las lozanas flores. Siento el corazón henchido de contento y alborozo.
Y entonces, como el fin de toda alegría es dolor, vino a sucederle un lance lastimoso. Bien sabe Dios cuán presto pasa la dicha de este mundo, cosa que un retórico podría escribir en una crónica como ma­teria soberanamente notable. Ahora, atiéndame todo 'al que sea discreto, porque mi historia es tan cierta como el libro de Lanzarote del Lago, que las mujeres tienen en tanta reverencia. Vayamos, pues, a lo importante.
Un astuto y maligno zorro moteado, que vivía en el bosque desde tres años atrás, se había lanzado aquella noche, tras madura deliberación, a través de todas las defensas del corral donde el galano Canta-claro solía solazarse con sus esposas, y, ocultándose entre hierbas, esperó que llegase la mañana y con ella ocasión de apresar al gallo, como hacen los ho­micidas que se emboscan para matar hombres.
¡Oh, pérfido asesino, escondido en tu lugar de ace­cho! ¡Oh, nuevo Iscariote, segundo Ganelón! ¡Oh, en­gañoso e hipócrita Sinón griego, que a Troya llevaste ruina completa! ¡Oh, Cantaclaro! ¡Malhaya la mañana en que abandonaste tu pértiga para bajar al co­rral, ya que los sueños te habían presagiado que aquel día no sería bueno para ti!
Aunque también es cierta según ciertos sabios, que lo dispuesto por Dios debe necesariamente suceder. Y el Señor es testigo de cuantos grandes altercados y porfías ha habido en las escuelas sobre esta tesis. Mas yo no sé discernir, como lo saben el santo doctor
Agustín, o Boecio, o el obispo Bradwardino, si la pre­visión de Dios obliga a hacer una cosa necesariamen­te o si otorga libre albedrío de hacerla o no. Esa cuestión no me atañe  tampoco aquí, pues ya veis que mi historia se ciñe a un gallo que cometió la desgra­cia de aconsejarse con su mujer respecto a pasear por el corral la mañana en que había tenido el sueño que os relaté.
Ha de saberse que los consejos de las mujeres son a menudo fatales, porque su consejo fué el que nos trajo el mal en el comienzo, haciendo salir a Adán del Paraíso, donde moraba con mucha felicidad y so­siego. Empero, no sé si lo que digo puede incomodar a alguien, y así pasemos por alto mis palabras y tén­ganse como chanza mía. Leed a los autores que dilu­cidan estos temas y veréis lo que opinan sobre las mujeres. Suponed que mis palabras fueron del gallo; que yo nunca sospecho en mujer alguna ningún mal.
La bella Pertelote descansaba en tierra, y, en com­pañía con todas sus hermanas, alzaba contentamente la cara hacia el sol. Cantaclaro cacareaba con más dulzura que las sirenas del mar, las cuales, según el Fisiólogo, cantan con perfección y alegría.
Y en esto, mirando por entre las hierbas a una ma­riposa, divisó al zorro, que estaba cautamente agaza­pato. Huyéronle a Cantaclaro las ganas de música, y lanzó un «¡Ca-ca-ra-cá!» con el tono de quien siente el corazón en angustia. Pues cuando un animal atis­ba a un enemigo, siente el impulso de huir de él, aunque nunca lo haya visto antes. Por eso Cantaclaro ansiaba huir. Pero el zorro le dijo:
- Adónde quieres ir, gentil señor mío? ¿Me te­mes? ¿No sabes que soy tu amigo? Malo como el dia­blo sería yo, si te desease algún daño o villanía. No he venido por investigar tus secretos, sino sólo para oír tu canto. En verdad, tu voz es melodiosa corno la de los ángeles celestes y me parece que tienes parala música tan buen gusto como tuvo Boecio o pueda tener cualquier otro que sepa cantar. En tiempos, tu padre (que fué mi señor y cuya alma bendiga Dios), así como tu madre, me hicieron la cortesía de visitar mi casa con mucho júbilo mío; y yo recibiría gran placer en poder servirte y agradarte.
Y, pues de cantar hablamos, te debo decir que, no siendo a ti, a nadie he oído nunca cantar tan bien como tu padre lo hacia temprano de mañana. En verdad que ponía en su canto todo su corazón. A fin de reforzar el tono de su voz, cerraba los ojos, sos­teníase sobre las puntas de las uñas y distendía su largo y delgado cuello. Nadie le superaba en el canto, ni tampoco en entendimiento y maña. En los versos de don Brunelo el Jumento he leído yo que cierto gallo se vengó de un cura cuyo hijo, siendo joven y atolondrado, le dio un golpe en una pata, y la ven­ganza fué hacer perder al mosén un beneficio. Pero no hay comparación posible entre la destreza de ese gallo y la prudencia y ciencia de tu padre. Así, señor, canta, por la santa caridad, y prueba que eres capaz de emular a tu progenitor.
Muy pagado de tales adulaciones, Cantaclaro, sin poder imaginar traición, empezó a batir las alas. ¡Ah, señores que tenéis en vuestros palacios gentes lison­jeras y aduladoras, a quienes miráis mejor que a los que os dicen la verdad! Leed señores, lo que sobre la lisonja dice el Eclesiastes y precaveros contra los he­chizos de los que adulan.
Cantaclaro, pues, se empinó sobre las uñas, alargó el cuello y cerró los ojos y principió a cantar con clara voz. Entonces el zorro don Russel saltó sobre él, asióle por el pescuezo y corrió hacia el bosque.
¡Oh, inevitable destino! ¿Por qué bajaría el gallo de-la pértiga? ¿Por qué su mujer desdeñaría los sue­ños? Y, pues esta desventura acaeció en viernes, ¿cómo tú, Venus, diosa del deleite, consentiste que
Cantaclaro, tu servidor, que a tu honra consagraba todas sus fuerzas, y más por su contento que por multiplicar su raza, viniese a perecer precisamente en tu día? ¡Ah, soberano maestro Godofredo, que tan amargamente cantaste la muerte de tu rey Ricardo cuando un dardo le mató! ¿Por qué no tendré yo tu léxico y ciencia para maldecir el viernes como tú, pues que precisamente en viernes murió tu rey? En­tonces se vería cómo yo deploraba las congojas y miedo de mi Cantaclaro.
Tantos clamores levantaron las gallinas en el co­rral, viendo la peripecia de Cantaclaro. que sin duda no gritaron y lloraron tanto las mujeres cuando fué ganada Ilión, y Pirro, asiendo las barbas del rey Príamo, le mató con su espada, según relata la Enei­da. La señora Pertelote, vociferaba como ninguna, sin duda superando a la mujer de Asdrúbal, el dia que éste perdió la vida y los romanos pusieron fuego a Cartago. Empero, tal desesperación y angustia sentía la esposa de .Asdrúbal, que se arrojó con intrépido corazón a las llamas y pereció entre ellas.
¡Ah, atribuladas gallinas! Gritasteis como gritaron, cuando Nerón incendió la ciudad de Roma, las es­posas de los senadores, viendo morir a éstos siendo inocentes. En fin, tornemos a nuestro relato.
La viuda y sus dos hijas escucharon el clamoreo de las gallinas y, saliendo, vieron que el zorro hula hacia el bosque llevando al gallo a cuestas. Y las mujeres gritaron:
-¡Favor, socorro! ¡Ay, ay! ¡Al zorro, al zorro!
Y le persiguieron, mientras hacían lo mismo mu­chos hombres con palos. Y corrió Colle, el perrillo, y Talbot, y Gerland, y Marquilla, con la rueca en la mano, y la vaca, y el ternero y hasta las puercas, porque todos se espantaron con los ladridos y la gri­tería de hombres y mujeres, que corrían hasta per­der-el aliento. Habla allí más vocerío que el de dia­blos en el infierno. Graznaban los patos como si los matasen, los amedrentados gansos volaban a los ár­boles, y hasta, en el indescriptible alboroto, salieron las abejas de su colmena. ¡Ah, benedicite! De fijo Juan Straw y los suyos no dieron, cuando querían matar a algún flamenco, tan agudas voces como las que se profirieron aquel día en persecución del zo­rro. Los perseguidores usaban cuernos de bronce, boj y hueso, y en ellos soplaban y rugían y hacían es­truendo tal como si el firmamento se desplomase.
Ahora, buenas gentes, atended y advertid cómo la fortuna muda de repente las esperanzas y soberbia de aquel con quien se enemista. El gallo, que iba en­tre las mandíbulas de su apresador, acertó, en me­dio de su miedo, a hablar al zorro, y le dirigió este discurso:
-Así me ayude Dios, señor, si yo, en tu lugar, no avisaría a esa gente diciéndoles: «Teneos ahí, orgu­llosos rústicos! ¡Así caiga una pesada maldición so­bre vosotros! Porque he llegado a la linde del bosque y. hagáis lo que hagáis, el gallo se quedará aquí, pues a fe que voy a devorarlo sin demora».
El zorro repuso:
-En verdad que voy a decírselo.
Y, mientras pronunciaba esta frase, el gallo voló fuera de su boca y se encaramó en lo alto de un árbol
Viendo el zorro que su presa se le escapaba, lla­móle así:
-¡Ah, Cantaclaro! Te he ofendido, pues que te asusté al apresarte y sacarte del corral, mas no lo hice, señor, con mala intención. Baja, pues, y te par­ticiparé mis designios. Ayúdeme Dios como quiero decirte la verdad.
-No -contestó el gallo-. Malhaya los dos, y mal­haya yo primero en toda mi persona, si vuelves a engañarme más veces que ésta. Nunca tus lisonjas me harán cantar y entornar los ojos, porque al q' voluntariamente los cierra cuando debe ver, no consiente Dios medrar nunca.
-Sí -concordó el zorro-; y, además, Dios da q sentir al imprudente que habla cuando debiera callar
Ya véis lo que acontece por ser incuriosos y negli gentes y gustar de las adulaciones. Y los que tengais este cuento por sandio, notando que habla de zorro, un gallo y una gallina, recoged empero la m raleja, buenas gentes. Porque dice San Pablo que cuanto está escrito es para nuestra instrucción. T mese, pues, el fruto y déjese el pellejo.
Y ahora, buen Dios, si tal es tu voluntad, con dice monseñor, haznos buenos a todos y llévanos tu alta bienaventuranza. Amén.

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