Un relato bastante atípico dentro de la obra del
británico John Brunner. Atípico no porque Brunner no haya escrito CF
"encuadrable" como tal, sino porque en 1965 parecía estar girando
hacia la temática que desembocaría en Todos sobre Zanzibar, El rebaño ciego y
Fuera de órbita. De todos modos, cuando quede entre dos fuegos piense
que los proyectiles no piensan y quienes los disparan tampoco.
Algunas de las luchas más encarnizadas de la
Segunda Guerra Mundial fluyeron y menguaron a uno y otro lado del territorio de
los Kalang. Pero sólo en una ocasión la corriente de los grandes eventos
mundiales se introdujo en esa región montañosa e inaccesible al norte de
Birmania que ellos consideraban propia.
La intromisión comenzó cuando un avión de
reconocimiento fotográfico, de regreso de una arriesgada pero crucial misión,
sufrió un desperfecto mecánico no muy lejos de allí. El piloto vio que el
navegante evacuaba el avión y se ponía a salvo, y no tardó en imitarlo. Terminó
colgado de las ramas de un gran árbol, a la vista de un grupo de cazadores
Kalang, con moretones, rasguños y golpes, pero por lo demás ileso.
Lo poco que los pequeños cazadores sabían sobre el
hombre blanco y el amarillo, los inducía a desconfiar de los extraños. Sin
embargo, la forma de llegar del piloto, con esas alas blancas bajando del
cielo, los impresionó lo suficiente como para no actuar con precipitación,
matándolo sin más trámite. Prefirieron escoltarlo a punta de lanza hasta la
aldea. Luego de consultar exhaustivamente los augurios, el jefe lo hospedó, lo
alimentó y le alivió el dolor con grandes jarros de ku, que entre los Kalang
equivale a cerveza.
El avión, naturalmente, y las cámaras que llevaba,
se perdieron sin remedio; sin embargo, la naturaleza de la misión era de tal
importancia que justificaba el envío de una patrulla de rescate para buscar
sobrevivientes que pudieran dar un testimonio verbal. El piloto fue encontrado,
en estado febril pero vivo. El oficial al mando, retribuyó a la tribu con
grandes cantidades de té, tabaco y sal.
Cuando los extraños se hubieran ido, el jefe
estudió detenidamente el bello acero del machete que había reservado como parte
personal de la recompensa y dio órdenes de tratar del mismo modo a cualquiera
que bajara flotando del cielo.
Por supuesto que Tambah, para esa época, todavía
no había nacido. Pero, obtuvo la información como parte de una larga, compleja
y didáctica historia que le había contado su padre. Había visto el machete,
algo oxidado, pero todavía en condiciones de causar admiración; había visto la
gastada capa ceremonial que el jefe había ordenado hacer con la tela del
paracaídas. Traer riquezas semejantes a los ahora hambrientos y deprimidos
Kalangs, era, desde hacía mucho, la máxima ambición de Tambah.
Y aun tenía una motivación más poderosa: la ira.
En dos oportunidades había sido dejado de lado por el jefe a la hora de los
rituales de iniciación, con hirientes comentarios sobre su pequeña estatura y
su incompetencia general. Esta fue la razón principal para que guardara el
secreto del gran descubrimiento para sí mismo.
No sólo eso. Había abandonado la aldea para
compartirlo con otra gente, extraños, antes de comunicárselo a su propia
familia. La tarea era arriesgada, y aunque sabía mínimas las posibilidades de
que lo siguieran, no podía evitar las periódicas miradas por encima del hombro.
La razón era que, luego de mucho debatir sobre las señales en el cielo, nunca
vistas antes, toda la tribu se había dedicado a realizar ritos propiciatorios para
aplacar a los dioses. Eso duraría por lo menos tres días.
Estaba cansado, y los pies se le habían ampollado
horriblemente. Cada paso que daba parecía aumentar el peso de la carga. Sin
embargo siguió andando, seducido por el sueño de lograr que la gente voladora
reclamara ante los suyos y así ser el responsable de la obtención de nuevas
riquezas para los Kalangs.
Ya había amanecido cuando emergió de la espesa
selva y se detuvo sobre una saliente de roca para observar la aldea de extrañas
tiendas cónicas que se extendían frente a él. Permaneció algunos segundos sin
descubrir su verdadera naturaleza; entonces vio a un hombre moviéndose entre
las tiendas y se dio cuenta de que había llegado a la meta propuesta. Sabía que
debía ser cauteloso pero de alguna manera el razonamiento no le llegaba con
claridad. Tenía la mente obnubilada, los pies le dolían de un modo irreal y la
boca se le había secado.
No... no completamente seca. Se succionó los dientes, pasó el dorso de la mano que tenía libre por los labios. Cuando retiró la mano, sobre la piel había restos de sangre.
No... no completamente seca. Se succionó los dientes, pasó el dorso de la mano que tenía libre por los labios. Cuando retiró la mano, sobre la piel había restos de sangre.
Pero el cansancio ni siquiera le permitió pensar
en eso. Trotando torpemente bajó a la aldea de la gente voladora, tratando de
comunicarles, a gritos, las novedades que traía.
Jan Bilay caminó por última vez alrededor del jeep
para cerciorarse de que las cajas con las frágiles ampollas estaban bien
aseguradas con sus respectivas correas. Desprendió algunos terrones de lodo
seco de las insignias de la Organización Mundial de la Salud pintadas en la puerta
del lado del conductor, y suspiró.
—Todo parece estar en orden —murmuró—. ¿Crees que
los encontremos hoy?
—Creo que hoy tendremos más posibilidades que ayer
—dijo Dinah Ashman, levantando la vista del recuento de hipodérmicas que estaba
haciendo en la parte trasera del vehículo.
—Ahora sabemos que ya hemos entrado en territorio
Kalang; encontramos su aldea abandonada.
—¿Estás segura de que fue abandonada? —preguntó
Carlos desde atrás de la rueda.
—Ya hemos discutido todo eso —replicó Dinah—. ¡Sí,
estoy muy segura de que fue así! Después de todo no es infrecuente en tu país:
trabajar una extensión hasta agotarla y luego instalar allí una tribu
originaria de otro lugar.
Carlos se encogió de hombros. Luego de esperar un
momento para ver si él volvía a hablar, Jan dijo:
—Mira, sé que no es mi especialidad, pero
considera esto: sabemos que son recelosos y que han evitado todo contacto con
el exterior hasta el presente. ¿No podrían estar ocultándose de nosotros? Tal
vez... Sí, tal vez interpretaron la caída del meteoro de la otra noche como una
advertencia de nuestra llegada.
—Entonces sólo debemos persuadirlos de que no les
haremos daño alguno —respondió Dinah Ashman—. Ellos no se aislan del todo... si
lo hicieran, no tendríamos que molestarlos. Pero mientras continúen siendo un
foco infeccioso, todo aquel que tome contacto con ellos correrá un serio
riesgo.
—No es tan fácil como te lo imaginas —objetó Ba
Thway desde el asiento del acompañante—. Yo me tengo que ocupar de la
persuasión, ésa de la que tú hablas tan ingenuamente. Para un país que contiene
a todos los grupos étnicos europeos, América produce pocos lingüistas.
—¿Podemos seguir la discusión por el camino?
—gruñó Carlos.
—¡Camino! —replicó Jan con cierta ironía—. Me
pasaré el día rezando para que encuentres el camino de regreso al campamento.
—Pero no obstante retiró su brazo tostado por el sol de la puerta en la cual
estaba apoyado.
Observó al jeep saltando sobre el desparejo
terreno hasta que desapareció de la vista. Si encontraban a esos huidizos Kalangs,
se prometió a sí mismo suspender el trabajo por uno días y ayudar en la
vacunación. Cuando salió por primera vez con el equipo de la O.M.S., sintió
lástima por ellos, por lo rutinario de su trabajo. Ubicar aldeas, ganarse la
confianza de la gente, vacunar e inocular como si estuviesen operando una línea
de montaje. Estaba seguro de que su propio estudio sobre el diseño de los
vectores de enfermedad entre los insectos que se crían en el agua era más
interesante y variado.
Pero ahora, cansado de tanto quedarse solo todo el
día en el campamento, empezaba a sentirse visiblemente aburrido.
Y también debía estar bastante sobreexcitado, se
dijo a sí mismo una media hora más tarde, cuando trabajando con un botellón de
agua destilada, casi lo vuelca al percibir un movimiento en el limite del campo
visual. Cuando quiso cerciorarse, no vio nada; no obstante, y con un poco de
vergüenza, buscó la única arma que poseía la expedición, un rifle para
elefantes. Cautelosamente salió a inspeccionar el sitio del disturbio.
Las causas de su inquietud le salieron al
encuentro: un muchacho desnudo y de tez oscura, cargando algo grande y
resplandeciente sobre los hombros, arrastrando los pies como si estuviera muy
fatigado. Al principio no notó la presencia de Jan; cuando lo hizo bajó el
objeto que cargaba y se lo tendió a Jan como una ofrenda. El peso fue excesivo
para el muchacho y se le escapó de las manos cayendo al suelo con un ruido
metálico. Instantes más tarde el muchacho perdió el equilibrio y se derrumbó en
un desmayo fulminante.
Ravosí Jan, desorientado, pronunció la media
docena de frases en birmano que había aprendido y que casi con seguridad no se
hablaba en esta parte del mundo. Deseó que los otros estuvieran allí. No poseía
conocimientos médicos más allá de los primeros auxilios, y este muchacho estaba
evidentemente enfermo. Tenía el cuerpo cubierto de ampollas y rasguños, los
pies heridos y llenos de espinas; los latidos del pulso imitaban un martillo.
Además un hilo de sangre le brotaba de la boca, aunque Jan no le prestó
atención, considerando que era una consecuencia de la caída de la cara hacia
abajo, en la cual el muchacho debió haberse cortado un labio. La combinación de
fatiga con golpe de calor fue el diagnóstico obvio. Jan levantó el cuerpo
inerte y lo llevó a la cama de campaña de la tienda más próxima, la de Carlos.
Atendió las abrasiones y extrajo las peores espinas, luego le limpió la sangre
del mentón.
Fue entonces cuando ciertos detalles le empezaron
a resultar sospechosos. La sangre volvía a fluir. Retirando el labio inferior,
notó que de las encías manaba un líquido rojo. Al ver esto pensó que podía ser
piorrea. A falta de otros indicios, le lavó la boca con una solución
antiséptica. El muchacho, ahora en un profundo coma, no se movió.
¿Qué lo pudo haber dejado en ese estado? ¿Tendría
alguna relación con el objeto que había traído y todavía se hallaba afuera en
el suelo? Jan salió y lo examinó. Resultaba muy curioso encontrarse en esta
parte del mundo con un objeto así.
Era de metal. Por su peso, estimó que se trataba
de una aleación de aluminio y magnesio. La pieza estaba cuidadosamente moldeada
para formar un arco, pero uno de los extremos parecía como arrancado por una
explosión. Todo un lado estaba descolorido, aparentemente por la acción de un calor
intenso.
Aunque en relación a su tamaño el objeto era
liviano, estimó su peso en alrededor de catorce kilos. ¡Un peso considerable
para que lo cargue un joven alfeñique a través de la selva enmarañada!
La hipótesis más aceptable, por obvia, era que
había habido un accidente de aviación, y que el muchacho quería informar sobre
él. Pero no había absolutamente nada que Jan pudiera hacer. No hablaba la
lengua del muchacho y de todos modos no podía aventurarse y partir, cruzando la
región a pie. Ni siquiera en el caso de que el muchacho pudiese guiarlo, y éste
no estaba en condiciones de moverse.
Trató de aceptar los hechos y de seguir con su rutina diaria, pero le era imposible concentrarse en el trabajo. Se encontró con que cada cinco o diez minutos echaba una mirada a la carpa donde el muchacho yacía inconsciente. Sabía que no tenía sentido, pero algo le carcomía la mente y lo empujaba una y otra vez hacia la tienda.
Trató de aceptar los hechos y de seguir con su rutina diaria, pero le era imposible concentrarse en el trabajo. Se encontró con que cada cinco o diez minutos echaba una mirada a la carpa donde el muchacho yacía inconsciente. Sabía que no tenía sentido, pero algo le carcomía la mente y lo empujaba una y otra vez hacia la tienda.
Deliberadamente se contuvo durante una hora de
visitar al muchacho. Luego de cumplirse ese lapso volvió a la tienda
apresuradamente.
El muchacho había invertido su posición sin despertarse. La primera impresión que tuvo Jan lo horrorizó, creyó que el muchacho había lanzado vómito negro. La mente de Jan se llenó con los horrores del cólera. Luego, cuando pasó el momento de la premonición totalizadora, comprobó que la mancha oscura sobre la almohada era un mechón de pelo que se había desprendido del cuero cabelludo.
En ese preciso momento descubrió qué era lo que carcomía su mente cada vez que iba a la tienda. Lo que durante todo el día le había estado dando vueltas en la cabeza.
El muchacho había invertido su posición sin despertarse. La primera impresión que tuvo Jan lo horrorizó, creyó que el muchacho había lanzado vómito negro. La mente de Jan se llenó con los horrores del cólera. Luego, cuando pasó el momento de la premonición totalizadora, comprobó que la mancha oscura sobre la almohada era un mechón de pelo que se había desprendido del cuero cabelludo.
En ese preciso momento descubrió qué era lo que carcomía su mente cada vez que iba a la tienda. Lo que durante todo el día le había estado dando vueltas en la cabeza.
Esta tienda era la de Carlos, que además de ser el
jefe de conductores y mecánicos de la expedición, estaba a cargo del equipo de
monitoreo de catástrofes nucleares. Todas las noches llenaba un espacio en una
forma pre-impresa que, una vez completada, se enviaba a la comisión de ensayos
de armas nucleares de las Naciones Unidas. El último de los acuerdos de
prohibición de ensayos nucleares se encontraba en plena vigencia. pero en
cualquier momento algún país podría alcanzar el nivel técnico necesario y
adquirir este moderno símbolo de status entre las naciones.
Y en ese mismo instante, debajo de la cama,
amortiguado por los bultos que se hallaban encima, el contador Geiger del
equipo de Carlos sonaba con sus clicks característicos.
Jan, frenéticamente, extrajo el aparato de entre
los muchos bultos que lo tapaban. Con el pickup, recorrió el cuerpo del
muchacho. Mientras lo hacía, el parlante emitió un grito que desapareció al modificar
la escala de medición. El contador registraba semejantes niveles, que la aguja
no los podía seguir para indicar los valores reales.
En una especie de pánico controlado, sudando, Jan
salió de la tienda. Usando unas ramas largas, alejó el pedazo de metal del
campamento. Lo arrojó en un nicho formado por dos grandes rocas que supuso una
protección relativamente segura contra la radiación y acto seguido, de la misma
forma, se deshizo de las dos ramas.
Esto iba a ser duro para el muchacho, reflexionó
mientras ponía a hervir una marmita sobre el fuego y conseguía un pan de jabón
carbólico. Pero debía hacerse aunque a esta altura, probablemente, ya fuera
inútil. El mismo debería lavarse, cortarse las uñas y cambiarse toda la ropa
cuando terminara con el muchacho.
Intrigado, requería del silencioso ambiente la
explicación de como un salvaje birmano vino a sufrir el peor caso de
contaminación radiactiva que hubiese visto en toda su vida.
Cuando regresaron a la noche, desilusionados,
habiendo fallado en la tarea de localizar a la todavía fugitiva tribu Kalang,
simplemente se resistieron a creerle. No le creyeron hasta que Carlos
inspeccionó el pedazo de metal con el contador. Recién entonces se convencieron
de la veracidad del relato. Todos terminaron tan alterados como Jan.
Sólo esperaban que el muchacho pudiera hablar
antes de morir. Para averiguar eso, analizaron su tipo de sangre y descubrieron
que por una afortunada coincidencia era compatible con el de Ba Thway. Dinah se
encargó de hacerle al muchacho una transfusión de emergencia. Jan y Carlos
salieron para inspeccionar, muy cautelosamente, el misterioso pedazo de metal.
—¿Qué te parece? —preguntó Jan.
Carlos vaciló. Finalmente dijo:
—Hablando con franqueza dudo que lo que vimos la
otra noche haya sido un meteoro.
Jan se mordió los labios.
—¡Estoy maravillado! Podría jurar que no era un
avión en llamas, pero... —Lo vio con los ojos de la memoria, tan vívido como si
lo tuviera delante en ese momento: una gran llamarada cruzando la noche,
seguida de un ruido ensordecedor—. ¿Un cohete, un misil con ojiva nuclear?
—Lo dudo —repuso Carlos—. Para conservar un nivel
de radiación como el que tenemos, el pedazo de metal debe haber estado muy
cerca de una reacción en cadena, y en una cabeza nuclear no hay reacción a menos
que se busquen dificultades. Pero estoy pensando en algo totalmente diferente,
algo como propulsión nuclear.
—¿Hablas en serio?
Carlos sacudió la cabeza. —No lo sé. Hace tiempo
que se tejen historias sobre el desarrollo de la propulsión atómica. Lo obvio
es que ahora, suceda lo que suceda, deberemos olvidarnos de los Kalang y ubicar
el sitio del siniestro lo más rápido que podamos. Es más, creo que debemos
intentar alcanzar Rangún por la radio de inmediato.
Las autoridades de Rangún se mostraron escépticas.
Esto se debía a lo fragmentario de la información que transmitía el equipo de
la OMS, por cuanto los intentos de revivir al muchacho con la transfusión
habían fracasado. Algunas horas más tarde Rangún contestó: debían permanecer
con el muchacho y un grupo de observación aérea rastrearía el área por la
mañana.
Nadie del equipo durmió mucho esa noche, aunque
sobraba cansancio. La teoría de Carlos de que un cohete nuclear podía haberse
estrellado en la región, inquietaba mucho por lo plausible. Se turnaron para
hacer guardia junto a la cama del muchacho; el resto del tiempo discutían
descabelladas teorías junto al fuego.
Sospechaban que Rangún había hecho la promesa de
una búsqueda para taparles la boca por esa noche. Poco después del amanecer, el
ruido del primer avión sonó en los oídos de Jan, y trajo alivio a todo el
equipo. Su llamado convocó a los demás para rastrear el cielo juntos.
—Un avión de reconocimiento fotográfico de gran
altura —dijo Carlos después de un rato—. Muy útil en una zona como ésta; por
todos los santos, ¿por qué no usarán helicópteros?
—Deben ser más lentos —sugirió Ba Thway—.
Tardarían mucho en llegar.
—¡Eso lo sé! —dijo Carlos encarando al pequeño
birmano.
Por un momento Jan temió que el excesivo cansancio
del grupo los llevara a un enfrentamiento verbal. En ese instante Dinah
interrumpió desde la puerta de la carpa del muchacho.
—¡Ba, ven rápido, el muchacho abrió los ojos!
A Ba le resultaba tremendamente difícil
interpretar las palabras del muchacho. El dialecto local —que comprobaron con
estupor se trataba del Kalang, el lenguaje de la tribu que buscaban— era sólo
un derivado de los idiomas que había estudiado. El muchacho, además, deliraba
la mayor parte del tiempo. Averiguaron que se llamaba Tambah y que estaba
molesto por haber sido excluido de los ritos de iniciación. Se enteraron de la
existencia de una leyenda sobre un hombre caído del cielo. Su esperanza era
conseguir ricas recompensas para los Kalang en retribución por la ayuda en el
rescate del sobreviviente, el hombre caído del cielo.
Al llegar a este punto, Ba empezó a dudar de sus
propias interpretaciones. Puesto que las declaraciones de Tambah implicaban la
existencia de un hombre en los restos del aparato accidentado, y esto por
supuesto era ridículo. Los países lo suficientemente adelantados como para
poseer propulsión nuclear también poseerían el adelanto suficiente como para
automatizar los sistemas de control en función de un respeto por la vida
humana. Esta parte de la historia debía ser un deseo inconsciente de Tambah; en
su estado actual tenía que estar tan confundido, que el tradicional relato del
hombre caído del cielo se mezclaba con lo que vio realmente.
Yacía tendido con los ojos girando atemorizados
cada vez que percibía algo del entorno —que fuera lo suficientemente claro como
para reaccionar— y murmuraba algo acerca de que deseaba una recompensa.
Be le palmeó el pecho, dándole valor, y miró
interrogativamente a Dinah.
—¿Cuánto durará? —preguntó en voz baja, precaución
algo ridícula, ya que era muy difícil que el muchacho entendiera inglés.
—Si pudiera ser enviado a un hospital, por avión,
por uno o dos días. Necesitaríamos varias cosas, de las cuales no disponemos
—como detergentes intestinales— si queremos salvarlo. Pero ahora creo que está
más allá de toda esperanza.
—Lo intentaremos, tal vez consigamos una
descripción del lugar del accidente —murmuró Ba e indicó a los demás que lo
dejaran solo, pues lo estaban distrayendo.
Esto era la médula del informe que presentaron a
un oficial de la fuerza aérea birmana que arribó en helicóptero hacia el
anochecer. Su misión era verificar la existencia del misterioso pedazo de metal
radioactivo, ya que hasta ese momento, el avión de relevamiento fotográfico no
había encontrado indicio alguno del siniestro. También solicitó detalles más
precisos sobre el lugar donde se suponía que ocurrió el hecho. El oficial se
mostró amablemente sobrador cuando supo que el equipo había estado rastreando a
los Kalang durante semanas sin éxito; y que el accidente debió ocurrir en territorio
Kalang.
El muchacho se desmayó nuevamente.
Desde ese momento, y a lo largo de toda la tarde,
el ruido de los helicópteros no los abandonó jamás. Alguien importante, en la
cima de la torre, debía estar tomándose el asunto muy en serio, tanto como para
movilizar ocho aparatos en una sola misión, le comentó Jan a Carlos.
—Sospecho que esto también puede demostrar lo
contrario —replicó Carlos en forma hostil.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Puede ser que los birmanos sólo estén montando
una fachada. Después de todo, el fragmento no es necesariamente una parte de un
motor atómico. Puede muy bien ser un pedazo de un artefacto que se precipitó a
tierra como una bengala mojada. Aunque en este caso, no sé cómo un salvaje
descalzo llegó a tenerlo en sus manos.
El ocaso estaba cerca cuando los helicópteros
volvieron. Hacía dos horas que no había ninguna novedad, como si alguien
hubiera ordenado un silencio radial, interrumpiéndose las comunicaciones entre
los aviones de rastreo que habían estado escuchando. Uno de los helicópteros
llevaba una gran caja oscura suspendida de los pies de aterrizaje. Los otros
helicópteros lo acompañaban de cerca, como escoltándolo.
Todo el equipo se formó al lado de las tiendas,
observando todo con curiosidad y preguntándose qué era aquella carga.
En ese momento, el helicóptero de la retaguardia,
se separó de la formación y vino a tomar tierra ruidosamente en el mismo lugar
en que lo había hecho antes. El mismo oficial descendió, muy pálido y
contraído. Al principio parecía no saber qué decir; luego, rearmándose, los
miró como si fueran fantasmas.
—Tengo... tengo órdenes para ustedes —dijo con
dificultad—. Deben volver a su base de inmediato. No deben usar la radio bajo
ninguna circunstancia, y no deben decirle a nadie la razón por la cual vuelven
sin haber completado su trabajo.
—¿Cómo? —respondió el equipo al unísono.
—Yo... —el oficial se secó el sudor de la frente—.
Bien, les voy a contar, antes que me prohiban hacerlo. Miren, encontramos el
avión estrellado, desparramado en más de dos kilómetros de jungla. Y también...
también encontramos al piloto.
—Entonces Tambah no deliraba al hablar de un
hombre en esa cosa —exclamó Ba Thway.
—No —el oficial los miraba en forma rara—. Se
equivocó al decir que había un hombre en su interior.
Jan fue el único en entender enseguida. Sintió
cómo la sangre abandonaba su rostro.
—¿Trata de decir que el piloto no era un hombre?
—preguntó en forma casi inaudible.
—Eso es exactamente lo que estoy tratando de
decirles —respondió el oficial. Sus ojos estaban fijos en las lejanas siluetas
de los helicópteros—. Ahora están en camino al hospital, para ver si pueden
salvar al piloto, es decir a la cosa.
—Un cohete de propulsión nuclear —murmuró Carlos—.
Con una criatura de otro planeta en su interior; ¡esto es decididamente
fantástico!
—Pude echarle una ojeada —dijo el oficial—. Y... y
tampoco es totalmente cierto. Solo quedan pedazos, pero uno puede reconocer que
no se trata de un cohete. Es... es algo diferente.
—Pero con propulsión atómica —insistió Carlos.
El oficial tragó saliva y agregó:
—No lo creo. Teníamos contadores Geiger, y medimos
el exterior del casco y luego medimos lo que pudimos del interior; sólo hay
radiación en el exterior.
Esperaron. No había terminado de confiarles sus
terribles sospechas. Finalmente —la decisión de continuar con el relato le
producía sudor en la frente— dejó que las palabras salieran como un torrente,
delatando, en el tono de su voz, la profunda emoción que lo embargaba.
—Bueno, encontramos lo que debió ser la cabina de
control, y la sala de máquinas y finalmente lo que deben ser las armas.
—¿Armas? —Jan se adelantó medio paso, pero el
oficial no lo notó y no interrumpió el fluir de sus palabras.
—Y sobre un costado de los restos de la nave,
manchas de metal fundido, y las lecturas de los tremendos niveles de radiación;
no creo que la nave se haya estrellado por accidente, creo...
Interrumpió su relato y miró en dirección opuesta
a la de los helicópteros que desaparecían. Miró hacia las primeras estrellas de
la noche.
—Creo que en algún lugar, allá arriba, se está librando una guerra. Creo que esta nave fue derribada. Y lo que me gustaría saber es... ¿quién vendrá a rescatar a los sobrevivientes?
—Creo que en algún lugar, allá arriba, se está librando una guerra. Creo que esta nave fue derribada. Y lo que me gustaría saber es... ¿quién vendrá a rescatar a los sobrevivientes?
El navegante del avión de reconocimiento saltó
mucho antes que el piloto, y aterrizó a unos treinta kilómetros de éste. Tocó
tierra a salvo, a la vista de una aldea de la tribu llamada Ipoh, quienes como
los Kalang, ignoraban todo acerca de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo eran gente amable y hospitalaria y estaban muy impresionados por la forma en que el hombre llegó, envuelto en alas blancas desde el cielo. Le dieron comida y lo alojaron. Más tarde, cuando una patrulla de reconocimiento vino desde las posiciones cercanas donde habían visto abrirse el paracaídas, encontraron al navegante vivo y en buen estado. El oficial a cargo, como correspondía, arrasó la aldea y ejecutó al jefe por haber colaborado con el enemigo.
Sin embargo eran gente amable y hospitalaria y estaban muy impresionados por la forma en que el hombre llegó, envuelto en alas blancas desde el cielo. Le dieron comida y lo alojaron. Más tarde, cuando una patrulla de reconocimiento vino desde las posiciones cercanas donde habían visto abrirse el paracaídas, encontraron al navegante vivo y en buen estado. El oficial a cargo, como correspondía, arrasó la aldea y ejecutó al jefe por haber colaborado con el enemigo.
Título Original: "Even Chance"
©1965 by The Conde Nast Pub.
Traducción: Alejandro Schwerdel
En: Parsec N°6-Noviembre 1984
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