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Oscar Camarero - Una sombra en la noche


            Nunca olvidaría la cara de crispación, dolor e ira del mago cuando escapó con la joya entre sus manos. Alzó las manos al cielo y prorrumpió antiguos conjuros entre gritos y maldiciones, y a Malthus le pareció que en aquel momento el mago abandonaba su alma humana fundiéndose con un poder oscuro y maligno. Sin embargo pudo escapar con vida del castillo deslizándose por una cuerda que previamente había preparado para su huida.
            Hacia de ello veinte minutos y las sombras del bosque formaban retorcidas y alargadas formas con la luz de la luna llena y Malthus oía su jadeante respiración a cada zancada que daba mientras la espada que colgaba a su costado le golpeaba la pierna con furiosa insistencia. Llevaba corriendo desde que dejara el castillo como si todas las huestes del infierno corrieran tras él; y es que en lo más profundo de su ser sentía la amenaza de algo maligno tras sus pasos. Varias veces se había girado desenvainando su espada para hacer frente a una amenaza inexistente. Pero por más que se detuviera o mirara sobre sus hombros, Malthus tan sólo veía las oscuras sombras del bosque rodeándole por doquier. Tan confuso y aterrado estaba que incluso en una ocasión le llegó a parecer que las sombras desaparecían y que la oscuridad lo cubría todo. Miró rápidamente a la luna llena y su brillo le bañó las pupilas que volvieron a ver las siniestras y espectrales formas del bosque. Luego se volvió y siguió corriendo sintiendo estallar sus piernas por el esfuerzo hasta llegar a un claro que se abría en medio del bosque y se detuvo justo en su centro, escudriñando las sombras con su mirada. Notaba la fuerza de su sangre recorriendo su cuerpo, golpeando su corazón y su frente con el frenesí del miedo.
            Se arrodilló para recuperar el resuello y por un momento observó su silueta recortándose sobre el suelo. Pero al instante, y como ya le ocurriera en la arboleda, la sombra desapareció y la oscuridad cubrió la noche con su manto. Se giró sobre si mismo y miró al cielo, y esta vez pudo ver, recortándose sobre la luna, una enorme figura alada. Distinguió la figura de un enorme murciélago planeando sobre él, y se alzó al tiempo que desenvainaba su espada. Casi al instante la bestia se abalanzó sobre él en un vertiginoso picado. A poca distancia del suelo el animal elevó el vuelo golpeándole con sus patas traseras y Malthus cayó, tapando con su mano libre la sangre que brotaba de los cortes que le cruzaban el pecho. Miró arriba y vio como su atacante tomaba altura y  pensó entonces que si aquel no era más que un hermano mayor de los murciélagos que conocía, su capacidad de ver seria igualmente limitada. Ante la incapacidad de luchar directamente contra tamaña amenaza se tiró al suelo intentando confundirse con el terreno y hacerse invisible para el murciélago. Ya arriba, el enorme animal realizó una serie de planeos para localizar a su presa, que resultaron ineficaces. Después se lanzó en picado hacia el claro repetidas veces para ver si el miedo le hacia huir y le indicaba su posición, pero Malthus permanecía inmóvil. Aun así, sabia que si la bestia no desistía, tarde o temprano las garras del murciélago le despedazarían,
así que cogió una piedra del suelo con cuidado de no ser descubierto y cuando la bestia se hallaba haciendo uno de sus picados la lanzó al aire. El animal realizó un giro brusco en dirección a ella, ofreciendo su vientre descubierto al alcance de su espada. Malthus hundió profundamente el acero en la fofa carne y el murciélago emitió un chillido tan agudo que pensó que le desgarraba los oídos. Se tapó las orejas con ambas manos mientras aquella criatura se elevaba  con gran dolor con su espada clavada en el vientre, pero al poco, la bestia planeaba de nuevo en las alturas, ocultando intermitentemente la luz de la luna llena. Malthus permanecía en el suelo temeroso de moverse y sabiendo que en cualquier momento el enorme murciélago reanudaría su ataque. Ante esta situación y aprovechando que la bestia se hallaba en las alturas, intentó una acción desesperada. Se levantó del suelo y empezó a correr hacia la arboleda más próxima a tanta velocidad como le permitían sus cansadas piernas. Desde el cielo se oyó un chillido aterrador y Malthus pudo ver que la bestia se abalanzaba sobre él. Esta visión renovó sus fuerzas pero pronto se dio cuenta que no seria suficiente: la velocidad del animal era muy superior. Entonces se le ocurrió algo. Cuando se hallaba a pocos metros del linde del bosque tomó entre sus dedos la joya que le arrebatara al mago y gritó:
            -¡Toma sicario, esto es lo que andas buscando!- Y dicho esto la lanzó hacia la fronda de los árboles.
            Los ojos del murciélago brillaron como si por un instante pudieran ver  y se lanzó raudo hacia la joya cayendo por segunda vez en la misma trampa, y chocando con gran fuerza contra los árboles.
            Un estrépito de madera partida llenó la noche, pero un sonido aún más fuerte la estremeció. Fue el ruido que las vértebras del cuello del animal hicieron al golpear la barrera natural. Con un crujido de madera y huesos se desplomaron sobre la tierra el murciélago y algunas ramas, y tan rápido como lo fue la embestida lo fue la quietud. El polvo se elevó sobre los restos del choque formando una nube seca de penumbra, y Malthus vio a través de ella el vientre del animal y su espada clavada y la cogió y guardó en su vaina mientras observaba la criatura descomunal que yacía a sus pies. Pensó en el brillo de sus ojos cuando vio la joya y en la persona que le mandara por ella y supo que no podría vivir tranquilo hasta que el brujo estuviera muerto, así que desandó sus pasos en dirección al castillo.

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