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Rubén M. Campos - El dictado del muerto & El abrazo de año nuevo



EL DICTADO DEL MUERTO

Cuando entramos al pequeño recinto de las sesiones espiri­tas, algunos fanáticos esperaban con rostros de mansedumbre, rostros inclinados oblicuamente como en las figuras congrega­das de Van-Eyck en las reales tapicerías de España. Silencio­sos, mansos, vacuos, en abatimiento de grey carneril, tenían su anímula presta a desligarse del cuerpo mal alimentado con legumbres al uso de Cornaro, para dejarla pacer anchamen­te en los Campos Elíseos de la bobería. No pude reprimir mi desagrado al dominar de una ojeada el escenario e imaginar­me fugazmente la comedieta que seguiría, y saludé parsimo­nioso al honorable señor Llaven que se adelantaba hacia no­sotros místicamente afable, con la beatitud de un inquilino de Sión.
La visita procedía de mi amigo que me había tentado:
–Ven; es un caso curioso y raro: una histérica, admirable médium escribiente a quien se le acaba de morir su prometido, que desea saber las primeras impresiones del espíritu amado, en su vida ultraterrestre.
Y en verdad que los ojos fosforescentes, errantes, flameadores, de la joven enlutada que destacaba fuertemente su per­fil asceta de visionaria apocalíptica, irradiaban una fascina­ción irresistible. Colocado yo en un ángulo de sombra, pude observar sin ser observado la organización admirable de la médium para la transfiguración cataléptica, su nerviosidad excesiva, perturbada ostensiblemente por sacudimientos vi­brátiles involuntarios, su palidez marmórea y patológica, su lasitud pectoral amenazada de consunción, en tanto que Panurgo abría a su aprisco una estrecha rendija de lo incog­noscible y por ella se precipitaba, atrepellándose, la venturo­sa idiotez del buen Sancho, rediviva en aquel rebaño de san­chos auténticos.
Al oír la voz del sugestionador que la llamaba para la prue­ba suprema, la joven se estremeció como si saliera de un sue­ño, avanzó dócil, anhelante –¡por fin iba a realizar su en­sueño de comunicación con el amado!–, y en breve no fue en manos del hipnotizador sino una materia dúctil, una má­quina humana que provista de lápiz y papel escribía febril­mente, con religioso pasmo de la grey congregada, escribía con rapidez taquigráfica, hasta que el señor Llaven, consul­tando su reloj, cortó la conexión del espíritu transmisor, y por medio de tres habilísimos pases hizo abrir los ojos enloqueci­dos a la joven que, trastabillante, soñolienta aún, fue a ocupar su anterior sitio.
El señor Llaven, sin abandonar su beatífica flebilidad, iba a hacer tal vez una síntesis del escrito leyendo mentalmente, cuando a las primeras líneas lo vi palidecer y vacilar... El auditorio expectaba, y el sugestionador, haciendo un gran es­fuerzo para dominar su turbación, dijo fatigosamente:
–El espíritu evocado goza de bienaventuranzas eternas... os bendice y os exhorta al bien... pero hoy es ya tarde y en la próxima sesión os diré su voluntad... Y vos también, hija mía –añadió dirigiéndose a la joven que escuchaba tremulante–, hasta entonces oiréis su palabra... os ruego que es­peréis...
Y como todos se levantaran obedientes y se despidieran unos a otros con humildad de bienaventurados pobres de es­píritu para quienes fue hecho el reino de los cielos, increpé a mi amigo sacudiéndole un brazo:
–¿Crees que también soy del vil rebaño?... me has traído a ver un caso curioso y raro, ¡y yo quiero leer lo que hay es­crito en ese papel!
–¡Yo también quiero! –dijo él, y aprovechándose del aturdimiento del hipnotizador, se apoderó del papel olvidado sobre la papelera y huimos a un café, donde ya solos leímos esto, esto que me pavoriza aún, hoy que procuro reconstruir la espantosa revelación.

Alma:
¡Todas las torturas del infierno, todos los suplicios infa­mantes de los precitos, inventados por la locura de los hom­bres, no son comparables a la despedazante agonía que he su­frido en mi lecho de muerte y en mi sepultura maldita!... ¡Yo yacía vivo, vivo, con el infinito deseo de verte, de gozarte, de perpetuar la fiesta de mi juventud inmortalizada por tu amor!... ¡Maldición!, ¡y un médico ignorante había declarado que yo estaba bien muerto!... Mi catalepsia provocada por el ataque agudísimo de neurastenia que sufrí, había paralizado todos mis movimientos, las manifestaciones más sutiles de mi vitalidad latente en el núcleo de mi corazón, esparciendo un frío cadavérico en mis miembros rígidos... ¡pero yo oía y pen­saba, y era un tormento abominable saber los preparativos de mi entierro!... ¡Oía el llanto lamentable de los míos, el llanto de mi madre que sollozaba del fondo de sus entrañas, el llan­to de mis hermanas, cuyo amparo fui, y los gritos desgarra­dores tuyos, tus gritos de amor y delirio que me partían el co­razón!... Cuando te sujetaron por fuerza y te arrancaron de mí, oí la carcajada estridente de tu nerviosidad exasperada por el dolor, y al alejarte de mi estancia comprendí que me arran­caban la última esperanza de volver a la vida!... Mi espanto crecía desmesuradamente a cada instante que volaba... Los cuchicheos de los dolientes que acudían atraídos por el mie­do tenebroso de la muerte, me hacían sufrir pavuras indeci­bles. ¡Ah!, ¡ellos no sabían si estaban tan próximos como yo a saber lo que era la muerte!... La impotencia de hacer palpa­ble mi vida me exasperaba hasta el vértigo; mi razón se ente­nebrecía con la noche de la locura y por un prodigioso es­fuerzo volvía a la lucidez con la sarcástica ilusión de que pa­saría mi catalepsia antes de ser inhumado. ¡Dolorosa irrisión de mi anhelo febril de vivir!... ¡No parece sino que tenían pri­sa de deshacerse de mí! Apenas habían dejado la estancia mortuoria tú y mis hermanas, piadosos parientes se encarga­ron de la fúnebre tarea de vestirme para tenderme; yo lo sabía por las palabras que murmuraban en tomo mío. Después comprendí que me ponían en el ataúd angosto donde debía yacer para siempre, y me trasladaban a una pieza en cuyos án­gulos se agrupaban las plañideras encargadas de ronronear ca­mándulas por mi ánima, ¡las veladoras de oficio, aborrecibles en su apariencia de aves negras de los cadáveres!... ¡Las horas pasaban con tediosa monotonía para ellas, pero con vertigi­nosa velocidad para mí, que renegaba de la estupidez huma­na y de mi fatalidad inexorable!... Yo tenía dos amigos, médi­cos inteligentes, y anhelaba que alguno de ellos me visitara en mi lecho de muerte y que por curiosidad, ya que no por afec­to, me examinara para cerciorarse de si ya no existía; pero, o no sabían mi fallecimiento o no quisieron molestarse en con­currir. ¡El silencio del cansancio en quienes me velaban, la suspensión de las preces por el sueño de las plañideras, fue para mí más espantoso todavía que el cuchicheo; preveía el momento definitivamente fatal y un terror inconmensurable me hacía luchar inútilmente por romper mi odiosa apariencia mortal, mas la paralización invencible hacía que se estrellara mi rebeldía inútil con una impotencia mil veces cruel!... ¡Re­corría ya minuciosamente mi vida, con avidez desenfrenada, a fin de recordar qué crimen, qué monstruosidad habría co­metido para merecer aquel tremendo castigo, y no encontra­ba en mi requisitoria inflexible méritos bastantes a justificar suplicio tan horrendo!... Me llevarían, así, consciente e iner­me, los verdugos sanguinarios e irresponsables, los homicidas tenebrosos bajo la apariencia aflictiva de su máscara dolorida, ¡Dios del cielo!, ¡y me enterrarían vivo! ¿Dónde estaba, pues, aquella misericordia infinita que los hombres han pregonado en su cobardía delincuente como supremo atributo de la Di­vinidad?... Y mi impiedad se espantaba de su formidable im­precación, y caía de la cima de su soberbia a la sima insonda­ble de su miseria, y de lo más profundo de mi alma apostasiaba de mi rebelión y me prosternaba en el polvo de mi contrición demandando gracia, con ardiente fe en el prodi­gio: «¡Señor, que descienda hasta mí tu infinita misericordia! ¡Tú que resucitaste a Lázaro! ¡Tú que resucitaste al hijo de la viuda de Naim! ¡Haz, Señor, el milagro, pequeño para tu por­tentoso poder, de redimir mi apariencia mortal! ¡Auxíliame! ¡Sálvame! ¡Tú, el único Todopoderoso!»... Y mi delirio místi­co y mi deseo vehemente y mi locura de vivir para amarte ¡oh alma que has sido amada como ninguna lo fue en la tierra!, ¡se estrellaban como mi rebeldía irreductible ante la impasibi­lidad de lo irremediable! Mi rogación delirante, de amarga y dolorosa vehemencia, me abismaba en la vorágine insonda­ble que ha tragado a la humanidad durante dos milenios en la divinización del milagro; y náufrago, perdido en las entra­ñas del maelstrom, imploraba con la ceguedad de la fe, con la venda sempiterna de la esfinge; y mi festinación de creyen­te, de contrito, de piadoso, de propositario en proclamar a mi vuelta al mundo las excelencias de la Inmortal Misericordia, ¡se atropellaba en mi cerebro enloquecido ante la videncia de la tenebrosa realidad!... Cortó mi ruego sin fin un ruido de pasos que me circundaban y escuché frases que me cerciora­ron de que la hora de llevarme al cementerio había llegado... ¡Maldición!... Un terror inconcebible se apoderó de mí, quise gritar con todo mi ímpetu, quise con un esfuerzo prodigioso romper los lazos invisibles que ataban mis miembros rígidos; pero a despecho de mi voluntad, ningún músculo, ni el más noble, ni el más sensible, me obedeció, ni mi lengua vibró con la menos perceptible contracción, ni mi garganta emitió el menor aliento que no arrojaron mis pulmones fosilizados, ni mis párpados, ni mis labios, ni mis vértebras, ni los flexo­res del dorso de mis manos, ni mi tórax, que yo juzgaba jade­ante y henchido por la angustia y el espanto, ni mis flancos que en plena posesión de mi sensibilidad se hallarían palpi­tantes como los ijares de un perro fatigado, ni mis arterias que con tan tremenda sobreexcitación hubieran estallado... ¡nada, nada obedecía a mi voluntad impotente!... Si alguien me hu­biese auscultado el corazón oprimiendo su oído sobre mi pe­cho, no habría percibido sus tenuísimas palpitaciones: ¡mi pecho era la losa de mi sepulcro y sobre él habría sido impo­tente la sensibilidad de un micrófono!... ¡Me levantaron!... Lo comprendí con terror inmedible en la explosión de lamenta­ciones lacrimosas, me levantaron y colocaron mi féretro en el pavimento para que, alzada la tapa de mi ataúd, los míos me vieran por la última vez... ¡Dios tremendo! Un martillazo es­tridente, lúgubre y seco, me hizo saber que clavaban la tapa, que me aherreojaban para siempre, que me proscribían de los vivos, ¡que me condenaban para toda una eternidad a la muerte, a la putrefacción, a la nada! Me veía interiormente roído por los gusanos que holgaban en mis pústulas, que se multiplicaban en mi carne disuelta... ¡Condenación! ¡Y yo es­taba vivo, vivo, y me entregaba así, odiosamente inerme, a que me echaran como pasto putrefacto a la voracidad de las larvas inmundas!... Contaba con estupor los martillazos que daban a cada clavo... ¡era una horrible sinfonía la de los mar­tillazos y el llanto!... ¡Cuando se cercioraron de que la clava­zón era hermética, de que no podría escaparme para venir por las noches a llorar mi desventura en los sitios para mí más queridos, me alzaron en hombros y me llevaron!... ¡Y mi po­bre corazón lacerado, despedazado, triturado, venciendo en su poder de entraña, más noble que mi cerebro quebrantado, abrió a raudales la fuente viva de mi dolor y gemí en mi áni­ma con la amargura dolorosa que no ha existido jamás!... Me pusieron en un tranvía fúnebre cuya trepidación me tortura­ba horrorosamente, y yo oía la vida resonar en torno mío, la vida colmenaria de la ciudad estruendosa, ¡y una angustia infinita se anudaba como víbora constrictora a mi corazón pasionante y me mordía para inocularme de nuevo el virus viperino de la rebelión!... ¡No! ¡Dios de Dios!... ¡aquello era formidablemente injusto como es omnipotente el poder divi­no, y yo acusaba a Dios de impío, y mi alma blasfema lo apostrofaba con los dicterios más candentes, en explosión de cóleras horrendas que solamente los condenados del Cocito pueden formidar!... La ciudad quedaba atrás con una vertigi­nosidad caleidoscópica; el trayecto no fue para mí más que una ilusión de trayecto, y con una lejana vislumbre de sensi­bilidad exterior, sentí cuando el carro se detuvo definitiva­mente a la entrada del panteón, y que manos abominables se apoderaban de mí, y me bajaban ¡oh... sí!, ¡me bajaban!, ¡y me conducían atropelladamente al lugar del camposanto, del campo maldito donde estaba abierta mi sepultura! Tormentos indecibles, torturas sin nombre me corroían corno corrosivos hirvientes... ¿Ah!, ¿era, pues, consumado mi sacrificio?... Me suspendieron en el aire... ¡Maldición de maldiciones!, ¡y me bajaron lentamente hasta que caí para siempre en tierra, en el fondo de mi sepulcro!... Entonces sentí un zumbido sordo, como de riada que desciende, en mi cráneo, en mis sienes, en mis arterias... ¡Era la sangre, la sangre vivificadora que se pre­cipitaba de nuevo en mi organismo para bañarlo con su riego de vida!... En este instante supremo, oí con terror inconcebi­ble un ruido sonoro y siniestro sobre mi ataúd, ¡la primera pa­letada de tierra!, y luego un redoble furioso que caía cada vez más sordo... ¡Dios mío! ¡Dios de piedad!... ¡Me enterraban!... ¡Me habían enterrado!... ¡Dios de misericordia!... Y yo respi­raba trabajosamente... Yo abría los ojos... ¡Vivo!... ¡al fin vivo!... Y la asfixia...
(Aquí fue donde el honorable señor Llaven consultó su reloj.)



EL ABRAZO DE AÑO NUEVO

Había en el bogar que abrigó mi infancia, bajo cuyas alas me acogí como un polluelo abandonado en la noche de la vida, una anciana que había sido hermosa en su juventud, que había brillado entre la garzonía de los buenos tiempos de Santa-Ana, y había sido cortejada por brillantes jóvenes que ahora sorbían su rapé en las frescas mañanas de invierno, rodeados de sus nietos.
Recuerdo, vagamente, que Rosalía, a quien nosotros llamábamos la madrina Rosa, tenía una sonrisa de luz en sus ojos aun hermosos, y una trenza de nieve que hacía palidecer de envidia a las muchachas.
Pero la pobre no tenía más.... ¡ah, sí! poseía un tesoro, un amuleto sagrado que quitaba de su corazón los pesares como un sueño bienhechor. Todos los años, Rosa ponía su «Nacimiento»; paramentaba su portal de Belén, donde acostaba un Niño Dios adorablemente hermoso El Niño Dios de Rayas, que, en lejanos tiempos, había sido el patrono y el encanto del rico mineral guanajuatense.
Era un Dios niño esculpido maravillosamente por un artista ignorado, en una actitud de supremo consuelo; cuando lo cogíamos en brazos, como a los niños pequeños, su bracito ebúrneo rodeaba nuestro cuello, aprisionándonos en un abrazo que nuestra infantil imaginación tenía por celestial. Ese Dios niño era la única joya de la madrina Rosa, y por eso, como una prueba augusta de su cariño, todos los días primeros del año nos llamaba, a nosotros los niños nada más, a los de corazón puro y alma límpida, y bajando al Niño Dios de su lecho de pajas, lo ponía en nuestros brazos, sellaba nuestra alianza con él por medio de esta encantadora caricia y, luego, nos daba un puñado de caramelos y azucarillos, con el orgullo de habernos hecho dichosos por todo el año....
Los tiempos volaron, mi corazón se abrió al amor y al mal, mi espíritu se ennegreció con la nublazón horrible de la duda, mis esperanzas tendieron el vuelo....
Y con el alma enferma emigré a otras regiones, y perdí los últimos destellos de amor que había salvado.
Después de diez años torné al hogar querido y lo hallé triste, porque las pasiones habían despertado en los corazones que yo había dejado niños.
Volví a huir, acaso para siempre; la lucha me llamaba con gritos fatídicos y atronadores, ¡y yo cerré mi corazón ó. las viejas afecciones y desaparecí...!
–Cuando pases por Guanajuato, haz una visita a la madrina Rosa.
Prometí hacerlo y, apenas llegué a la orgullosa ciudad, corrí por una callejuela de Tepetapa, pregunté, inquirí, y con el corazón palpitante llamé a una puertecita humilde. Entré, y en la única pieza que era alcoba y sala, hallé a Rosalía, la garrida muchacha de los tiempos de Santa-Ana; pero, ¡en qué estado!
Sus piernas estaban baldadas; su cabellera blanca había desaparecido casi, y sólo era un copo de nieve sobre su cabeza venerable. Apenas se acordé de mí y, después de platicar un poco de los tiempos que habían huido, me despedí haciéndola un pequeño regalo Su corazón se abrió a cariños apagados y muertos, bien se veía esto en sus ojos que brillaban de alegría, y no hallando cómo obsequiarme, volvió los ojos y señalando un pequeño altar de Belén, me dijo gozosamente
–¿Te acuerdas?
Oh, sí! Allí estaba el Niño Dios de Rayas, en su lecho de pajas, con sus ojos pensativos y su bracito pidiendo un cuello amigo para estrecharlo...
La anciana se arrastró penosamente, lo bajó con su mano trémula y, haciendo que me inclinara, lo puso en mis brazos
Entonces sentí algo inexplicable en mi corazón; un paisaje que aparecía al volar las brumas que se habían acumulado sobre mi alma... algo que me sacudía hasta lo más hondo de mi ser, y me derrumbaba al golpe formidable de lo invisible...
El paisaje de mi niñez apareció radiante y vivido y, al sentir el abrazo sagrado que tantas veces me había dado la felicidad, una voz dulcísima arrullaba en mi alma con arrullo de palomas:
–Tú eras bueno y eras humilde, no eras ambicioso, ni la maldad te había manchado... ¿Por qué te has olvidado de mí?... Ya ves que siempre, en cualquier momento de tu vida, soy tu amigo, porque mi inocencia no sabe nada de lo que me has ofendido... tu corazón es un abrevadero de pesares, porque te ha faltado mi abrazo de año nuevo... ¡ya ves cómo la única felicidad consiste en volver a ser niño!...

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