El hombre de las muletas de níquel
¿Es el hijo de un conde o
el nieto de un marqués? No lo he podido averiguar. Pero de
cualquiera que sea, este hombre ha debido nacer en un lecho de príncipe, todo
de madera preciosa, con incrustaciones de nácar y oro, bajo su pabellón de seda
azul, ondeando entre lambrequines de plata. Con su gorro de blondas, por
entre cuyos vuelos rizados asomaría su rostro, como botón de lirio enfermo entre
hojas amarillentas, debió adormecerse en los brazos robustos de una nodriza
extranjera, rubia como una espiga y roja como una manzana, que trataría de
llenarle, con el licor de sus senos, las ramificaciones de sus venas. Su
nacimiento debió costar a su madre largos días de cansancio, de somnolencia y
de languidez. A pesar de los cuidados extremos, este niño crecería
enfermo, pálido, raquítico, consumido por la fiebre, sujeto a crisis nerviosas,
llorando siempre por causas desconocidas. Una ráfaga de aire, deslizada
por entre las persianas, debió postrarle semanas enteras en su cuna imperial,
donde se acurrucaría, como el pájaro en su nido, hasta sentir un acceso de tos
fina, de una tos seca, de una tos penetrante, como si brotase de un pecho de
cristal.
Además de la pobreza de su organismo, que lo
obligaría a vivir, como una planta de invernadero, tras las vidrieras de la
casa paterna, buscando la sombra y huyendo de la luz del sol, el niño debió
entrar en el mundo, al salir del claustro maternal, con una de sus piernecillas
encogidas, con una pierna que no había de recuperar nunca su debida tensión,
con la pierna que hoy le obliga a moverse entre muletas negras, de un negro de
ébano, forradas de níquel en sus extremidades.
¡Cuán inmensa debería ser la tristeza de sus
padres, al mirarlo tendido en las alfombras rameadas de flores, pero sin hacer
movimiento alguno, como un clavel tronchado de raíz, hasta que alguien lo
suspendía en brazos! ¡Cuán hondo el pesar de la madre, si al recibir las
visitas de felicitación, trataban de hacer al hijo una caricia en
sus rosados piececillos! ¡Qué amargura tan intensa la del
padre, si al salir a caballo por las tardes, solía encontrar en las ruidosas
alamedas, multitud de niños que se agitaban, en brazos de las nodrizas, como pájaros
ansiosos de volar!
Los juguetes que disiparían, en algunos instantes,
las tristezas de su niñez, no fueron seguramente los polichinelas
vestidos de rojo, que surgen de un mango de marfil, coronados de sonoros
cascabeles; ni las cajas llenas de musgo verde, dentro de las cuales aparece
una aldea, con su cabaña, con sus pastores, con sus árboles y con sus rebaños;
ni los muñecos de trajes rosados, guarnecidos de encajes, que cierran sus ojos
de porcelana azul y que, por medio de un resorte comprimido, prorrumpen en
tiernos gemidos o balbucean frases infantiles. Los que le cautivaban,
deberían ser los juguetes de movimiento, no los que estaban condenados, como su
pobre cuerpecito, a perenne inmovilidad. Así debió buscar, con marcada predilección,
las locomotoras pintadas de azul de Prusia y de bermellón, que arrastrarían,
por los mármoles del pavimento, larga fila de vagones multicolores; los
soldados de plomo, ceñido el uniforme y armados hasta los ojos, que
pondría a ejecutar, en campos de cartón, diversas maniobras militares; los
acróbatas ligeros que, agitados por un hilo, oculto bajo sus vestes carmíneas,
salpicadas de lentejuelas de oro, harían piruetas en el aire o atravesarían por
un aro de papel.
Transcurridos algunos años, aquel niño enfermizo,
convertido en joven inválido, debió embarcarse en unión de su familia, con
rumbo hacia el extranjero, ansioso de obtener la curación del terrible
mal que, como un árbol al suelo en que se arraiga, lo obligaba a vivir entre
las cuatro paredes de su casa natal. Pero ¡ay! vanas debieron ser
sus tentativas. Todas las eminencias médicas que, en distintos
países, fueron consultadas declararon que no había ningún medio de curación.
Durante su permanencia en las grandes capitales,
permanencia que se complacía en prolongar, no sólo porque sus medios de
fortuna se lo toleraban, sino porque creía que, dondequiera que fuese un
desconocido, su imperfección sería más fácil de sobrellevar, su espíritu
adquirió el grado de cultura necesario para que, al presentarse en un círculo
cualquiera, todo el mundo apartase la vista de sus muletas, concentrando
su atención en las palabras que, como un hilo de agua pura de la boca de una
estatua mutilada, fluían de sus labios en la conversación. Quería ser, en
el campo de la vida, como uno de esos frutos de corteza repugnante, pero que
están llenos de pulpa olorosa en su interior. Y no sólo cultivó su
inteligencia, sino que adquirió entonces esos hábitos de alta vida que,
conservados todavía, hacen que cualquiera atribuya su imperfección, lo mismo
a una caída de un caballo que a una herida alcanzada en algún lance de
honor.
¿Amaría alguna vez? Probablemente sí, pero sin
confesarlo nunca, hasta tener la seguridad de la correspondencia en el
amor. Su orgullo natural, exaltado por su defecto físico, ha sido el
broquel que lo ha preservado, en las batallas amorosas, de los dardos del
ridículo y de las explosiones del desdén. Este hombre ha debido atraer a
las mujeres, más que por su apasionamiento, por su mutismo, por su
indiferencia, por su frialdad. El corazón femenino está formado de una
sustancia sensible al contacto del más intenso frío o del más abrasante
calor. Las que hayan ido a ofrecerle, en las horas de la vida, el óleo
fragante del amor, habrán encontrado en él todas las perfecciones del amante
ideal. El habrá sido con ellas espléndido como un magnate húngaro, tierno
como un paje enamorado de su reina, apasionado como un trovador legendario, y
galante como un héroe en los tiempos caballerescos. Todas han
debido sentir, en las horas de abandono, la nostalgia de su amor.
Hastiado de los deleites sentidos, en las alcobas
femeninas, a la luz de una lámpara de pálidos reflejos y en una atmósfera
saturada de verbena o de iris; de las emociones recibidas, en la mesa de
baccarat, viendo volar del tapete verde un enjambre de billetes de banco o caer
encima una lluvia de monedas de oro; de los diálogos sostenidos, en el salón de
una mundana, a la hora del té, entre los crujidos de la seda y el ambiente producido
por el mariposeo de los abanicos; de las jornadas pasadas en los museos, en los
hipódromos, en los ferrocarriles; y, en fin, de todo lo que constituye el
encanto de la vida en los grandes centros de la civilización; este hombre debió
regresar a su patria con la fortuna disminuida por los cuantiosos gastos
soportados y con la salud más quebrantada por los diversos placeres
experimentados, pero trayendo consigo un mundo de recuerdos en que vive
todavía, un mundo del que no piensa evadirse jamás. Cada vez que intenta
salir de él, como la ostra de su concha, lo invade la más profunda tristeza o
le causa el más profundo asombro la contemplación de la realidad. Así es
que me lo encuentro, en mitad de mi camino, apoyado firmemente en sus muletas de
níquel, comienzo a girar en torno suyo, como un hijo del desierto alrededor de
un pozo cerrado, ansioso de descifrar el enigma de su vida que leo en sus
pupilas inmóviles, pero que sus labios ¡ay! no me revelarán jamás.
¿No lo habéis encontrado alguna vez? Yo lo
he visto en el pórtico de un teatro, una noche de invierno, una de esas noches
de frío, de lluvia y de humedad. Era un hombre enjuto, de baja estatura,
que mostraba su rostro pálido, de una palidez terrosa, encima de un cuello muy
corto, rodeado de una corbata azul, floreada de lises blancos, donde chispeaba
una herradura de oro claveteada de brillantes, zafiros y rubíes. Sus
pupilas eran negras, pero de un negro marmóreo, frío, sepulcral. Un
sombrero también negro, de forma anticuada, aunque elegante, cubría su cabeza,
notable por sus pequeñas dimensiones. Vestía correctamente de negro, de
un negro que, sin mancha alguna, iba tomando ya los tonos verdosos de la
descomposición. Toda la ropa de corte desusado, como hecha hace diez
años, se ajustaba perfectamente a su cuerpo, poniendo más de relieve su
extremada delgadez. Un ramo de violetas se abría en el ojal de su
levita. Debajo de sus pantalones, estrechamente ceñidos, aparecían sus
cortos pies, medio cubiertos de polainas de piqué blanco, las cuales dejaban
ver, como medias lunas de ébano, las punteras de sus botines de charol.
Apoyado en sus muletas de níquel, miraba a lo lejos, con su mirada muerta,
rígida y cadavérica, sin volverse nunca hacia los seres que se agitaban a su
alrededor.
Otro día, a la hora del crepúsculo, bajo un cielo
de color gris perla, jaspeado de púrpura, violeta y oro, volví a encontrarlo en
una alameda, a la sombra de un árbol, apoyado siempre en sus muletas de níquel,
pero con un solo pie en tierra, a semejanza de esas aves acuáticas que, paradas
de la misma manera, se extasían en las rocas, mirando hacia el horizonte, como
ansiosas de batir sus alas en él. Era el mismo hombrecillo, pero
transformado, a las luces del poniente, en una figura inquietante. Bajo
su sombrero plomizo, salpicado de lodo, caían sus cabellos en forma de
cerquillo, sobre su frente pequeña, casi despoblada de cejas. Sus pupilas
tenían el mismo color negro, pero también la misma mirada de estatua, de
estatua siniestra y glacial. El tinte pálido de sus mejillas, desaparecía
bajo una capa de carmín. En la solapa de la levita, ceñida al busto y
abotonada hasta el cuello, donde se distinguía, a manera de corbata, una mancha
verde y oro, ostentaba un clavel amarillo, de un amarillo de paja, estriado de
rojo, de un rojo de sangre. Llevaba también polainas, pero en vez de ser de
piqué blanco, eran de paño gris, abrochadas con botones acaramelados.
Todos los que pasaban, ya de cerca, ya de lejos, se detenían absortos, pero él
no se volvía hacia ninguno de ellos, tendiendo sus miradas, rígidas y
glaciales, hacia lo lejos, hacia lo más lejos que podían alcanzar.
Yo no lo he vuelto a ver, pero desde la tarde en
que lo contemplé a los últimos rayos del sol, con el pelo sobre la frente y con
las mejillas encendidas, descansando en sus muletas de níquel, bajo la sombra
de un laurel, su imagen me obsede de tal manera que, cansado de tenerla
conmigo, ya en mis días risueños, ya en mis noches de insomnio, yo he decidido
arrojarla hoy de mi cerebro al papel, del mismo modo que un árbol arroja, en
vigoroso estremecimiento, sobre el polvo del camino, al pájaro errante que,
posado en su copa, entona allí una canción vaga, extraña, dolorosa y
cruel.
EL AMANTE DE LAS TORTURAS
–¿Está el dueño? –pregunté al
dependiente de la librería, que, con el rostro vuelto hacia la espalda, desde
los últimos peldaños de una escalera, clavaba en mi sus pupilas
asombradas.
–Tome asiento –me contestó– que
ahora viene.
Mientras lo aguardaba, yo me
puse a hojear, con mano distraída, las páginas de un volumen de versos, forrado
de seda malva, con rótulo violeta, que descansaba encima de otros
varios, hasta que un perfume sutil, mitad de iglesia, mitad de alcoba, me hizo
levantar la cabeza, obligándome a tender la vista por mi alrededor.
Apenas hice un movimiento, mis
ojos encontraron, frente por frente, un joven de alta estatura, vestido con
extremada elegancia, que se paseaba indiferentemente por entre los estantes de
libros, como un príncipe hastiado por los bazares de esclavas sin fijar su
atención en ninguno de ellos. Parecía ser uno de los familiares de la casa,
porque le bastaba echar una simple ojeada a los anaqueles para cerciorarse de
que allí se encontraban siempre las mismas obras. Cuando veía en el suelo algún
libro desconocido, se inclinaba a cogerlo, pero luego lo arrojaba con visible
repugnancia, sin ocuparse del sitio en que iba a caer. Al mirar el pliegue
desdeñoso de sus labios, creeríase que había abierto un fruto lleno de gusanos
o que había palpado la piel viscosa de un vientre de reptil. Así anduvo algunos
instantes, de un extremo a otro de la librería, dejando a su paso la estela de
un perfume singular, de un perfume que parecía combinado con granos de incienso
y con flores de resedá, cuando lo vi detenerse ante una pila de volúmenes
amarillos, dilatar las fosas nasales, ponerse lívido de emoción, abrir sus
pupilas fosforescentes y, estirando su mano, como una garra de marfil, apoderase
de uno de loa libros que, horizontalmente superpuestos, se escalonaban a sus
pies.
Como el dueño no había
regresado, vino a sentarse, con su presa en la mano, cerca de mi asiento, brindándome
ocasión para observarlo mejor. A pesar de su juventud, porque representaba a lo
sumo unos treinta años, había en su persona tales huellas de cansancio, de
agotamiento y hasta de decrepitud, que su figura producía cierto vago malestar.
Daba la impresión de un convaleciente que salía del lecho después de una larga
y dolorosa enfermedad. Bastaba fijarse en las partes laterales de su cabeza,
donde la calvicie abría ya surcos irregulares, en el color vidrioso de sus
pupilas, donde las miradas parecían emigrar por algunos instantes, en el
afilamiento de la nariz, donde la respiración se deslizaba con dificultad, en
la palidez casi diáfana de su rostro, donde la piel se adhería estrechamente a
los huesos, en el arco violáceo de los labios, donde púrpura de la sangre no
brillaba Jamás. y en los sacudimientos nerviosos de su persona, donde se
advertía el paso del dolor físico que lo obligaba a cambiar frecuentemente de
postura, para comprender que en su organismo se superaba, desde hacía algún
tiempo, la absoluta descomposición, sin que fuesen poderosas para detenerla ni
la fuerza de sus pocos años ni la estricta observancia de los más sabios
preceptos facultativos.
Inclinada la cabeza sobre el pecho,
como el cáliz de una flor sobre su tallo, examinaba las páginas lustrosas del
volumen que sostenía encima de sus rodillas, extasiándose en unas, doblando
rápidamente otras, hasta que al llegar el librero se acercó a hablarle y, con
el libro bajo el brazo, desapareció sin saludar.
–¿Quién es ese joven? –preguntó
al dueño de la tienda, que, acariciándose la barba, sonrió con cierta
malignidad.
–Es un antiguo marchante mío,
que usted debe haber visto aquí algunas veces. Yo no lo conozco bien ni creo
que nadie se pueda preciar de conocerlo, pero lo tengo por uno de los hombres
nula raros, más sombríos y más originales que se pueden encontrar. Todas las
mañanas, si el día no se presenta nublado, porque entonces se queda en su casa,
temeroso del aire húmedo, que le produce no sé qué enfermedad, lo encontrará
recorriendo les librerías. Es un hombre que anda siempre a caza de libros, pero
no de los libros que le agradan a todo el mundo, sino de ciertos libros que
sólo le he visto comprar a él. Cada semana me trae una lista de obras que pide
al extranjero, por conducto de la casa, los cuales me dejan siempre lleno de
estupefacción. Todas tienen unos títulos muy raros, como Campanas en la
noche, de un tal Retté, o la Imitación de Nuestra Señora la Luna, de
cierto Jules Laforgue, que, según me dijo, había sido lector de la Emperatriz
Augusta. No siempre viene lo que encarga porque el corresponsal me escribe que
casi todo está agotado, pero entonces, sin que sepa yo de qué medios se vale
él, las llega a conseguir.
–¿Y qué libro ha comprado hoy?
–Una especie de historia de los
martirios que se imponen a loa misioneros católicos en las comarcas salvajes.
En su biblioteca hay muchas obras de esa índole. Todo cuanto se publica sobre
esas materias lo manda de seguida a hacer. Yo le aseguro que no hay otro ente, en
el mundo entero que se le parezca. Le guste todo lo deforme, lo monstruoso, lo
sangriento, lo torturado, lo que le hace sufrir. Es un hombre que se martiriza
para conjurar el spleen. ¿No ha notado usted que muchas veces se
introduce la mano por lo alto del pantalón y que a los pocos momentos empieza a
hacer contorsiones al andar? Pues es porque lleva un cilicio a la cintura y
cada vez que se le afloje se lo ciñe a la piel. Además usa siempre un perfume
muy extraño, un perfume de templo, a la vez que de lupanar, un perfume que se
respira en su casa por todas partes.
–¿Ha estado usted en ella alguna
vez?
–Sí, una vez estuve, pero no
pienso volver osas,
–¿Le pasó a usted algo malo?
–No me pasó nada, pero me quedé
más de una semana sin dormir. Imagínese que ese hombre vive en un barrio
lejano, casi fuera de le población, por el que no se encuentran más que tipos
enfermos, siniestros y espectrales. Vista por fuera, su casa no tiene nada de extraño,
como no sea su estado ruinoso, capaz de amedrentar al que se pasee por debajo
de sus balcones, Pero desde que traspasa el umbral, donde se encuentra un viejo
paralítico, con unos espejuelos verdes y una barba blanca, que le cubre todo el
pecho, se experimente cierta opresión, cierto temor a algo inexplicable, cierto
malestar análogo al que nos produciría la entrada en un panteón. Uno siente el
deseo de alejarse, de echar a correr, como al abrir los ojos después de una
noche de pesadilla, pero al mismo tiempo se encuentra uno dominado por una
fuerza misteriosa que le paraliza la acción. Hay mañanas que al verlo llegar me
ataca el deseo de interrogarle acerca de su modo de vivir, pero es tan frío,
tan silencioso, tan despreciativo, que nunca me atrevo a satisfacer mi
curiosidad.
–Pero, por fin, ¿qué vio usted
en aquella casa?
–Después que el portero, por
medio de un niño, rubio como un ángel y hermoso como un efebo, anuncié mi
visite, se me ordené subir al piso superior. Yo fui introducido en un gabinete
severamente amueblado, pero donde nada me hería por su extrañeza. Empezaba a
atribuir mi sensación de malestar a aquel perfume de que te he hablado a usted
al principio. Lo único que me inquietaba era que el hombre tardaba en salir,
Libre ya por completo de preocupaciones, comencé a escuchar, en el silencio de
la pieza, una especie de chasquido acompañado de sollozos, como si se azotase a
alguno en la casa, pero alguno que se encontraba imposibilitado para exhalar su
dolor. Al mismo tiempo, el perfume se hacía más intenso, como también me
parecía que una bocanada de humo se escapaba por la cerradura de la puerta
inmediata. Ya me disponía a bajar cuando vi deslizarse por una galería contigua
a une hermana de la Caridad ajustándose la toca, que llevaba en la mano derecha
un nimbo de oro y bajo el mismo brazo un manto de Dolorosa, todo de terciopelo
negro, cuajado de estrellas. Detrás de ésta apareció otra hermana, pálida y
sofocada, que doblaba una túnica de merino azul, de eses que envuelven los
cuerpos de las Magdalenas en las antiguas pinturas italianas. Y por último,
después de las dos, surgió a mi vista la parte superior de una cruz de madera
negra de tamaño colosal que un mestizo lívido con traje de sayón cargaba sobre
sus hombros agobiados.
–¿Estarían representando alguna
escena de la Pasión?
–No lo sé; pero ya tenía el
sombrero en la mano cuando sí que aquel hombre, pálido hasta la transparencia y
delgado hasta lo cadavérico, me hacía señas, a través de una nube de humo,
desde la pieza inmediata, de que podía pasar.
Yo había ido a llevarle unos
libros que me había encargado y que llagaron en uno de esos períodos en que se
solía eclipsar. Mientras se entretenía en examinarlos, me puse a observar con
bastante detenimiento lodo lo que se encontraba a mi alrededor. Estábamos en
una pieza vasta, casi cuadrada, cubierta por una alfombra roja, de un rojo
quemado, floreada de mandrágoras, de euforbios, de eléboros y lodo género de
plantas letales. Una red inmensa, tramada de hilos de seda, cubría las vigas
del lecho, mostrando en el centro, a manera de roseta, un quitasol japonés, de
fondo plateado, donde se abrían flores monstruosas, quiméricas, extravagantes y
amenazadoras. En cada uno de los ángulos del techo se destacaba la silueta de
un animal bordada en relieve sobre los hilos de la red, pero trabajada con
arte, que yo sentía acrecentarse mi malestar. En el uno se veía un murciélago,
abiertas las alas de terciopelo gris, próxima ya a agitarse sobre nuestras
cabezas; en el otro un cocodrilo estiraba su cuerpo de un verde metálico, como
dispuesto a abalanzarse sobre a presa olfateada; en éste, una serpiente
desenroscaba sus anillos, erectando su lengua húmeda do baba; en aquél un
dragón de fauces abiertas deshacía con su garra el cuerpo de in faisán. Entre
los intersticios se destacaban otros animales pequeños, como lagartos, erizos y
escorpiones, que parecían disecados, más bien que construidos por medios
artificiales. La mesa en que escribía, toda de ébano, con incrustaciones de
marfil, estaba cubierta de objetos adecuados, pero todos representaban, desde
el tintero hasta la espátula, instrumentos de tortura, junto a un lapicero, se
veía un brazalete de oro, cubierto do esmalte negro, ensangrentado de rubíes,
que parecía haberse desceñido de un brazo en aquellos momentos. Arañas velludas
trepaban por las cortinas de encajes que ondeaban detrás de los balcones, por
cuya vidriera de color de topacio se filtraba una luz de cirio, una luz fúnebre
que melancolizaba la atmósfera de la habitación.
Los cuadros quo colgaban do la
pared entapizada de un papel verde oscuro, rameado do hojas de otoño, también
representaban escenas de tortura, escenas de sangre, escenas de crueldad,
escenas de desolación.
Terminada su narración, el viejo
librero, enjugándose la frente, emperlada de sudor, ss fue a colocar detrás de
la carpeta, atestada de libros, periódicos y cartas.
Y sin decir una palabra estreché
su mano, cogí mi sombrero y me refugié en mi soledad, donde he pensado mucho y
dónde pienso todavía en aquel extraño joven que, para conjurar su spleen, ha hecho del sufrimiento una
voluptuosidad.
LOS FUNERALES DE UNA
CORTESANA
Tras la cortina de terciopelo carmesí, guarnecida
de flecos de oro, que ornaba el marco de un balcón de la estancia, se hallaban
juntos, en fría tarde invernal, arrullados por las ráfagas heladas del viento y
por las gotas de lluvia que golpeaba los cristales empañados de las ventanas,
un monarca de eterna recordación y la última de sus favoritas.
Él se llamaba Luis XV y ella la condesa de
Dubarry.
La favorita, envuelta en un lujoso abrigo de
pieles, apoyaba el brazo en un mullido cojín de seda azul, se había tendido
sobre el ancho diván de damasco, prodigando a la bella pecadora todas las
ternuras y todos los anhelos de su alma enamorada.
Al cabo de algún tiempo, se incorporó el monarca –arreglándose la empolvada cabellera, cuyos rizos habían deshecho los dedos
ebúrneos de la Dubarry– y se detuvo en el umbral del balcón.
Un espectáculo triste se presento ante sus ojos.
A lo lejos, entre los árboles del camino, desnudos
de hojas y vestidos de escarcha, se veían pasar, al reflejo moribundo de la
tarde, cuatro humildes capuchinos que llevaban pobre ataúd de madera, cubierto
de paño negro y tachonado de estrellas.
Dentro del ataúd iba el cadáver de Madame de
Pompadour.
Ella, había sabido elevarse desde el hogar de
humilde carnicero hasta las gradas del trono; que era la diosa del bosque que
Senart, donde se presentaba con un halcón en la mano, semejante a las antiguas
castellanas; que para cambiar el orden de las cosas no tenía más que pronunciar
una sola frase de amor; que había sido la Madona de los grandes hombres de su
época, como María lo es de los cristianos; que sabía ejercer las funciones de
la diplomacia tan bien como las de la galantería; que merece el nombre de Hada
de la Frivolidad por haber creado un mundo de preciosidades artísticas, bajó al
sepulcro, en el más bello período de su existencia, revestida del burdo traje
de la tercera orden de San Francisco, con el grueso rosario a la cintura y a la
cruz de madera entre las manos, siendo enterrada, por orden suya, en pobre fosa
del convento de capuchinos de la plaza de Vendôme.
Cuentan que el rey, al retirarse del balcón,
exclamó fríamente, besando las mejillas coloreadas de la Dubarry que se había
reclinado en sus hombros:
–¡Pobre Pompadour! ¡Qué frío va a sentir esta
noche en su sepulcro!
EL MEJOR PERFUME
Ayer, en la alcoba azul, rameada de flores, la
hermosa Blanca, reclinada perezosamente entre cojines de seda negra, bordados
de ramos de oro, le preguntaba a su amante, con acento acariciador y los ojos
medio cerrados
–¿No te agrada el perfume de esas gardenias que
agonizan en el vaso japonés?
–No; respondió él, alzando desdeñosamente los
hombros.
–¿Te gusta más el de mi abanico de sándalo, tras
cuyo varillaje te he dicho, en las fiestas mundanas, tantas frases apasionadas?
–Tampoco, replicó él, cada vez más desdeñoso.
–¿Es que prefieres el de las pastillas turcas que
arden en el pebetero de bronce, esmaltado de piedras de piedras preciosas?
–Mucho menos.
–¿Por qué?
–Porque el mejor perfume es el que brota de la
rosa encarnada de tu boca, cuando me acerco a pedirte, con los ojos encendidos
y los labios ardorosos, un beso ardiente de amor,
"de esos que nunca se acaban
de esos que nunca se olvidan"
FRÍO
Anochece. El disco rojo del sol, como redonda
mancha de sangre, caída en manto de terciopelo azul, rueda por la bóveda
celeste hasta borrarse en el mar. La atmósfera se impregna de perfumes
invernales. La niebla envuelve, en su sudario de gasa agujereado a trechos, las
cumbres empinadas de las montañas lejanas. El viento agita las copas de los
laureles, alfombrando las alamedas de hojas amarillas y plumas cenicientas. Los
gorriones tiritan en sus nidos. Se oye a lo lejos el mugido imponente del mar,
cuyas ondas verdinegras, franjeadas de blancas espumas, se hinchan
monstruosamente, se levantan majestuosa y se estrellan en las rocas
puntiagudas.
Desde la puesta del sol, el silencio se difunde
por las calles. No se oye más que el rodar de los coches, el silbido de los
ómnibus y la vibración de alguna campana. Los transeúntes, calado el sombrero
hasta las orejas, metidas las manos en los bolsillos, alzado el cuello de
terciopelo del gabán, son cada vez más raros. Ninguno se detiene un instante.
Todos marchan deprisa, como si temieran llegar tarde a una cita dada por una
mujer hermosa, apasionada y febril, que, irritada por la tardanza, se
entretendrá en deshojar las flores prendidas en el corpiño, en rasgarse las
uñas sonrosadas o en quebrar las varillas del abanico.
Amoratando los rostros, entumeciendo los miembros
y rajando los labios, el frío se propaga, sin temor al gas, sin compasión para
el pobre y sin respeto al hogar. Quiere penetrar a la fuerza en todas partes.
Pero se le da con la puerta en las narices. Entonces se queda solo en las
calles, haciéndonos desertar de ellas porque nos obliga a refugiarnos en algún
café en algún teatro.
EL VELO DE
GASA
(Primera
versión)
Frente a un lecho de sándalo, cuyas
cortinas blancas, ornadas de cintas azules ondeaban al soplo de la brisa, como
banderas vencedoras; un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos en
la mente y las canciones más dulces en los labios, tenía prendido, con
alfileres de oro, coronados de perlas, largo velo de gasa pálida guarnecido de
encajes.
Un día, al entrar en su habitación, le
pregunté:
–¿De quién es ese velo?
–Es de la mujer, de la única mujer que
he amado en el mundo.
Viendo que el silencio plegaba sus
labios y que una lágrima pendía de sus párpados, como una gota del cáliz de una
flor, me atreví a decirle.
–¿Es que no os amaba?
–Algo peor que eso.
–¿Ha muerto acaso?
–Hace dos años.
Fijando mis ojos en el largo velo de
gasa pálida, guarnecido de encajes, que el poeta tenía prendido, con alfileres
de oro, coronados de perlas, frente a su lecho solitario, me pareció entonces,
más que bandera triunfante, el sudario de un pobre moribundo, ansioso de
amortajarse entre sus pliegues fríos, transparente y sedosos.
EL VELO DE
GASA
(Segunda
versión)
Frente a un lecho de sándalo, cuyas cortinas blancas,
ornadas de cintas azules ondeaban al soplo de la brisa, como banderas
vencedoras; un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos en la mente
y las canciones más dulces en los labios, tenía prendido, con alfileres de oro,
coronados de perlas, largo velo de gasa pálida guarnecido de encajes.
Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:
–¿De quién es ese velo?
–Es de la mujer, de la única mujer que he amado en el
mundo.
Tras corto silencio, clavando en mí sus ojos, donde
temblaban gruesas lágrimas, como gotas de rocío en botones entreabiertos,
exclamó:
–Hace tiempo que la conocí al salir de la iglesia, cuya
torre se divisa a lo lejos –añadió dirigiéndose al balcón–detrás del ramaje de
aquellos laureles.
»Como yo estaba en la miseria, sus padres se negaron a
casarla conmigo. Pero ella, vacía la mente de preocupaciones vulgares,
rebosante el corazón de ternuras amorosas, se alejó, en noche tormentosa, al
fulgor de los relámpagos y al ruido de los truenos, del hogar paterno.
»Largo tiempo anduvimos errantes por los campos, entre
las aguas que corren, las abejas que zumban y las flores que embalsaman el
ambiente. Aunque éramos pobres, siempre estábamos contentos. Teníamos
perennemente el amor en nuestras almas y el beso en nuestros labios. «Pero las
dichas del hombre, como las flores, sólo duran el espacio de una alborada.
«Una mañana al abrir los ojos, la encontré muerta. Su
cabeza, coronada de rosas amarillas, descansaba sobre ancha piedra del camino;
sus brazos, abiertos en cruz, parecían guardar la ansiada caricia; sus ojos,
entornados tristemente, semejaban flores marchitas; sus pies, al sentir el frío
de la muerte, se habían ocultado entre las hojas secas.
»Yo, desde aquel instante, tengo siempre ante mis ojos,
ante mis ojos que la lloran, el velo que cubría su rostro, su pálido rostro de madonna, el día en que la vi al salir
del templo, por primera vez.
Y alejándose del balcón, cuyos blancos hierros estaban
tapizados de verde enredadera, estrellada de flores moradas, me dijo el poeta,
con triste voz, con voz más triste que la del viento al pasar por entre las
ramas de los pinos solitarios, estas palabras
–Cuando yo muera, amigo mío, haced que me sirva de
mortaja el largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes, que perteneció a
la mujer, a la única mujer que he amado en este mundo.
UN SACERDOTE RUSO
Ainsi qu’un papillon volage
Ce qui passe aujourd’hu sera passé.
Laisse–toi
cueillir au passage
Papillon
d’Actualité
Las doce del día.
Desde la altura de la blanca terraza, próxima al
mar, bajo el toldo que forma el ramaje de verde enredadera, estrellado de
flores violáceas, hay un grupo de gentes que contemplan, hundido el sombrero
hasta las cejas y los anteojos nacarados entre los dedos, la salida de la
fragata rusa que abandona nuestras costas.
Ni un soplo de aire refresca la atmósfera. El mar,
como lámina de acero, maravillosamente bruñida, irradia un brillo metálico que
deslumbra la vista. Las ondas arrastran, en su curso tranquilo, paquetes de
algas que arrojan sobre la arena dorada de la playa, semejando ramilletes
marchitos del último baile de nereidas. De vez en cuando los rabihorcados que
revolotean en el aire se introducen, como flechas negras, en el piélago azul.
Sobre las rocas puntiagudas, jaspeadas de placas verdinegras, los pilluelos se
entretienen en recoger caracoles que se irisan a los rayos del sol.
Mientras la fragata avanza serena y majestuosa,
sobre el dorso de las olas con las velas abiertas y las banderas izadas, hasta
perderse en el confín del horizonte lejano, velado por brumas opalinas; se
destaca a lo lejos, en lo más alto de la popa, la figura del capellán que
parece rogar, desde el púlpito de un templo marino, por el alma de los
náufragos. Tiene la mansedumbre evangélica de las grandes almas. Al contemplarlo
en aquel lugar, con su solideo de raso negro, ornado de una moña amarilla, bajo
el cual se escapan sus cabellos grises y con su sotana tornasolada, sonde
resplandece, bajo la cascada de su luenga barba, la cruz blanca de los antiguos
eremitas de Jerusalén; evoca el recuerdo de los sacerdotes de Dostoiëwsky,
acompañando los deportados a Siberia.
Y al ver la fijeza atónita de sus miradas, diríase
que trata de concentrar en sus pupilas verdes, inmóviles en sus órbitas
aporcelanadas, los brillantes fulgores del mediodía tropical, para iluminar con
ellos, en futuros días, la blancura helada de las vastas estepas solitarias.
LA FELICIDAD Y EL ARTE
Que no importa vivir como un mendigo
Por morir como Píndaro y Hornero
Zorrilla
El sol brillaba en el azul del firmamento. La
yerba espesa, salpicaba de gotas de rocío –semejante a inmensa alfombra de
terciopelo verde, donde las hadas nocturnas parecían haber dejado los innumerables
diamantes que adornaban sus cabelleras– recibía la ceniza dorada del disco
solar; las aguas del río, corriendo entre nenúfares que flotaban enlazados,
formando archipiélagos, mostraban otro cielo en sus profundidades
transparentes; los mangos maduros, como corazones de oro, brillaban entre el
ramaje que se inclinaba a la tierra, agobiado por el peso de los frutos; los
pájaros, desde el borde de los nidos, abrían sus alas largo tiempo cerradas,
mezclando su voz a la de la selva que agitaba sus matorrales de flores
silvestres y a la del viento que vagaba locamente por los campos olorosos.
Tendido al pie de un granado, cuyos abiertos
frutos, parecidos a verdes cofres llenos de rubíes, colgaban de las ramas; vi
llegar a la mujer más hermosa de la tierra, que comenzó a hablarme de este
modo:
–¡Oh, joven!, tiempo es ya de que pienses en el
porvenir. Dos sendas hallarás para llegar al fin de tu vida; la primera está
cue flores y la segunda de abrojos. Si me amas, te llevaré por la primera y
serás feliz. Tendrás castillos de mármol, a orillas de los lagos, para pasar
los días de tu existencia; mantos de púrpura, tachonados de estrellas de oro,
para cubrir tus espaldas; coronas de ricos metales, esmaltadas de piedras
preciosas, para ornar tu frente; navecillas de nácar, con velas de seda, para
cruzar los mares; vírgenes circasianas, impregnadas de perfumes, para colmarte
de placeres; histriones numerosos sacados de las mejores cortes, para ahuyentar
el hastío de tu alma. ¿Quieres seguirme? Piensa en que todo lo puedo, porque me
llamo la Felicidad.
Yo, sin vacilar un instante, volví la espalda a la
Felicidad.
Pasado algún tiempo, veía caer el agua de espumoso
torrente, irisada por los rayos del sol, y encontré un peregrino que comenzó a
hablarme de esta manera:
–¡Oh, joven!, desde que naciste he seguido tus
pasos. Aunque me creen pobre, poseo inmensos tesoros. Tengo un templo indestructible,
alejado de la tierra, donde sólo penetran mis elegidos. Si tienes fuerzas,
llegarás a él. Pero antes de emprender la marcha, recuerda los que han perecido
en la jornada.
»Piensa en que, para llegar al templo, hay que
cruzar por larga senda de abrojos. ¿Has oído hablar de ella? Nada es tan
espantoso. Un cielo plomizo, despoblado de astros, aparece en la altura; el
suelo, alfombrado de polvo y lodo, se hunde bajo los pies; los árboles, desnudos
de hojas, ostentan punzantes espinas; el agua de los arroyos, manchada de
sangre, permanece estancada; las flores, salpicadas de oscuros matices, exhalan
perfumes venenosos; las víboras, ocultas entre las zarzas, se enroscan al
caminante; las fieras, hambrientas de carne humana, muestran sus blancos
dientes puntiagudos en la oscuridad; los insectos, esparcidos en el aire,
inoculan la muerte al pasajero; el mar, que brama a lo lejos, ahoga los gemidos
del alma humana. Si tienes hambre, tendrás que devorar tu propio cuerpo; si tienes
sed, tendrás que beber tus lágrimas. El mundo, tirano inmortal, te cubrirá de
baldón; la soledad, sudario de los vivos, te rodeará por todas partes; la
miseria, única compañera de tu vida, te seguirá hasta el último instante.
«Cuando tu cuerpo, lleno de heridas, caiga sangrando sobre las piedras del
camino; cuando tus labios, descoloridos por la fiebre, exhalen el último
suspiro de tu pecho; cuando tus ojos, vueltos hacia lo infinito, se cierren
para siempre; ceñiré a tu frente el lauro de la inmortalidad, grabaré tu nombre
en las páginas de la historia y te abriré las puertas de mi templo. ¿Quieres
seguirme? Soy el Arte.
Yo, sin vacilar un instante, comencé a andar por
la senda de abrojos que guía al templo del Arte.
AGUA FUERTE
Media noche. Desde la cúpula negra del
firmamento, de brillante negrura de terciopelo, donde no blanquea el encaje de
una nube, ni chispea el diamante de una estrella, desciende hasta la tierra,
por los poros de la atmósfera, la sombra densa, calurosa y húmeda de las noches
lluviosas de los países tropicales, sombra que lleva las visiones de la
pesadilla á la cabecera de los lechos, que inspira el temor de los
enterramientos prematuros, que interpone el hastío entre los cuerpos enlazados
por el amor, que irrita el sistema nervioso de los seres melancólicos, que
ahuyenta las ideas rosadas del cerebro de las vírgenes y que va dejando, por
todas partes, cansancio, miedo, tristeza e inquietud.
Al fulgor plateado de ardiente lámpara eléctrica,
colgada de grueso hilo de acero, cuya luz produce, en ciertos momentos, sordo
rumor semejante al zumbido de un enjambre de moscas aprisionadas en fina
urna de cristal; se ven surgir sobre el pavimento inmundo, fangoso y encharcado
del lugar, en el sitio de reciente incendio, los escombros amontonados del
edificio destruido por las llamas. Unos quedan á la sombra y otros á la luz.
Diríase que ocultan los gérmenes de futura epidemia, porque de ellos se
desprenden emanaciones de tierra húmeda, de madera carbonizada, de hierro
oxidado, de gases inflamados, de sangre coagulada y de cadáveres en
descomposición.
En medio de la calma de la noche, numerosos grupos
de soldados, con las espaldas inclinadas hacia el suelo y con los pies hundidos
entre el fango, bajo la inspección de sus vigilantes, se ocupan en remover los
escombros, bajo los cuales yacen sepultados los restos de seres desconocidos.
Sólo se escuchan, en el silencio nocturno, el rodar de un coche lejano, el
ladrido de un perro encadenado, el golpe de la azada contra una piedra, el
desmoronamiento de los montículos y el graznido de las aves nocturnas que
revolotean en el aire. Además del fulgor del foco eléctrico, esparcen tonos
diversos, en la negrura del cuadro, el azul de los uniformes, el dorado de los
galones, el rojo de los escarapelas, el plateado de las espadas y el blanquecino
de los huesos.
Lejos del grupo de escombreadores, hay seres
enlutados que aguardan, con el semblante lívido y los ojos fuera de las
órbitas, la extracción de nuevos cadáveres. De cuando en cuando avanzan algunos
pasos. Entonces el temor les aumenta, porque surgen de los escombros, por
diversos– puntos, rostros triturados por enormes piedras, brazos desprendidos
de sus hombros, en actitud defensiva, pechos amoratados, roídos ya por gusanos,
cráneos agrietados de los que cuelgan racimos de sesos, todos los fragmentos,
en fin, de la obra de la Fatalidad.
.................................................................................................
La lluvia empieza á caer. A través de los
resplandores del foco eléctrico, parece que las gotas forman ancha cortina de
hilos de cristal, invisible en la sombra e irisada en la luz. Los soldados
suspenden las faenas, por orden superior, marchando á guarecerse bajo los
balcones de las casas inmediatas. Y al verlos descender de los escombros,
sucias las ropas, jadeantes de fatiga, las frentes bajas y las narices
dilatadas, se nota que están dominados por el espanto de los hallazgos y por el
respeto á los cadáveres, pero que sienten al mismo tiempo el asco que provoca
la más abominable de todas las podredumbres: la podredumbre humana.
LA CASA DEL POETA
I
Atardecía. El disco rojo del sol, como redonda
mancha de sangre caída en manto de terciopelo azul, rodaba por la bóveda
celeste hacia el fondo del mar. El aire estaba impregnado de aromas suaves,
sutiles y embriagadores. La niebla envolvía entre sus pliegues, a manera de
sudario de gasa, agujereado a trechos, las verdes cumbres de las montañas
lejanas. Se oía a lo lejos, entre el ruido de los carruajes, el mugido imponente
del mar, cuyas ondas verdinegras, franjeadas de espumas blancas, se hinchaban
monstruosamente, se erguían coléricas y se estrellaban contra las rocas
puntiagudas.
Deseoso de hacer ejercicio, yo había salido, en la
tarde aquella, a recorrer las calles, experimentando ese bienestar que produce
la ausencia de ideas en el cerebro y la terminación de las labores cotidianas.
Nada me preocupaba. Distraído por el aspecto de las cosas, había andado más de
una hora, sin rumbo fijo, hasta llegar a una de las alamedas centrales de la
población, donde un grupo de niñas, rubias unas y morenas otras, bailaban en
torno de una fuente, mientras las ayas, con sus cofias de encajes y con sus
delantales blancos, permanecían alejadas a cierta distancia, dirigiendo
frecuentemente sus miradas melancólicas a los transeúntes.
Ancha nube cenicienta se interpuso ante el sol.
Detrás de ella, impulsado por el aire, se precipitó un ejército de nubecillas
róseas, verdes, moradas, purpúreas y amarillas, fundiéndose en una sola de
color gris, de un gris metálico, que se fijó, como enorme murciélago de alas
abiertas, en mitad del firmamento azul. Una ráfaga de viento, salida del mar,
se extendió por la ciudad, levantando un remolino de polvo que envolvió las
siluetas de las torres, palacios, árboles y paseantes. La lluvia empezó a caer.
A los pocos minutos no se escuchaba más que el ruido monótono del agua que
descendía incierta sobre las calles tristes, lodosas, desiertas.
Antes de empezar a llover, había formado el
proyecto de encaminarme a una casa próxima, donde habitaba, en compañía de sus
hijos, la viuda de un compañero de colegio, poeta de fantasía poderosa y de
estilo irreprochable, muerto prematuramente sin haber realizado las esperanzas
que hiciera concebir. Pero la lluvia no me permitió llegar. Huyendo de ella me
guarecí en un café inmediato, resuelto a hacer la visita tan pronto como
acabara de llover. Mientras aguardaba que escampase, sentí surgir en mi memoria
la figura del poeta rodeada de esa bruma melancólica que el recuerdo de los
muertos esparce en nuestro corazón. Recordé su carácter enigmático, sus
aventuras amorosas, su s gustos aristocráticos, sus proyectos literarios, su
matrimonio realizado en pocos días, sus triunfos artísticos y, más que nada, la
inercia inexplicable en que cayó después de haber alcanzado esos triunfos.
Sintiendo que este enigma me torturaba demasiado
el pensamiento, me levanté de la mesa y salí a la calle, porque el aguacero
estaba a punto de cesar.
II
Poco después llamaba a la casa.
Era de aspecto sencillo y vulgar. Junto a la
puerta pintada de color marrón, tenía una ventana alta, tras cuyos barrotes de
hierro, manchados por los lunares rojizos de la oxidación, se veían dos
postigos completamente cerrados. Ningún ruido interno llegaba al exterior. Al
cabo de algunos momentos, una criada se asomó por uno de los postigos, lo cerró
de seguida y me abrió la puerta.
Envié mi tarjeta y me senté a esperar.
La criada se alejó, reapareció de nuevo, encendió
el gas y me dijo que la señora iba a venir.
Durante el tiempo que tardó en aparecer, me puse a
examinar el interior, donde nunca había penetrado, poco después del matrimonio
de mi amigo, yo me había ido a viajar. Conocía a su mujer porque me la había
presentado en un teatro. Pero no había ido a visitarla. De vuelta de mis viajes
supe que él había muerto, a los tres años de matrimonio; de una enfermedad del
corazón.
Y aplazando la visita de un día para otro, no la
había ido a hacer hasta entonces.
La sala era pequeña, bastante incómoda, de forma
cuadrangular. Las paredes estaban sucias, húmedas y salitrosas. En las
esquinas, cerca del techo, se veían manchones negros, semejantes a telarañas
humedecidas. Tenía el piso de ladrillos, mitad rojos, mitad amarillentos, sobre
el cual habían quedado impresas las huellas de los pies mojados de la criada
que me acababa de abrir.
Frente a la ventana de la calle se alzaba un
estrado vulgarísimo, compuesto de un sofá y seis butacas, bajo el cual se abría
una alfombra de fondo rojo, jaspeada de flores casi descoloridas por los años.
Encima del sofá colgaba un espejo oval, rodeado de marco negro, cubierto de un
velo de tarlatana verde, donde un enjambre de moscas se había detenido a
reposar. Debajo de éste, un retrato de mujer. Sobre la mesa del centro, dos
búcaros de porcelana ordinaria, repletos de papeles hasta los bordes, cuyos
filetes dorados se empezaban a descolorear. Alrededor del estrado se alineaba
una docena de sillas pegadas a la pared.
De cuando en cuando llegaba hasta la sala, por una
puerta lateral, un vaho repugnante de cocina que, mezclado al lloriqueo de un
chiquillo, me hacía insoportable la permanencia en aquella sala donde yo
buscaba vanamente algún detalle que me recordara el gusto fino, aristocrático y
refinado de aquel camarada de mi juventud y que, a la par de recrearme la
vista, disipara la tristeza que el recuerdo del desaparecido había amontonado
en mi corazón.
Una mujer se presentó ante mis ojos. Era alta,
robusta, de fisonomía estúpida, repulsiva a simple vista y más repulsiva
después. Venía envuelta en peinador blanco, completamente liso, que moldeaba lo
ancho .de su cintura y la redondez de sus caderas. Su rostro, manchado de
pecas, carecía de expresión. Estaba algo acatarrada y se llevaba frecuentemente
el pañuelo a las narices. Sus modales eran ordinarios. Hasta el timbre de su
voz me repelía. Todo revelaba que era una mujer vulgar, una gallina humana,
como diría un discípulo de Schopenhauer, apta sólo para cuidar la casa y dar a
luz cada nueve meses.
Inútil fue que pretendiera hacerla hablar de su
marido. Cada vez que trataba de llevar por ese camino la conversación, me
respondía vagamente, como si nada recordara, demostrando siempre la misma calma
estúpida en su espíritu y la misma sinceridad grosera en sus palabras.
Después de media hora de visita, tomé el sombrero
y me despedí de ella, sabiendo solamente que mi amigo le había dejado tres
hijos.
III
La lluvia había recomenzado a caer.
Era una lluvia fina, monótona y silenciosa, una de
esas lluvias de las tardes otoñales, que cubren de lodo el pavimento de las
calles, saturan la atmósfera de humedad y engendran una melancolía intensa en
los temperamentos nerviosos. A través de las gotas que formaban una especie de
cortina de hilos perlados, las luces amarillas de los faroles encendidos que
brillaban en las alamedas, entre filas de árboles, parecían blandones fúnebres
agitados por ráfagas glaciales.
Un coche pasaba y me introduje en él. Mientras
llegaba al punto de mi dirección, no pude apartar de mi memoria el interior de
la casa que acababa de abandonar. Y no sólo me expliqué que mi amigo dejara de
cultivar las letras, en los albores de su gloria, después de haber alcanzado
triunfos ruidosos, sino que me asombré también, dados su carácter, sus gustos y
sus cualidades, de que hubiera podido vivir tres años al lado de aquella
bestia, de aquella mujer.
LA ÚLTIMA ILUSIÓN
Yo no me suicidaré –me
decía mi amigo Arsenio, arrellanándose en un cojín de terciopelo azul, donde
un dragón de oro abría sus fauces siniestras para cazar una mariposa de nácar–.
Yo no me suicidaré, te repito, porque me aterran los dolores físicos, por leves
que sean, pero yo comprendo que como muchos hombres, estoy en el mundo de más.
Estas frases melancólicas, dichas
en voz baja, con esa voz tan baja de los seres degenerados, voz que parece
extraerse de las cavidades más profundas del organismo y filtrarse luego por un
velo de muselina para salir al exterior, fueron pronunciadas por mi compañero
al final de una larga conversación, en la que yo había tratado de arrancarle,
por todos los medios posibles, del retraimiento voluntario en que se
marchitaban los días floridos de su juventud. No me causaron extrañeza alguna,
porque yo sabía que estaba dominado, desde la adolescencia, por las ideas más
tristes, más extrañas y más desconsoladoras. –Mi alma es una rosa –solía decir
en ciertas horas de intimidad, valiéndose de una frase gráfica– pero una rosa
que sólo atrae mariposas negras. Así es que al oír la sombría respuesta que
daba a mis palabras, más bien que tratar de consolarlo, porque no hubiera
hecho más que exacerbar sus nerviosa sensibilidad, yo buscaba un tema para
extraviar el curso de sus pensamientos, cuando lo vi incorporarse en el
asiento, ponerse pálido en el instante, dilatar sus pupilas grises y, moviendo
su cabeza fina y altanera, tan semejante a la de algunos retratos de los de
Clouét, oí que me decía, como si ensayase un monólogo:
–Sí, no te quede duda, yo estoy
en el mundo de más. Lo peor es que, como te he dicho, hay muchos que se encuentran
en el mismo caso. Sólo que algunos no se aperciben de eso, mientras que yo me
doy cuenta de ello con la más perfecta lucidez. ¿Has ido al campo, en la época
de la siega, alguna ocasión? Si has estado alguna vez, habrás podido observar
que las segadoras, después de recogida la cosecha, suelen dejar en el surco
algunos granos olvidados. Ni la tierra los fecunda, ni alimentan a los
pájaros. Allí se pudren, día por día, bajo el influjo del viento, de la lluvia
y del sol. Eso mismo le sucede a algunos hombres. La muerte, esa visión
macabra de cabellos blancos que, con una hoz de plata en la mano, han pintado
los Orcagna, en un bosque de naranjos, segando, cabezas de dioses, de reyes,
de guerreros, de sacerdotes y de enamorados, sufre también esos olvidos crueles.
Yo soy uno de aquellos seres que, en el campo de la vida, ha dejado de recoger.
–¡Oh, cállate! –le interrumpí–,
tú eres demasiado joven todavía para desesperar...
–Sí, soy muy joven, pero eso no
importa: aunque tengo veintisiete años, me parece que llevo siglos dentro del
corazón. La edad no es un instrumento que regula invariablemente nuestra
temperatura espiritual.
Hay organizaciones que a los
ochenta años conservan un calor primaveral, mientras hay otras que, a los
veinte, se sienten heladas por los rigores del invierno más crudo, del invierno
que no termina jamás. No es preciso, por otra parte, haber vivido mucho, para
calcular la suma de dichas que podamos esperar. La historia del mundo nos lo
demuestra en sus páginas. Hojeando cualquiera de ellas, se comprende de seguida
que, tanto los bienes como los males, han sido siempre los mismos, pudiendo
afirmarse que, no ambicionando los unos ni temiendo los otros, es lógico
prescindir en absoluto de todos. Interesarme por la vida equivaldría para mí a
entrar en un campo de batalla, afiliarme a un ejército desconocido, ceñirme los
bélicos arreos y, con las armas en la mano, combatir por extraño ideal, sin
ambicionar los lauros de la victoria, ni temer las afrentas de la derrota. ¿Habrá
situación más enervante, más desastrosa y más desesperada?
–Pero tú tenías antes –le
repliqué–, grandes ensueños, grandes aspiraciones.
–Sí, pero todos me han
abandonado, porque todos son imposibles de realizar. Yo era como un faro
encendido, en el desierto marino, que arrojaba sus dardos de fuego en la negrura
de las ondas. Aves errantes, al llegar la noche, iban a refugiarse en sus
grietas huyendo de los azotes del viento y de la lumbre de los relámpagos. Pero
no habiendo encontrado en su recóndito seno, calor para sus plumas, ni
alimento para su pico, desertaron todas, una por una, hasta dejarme en la más aterradora
soledad.
–Entonces es que, como te decía
el más sabio, a la vez que el más puro de tus amigos, tú no sabes desear.
–Quizá sea eso, yo lo comprendo;
mas ¿quién nos enseña esa ciencia oculta? Y si un día la aprendemos ¿al
ponerla en práctica no demostraríamos que estábamos ya domados y escarnecidos
por la misma vida, puesto que teníamos que someterle de antemano cada idea que
iluminase nuestra inteligencia, cada latido que agitara nuestro corazón?
Además ¿puedo aspirar a algo, en nuestro medio social, que esté en consonancia
con mi carácter, con mi educación o con mis inclinaciones? Implantar aquí mis
ensueños ¿no equivaldría a sembrar rosas en una peña o a procrear mariposas en
una cisterna? ¿Qué carrera podría elegir para llegar a la cima de la
felicidad? ¿La de comerciante? No me daría por recompensado de tal sacrificio
si supiera que, al cabo de diez años, tenía en mis arcas un tesoro mayor que el
de un Rajah de las Indias. ¿La de un burócrata? Basta entrar un día, en
cualquier oficina, para conocer las diversas especies de vampirismo o los
futuros huéspedes de las prisiones de Ceuta. ¿La de político? Ella me
conduciría, desde el primer paso, a la picota del ridículo, donde sucumbiría
maniatado por mi impotencia y asaeteado por los dardos del desprecio popular.
¿La de jurisconsulto? Erigirse en juez de un semejante, estando sujeto a las
mismas vicisitudes, ya para dignificarlo, ya para escarnecerlo, pero todo en
nombre de leyes humanas, me ha parecido siempre la más nefasta de todas las
aberraciones. ¿La de médico? Yo creo que, dado el atraso de esa ciencia, para
elegir esa carrera se necesita ser el más inconsciente o el más depravado de
los hombres. ¿La de sacerdote? Aparte de que para ella se requiere la vocación
¿hay un monasterio entre nosotros que, por la grandeza de sus tradiciones, por
las austeridades de sus reglas, por la belleza de sus ritos o por las virtudes
de sus moradores sea capaz de atraer el alma enferma que, como un cisne
ennegrecido de lodo vuela al límpido estanque, acuda allí a purificarse de las
miserias terrenales?
–Te comprendo perfectamente –exclamé
yo– pero creo que el remedio está en tus manos. –¿Cuáles? –El de irte lejos. –Sí,
lejos; pero ¿dónde?
–Pues a París: ¿ya no te gusta
esa tierra de promisión? –Te diré: hay en París dos ciudades, la una execrable
y la otra fascinadora para mí. Yo aborrezco el París célebre, rico, sano,
burgués y universal; el París que celebra anualmente el 14 de Julio; el París
que se exhibe en la Gran Ópera, en los martes de la Comedia Francesa o en las
avenidas del Bosque de Bolonia, el París que veranea en las playas a la moda e
inverna en Niza o en Cannes; el París que acude al Instituto y a la Academia
en los días de grandes solemnidades; el París que lee el Fígaro o la Revista
de Ambos Mundos; el París que, por boca de Deroulede, pide un día y otro la
revancha contra los alemanes; el París de Gambetta y de Thiers; el París que
se extasía con Coquelin y repite las canciones de Paulus; el París de la
alianza franco–rusa; el París de las exposiciones universales; el París
orgulloso de la torre Eiffel; el París que hoy se interesa por la cuestión de
Panamá; el París, en fin, que atrae millares y millares de seres de distintas
razas, de distintas jerarquías y de distintas nacionalidades. Pero yo adoro, en
cambio, el París raro, exótico, delicado, sensitivo, brillante y artificial; el
París que busca sensaciones extrañas en el éter, la morfina y el haschich; el
París de las mujeres de labios pintados y de cabelleras teñidas: el París de
las heroínas adorablemente perversas de Catulle Mendés y Rene de Maizeroy; el
París que da un baile rosado, en el Palacio de Lady Caithnes, al espíritu de
María Stuart; el París teósofo, mago, satánico y ocultista; el París que visita
en los hospitales al poeta Paul Verlaine; el París que erige estatuas a
Baudelaire y a Barbey de Aurevilly; el París que hizo la noche en el cerebro
de Guy de Maupassant; el París que sueña ante los cuadros de Gustavo Moreau y
de Puvis de Chavannes, los paisajes de Luisa Abbema, las esculturas de Rodin y
la música de Reyer y de Mlle. Augusta Holmes; el París que resucita al rey Luis
II de Baviera en la
persona del conde Roberto de Montesquieu–Fezensac; el París que comprende a
Huysmans e inspira las crónicas de Jean Lorrain; el París que se embriaga con
la poesía de Leconte de Lisie y de Stéphane Mallarmé; el París que tiene
representado el Oriente en Judith Gautier y en Pierre Loti, la Grecia de Jean
Moréas y el siglo xvm en Edmundo de Goncourt; el París que lee a Rachilde, la
más pura de las vírgenes, pero la más depravada de las escritoras; y el París,
por último, que no conocen los extranjeros y de cuya existencia no se dan cuenta
tal vez.
–Y entonces ¿por qué no te
marchas?
–Porque si me fuera,
yo estoy seguro que mi ensueño se desvanecería, como el aroma de una flor
cogida en la mano hasta quedar despojado de todos sus encantos; mientras que
viéndolo de lejos, yo creo todavía que hay algo, en el mundo, que endulce el
mal de la vida, algo que constituye mi última ilusión, la que se encuentra
siempre, como perla fina en cofre empolvado, dentro de los corazones más
tristes, aquella ilusión que nunca se pierde, quizás.
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