Estaban
descansando, todavía unidos, en el baño de pino, mientras el agua borboteaba
alrededor de sus cuerpos. Elaine observaba cómo el cálido vórtice atrapaba
serpentinas de su semen, las hacía girar como confeti hervido y las engullía a
través de la turbulencia.
«Me
he corrido», pensó.
-Me
siento renacida -dijo Elaine.
Allen
le besó la base del cuello y frotó sus pezones con las yemas de sus dedos.
-Tus
pechos se están volviendo tan llenos. ¿Estás tomando más estrógenos?
Su
pene, entumecido, aún embadurnado en vaselina, le hizo cosquillas al salir del
culo de Elaine. La mano derecha de Allen se movió en el agua cálida y recogió
las últimas gotas de orgasmo del fláccido carajo de Elaine. Gentilmente, le dio
la vuelta, la besó amorosamente, introduciendo profundamente la lengua en su
boca.
-Ven
-dijo Allen, interrumpiendo su beso.
Presionó
los hombros de Elaine, introduciéndola con fuerza bajo la espumosa superficie.
Ella aflojó sus rodillas, y se hundió en el agua que borboteaba alrededor de
las caderas de Allen. Mientras las manos de Allen se apoyaban en su nuca,
Elaine abrió la boca para aceptar el resbaladizo carajo de Allen. Saboreó el
dulce sabor de su propia mierda mientras lo succionaba entero. El carajo
llenaba su boca, agrandándose de repente, endureciéndose mientras ella se lo
introducía profundamente en la garganta.
Elaine
jadeó y trató de sacárselo, pero las manos de Allen forzaron su cabeza hacia su
vello púbico. El agua llenaba la nariz de Elaine mientras se ahogaba. Mordió,
llevada por un reflejo incontrolable. El carajo cortado de Allen, desprendido
de la base, se replegó hacia adentro, pasando su garganta y abriéndose camino
hacia su laringe.
Elaine
se liberó de las manos de Allen. La sangre anegaba sus pulmones, brotaba de su
boca en una fuente obscena mientras su cabeza se dirigía a la superficie. Pero
su cabeza no podía alcanzarla, no importaba lo desesperadamente que combatiera.
Había una negra capa resistente que la separaba del aire, que se cerraba como
cera en torno a su cara, que devolvía el vómito a sus pulmones.
Un
vórtice de sangre y semen tragó su alma en sus calientes profundidades.
Lo
primero que oyó fue un monótono chit-chit-chic, como hojas de otoño contra la
ventana. Notó una brusca presión contra su abdomen: el vómito expulsado por su
boca. Jadeaba.
Abrió
los ojos. La capa de negrura pegajosa había desaparecido. -Maldita mierda -dijo
Blacklight, limpiándole el vómito de la nariz y la cara-. No vuelvas a
intentarlo sola.
Elaine
la miró en silencio. El oxígeno regresaba a su cerebro.
Junto
a ella, en la alfombra, se encontraba la máscara de cuero negro. Tenía
cortadas las cintas y lazos. La mordaza en forma de falo que tenía adosado,
casi arrancado de un mordisco, estaba cubierta de vómito. Un cinturón de cuero
con pinchos, también cortado, estaba enrollado sobre la máscara.
-¡Jesús!
-dijo Blacklight-. ¿Estás bien ya?
La
estaba envolviendo en una manta, atareado en hacerlo. Había un zumbido en
alguna parte, en su cabeza o en su pelvis.... no estaba segura. Los recuerdos
regresaban.
-Soñé
que era un hombre -dijo ella, forzando su garganta a hablar.
-De
puta madre. Casi soñaste que estabas muerta. Tuve un amigo en Vietnam que solía
hacer este tipo de tonterías. Llevaba dos días muerto cuando lo encontraron.
Elaine
alzó la cabeza y miró la barra con la cadena montada en lo alto de su puerta.
La máscara de cuero con su mordaza y su venda (privación sensorial y
depravación sensual) mantenían el mundo a raya. El extremo libre del cinturón,
enrollado en torno a su cuello, debería haberse soltado cuando ella se
desmayara por falta de oxígeno. En cambio, su hebilla se había enrollado con
las complejas hebillas de la máscara aprisionadora, no liberándola, sino casi
asfixiándola. Los amigos que la habían enseñado cómo experimentar visiones de
realidades internas a través de este método la habían advertido, pero hasta
ahora no había habido problemas. No peores que con el aparato inversor.
-Te
oí pataleando en el suelo -explicó Blacklight, tomándole el pulso. Había sido
médico en el ejército hasta que terminó en la Sección ocho: no había futuro
para un médico de dos metros de altura en los arrozales-. Pensé que tal vez
estabas follando con alguien, pero no me dio esa impresión. Eché la puerta
abajo.
Buen
trabajo a través de dos cerrojos y una cadena, pero Blacklight podía hacerlo.
Su vecino en el dúplex se había marchado la semana pasada, y la pizzería de la
planta baja estaba siendo reconvertida en un restaurante vegetariano. Elaine
podría haberse quedado allí, muerta en el suelo, hasta que sus gatos le
pulieran los huesos.
-Soñé
que tenía carajo -dijo ella, frotándose el cuello.
-Tal
vez aún lo tienes -le contestó Blacklight. Se miró las manos y entró en el
cuarto de baño para lavárselas.
Elaine
se preguntó qué querría decir, y entonces recordó. Extendió la mano para
desconectar el vibrador del grotesco pene artificial que se había colocado
alrededor de la pelvis. Enrollándose en la manta, logró ponerse en pie y esperó
a que Blacklight saliera del baño.
Cuando
se quitó el resto del traje y se lavó, se puso un kimono de seda china y fue a
buscar a Blacklight. Se sentía poco cohibida. Entre la heroína barata en el Nam
y el ácido del Haight, el cerebro de Blacklight había permanecido hecho polvo
la mayor parte de su vida. Era más digno de confianza para las entregas que
los colombianos, y los viejos contactos le apoyaban a él y a su hábito.
Blacklight
estaba de pie en el centro de su estudio, mirando con incertidumbre un lienzo
sin terminar: el desván era poco más que una habitación grande con unas
cuantas estanterías y tableros para dividir el espacio.
-Será
mejor que mires más de cerca a tu modelo, ¿o es que tienes a una rareza?
El
lienzo tenía el tamaño de una pared. Lo habían encargado originalmente en un
bar de homosexuales que había cerrado, y por eso no había conseguido venderlo.
-Los
huevos no cuelgan uno al lado del otro de esa forma -señaló Blacklight-. Uno
cuelga un poco más bajo. Incluso una tortillera debería saberlo.
-No
está terminado todavía -dijo Elaine. Miraba la bolsa de polvo blanco que
Blacklight había depositado sobre su bar.
-¿Quieres
saber por qué?
-¿Qué?
-Por
qué no cuelgan juntos.
-¿Quién
no?
-Tus
huevos. Uno se separa del otro cuando cierras las piernas.
-Magnífico
-dijo Elaine, metiendo un dedo en el polvo.
-¿Te
gusta?
-El
asunto de los huevos.
Elaine
saboreó un poco de coca, lamiendo la yema de su dedo.
-«Perico»
peruano de primera -prometió Blacklight, olvidando el tema previo.
Elaine
se llevó una muestra a la nariz. La resonante amargura de la coca le hizo
olvidar los residuos del vómito. Buena mierda.
-Es
como el Yin y el Yang -explicó Blacklight-. Bien y Mal. Luz y Oscuridad.
No
se corrige a un tipo más grande y más loco que una. Blacklight cerró los puños.
-¿Has
oído la historia de Amor y Odio?
En
los nudillos de su puño derecho estaba tatuada la palabra AMOR; en los de la
izquierda, ODIO.
Elaine
había visto La noche del cazador y no se dejó impresionar.
-¿Una onza?
-Una
cosa rara -Blacklight boxeaba consigo mismo-. Tienen que estar separados, el
Amor y el Odio, pero no pueden evitar acercarse y tratar de ver cuál de los dos
es el más fuerte.
Elaine
abrió el cajón bajo su teléfono y contó los billetes que había preparado antes.
Blacklight olvidó su personificación de Robert Mitchum y aceptó el dinero.
-Tengo
cinco cuadros por terminar antes de que inauguren mi exposición en Soho,
¿sabes? El mes que viene. Estamos a finales de mes. Tengo el culo jodido y ando
seca de inspiración. Así que dame un respiro y lárgate ahora, ¿de acuerdo?
-No
intentes pasarte con esa mierda -avisó Blacklight.
Dobló
su grueso cuello para considerar otro lienzo inconcluso. Le recordaba a
alguien, pero olvidó a quién antes de poder formar el pensamiento.
-El
cerebro es igual que los huevos, ¿lo sabías? -recogió el hilo de la última
conversación que pudo recordar.
-No,
no lo sabía.
-Dos
pelotas rodando en el interior del cráneo -dijo Blacklight, juntando los
puños-. Nadan en el cráneo una al lado de la otra, igual que los cojones en el
escroto. ¿Por qué hay dos mitades en el cerebro en vez de sólo una masa grande
como, digamos, el corazón?
-Me
rindo.
Blacklight
se frotó los puños.
-Por
que así no chocan, ya ves. Tienen que estar separados. Amor y odio. Yin y Yang.
-Mira,
tengo que trabajar.
Elaine
sacó un gramo de la bolsa y la colocó en línea sobre la superficie de cristal
de la mesa de café.
-Claro.
¿Seguro que estás bien?
-No
más viajes anóxicos con máscara puesta. Y gracias.
-¿Tienes una cerveza?
-Mira
en el frigorífico.
Blacklight
encontró una St. Pauli y soltó la tapa con el pulgar. Elaine pensó que parecía
un Wookie de barba negra.
-Tuve
un amigo en el Nam que se mató intentando eso -recordó de repente Blacklight.
-Ya
me lo has dicho.
-Mira,
sea 1o que sea lo que te coloque, no dejes caer el martillo cuando no tengas
intención.
-¿Quieres
una raya?
-No.
Paso de eso. Te estropea el cerebro -los ojos de Blacklight brillaron en un
esfuerzo por concentrarse-. Paso de todas las condenadas drogas. De todas
ellas.
-Viejas
cicatrices lucharon contra los tatuajes cuando alzó el brazo para acabar la
cerveza-. ¿Estás segura de que está bien? -Sacó una nueva cerveza de detrás de
la ensalada de atún. Elaine era unos treinta centímetros más baja y pesaba casi
cincuenta kilos menos. Los músculos producidos por el aeróbic no eran
suficientes para asustar a Blacklight.
-Mira,
estoy bien. Gracias. Deja que vuelva al trabajo. Voy retrasada y ésta es una
ciudad verdaderamente jodida.
-¿Quieres
anfetas?
-Ya
tengo. Mira, creo que voy a vomitar un poco más. ¿Quieres dejarme sola?
Blacklight
se metió la botella de cerveza en el bolsillo de su camisa.
-Me
marcho.
Se
dirigió hacia la puerta. La botella de cerveza no parecía mayor que un
bolígrafo en su bolsillo.
-Oh
-dijo-. Puedo conseguirte algo mejor. Algo nuevo. Quita las zonas en blanco de
la cabeza. Acabo de hacer un contacto con un tipo que está dedicado a diseñar
drogas. Un tipo raro. Trabaja en una nueva especie de anfetas.
-Dame
unas pocas -dijo Elaine, abriendo la puerta. Necesitaba dormir una semana
entera.
-Te
veré más tarde -prometió Blacklight.
Se
detuvo a mitad de camino, y rebuscó en el interior del bolsillo interior de su
chaqueta.
-Un
material soberbio -dijo, tendiéndole un paquetito de papel-.Muy inspirado.
Úsalo y crece. ¿Estás segura de que estás bien?
Elaine
cerró la puerta.
El
cerrajero prometió ir al día siguiente, o el otro.
Elaine
reemplazó la cadena con una de la puerta del cuarto de baño, martilleó para su
propia tranquilidad los cerrojos retorcidos e inútiles y luego colocó una silla
de madera contra el pomo. Sintiéndose mejor, se puso unos leotardos y probó un
gramo de esto y lo otro.
Estaba
trabajando bastante duro, y el aerógrado sonaba un poco fuerte, aunque su
estéreo debería haber apagado la mayoría de los ruidos de fuera en cualquier
caso.
-Ese
azul -dijo Kane a sus espaldas-. Atractivo, desde luego..., pero ¿por qué? Me
impresiona lo antagónico de los tonos de carne que has mezclado tan
laboriosamente para confundir la cara de los dos amantes.
Elaine
no gritó. Nadie podría oírla. Se dio la vuelta con mucha cautela. Un amigo le
había dicho cómo tenía que reaccionar en esas situaciones.
-¿Eres
crítico de arte?
La
silla estaba aún apoyada contra la puerta. Tal vez estaba un poco ladeada.
-Simplemente
un diletante -mintió Kane-. Un patrón interesado en las artes durante muchos
años. Ésa no es una estructura femenina.
-No
tiene que serlo.
-Posiblemente
no.
-Mi
novio está al llegar. Va a traer algunos compradores. ¿Les estás esperando?
-Blacklight
se puso en contacto conmigo. Pensó que te gustaría algo más fuerte que te
ayudara a terminar tu colección.
Elaine
suspiró. Él era grande, muy grande. En el interior de su gabardina abrochada
habrían cabido dos personas como ella y un paraguas. Un camello amigo de
Blacklight, fue su primer pensamiento. Aún no habían decidido si eran matones
de la mafia o sus sustitutos en el lucrativo negocio de la droga. Era una
cabeza más bajo que Blacklight, pero probablemente pesaba más. No tenía grasa.
Sus movimientos le recordaron a Elaine los de su instructor de karate. Su
cara, aunque no tenía cicatrices, recordaba la de un delantero de la liga que
hubiera suspendido su carrera como anunciante. Su pelo y su corta barba eran
un poco más oscuros que su cresta a lo Grace Jones. No le gustaron sus ojos
azules y rápidamente retiró la mirada.
-Toma
-dijo Kane.
Tomó
de su mano afilada un frasco de cristal que contenía unos dos gramos: el típico
material que se vendía en las esquinas, con una cucharilla unida por una
cadena de aluminio.
-¿Cuánto?
Había
una lata de Mace en el cajón bajo el teléfono. No pensaba que sirviera de nada.
-Es
un lote nuevo -dijo Kane, sentándose en el brazo del sofá más grande. Balanceó
su peso, pero ella retrocedió-. Un intento de recrear una droga perdida hace
mucho tiempo. Perfectamente legal.
-¿Cuánto
tiempo?
-Antes
de lo que podrías recordar. Es una especie de superanfeta.
-¿Superanfeta?
Kane
terminó de hundirse en el sofá, que sostuvo su peso.
-¿Puedes
recordar todo lo que te ha sucedido, o que hayas hecho, durante las últimas
cuarenta y ocho horas?
-Claro.
-Dime
qué pasó a las once y media de esta mañana.
-De
acuerdo. -Elaine estaba dispuesta a atreverse-. Estaba en la ducha. Había
estado despierta toda la noche, trabajando en las pinturas para la exposición.
Llamé al contestador automático de mi agente, luego tomé una ducha. Pensé que
probaría un poco de marihuana antes de volver al trabajo.
-Pero
¿en qué estabas pensando a las once y media de esta mañana?
-En
la exposición.
-No.
Elaine
decidió que era demasiado arriesgado saltar hacia el teléfono.
-He
olvidado en qué estaba pensando exactamente -concedió-. ¿Quieres un poco de
café? -el café hirviendo en la cara podría servir.
-¿En
qué pensabas anoche a las nueve y cuarenta y dos minutos? -Estaba preparando
café. ¿Quieres un poco...?
-A
las nueve y cuarenta y dos. Exactamente entonces.
-Está
bien. No lo recuerdo. Estaba jugueteando con el mando del televisor, creo. Tal
vez estaba ensimismada.
-Lagunas
-dijo Kane.
-¿Qué?
-Grietas.
Piezas perdidas. Momentos perdidos de la memoria. Tiempo perdido de la
consciencia, y, por tanto, de la vida. ¿Dónde? ¿Porqué?
Hizo
girar el frasquito en su ancha palma.
-Nadie
recuerda verdaderamente todos los instantes de la vida. Siempre hay momentos
olvidados, ensimismamientos, distracciones..., como quieras. Es tiempo perdido
de la vida. ¿Dónde va? No se puede recordar. Ni siquiera se puede recordar
haber olvidado ese momento. Parte de la vida se pierde en momentos vacíos, en
lapsos de consciencia total. ¿Adónde va la mente consciente? ¿Y por qué?
»Esto
-agitó el frasquito hacia ella-... removerá esos momentos perdidos. Nada de
lagunas en tu memoria, nada de preguntarte dónde pusiste las llaves del coche,
dónde dejaste las gafas de sol, quién llamó antes del almuerzo, qué había en tu
mente cuando te despertaste. Mejor que las anfetas o la coca. Total consciencia
de tu consciencia. No más lagunas.
-No
tengo dinero a mano.
-No
hay cargo. Piensa que es una muestra de prueba.
-Ya
sé..., la primera es gratis.
-Eso
se supone que es un espejo, ¿verdad? -Kane regresó a la pintura sin terminar-.
El azul me hizo pensar en agua. Es alguien haciendo el amor a un reflejo.
-Alguien
-dijo Elaine.
-¿Narciso?
-Yo
lo llamo Lámelo hasta que sangre. -Intentaré asistir a la exposición.
-No
habrá ninguna a menos que la gente me deje trabajar en paz.
-Entonces
me marcho -Kane pareció haberse puesto de pie sin que nunca se hubiera
levantado de la silla-. Por cierto, yo no me pincharía con eso. Nuevo equipo
de laboratorio. Nunca se sabe qué impurezas puede haber.
-De
todas formas, no me gusta pincharme -le dijo Elaine, metiendo la nariz en el
frasquito con la cucharilla adosada. Olisqueó con cuidado, no sintió quemazón.
Bastante limpio. Llenó la cucharilla otras dos veces.
Cerró
los ojos e inhaló profundamente. De inmediato pudo sentir un zumbido. Confiaba
que Blacklight le hubiera proporcionado algo bueno. Estaba preparando otra
cucharilla cuando se dio cuenta de que estaba sola una vez más.
Blacklight
aseguró el cerrojo del contenedor de industrias químicas y terminó su cerveza.
El cuerpo del antiguo propietario del laboratorio experimental se había doblado
dentro bastante bien. Al foso de residuos ilegales con los otros. Algunos
idiotas no saben decir de qué lado sopla el viento.
-¿De
verdad aterrizaste en un platillo volante? -preguntó, rebuscando otra cerveza
en el frigorífico.
Kane
observaba un cromatrograma.
-Claro.
Parecía un tapacubos de un Chrysler 3000 de 1957. Blacklight reflexionó
mientras bebía su cerveza. La chica más guapa de su instituto... su familia
había tenido un convertible blanco 3000. ¿Habría alguna conexión?
-Entonces,
¿cómo es que hablas tan bien inglés?
-Fui
el doble de Tor Johnson en Plan 9 del Espacio Exterior. Había que hacer cientos
de tomas antes de que saliera bien.
Blacklight
pensó al respecto.
-¿Conociste
a Bela Lugosi?
Kane
contempló el monitor del ordenador mientras tecleaba la consola.
-Tengo
que conseguir un equipo mejor. Hay un grupo metido en alguna parte donde no
debería estar.
-¿Es
malo?
-Podría
serlo. Empieza a pensar en otro conejillo de Indias.
Al
principio fue consciente de sus manos.
Era
la 1.01.36 A.M., decía el reloj digital junto a su cama. Dejó de pintar y
consideró sus manos. Estaban manchadas de tabaco y pintura, y sus uñas
necesitaban un arreglo. ¿Cómo podía esperar crear con unas manos así?
Elaine
se miró las manos durante cuarenta y tres segundos y no encontró ninguna
evidencia de mejora. La base de su cráneo tampoco se sentía bien; tintineaba,
como cuando su cresta mohawk empezó a crecer el año pasado. Tal vez un poco de
vino...
Había
una botella abierta de Liebfraumilch en el frigorífico. Se sirvió un vaso, lo
probó y lo hizo a un lado con disgusto. Elaine pensó en el vino durante los
siguientes ochenta y seis segundos, leyendo dos veces la etiqueta. Mentalmente,
anotó que nunca volvería a comprarlo. Rebuscó en un bote lleno de paquetes de
endulzadores artificiales, encontró media tableta y la mezcló con el vino.
Volvió
a Lámelo hasta que sangre y trabajó furiosamente, con total concentración y con
insatisfacción creciente durante la siguiente hora, treinta y un minutos y
dieciocho segundos.
La
piel le picaba.
Elaine
contempló la pintura durante otros siete minutos y diecinueve segundos.
Decidió
telefonear a Allen.
Le
contestó una grabación. El número que había marcado ya no estaba en
funcionamiento. Por favor...
Elaine
trató de visualizar a Allen. ¿Cuánto tiempo había pasado? La piel le picaba.
¿Le
había dejado ella o le había abandonado él? ¿Importaba realmente? Ella le
odiaba. Siempre lo había odiado. Odiaba todo lo que había sido anteriormente.
Sentía
el cuerpo extraño, como si fuera el cuerpo de un desconocido. El leotardo le
estaba lastimando la entrepierna. Estúpido diseño.
Elaine
se quitó el leotardo y las bragas. La piel aún le picaba. Como la angustia de
la transformación de una oruga. La angustia vital de la vida anterior. ¿Odiaba
la oruga a la polilla?
Pensó
en Allen. Pensó en sí misma. Amor y odio.
Había
un espejo de cuerpo entero en la puerta de su ropero. Elaine contempló su
reflejo y se acarició los pechos y la entrepierna. Se acercó más, y se apretó
contra el espejo, frotándose contra su reflejo. Haciéndose el amor a sí misma.
Y
odiando.
Apretada
contra su reflejo, Elaine no pudo ignorar las finísimas cicatrices donde la
cirugía plástica había implantado silicona en lo que habían sido una vez sus
planos pechos. Al acariciarse su vagina quirúrgicamente construida, Elaine no
pudo reprimir los recuerdos de su operación de cambio de sexo, la consciencia
de su antigua masculinidad.
Recordó
cada instante. De alegría. De dolor. De ansia. De furia. De odio. De
autorrepulsión.
De
ser Allen.
Sus
dedos golpearon su reflejo, reduciéndolo a un centenar de momentos frágiles.
La
sangre manó de sus puños, corrió por sus brazos, marcó surcos por sus pechos y
su vientre.
Lamió
su sangre, y la encontró buena. Vertida para sí misma. Agarrando quebradizos
trozos de espejo, Elaine regresó junto a su pintura sin terminar. Permaneció
ante las dos figuras de tamaño natural, odiando y amando lo que había creado.
Sus
puños se dirigieron hacia el lienzo, reduciéndolo a una loca secuencia.
Toma.
Éste es mi cuerpo. Lo entrego para mí.
Blacklight
estaba terminando una pizza fría de anchoas y aceitunas negras. Observó sus
manos manchadas de grasa y se las limpió en los tejanos. Las manchas se
intercambiaron, variando poco el statu quo. Se lamió los nudillos tatuados
hasta dejarlos limpios.
Estaba
lloviendo en algún lugar, porque el tejado del viejo almacén se alejaba monótonamente
de la luz. Observó a Kane. Tal vez el gorila enjaulado de Lionel Atwill estaba
suelto en el laboratorio. Tal vez Rondo Hatton como Mister Hyde.
-Entonces,
¿qué son las lagunas?
Kane
estaba estudiando un catálogo de suministros bioquímicos. -Grietas. Cavidades.
Espacios en blanco.
-Los
espacios son importantes -dijo Blacklight. Juntó sus puños manchados de pizza y
frotó los nudillos-. ¿Sabes cómo funcionan las bombas atómicas?
-Solía
construirlas -dijo Kane-. Están pasadas de moda.
-Coges
dos puñados de plutonio o de algo -le informó Blacklight-. Grandes como tu
puño. Ahora bien, si dejas espacio entre ellos, estás a salvo. Pero... -hizo
chocar sus nudillos entre sí-, quita los espacios, júntalos. Masa crítica.
Cataplum.
Remarcó
la información con un eructo explosivo.
-Por
eso siempre tiene que haber espacios en medio -concluyó-. Como las dos mitades
del cerebro. Id y Ego. Yin y Yang. Masculino y Femenino. Incluso en tus
pensamientos hay que tener esos lapsos: momentos para divagar, para olvidar,
para no darte cuenta. ¿Qué pasa cuando llenas todas las lagunas?
-Masa
crítica -dijo Kane.
El
espejo era una puerta, nublada y resbaladiza por el sabor de la sangre.
Agarrando furiosos fragmentos de cristal, Allen y Elaine esperaban en lados
opuestos, cada uno esperando que el otro la atravesara.
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