Keola estaba casado con
Lehúa, hija de Kalamake, el sabio de Molokai, y vivía con su suegro. No había
hombre más sagaz que aquel profeta; leía en las estrellas, adivinaba mediante
los cadáveres y con ayuda de los demonios, podía subir solo a las partes más
altas de la montaña, a la región de los trasgos y allí conjuraba a los
espíritus de la antigüedad.
Por este motivo no había
nadie a quien en todo el reino de Hawai se le consultase tanto como a él. Gran
número de personas compraban y vendían, y se casaban, y disponían sus vidas
por sus consejos; y el Rey le llamó dos veces a Kona para buscar los tesoros de
Kamehameha. Tampoco había hombre más temido: de sus enemigos, algunos habían
contraído enfermedades en virtud de sus maleficios, y algunos habían
desaparecido en alma y cuerpo, de tal modo que en vano podía buscar la gente un
hueso de ellos. Corría el rumor de que tenía el arte o el don de los antiguos
héroes. Le habían visto algunos por las noches sobre las altas montañas,
subiendo de peñasco en peñasco; paseando en los altos bosques, y entonces, sus
hombros y cabeza sobrepasaban la altura de los árboles.
Kalamake era un hombre
extraño. Procedía de la mejor sangre de Molokai y Maui, de un linaje limpio; y
sin embargo era más blanco que cualquier europeo; su pelo era de color de la
yerba seca, y sus ojos rojos y muy cegatos, de modo que en la isla había el
proverbio siguiente: «Ciego como Kalamake que puede ver a través del siguiente
día.»
De todas estas cosas de su
suegro, Keola sabía un poco por los comentarios de la gente, un poco más lo
sospechaba, y lo demás lo ignoraba. Pero una cosa le intrigaba: Kalamake era
hombre nada tacaño, ni para beber ni para comer ni
para vestir; y todo lo pagaba en dólares brillantes. «Brillante como los
dólares de Kalamake», era otro dicho en las Ocho Islas. Y con todo, él ni
vendía ni plantaba ni cobraba rentas -sólo de vez en cuando algún emolumento
por sus brujerías- y no había un manantial concebible para tanta moneda de
plata.
Ocurrió un día que la esposa
de Keola fue a visitar a Kaunakakai, en la costa de sotavento de la isla, y
los hombres salieron al mar de pesca. Pero Keola era un perro perezoso, y se
quedó tendido en el balcón contemplando las olas chocar contra la costa y las
aves volar sobre las rocas. Los dólares brillantes no se le iban nunca del
pensamiento. Cuando se acostaba consideraba cómo era posible que fuesen tantos,
y cuando se levantaba por la mañana se asombraba de que todos fuesen nuevos; de
modo que aquel pensamiento no se le iba nunca de la cabeza. Pero aquel día
estaba él seguro de descubrir algo. Porque parece que había descubierto el
sitio donde guardaba Kalamake su tesoro, que era una mesa escritorio
fuertemente sujeta a la pared del salón bajo el retrato de Kamehameka V y una
fotografía de la Reina Victoria coronada; y parece que la noche antes había
tenido ocasión de mirar a su interior y ¡cosa extraña! el saco estaba vacío. Y
esto fue el día del vapor; él veía el humo frente a Kalaupapa, y debía llegar
pronto con cosas para comer, salmón en conserva y toda clase de alimentos para
Kalamake.
-Pues si puede pagar hoy
estos géneros -pensaba Keola- será cierto de que es un brujo y que los dólares
salen del bolsillo del demonio.
Mientras pensaba así
apareció detrás suyo su suegro, con aspecto preocupado.
-¿Aquello es el vapor?
-preguntó.
-Sí -respondió Keola-,
primero hará escala en Pelekunu y en seguida estará aquí.
-Pues si puede pagar hoy
estos géneros -pensaba Keola-, a falta de otro mejor, debo hacerte una
confidencia, Keola; ven dentro.
Entraron los dos al salón
que era un aposento hermoso empapelado y cubierto de cuadros y amueblado con
una mecedora, una mesa y un sofá de estilo europeo. Además había un estante
con libros, una Biblia sobre la mesa y un escritorio cerrado y sujeto a la
pared; de modo que cualquiera podía comprender que el dueño de la case era
hombre de importancia.
Kalamake hizo que Keola
cerrase los postigos de las ventanas mientras que él cerraba las puertas y
abría la mesa escritorio, de la que sacó un par de collares llenos de amuletos
y conchas, un manojo de hierbas secas y una gran rama de palma.
-Lo que voy a hacer -dijo-
es una cosa maravillosa. Los antiguos eran hombres de sabiduría; hacían
maravillas, y entre otras ésta; pero era de noche, en el desierto y al fulgor
de las estrellas propicias. Pero yo haré lo mismo en mi propia casa y a la luz
del día.
Diciendo esto puso la Biblia
bajo el cojín del sofá de modo que no se viese, sacó del mismo sitio un petate
de un tejido muy fino y amontonó las hierbas y las hojas sobre arena en una
olla de estaño. Y después él y Keola se pusieron los collares y se tocaron en
los extremos opuestos del petate.
-Ya es hora -dijo el brujo-.
No temas.
Entonces pegó fuego a las
hierbas y empezó a murmurar y a agitar la rama de palma. Al principio había
poca luz, porque los postigos estaban cerrados; pero las hierbas prendieron
pronto y las llamas iluminaron a Keola y a todo el cuarto; después el humo le
mareó y oscureció la vista y oyó el zumbido de los mascullados rezos de
Kalamake. Y de pronto, sobre el petate en que ambos estaban descargaron unas
ráfagas o llamaradas más rápidas que un relámpago. En el mismo momento desapareció
de los ojos de Keola el cuarto y la casa y él perdió el aliento. Columnas
luminosas giraban sobre su cabeza y en torno de su vista y se encontró
transportado a una playa del mar, bajo un sol abrasador y ante unas olas
imponentes; él y el brujo estaban sobre el mismo petate, murmurando y gesticulando
el uno hacia el otro y pasándose las manos por los ojos.
-¿Qué ha sido esto? -exclamó
Keola, que volvió en sí el primero por ser más joven-. Me parecía que iba a
morir.
-Bah -respondió Kalamake-,
ya no tiene importancia, ya está hecho.
-Pero en nombre de Dios
-gritó Keola-, ¿dónde estamos?
-Tampoco importa -replicó el
hechicero-. Aquí tenemos la cosa entre las manos y a ello debemos atender.
Mientras recobro el aliento ve al lindero de ese bosque y tráeme estas hierbas
y estas ramas, que verás allí en abundancia: tres manojos de cada cosa y date
prisa; debemos estar de vuelta antes que llegue el vapor, pues parecería
extraño que hubiésemos desaparecido -y se sentó en el suelo jadeando.
Keola avanzó por la playa
que era de brillante arena y coral, sembrada de extraño conchas; y pensó para
sí:
-¿Cómo es que no conozco
esta playa? Volveré a recoger conchas de éstas.
Frente de él se elevaba una
hilera de palmas, no conocidas y hermosas y dejando pendientes anchas ramas marchitas
y amarillas como oro entre el verde follaje; y pensó en su interior:
-Es extraño que yo no haya
encontrado este bosque. Cuando haga calor me vendré aquí a dormir. ¡Pero qué
calor se ha levantado de pronto! -pues se ha de notar que en Hawai era invierno
y el día había sido frío. Y pensó también-: ¿Dónde están las montañas grises?
¿Y dónde los altos peñascos con aquel bosque pendiente y las aves que giran
encima?
Y cuanto más lo pensaba,
menos podía imaginar en qué parte de las islas había ido a parar.
En el borde del bosque,
donde éste se juntaba con la playa, crecía la hierba; pero las ramas del
arbusto pedido crecían más adentro. Mientras Keola se acercaba al árbol vio a
una joven completamente desnuda, excepto que llevaba un cinturón de hojas.
-¡Caramba! -pensó Keola-, en
esta parte del país no se preocupan mucho por la ropa. -Y se detuvo, suponiendo
que la joven le vería y escaparía; pero viendo que ella seguía impávida, él
empezó a tararear en voz alta. Al oírlo, ella dio un salto, se puso pálida y
miró hacia el lado donde estaba Keola, y su boca quedó abierta de espanto; pero
lo raro es que su mirada no se fijaba en Keola.
-¡Dios mío! -dijo éste-. ¡No
se espante usted tanto, que no me la voy a comer! -pero apenas había abierto la
boca, cuando la joven huyó bosque adentro.
-¡Costumbres raras! -pensó
Keola; y sin pensar en lo que hacía corrió tras ella.
La joven iba corriendo y
gritando en una lengua que no se usa en Hawai, aunque algunas palabras eran
idénticas y él comprendió que llamaba y avisaba a otros. Y de pronto vio a más
personas corriendo y gritando, como gente que huye de un incendio: hombres,
mujeres y niños, gritándose unos a otros. Y entonces él también se llenó de
temor y volvió al lugar donde esperaba Kalamake y le llevó las hojas
refiriéndole lo que había visto.
-No hagas caso -dijo
Kalamake-. Todo esto es como sueño y sombras. Todo desaparecerá y será
olvidado. -Parecía que nadie me veía -dijo Keola.
-Y nadie te ha visto
-replicó el brujo-; podemos andar aquí a la luz del sol completamente
invisibles por virtud de estos amuletos. Con todo, ellos nos oyen y por esto es
bueno hablar bajo, como yo lo hago.
Después se levantó y formó
con piedras un círculo en torno del petate, y en el centro puso las hojas.
-Ahora -le dijo-, deberás mantener
las hojas ardiendo, alimentando el fuego poco a poco. Mientras que hacen llama,
que sólo es un momento, yo haré mi diligencia y antes que negreen las cenizas,
el mismo poder que nos trajo nos llevará de nuevo. Prepárate con el fósforo y
llámame a tiempo, no sea que las llamas se apaguen y yo me quede abandonado.
Tan pronto como prendieron
las llamas el brujo saltó fuera del círculo como un ciervo y comenzó a correr
por la playa como un galgo recién salido del baño. Mientras corría se detenía
ligeramente para recoger conchas y a Keola le pareció que al tomarlas
relumbraban. Las hojas ardían con brillante llama que las consumía de prisa; y
pronto Keola sólo tuvo un manojo, y el brujo estaba lejos corriendo y
deteniéndose.
-Vuelve -gritó Keola-; vuelve,
las hojas están acabándose.
Entonces Kalamake volvió, y
si antes corría, ahora volaba; pero por mucho que corría, las hojas se
consumían más aprisa. La llama última iba a extinguirse, cuando de un gran
salto, fue a caer al centro del petate. El aire del salto la apagó, y entonces
desapareció la playa, el sol y el mar y se hallaron de nuevo en la oscuridad
del cerrado salón estremeciéndose y cegados; y en el petate, entre ellos, había
un montón de brillantes dólares.
Keola corrió a abrir los
postigos y vio al buque cabeceando majestuosamente cerca ya de tierra.
La misma noche Kalamake
llamó aparte a su yerno y, dándole cinco dólares, le dijo:
-Si eres hombre prudente
(cosa que dudo bastante) pensarás que dormiste esta tarde en el balcón y que
soñaste. Soy hombre de pocas palabras y quiero que los que me ayudan tengan
poca memoria.
Kalamake no dijo más
palabras, ni se refirió más el asunto; pero Keola se erguía a sí mismo que, si
antes era ya perezoso, cómo iba a trabajar entonces.
-¿Para qué trabajar-se
decía- cuando tengo un suegro que hace dólares de las conchas del mar?
Muy pronto gastó los cinco
que le dio su suegro; pues se compró ropas finas y después se entristeció.
-Mejor -pensaba-, hubiera
sido comprarme una concertina, con la cual me hubiese entretenido todo el santo
día -y empezó a estar de morros con Kalamake.
-Este hombre tiene alma de
perro -pensaba-. Puede amontonar dólares cuando le viene en gana, en la playa,
y deja que yo carezca de una concertina. Pues que tenga cuidado; yo no soy ningún
chiquillo, soy tan listo como él y poseo su secreto -después se quejó a su
esposa Lehúa de la conducta de su padre.
-Yo no me enfrentaré a mi
padre -respondió Lehúa-; es hombre peligroso para hacerle la contra.
-Pues a mí no se me da de él
ni esto -replicó Keola triscando la uña-; le tengo por las narices. Puedo hacer
que él ejecute lo que yo quiera -y contó a Lehúa la historia.
Pero ella meneó la cabeza.
-Puedes hacer lo que quieras
-dijo ella-; pero de seguro que en cuanto te opongas a mi padre desaparecerás.
Mira lo que le pasó a fulano y a mengano; piensa en Húa, que era un noble de la
Cámara de Representantes y que iba a Honolulu cada año; pues no se encontró de
él ni un hueso ni un cabello. Acuérdate de Kamau y cómo adelgazó hasta quedar
convertido en un hilo, de modo que su esposa le podía levantar con una mano.
Keola, en las manos de mi padre, eres una criatura; te cogerá con el pulgar y
el índice y te comerá como a un camarón.
Keola recibió, pues, gran
temor hacia Kalamake; pero como era también fanfarrón, estas palabras de su
esposa le excitaron.
-Perfectamente -respondió-,
si eso es lo que piensas de mí, te demostraré que te equivocas completamente.
Y se dirigió directamente al
salón donde su suegro estaba sentado en el salón.
-Kalamake -dijo-, necesito
una concertina. -¿De veras? -preguntó aquél.
-Sí -respondió Keola-, y te
digo que quiero tenerla. Un hombre que puede recoger dólares en la playa, puede
ciertamente proporcionarme una concertina.
-No creía yo que fueses tan
osado -replicó el mago-. Me pensaba que eras tímido, y no puedes imaginarte el
placer que experimento al ver que me he engañado. Ahora empiezo a pensar que me
hace falta un ayudante y sucesor en mi difícil negocio. ¿Una concertina?
Tendrás la mejor que haya en Honolulu. Y esta noche, en cuanto oscurezca,
iremos tú y yo en busca del dinero.
-¿Volveremos a la playa?
-preguntó Keola.
-No, no -replicó Kalamake-;
debes empezar a conocer otros secretos míos. La última vez te enseñé a recoger
conchas; esta vez te enseñaré a pescar peces. ¿Tienes bastantes fuerzas para
echar al agua el bote de Pili?
-Creo que sí -replicó
Keola-. ¿Pero por qué no llevamos el tuyo que está ya a flote?
-Lo entenderás todo antes de
mañana -dijo Kalamake-. El bote de Pili es el más a propósito para mi intento.
De modo que si quieres nos encontraremos allí en cuanto anochezca; y,
entretanto, silencio, porque no hay motivo para que nadie de la familia se
entere de nuestro negocio.
Ni la miel es más suave que
era la voz de Kalamake, y Keola apenas pudo contener su satisfacción.
-Hace semanas -pensó-, que
podía yo haber tenido ya mi concertina; en este pícaro mundo lo que hace falta
es un poco de ánimo.
De repente vio que Lehúa
lloraba y estuvo a punto de decirle que todo iba bien.
-Pero no -pensó-; esperaré hasta
enseñarle la concertina; veremos qué hará entonces; quizás comprenda que su
marido es hombre de pesquis.
En cuanto anocheció, suegro
y yerno echaron al agua el bote de Pili y se hicieron a la vela. Había mar de
fondo y un fuerte viento de sotavento, pero el bote era rápido y ligero y
cortaba las olas. El brujo tenía una linterna, que encendió y metió por una
cuerda; y ambos se sentaron en la popa y fumaron cigarrillos de los que
Kalamake siempre tenía una gran provisión, y hablaron, como amigos, de la magia
y de las grandes sumas de dinero que podían hacer mediante su ejercicio, y de
lo que habían de comprar primero y de lo que habían de comprar en segundo
lugar y Kalamake hablaba como un padre.
De repente miró en torno
suyo y a las estrellas de encima y detrás a la isla, que apenas se veía ya en
lontananza, y pareció considerar maduramente su posición.
-Mira -dijo-, ahí está
Molokai ya lejos detrás de nosotros, y Moui parece una nube; y por la
orientación de esas tres estrellas conozco haber llegado al sitio que deseaba.
Esta parte del océano se llama Mar del Muerto. Es muy hondo y el fondo está
cubierto de huesos de hombres y en las profundidades de esta parte habitan
dioses y duendes. La corriente del mar se dirige hacia el norte tan fuerte que
ni un tiburón puede remontarla, y cualquier hombre que cae aquí desde un navío
va hacia el interior del océano con más rapidez que galopa un caballo
desbocado. Luego cae al fondo, sus huesos quedan esparcidos con los de los
otros, y los dioses devoran su espíritu.
Al oír aquello, Keola se
llenó de pavor y miró; y a la luz de las estrellas y de la linterna vio que el
brujo se desnudaba. -¿Qué le duele a usted? -preguntó Keola acongojado. A mi
nada-replicó el brujo-, pero hay uno aquí que está muy enfermo.
Mientras decía esto cogió
mano a la linterna, y, cosa admirable, al tocar con el dedo la cuerda que la
sujetaba, la cuerda se quemó y la mano creció hasta tener el tamaño de un
árbol.
Al ver tal cosa, Keola gritó
y se cubrió el rostro. Pero Kalamake levantó la linterna.
-¡Mírame a la cara! -dijo; y
su cabeza parecía un tonel; y no obstante aún siguió creciendo y creciendo,
como crece una nube sobre una montaña; y Keola seguía sentado ante él gritando
y el bote se deslizaba rápido sobre las enormes olas.
-Pues bien- dijo el brujo-,
¿qué opinas ahora de tu concertina? ¿No querrías mejor una flauta? ¿No? Está
bien, no quiero que los de mi familia sean inconstantes. Pero empiezo a creer
que haría mejor en salirme de este podrido bote, porque crezco de manera extraordinaria
y si no tenemos cuidado naufragará.
Diciendo así echó sus
piernas al mar y todavía creció unas treinta o cuarenta veces el tamaño de un
hombre, tan rápidamente como la vista o el pensamiento, de manera que estando
de pie en el fondo del mar, el agua de la superficie le llegaba a los sobacos,
y su cabeza y espaldas surgían como una isla alta y las olas le golpeaban el
pecho y se rompían contra él, corno azotan y baten un acantilado. El bote corría
aún hacia el norte, pero él alargó su mano, tomó la borda entre el índice y el
pulgar y quebró el costado como una galleta, y Keola cayó precipitado al mar.
Los trozos del bote los hizo añicos el brujo en la palma de su mano y luego
fueron arrastrados por la corriente.
-Me disculpas -dijo él- que
me lleve la linterna, porque tengo aún mucho que vadear y la tierra está
lejos, y el fondo del mar es desigual y siento los huesos de los muertos bajo
mis talones.
Y se volvió y se alejó a
grandes zancadas, y al sumergirse Keola en el agua y al salir de ésta al
momento, le vio ir a lo lejos con la linterna levantada sobre su cabeza y las
olas rugientes en torno suyo.
Desde que las islas
surgieron del mar jamás hubo hombre tan asustado como Keola. Él nadaba,
ciertamente, pero nadaba como los gozquejos que se arrojan al agua para que se
ahoguen, sin saber en qué dirección. No podía pensar en otra cosa que en el
enorme crecimiento del brujo, en su rostro tan grande como una montaña, en
aquellos hombros tan anchos como una isla, y en las olas que le golpeaban en vano.
Pensaba también en la concertina y se avergonzó; y en los huesos de los
muertos, y le entró aún más temor.
De pronto se dio cuenta de
una masa oscura que se balanceaba contra el cielo; vio una luz baja, el
resplandor del mar hendido y oyó voces de hombres. Gritó y le respondieron; y
al momento vio sobre sí la proa de un navío que se balanceaba sobre las olas.
Se agarró con ambas manos a una cadena y pasó en un momento del abismo a bordo,
levantado por los marineros.
Le dieron ginebra y galleta
y ropa seca y le preguntaron por qué accidente le habían encontrado y si la luz
que habían visto era la del faro de Lae o Ka Laau. Pero Keola sabía que los
blancos son como los niños y sólo creen sus propias historias; de modo que,
respecto de sí, les dijo lo que bien le pareció, y respecto de la luz, que era
la linterna de Kalamake, les dijo que él no había visto ninguna.
Aquel barco era un bergantín
que iba a Honolulu, y, por suerte de Keola, había perdido un hombre que había
caído de la proa en una turbonada. No convenía hablar. Keola no se atrevía a
seguir en las Ocho Islas. La palabra se escapa tan rápidamente, y a los
hombres les gusta tanto charlar y contar noticias, que aunque él se escondiese
en el extremo sur de Kau, el brujo oiría hablar de él antes de un mes y lo
haría perecer. De modo que hizo lo que le pareció más prudente y se quedó como
marinero en vez del hombre que se había ahogado.
De algún modo el barco era
un buen escondite. El alimento era muy abundante y sustancioso, con galleta y
cecina cada día, y sopas de guisantes y pudines de harina y grasa dos veces a
la semana, de manera que Keola engordó bastante. El capitán era un buen
sujeto, y la tripulación no era peor que otros blancos. Lo peor era el
contramaestre, el hombre más difícil de contentar que había visto jamás Keola,
y que le pegaba y maldecía diariamente y a toda hora, por lo que hacía y por
lo que dejaba de hacer. Los golpes eran muy duros, porque el contramaestre era
hombre fuerte; y las palabras que usaba eran groseras, y Keola, que venía de
buena familia y estaba acostumbrado el respeto, no las podía sufrir. Y lo que
era peor de todo, siempre que Keola tenía ocasión de reposar y dormir un poco,
el contramaestre iba a despertarlo en seguida con un cabo. Keola comprendió que
no podría aguantar aquello, y se determinó a escapar.
Haría un mes que habían
salido de Honolulu cuando vieron tierra. Era una noche tranquila y estrellada
y el mar estaba tan sosegado y bello como el cielo; soplaba un alisio continuo
y la isla se erguía por barlovento presentando hacia el mar una faja de
palmeras en toda la extensión de la costa. El capitán y el contramaestre la
observaron y hablaron de ella cerca de la rueda del timón en la que se
encontraba entonces Keola de guardia y siguiendo el rumbo que le habían
marcado. Parecía que era una isla a la que no se acercaban barcos mercantes.
Según el capitán no vivía nadie en ella; pero el contramaestre opinaba lo
contrario.
-Yo -dijo- no creo en las
noticias que insertan las cartas; porque respecto de esta isla asegura que está
deshabitado y yo pasé una noche cerca de ella con el bergantín Eugenia y había
mucha gente pescando a la luz de hachas y en la playa había tantas luces como
en una ciudad.
-Bueno, bueno -respondió el
capitán-; lo más importante es que es demasiado acantilada; y la carta no
marca ningún peligro, de modo que pasaremos a la costa de sotavento. ¡Evita el
cabeceo! ¿No te lo he dicho bruto? -gritó a Keola que los estaba escuchando con
tal atención que se olvidó del gobernalle.
El contramaestre le maldijo
y juró y perjuró que el canaco no valía para nada, y que si agarraba un Keola
se había de acordar de él.
Y así el capitán y el
contramaestre se echaron juntos en el castillo del puente y Keola se quedó
solo.
-Esta isla me va muy bien
-pensó- si no se acercan a ella buques mercantes, el contramaestre no vendrá
nunca a ella y lo que es Kalamake, no puede ser que venga tan lejos.
Tal como lo pensó lo hizo el
bergantín hacia la playa, pero de sesgo. Tenía que llevar aquella operación con
cuidado, porque con aquellos blancos y, sobre todo, con aquel contramaestre,
todas las precauciones eran pocas; puesto que dormían o fingían dormir, y si
una vela se encogía se levantaban y espabilaban con un cabo al canaco. Por esto
Keola desvió el rumbo del bergantín poco a poco hasta que de pronto la tierra
estuvo cercana y el ruido del mar junto al buque se hizo más intenso.
Entonces el contramaestre se
sentó de repente en el castillo, gritando:
-¿Qué haces? ¿Vas a
estrellar el barco?
Y saltó hacia Keola y éste
dio otro por cima de la borda y se lanzó al estrellado mar. Cuando subió a la
superficie, el bergantín seguía ya la ruta verdadera, yendo en el gobemafle el
contramaestre en persona, a quien oyó todavía Keola maldecir. El mar estaba
tranquilo a sotavento de la isla; además estaba templado, y Keola llevaba su
cuchillo de marino, de modo que no temía a los tiburones. Un poco enfrente de
él cesaban los árboles y en la línea de tierra había una abertura como la entrada
de un puerto y la marea que subía entonces, le arrastró por ella. En un minuto
se encontró fuera y dentro: había nadado en una agua espaciosa y somera,
brillante con el reflejo de millares de estrellas; y en torno de él vio un
cinturón de tierra con su faja de palmeras. Y quedó asombrado, porque la isla
era tal que él no había oído jamás hablar de ella.
La estancia de Keola en
aquel paraje tuvo dos períodos; el período en que estuvo solo, y el período en
que vivió con la tribu. Al principio buscó en todas direcciones y no encontró
ser humano; sólo una pequeña aldea abandonada en que había varias casas, y
algunos restos de hogueras. Pero las cenizas estaban frías y esparcidas por la
lluvia; y algunas de las casuchas estaban destechadas por el viento. Allí
estableció Keola su morada; preparó el fuego y pescó y cogió los pescados, y
trepó a las palmeras y cogió cocos-mudas y bebió su agua, porque en toda la
isla no la había natural. Con una cáscara de coco hizo una lámpara y extrajo
aceite de los cocos maduros y de la fibra hizo una torcida; y cuando se hacía
de noche se encerraba en su casita y encendía su lámpara y acostado estaba
temblando hasta que amanecía. Muchas veces pensó en su interior que habría
estado mejor en el abismo del mar, mezclados allí sus huesos con los de los
otros.
Todo este tiempo vivió él en
la parte interior de la isla porque la pequeña aldea estaba a orillas de la
laguna y en ésta había abundante y buen pescado. Y a la parte exterior sólo fue
una vez y miro a la playa del mar y se volvió temblando; porque el aspecto de
aquella playa con su arena brillante y las conchas de que estaba sembrada y el
ardiente sol y la resaca le produjeron terrible aprensión.
-No puede ser -pensaba-, y,
sin embargo, es muy semejante. ¿Y yo qué sé? Esos blancos, aunque pretenden
saber dónde navegan, se pueden equivocar como todo el mundo. Después de todo
puede ser que hayamos navegado en círculo y tal vez esté cerca de Molokai y
esta playa sea en la que mi suegro coge sus dólares.
De modo que desde entonces
fue prudente y vivió en el interior de la isla.
Cosa de un mes después llegó
la gente de aquel lugar, en seis grandes botes. Eran hombres de hermosa raza y
hablaban una lengua de muy diferente sonido de la de Hawai, aunque tenía muchas
palabras idénticas, de modo que no era difícil entenderse con ellos. Además los
hombres eran muy corteses y las mujeres muy complacientes; y saludaron a Keola
y le hicieron una casa y le dieron una esposa; y, lo que más le sorprendía
fue que nunca le enviaban a trabajar con los jóvenes.
Y la vida de Keola tuvo
ahora tres etapas: primero estuvo muy triste, después muy alegre, y luego, en
el tercer período, fue el hombre más asustado de la tierra.
El motivo de su pesar fue la
esposa que le dieron; porque si él dudaba de la isla y podía dudar del lenguaje
de sus moradores, del que tan poco había oído cuando había estado en ella con
el brujo, de aquella mujer no podía dudar, porque era cabalmente la misma que
delante de él había huido por el bosque. De modo que había navegado en vano, y
más le valía haberse quedado en Molokai; y había abandonado a la patria y la
esposa y los amigos sólo para escapar de su enemigo, y el sitio donde había ido
a refugiarse era el campo de caza del hechicero, y aquella playa era donde
aquél caminaba invisiblemente. En este período fue cuando vivió con más anhelo
en el interior de la isla sin atreverse a salir del abrigo de su pequeña casa.
La causa de la alegría fue
la conversación que oyó de su esposa y de los principales isleños. Keola por su
parte decía muy poco. No estuvo nunca muy seguro de sus nuevos amigos, porque
los veía excesivamente corteses para que fuesen sinceros, y desde que había
trabado amistad más profunda con su suegro, se había vuelto prudente. Por esto
no les dijo nada de sí mismo, fuera de su nombre y familia y de que venía de
las Ocho Islas, y que éstas eran muy hermosas; y les habló del palacio del rey
y de los misioneros. Hizo muchas preguntas y aprendió mucho. La isla en que se
encontraban se llamaba Isla de las Voces; pertenecía a la tribu, pero ésta
vivía en otra isla a tres horas de vela hacia el sur, donde tenían sus casas
permanentes, y era una isla rica, donde había huevos, gallinas y cerdos, y
adonde llegaban barcos mercantes, con ron y tabaco. Allí es donde había llegado
el bergantín después que lo abandonó Keola; y allí había muerto el
contramaestre, como necio europeo que era; porque cuando llegó el bergantín
empezaba la temporada enfermiza de la isla, cuando los peces de la laguna se
vuelven venenosos, y cuantos los comen se hinchan y mueren. Dijeron esto al
contramaestre; éste vio los botes preparados para la marcha, porque en dicha
estación la tribu abandona la isla y se dirige hacia la Isla de las Voces; pero
era un blanco insensato, que no creía más historias que las suyas, y pescó un
pez, lo guisó y lo comió, y se hinchó y murió; esta noticia fue muy alegre para
Keola. En cuanto a la Isla de las Voces, estaba solitaria la mayor parte del
año; sólo de vez en cuando venía algún bote por copra, y en la estación mala,
cuando los peces se tornan venenosos en la isla principal, toda la tribu iba a
vivir en ella. Su nombre era debido a algo extraordinario, porque parecía que
el lado del mar de la isla estaba poblado de invisibles duendecillos; día y
noche se los oía hablar entre sí con lenguas extrañas; día y noche se veían encenderse
y apagarse pequeñas hogueras sobre la playa; y nadie podía concebir cuál era la
causa de aquello. Keola les preguntó si sucedía lo mismo en la otra isla donde
vivían de asiento y le respondieron que no; ni tampoco en ninguna de las innumerables
islas de aquel mar, sino que aquello era peculiar de la Isla de las Voces. Le
dijeron que aquellas voces se oían siempre en la playa y en los linderos
marinos del bosque pero que cerca de la laguna podría un hombre vivir dos mil
años (si tanto alcanzara su vida) sin sufrir ninguna molestia de aquéllas y que
aun en la playa los demonios no hacían daño si se los dejaba solos. Solamente
una vez un jefe había lanzado un venablo contra una de las voces y la misma
noche se cayó de una palmera y murió.
Keola reflexionó durante
bastante tiempo. Se dio cuenta que cuando la tribu regrese a la isla principal
él no tendría nada que temer viviendo cerca de la laguna; no obstante quiso
estar más seguro y así dijo al jefe principal que él había estado en cierta
ocasión en una isla que padecía de semejante inconveniente y que el pueblo
había encontrado un medio de librarse de aquel mal.
-Crecía allí -les dijo- un
árbol en el bosque y parece que los demonios iban a coger las hojas de él. El
pueblo de la isla cortó todos aquellos árboles y los demonios no acudieron más
a ella.
Le preguntaron qué árbol era
aquél y él les mostró el árbol del que Kalamake había quemado hojas; y aunque,
les pareció increíble, con todo se les grabó la idea. Noche tras noche, los
ancianos la discutían en sus consejos, pero el jefe principal, aunque era
valiente, tenía temor de aquel asunto y les recordaba cada día el jefe que
arrojó un venablo contra una de las voces y fue luego muerto, y aquel recuerdo
les contenía. Aunque no pudo todavía conseguir la destrucción de los árboles,
Keola estaba muy contento y comenzó a disfrutar de la vida; y fue más amoroso
con su esposa, de modo que ésta le cobró un gran amor. Un día al llegar él a la
casita, la encontró en el suelo llorando.
-¿Qué te pasa? -la preguntó
Keola. Ella le respondió que nada.
La misma noche, ella le
despertó. La lámpara apenas lucía, pero él vio que el rostro de la joven
denotaba un gran dolor. -Keola -le dijo-, pon tu oído en mi boca, para que te
hable sin que nadie nos oiga. Dos días antes de que empiecen a disponer los
botes para la partida vete a la costa y te escondes en el bosque. De antemano
escogeremos ambos el sitio y esconderemos alimentos, y cada noche yo iré por
allí cerca cantando; de modo que cuando venga una noche en que no me oigas,
podrás salir con seguridad, porque será prueba de que nos habremos marchado ya
de la isla.
Keola sintió un pavor
terrible.
-¿Qué es esto? -dijo-, yo no
puedo vivir entre demonios.
-¿No es posible que yo me
quede abandonado en esta isla que tengo ansias de abandonar?
-No la abandonarás nunca
vivo, mi pobre Keola -respondió la joven-; porque, para decirte la verdad, mi
gente es antropófaga; pero esto lo mantienen en secreto. Y la razón de que te
maten antes de que nos marchemos de la isla es porque a la isla principal van
barcos, y hay allí un comerciante blanco en una casa con un balcón, y un
catequista. ¡Oh, aquél es un paraje precioso en verdad! El comerciante tiene
barriles llenos de harina; y una vez fue allí un barco de guerra francés y
entró en la laguna y dio a todos vino y galleta. ¡Ah, mi pobre Keole, ojalá que
te pudiese yo llevar allá, porque te tengo un gran amor y aquel país es el más
precioso de todos los mares, excepto Papita!
A partir de entonces Keola
fue el hombre más aterrorizado del mundo. Había oído hablar de los caníbales de
las islas del sur y siempre le había causado horror el sólo pensar que podía
caer en sus manos, y hete aquí que en ellas había caído. Además por ciertos
viajeros se había enterado de sus costumbres y de que, cuando quieren comerse a
uno, primero lo acarician y lo alimentan como una madre a su pequeño favorito.
Y vio que esto era lo que habían hecho con él porque le habían dado casa,
alimentos y esposa, prohibiéndole todo trabajo; y comprendió por qué los
ancianos y los jefes discurrían con él como con persona de autoridad. Así se
estiró en su cama lamentándose de su suerte, y la carne se le volvía de
gallina.
Al otro día los de la tribu
se mostraron con él tan corteses como de costumbre. Eran elocuentes y poetas, y
durante la comida mantenían conversaciones ingeniosas y bromeaban tan
ingenuamente, que un misionero se hubiera muerto de risa oyéndolos. Pero a
Keola maldito lo que le importaban sus finos modales; no veía sino sus dientes
relucientes en las bocas, y aquella vista le hacía estremecer, y cuando
acabaron de comer, él se fue al bosque y se tendió desesperado en la maleza
como un loco.
Al otro día ocurrió lo
mismo, y entonces su esposa lo siguió.
-Keola-le dijo-, si no comes
te digo sencillamente que te matarán y guisarán mañana, porque algunos de los
principales ancianos murmuran ya, pues piensan que has enfermado y temen que
pierdas carnes.
Entonces Keola se estiró
airado.
-Bueno -dijo-, tanto se me
da lo uno como lo otro. Estoy entre el demonio y el profundo mar. Puesto que
debo morir acabaré lo más pronto posible, y si he de ser comido prefiero que me
coman los duendes y no los hombres. Adiós. Y separándose de su esposa se
dirigió a la playa.
Estaba ésta inundada de sol
ardiente; no se veían señales de ser humano, pero en la arena aparecían pisadas
y en torno suyo, mientras él avanzaba, oía las voces hablar y murmurar y
pequeñas hogueras encenderse y apagarse. Allí se oían todas las lenguas de la
tierra: francés, holandés, ruso, tamul, chino. De todos los países donde era
conocida la hechicería había gente allí y Keola los oía murmurar. Aquella playa
estaba más animada que una feria, y con todo no se veía a nadie; y mientras
Keola andaba veía que las conchas desaparecían ante su vista y no veía a los
que las levantaban. El demonio en persona hubiese tenido miedo de estar solo
con semejante compañía; pero Keola estaba más que espantado con el otro peligro
de la muerte a manos de los antropófagos, de modo que en cuanto veía una
hoguera echaba a correr hacia ella como un toro. Entonces sonaban de un lado y
de otro voces incorpóreas, e invisibles manos vertían puñados de arena sobre
las llamas y desaparecían de la playa antes de que él las alcanzase.
-Es claro que Kalamake no
está aquí -pensó él-, o de lo contrario ya me habría muerto.
Se sentó, pues, en el borde
del bosque, porque estaba fatigado, y apoyó su barbilla en ambas manos. Ante
sus ojos continuaba la misma escena; la playa resonaba de voces y los
fuegos se encendían y se
apagaban, y las conchas desaparecían y eran renovadas nuevamente aun estando él
mirándolas.
-El día que estuve aquí -se
dijo- fue seguramente un día extraordinario, porque no oí nada de esto.
Y su cabeza enloquecía de
pensar en aquellos millones de millones de dólares y en aquellos centenares de
personas que iban a buscarlos a la playa y que volaban luego por los aires más
altos y de prisa que las águilas.
-¡Y pensar -se decía- que me
han engañado hablándome de casas de moneda cuando es evidente que todas las
monedas nuevas del mundo salen de aquí! ¡Pero otra vez ya lo sabré mejor!
Y por fin, no supo cómo ni
cuándo, Keola se durmió y se olvidó de la isla y de sus penas.
Al amanecer del día
siguiente, antes de que estuviese alto el sol, le despertó un gran ruido.
Sintió mucho miedo, porque pensó que la tribu le había descubierto; pero no era
así. Solamente en la playa las voces incorpóreas se gritaban unas a otras y
parecía que todas pasaban junto a él, dirigiéndose hacia arriba por la costa de
la isla.
-¿Qué pasa ahora? -se
preguntó Keola; porque era evidente que ocurría algo extraordinario, pues no
se encendían hogueras ni desaparecían al ser recogidas las conchas; pero las
voces incorpóreas seguían avanzando y gritando y extinguiéndose; y tras las
seguían, y por el tono de ellas, se conocía que aquellos brujos debían de estar
airados.
-Conmigo no estarán
enfurecidos -pensó Keola-, puesto que pasan cerca de mí sin hacerme daño.
Como cuando corre una jauría
de galgos, o los caballos en una carrera, o la gente de una ciudad acude a un
incendio, y todos los hombres se reúnen y siguen a los otros, así le sucedió
entonces a Keola.
Y sin saber lo que hacía ni
por qué, echó a correr tras las Voces.
Dobló, pues, una punta de la
isla y desde allí vio otra que era donde crecían en un bosque los árboles que
servían para los fuegos de los brujos. De esta segunda punta surgía un alboroto
indescriptible de voces; y aquellas con quienes Keola corría se dirigían hacia
allí. Cuando estuvo un poco más cerca, oyó entre la gritería el rumor de muchas
hachas que cortaban los troncos de los árboles. Entonces comprendió que el jefe
principal de la tribu había por fin consentido lo que él había propuesto; que
los hombres de la tribu se habían puesto a talar los árboles, y que la noticia
había corrido de brujo en brujo por la playa, reuniéndose por fin todos para
defender sus árboles. El deseo de presenciar cosas extrañas se apoderó de
Keola, por lo cual, siguiendo a las voces, cruzó la playa y llegó a las lindes
del bosque y se quedó asombrado. Un árbol había ya caído; otros se tambaleaban;
allí estaba reunida toda la tribu; estaban los hombres espalda con espalda, y
había algunos caídos y bañados en sangre. Sus rostros denotaban un espanto
indecible; sus voces se elevaban al cielo tan agudas como el grito de una
comadreja.
¿Habéis visto un niño cuando
está solo y tiene una espada de madera y lucha saltando y acometiendo al aire?
Pues eso hacían los antropófagos defendidos espalda con espalda; y algunos
caían gritando y no se veía a nadie luchando con ellos; sólo de vez en cuando
Keola veía un hacha que se blandía en el aire, sin manos, contra ellos, y de
vez en cuando un hombre de la tribu caía partido en dos o destrozado y su alma
le abandonaba gritando.
Keola observó la escena
durante un rato como si soñara y después se apoderó de él un temor mortal y se
dispuso a huir. En aquel mismo momento el jefe principal de la tribu le distinguió
y le llamó por su nombre. Entonces toda la tribu le vio también y los ojos de
todos relucieron y chasquearon los dientes.
-Estoy demasiado lejos aquí
-pensó Keola, y escapó del bosque playa abajo sin mirar a dónde.
-¡Keola! -gritó una voz muy
cerca, en la desierta arena.
-¡Lehúa! ¿Eres tú? -gritó
él; y abrió más los ojos para verla, pero en vano; porque no se veía a nadie.
-Te vi pasar antes
-respondió la voz-, pero no me hubieses oído. Pronto: trae las hojas y las
hierbas y huyamos. -¿Tienes el petate? -preguntó él.
-Sí, aquí, a tu lado -dijo
ella, y le echó los brazos al cuello-. ¡Pronto, las hojas y las hierbas, antes
de que mi padre pueda volver!
Keola para salvarse corrió a
buscar el mágico combustible; y Lehúa le guió hacia el lugar y lo puso sobre el
petate e hizo la hoguera. Durante el tiempo que ésta ardió se estuvo oyendo el
ruido de la batalla del bosque, en el que luchaban denodadamente brujos y
antropófagos; los brujos, invisibles, rugían como toros salvajes en la montaña
y los antropófagos, respondían con aterrados gritos que manifestaban su gran
espanto. Keola estuvo escuchando y se estremecía, y veía cómo las invisibles
manos de Lehúa echaban las hojas. Las echó con rapidez, y la llama subió alta
y chamuscó las manos de Keola, y ella apresuraba la combustión, soplando con su
aliento. Se consumióse la última hoja, se apagó la llama, se siguió el choque,
y Keola y Lehúa se encontraron en la habitación de su casa.
Cuando Keola pudo ver a su
mujer se alegró enormemente, tuvo gran placer de hallarse en su patria, en
Molokai y de comer sus platos favoritos, porque en el buque no los hacían y tampoco
los había en la Isla de las Voces, y no cabía en sí de alegría de pensar que
había escapado de los antropófagos. Pero el otro asunto no estaba aún claro y
Lehúa y Keola hablaron de ello toda la noche y estuvieron con cuidado. En la
isla había quedado Kalamake. Si, por la gracia de Dios, no podía salir de
allí, todo iría bien; pero si podía escapar y volver a Molokai, su hija y el
esposo de ésta lo pasarían mal. Hablaron de su don de hincharse y de si podría
atravesar caminando los mares. Pero Keola sabía ya dónde estaba aquella isla,
que era en el archipiélago bajo o peligroso. Así que cogieron un atlas y
observaron en el mapa la distancia y les pareció que demasiado grande para que
la pudiese salvar un anciano. Con todo, no podía uno estar seguro de un brujo
tan taimado como Kalamake, por lo cual decidieron aconsejarse con un misionero
blanco.
De modo que Keola narró todo
lo sucedido al primer misionero que encontró, y éste le reprendió mucho por
haber tomado una segunda esposa en la isla baja; pero de todo lo demás, le dijo
que no podía decirle nada en concreto.
-No obstante -añadió-, si
piensas que ese dinero de tu suegro es mal adquirido, te aconsejo que lo
repartas entre los leprosos y el fondo de la misión. Y en cuanto a esta
historia extraordinaria no podéis hacer mejor cosa que guardarla para vosotros.
Keola y Lehúa siguieron su
consejo y repartieron mucho dinero tanto entre los enfermos de lepra como a la
iglesia. Y sin duda aquella decisión fue extraordinaria, puesto que desde aquel
momento no se ha vuelto a oír nada de Kalamake. ¿Pero quién sabe si le mataron
en la batalla junto a los árboles o si está aún dando vueltas en la Isla de las
Voces?
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