Mis
miembros eran de plomo. Mi corazón era como un reloj que pulsaba en vez de
latir, muy lentamente. Mis pulmones eran como esponjas de metal, mi cabeza un
cuenco de bronce lleno de lava fundida que se movía como mercurio, atrás y
adelante, en ardientes oleadas. Atrás y adelante... mientras la conciencia y el
inconsciente jugaban entremezclados contra un fondo de lento y sordo dolor.
Sentía
eso, nada más. Tenía corazón, pulmones, y cuerpo... pero no sentía nada
externo; mi cuerpo no "tocaba" nada. No estaba sentado, ni de pie,
andando o tendido, ni haciendo nada que pudiera sentir. Sólo tenía corazón,
pulmones, cuerpo y cabeza en las tinieblas que estaban llenas de la pulsación
de una muda agonía. Esto era yo.
Pero,
¿qulén era yo?
Me
asaltó la idea: la primera idea real, ya que antes sólo había estado enterado
de existir. Me pregunté cuál sería la naturaleza de mi ser. ¿Quién era yo?
Era un
hombre.
La
palabra "hombre" evocó ciertas asociaciones que lucharon por surgir
de entre el dolor, de entre la pulsación del corazón y la sensación jadeante de
los pulmones. Si era un hombre, ¿qué estaba haciendo? ¿Y dónde estaba yo?
Como
respuesta a la idea, mí conocimiento aumentó. Yo poseía un cuerpo, por tanto,
tenía manos, orejas, ojos Debía pues, tratar de sentir, oír y ver.
Pero
no podía. Mis brazos estaban agarrotados como masas de hierro inamovibles. Mis
oídos sólo captaban el sonido del silencio y la pulsación que resonaba dentro
de mi torturado cuerpo. Mis ojos estaban sellados por el peso plúmbeo de mis
enormes párpados. Comprendí esto y sentí pánico.
¿Qué
había sucedido? ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía sentir, ver y oír?
Había
sufrido un accidente y me hallaba tendido en un lecho de hospital bajo los
efectos del éter. Esta era una explicación. Tal vez estuviese tullido: ciego,
sordo, mutilado. Sólo mi alma existía débilmente, como el susurro de las
ráfagas de viento por entre las ruinas de una casa muy antigua.
¿Pero
qué accidente? ¿Dónde me hallaba antes del mismo? Claro, debía haber vivido.
¿Cuál debía ser mi nombre?
Me
resigné a la oscuridad mientras forcejeaba por aclarar estos enigmas, y la
oscuridad era grata. Mi cuerpo y la oscuridad parecían hallarse igualmente
separadas, pero mezclándose entre sí. Era sosegado... demasiado sosegado para
los pensamientos que zumbaban en mi cerebro. Los pensamientos luchaban y
gritaban, y finalmente atronaron mi mente hasta que me desperté.
Sentí
la sensación que recordaba vagamente de tener "un pie dormido". Pero
ahora esta sensación se extendía por todo mi cuerpo, de forma que una ligera
picazón me dio la sensación, poco a poco, de tener unos brazos, unas manos, un
pecho y unas piernas y pies.
Sus
líneas fueron "emergiendo", quedando definidas por aquella picazón.
Algo taladró mi espinazo, como si la broca del dentista la estuviese
atravesando. Simultáneamente, tuve conocimiento de que mi corazón era un tambor
congoleño dentro de mi pecho, mis pulmones hinchadas calabazas que se elevaban
y descendían a un ritmo frenético. Me gocé en el dolor, ya que por él sentía.
La sensación de separación desapareció y comprendí que yo, completo, intacto,
yacía sobre algo blando.
Pero
¿dónde?
Esta
fue la pregunta sígulente y de súbito tuve las suficientes energías como para
solucionar el problema. Abrí los ojos. No vieron nada más que la continuación
de la negrura que se agitaba tras mis entornados párpados. Si acaso, una
oscuridad más profunda, más mórbida. No podía divisar nada de mi cuerpo y, sin
embargo, tenía los ojos abiertos. ¿Estaba ciego?
Mis
oídos no captaban otro sonido que el de la misteriosa inspiración de mis pulmones.
Mis
manos se movieron tan lentamente en mis costados, rozando una tela, que me
dijeron que mis miembros estaban arropados, pero no abrigados. Unos
centímetros... Mis manos tropezaron con superficies sólidas, seguras, a cada
lado. Alcé las manos hacia arriba, impulsado por el temor. Veinte centímetros y
otra sólida superficie de madera. Extendí los pies y a través de las puntas de
los zapatos toqué madera. Abrí la boca y surgió un sonido. Fue sólo un
estertor, aunque yo había querido gritar.
Por entre
mis ideas giraba vertiginosamente un nombre..., un nombre que se abrió paso a
través de la bruma y se elevó como un símbolo de mi irrazonable miedo. Yo sabía
un nombre y quise proclamarlo.
"Edgar
Alían Poe".
Entonces,
mi ronca voz susurró lo que yo temía estaba en relación con este nombre:
-¡El
entierro prematuro! -susurré-. Poe lo escribió. ¡Yo soy... un ser vivo!
Estaba
en un ataúd de madera, con el aire viciado de mi propia corrupción penetrando
en mis pulmones, quemándolos, a través de mi olfato. Me hallaba en un ataúd,
enterrado en la tierra y, sin embargo, estaba vivo.
Entonces
hallé fuerzas. Mis manos comenzaron a arañar y empujar frenéticamente la
superficie que tenía sobre mi cabeza. Logré aferrar los costados de mi prisión
y empujé con todas mis fuerzas, en tanto mis pies golpeaban el extremo inferior
de la caja. Pegué puntapiés, vigorosos puntapiés. Una nueva fuerza, la fuerza
de los locos, penetró en mi sangre. Con salvaje frenesí, en una agonía nacida
del hecho de no poder gritar y darle expresión, golpeé con ambos pies el
extremo del ataúd, y por fin sentí cómo cedía la madera, astillándose.
Los
lados también crujieron, mis ensangrentados dedos se aferraron a la tierra y
rodé sobre mi mismo, escarbando la húmeda y blanda tierra. Seguí escarbando
hacia arriba, en una especie de desesperación y anhelo incontenibles mientras
trabajaba. Sólo el instinto combatía el insano horror que se había apoderado de
mi ser y lo transformaba en la actividad que sólo podía salvarme.
Debieron
enterrarme apresuradamente, ya que había poca tierra sobre mi tumba. Medio
asfixiado y sofocado, me abrí camino hacia arriba después de interminables
siglos de delirio, durante los cuales el polvo de mi sepultura me cubrió, en
tanto yo me escurría como un gusano hacía la superficie. Mis manos lograron por
fin formar una cavidad. Ascendí vigorosamente y salí al exterior.
Me
arrastré a la luz de la luna que inundaba un mundo compuesto de hongos de
mármol, que surgían abundantemente de los montones de hierba que me rodeaban.
Algunas de las fantásticas losas tenían forma de cruz, otras lucían cabezas o
grandes bocas como urnas. Eran las lápidas de las sepulturas, naturalmente,
pero sólo las veía como hongos, gordos, bajos, de una palidez mortal, que
extendían sus raíces bajo tierra para buscar su alimento.
Me
quedé tendido, mirándolo todo, así como el pozo por el que acababa de pasar de
la muerte a la vida nuevamente.
No
podía, no quería pensar. Las palabras "Edgar Allan Poe" y Entierro
prematuro, habían asaltado imprevistamente mi cerebro y ahora, por un
desconocido motivo, empecé a susurrar con una voz ronca, rasposa, que por fin
sonó más clara:
-¡Lázaro,
Lázaro, Lázaro...!
Gradualmente,
mi jadeo cesó y logré aspirar grandes bocanadas de aire fresco que cantó al
hundirse en mis agotados pulmones. Volví a contemplar la sepultura..., mi
sepultura. No tenía lápida. Era una tumba miserable, en un sector miserable del
cementerio. Probablemente un Campo de Alfarero. Estaba cerca de los límites de
la necrópolis, y la maleza asediaba aquellas míseras tumbas. No había lápidas,
lo cual me recordó mi pregunta.
¿Quién
era yo?
Era un
problema único. Antes de morir yo había sido alguien, pero ¿quién? Seguramente
se trataba de un nuevo caso de amnesia. El retorno a una nueva vida en el
verdadero sentido de la frase.
¿Quién
era yo?
Era
gracioso que pudiese recordar palabras como "amnesia" y, sin embargo,
no pudiese asociarlas con algo personal dc ml pasado. Mi mente estaba
completamente en blanco. ¿Era el resultado de la muerte?
¿Era
algo permanente o mi mente despertaría al cabo de unas horas, lo mismo que
había sucedido con mi cuerpo? De lo contrario, me vería en un terrible apuro...
Ignoraba mi nombre, mi estado, lo que había sido. A través de mi cerebro
pasaron alocadamente los nombres de diversas ciudades: Chicago, Milwaukee, Los
Angeles, Washington, Bombay, Shangai, Cleveland, Chichen Itzá, Pernambuco,
Angkor Wat, Roma, Omks, Cartago...
No
pude asociar ni una sola conmigo, ni explicar cómo conocía tales nombres.
Recordé calles: Mariposa Boulevard y Michigan Avenue,
Broadway, Center Street, Park Lane y Champs Elisées. Nada significaban para mí.
Pensé
nombres propios: Felix Kennaston, Ben Blue, Ralph Waldo Emerson, Studs Lonigan,
Arthur Gordon Pym, James Gordon Bennet, Samuel Butler, Igor Stravinsky... y no
forjaron ninguna imagen en mi cerebro.
Podía
ver todas las calles, visualizar a toda la gente, imaginarme todas las
ciudades, pero no podía asociarme con ninguno de tales nombres.
Comedia,
tragedia, drama: era una triste escena para ser interpretada en un cementerio a
la caída de la noche. Me había escurrido de una tumba sin lápida, y lo único
que sabía era que yo era un hombre. Pero ¿qulén?
Mis
ojos se pasearon por mi persona, tendida en la hierba. Bajo el barro y el polvo
distinguí un traje oscuro, desgarrado en varios lugares, y descolorido. Cubría
el cuerpo de un hombre de alta estatura; un cuerpo delgado, poco musculado y un
pecho aplastado. Mis manos, al recorrer mi persona, eran largas y extrañamente
delgadas; no eran manos de campesino. No pude saber nada de mi cara, aunque
pasé mis manos por todas sus facciones. De una cosa estaba seguro: fuese cual
fuese la causa de mi aparente muerte, yo no estaba físicamente mutilado.
La
fuerza me impulsó a levantarme. Me puse de pie y me tambaleé sobre la hierba.
Durante unos minutos sentí la ebria sensación de flotar, pero gradualmente el
terreno se tomó sólido bajo mis pies, y trabé conocimiento con la frialdad de
la noche y del viento que azotaba mi frente, al tiempo que escuchaba con
indecible gozo el chirrido de los grillos en un próximo lodazal. Di una vuelta
por las tumbas, contemplé el encapotado cielo y sentí caer el rocío y la
humedad.
Pero
mi cerebro estaba solo, separado, luchando con los invisibles demonios de la
duda. ¿Quién era yo? ¿Qué iba a hacer? No podía vagar por las calles en mi
desordenado estado físico. Si me presentaba a las autoridades me encerrarían
por loco. Además, no quería ver a nadie. De pronto comprendí esto.
No
quería ver luces ni gente. Yo era... diferente.
"Tenía
en mi la sensación de la muerte". ¿Estaría aún...?
Incapaz
de soportar esta idea, busqué pistas frenéticamente. Traté por todos los medios
de despertar mi dormida memoria. Caminando incansablemente durante la noche,
combatiendo el caos y la confusión, batallando contra las nubes tenebrosas que
rodeaban mi cerebro, anduve arriba y abajo por los más apartados rincones del
cementerio.
Exhausto,
miré el iluminado cielo. Y entonces mis ideas se alejaron, y también mi
confusión. Sólo estaba seguro de una cosa, de la necesidad de descansar, de
tener paz, olvido. "¿Era un deseo de muerte? ¿Había salido de la tumba
sólo para volver a ella?"
No lo
supe ni me importaba. Movido por un impulso tan inexplicable com6 arrollador,
me arrastré hacia las ruinas de mi sepultura, entré, envolviéndome en las
tinieblas como un agradecido gusano, y la tierra me cayó encima. Había
suflciente aire para permitirme respirar mientras estuviese tendido en mi
ataúd.
Mi
cabeza cayó hacia atrás y me instalé en mi ataúd para dormir...
Los
rumores y ruidos de mis sueños murieron sin poder recordarlos. Se alejaron de
mis sueños y volví a la realidad hasta que me incorporé y empecé a empujar la
tierra que me oprimía. ¡Estaba en la tumba!
Otra
vez el terror. Había albergado la esperanza de que todo fuese un sueño, y que
el despertar me traería a la bella realidad. Pero estaba en la tumba, y la
tormenta reinaba en lo alto. Me arrastré al exterior.
Todavía
era de noche, o más bien, el instinto me hizo comprender que volvía a ser de
noche. Debí dormir todo el día. Esta tormenta mantenía a la gente lejos del
cementerio y por esto no habían podido darse cuenta del estado de mi tumba. Me
icé a la superficie y la lluvia me azotó desde el cielo con inusitada furia.
Y sin
embargo me sentí feliz; feliz por la vida que ya conocía. Bebí la lluvia; el
trueno me maravilló como si fuese una sinfonía. Me admiró la esmeraldina
belleza del relámpago. ¡Yo estaba vivo!
A mi
alrededor, los cadáveres corrompidos y putrefactos no podían, a pesar del furor
desencadenado de todos los elementos, alimentar una chispa de existencia o de
memoria. Mis pobres pensamientos, mi pobre vida, eran infinitamente preciosos
en comparación con aquellos desdíchados. Yo había engañado a los gusanos y las
larvas. ¡Que aullara la tormenta! Yo aullaría con ella, compartiendo aquella
cósmica majestad.
Vitalizado
en el verdadero sentido de la palabra, eché a andar. La lluvia se llevaba las
manchas de mis ropas y mi cuerpo. Singularmente, no sentía frío ni la humedad
que me rodeaba. Estaba enterado de todo ello, pero no penetraban en mi cuerpo.
Por primera vez comprendí otra cosa extraña: no estaba hambriento ni tenía sed.
Al menos, no parecía tenerlos. ¿Habría muerto mi apetito con mi memoria?
Reflexioné.
Memoria...,
el problema de la identidad todavía me apremiaba. Seguí andando, impulsado por
la tormenta. Aún meditando, los pies me condujeron más allá de los confines del
cementerio. La galerna parecía guiar mis pasos por la acera de una calle
desierta. Anduve, casi sin darme cuenta.
¿Quién
era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir? Anduve bajo la lluvia, por
la oscura calle, solo en el mojado terciopelo de la noche.
¿Quién
era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir?
Atravesé
una calle, penetré en otra más estrecha, aún empujado por el viento y la
risotada de los truenos que se burlaban de mi asombro.
¿Quién
era...?
Lo
sabia. Mi nombre... la calle me lo dijo. Summit
Street. ¿Qulén vivía en Summit Street? Arthur Derwin, de Summit Street. Yo era Arthur Derwin. Era...
algo que no podía recordar. Había vivido muchos años y, sin embargo, sólo
conseguía recordar mi nombre.
¿Cómo
había muerto?
Había
acudido a una sesión espiritista; se apagaron las luces y la señora Price
invocó a alguien. Dijo algo sobre las influencias del mal y las luces se
encendieron.
Pero
no se encendieron.
Y
debían de haberse encendido.
Sí,
estaban encendidas, pero no para mí.
Yo
había muerto. Muerto en la oscuridad de la sesión. ¿Qué me mató? ¿Tal vez el
espanto? ¿Qué sucedió después? La señora Price había callado. Yo vivía solo en
la ciudad; me habían enterrado apresuradamente en una tumba de pobre.
-Un
ataque al corazón -sentenció el coroner. Nada más.
Esto
fue todo. Y, sin embargo, yo era Arthur Derwin, y seguramente a alguien le habría
importado mi muerte.
"Bramin
Street", anunció la enseña de la calle a la luz del relámpago.
Bramin
Street... A alguien le habría importado: a Viola.
Viola
era mi prometida. Habla amado a Arthur Derwin. ¿Cuál era su apellido? ¿Dónde la
conocí? ¿Cómo era?
"Bramin
Street".
Otra
vez la enseña. Inconscientemente, mis pies continuaron su camino. Estaba
recorriendo Bramin Street sin pensar en la tormenta.
Bien.
Dejé que mis pies me guiasen. No quería pensar. Mis pies me conducirían, por
costumbre, a casa de Viola... Allí sabría... Bien, no debía pensar. Sólo andar
en medio de la tormenta.
Anduve,
con los ojos cerrados ante las tinieblas que azotaba el trueno. Me alejaba de
la muerte y ahora tenía hambre. Tenía hambre y sed en la noche, hambre de ver a
Viola y sed de sus labios. Por ella regresaba de la muerte..., ¿o era esto
demasiado poético?
Salí
de la tumba y volví a dormir en ella y de nuevo me levanté y sondeé el mundo
sin memoria. Era algo grotesco, fúnebre, macabro. Yo fallecí en la sesión.
Mis
pies iban chapoteando en la calle inundada por la lluvia. No sentía frio ni la
humedad. Por dentro estaba ardiendo, ardiendo con el recuerdo de Viola, de sus
labios, de su cabello. Era rubia. Tenía una cabellera como la luz del sol, ojos
azules y tan profundos como el mar, y una tez con la blancura de los flancos de
un unicornio. Recordé habérselo dicho mientras la tenía entre mis brazos. Sabía
que su boca era como una hendidura escarlata que producía el éxtasis. Ella era
el hambre que yo sentía, ella el ardíente deseo que me conducía a su puerta a
través de las nieblas de mi memoria.
Jadeaba,
pero sin saberlo. Dentro de mí giraba como una rueda que había sido antaño mi
cerebro y ahora era sólo un volante verde que giraba dejándome ver imágenes
caleidoscópicas de Viola, de la tumba, de una sesión de espiritismo, de
presencias perversas y de una muerte inexplicable. Viola estaba interesada en
el misticismo. Fuimos juntos a la sesión. La señora Price era una médium famosa.
Yo me morí en la sesión y me desperté en la tumba. Y ahora regresaba para ver a
Viola. Regresaba para averiguar algo de mí mismo. Ahora sabía quién era yo y
cómo había muerto. ¿Pero cómo revivía?
"Cómo
revivía". "Bramin Street». Mis pies chapoteaban.
Luego,
el instinto me condujo hacia el porche. Fue el instinto el que hizo que mi mano
se dirigiese al familiar picaporte sin llamar, y el instinto quien me hizo
cruzar el umbral.
Me
quedé en el pasillo, un pasillo desierto. Había un espejo y por primera vez iba
a poder verme. Tal vez me asombraría mi completo reconocimiento, mi completo
recuerdo. Me contemplé, pero el espejo se tornó borroso ante mi mirada. Me
sentí debilitado, mareado. Pero esto se debía al hambre que me atenazaba, el
hambre que me consumía. Era tarde. Viola nn estaría abajo, sino arriba, en su
dormitorio.
Subí
la escalera, goteando a cada paso y andando silenciosamente, apartándome de los
diminutos charcos de agua que mis ropas iban dejando.
De
repente me abandonó la debilidad y volví a sentirme vigoroso. Tuve la sensación
de estar ascendiendo por la escalinata del Destino. Como si al llegar a lo alto
fuese a conocer la verdad de mi futuro.
Algo
me había traído desde la tumba a casa de Viola. Algo se movía detrás de esta
misteriosa resurrección. La respuesta estaba arriba.
Llegué
a lo alto y me interné por el oscuro y familiar pasillo. La puerta del
dormitorio se abrió a la presión de mi mano. Junto a la cama ardía una vela,
nada más.
Entonces
divisé a Viola tendida en su lecho. Dormía, como una encarnada belleza. Dormía.
Era muy joven y adorable en aquel momento. Me apiadé de ella, por lo que sabría
al despertar. Llamé suavemente:
-Viola...
Repetí
el nombre suavemente, mientras mi cerebro daba vueltas a la última de mis tres
acuciantes preguntas.
"¿Cómo
revives?", preguntaba mi cerebro.
-¡Viola!
-gritó mi voz.
Abrió
los ojos y la vida los inundó. Me vio.
-¡Arthur...!
-jadeó-. ¡Estás muerto!
Por
fin chilló.
-Sí
-dije en voz baja.
¿Por
qué contesté "sí"?
"¿Cómo
revives?", volvió a insistir mi cerebro.
La
joven se incorporó, temblando.
-¡Estás
muerto! ¡Eres un fantasma! Nosotros te enterramos. La señora Price tenía miedo.
Falleciste en la sesión. ¡Vete, Arthur, vete...! ¡Estás muerto!
Gimió
una y otra vez. Miré su beldad y sentí hambre. Mil recuerdos de la última noche
me asaltaron de golpe. La sesión, y la señora Price invocando a los espíritus
del mal; la frialdad que se apoderó de mi en la oscuridad y mi súbito
hundimiento en el olvido. Después mi despertar y mi búsqueda en pos de Viola
para que apaciguase mi hambre.
No de
comida. No de bebida. No de amor. Un nuevo apetito. Un nuevo apetito que sólo
conocía de noche. Un nuevo apetito que me hacía evitar a los hombres y
olvidarme de mí mismo. Un nuevo apetito que odiaba los espejos.
Apetito...
de Viola.
Avancé
hacia ella lentamente, y mis mojadas prendas susurraron cuando extendí mis
brazos tranquilizadoramente y la cogí entre mis brazos. Por un instante lo
sentí por ella, pero el apetito se presentó más agudo e incliné la cabeza.
La última
pregunta volvió a cruzar fugazmente por mí cerebro.
"¿Cómo
revives?"
La
sesión, la amenaza de los malos espíritus, contestaron a esta pregunta. La
contesté yo mismo.
Ya
sabía por qué me había levantado de la tumba, quién y qué era, cuando cogí en
brazos a Viola. Sí, la cogí entre mis brazos y clavé mis colmillos en su
garganta. Esto contestó la pregunta.
Yo era
un vampiro.
Una cuestión de identidad. Robert Bloch
A QUESTION OF IDENTITY. © 1939. Trad. Miguel Giménez.
Las mejores historias de
horror (6ª antología). Libro Amigo 94
Editorial Bruguera, 1969
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.