1
El entramado de estacas atadas entre sí
sobresalía de un pequeño amontonamiento de piedras a la orilla del arroyo.
Colin Leverett lo estudió perplejo; media docena de extraños trozos de ramas,
atados unos a otros en ángulos en forma de cruz, sin ningún propósito
comprensible. Le recordó de forma desagradable un raro crucifijo, y se preguntó
qué podía haber debajo de las piedras.
Era un día de primavera de 1942..., la
clase de día que hacía que la guerra pareciera algo distante e irreal, aunque
la orden de reclutamiento aguardaba sobre su escritorio. Dentro de pocos días
Leverett cerraría su estudio en el campo, preguntándose si volvería a verlo
alguna vez..., si podría volver a utilizar sus lápices y sus pinceles, y sus utensilios
de tallar la madera, cuando regresara. Era decirle adiós también a los bosques
y a los arroyos de la parte norte del estado de Nueva York. No más cañas de
pescar, no más paseos por el campo en la Europa de Hitler. Pero no por eso iba
a dejar de pescar en aquel río lleno de truchas que había descubierto hacía
tiempo, explorando remotas carreteras secundarias por el valle de Otselic.
El arroyo Mann -así estaba señalado en el
viejo mapa del Servicio Geológico- discurría al sudeste de DeRuyter. La poco
concurrida carretera comarcal cruzaba un puente de piedra cuya edad se
remontaba a antes de la aparición de los primeros vehículos automotores, pero
el Ford de Leverett lo cruzaba, aunque casi rozando los pretiles. Tomando la
caña y los aparejos, se metió una botella de petaca en el bolsillo y se ató una
sartén de hierro al cinturón. Iría unos cuantos kilómetros río abajo. Por la
tarde comería alguna trucha recién pescada, o quizá ancas de rana.
Era un arroyo muy claro, aunque resultaba
difícil pescar en él debido a los densos arbustos que sobresalían de las
orillas, interrumpidos por extensiones de agua donde era difícil situarse sin
ser visto. Pero las truchas acudían animosamente a su cebo, y Leverett se
sentía de buen humor.
Desde el puente, el valle a lo largo del
arroyo Mann se abría a una extensión de pastos, pero casi a un kilómetro
corriente abajo la tierra había dejado de ser cultivada y estaba llena de
plantas silvestres y manzanos que nadie cuidaba. Otro kilómetro, y los manzanos
se mezclaban con un bosque más denso, que se extendía hasta perderse de vista.
Todas aquellas tierras, le habían dicho, habían pasado a ser propiedad del
estado hacía ya muchos años.
Mientras Leverett seguía el curso del
arroyo observó los restos de una vieja instalación ferroviaria. Ningún vestigio
de traviesas ni de vías..., solamente la instalación, los tinglados de madera,
casi cubiertos por enormes árboles. El artista contempló con placer la hermosa
canalización con muretes de piedra suelta que encajonaba el arroyo en su camino
a través del valle por aquel lugar. Parecía fantasmagórico, aquella olvidada
línea férrea avanzando en línea recta por en medio de aquella virtual selva.
Podía imaginar una vieja máquina de
vapor, con el sombrerete cónico de su chimenea, humeando a través del valle y
arrastrando dos o tres vagones de madera. Debía de tratarse de un ramal de la
antigua Oswego Midland Rail Road, decidió, abandonado de forma más bien
repentina en la década de 1870. Leverett, que tenía buena memoria para los
detalles, lo recordaba de una historia que le había contado su abuelo relativa
a un viaje que había efectuado en 1871 desde Otselic hasta DeRuyter en su luna
de miel. La máquina iba tan lenta en su esfuerzo por trepar la empinada
pendiente de Crumb Hill que su abuelo había descendido del vagón y durante un
buen rato había ido caminando a su lado. Probablemente, esa empinada pendiente
había sido la razón del abandono de la línea.
Cuando pasó junto a un trozo de madera
clavado a varias estacas apoyadas contra una pared de piedra, su primer
pensamiento fue que debía de decir: «Prohibido el paso». Curiosamente, aunque
la intemperie había borrado lo que pudiera poner el cartel, los clavos parecían
nuevos por completo. Leverett apenas le dedicó atención, hasta que un poco más
allá encontró otro. Y luego otro.
Se rascó la barba de un día que empezaba
a asomar en su prominente mandíbula. Aquello no tenía sentido. ¿Una travesura?
Pero ¿de quién? ¿Un juego de niños? No, aquella disposición era demasiado
sofisticada. Como artista, Leverett apreció la habilidad del trabajo..., los
calculados ángulos y distancias, lo intrincado del diseño de conjunto del
inexplicable dispositivo. Había algo claramente inquietante en su efecto.
Leverett se recordó a sí mismo que había
ido allí a pescar, y siguió corriente abajo. Pero cuando rodeó unas malezas se
detuvo de nuevo, desconcertado.
Había allí un pequeño espacio despejado,
con algunos más de aquellos entramados de estacas y un conjunto de piedras
planas colocadas sobre el suelo. Las piedras -probablemente tomadas del murete
que encajonaba el arroyo- formaban una especie de dibujo de unos seis por
cuatro metros, que a primera vista parecía los ciralentos de una casa.
Intrigado, Leverett se dio cuenta rápidamente de que no se trataba de eso. Si
eran el esquema de algo, sólo podia ser de un pequeño laberinto.
Las extrañas estructuras entramadas
estaban por todas partes. Estacas hechas con ramas de arboles y trozos de
tablones clavados juntos en una fantástica disposición. Desafiaban toda descripción;
no había dos que parecieran iguales. Algunas eran tan sólo una o dos estacas
unidas juntas en paralelo o formando ángulos. Otras estaban trabajadas en
complicadas tramas de docenas de estacas y tablones. Una podría haber sido una
infantil casa arbórea; estaba construida en tres planos, pero era tan abstracta
y carente de utilidad que probablemente no se trataba sino de una alocada
combinación de palos y alambres. Algunas estaban clavadas en un montón de
piedras o junto a una pared; otras, embutidas en los tinglados o sujetas con
clavos a un árbol.
Hubiera debido ser ridículo. No lo era.
Al contrario, parecía algo siniestro... Aquel inexplicable entrecruzado de
estacas, meticulosamente construido, se diseminaba por todo el selvático
espacio, donde sólo los tinglados invadidos por los arboles o una olvidada
pared de piedra mostraban evidencias de que el hombre hubiera pasado alguna vez
por allí. Leverett olvidó completamente las truchas y las ancas de rana, y en
vez de ello rebuscó en sus bolsillos un bloc de notas y un lápiz. Empezó a
dibujar rápidamente las estructuras más intrincadas. Quizá alguien pudiera
explicarlas; quizá hubiera algo en su loca complejidad que justificara un
estudio más detallado para su propio trabajo.
Leverett estaba aproximadamente a tres
kilómetros del puente cuando llegó a las ruinas de una casa. Era una poco
atrayente granja colonial, construida en forma de caja y con un techo a la
holandesa, medido desmoronada. Las ventanas ofrecían sus huecos oscuros y
vacíos; las chimeneas a ambos lados parecían a punto de derrumbarse. Las vigas
asomaban por los agujeros del techo, y las tablas de las paredes, castigadas
por la intemperie, se habían podrido en algunos lugares, revelando el maderamen
de los puntales. Los cimientos eran de piedra, y desproporcionadamente grandes.
Por el tamaño de los bloques de piedra colocados sin mortero, cabía pensar que
su constructor había pretendido que los cimientos resistieran una eternidad.
La casa había sido casi completamente
tragada por la maleza y las lujuriantes lilas, pero Leverett pudo distinguir
que en sus buenos tiempos había habido a su alrededor un prado con imponentes
árboles de sombra. Más atrás había una serie de retorcidos e insalubres
manzanos, y un jardín inundado de hierbajos, entre los cuales aún despuntaban
algunas flores, pálidas y serpentinas por los años de nulos cuidados. Los
entramados de estacas estaban por todas partes..., en el prado, en los árboles,
incluso la casa estaba cubierta por las misteriosas estructuras. A Leverett le
recordaron un centenar de deformes telas de araña, agrupadas tan juntas las
unas a las otras que casi parecían querer ocultar la casa y el claro.
Maravillado, las dibujo página tras página, mientras se acercaba cautelosamente
al abandonado edificio.
No estaba seguro de lo que esperaba
encontrar dentro. El aspecto de la granja era francamente amenazador, de pie en
aquella tétrica desolación, donde el bosque había devorado la obra del
hombre..., donde el único signo de que el hombre había estado allí en aquel
siglo eran aquellas estructuras dementemente construidas de estacas y tableros.
Cualquiera, en aquel punto, hubiera dado media vuelta. Leverett, cuya
fascinación hacia lo macabro se hacía evidente en su arte, se sentía en cambio
intrigado. Trazó un apunte rápido de la granja y sus alrededores, inundados por
las enigmáticas estructuras, con grupos de matorrales y distorsionadas flores.
Lamentó que tal vez transcurrieran años antes de que pudiera plasmar la
espectralidad de aquel lugar sobre un papel de dibujo o una tela.
La puerta estaba sacada de sus goznes, y
Leverett entró cautelosamente, confiando en que el suelo fuera aún lo bastante
sólido como para sostener su delgado cuerpo. El sol de la tarde penetraba por
las vacías ventanas, moteando las estropeadas tablas del suelo con grandes
manchas de luz. El polvo flotaba derivando a la luz del sol. La casa estaba
vacía..., despojada de otros muebles que los indistintos montones de cascotes y
maderas podridas, y las hojas arrastradas por innumerables estaciones.
Alguien había estado allí, y
recientemente. Alguien que había cubierto literalmente las enmohecidas paredes
con el diagrama de las misteriosas estructuras entramadas. Los dibujos hablan
sido hechos directamente sobre las paredes, entrecruzando el podrido papel de
la pared y el medio caído yeso con gruesas lineas negras. Algo de una
vertiginosa complejidad cubría toda una pared como un loco mural. Otros eran
pequeños, tan sólo unas pocas líneas entrecruzadas, y le recordaron a Leverett
jeroglíficos cuneiformes.
Su lápiz voló sobre las páginas de su
bloc de notas. Leverett observó fascinado que un cierto número de los dibujos
eran reconocibles como esquemas de las estructuras que antes habla bosquejado.
¿Era pues aquélla la sala de diseño del loco o instruido idiota que habla
construido todas aquellas estructuras? Las marcas hechas por el carbón en el
blando yeso parecían frescas..., unos pocos días, o meses quizá.
El oscuro hueco de una puerta se abría al
sótano. ¿Habría dibujos también allí? ¿Y qué más? Leverett se preguntó si era
prudente bajar. Excepto los rayos de luz que se filtraban por entre las
rendijas de las tablas del suelo, el sótano estaba a oscuras.
-¡Hola! -llamó-. ¿Hay alguien ahí?
En aquel momento su pregunta no le
pareció estúpida. Aquellos entramados de estacas difícilmente parecían la obra
de una mente racional. Leverett no se sentía entaisiasmado ante la perspectiva
de encontrarse con una persona así en aquel sótano oscuro. Se le ocurrió que
cualquier cosa podía ocurrir allí, y nadie en el mundo de 1942 llegaría a
saberlo nunca.
Lo cual en sí mismo representaba una gran
fascinación para alguien con el temperamento de Leverett. Cuidadosamente,
empezó a bajar la escalera del sótano. Era de piedra, y por lo tanto sólida,
pero traicionera debido al musgo y a los escombros.
El sótano era enorme, y lo parecía aún
más en la oscuridad. Leverett alcanzó el pie de la escalera e hizo una pausa
para que sus ojos se acostumbraran a la húmeda tenebrosidad. La primera
impresión volvió a él; el sótano era demasiado grande para la casa. ¿Había
habido allí antes originalmente otra morada, quizá destruida y reedificada por
alguien con menos fortuna? Examinó la fábrica de piedra. Eran grandes bloques
de gneis que podían soportar un castillo. Al mirarlos más de cerca le
recordaron una fortaleza, porque la técnica de obra en seco era
sorprendentemente micénica.
Como la casa de arriba, el sótano parecía
estar vacío, aunque sin luz Leverett no podía estar seguro de lo que ocultaban
las sombras. Parecían existir zonas de sombra más oscura a lo largo de
secciones de la pared de los cimientos, sugiriendo aberturas a otras cámaras
más allá. A su pesar, Leverett empezó a sentirse inquieto.
Había algo allí..., un amplio bulto
parecido a una mesa en el centro del sótano. Allí donde unos pocos fantasmas de
luz solar descendían del techo para rozar sus bordes, parecía ser de piedra.
Cuidadosamente, cruzó el suelo de piedra hasta donde se erguía, alta hasta la
cintura, quizá de dos metros y medio de largo por algo menos de ancho. Una losa
de gneis burdamente labrada, juzgó, y sostenida por pilares de piedra sin
mortero. En la oscuridad solamente podía conseguir un vago concepto del objeto.
Pasó su mano a lo largo de la losa. Parecía tener una ranura a lo largo del
borde.
Sus tanteantes dedos encontraron una
textura fría, correosa y blanda. Unas correas enmohecidas, pensó con desagrado.
Algo se cerró sobre su muñeca, y clavó
heladas uñas en su carne.
Leverett gritó y tiró hacia atrás con
frenética fuerza. No pudo zafarse. El objeto sobre la losa de piedra comenzó a
alzarse.
Un pálido rayo de luz solar cayó para
rozar uno de los bordes de la losa. Fue suficiente. Mientras Leverett se
debatía hacia atrás y la cosa que lo sujetaba se alzaba de la mesa de piedra,
su rostro cruzó el rayo de luz.
Era un rostro de muerto... Reseca piel
tensa sobre los huesos de la cabeza; inmundos mechones de pelo se amazacotaban
sobre su cráneo; sus desgarrados labios estaban abiertos, revelando los rotos y
amarillentos dientes, y hundidos en sus órbitas, unos ojos que deberían estar
muertos brillaban con una horrible vida.
Leverett gritó de nuevo, desesperado de
miedo. Su mano libre aferró la sartén de hierro que llevaba sujeta al cinturón.
Soltándola de un tirón, golpeó con ella el pesadillesco rostro con toda su
fuerza.
Por un eterno instante de horror la luz
del sol le permitió ver la sartén penetrando en ángulo en la carcomida frente
como un hacha, hendiendo la reseca carne y los frágiles huesos. La presa en su
muñeca se soltó. El cadavérico rostro se echó hacia atrás, y la visión de su
hendida frente y sus no parpadeantes ojos de entre los cuales empezaba a
rezumar una espesa sangre iba a despertar a un Leverett sumido en pesadillas a
lo largo de incontables noches.
Pero ahora Leverett acabó de liberarse y
huyó. Y cuando sus doloridas piernas le fallaron mientras corría por entre
densos matorrales, las obligó a seguir adelante con desesperada energía,
extraída del recuerdo de los pasos que había oído subir torpemente la escalera
del sótano detrás de él.
2
Cuando Colin Leverett regresó de la
guerra, sus amigos observaron en él a un hombre cambiado. Había envejecido.
Había mechones grises en su pelo; su enérgica forma de caminar había
languidecido. La atlética esbeltez de su cuerpo se había marchitado en un
adelgazamiento enfermizo. Había indelebles arrugas en su rostro, y sus ojos
parecían extraviados.
Lo más inquietante era la alteración de
su temperamento. Un cinismo mordiente había erosionado su anterior aire de
extravagante ascetismo. Su fascinación por lo macabro había asumido un aire más
tenebroso, una morbosa obsesión que sus antiguos conocidos consideraron
inquietante. Pero el cambio podía achacarse a la guerra, especialmente para
aquellos que habían luchado en los Apeninos.
Leverett hubiera podido decirles que no
se trataba de eso, si hubiera querido discutir su pesadillesca experiencia del
arroyo Mann. Pero Leverett se guardaba aquello para sí, y cuando recordaba
sombríamente a la criatura que había luchado con él en el abandonado sótano, por
lo general se convencía a sí mismo de que se había tratado tan sólo de un
vagabundo, un loco ermitaño cuya apariencia había sido distorsionada por la
poca luz y por su propia imaginación. Y en cuanto a su golpe, no habíla hecho
más que desgarrar la piel de la frente del hombre, razonaba, puesto que el otro
se había recuperado con la suficiente rapidez como para perseguirle. Era mejor
no seguir pensando en esas cosas. Tal explicación racional le ayudaba a
recuperar la cordura cuando se despertaba de las pesadillas causadas por aquel
rostro.
De este modo volvió Colin Leverett a su
estudio, y una vez más desplegó sus lápices, pinceles y buriles. Las revistas
pulp, cuyos fans habían aclamado su trabajo antes de la guerra, dieron la
bienvenida a su regreso con largas listas de encargos. Había encargos también
de galerías y coleccionistas, esculturas por terminar y modelos en madera.
Leverett se puso al trabajo.
Pero empezaron a surgir problemas. Short
Stories devolvió el original para una portada tachándolo de «demasiado
grotesco». Los editores de una nueva antología de historias de horror le
devolvieron un par de sus ilustraciones interiores..., «demasiado horrendas,
especialmente los podridos e hinchados rostros de esos hombres colgados». Un
cliente le devolvió una figurilla de plata, quejándose de que el santo
martirizado tenía el aspecto de haber sido demasiado concienzudamente
martirizado. Incluso Weird Tales, tras anunciar a bombo y platillo su regreso a
sus atormentadas páginas, empezó a devolverle ilustraciones, que consideraban
«demasiado fuertes, incluso para nuestros lectores».
Leverett intentó sin mucha convicción
suavizar un poco las cosas, y encontró sus resultados insípidos y poco
inspirados. Finalmente, los encargos fueron dejando de llegar. Leverett,
convirtiéndose cada vez más en un recluso a medida que iban pasando los años,
apartó de su mente los días de los pulps. Trabajando sosegadamente en su
aislado estudio, siguió ganándose la vida realizando encargos ocasionales y
trabajando para las galerías, y vendiendo de tanto en tanto un cuadro o una
escultura a algún museo importante. Los críticos ensalzaban sus extrañas
esculturas abstractas.
3
La guerra llevaba veinticinco años en la
historia cuando Colin Leverett recibió una carta de un buen amigo de los días
de los pulps, Prescott Brandon, ahora editor y director de la Gothic House, una
pequeña editorial especializada en libros del género fantástico y sohrenatural.
Pese al lapso de varios años en su correspondencia, la carta de Brandon empezaba
con su estilo típicamente directo:
El refugio de los Aguiluchos/Salem,
Massachusetts
2 de agosto
Al Macabro Ermitaño de los Midlands:
Colin, estoy reuniendo una antología en
tres volúmenes en edición de lujo de las historias de horror de H. Kenneth Allard.
Te recordaré que las historias de Kent figuraban entre tus favoritas. ¿Qué te
pareceria arrastrarte fuera de tu retiro e ilustrarlas para mí? Necesitaré dos
a color para la sobrecubiena y una docena de plumas para el interior, para cada
volumen. Espero que puedas sorprender al fandom con algunos dibujos
especialmente horribles para esa edición..., algo que sea distinto de los
trillados cráneos y murciélagos, y hombres lobo persiguiendo a medio desnudas
damas.
¿Estás interesado? Te enviaré el material
y detalles, y tienes vía libre. Dime algo... Scotty.
Leverett se sintió fascinado.
Experirnentaba una cierta nostalgia por los días de los pulps, y siempre había
admirado el genio de Allard para transformar visiones de horror cósmico en una
prosa convincente. Escribió a Brandon una respuesta entusiasta.
Pasó horas enteras releyendo los relatos,
tomando notas y haciendo bocetos preliminares. No había remilgados
subdirectores allí; Scotty sabía lo que quería, y lo había dicho claramente.
Leverett se dedicó a su tarea con un placer maniaco.
Algo distinto, había pedido Scotty. Via
libre. Leverett estudió críticamente sus bocetos a lápiz. Las figuras parecían
encaminadas en la dirección correcta, pero los dibujos en sí necesitaban algo
más..., algo que inyectara la sensación de simestra maldad que prevalecía en la
obra de Allard. ¿Calaveras sonrientes y pellejudos murciélagos? Tonterías.
Allard pedía más.
La idea brotó inexorablemente. Quizá
porque los relatos de Allard evocaban aquella misma sensación de horror; quizá
porque las visiones de Allard de desmoronadas granjas yankis y sus corrompidos
secretos le recordaban tanto aquella tarde de primavera en el arroyo Mann...
Aunque se había negado a volver allí
desde el día en que saliera tambaleándose de aquel lugar, medio muerto de
terror y agotamiento, Leverett recordaba perfectamente dónde había arrojado su
bloc de notas. Lo recuperó de la parte de atrás de un archivo poco usado, y
pasó pensativamente las arrugadas páginas. Aquellos precipitados bocetos
reavivaron la sensación de agorera maldad, el sepulcral horror de aquel día.
Estudiando los extraños esquemas entrelazados, le pareció increíble a Leverett
que otras personas no compartieran su sensación de horror ante lo que evocaban
aquellas estructuras de estacas.
Empezó a incluir fiagmentos de aquellos
entramados de estacas en sus bocetos. Los burlones rostros de las degeneradas
criaturas de Allard adquirieron una amenazante cualidad añadida. Leverett
asintió, complacido con el efecto.
4
Unos meses más tarde, una carta de
Brandon informó a Leverett que había recibido el último de los dibujos para los
libros de Allard, y que se sentía enormemente complacido con el trabajo.
Brandon añadía en una posdata:
Por el amor de Dios, Colin, ¿qué son esas
alocadas estructuras de estacas que has metido por todas panes en Las
ilustraciones? Esas malditas cosas hacen que te estremezcas realmente al cabo
de un momento. ¿Cómo demonios se te ocurrió algo así?
Leverett consideró que le debía a Brandon
una explicación. Le escribió como correspondía una larga carta, explicándole
las circunstancias de su experiencia en el arroyo Mann..., omitiendo tan sólo
el horror que había aferrado su muñeca en el sótano. «Dejemos que Brandon
piense que soy un excéntrico -pensó-, pero no un loco ni un asesino.»
La respuesta de Brandon fue inmediata:
Colin... Tu relato acerca del episodio
del arroyo Mann es fascinante... ¡e increíble! ¡Parece como el inicio de una de
las historias de Allard! Me he tomado la libertad de remitirle tu carta a
Alexander Stefroi, en Pelham. El doctor Stefroi es un profundo erudito de la
historia de esta región..., como ya debes de saber. Estoy seguro de que tu
relato le interesará, y puede que tenga alguna luz que arrojar en todo este
misterioso asunto.
Calculo que el primer volumen, Voces de
las sombras, estará listo el mes próximo. Las pruebas tenían un aspecto
magnífico. Un abrazo... Scotty.
A la semana siguiente llegó una carta con
el matasellos de Pelham, Massachusetts:
Un amigo mutuo, Prescott Brandon, me
remitió su fascinante relato acerca del descubrimiento de curiosos artefactos
de estacas y piedras en una granja abandonada en la parte norte del estado de
Nueva York. Encontré aquello de lo más intrigante, y me pregunto si podría
recordar usted más detalles. ¿Podría aún localizar el sitio exacto después de
treinta anos? Si es posible, me gustaría examinar los cimientos esta primavera,
puesto que recuerdan lugares megalíticos similares de esta región. Algunos de
nosotros estamos interesados en localizar lo que creemos son los restos de
construcciones megalíticas que datan de la Edad del Bronce, y en determinar su
posible utilización en rituales de magia negra durante los días coloniales.
Las actuales evidencias arqueológicas
indican que aproximadamente entre el 1700 y el 2000 antes de Cristo hubo una
influencia de los habitantes europeos de la Edad del Bronce en el nordeste.
Sabemos que la Edad del Bronce vio la ascensión de una cultura extremadamente
avanzada, que como navegantes no tuvo ningún parangón hasta los vikingos.
Pueden encontrarse restos de una cultura megalítica originaria del Mediterráneo
en la Puerta de los Leones de Micenas, en Stonehenge, y en los dólmenes,
pasadizos de tumbas y túmulos funerarios de toda Europa. Es más, todo eso
parece representar mucho más que un estilo de arquitectura peculiar de la
época. Más bien parece tratarse de un culto religioso, cuyos seguidores
adoraban a una especie de madre tierra, la servían con sus rituales y
sacrificios de fertilidad, y creían que la inmortalidad del alma podía
asegurarse por medio del enterramiento en tumbas megalíticas.
Que esa cultura llegó hasta América es
algo de lo que no puede dudarse, a juzgar por los centenares de restos
megalíticos que han sido hallados -y hoy al fin reconocidos- en nuestra región.
El emplazamiento más importante hasta la fecha es la Colina del Misterio, en
New Hampshire, que comprende una gran cantidad de paredes y dólmenes de
construcción megalítica, y muy notablemente el túmulo funerario de la Caverna
en Y, y la mesa sacrifical (véase tarjeta postal adjunta). Lugares megalíticos
menos espectaculares incluyen el grupo de amontonamientos de piedras, y piedras
talladas, en el Monte Mineral, cámaras subterráneas con pasadizos de piedra,
como las de Petersham y Shutesbury, un incontable número de megalitos con
formas definidas, y «celdas de monje» subterráneas a lo largo de toda esta
región.
De mayor interés resulta el hecho de que
estos lugares parecen haber conservado todo su interés místico para los
primitivos colonos, y numerosos emplazamientos megalíticos muestran evidencias
de haber sido utilizados para siniestros propósitos por brujos y alquimistas en
esa época. Esto se reveló como particularmente cierto después de las
persecuciones de brujas que condujeron a varios practicantes de esas artes a
las soledades del oeste, explicando así el por qué la parte norte del estado de
Nueva York y la oeste del de Massachusetts han visto surgir tantos grupos
cultores en los últimos años.
De particular interés aquí resulta la
obra Hermanos de la Nueva Luz, de Sadrach Ireland, quien creía que el mundo iba
a ser destruido muy pronto por los siniestros «Poderes de Fuera», y que ellos,
los elegidos, podrían alcanzar entonces la inmortalidad física. Los elegidos
que murieran antes tenían que conseguir que sus cuerpos fueran preservados
sobre mesas de piedra hasta que los «Antiguos» vinieran para devolverlos a la
vida. Hemos establecido definitivamente una relación entre los lugares
megalíticos de Shutesbury y posteriares prácticas impías del culto de la Nueva
Luz. Fueron absorbidos en 1781 por los Agitadores de la Madre Ann Lee, y el
cuerpo putrescente de Ireland fue retirado de la losa de piedra de su sótano y
enterrado.
Así que pienso que es probable que en su
granja puedan haberse realizado similares prácticas ocultas. En la Colina del
Misterio fue edificada una granja en 1826 que incorporaba un dolmen a sus
cimientos. La casa ardió entre 1848 y 1855, y hubo algunas desagradables
historias locales acerca de lo que tenía lugar allí. Mi suposición es que su
granja fue construida encima de -o en torno a- un lugar megalítico similar, y
que sus «estacas» indican que algún culto desconocido ha sobrevivido allí.
Recuerdo algunas vagas referencias a estructuras entramadas que figuraban en
ceremonias secretas, pero no puedo aventurar nada definitivo. Posiblemente
representan un desarrollo de símbolos ocultos para ser utilizados en ciertos
conjuros; sin embargo, se trata sólo de una suposición. Le sugiero que consulte
la Magia Ceremonial de Waite o alguna obra parecida para ver si puede reconocer
algunos símbolos mágicos similares.
Espero que esto le resulte de alguna
utilidad. Por favor, hágame saber algo.
Sinceramente,
ALEXANDER STEFROI
El sobre incluía una tarjeta postal, una
fotografía de una losa de granito de cuatro toneladas y media, que tenía en su
perímetro un profundo surco con una especie de desagüe, y que era identificada
como la losa sacrifical de la Colina del Misterio. En la parte de atrás Stefroi
había escrito:
Usted debió de encontrar algo parecido a
esto. No son raras... Tenemos una en Pelham, extraída de un lugar que se halla
ahora debajo del embalse de Quabbim. Eran usadas para sacrificios -animales y
humanos-, y la ranura es para canalizar la sangre, posiblemente hasta un bol.
Leverett dejó caer la postal y se
estremeció. La carta de Stefroi había despertado de nuevo el viejo horror, y
ahora deseó haber dejado que el asunto siguiera olvidado en sus archivos. Pero,
naturalmente, no podía seguir olvidado, ni siquiera después de treinta años.
Escribió a Stefroi una cautelosa carta,
dándole las gracias por su información y añadiendo unos cuantos detalles
menores por su cuenta. Aquella primavera, prometió, preguntándose si iba a
cumplir tal promesa, intentaría volver a localizar la granja en el arroyo Mann.
5
La primavera llegó tarde aquel año, y no
fue hasta primeros de junio cuando Colin Leverett halló tiempo para regresar al
arroyo Mann. Aparentemente, muy pocas cosas habían cambiado en tres décadas. El
antiguo puente de piedra seguía todavía en pie, la carretera comarcal no había
sido asfaltada. Leverett se preguntó si alguien habría pasado por allí desde su
aterrada huida.
Encontró fácilmente la vieja instalación
ferroviaria apenas echó a andar corriente abajo. Treinta años, se dijo..., pero
el estremecimiento en su interior no hizo sino afirmarse. El avance resultaba
más difícil que antes. El día era insoportablemente cálido y húmedo. Abriéndose
camino entre densos matorrales, soliviantó nubes de jejenes, que le picaron
salvajemente.
Evidentemente, el arroyo había conocido
varias grandes crecidas en los últimos años, a juzgar por los amontonamientos
de troncos y escombros que bloqueaban su paso. El agua habla abierto caminos
por entre los diques de rocas y grava. Por todas partes, gigantescas barreras
de árboles arrancados de raíz y escombros parecían antiguas y desmoronadas
fortificaciones. Mientras avanzaba valle abajo, se dio cuenta de que su
búsqueda no iba a conducir a nada. La fuerza de las antiguas crecidas había
sido tan grande que incluso el curso del arroyo había cambiado. Muchos de los
muretes de obra en seco ya no canalizaban la corriente, sino que se erguían
perdidos y solitarios lejos del actual curso. Otros habían sido derribados bajo
toneladas de troncos, que se iban pudriendo lentamente.
En un momento determinado, Leverett
encontró los restos de un huerto de manzanos que sobrevivía precariamente entre
malezas y hierbajos. Pensó que la casa tenía que estar cerca de aquel lugar,
pero allí la crecida del arroyo había sido particularmente intensa, y a todas
luces incluso los resistentes cimientos de piedra habrían sido derribados y
enterrados bajo los escombros.
Finalmente, Leverett regresó a su coche.
Su paso en el camino de vuelta fue mucho más ligero.
Pocas semanas más tarde recibió la
respuesta de Stefroi al informe de su fracaso:
Perdone mi tardanza en responder a su
carta del 13 de junio. Recientemente he estado realizando algunas
investigaciones que, espero, puedan conducir al descubrimiento de un
emplazamiento megalítico desconocido hasta ahora y de gran significado.
Naturalmente. me ha decepcionado saber que no han quedado rastros del
emplazamiento del arroyo Mann. Aunque había intentado no mantener muchas
esperanzas, me parecía probable que los cimientos hubieran sobrevivido.
Revisando algunos datos regionales, he observado que se produjeron algunas
inundaciones importantes en la zona de Otselic en julio de 1942 y de nuevo en
mayo de 1946. Muy probablemente su vieja granja, con sus enigmáticos adornos,
resultó destruida por completo no mucho después de su descubrimiento del lugar.
Aquélla es una zona extraña y selvática, e indudablemente hay allí muchas cosas
que no llegaremos a conocer nunca.
Escribo esta carta con una profunda
sensación de pérdida personal por la muerte, hace dos noches, de Prescott
Brandon. Fue un terrible golpe para mí, y estoy seguro de que lo ha sido
también para usted y para todos los que le conocían. Sólo espero que la policía
atrape a los inmundos asesinos que cometieron tal acto sin sentido, evidentemente
ladrones sorprendidos mientras desvalijaban su oficina. La policía cree que los
asesinos estaban completamente drogados, a juzgar por la despiadada brutalidad
de su crimen.
Acabo de recibir un ejemplar del tercer
volumen de Allard, Lugares impíos. Un libro soberbiamente ejecutado, y esta
tragedia se vuelve aún más insuperable con la toma de conciencia de que Scotty
ya no podrá seguir ofreciéndole al mundo más tesoros como éste.
Con hondo pesar,
ALEXANDER STEFROI
Leverett se quedó contemplando la carta,
impresionado. No había recibido ninguna noticin de la muerte de Brandon. Hacía
apenas unos días había abierto el paquete en el que le enviaba el primer
ejemplar de Lugares impíos. Un párrafo en la última carta de Brandon volvió a
la memoria, un párrafo quc cuando lo leyó la primera vez le pareció divertido:
Tus estacas han asombrado a multitud de
fans, Colin, y he gastado toda una cinta de mi máquina de escribir respondiendo
a preguntas. Un tipo en particular -un tal mayor George Leonard- me ha urgido a
que le diera detalles, y me temo que le he dicho demasiado. Ha escrito varias
veces solicitando tu dirección, pero sabiendo cómo valoras tu intimidad, le he
dicho simplemente que yo te transmitiria toda su correspondencia. Desea ver tus
dibujos originales, supongo, pero esos tipos tan obsesionados no me gustan en
absoluto. Creo que ni siquiera voy a recibirle.
6
-¿El señor Colin Leverett?
Leverett estudió al hombre alto y delgado
que permanecía de pie sonriendo en la puerta de su estudio. El coche deportivo
con el que había llegado hasta allí era negro y parecía caro. Lo mismo podía
decirse del jersey de cuello alto y los pantalones de piel que llevaba, y la
brillante cartera portadocumentos que colgaba de su mano. La oscuridad hacía
que su delgado rostro pareciera tan pálido como el de un cadáver. Leverett
calculó que debía de tener unos cuarenta años, por lo escaso de su pelo. Unas
gafas oscuras ocultaban sus ojos, y sus manos estaban enfundadas en unos
guantes negros de conducir.
Scotty Brandon me dijo dónde podría
encontrarle -dijo el desconocido.
-¿Scotty?
La voz de Leverett fue precavida.
-Sí, perdimos a un amigo mutuo, lamento
tener que decirlo. Estuve hablando con él poco antes de que... Pero veo por su
expresión que Scotty no tuvo oportunidad de escribirle sobre mí. -Dudó
torpemente unos segundos-. Soy Dana Allard -añadió.
-¿Allard?
El visitante pareció azarado.
-Sí... Kenneth Allard era mi tío.
-No sabía que Allard hubiera dejado
familia -murmuró Leverett, estrechando la tendida mano.
No había conocido personalmente al
escritor, pero ahora advertía una fuerte semejanza de su visitante con las
pocas fotos que de aquél habla visto. Además, Scotty había estado pagando
derechos de autor a unos herederos de algún tipo, recordó.
-Mi padre era hermanastro de Kent. Más
tarde tomó el apellido paterno, pero sus padres no llegaron a casarse, ya me
entiende.
-Por supuesto. -Leverett estaba
desconcertado-. Por favor, siéntese. ¿Y qué le ha traído a usted aquí?
Dana Allard palmeó su cartera
portadocumentos.
-Algo que estuve discutiendo con Scotty.
Hace muy poco encontré un montón de manuscritos inéditos de mi tío. -Abrió el
cierre de su cartera y tendió a Leverett un fajo de amarillentos papeles-. Mi
padre recogió los efectos personales de Kent en el hospital del estado donde
murió, como su pariente más próximo. Nunca pensó demasiado en mi tío, o en sus
escritos. Lo metió todo en nuestro desván y lo olvidó. Scotty se excitó mucho
cuando le hablé de mi descubrimiento.
Leverett estaba examinando el manuscrito,
página tras página de crispada escritura a mano, con correcciones por todas
partes, que convertían el conjunto en un laberinto indescifrable. Habla visto
fotografías de los manuscritos de Allard. No había ninguna duda respecto a la
autenticidad de éstos.
Ni de la prosa. Leverett leyó unos
cuantos párrafos, completamente absorto. Era auténtico, y brillante.
-La mente de mi tío pareció derivar hacia
caminos particularmente morbosos a medida que avanzaba su enfermedad -aventuró
Dana-. Yo admiro grandemente su trabajo, pero encontré estas últimas obras...,
bueno, un poco demasiado horribles. Especialmente esta versión de su mítico
Libro de los Antiguos.
Leverett se sentía profundamente
interesado. Apenas se dio cuenta de la presencia de su huésped mientras pasaba
las quebradizas páginas. Allard describía en ellas una estructura megalítica
que su sentenciado narrador había encontrado en las criptas bajo una antigua
iglesia. Había referencias a «antiguas tallas» que se parecían a sus
estructuras de estacas.
-Mire aquí -señaló Dana-. Esos
encantamientos que reproduce aquí, del libro prohibido de Alorri-Zrokros:
«Yogth-Yugth-Sut-Hyrath-Yogng»... Demonios, no puedo pronunciarlos. Y hay
páginas de ellos.
-¡Esto es fabuloso! -exclamó Leverett.
Intentó pronunciar las extrañas sílabas.
Detectó incluso un ritmo.
-Bien, me siento aliviado de que usted lo
apruebe. Temía que estas últimas historias y fragmentos pudieran ser demasindo
horribles incluso para los fans de Kent.
-Entonces, ¿va usted a hacer que se
publiquen?
Dana asintió.
-Iba a hacerlo Scotty. Sólo espero que
esos ladrones no estuvieran buscando precisamente esto; un coleccionista
pagaría una fortuna por ello. Pero Scotty dijo que iba a mantener todo el
asunto en secreto hasta que estuviera preparado para anunciarlo. -Su delgado
rostro tenía una expresión triste-. Así que ahora voy a publicarlo yo mismo, en
edición de lujo. Y quiero que usted lo ilustre.
-¡Me sentiré honrado! -aseguró Leverett,
incapaz de creerlo.
-Realmente me gustaron esos dibujos que
hizo usted para la trilogía. Me gustaría ver más cómo ésos, tantos como crea
que puede hacer. No voy a pararme en gastos para publicar esto. Y en cuanto a
esas cosas hechas con estacas...
-¿Sí?
-Scotty me contó la historia.
¡Fascinante! ¿Y tiene usted todo un bloc de notas lleno de ellas? ¿Puedo verlo?
Leverett se apresuró a sacar el bloc de
notas de su archivo, y volvió al manuscrito.
Dana fue pasando las páginas del bloc,
maravillado.
-Esas cosas son totalmente extrañas..., y
hay referencias a ellas en el manuscrito, lo cual lo hace aún más extraño.
¿Podría usted reproducirlas todas para el libro?
-Todas las que pueda recordar -le aseguró
Leverett-. Y tengo una buena memoria. Pero ¿no serán demasiadas?
-¡En absoluto! Encajarán con el libro. Y
son realmente únicas. No, ponga en el libro todo lo que tenga. Voy a titularlo
Moradores de la Tierra, igual que el relato más largo. Ya he arreglado las
cosas para proceder a la impresión, así que empezaremos tan pronto como tenga
usted listos los dibujos. Y sé que lo va a hacer inmejorablemente.
7
Estaba flotando en el espacio. Los
objetos pasaban derivando por su lado. Estrellas, pensó en un primer momento.
Los objetos derivaron más cerca.
Estacas. Entramados de estacas de todas
las configuraciones. Y luego estaba derivando entre ellas, y vio que no eran
realmente estacas, no de madera. Las construcciones entramadas estaban hechas
de una sustancia de un color muy pálido, como rayos de luz congelada. Le
recordaron los glifos de algún alfabeto sobrenatural; complejos y enigmáticos
símbolos dispuestos para conjurar... ¿qué? Y había una disposición, un esquema
tridimensional. Un laberinto de alucinante complejidad...
Luego, sin saber cómo, se encontró en un
túnel. Un angosto túnel de paredes de piedra por el que debía arrastrarse sobre
el vientre. Las empapadas y resbaladizas piedras se apretaban contra su
serpenteante forma, evocando estremecedores susurros de claustrofóbico temor.
Y tras un indefinido espacio de tiempo
arrastrándose por aquella y por otras madrigueras de paredes de piedra, y a
veces por pasadizos cuyos ángulos hacían que le dolieran los ojos, se arrastró
al interior de una cámara subterránea. Grandes losas de granito de casi cuatro
metros de ancho formaban las paredes y el techo de aquella cámara enterrada, y
entre las losas otras madrigueras agujereaban la tierra. Parecida a un altar,
una gigantesca losa de gneis aguardaba en el centro de la cámara. Una fuente
manaba oscura entre los pilares de piedra que sostenían la losa. Su borde
superior estaba recorrido por una ranura, horriblemente manchada con la
sustancia que goteaba en el bol de piedra colocado bajo su canilla de desagüe.
Otras figuras estaban surgiendo de las
oscuras madrigueras que rodeaban la cámara, desgarbadas figuras apenas
entrevistas y sólo vagamente humanas. Una figura envuelta en una andrajosa capa
avanzó hacia él desde las sombras, y extendió una mano parecida a una garra,
aferró su muñeca y tiró de él hacia la mesa sacrifical. Se dejó llevar sin
resistirse. sabiendo que se esperaba algo de él.
Llegaron junto al altar y, al resplandor
de las cuneiformes estructuras entramadas cinceladas en la losa de gneis, pudo
ver el rostro de su guía. Un putrefacto rostro cadavérico, con los podridos
huesos de la frente hundidos hacia adentro mientras de ellos manaba una
horrible sustancia pegajosa...
Leverett se despertó con el eco de sus
propios gritos.
Había estado trabajando demasiado, se
dijo a sí mismo; se tambaleó en la oscuridad mientras procedía a vestirse, pues
estaba demasiado alterado para volver a donnir. Las pesadillas habían hecho su
aparición cada noche. No era extraño que se sintiera agotado.
Pero en su estudio lo aguardaba su
trabajo. Casi cincuenta dibujos finalizados ya, y planeaba otra serie. Era
lógico que tuviera pesadillas.
Llevaba un ritmo agotador, pero Dana
Allard se habla extasiado con el trabajo que ya había hecho. Y Moradores de la
Tierra estaba aguardando. Pese a los problemas surgidos con la composición de
los textos, y la dificultad de conseguir el papel especial que deseaba Dana, el
libro únicamente lo estaba esperando a él.
Aunque le dolían los huesos por el
cansancio, Leverett siguió adelante con su trabajo en la noche que ya empezaba
a clarear. Mgunos detalles de la pesadilla podían ser interesantes de plasmar.
8
El último de los dibujos había sido
enviado a Dana Allard en Petersham, y Leverett, con ocho kilos menos y las
tripas hechas un nudo, convirtió parte de su cheque en una caja de botellas de
buen whisky. Dana tenía ya las máquinas de offset girando tan pronto como los
clisés de los dibujos estuvieron hechos. Pero pese a su precisa planificación,
una de las máquinas se había estropeado, uno de los impresores se marchó por
razones que no llegó a decir nunca, al nuevo impresor le ocurrió un accidente
serio apenas empezar su trabajo... Innumerables problemas, y cada día que
pasaba Dana estaba más furioso. Sin embargo, la producción salió adelante tan
rápido como fue posible. Leverett escribió diciendo que el libro estaba
maldito, pero Dana le respondió que en una semana estaría todo listo.
Leverett se entretenía en su estudio
construyendo entramados de pequeñas estacas e intentando recuperar el sueño.
Esperaba un ejemplar del libro, cuando recibió una carta de Stefroi:
Llevo unos días intentando ponerme en
contacto con usted por teléfono, pero nadie responde en su casa. Apenas
dispongo de tiempo en este momento, así que seré breve. He descubierto un
insospechado emplazamiento megalítico de enorme importancia. Está localizado en
la heredad de una destacada familia de Massachusetts; como quiera que no he
recibido autorización para visitarlo, no puedo decirle dónde. Investigué
secretamente (y por supuesto ilegalmente) durante un breve rato una noche, y
estuve a punto de ser atrapado. Encontré las referencias del lugar en una colección
de cartas y papeles del siglo XVII en una biblioteca teológica universitaria.
Un escritor denunciaba a la familia como un nido de brujos y brujas, con
referencias a actividades alquímicas y otros rumores menos apetitosos, y
describía cámaras subterráneas de piedra, artefactos megalíticos, etc., que
eran utilizados para «fines indignos y prácticas diabólicas». Fui a echar una
rápida mirada, y su descripcion no era exagerada. Colin..., arrastrándome por
entre los bosques para llegar al lugar, ¡crucé junto a docenas de sus
misteriosas «estacas»! Me traje de vuelta una de las estructuras pequeñas, y la
tengo aquí para mostrársela. Recientemente construida, e idéntica a sus
dibujos. Con un poco de suerte, conseguiré ser admitido en el lugar y descubrir
el significado de todo esto -indudablemente existe un significado-; aunque esos
ocultistas pueden mostrarse tercos acerca de revelar sus secretos. Les
explicaré que mí interés es científico, no exponerles al ridículo, y veré lo
que dicen. Iré a echar una mirada de cerca de una u otra manera.
Bien, eso es todo. Sinceramente,
ALEXANDER STEFROI
Las densas cejas de Leverett se alzaron.
Allard había insinuado algunos oscuros rituales en los cuales figuraban los
entramados de estacas. Pero Allard había escrito sus textos hacía más de
treinta años, y Leverett suponía que el escritor había dado con algo similar al
emplazamiento del arroyo Mann. Stefroi escribía acerca de algo que estaba
ocurriendo ahora.
Casi confiaba en que Stefroi no
descubriera otra cosa que un estúpido fraude.
Las pesadillas seguían atormentándole,
familiares ahora, pese a que aquellas escenas y fantasmas lo visitaban tan sólo
en sueños. Familiares. El terror que evocaban no habla disminuido en lo más
mínimo.
Ahora caminaba a través de un bosque, una
sección de colinas que parecían muy cercanas. Una enorme losa de granito había
sido echada a un lado, y allí donde había estado se abría ahora la ominosa boca
de un pozo. Entró en el pozo sin la menor vacilación, y los desgastados
escalones que conducían hacia abajo le resultaron muy conocidos. Una cámara de
piedra subterránea, y partiendo de ella una serie de madrigueras de paredes de
piedra. Sabía en cuál debía meterse.
De nuevo la estancia subterránea con su
altar sacrifical y su oscura fuente debajo, y el creciente círculo de apenas
entrevistas figuras. Un grupo de ellas se apiñó en torno a la mesa de piedra, y
mientras avanzaba hacia allí vio que mantenían sujeto a un hombre que se
debatía furiosamente.
Era un hombre fornido, con el blanco pelo
revuelto, y el rostro sucio y arañado. Los contorsionados rasgos del hombre
parecieron iluminarse como si le reconociera, y Leverett se preguntó si él
también debía conocerle. Pero ahora el cadáver con el cráneo hendido estaba
susurrándole algo al oído; intentó no pensar en las sucias cosas que brotaban
de aquella herida en la frente, y en vez de ello tomó el cuchillo de bronce de
la esquelética mano y lo alzó muy alto, y debido a que no podía gritar y
despertarse, hizo con el cuchillo lo que el andrajoso sacerdote había
susurrado...
Y cuando tras un intervalo de sacrílega
locura despertó finalmente, la pegajosidad que lo cubría no era sudor frío,
como tampoco era una pesadilla el semidevorado corazón que aferraba en el puño
cerrado.
9
De algún modo, Leverett reunió la
suficiente cordura para deshacerse del mutilado trozo de carne. Permaneció bajo
la ducha toda la mañana, frotándose la piel hasta despellejarla. Deseó poder
vomitar.
Dieron noticias por la radio. El
aplastado cuerpo del renombrado arqueólogo doctor Alexander Stefroi había sido
descubierto bajo una caída losa de granito cerca de Whately. La policía
especulaba que la gigantesca losa se había deslizado y caído a causa de las
excavaciones del científico en su base. La identificación había sido posible
gracias a sus efectos personales.
Cuando sus manos dejaron de temblar lo
suficiente para permitirle conducir, Leverett se dirigió a toda prisa a
Petersham, alcanzando la vieja casa de piedra de Dana Allard casi al anochecer.
Allard tardó en responder a sus frenéticas llamadas.
-¡Oh, buenas noches, Colin! ¡Qué
coincidencia que haya venido usted aquí precisamente ahora! Los libros ya están
listos. El encuadernador acaba de entregarlos.
Leverett pasó a toda prisa junto a él.
-¡Tenemos que destruirlos! -exclamó.
Había pensado mucho desde aquella mañana.
-¿Destruirlos?
-Hay algo que ninguno de nosotros ha
sabido explicarse. Esos entramados de estacas... son un culto, un condenable
culto. Los entramados tienen un significado oculto en sus rituales. Stefroi dedujo
en una ocasión que podían ser glifos de algún tipo. No lo sé. Pero el culto
sigue vivo. Ellos mataron a Scotty, y a Stefroi. Están tras de mí... No sé lo
que pretenden. ¡Le matarán a usted para impedirle que ponga en circulación este
libro!
Dana había fruncido preocupadamente el
ceño, pero Leverett sabía que no le había impresionado del modo requerido.
-Colin, eso suena a locura. Realmente ha
estado trabajando demasiado, reconózcalo. Mire, le mostraré los libros. Están
en el sótano.
Leverett dejó que su anfitrión le
condujera escalera abajo. El sótano era muy grande, revestido de piedra, y
seco. Una montaña de bultos envueltos en papel marrón les aguardaban.
-Los he puesto aquí abajo para que no
hundieran el suelo con su peso -explicó Dana-. Mañana empezarán a ser enviados
a los distribuidores. Espere, le dedicaré su ejemplar.
Distraído, Leverett abrió un ejemplar de
Moradores de la Tierra. Contempló sus dibujos, que habían conseguido hacer
atractivas al lector las podridas criaturas, las cámaras de piedra subterráneas
y los altares manchados..., y por todas partes las enigmáticas estructuras de
estacas. Se estremeció.
-Aquí está. -Dana Allard tendió a
Leverett el libro que había firmado-. Y para responder a su pregunta, son
antiguos glifos.
Pero Leverett estaba leyendo la
dedicatoria, en aquella inconfundible escritura: «A Colin Leverett, sin el cual
esta obra no hubiera quedado completa... H. Kenneth Allard».
Allard estaba hablando. Leverett vio
lugares donde el rápidamente aplicado maquillaje color carne no había cubierto
por completo lo que había debajo.
-Glifos simbólicos de dimensiones
desconocidas, inexplicables para la mente humana, pero fragmentos esenciales de
una evocación tan impensablemente vasta que el «pentagrama» (si quiere usted
llamarlo así) tiene kilómetros de ancho. Lo intentamos en una ocasión antes,
pero su arma de hierro destruyó parte del cerebro de Althol. Falló en el último
instante, aniquilándonos casi a todos nosotros. Althol había estado formulando
la evocación desde que huyera del avance del hierro hace cuatro milenios.
»Entonces volvió a aparecer usted, Colin
Leverett... Usted, con sus conocimientos de artista y sus diagramas de los
símbolos de Althol. Ahora un millar de nuevas mentes leerá la evocación que
usted nos ha devuelto, y se unirán a nuestras mentes mientras penmanecemos en
Lugares Ocultos. Los Grandes Antiguos volverán a salir de la tierra, y
nosotros, los muertos que les hemos servido constantemente, seremos los dueños
de los vivos.
Leverett se volvió para echar a correr,
pero ahora las figuras salían ya arrastrándose de las sombras del sótano,
mientras enormes losas se deslizaban a un lado para revelar los túneles que
había más allá. Se puso a gritar mientras Althol empezaba a arrastrarle, pero
no podía despertar, únicamente podía seguirle.
Epílogo
Puede que algunos lectores observen
similitudes entre personajes y acontecimientos de esta historia y las carreras
de figuras de la vida real, bien conocida por los fans del género. Eso era
inevitable, y no se ha pretendido con ello faltar al respeto a ninguna de
ellas. Porque mucho de lo que se cuenta en esta historia ocurrió, aunque quizá
ninguno de ustedes lo hubiera oído antes.
Trabajando con Lee Brown Coye en la obra
Worse Things Waiting de Wellman, le pregunté finalmente por qué en sus dibujos
incluía con tanta frecuencia estacas. El trabajo de Lee me resulta muy
conocido, pero había observado que las «estacas» solamente empiezan a aparecer
en su obra en los trabajos para la Ziff-Davis de principios de los sesenta. Lee
me envió finalmente un fajo de recortes y cartas, mucho más extraños que esta
historia..., y auténticos.
En 1938 Coye tropezó con una granja
repleta de estructuras hechas con estacas en la desolada región del arroyo
Mann. Guardó este hecho para sí mismo hasta el otoño de 1962, cuando John
Vetter le transmitió la narración a August Derleth y al anticuario y arqueólogo
Andrew E. Rothovius. Derleth pretendía escribir la aventura como una novela
corta a lo Lovecraft, pero nunca llegó a hacerlo. Rothovius discutió con Coye
el posible significado megalítico del emplazamiento, en una serie de cartas y
artículos periodísticos que he dejado casi tal cual. En junio de 1963 Coye
regresó al emplazamiento del arroyo Mann y lo encontró arrasado. Aquélla es una
extraña región, como Lovecraft sabía muy bien.
La fascinante presentación de Coye de su
correspondencia con Rothovius apareció en cinco entregas semanales de su
columna «Astillas y virutas» en el Mid-York Weekly, del 22 de agosto al 26 de
septiembre de 1963. Rothovius, cuyas investigaciones sobre los megalitos de
Nueva Inglaterra han sido publicadas en muchos periódicos, escribió un
excelente e inquietante resumen de su investigación en The Dark Brotherhood
(publicado por Arkham House), a cuya obra puede remitirse el lector.
Estacas. Karl Edward Wagner
Sticks. Trad. Domingo Santos
La casa de Cthulhu Col. Super Terror, 9.
Martínez Roca, 1984
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