EL DICTADO DEL MUERTO
Cuando entramos al pequeño
recinto de las sesiones espiritas, algunos fanáticos esperaban con rostros de
mansedumbre, rostros inclinados oblicuamente como en las figuras congregadas
de Van-Eyck en las reales tapicerías de España. Silenciosos, mansos, vacuos,
en abatimiento de grey carneril, tenían su anímula presta a desligarse del
cuerpo mal alimentado con legumbres al uso de Cornaro, para dejarla pacer
anchamente en los Campos Elíseos de la bobería. No pude reprimir mi desagrado
al dominar de una ojeada el escenario e imaginarme fugazmente la comedieta que
seguiría, y saludé parsimonioso al honorable señor Llaven que se adelantaba
hacia nosotros místicamente afable, con la beatitud de un inquilino de Sión.
La visita procedía
de mi amigo que me había tentado:
–Ven;
es un caso curioso y raro: una histérica, admirable médium escribiente a quien
se le acaba de morir su prometido, que desea saber las primeras impresiones del
espíritu amado, en su vida ultraterrestre.
Y en verdad que los ojos fosforescentes,
errantes, flameadores, de la joven enlutada que destacaba fuertemente su perfil
asceta de visionaria apocalíptica, irradiaban una fascinación
irresistible. Colocado yo en un ángulo de sombra, pude observar sin ser
observado la organización admirable de la médium para la transfiguración
cataléptica, su nerviosidad excesiva, perturbada ostensiblemente por
sacudimientos vibrátiles involuntarios, su palidez marmórea y patológica, su
lasitud pectoral amenazada de consunción, en tanto que Panurgo abría a su
aprisco una estrecha rendija de lo incognoscible y por ella se precipitaba,
atrepellándose, la venturosa idiotez del buen Sancho, rediviva en aquel rebaño
de sanchos auténticos.
Al oír la voz del
sugestionador que la llamaba para la prueba suprema, la joven se estremeció
como si saliera de un sueño, avanzó dócil, anhelante –¡por fin iba a realizar
su ensueño de comunicación con el amado!–, y en breve no fue en manos del hipnotizador
sino una materia dúctil, una máquina humana que provista de lápiz y papel
escribía febrilmente, con religioso pasmo de la grey congregada, escribía con
rapidez taquigráfica, hasta que el señor Llaven, consultando su reloj, cortó
la conexión del espíritu transmisor, y por medio de tres habilísimos pases hizo
abrir los ojos enloquecidos a la joven que, trastabillante, soñolienta aún,
fue a ocupar su anterior sitio.
El señor Llaven, sin
abandonar su beatífica flebilidad, iba a hacer tal vez una síntesis del escrito
leyendo mentalmente, cuando a las primeras líneas lo vi palidecer y vacilar...
El auditorio expectaba, y el sugestionador, haciendo un gran esfuerzo para
dominar su turbación, dijo fatigosamente:
–El
espíritu evocado goza de bienaventuranzas eternas... os bendice y os exhorta al
bien... pero hoy es ya tarde y en la próxima sesión os diré su voluntad... Y vos también,
hija mía –añadió dirigiéndose a la joven que escuchaba tremulante–, hasta
entonces oiréis su palabra... os ruego que esperéis...
Y como todos se levantaran obedientes y
se despidieran unos a otros con humildad de bienaventurados pobres de espíritu
para quienes fue hecho el reino de los cielos, increpé a mi amigo sacudiéndole
un brazo:
–¿Crees
que también soy del vil rebaño?... me has traído a ver un caso curioso y raro,
¡y yo quiero leer lo que hay escrito en ese papel!
–¡Yo
también quiero! –dijo él, y aprovechándose del aturdimiento del hipnotizador,
se apoderó del papel olvidado sobre la papelera y huimos a un café, donde ya
solos leímos esto, esto que me pavoriza aún, hoy que procuro reconstruir la
espantosa revelación.
Alma:
¡Todas las torturas
del infierno, todos los suplicios infamantes de los precitos, inventados por
la locura de los hombres, no son comparables a la despedazante agonía que he
sufrido en mi lecho de muerte y en mi sepultura maldita!... ¡Yo yacía vivo,
vivo, con el infinito deseo de verte, de gozarte, de perpetuar la fiesta de mi
juventud inmortalizada por tu amor!... ¡Maldición!, ¡y un médico ignorante
había declarado que yo estaba bien muerto!... Mi catalepsia provocada por el
ataque agudísimo de neurastenia que sufrí, había paralizado todos mis
movimientos, las manifestaciones más sutiles de mi vitalidad latente en el
núcleo de mi corazón, esparciendo un frío cadavérico en mis miembros rígidos...
¡pero yo oía y pensaba, y era un tormento abominable saber los preparativos de
mi entierro!... ¡Oía el llanto lamentable de los míos, el llanto de mi madre
que sollozaba del fondo de sus entrañas, el llanto de mis hermanas, cuyo
amparo fui, y los gritos desgarradores tuyos, tus gritos de amor y delirio que
me partían el corazón!... Cuando te sujetaron por fuerza y te arrancaron de
mí, oí la carcajada estridente de tu nerviosidad exasperada por el dolor, y al alejarte de mi estancia
comprendí
que me arrancaban la última esperanza de volver a la vida!... Mi espanto
crecía desmesuradamente a cada instante que volaba... Los cuchicheos de los
dolientes que acudían atraídos por el miedo tenebroso de la muerte, me hacían
sufrir pavuras indecibles. ¡Ah!, ¡ellos no sabían si estaban tan próximos como
yo a saber lo que era la muerte!... La impotencia de hacer palpable mi vida me
exasperaba hasta el vértigo; mi razón se entenebrecía con la noche de la
locura y por un prodigioso esfuerzo volvía a la lucidez con la sarcástica
ilusión de que pasaría mi catalepsia antes de ser inhumado. ¡Dolorosa irrisión
de mi anhelo febril de vivir!... ¡No parece sino que tenían prisa de
deshacerse de mí! Apenas habían dejado la estancia mortuoria tú y mis hermanas,
piadosos parientes se encargaron de la fúnebre tarea de vestirme para
tenderme; yo lo sabía por las palabras que murmuraban en tomo mío. Después
comprendí que me ponían en el ataúd angosto donde debía yacer para siempre, y
me trasladaban a una pieza en cuyos ángulos se agrupaban las plañideras
encargadas de ronronear camándulas por mi ánima, ¡las veladoras de oficio,
aborrecibles en su apariencia de aves negras de los cadáveres!... ¡Las horas
pasaban con tediosa monotonía para ellas, pero con vertiginosa velocidad para
mí, que renegaba de la estupidez humana y de mi fatalidad inexorable!... Yo
tenía dos amigos, médicos inteligentes, y anhelaba que alguno de ellos me
visitara en mi lecho de muerte y que por curiosidad, ya que no por afecto, me
examinara para cerciorarse de si ya no existía; pero, o no sabían mi
fallecimiento o no quisieron molestarse en concurrir. ¡El silencio del
cansancio en quienes me velaban, la suspensión de las preces por el sueño de
las plañideras, fue para mí más espantoso todavía que el cuchicheo; preveía el
momento definitivamente fatal y un terror inconmensurable me hacía luchar
inútilmente por romper mi odiosa apariencia mortal, mas la paralización
invencible hacía que se estrellara mi rebeldía inútil con una impotencia mil
veces cruel!... ¡Recorría ya minuciosamente mi vida, con avidez desenfrenada,
a fin de recordar qué crimen, qué monstruosidad habría cometido para merecer
aquel tremendo castigo, y no encontraba en mi requisitoria inflexible méritos
bastantes a justificar suplicio
tan horrendo!... Me llevarían, así, consciente e inerme, los
verdugos sanguinarios e irresponsables, los homicidas tenebrosos bajo la
apariencia aflictiva de su máscara dolorida, ¡Dios del cielo!, ¡y me
enterrarían vivo! ¿Dónde estaba, pues, aquella misericordia infinita que los
hombres han pregonado en su cobardía delincuente como supremo atributo de la Divinidad?...
Y mi impiedad se espantaba de su formidable imprecación, y caía de la cima de
su soberbia a la sima insondable de su miseria, y de lo más profundo de mi
alma apostasiaba de mi rebelión y me prosternaba en el polvo de mi contrición
demandando gracia, con ardiente fe en el prodigio: «¡Señor, que descienda
hasta mí tu infinita misericordia! ¡Tú que resucitaste a Lázaro! ¡Tú que
resucitaste al hijo de la viuda de Naim! ¡Haz, Señor, el milagro, pequeño para
tu portentoso poder, de redimir mi apariencia mortal! ¡Auxíliame! ¡Sálvame!
¡Tú, el único Todopoderoso!»... Y mi delirio místico y mi deseo vehemente y mi
locura de vivir para amarte ¡oh alma que has sido amada como ninguna lo fue en
la tierra!, ¡se estrellaban como mi rebeldía irreductible ante la impasibilidad
de lo irremediable! Mi rogación delirante, de amarga y dolorosa vehemencia, me
abismaba en la vorágine insondable que ha tragado a la humanidad durante dos
milenios en la divinización del milagro; y náufrago, perdido en las entrañas
del maelstrom, imploraba con la ceguedad de la fe, con la venda sempiterna de
la esfinge; y mi festinación de creyente, de contrito, de piadoso, de
propositario en proclamar a mi vuelta al mundo las excelencias de la Inmortal
Misericordia, ¡se atropellaba en mi cerebro enloquecido ante la videncia de la
tenebrosa realidad!... Cortó mi ruego sin fin un ruido de pasos que me
circundaban y escuché frases que me cercioraron de que la hora de llevarme al
cementerio había llegado... ¡Maldición!... Un terror inconcebible se apoderó de
mí, quise gritar con todo mi ímpetu, quise con un esfuerzo prodigioso romper
los lazos invisibles que ataban mis miembros rígidos; pero a despecho de mi
voluntad, ningún músculo, ni el más noble, ni el más sensible, me obedeció, ni mi lengua
vibró con la menos perceptible contracción, ni mi garganta emitió el menor
aliento que no arrojaron mis pulmones fosilizados, ni mis párpados, ni mis
labios, ni mis vértebras, ni los flexores del dorso de mis manos, ni mi tórax,
que yo juzgaba jadeante y henchido por la angustia y el espanto, ni mis
flancos que en plena posesión de mi sensibilidad se hallarían palpitantes como
los ijares de un perro fatigado, ni mis arterias que con tan tremenda
sobreexcitación hubieran estallado... ¡nada, nada obedecía a mi voluntad
impotente!... Si alguien me hubiese auscultado el corazón oprimiendo su oído
sobre mi pecho, no habría percibido sus tenuísimas palpitaciones: ¡mi pecho
era la losa de mi sepulcro y sobre él habría sido impotente la sensibilidad de
un micrófono!... ¡Me levantaron!... Lo comprendí con terror inmedible en la
explosión de lamentaciones lacrimosas, me levantaron y colocaron mi féretro en
el pavimento para que, alzada la tapa de mi ataúd, los míos me vieran por la
última vez... ¡Dios tremendo! Un martillazo estridente, lúgubre y seco, me
hizo saber que clavaban la tapa, que me aherreojaban para siempre, que me
proscribían de los vivos, ¡que me condenaban para toda una eternidad a la
muerte, a la putrefacción, a la nada! Me veía interiormente roído por los
gusanos que holgaban en mis pústulas, que se multiplicaban en mi carne disuelta...
¡Condenación! ¡Y yo estaba vivo, vivo, y me entregaba así, odiosamente inerme,
a que me echaran como pasto putrefacto a la voracidad de las larvas
inmundas!... Contaba con estupor los martillazos que daban a cada clavo... ¡era
una horrible sinfonía la de los martillazos y el llanto!... ¡Cuando se
cercioraron de que la clavazón era hermética, de que no podría escaparme para
venir por las noches a llorar mi desventura en los sitios para mí más queridos,
me alzaron en hombros y me llevaron!... ¡Y mi pobre corazón lacerado,
despedazado, triturado, venciendo en su poder de entraña, más noble que mi
cerebro quebrantado, abrió a raudales la fuente viva de mi dolor y gemí en mi
ánima con la amargura dolorosa que no ha existido jamás!... Me pusieron en un
tranvía fúnebre cuya trepidación me torturaba horrorosamente, y yo oía la vida
resonar en torno mío, la vida colmenaria de la ciudad estruendosa, ¡y una
angustia infinita se anudaba como víbora
constrictora a mi corazón pasionante y me mordía para inocularme de nuevo el
virus viperino de la rebelión!... ¡No! ¡Dios de Dios!... ¡aquello era
formidablemente injusto como es omnipotente el poder divino, y yo acusaba a
Dios de impío, y mi alma blasfema lo apostrofaba con los dicterios más
candentes, en explosión de cóleras horrendas que solamente los condenados del
Cocito pueden formidar!... La ciudad quedaba atrás con una vertiginosidad
caleidoscópica; el trayecto no fue para mí más que una ilusión de trayecto, y
con una lejana vislumbre de sensibilidad exterior, sentí cuando el carro se
detuvo definitivamente a la entrada del panteón, y que manos abominables se
apoderaban de mí, y me bajaban ¡oh... sí!, ¡me bajaban!, ¡y me conducían
atropelladamente al lugar del camposanto, del campo maldito donde estaba abierta
mi sepultura! Tormentos indecibles, torturas sin nombre me corroían corno
corrosivos hirvientes... ¿Ah!, ¿era, pues, consumado mi sacrificio?... Me
suspendieron en el aire... ¡Maldición de maldiciones!, ¡y me bajaron lentamente
hasta que caí para siempre en tierra, en el fondo de mi sepulcro!... Entonces
sentí un zumbido sordo, como de riada que desciende, en mi cráneo, en mis
sienes, en mis arterias... ¡Era la sangre, la sangre vivificadora que se precipitaba
de nuevo en mi organismo para bañarlo con su riego de vida!... En este instante
supremo, oí con terror inconcebible un ruido sonoro y siniestro sobre mi
ataúd, ¡la primera paletada de tierra!, y luego un redoble furioso que caía
cada vez más sordo... ¡Dios mío! ¡Dios de piedad!... ¡Me enterraban!... ¡Me
habían enterrado!... ¡Dios de misericordia!... Y yo respiraba
trabajosamente... Yo abría los ojos... ¡Vivo!... ¡al fin vivo!... Y la
asfixia...
(Aquí fue donde el
honorable señor Llaven consultó su reloj.)
EL ABRAZO DE AÑO NUEVO
Había
en el bogar que abrigó mi infancia, bajo cuyas alas me acogí como un polluelo
abandonado en la noche de la vida, una anciana que había sido hermosa en su
juventud, que había brillado entre la garzonía de los buenos tiempos de
Santa-Ana, y había sido cortejada por brillantes jóvenes que ahora sorbían su
rapé en las frescas mañanas de invierno, rodeados de sus nietos.
Recuerdo,
vagamente, que Rosalía, a quien nosotros llamábamos la madrina Rosa, tenía una
sonrisa de luz en sus ojos aun hermosos, y una trenza de nieve que hacía
palidecer de envidia a las muchachas.
Pero
la pobre no tenía más.... ¡ah, sí! poseía un tesoro, un amuleto sagrado que
quitaba de su corazón los pesares como un sueño bienhechor. Todos los años,
Rosa ponía su «Nacimiento»; paramentaba su portal de Belén, donde acostaba un
Niño Dios adorablemente hermoso El Niño
Dios de Rayas, que, en lejanos tiempos, había sido el patrono y el encanto
del rico mineral guanajuatense.
Era
un Dios niño esculpido maravillosamente por un artista ignorado, en una actitud
de supremo consuelo; cuando lo cogíamos en brazos, como a los niños pequeños,
su bracito ebúrneo rodeaba nuestro cuello, aprisionándonos en un abrazo que
nuestra infantil imaginación tenía por celestial. Ese Dios niño era la única
joya de la madrina Rosa, y por eso, como una prueba augusta de su cariño, todos
los días primeros del año nos llamaba, a nosotros los niños nada más, a los de
corazón puro y alma límpida, y bajando al Niño Dios de su lecho de pajas, lo
ponía en nuestros brazos, sellaba nuestra alianza con él por medio de esta
encantadora caricia y, luego, nos daba un puñado de caramelos y azucarillos,
con el orgullo de habernos hecho dichosos por todo el año....
Los
tiempos volaron, mi corazón se abrió al amor y al mal, mi espíritu se ennegreció
con la nublazón horrible de la duda, mis esperanzas tendieron el vuelo....
Y
con el alma enferma emigré a otras regiones, y perdí los últimos destellos de
amor que había salvado.
Después
de diez años torné al hogar querido y lo hallé triste, porque las pasiones
habían despertado en los corazones que yo había dejado niños.
Volví
a huir, acaso para siempre; la lucha me llamaba con gritos fatídicos y
atronadores, ¡y yo cerré mi corazón ó. las viejas afecciones y desaparecí...!
–Cuando
pases por Guanajuato, haz una visita a la madrina Rosa.
Prometí
hacerlo y, apenas llegué a la orgullosa ciudad, corrí por una callejuela de
Tepetapa, pregunté, inquirí, y con el corazón palpitante llamé a una puertecita
humilde. Entré, y en la única pieza que era alcoba y sala, hallé a Rosalía, la
garrida muchacha de los tiempos de Santa-Ana; pero, ¡en qué estado!
Sus
piernas estaban baldadas; su cabellera blanca había desaparecido casi, y sólo
era un copo de nieve sobre su cabeza venerable. Apenas se acordé de mí y,
después de platicar un poco de los tiempos que habían huido, me despedí
haciéndola un pequeño regalo Su corazón se abrió a cariños apagados y muertos,
bien se veía esto en sus ojos que brillaban de alegría, y no hallando cómo
obsequiarme, volvió los ojos y señalando un pequeño altar de Belén, me dijo
gozosamente
–¿Te
acuerdas?
Oh,
sí! Allí estaba el Niño Dios de Rayas,
en su lecho de pajas, con sus ojos pensativos y su bracito pidiendo un cuello
amigo para estrecharlo...
La
anciana se arrastró penosamente, lo bajó con su mano trémula y, haciendo que me
inclinara, lo puso en mis brazos
Entonces
sentí algo inexplicable en mi corazón; un paisaje que aparecía al volar las
brumas que se habían acumulado sobre mi alma... algo que me sacudía hasta lo
más hondo de mi ser, y me derrumbaba al golpe formidable de lo invisible...
El
paisaje de mi niñez apareció radiante y vivido y, al sentir el abrazo sagrado
que tantas veces me había dado la felicidad, una voz dulcísima arrullaba en mi
alma con arrullo de palomas:
–Tú
eras bueno y eras humilde, no eras ambicioso, ni la maldad te había manchado...
¿Por qué te has olvidado de mí?... Ya ves que siempre, en cualquier momento de
tu vida, soy tu amigo, porque mi inocencia no sabe nada de lo que me has
ofendido... tu corazón es un abrevadero de pesares, porque te ha faltado mi
abrazo de año nuevo... ¡ya ves cómo la única felicidad consiste en volver a ser
niño!...
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