Arno iba a penetrar en la gran sala común cuando parpadearon las luces.
Uno... dos. Uno... dos. Esto significaba que unas naves aterrizaban en el
helado campo exterior. Y las naves sólo podían significar, a su vez, una sola
cosa. La escuadrilla de Ralph había regresado.
Se detuvo frente al pasaje por donde la multitud salía, procedente de los
dormitorios, los talleres y las cocinas. Todo se paralizaba al parpadear
aquellas luces, excepto los incesantes martillazos de la sala en la cual los
rebeldes construían la inmensa nave. Amo se quedó contemplando a los hombres
que habían dicho No, a las erguidas mujeres, con niños en
brazos, a los viejos y los mutilados.
"¡Ellos han cambiado mi mundo!", pensó Arno.
El odio que se asomó por un momento a sus pupilas, dio una calidad marmórea
a sus acusadas y hermosas facciones. Aquella gente, que se precipitaba al
salón, para esperar anhelante la llegada de las naves y las noticias de la
batalla..., todos formaban una completa disonancia con su mundo ordenado y bien
dirigido con su perenne inquietud, sus herejías, paganas, sus sempiternos
alborotos.
Se sintió feliz porque, gracias a él, ahora de pie en la sombra, el Estado
organizaría a su conveniencia el destino de todos ellos.
Marika salió del taller, con el sudor y la suciedad de la oscura labor en
sus brazos y piernas desnudos. Arno observó con marcado desdén sus anchas
espaldas, su frente clara y despejada, sus autoritarios ojos. Las mujeres de
aquellos rebeldes incorregibles le ofendían más aún que los hombres. Pero, Marika,
ataviada con su simple vestido de piel, y su leonina cabellera cayéndole sobre
los hombros...
Arno se odió a sí mismo por verse obligado a controlar hasta el más leve
impulso hacia Marika. No debía sentir nada por ella. Y no obstante...
—¡Han regresado, Arno! —le gritó ella—. ¡Ralph ha vuelto!
Le cogió del brazo, y ambos se abrieron paso hacia la gran puerta. El
espía, con la máscara de la amistad sobre su semblante, no pudo impedir una
pregunta que le obsesionaba:
—¿Te importaría mucho que Ralph no regresase?
—¡Como ninguna otra cosa de este mundo! —fue la respuesta de Marika—. Pero
esta vez ha vuelto. Si alguna vez le sucede algo, lo sabré.
Arno ignoraba cómo, y sacudió la cabeza mentalmente por enésima vez.
Aceptaba el mecanismo de las bárbaras relaciones entre hombres y mujeres, pero
no lo comprendía. Aunque sólo tenía veinticinco años, había dado al Estado tres
hijos y una hija, y no podía concebir que las asignadas parejas experimentasen
hacia Arno lo que él no sentía por ellas. Si su vida se apagara, no cambiaría
el curso de las suyas. El único deber de una mujer era cuidar de los hijos y la
vivienda, cuando el Estado la consideraba capacitada para esta tarea.
El salón estaba ahora lleno, agrupando a siete mil personas silenciosas. El
distante fragor de la sala donde construían la misteriosa nave llegaba
sumamente apagado.
Arno podía seguir el curso de las operaciones en el exterior con la misma
claridad que si las estuviese viendo: las naves llegadas una tras otra, del
espacio en tinieblas, aterrizando en el helado aeropuerto sin aire, y luego
remolcadas hacia la protección del hangar secreto.
Arno sabía perfectamente que las naves del Tri-Estado, que registraban el
sistema solar, con el intento de destruir el último refugio de la anarquía,
habían pasado por alto a los salvajes troyanos y las estructuras que les
albergaban.
Una joven esbelta y morena, con un niño en brazos, se acercó a Marika, y
Arno, en tanto le sonreía con amistad, le saludó:
—Hola, Laura —se sorprendió ante la prodigalidad de los rebeldes.
Animosamente, apoyaban, mantenían y amaban & personas
incapaces de realizar ninguna tarea, mujeres como Laura, hombres mutilados y
otros sujetos indeseables, obstáculos que habrían debido ser eliminados.
—Estoy asustada, Marika —gimió Laura—. Siempre estoy asustada, temiendo por
Karl... Ha vuelto, ¿verdad Marika?
—¡Claro que sí! —Marika pasó su brazo por la cintura de la joven—. Escucha.
Ahora ataren.
La multitud se precipitó hacia delante. Las puertas dobles se abrieron de
par en par. Allí, en el umbral, se hallaba Ralph seguido de sus hombres.
Ralph, el caudillo de los rebeldes, no era alto ni bien parecido, ni
siquiera de constitución robusta. Pero cuando alguien le miraba, se sentía
irremediablemente atraído por la fascinación que emanaba de él, por el
vigor, por la fortaleza que se desprendía de toda su persona, por el brillo
de sus ojos azules, por la vibración de su voz, por la sonrisa cínica de su
boca. Su personalidad no podía olvidarse.
Ralph, no sonreía en aquel momento. Y la multitud comprendió al instante
que algo había salido mal. Ralph estaba pálido, agotado, sin afeitar. Arno
sintió el latido de excitación de sus sienes. Sabía lo que iba a ocurrir.
En el salón estalló una oleada de clamores, de preguntas, de nombres. Ralph
levantó una mano y el clamor se extinguió.
—¡Hemos perdido tres naves! —anunció quedamente, si bien su voz llegó a
todos los rincones—. Las de Vern, Parlo y Karl. El ataque ha sido un fracaso.
Hubo un momento de angustioso silencio. Arno observó la mortal palidez del
rostro de Laura, y cómo Marika dejaba caer súbitamente el brazo con que rodeaba
a la joven. Una mujer sollozó y un niño se puso a gimotear.
Un hombre, uno de los científicos rebeldes, vociferó entonces:
—¡Maldición, Ralph, es ya la tercera vez! ¡Si queremos continuar la
resistencia necesitamos provisiones, equipo, material!
—Lo conseguiremos —replicó Ralph. En su mirada se leía una profunda
obstinación—. Por ahora, tendremos que resistir con lo que tenemos. Pero
volveremos a intentarlo.
Se volvió hacia Marika, mientras sus hombres se mezclaban con la multitud.
—Pobre niña... —murmuró, mirando a Laura—. ¡Y ojalá hubiese sido yo!
—¡No! —exclamó Marika—. ¡Tú no! ¡Tú jamás!... ¡Siempre sería demasiado
pronto!
Le besó con una fiebre extraña y amarga.
Ralph sonrió.
—El luto te sentaría bien —replicó en son de burla—. ¿No quieres ser la
viuda de un héroe? —y le devolvió el beso.
El hijo de Laura estaba llorando. Ralph lo cogió, para confiarlo a Marika,
y acto seguido tomó del brazo a Laura.
—Vamos, tengo hambre —concluyó Ralph— y he de afeitarme. ¿Quieres llamar a
Frane y al padre Berrens, Arno?
—Sí, Ralph.
La máscara de Arno resplandecía de triunfo. Ralph había perdido tres naves.
Treinta hombres en total..., hombres y naves que necesitaba en grado sumo.
¡Estúpidos, pensar que podían enfrentarse con el Estado! La cicatriz de su
frente, colocada allí por los hábiles cirujanos del Tri-Estado, enrojeció con
el flujo de sangre a su cerebro, y Arno se llevó una mano a la cabeza, para
ocultarla, por temor a que le traicionase. Aquella cicatriz impedía que lo
destinasen a un puesto de combate, pudiendo de este modo permanecer en la base,
donde era más fácil obtener y pasar información.
Antes de avisar a los individuos que, junto con Ralph, regían los destinos
de la base de Troya, y por tanto todo el Sistema de los rebeldes, Arno se
retiró a su morada. Oculto en la gruesa hebilla de su cinto había un diminuto,
pero potente transmisor, que operaba con una longitud de onda variable
automáticamente cada cuatro segundos. Sólo el receptor del Protector, en la
Tierra, podía sintonizarla.
Arno dio su clave de llamada y esperó la llegada de la voz fría, precisa e
impersonal del Protector del Pueblo, caudillo de todas las actividades
antirrevolucionarias del Tri-Estado.
—Hay mucho alboroto por el fracaso del ataque —notificó entonces—.
Necesitan provisiones de metal para las reparaciones y combustible. Ahora estoy
más próximo a su centro de actividades; Ralph y Marika, en . particular, son
amigos míos. Transmitiré la información que vaya obteniendo.
—¿Todavía no has descubierto el secreto de la nave que están construyendo?
—No. Lo guardan con mucho sigilo.
—¿Ni la situación de su cuartel general planetario?
—No.
—Estos puntos son muy importantes. La destrucción de los anarquistas debe
de ser completa, hasta el último hombre —la voz del Protector se alteró hasta
un leve toque de emoción—. Tú gozas de una posición privilegiada. El Estado se
vería dificultado, en estas circunstancias, para remplazarte. Recuerda tu
deber, tu fe, y ten cautela. No debes fracasar.
El contacto quedó interrumpido con un chasquido, y Arno tuvo conciencia de
un pequeño escalofrío de inquietud. Era extraño que durante aquellos ocho meses
no lo hubiera advertido. Acostumbrado desde la cuna a considerarse como simple
pieza más o menos eficiente de una máquina, remplazable en cualquier momento,
no comprendió hasta qué punto había cambiado su condición. Sintió vértigo
durante un instante, como si el duro suelo en el que se asentaba hubiese cedido
de repente.
Después se recobró. No fracasaría. El Estado le había clasificado como
Cerebro Tipo 1-4-c, el mejor adaptado a esta clase de trabajo. El Estado le
había proporcionado una formación y un destino. No podía fracasar. Lo único que
debía hacer era cumplir las órdenes.
Veinte minutos más tarde se hallaba en el cubículo que servía de hogar a
Ralph y Marika. Prane, el jefe del grupo científico, estaba sentado en una
butaca de metal, procedente de una nave destruida; era un individuo de cabellos
grises, y aspecto fatigado. Berrens, el jefe civil, ocupaba la mesa. Era un
sacerdote de la religión pagana, y en torno a la garganta lucía un pedazo de
paño como insignia de su cargo. Su delgado cuerpo mostraba las señales de la
mala alimentación colectiva, pero su mentón y sus ojos eran obstinados, y tenía
la boca torcida en una sonrisa que jamás se borraba. Ralph, con su habitual
nerviosismo, recorría la estancia, chupando afanosamente su estropeada pipa.
Arno se acomodó junto con Marika en los restos de un desvencijado sofá. La
joven había cambiado la túnica de piel del trabajo por un remendado vestido, de
color escarlata, que ofendía la vista de Arno, aunque despertaba en él una
desconocida sensación. De vez en cuando, sus miradas se encontraban durante una
fracción de segundo. Era aquella joven tan distinta de las mujeres incoloras de
anchas caderas de su mundo... Arno intuía en ella feminidad y fortaleza,
patentes en todas las líneas de su cuerpo.
La joven no apartaba casi nunca la mirada de Ralph. ¿No era muy extraño que
una mujer mirase de tal modo a su marido?
Ralph, de pronto, dio media vuelta.
—Lo siento, Arno. Consejo de Guerra. Ven luego a cenar con nosotros.
—De acuerdo —Arno sonrió y se puso de pie.
Marika le imitó.
—Saldré contigo. Estoy preocupada por Laura.
La puerta se cerró a sus espaldas, impidiéndoles escuchar el Consejo. Arno
sintió furor por un momento. Si al menos consiguiera enterarse de los puntos
importantes, en vez de los detalles que descubría gracias a alguna observación
casual de Marika...
La mujer suspiró y se echó hacia atrás la atezada cabellera con sus manos
encallecidas por el trabajo.
—¡Era tan maravilloso en los viejos tiempos! ¡Vivir en casas auténticas,
andar sobre tierra con la luz del sol y con aire para respirar! ¡Poseer bellos
vestidos y medias de nylon, y hacer algo más que trabajar, sentir la angustia,
jugarse la vida cada mañana!
Su vehemencia le sobresaltó.
—Pero, Marika...
—Hace dos mil años. ¿Por qué no pude nacer dos mil años antes?
Aquello aturdió a Arno. ¿Cómo era posible que Marika considerase el siglo
xx como la época anterior a las tinieblas, cuando él creía lo contrario? En el
siglo xxi, los últimos rebeldes de la Tierra huyeron a Venus, desde allí a
Marte, y más adelante al asteroide donde ahora se ocultaban. La fuerza del
Estado de la Tierra los había acosado, perseguido por sus herejías, sus
anarquías, su malvado individualismo.
Ahora reinaban la paz y el sistema por todas partes, excepto en algunos
ignorados rincones de los planetas y en aquel diminuto asteroide, que, gracias
a él, el Tri-Estado pronto destruiría.
—¿Qué sensación producirá —continuó Marika—, el estar bien alimentado, bien
vestido, y poder besar al marido, cuando se marche, sabiendo que volverá?
Le tembló la boca y había lágrimas en sus pupilas. El corazón le dio un
vuelvo al desconcertado Arno. Pero se rehizo con firmeza.
—¿Qué hará Ralph ahora?
—¡Luchar! —repuso Marika con decisión—. ¡Saldrá de nuevo, una y otra vez
hasta que muera, como Karl! —calló y miró a Arno, casi con desafío bajo la
débil luz de radio—. Me gustaría llorar, Arno. Me estoy conteniendo, pero ya no
puedo más. Se trata de una batalla perdida. Y Ralph no tardará en morir. Como
todos nosotros. ¡Y ya no puedo sentirme valerosa!
De repente se echó a llorar tapándose el rostro con las manos apoyadas en
el hombro del espía. A su pesar, éste sintió como un chasquido en la armadura
que rodeaba su cerebro, y vio al asteroide tal como era: una tumba de
esperanzas muertas, de gloria fenecida, de vida inerte. ¿Por qué luchaban, si
lo sabían?
Rodeó a Marika por la cintura. No recordaba haberlo hecho nunca. La joven
era como un animal, cálido y lleno de vitalidad.
Arno apartó las manos con súbito temor. Era como si retrocediese al borde
del abismo, al borde de lo ignoto. Calló mientras ella dejaba correr libremente
las lágrimas, hasta que recobró el dominio de sí misma y se apartó de él. A
Arno le dolían los dedos que la habían acariciado.
Marika se llevó las manos a sus enrojecidos ojos y lanzó un juramento.
—¡Maldita sea por comportarme como una estúpida! Pero ahora me siento
mejor. Creo que una mujer tiene que llorar de vez en cuando, aunque sea de
forma mecánica. Pero no se lo digas a Ralph... Gracias, Arno.
La vio desaparecer por el corredor, en busca de Laura. Su vestido rojo
resplandecía en la penumbra, al igual que su dorada cabellera. Arno trató de
pensar en el Consejo, en su deber. Pero su mirada continuó siguiendo a Marika.
Al otro lado de la puerta cerrada, Ralph continuaba paseando
incansablemente, envuelto en una nube de humo.
—Algo va mal —decidió—. Con esta nueva pintura invisible teníamos que estar
a salvo, ya que las naves no son magnéticas. Pero nos acorralaron, como si
conociesen nuestra presencia allí.
Ambos individuos le miraron agudamente.
—¿Sabes lo que estás insinuando?
—¡Lo sé! —Ralph se apartó el cabello de la frente con nerviosos dedos—. Es
increíble que uno de los nuestros... No, el Tri-Estado puede haber enviado un
espía.
—Una posibilidad. Remota, pero una posibilidad —el padre Berrens meneó la
cabeza con desconsuelo.
—Si hay un espía —afirmó Prane—, tenemos que descubrirlo rápidamente.
Necesitamos provisiones.
—¿Cuánto tiempo podemos resistir sin ellas, Prane?
—Tres semanas, quizá un día o dos más. Pero no más tiempo.
—¡Dios mío! —el huesudo rostro de Ralph se tensó. Aquello era un golpe para
su corazón—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Estás haciendo cuanto puedes —le contestó el padre Berrens—, y no
queríamos angustiarte más.
—¡Tres semanas! ¿Tan cerca estamos del fin? ¡Pelear dos mil años y
ahora...! ¡Tres semanas!
Berrens esbozó una sonrisa.
—Conseguirás el triunfo en el próximo ataque!
—¿Y si no es así? ¡Si no es así...! —Ralph volvió a su paseo, cansinamente,
con una sensación de futilidad en su interior. La habitación permaneció unos
instantes en silencio. Por fin, Ralph volvió a hablar—: La nave, Prane. Tiene
que estar dispuesta en diez días.
Frane asintió.
—Triplicaré los turnos. Tenemos que poner el metal en la cúpula.
—Lo que sea, mientras podamos seguir respirando. ¡La nave tiene que estar
lista dentro de diez días!
—Tal vez —opinó Prane, sombríamente—, sería mejor convocar a los nuestros
de las bases planetarias, sin aguardar.
—No. Este Sistema Solar nos pertenece. ¡Y no pienso rendirme sin luchar!
—Pero has combatido ya tanto, Ralph... —la voz del padre Berrens sonó
infinitamente fatigada—. El Tri-Estado tiene veinte siglos de experiencia en su
favor. Y es difícil romper esta barrera. Los suyos poseen
casas y alimentos. Cuando el estómago de un hombre está lleno es difícil
destruirle, aunque no posea cerebro ni alma.
—De acuerdo. ¡Pero, maldición...! —Ralph se detuvo, mientras sus pupilas
recorrían el cuarto—. ¡Tenemos que continuar! Su maquinaría se detendrá por su
propio impulso. Han perdido ya a sus mejores cerebros. Empiezan a estancarse, y
el estancamiento significa regresión. Sin su ciencia no habrían podido resistir
estos dos mil años. Ni dos siglos. Y ahora empieza a fallarles la ciencia.
Durante los últimos noventa años no han producido nada nuevo.
—Si pudiéramos resistir un poco más...
Frane apretó los labios.
—No es posible luchar sin hombres ni armas.
—¡Sí, con los hombres que nos queden! Yo conseguiré el metal que
necesitamos. Concededme cuatro horas de sueño, y volveré a salir. ¡Esta vez
atacaremos Titán!
—¡Titán! ¡Estás loco, Ralph! Es el centro minero más poderoso del Sistema.
¡Te destruirán!
—Tal vez. Pero no os inquietéis por nada. Iré solo, en el viejo Sparling.
Ralph sabía, como los otros, que tenía una probabilidad entre mil. El
Sparling era una reliquia de los viejos tiempos, un complicado mecanismo de
combate capaz de ser controlado por un solo hombre, equipado con rayos de
tracción desde la base. Pero para gobernarlo era preciso un superhombre. Era
una nave temperamental y engañosa, que poseía una infinidad de tretas. Por esto
no habían construido ninguna más de aquel upo, al cabo de la primera docena. Y
habían perdido nueve en un mes.
—No me buscarán cerca de Titán —siguió Ralph—. Allí, existirá menos peligro
de que detectasen una sola nave. Si no regreso en diez días, proceded a la
carga.
—Prueba una vez más con el escuadrón —insistió Berrens.
—Ya no nos quedaría tiempo, si fracasamos. Y tal como se han desarrollado
los tres últimos ataques, de nada serviría tampoco. Tened bien entendido que
nadie debe saber cuando parto, ni dónde. Ni siquiera Marika.
—Pero si aquí hay un espía —intervino Frane—, el Tri-Estado conoce la
situación de la base. ¿Por qué simplemente no nos bombardean?
—Quieren información. Aunque todavía pueden bombardearnos. Confiemos en que
no lo hagan. Lo mejor mientras tanto, será descubrir al espía. Desenmascararlo.
¡Y preparadlo todo, sin esperarme!
El padre Berrens meneó la cabeza. A menos de ocurrir un milagro, no
conseguirían atrapar a un espía diestro en menos de tres semanas, cuando había
conseguido librarse de toda la vigilancia y penetrar en la base.
—Parece un caso perdido —admitió—. Pero lo intentaremos, Ralph. Ten
cuidado... y regresa, por el bien común.
Cuatro horas más tarde, Arno, que estaba comprobando una serie de
informaciones para el comisario, y satisfecho por la carestía de materiales,
levantó la vista y vio a Marika junto a su mesa. Estaba muy pálida y rígida,
con las manos cruzadas, y muy tenso el rostro.
—Arno, Ralph se ha marchado. No me dijo donde, pero he hablado con sus
ayudantes. Se ha ido solo, y he descubierto que falta de la base el viejo
Sparling. ¡Oh, Arno, estoy asustada!
¡Ralph había partido para un ataque solitario! Tenia que comunicárselo al
Protector. Representaría su papel de amigo dé Marika hasta que la joven se
marchase y entonces...
¿Por qué una mujer tenía que experimentar aquellos sentimientos hacia un
hombre? ¿Cuál era la bárbara emoción que el Estado había prohibido a sus
vasallos?
Arno llevaba ya ocho meses viviendo entre los rebeldes, y los estudiaba con
la actitud impersonal que un científico contempla a los microbios. Arno había
sido una maquinaria fría y eficiente, que cumplía las órdenes recibidas del
mejor modo posible. Y no entendía a los rebeldes, ni deseaba entenderles. Toda
su devoción era para el Estado, para la voluntad del Estado, para las
necesidades del Estado.
Pero la maquinaria que encerraba Amo, de repente, no respondía como
debiera. Sentía impulsos extraños y una fuerza que le asustaba, porque era
completamente indescifrable para su filosofía.
—Arno —susurró Marika—, estoy asustada. Lo he estado a menudo. Ya no soy
fuerte. Ralph se ha ido. Morirá.
"Es una rebelde", pensó Arno. "Se cree superior al
Estado".
Se dijo también que sólo por representar un papel, había avanzado hacia la
joven. Esta le tendió los brazos con naturalidad, como una niñita que necesita
consuelo. Arno sintió como la vida insuflaba poder a aquel cuerpo, y
experimentó de nuevo aquel impulso interior. Los labios de Marika estaban muy
cerca de los suyos, como una roja cicatriz en su cara de mármol.
La besó. Y tuvo un acceso de horror, de odio hacia sí mismo. Jamás había
besado a una mujer. Era una traición..., una debilidad, un desafío al Estado.
Se apartó bruscamente y ella continuó de pie, contemplándole.
Arno cerró la puerta y sacó el transmisor de su cinto. Dos veces empezó a
formar la clave, y dos veces detuvo sus manos. Se sentía irritado por su
vacilación, pero el rostro de Marika se hallaba entre él y la radio. ¿Y si
Ralph no regresase?
¿Haría Marika como Laura, como las demás mujeres que habían perdido a sus
maridos? ¿Por qué le importaba a él? Se sintió aturdido, perdido, estremecido.
El diminuto transmisor en su mano le contemplaba acusadoramente, y tuvo que
afirmar el pulso para que no cayese al suelo. Los rebeldes y sus bárbaras
costumbres no eran cosa suya. El Estado le había dictado unas órdenes. Y todo
el objetivo de su vida se concentraba en la servidumbre al Estado, sin formular
preguntas ni albergar idea alguna.
Las palabras del Credo aprendido en su infancia volvieron a su memoria.
"Creo en el Estado que me protege, y reniego de todas las demás
creencias. Ojalá mi vida, se pierda toda en la obediencia y el servicio."
¿Qué mayor gloria para un hombre que servir al Estado?
La voz de Amo sonó segura cuando habló con el Protector del Pueblo.
—El caudillo de los rebeldes ha partido solo para un ataque solitario en
una nave anticuada..., una Sparling. Destino desconocido, pero los rebeldes
necesitan provisiones desesperadamente.
—Avisaremos a todas las minas —asintió el Protector—. Continúa cumpliendo
las órdenes.
Prane cumplió su palabra. Se triplicaron los turnos, trabajaron todos,
hombres, mujeres, adolescentes. Pese a su fingida herida en la cabeza, Arno fue
declarado apto para tareas ligeras y enviado al taller.
Debido a la premura, se apartó gran parte del velo del secreto. Sólo se
mantuvo en silencio el objetivo de la nave y el diseño de sus motores.
Arno soltó un respingo a la vista de la nave. Era enorme. Calculó que podía
albergar a más de diez mil personas y provisiones concentradas. No había visto
nunca nada igual, ni siquiera en los talleres del Tri-Estado.
Pero la gente murmuraba. Los rebeldes eran terriblemente murmuradores, ya
que podían hablar como quisieran, y dejaban circular toda clase de rumores. La
nave era un arma ofensiva. Estaba destinada a destruir
los planetas. Iba a convertirse en un mundo flotante. Iba
a recorrer los caminos planetarios, destruyendo las naves del Tri-Estado.
Arno comunicó todo esto a la Tierra, pero no se acercó a la verdad.
Transcurrieron nueve días sin noticias de Ralph. No había comunicación por
radio entre la nave y la base, porque hubiera permitido al enemigo descubrir la
situación de Troya. Se acortaron las raciones. El combustible para la luz y el
calor se redujo al mínimo, pero los sintetizadores de aumentos no cesaban de
funcionar constantemente. Las cúpulas quedaron desprovistas de todo el metal
que contenían, excepto los muros y las unidades de bombeo. Las fraguas
trabajaban día y noche. Interminables riadas de hombres y mujeres trabajaban,
transportaban, remendaban, ajustaban. El sueño quedó reducido a período de
cuatro horas, del todo insuficiente para los agotados cuerpos.
Y al décimo día, la nave quedó terminada.
Los hombres se dejaron caer al suelo, exhaustos. Frane y el padre Berrens
conversaron con Marika bajo la enorme envergadura de la nave, y Arno, que
procuraba siempre no alejarse de su fuente de información, escuchó el diálogo.
Pero no había mucho que oír.
—Diez días —dijo Frane, tristemente—. Tendré que convocarles.
Marika, demasiado agotada para experimentar ninguna emoción, los miró
fijamente.
—Ralph no ha vuelto, ¿verdad?
El padre Berrens le puso una mano en la espalda.
—Todavía no es demasiado tarde. Esperaremos dos semanas.
Arno no apartaba los ojos del rostro de Marika. ¿Convocar a quién?
¿Esperar... qué? Debía permanecer al acecho e informar cuidadosamente. Los
rebeldes planeaban un intento desesperado, y el Estado debía recibir el aviso.
Recordó las palabras del Protector: No debes fracasar.
El Sparling flotaba inmóvil, como tina mota invisible en medio de las
espantosas tinieblas. Saturno giraba sus relucientes anillos contra el
infinito. Ralph, entumecido por los catorce días de encierro, con los ojos
enrojecidos por la falta de sueño, estaba inclinado sobre la pantalla del
telescopio en medio de una asombrosa maraña de instrumentos.
Estaba siguiendo a Titán, vigilando los cohetes transportadores de
minerales que despegaban del planeta. Durante los diez días de su acecho,
ninguna nave había despegado con escasa escolta, por lo que su ataque, carecía
de suficiente posibilidad de éxito.
—Debe haber un espía en la base —exclamó en voz alta, por enésima vez.
El sonido de su enronquecida voz al resonar en las paredes de metal,
pareció aliviar el pesado silencio que le rodeaba.
"El espía ha conseguido informaciones importantes, pero tampoco las
necesita. Con los movimientos generales, el Tri-Estado puede sabotear todas
nuestras operaciones. ¡Oh, Dios mío, haz que Frane y Berrens no le permitan
sabotear la nave!", pensó.
La boca de Ralph se torció en una cínica sonrisa.
—El espía no podrá sabotear la nave. Si no posee una bomba atómica, no
podrá afectarla, y es imposible la existencia de una bomba atómica en la base,
ya que los detectores la habrían descubierto. Lo único que puede hacer...
Sacudió la cabeza para descartar aquella espantosa posibilidad. Ni por un
segundo debía pensarlo. No, todo
iría bien. Dios no les abandonaría, no, después de tantos siglos de lucha.
Sin hacer caso del hambre que le atormentaba, concentró su atención en el
telescopio. Permitió que una de sus cápsulas nutritivas se disolviera
lentamente en su boca, recordando lo que había leído en los libros antiguos.
Filetes calientes, verduras frescas, frutos jugosos. Aquella idea le hizo la
boca agua. Tragose la pastilla apresuradamente, lanzando una maldición.
A través de la pantalla pudo divisar la Tierra, Venus, Marte, flotando en
sus amplias órbitas en torno al diminuto y distante Sol. Ralph había nacido en
la base de Troya. Jamás había visto la luz solar, ni el azul del cielo, ni la
hierba, ni respirado otro aire que el procedente de los tanques químicos. El
Estado se lo había prohibido al pueblo, excepción de los rebeldes ocultos en
oscuros rincones de algunos planetas.
—Algún día volveremos a gozar de lo que nos pertenece.
Sus inquietos ojos azules, cuyo fuego brillaba ya de manera mortecina,
volvieron a concentrarse en Titán. El cronómetro señaló otra hora. Cinco
transportadores de minerales surgieron al vacío, pesadamente cargados. El sueño
terminó por apoderarse de él. Y cuando se despertó había transcurrido el día
decimoquinto.
—Tengo que regresar. Me quedan cuatro días para volver.
Maldijo amargamente. Era duro tener que rendirse al cabo de tanto tiempo,
verse derrotado por unas cuantas toneladas de metal. A pesar suyo, su mano se
dirigió a la palanca de arranque.
Y entonces se inmovilizó. Procedente de Titán, cruzó por la pantalla una
llamarada.
Un transporte de mineral, acompañado sólo por tres naves. ¡Una oportunidad!
¡Una tentadora oportunidad!
Demasiado tentadora. ¿Cómo era posible que aquel
transporte sólo estuviera custodiado por tres naves, cuando los demás
disponían del doble? Tal vez fuese una trampa. Era evidente que desconocían su
presencia, pero podían proceder de modo idéntico en las demás minas. Podían
haber ordenado relajar la vigilancia, a fin de sorprenderle y atraparle con más
facilidad.
Recordó la nave de Troya y lo que significaba para él. Pensó en Marika,
sobre todo en ella. Y de nuevo contempló aquellos tres planetas que antaño
habían sido suyos y el transporte de mineral que significaba la posibilidad de
que volvieran a serlo. Sabía que tenía razón al odiar al Tri-Estado. Si al
menos pudieran resistir...
—Vamos, cariño —animó a su vieja nave—. ¡Veamos qué puedes hacer!
Como un meteorito, se lanzó contra el transporte, con las manos fuertemente
asidas a las palancas del cuadro de mandos. Una nave estalló en llamaradas bajo
su rayo. Un nuevo disparo fundió los tubos del transporte, privándolo de toda
iniciativa.
El Sparling vomitaba rayos bajo el control de sus manos. Pero también se
movía engañosamente. Ralph soltó una maldición mientras se dirigía hacia otra
nave. La tercera maniobra preparando sus tubos de disparo. El rayo de la muerte
de Ralph surgió súbitamente. La nave, alcanzada, retrocedió arrastrando a sus
muertos tripulantes hacia el vacío.
El Sparling se ladeó frenéticamente, y el disparo sólo lo alcanzó en la
parte inferior. Pero Ralph grita por efecto del insoportable calor. Medio
ciego, condujo la nave hasta un lugar seguro, y se dispuso a lanzar el ataque
final.
Y entonces las distinguió; naves del Tri-Estado que despegaban de las bases
en las lunas de Saturno. ¡Era una trampa! Ya no podía defenderse. Imposible
enlazar un rayo de tracción al transporte de mineral. Sólo podía huir... ¡huir
y rezar!
El Sparling bailoteaba sin rumbo. Ralph lo maldijo, maldijo a quien lo
inventó, y se maldijo a sí mismo por su locura. Un disparo efectuado en un
ángulo inverosímil dejó a la tercera nave fuera de combate con los tubos
fundidos.
Un rayo rozó su estructura, calentando la nave casi al rojo vivo, y luego
quedó en libertad.
Ralph aceleró la velocidad del Sparling, pero éste se bamboleaba. Uno de
los rayos había perjudicado algún filamento de sus intrincados controles. Ralph
oyó una alteración en la rítmica vibración de la nave, la cual comenzó a
derivar alocadamente. Las naves del Tri-Estado se aproximaban con fatídica
rapidez.
Por un momento, Ralph permaneció sentado, con las manos extendidas sobre las
palancas. Al fin y al cabo, sabía que tenía que llegar aquel momento. Había
hecho elección por su libre albedrío, plenamente consciente. Era peor que el
infierno..., ahora que el momento había llegado, sabiendo que Marika le
esperaba, sabiendo que la nave estaba a punto. Pero...
Ahora podía ya permitirse aquel lujo. Se tragó el resto de las cápsulas y
abrió plenamente el tanque de oxígeno. Al menos, moriría con el estómago lleno
y con aire en los pulmones.
Obligando a la nave a dar media vuelta, se encaminó como una flecha hacia
Saturno y las naves enemigas.
Torció la boca y con su ronca voz dijo, sin emoción alguna:
—¡Abre las escotillas, Dios, que ahí va un hombre libre!
El día decimooctavo, había tocado a su fin. Las cúpulas estaban frías,
hasta un extremo insoportable. El aire estaba viciado. Una bomba había cesado
de funcionar, de forma que los diez mil hombres, mujeres y niños, estaban
jadeando pesadamente en los talleres y el hangar. Oculto tras una columna, Arno
hablaba en voz baja.
—Todos están aquí. Todo el personal de las bases planetarias. La última
nave llegó hace una hora. Todavía se desconoce el objetivo de esta enorme nave,
pero se he completado la carga. Están aguardando a Ralph, pero dentro de los
dos días próximos ejecutarán su plan previsto sea cual fuese. Apenas les queda
combustible.
Sin poder refrenarse, poco después preguntó:
—¿Ha muerto Ralph?
—Sí —la voz del Protector del Pueblo sonó fría y precisa—. No es necesario
conocer el objetivo de la nave. Puesto que toda la población rebelde del
Sistema se halla ahora en la base de Troya, puede ser destruida de un solo
golpe.
Arno asintió. Esto, naturalmente, significaba una flota y bombas. Su tarea
había terminado.
—¿Cómo saldré de aquí, Excelencia?
Hubo una leve nota de sorpresa en la voz del Protector.
—¿Salir? La tarea para la cual se te eligió y que se te encomendó ha
terminado. El Estado ya no te necesita.
Bruscamente, el pequeño transmisor calló. Arno lo miró, mientras se le
nublaba la vista.
Era lógico. Había dado tres hijos y una hija al Estado. Ya había cumplido
con su deber. Era únicamente una pieza del engranaje, y carecía de utilidad. Y
el Estado no conservaba las piezas inútiles.
La Tierra era la base más próxima del Tri-Estado... un vuelo de dos horas
para los veloces bombardeos en la actual intersección orbital. Dos horas. Los
rebeldes esperarían a Ralph hasta el último instante, sin saber, que estaba
muerto. Lo cual significaba, al menos, otro día.
¡Dos horas! ¡Si al menos hubiese sido inmediato! Pero la espera, la
tensión...
Las bombas destruirían las cúpulas, convirtiéndolas en polvillo cósmico, y
con ellas el asteroide entero. Dos mil años de revueltas y agitaciones
terminarían, y reinaría la paz en el Tri-Estado.
La nube que le rodeaba fue afianzándose, a medida que Arno comprendía la
verdad, la lógica e irrefutable verdad. Ya no era nada. Su utilidad para el
Estado había concluido ¿Qué importaba que muriese?
Continuó contemplando la silenciosa radio. Vio la mano que la sostenía...
una mano fuerte y juvenil, llena de nudos y tendones, con la sangre circulando
generosa bajo la piel.
Su mano. El Tri-Estado la dirigía, pero era él quien sentía el dolor si era
herida.
El transmisor se aplastó contra el suelo, pero Arno no se
dio cuenta. Estaba contemplando su cuerpo como si jamás lo hubiera visto,
pasándose los dedos por sus muslos, sintiendo la respiración de sus pulmones,
escuchando la pulsación de su sangre en las venas. Y entonces desvió la mirada
hacia las vastas y carcomidas cúpulas, a los diez mil hombres, mujeres y niños,
que aguardaban bajo la inmensa estructura de la nave.
Un grupo de jóvenes estaban canturreando a su derecha, una antigua, muy
antigua canción prohibida concerniente a una chica llamada Susana. Algunas
familias —una palabra anárquica jamás oída en el Tri-Estado—, se apretujaban
entre sí, hablando en voz baja. Arno escudriño sus rostros, cada uno de ellos
diferente. No había unidad de facciones en los hombres, ni en las mujeres, ni
en los jóvenes. Eran diez mil personas.
Arno se aferró firmemente a su credo. Y entonces comprendió que aquella
gente también poseía un credo y lo servía con el sacrificio de sus vidas. Como
Karl. Como Ralph. Ralph..., cuyo regreso aguardaban aquellas diez mil personas.
¡Dos horas! ¿Qué pensarían estas diez mil personas, de
saber que dentro de dos horas morirían? Quizá no fuese así. Sabían que la nave
significaba algo extraño, que representaba algo casi imposible. Pero tenían que
morir.
El Estado elige..., el Estado forma..., el Estado ya no te necesita...
Arno se llevó las manos a la cabeza para ahogar una blasfemia, y aquel
contacto le tornó consciente de su propia carne.
Se zambulló en un mar de humanidad, tropezando con miles de piernas y
abriéndose paso a codazos.
La cabellera dorada de Marika y sus anchos hombros surgieron de entre
aquella masa, debajo de la nave y Arno se dirigió hacia ella.
Los cuerpos y los ojos que le contemplaban poseían cerebros. Podía sentir
la tensión que reinaba bajo la cúpula, la extraña oleada de vida que palpitaba
siempre en una multitud.
Los hombres le maldecían al tropezar con ellos, pero debía llegar hasta
Marika. No sabía por qué, pero era su deber.
Vio a Laura al lado de la joven, con su hijo en brazos. Estaba hablando con
Marika. Esta besó al niño y sonrió.
—Le he dado tres hijos al Estado —pensó Arno en voz alta—, pero jamás he
besado. Era sólo un deber.
¡Un deber! Ahora su deber era morir por el Estado. El deber tan
asimilado que jamás pensó en él de manera subjetiva. ¿Cómo era posible que
aquellos rebeldes le hubieran envenenado?
Se acercó a Marika.
La joven estaba pálida, tenso el semblante.
—¿Qué te ocurre, Arno? —se interesó ella—. Pareces enfermo.
—No..., no lo sé.
La miró, y de repente supo qué le pasaba. Lo había leído en los antiguos
libros que comprendía su formación. Estaba enamorado.
Los bombarderos del Tri-Estado ya surcaban el espacio. Su deber era claro.
Pero estaba enamorado... ¡enamorado, como un rebelde pagano!
La poderosa mano de Marika le asió de la túnica, estremeciéndole.
—¿Qué te pasa, Amo? ¡Dímelo!.
No podía mirarla a los ojos. Y entonces, la voz del padre Berrens resonó en
el audífono, y todas las cabezas se giraron a escuchar.
—Ha llegado el momento de explicaros por qué os hemos convocado, y el
motivo de construir esta nave. Lo hemos mantenido en secreto por dos razones.
No queríamos que existiese la menor posibilidad de que el Tri-Estado pudiera
enterarse, y no veíamos motivo para inquietar a todos nuestros amigos, mientras
alentara aún una esperanza de utilizarla. Pero ahora...
"Los bombarderos,.. ¿Cuánto tiempo?", pensó Arno.
—Esperaremos a Ralph hasta el último minuto —prosiguió el padre Berrens—,
pero debemos estar preparados. Dentro de cuatro horas empezará el traslado a la
nave. Por favor, escuchadme y tratad de comprender. ¡Tened fe y valor! Vais a
necesitar ambas cosas, más que nunca.
"Durante dos mil años hemos combatido contra la tiranía, contra la
destrucción de Dios y del hombre como individuo. Hemos sido débiles, y el
Estado poderoso. Al principio, esperamos demasiado. Ahora, cuando parecía
surgir una oportunidad, cuando la maquinaria del Estado empezaba a fallar,
debemos irnos de aquí... por culpa de unas toneladas de metal.
"Si es cierto que hay un espía entre nosotros, le felicito. El Estado
sabrá recompensarle bien. Nuestros hombres han muerto como valientes, pero no
disponemos de metal. La única salida que nos resta es huir..., o morir a manos
del Estado.
Arno le escuchaba como a través de una bruma. Los minutos iban
transcurriendo a cada latido de su corazón. Sus latidos... los latidos que el
Estado podía destruir, pero no controlar.
La mano de Marika seguía aferrada a la suya. Laura estaba de pie, inmóvil a
su lado, con el gimoteante niño, en sus brazos. Podía intuir la tensión de
aquellas diez mil personas que escuchaban en completo silencio.
—¡No hemos de esperar más a Ralph! —gritó.
No quería decirlo. Pero lo hizo porque Marika le estaba mirando.
La mano de ella se contrajo en la suya.
—¿Por qué no, Arno?
—Por nada... Fue una tontería.
—¿Tontería? Cuando él está fuera, solo, luchando... Arno... ¿qué
sabes?
Ahora las manos de Marika le dolían, como aquel día en que ella sollozó en
el vestíbulo.
Poco después, hasta el dolor desaparecía.
El Estado ya no te necesita...
¿Y si no fuese así? ¿Y si él, Arno, deseara a su cuerpo, quisiera conocer
el amor de una mujer, concebir un hijo propio, sentirse no como una simple
pieza de una máquina? Apartó la mirada de Marika, librando la última batalla en
favor de su credo, de su religión.
Y entonces vio a diez mil personas, que esperaban.
Buscó los ojos de Marika.
—Ralph ha muerto —declaró—. Yo le maté. Como maté a Karl y a los demás. Yo
soy el espía.
La joven se apartó de él con horror. Laura chilló, con un extraño y
terrible sollozo estrangulado, y el padre Berrens dejó de hablar.
—¡Ralph! —murmuró Marika—. ¡Ralph...! Lo sabía... ¡Un espía!
Arno se atragantó, aterrado por lo que acababa de
hacer, perdido en un caos de pensamientos. Todavía podía destruirles. Podía
callar respecto a los bombarderos, y nada ya tendría importancia.
Y entonces diez mil personas... Frane y Berrens y Laura. Y Marika, que le
estaba mirando horrorizada porque él había matado a Ralph. Sus propios amigos
jamás le echarían de menos. Tendrían hijos para el Estado, nuevas piezas de la
colosal maquinaria.
Marika, siempre Marika. Ella era su derrota y su respuesta. Lo era todo.
Mirándola, viendo cómo iba retrocediendo, apartándose de él, Amo se estremeció
de temor y de amargura. Si al menos lo hubiera sabido antes...
—¡Padre Berrens! —gritó.
Las palabras no parecían surgir de su garganta. Y aunque parte de su cuerpo
pareció retroceder horrorizado, recluyéndose en sí misma, continuó hablando sin
cesar.
Cuando hubo terminado, el padre Berrens tenía el rostro tenso, y su voz era
extrañamente dura cuando formuló sus instrucciones.
Se produjo el caos en torno a Arno, luego una especie de orden frenético.
En un mundo a muchos kilómetros y kilómetros de distancia, se formaron unas
colas de hombres, mujeres y niños, para ir penetrando en la nave a través de
sus vastas portillas. Pero Arno sólo podía ver a Marika.
Era agradable creer, como creían los rebeldes, que un hombre seguía
viviendo después de morir su cuerpo torturado.
Esto era una blasfemia para el Estado. Pero es agradable.
El padre Berrens llegó, respirando pesadamente.
—¡Tiempo! ¡Nos falta tiempo! ¡Pero lo lograremos! ¡Con la ayuda de Dios lo
lograremos!
Una pausa y el padre Berrens gritó:
—¡Marika!
Pero no pudo detenerla. La pistola que había sacado del culto de Frane
estaba ya apuntada. Amo vio llegar el impacto.
La emponzoñada aguja se clavó en su corazón.
Tuvo una última visión del hermoso y fiero rostro de Marika, con su dorada
cabellera cayendo flojamente sobre sus hombros. Ela como un cuerpo de piedra la
muchacha. Le vio caer desapasionadamente, como hubiera contemplado a una
cucaracha muriendo bajo sus pies. Después, dio media vuelta y corrió hacia la
nave.
Una neblina se apoderó del cerebro de Amo, borrando los rumores del éxodo.
Pero aún oyó la voz de Laura:
—¡Padre, todos los planetas están cerrados! ¿Dónde iremos?
—Por el momento, hemos perdido los planetas. Pero esta nave fue diseñada
para ir más allá. Hija mía, todavía nos quedan las estrellas.
FIN
Título original: Retreat to the Stars © 1941.
Aparecido en Astonishing Stories.Noviembre 1941.
Publicado en Los mejores relatos de
Anticipación.. Bruguera. 1969.
Traducción: Jaime Piñeiro.
Edición digital de Umbriel. Enero de 2003.
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