Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Ramsey Campbell - Las manos

No pasó mucho tiempo antes de que Trent deseara haberse quedado en la sala de espera, aunque estar encallado durante dos horas en el an­dén sin bebida le había parecido el colmo. Había esperado llegar a Lon­dres a la hora en que los pubs estuvieran abriendo, pero un descarrila-miento en alguna parte le había llevado a una ciudad de la que nunca ha­bía oído hablar y a la que no podía localizar en el mapa, con sólo su ma­letín lleno de solapas de libros por compañía. ¿Eran aquéllas las colinas de Kent en la distancia, emborronadas por la amenaza de una tormen­ta? Podría habérselo preguntado al revisor, pero ya había tenido una discusión con el hombre para que le dejara salir a dar un paseo.

La ciudad no merecía la pena. No era nada más que cemento: túne­les blancos como pasos subterráneos llenos de tiendas, pasos a nivel en espiral donde una escalera habría ahorrado muchos problemas, altas paredes blancas donde incluso las pintadas parecían mejoras. Pensó en bus­car alguna librería, con la esperanza de conseguir un pedido o dos de los libros que representaba, pero ese día cerraban pronto; nada se movía en el laberinto de hormigón excepto los clones enanos en los televisores de las tiendas de electrodomésticos. Cuando encontró un pub, incrustado en una pared de cemento con sólo un deteriorado cartel de plástico para señalarlo, ya era hora de cerrar. Pronto estuvo perdido, pues aquí esta­ban otra vez los clones, una cara rosa y naranja e incluso una en blanco y negro, ¿o se trataba de otra tienda? ¿Dejaban todos los televisores co­nectados? Se preguntó si debería volver al pub para preguntar la direc­ción, y acababa de advertir, irritado, que sin duda ya habría cerrado, cuando vio la iglesia.

Al menos, el tablón de anuncios decía que lo era. Se alzaba en una plazoleta de baldosas con un anillo de hierba. Tal vez los arbotantes de cemento querían simbolizar alas, pero el edificio recordaba demasiado un bollo grande y helado flanqueado por dos cuñas de pastel, servido so­bre un plato resquebrajado. Sin embargo, la iglesia tenía la primera puerta abierta que había visto en la ciudad, y empezaba a llover. Prefe­ría buscar refugio en la iglesia en vez de entre las tiendas desiertas.

Cruzaba las baldosas, que se habían roto en oscuros manchones, cuando recordó que no entraba en una iglesia desde que era niño. Y en­tonces no se habría atrevido a entrar con solapas como las que llevaba en el maletín: las largas piernas enfundadas en medias se adentraban en la oscuridad, la cabeza del hombre explotando como un melón, el policía crucificando a una muchacha negra. No se habría atrevido a pensar en una iglesia como un lugar donde buscar refugio de la lluvia. ¿A qué se habría atrevido, por todos los cielos? Gracias a Dios, había crecido y ya no tenía miedo. Empujó la puerta con su maletín.

Mientras entraba en el porche, una monja salió de la iglesia. El por-che estaba oscuro, y resonaba con el aleteo de las noticias y los panfle­tos, de modo que apenas la miró. Tal vez por eso tuvo la impresión de que la monja estaba mascando. «La Monja Rumiante», pensó, y no pudo evitar una risita. Guardó silencio de inmediato, pues había visto la gran figura luminosa al fondo de la iglesia.

Era una vidriera. Un rayo de luz la iluminaba y parecía que la figu­ra la cogía con sus manos extendidas y ardientes. ¿Era el ángulo de la luz lo que hacía que sus dedos resplandecieran? Mientras se adentraba en el pasillo para ver mejor, los recuerdos surgieron de la oscuridad: niños arrodillados con túnicas blancas, sacerdotes distantes cantando incomprensiblemente. Una vez, cuando preguntó dónde estaba Dios, su padre le contestó, señalando el altar, que Dios vivía «allí arriba». Trent se había imaginado descorriendo las cortinas tras el altar para ver a Dios, y se había sentido aterrorizado de que Dios hubiera oído sus pen­samientos.

Sonrió para sí, se cambió el maletín de mano y empezó a recorrer el pasillo entre los bancos oscuros, cuando la figura de las manos ardientes desapareció. De repente la iglesia se tornó muy oscura, aunque era nor­mal que hubiera habido una luz en el altar. Había pensado que las igle­sias ya no significaban nada para él, pero ninguna iglesia debería estar tan fría y vacía como ésta. Desde luego, nunca antes había estado en una iglesia que oliera a polvo.

El aleteo del porche se hizo más fuerte, como una cueva llena de murciélagos... Ahora que lo pensaba, ¿no parecían rotas algunas de las hojillas? Entonces la puerta se cerró de golpe. Estaba cerca del pánico, aunque no podría decir por qué, cuando vio una débil línea vertical más allá de la oscuridad que tenía a la izquierda. Había una puerta lateral.

Cuando se introdujo en el pasillo, su maletín golpeó un banco. El ruido fue tan fuerte que le hizo pensar que la puerta estaba cerrada. Pero se abrió con facilidad. Daba a un estrecho paso subterráneo que conducía a la zona de las tiendas. Más allá vio una señal que indicaba el camino a la estación de ferrocarril.

Llegó al pasaje con tanta rapidez que ni siquiera sintió la lluvia. Sin embargo, ésta había arreciado; a lo lejos, el pavimento parecía haberse convertido en melaza, y la señal goteaba como una nariz. Señalaba una ancha carretera recta que sugería que después de todo tenía tiempo de sobra, de modo que no se echó atrás cuando la mujer con el clasificador se le plantó delante.

Sintió lástima por ella casi de inmediato. Su traje oscuro era dema­siado grande, y había algo raro en su boca: cuando hablaba sus labios se separaban demasiado.

-¿Podría, por favor...? -empezó a decir, y él dedujo que le estaba pidiendo unos pocos minutos de su tiempo-. Es un test a sus percepcio­nes. No tardará mucho.

La mujer debería abrir la boca cuando no mirara nadie. Tenía el lá­piz roído hasta la mitad, y ¿no estaban sus labios manchados de gris por dentro a causa de la mina? Sin duda, era el primer transeúnte en muchas horas; si se negaba, la mujer no encontraría a nadie. Presumi­blemente, estaba relacionado con la tienda de objetos religiosos cuya ventana se perfilaba junto a ella. Bien, esto le enseñaría a no reírse de las monjas.

-De acuerdo -dijo.

La mujer le condujo al edificio tan rápidamente que no habría tenido tiempo de cambiar de opinión. Sólo pudo seguirla a un sombrío corre­dor verde, luego a un segundo y a otro más. Una vez vio una estantería de cristal que contenía sólo unas pocas páginas amarillentas, otra vez tuvo que esquivar un armario lleno de polvo; por lo demás, no había más que puertas cerradas pintadas con el mismo tono verde prisión de las paredes. A excepción de los golpes de una puerta en alguna parte a sus espaldas, no había signo de vida. Estaba empezando a desear no ha­berse mostrado tan asequible. Sise cansaba de la prueba no podría mar­charse por las buenas; tendría que preguntar el camino.

La mujer dobló una esquina y llegaron a una puerta abierta. En el exterior la luz del sol brillaba como una alfombra de bienvenida, aunque podía oír la lluvia golpeando la ventana. La siguió a una habitación verde y se detuvo, sorprendido, pues no estaba solo después de todo; siete mujeres con clasificadores observaban a unas personas sentadas en pupitres escolares demasiado pequeños para ellos. Tal vez había un pub cerca.

Su guía se detuvo en la única mesa libre, donde había un panfleto. Entrelazó los dedos como si estuviera rezando, aunque parecían intran­quilos.

-¿Empezamos? -preguntó él.

Tal vez su expresión neutra era un defecto de nacimiento, pues su cara no había cambiado desde que la había encontrado.

-Ya lo ha hecho -contestó ella.

El se había apiadado de la mujer y ahora le había engañado. Estuvo a punto de exigir que le dijera el camino de salida, pero aquello le habría hecho sentirse como un tonto. Mientras se sentaba en el asiento vacan-te, ardía de resentimiento. Deseó estar vestido tan cómodamente como parecían estarlo todas las otras personas de la habitación.

Lo que le estaba poniendo nervioso tenía que ser la cerrazón: la ce­rrazón y no haber bebido un trago en todo el día, y haber perdido la ma­ñana con un librero que le hizo esperar una hora y luego sólo había or­denado una sola copia de dos de los libros que le ofrecía Trent. Y por supuesto su nerviosismo se debía a la sensación que sentía de que todo el mundo estaba esperando que abriera el panfleto de su pupitre, pues ¿por qué iba a ser diferente de los que estaban leyendo los otros? Irritado, abrió el panfleto y vio la imagen de violencia más sorprendente que había contemplado nunca.

La habitación se inundó de oscuridad tan rápidamente que pensó que se había desmayado. Pero era una nube que había tapado el sol: no había ninguna otra luz en la sala. Tal vez no había visto el dibujo en rea­lidad. Prefirió creer que había sido una de las cosas que veía a veces cuando bebía demasiado, yen ocasiones cuando bebía demasiado poco.

¿Por qué tardaban tanto en encender las luces? Cuando alzó la vista, la mujer del clasificador dijo:

-Acérquelo a la ventana.

Había oído hablar de grupos religiosos necesitados, pero desde lue­go se estaban pasando..., aunque no podía decir por qué sentía aún que tenían algo que ver con la religión. A pesar de sus dudas, se dirigió a la ventana, pues así podría decirles que no podía ver y utilizarlo como ex­cusa para escapar.

Fuera, apenas logró distinguir un patio oscuro con las paredes tan pegadas que no se podía ver el cielo. Tuberías de desagüe negras como babosas bajaban por las paredes, entre ventanas sucias y lo que parecía ser la puerta trasera de la librería religiosa. Pudo verse en la ventana, a él y a los otros, que habían juntado las manos como si fuera una reunión para rezar. Las figuras en los pupitres se ponían en pie, y las mujeres se acercaban a él. Cuando soltó el maletín y miró nerviosamente hacia atrás, no pudo decir si se habían movido o no.

Pero la imagen del panfleto era tan vil como le había parecido. Pasó la página, sólo para encontrar que la siguiente era aún peor. Hacían que las solapas que llevaba en su maletín parecieran artificiales y superficia­les, sólo dibujos..., pero ¿por qué sentía que debería reconocerlas? De repente lo supo: sí, el bebé muerto introducido a la fuerza en el vientre estaba en la Biblia; el hombre ensartado surgido de una pintura del in­fierno, y el hombre con una flecha clavada en el recto. Esto debía ser lo que tenía que ver, lo que se esperaba de él. Sin duda, se suponía que te­nía que pensar que todas estas cosas, de alguna manera, eran necesarias para la religión. Quizá, si así lo decía, podría marcharse..., y en cual­quier caso estaba bloqueando la tenue luz de la ventana. ¿Por qué no es­taban los otros individuos ansiosos por ponerse en pie donde estaba él? ¿Era la única persona en la sala que necesitaba luz para ver?

Aunque la lluvia en la ventana era áspera como la grava, el silencio tras él parecía más fuerte. Se dio la vuelta torpemente, derrumbando su maletín, y vio por qué. Estaba solo en la habitación.

Controló su pánico de inmediato. De modo que éste era el tipo de prueba que le tenían preparado, ¿no? Al infierno con ellos y su test...; no habría seguido a la mujer si no se hubiera sentido culpable, pero ¿por qué tenía que sentirse culpable de nada? Mientras se dirigía a la puerta, con el panfleto arrugado en una mano como recuerdo de su estupidez, miró los panfletos que había en las otras mesas. Estaban en blanco.

Tuvo que detenerse en la antesala y cerrar los ojos. El corredor esta­ba más oscuro que la habitación; allí tampoco había luz eléctrica. El edi­ficio tenía que estar aún más en desuso de lo que parecía. Tal vez el dis­trito comercial había sido construido a su alrededor. Nada de eso impor­taba, pues cuando abrió los ojos pudo ver en la penumbra, y recordaba qué camino tenía que tomar.

Giró a la derecha, y luego a la izquierda. Un corredor conducía a la oscuridad, donde tendría que haber un giro a la izquierda. El tinte ver­doso de la opresiva penumbra le hacía sentirse como si estuviera en un acuario, a excepción de los sonidos de la lluvia y el rumor de sus pasos en el suelo desnudo. Dobló por fin la esquina y entró en otra zona de os­curidad, más puertas esbozadas en las paredes sin luz, puertas que cam­biaban el sonido de sus pasos cuando pasaba, demasiadas puertas para contarlas. Aquí había un giro, y casi de inmediato tenía que haber otro..., no podía recordar en qué dirección. Si no estaba equivocado, el siguiente pasillo estaba cerca de la salida. Ahora caminaba más confia­do, pero cuando su maletín chocó con la oscuridad exhaló un grito. Ha­bía tropezado con una puerta.

No se abría. Lo mismo podría haber chocado con la pared. No pudo encontrar ni un picaporte ni un agujero. Posiblemente había girado mal en alguna parte donde había sido incapaz de ver que tenía la elección. Tal vez debería volver sobre sus pasos hasta la sala de los pupitres.

Rehízo el camino hasta el corredor que había parecido lleno de puer­tas. Deseó poder recordar cuántas puertas contenía; ahora parecía más largo. Sin duda su malestar le hacía sentirlo así. Ocho puertas, nueve, pero ¿por qué el vacío que le conferían a sus pasos le hacían sentirse va-cío también? Ya tenía que estar cerca de la esquina, y cuando girara a la izquierda la sala de los pupitres estaría justo al otro extremo del corre­dor. Sí, había un giro; pudo oír sus pasos mientras se aproximaban a la pared. Pero no era la izquierda, después de todo.

Giró a la derecha, pues era hacia allí donde conducía la penumbra, cuando recordó. Había girado a la derecha cuando salía, estaba seguro. El corredor no podía desaparecer sin más. No, pero podía estar cerra­do..., y cuando estiró la mano sintió los paneles de la puerta, y trató de abrirla con el hombro antes de rendirse.

Así que los tests no habían terminado. De eso tenía que tratarse. Por eso alguien estaba cerrándole las puertas en la oscuridad. Estaba demasiado furioso para sentir pánico. Corrió por el pasillo a mano derecha, pasando más puertas y sus ecos vacíos. Sentía la boca llena de polvo, y eso le hacía sentirse aún más furioso. Por Dios, haría que alguien le en­señara el camino de salida, aunque fuera por la fuerza.

Entonces cerró los puños (el asa de su maletín se hundió en su pal­ma, el panfleto crujió), pues había alguien delante, abriendo una puer­ta. Una débil luz grisácea surgió del umbral y reveló a Trent el brillante alzacuellos, tenso como un grillete. No le extrañaba que el sacerdote hubiera tenido problemas para abrir la puerta, pues estaba intentando quitarse un par de guantes.

-Disculpe, padre -dijo Trent-. ¿Puede decirme cómo se sale de aquí?

El sacerdote pareció no escucharle. Justo antes de que la puerta se cerrase, Trent vio que no llevaba guantes. Tenía que ser la oscuridad lo que hacía que sus manos parecieran planas y fláccidas. Un momento después, desapareció dentro de la habitación, y Trent oyó una llave gi­rando en la cerradura.

Trent llamó a la puerta bastante tímidamente hasta que recordó cómo, de niño, había tenido miedo de molestar a los sacerdotes. Llamó con todas sus fuerzas, a pesar de que le dolían los nudillos. Si había un pasillo más allá de la puerta, tal vez el cura no podía oírle. La presencia del sacerdote le hacía sentirse a la vez seguro y más furioso. Por fin, se dio la vuelta y llamó a todas las puertas.

Su furia parecía haber roto una barrera en su mente, pues podía re­cordar muchas cosas en las que no había pensado durante años. Había pasado asustado la adolescencia, cuando empezó a sospechar que no todo era verdad y había luchado por reprimir sus pensamientos por si acaso Dios los oía. Dios le había estado vigilando en todas partes; inclu­so en el cuarto de baño, como un voyeur. En todas partes se había senti­do enjaulado. Por fin, se había hartado y se había atrevido a desafiar a Dios a que le espiara mientras estaba en el baño, y fue allí donde sopesó sus sospechas, tales como (sí, lo recordaba ahora), la idea de que si el matrimonio tenía por fin santificar el sexo, la iglesia santificaba todo tipo de torturas e inhumanidad. Por supuesto, ése era el pensamiento que el panfleto casi le había hecho recordar. Tropezó, pues sus recuer­dos habían embotado sus sentidos más que la penumbra. En algún lu­gar, por delante, unas voces cantaban.

Tal vez era un himno. No podía decirlo, pues cantaban como si tu-vieran la boca llena. Tenía que ser que las paredes los ahogaban. Mien­tras avanzaba por la penumbra verdosa, intentó no hacer ruido. Pensó que podía ver el tenue resplandor de la puerta, más brillante que las pa-redes, pero tuvo que alargar la mano y tocarla antes de asegurarse. ¿Por qué demonios dudaba? Golpeó la puerta, más fuerte de lo que había pretendido, y las voces guardaron silencio de inmediato.

Esperó que alguien se acercara a la puerta, pero no escuchó nada. ¿Estaban de pie, mirándole inmóviles, o uno de ellos se arrastraba hacia la puerta? Tal vez lo hacían todos. De repente la oscuridad pareció mu­cho mayor, y se dio plena cuenta de que no tenía ni idea de dónde esta­ba. Ellos tenían que saber que se encontraba solo en la oscuridad. Se sintió como un niño, excepto que en una situación como ésta, de niño habría podido despertarse.

Por Dios, no podían asustarle, ya no. Claro que le temblaban las ma­nos (podía oír las cubiertas rozando en su maletín), pero de ira, no de miedo. La gente de la habitación tenía que estar esperando que se mar­chara para continuar con su himno, esperando que él, el no creyente, se sumergiera en la oscuridad, rechinando los dientes. No podrían desha­cerse de él tan fácilmente. Tal vez según sus estándares estaba malgas­tando su vida bebiendo..., pero por Dios, hacía menos daño que mucha gente religiosa que había conocido. Estaba satisfecho con su vida, eso era lo importante. Había querido escribir libros, pero aunque había descubierto que no podía hacerlo, se había demostrado que no todo en los libros era cierto. Al menos vender libros le había dado una falta de res-peto hacia ellos, y tal vez eso era lo que necesitaba.

Se rió intranquilo, un débil ruido en la oscuridad. ¿De dónde venían todos estos pensamientos? Era como la vieja historia de que uno veía pasar toda la vida en el momento de la muerte, como si alguien pudiera saberlo. Necesitaba un trago, por eso sus pensamientos se habían vuelto incontrolables. Ya había esperado suficiente. Agarró el picaporte y tra­tó de empujar la puerta, pero no sirvió de nada; la puerta no cedió.

Debería estar buscando el camino de salida, no perdiendo el tiempo aquí. Por eso echó a correr, no porque tuviera miedo de que alguien pudiera abrir la puerta. Tiraba de los picaportes mientras los pasaba, aun-que apenas podía ver las puertas. Tal vez la tormenta arreciaba, aunque no podía oír la lluvia, porque ahora podía ver menos que unos minutos antes. La oscuridad era tan suave y caliente, como de sueño, que casi podía imaginar que era otra vez un niño y estaba tumbado en la cama en ese momento en que la oscuridad de la habitación se fundía con la oscu­ridad del sueño..., pero era peligroso imaginar eso, aunque no podía pensar por qué. En cualquier caso, esto no era ningún sueño, estaba cla­ro, pues la siguiente puerta que intentó se abrió desafiante contra la pared de la habitación.

Tardó un rato en dar un paso, pues tenía miedo de despertar a las fi­guras que estaban agrupadas al otro extremo de la habitación. Cuando sus ojos se ajustaron a la escasa luz que se filtraba por una sucia clarabo­ya, vio que las formas eran demasiado planas y enmarañadas para ser personas. Por supuesto, no eran más que un montón de ropas viejas..., pero ¿por qué se agitaban? Mientras daba involuntariamente un paso atrás, una rata salió corriendo, arrastrando un largo objeto marrón que parecía ser una cuerda. Antes de que la rata desapareciera bajo las ta­blas del suelo, Trent salió de la habitación y cerró la puerta con toda la rapidez que pudo.

Se quedó de pie en la oscuridad, jadeando. Fuera lo que fuese lo que había visto, no tenía nada que ver con él. Tal vez las mangas de las ropas estaban atadas, pero si lo estaban, ¿qué significaba? En cuanto escapara podría empezar a pensar...; tenía miedo de hacerlo ahora. Si se dejaba llevar por el pánico no se atrevería a probar con las puertas.

Tenía que seguir intentando. Una de ellas podría permitirle escapar. Podría oír el corredor externo si aún estaba lloviendo. Se obligó a avan­zar de puntillas. Podía distinguir las puertas sólo por el contacto, y gira­ba los pomos tímidamente, a pesar de que aquello le retrasaba. Cuando una de las puertas cedió una pulgada, no estaba preparado. Por la forma en que encogió la mano, se preguntó si podría abrirla.

Naturalmente tenía que hacerlo, y lo hizo por fin, tan sigilosamente como fue posible. No fue lo suficientemente sigiloso, pues, cuando se asomó, las figuras que había ante la mesa se volvieron hacia él. Tal vez se habían incorporado para comer, porque la habitación estaba muy os-cura, y tal vez era la oscuridad lo que hacía que el gran trozo de carne pareciera moverse, pero ¿por qué comían con tan poca luz? Antes de que pudiera ajustar su visión, abandonaron la mesa de inmediato y se di-rigieron hacia él.

Cerró la puerta de golpe y corrió a ciegas por el corredor, agarrándo­se a los pomos. ¿Qué había visto exactamente? Estaban comiendo con las manos desnudas, pero de alguna manera el único pensamiento que pudo formar era una especie de enfermiza gratitud por no haber podido ver sus caras. La penumbra era ahora virtualmente negrura, y el eco de sus pasos no dejaba oír ningún otro sonido. Las puertas parecían más y más distanciadas, puertas cerradas separadas por minutos de tropezo­nes en la oscuridad. Tres puertas, cuatro, y la quinta se abrió tan fácilmente que estuvo a punto de caer en la bodega.

Si hubiera estado más oscuro, habría podido darse la vuelta antes de ver lo que estaba chillando. Miró, desesperado por cerrar la puerta pero impulsado a intentar distinguir la fuente del débil sonido, y distinguió las sombras de cuatro figuras que se mantenían separadas. Ahora se separaban aún más, sin soltar lo que agarraban: la figura alargada de un hombre al que tiraban de los miembros en cuatro direcciones. Tiene que ser un muñeco, pensó, tenía que ser una gotera que sonaba. Pero la figura no estaba sólo chillando, estaba sollozando.

Trent huyó, pues el lugar no era una bodega. Era una vasta oscuri­dad en cuya distancia había empezado a distinguir cosas peores. Deseó poder creer que estaba soñando, como solía pasar en los libros, pero no sólo sabía que no estaba soñando, sino que temía pensar que lo hacía. Había tenido pesadillas como ésta cuando era joven, cuando temía per­der su última oportunidad. Había rechazado la verdad, y por eso ahora sólo podía dirigirse al infierno. Aunque no creyera, el infierno le atraparía, quizá por no creer. Le había llevado mucho tiempo convencerse de que, puesto que no creía, el infierno no podría hacerse con él. Tal vez nunca se había llegado a convencer del todo.

Consiguió reprimir sus pensamientos, pero éstos le habían desorien­tado. Aunque se obligó a detenerse y escuchar, no estaba convencido de dónde se hallaba. Tuvo que tocar la fría pared lisa antes de que los soni­dos se le hicieran presentes: pisadas, pisadas de varias personas reptan-do tras él.

No tuvo tiempo de determinar qué tenían las pisadas de malo, pues había otro sonido ante él: el sonido de la lluvia golpeando el cristal. Em­pezó a correr, tanteando los pomos de las puertas mientras los alcanza­ba. La primera puerta estaba cerrada, y también la segunda. La lluvia seguía estando por delante, en algún lugar de la oscuridad. ¿O estaba ahora tras él, con sus perseguidores? Sacudió el siguiente picaporte y estuvo a punto de caer en el suelo de la habitación.

Tenía que continuar, pues había una puerta al otro extremo, una puerta tras la cual podía oír la lluvia. No importaba que la habitación oliera como una carnicería. No tenía que mirar los objetos rotos que es­taban esparcidos por todo el suelo, podía esquivarlos, a pesar de que co­rría el peligro de resbalar entre las tablas mojadas. Contuvo la respira­ción hasta que alcanzó la puerta, y casi pudo sentir ya cómo el aire esta­llaría de su boca cuando escapara. Pero la puerta estaba cerrada, y la que conducía al corredor estaba llena de perseguidores que entraban si­lenciosamente en la habitación.

Estaba a punto de derrumbarse (dentro de un momento tendría que ver las cosas que había por el suelo), cuando advirtió que había una ven­tana, tan sucia que la había tomado por una zona más pálida de la pared. Aunque no podía ver qué había detrás, rompió el cristal con su ma­letín y se encaramó a ella.

Aterrizó en un estrecho patio. Altas paredes surcadas por tuberías de desagüe se cerraban por todas partes. Frente a él había una puerta con un panel de cristal, tras la cual pudo ver montones de libros religio­sos. Era la puerta trasera de la librería que había advertido antes.

Oyó un cristal rechinando en el marco de la ventana, y no se atrevió a mirar. Aunque el patio sólo tenía unos pocos metros de longitud, pa­recía que nunca alcanzaría la puerta. La lluvia le cegaba. Rezaba incoherentemente: sí, creía, creía en cualquier cosa que pudiera salvarle, cualquier cosa que pudiera oír. El panfleto estaba aún arrugado en la mano que alzó para empujar la puerta. Sí, pensó desesperadamente, creía también en esas cosas, si tenían que existir para que pudiera sal­varse.

Estaba golpeando la puerta con el maletín mientras probaba con el pomo..., pero el pomo giró fácilmente y le dejó entrar. Cerró la puerta tras él y deseó que eso fuera suficiente. ¿Por qué no había llave? Tal vez había algo que valiera igualmente..., las cajas de cartón de los libros api­lados en el corredor que conducía a la tienda.

En cuanto pasó junto a ellas empezó a hacerlas caer. Había derrum­bado tres cajas, creando una barrera que parecía sorprendentemente in-franqueable, cuando se detuvo, sintiéndose a la vez culpable y aliviado. Alguien se movía en el interior de la tienda.
Salió al pasillo, apartando el polvo que había levantado con las cajas, antes de darse cuenta de que no sabía qué decir. ¿Podía pedir refugio simplemente? Tal vez, pues la mujer de la tienda era una monja. Com­probaba la puerta de la calle, que estaba cerrada, gracias a Dios. La os­curidad hacía que las ventanas y los artículos de la tienda parecieran cubiertos de polvo. Tal vez debería empezar pidiéndole que encendie­ra la luz.

Avanzaba hacia ella cuando tocó una estantería, y advirtió que el de-pósito gris era polvo, después de todo. Se detuvo cuando ella se volvió hacia él. Era la monja que había visto en la iglesia, pero ahora tenía la boca manchada de lápiz de labios escarlata... excepto que, mientras avanzaba hacia él, advirtió que no era barra de labios en absoluto. Oyó que la barricada cedía mientras ella se quitaba los guantes de color carne tirando de las uñas.

-Has fallado -dijo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.