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Italo Calvino - Dino


     Todos menos yo, porque también yo, en cierto período, fui Dinosaurio: 
     digamos durante unos cincuenta millones de años; y no me arrepiento: 
     entonces, siendo Dinosaurio se tenía la conciencia de estar en lo justo, y 
     uno se hacía respetar. 
     Después la situación cambió, es inútil que les cuente los detalles, 
     empezaron las dificultades de todo género, derrotas, errores, dudas, 
     traiciones, pestilencias. Una nueva población crecía en la tierra, enemiga 
     nuestra. Nos caían encima de todas partes, no acertábamos ni una. Ahora 
     algunos dicen que el gusto de extinguirse, la pasión de ser destruidos 
     eran propios del espíritu de nosotros los Dinosaurios ya desde antes. No 
     se: yo ese sentimiento jamas lo he experimentado; si otros lo conocían, es 
     porque ya se sentían perdidos.
     Prefiero no volver con la memoria a la época de la gran mortandad. Nunca 
     hubiera creído librarme de ella. La larga migración me puso a salvo, la 
     hice a través de un cementerio de osamentas descarnadas, en las cuales 
     sólo una cresta, o un cuerno, o la placa de una coraza, o un jirón de piel 
     toda escamas recordaba el esplendor antiguo del viviente. Y sobre esos 
     restos trabajaron los picos, los colmillos, las ventosas de los nuevos 
     amos del planeta. Cuando no vi más huellas ni de vivos ni de muertos me 
     detuve.
     En aquellos altiplanos desiertos pasé muchos y muchos años. Había 
     sobrevivido a las emboscadas, a las epidemias, a la inanición, al hielo, 
     pero estaba solo. Seguir allí eternamente no podía. Me puse en camino para 
     bajar.
     El mundo había cambiado: no reconocía ni los montes ni el río ni las 
     plantas. La primera vez que vi seres vivientes me escondí; eran una manada 
     de los Nuevos, ejemplares pequeños pero fuertes.
     - íEh, tú! - Me habían descubierto, y en seguida me pasmó aquel modo 
     familiar de apostrofarme. Escapé; me persiguieron. Hacía milenios que 
     estaba acostumbrado a provocar terror entorno de mi, y a sentir terror de 
     las reacciones ajenas al terror provocaba. Ahora nada: - íEh tú! - Se 
     acercaban a mi como si nada, ni hostiles ni asustados.
     - ¿Por qué corres? ¿Qué te pasa por la cabeza? - Querían solamente que les 
     indicara el camino para ir a no s‚ dónde. Balbuce‚ que no era del lugar. - 
     ¿Qué te ocurre que escapas? - dijo uno -. íParecía que hubieras visto... 
     un Dinosaurio! - y los otros rieron. Pero en aquella carcajada sentí por 
     primera vez un tono de aprensión. Era una risa un poco forzada. Y uno de 
     ellos se puso grave y añadió: - No lo digas ni en broma. No sabes lo que 
     son...
     Entonces, el terror de los Dinosaurios continuaba en los Nuevos, pero 
     quizá hacía varias generaciones que no los veían y no sabían reconocerlos. 
     Seguí mi camino, cauteloso pero impaciente por repetir el experimento. En 
     una fuente había una joven de los Nuevos; estaba sola. Me acerque 
     despacito, estiré el cuello para beber a su lado; ya presentía su grito 
     desesperado apenas me viera, su fuga afanosa. Daría la señal de alarma, 
     vendrían los Nuevos armados a darme caza... En el momento me había 
     arrepentido ya de mi gesto; si quería salvarme debía destrozarla 
     enseguida: recomenzar...
     La joven se volvió, dijo: - ¿No es cierto que est  fresca? - Se puso a 
     conversar amablemente, con frases un poco de circunstancias, como se hace 
     con los extranjeros, a preguntarme si venía de lejos y si había tenido 
     lluvia o buen tiempo en el viaje. Yo nunca hubiera imaginado que se 
     pudiese hablar así, con no-Dinosaurios, y estaba todo tenso y casi mudo.
     - Yo siempre vengo a beber aquí - me dijo -, a la Fuente del Dinosaurio...
     Enderecé bruscamente la cabeza, abrí los ojos hasta desorbitarme.
     Si, si, la llaman así, la Fuente del Dinosaurio, desde tiempos antiguos. 
     Dicen que una vez se escondió aquí un Dinosaurio, uno de los últimos, y al 
     que venía a beber le saltaba encima y lo despedazaba, ímadre mía!
     Hubiera querido desaparecer. "Ahora se da cuenta de quién soy - pensaba -, 
     "ahora me observa mejor y me reconoce!", y como hace el que no quiere que 
     lo miren, yo tenía los ojos bajos y enroscaba la cola como para 
     esconderla. Tal era el esfuerzo nervioso que cuando ella, toda sonriente, 
     me saludó y siguió su camino, me sentí cansado como si hubiera librado una 
     batalla, de aquellas de la ‚poca en que nos defendíamos con dientes y 
     uñas. Me di cuenta de que ni siquiera había sido capaz de contestarle 
     buenos días.
     Llegue a la orilla de un río donde los Nuevos tenían sus guaridas y vivían 
     de la pesca. Para hacer un embalse en el río donde el agua, menos rápida, 
     retuviera a los peces, construían un dique de ramas. Apenas me vieron, 
     alzaron la cabeza del trabajo y se detuvieron; me miraron, se miraron 
     entre si, como interrogándose, siempre en silencio. "Ahora se arma - pense 
     -, no me queda más que vender caro el pellejo", y me preparé al salto.
     Por fortuna supe detenerme a tiempo. Aquellos pescadores no tenían nada 
     contra mí; viéndome robusto, querían preguntarme si podía quedarme con 
     ellos para trabajar en el transporte de la madera.
     - Este es un lugar seguro - insistieron, frente a mi aire perplejo -. 
     Dinosaurios, desde la ‚poca de los abuelos de nuestros abuelos no se los 
     ve...
     A ninguno se le ocurría sospechar quién podía ser yo. Me quedé. El clima 
     era bueno, la comida desde luego no para nuestros gustos pero discreta, y 
     un trabajo no demasiado pesado, dada mi fuerza. Me llamaron por un 
     sobrenombre: "el Feo", porque era distinto a ellos, no por otra cosa. 
     Estos Nuevos, no sé cómo diablos les llaman ustedes, Pantoteros o algo por 
     el estilo, eran una especie todavía un poco informe, de la cual en 
     realidad salieron todas las demás especies, y ya en aquel tiempo entre un 
     individuo y otro se pasaba por las m s variadas semejanzas y desemejanzas 
     posibles, de manera que yo, aunque un tipo completamente distinto, tuve 
     que convencerme de que al fin y al cabo no llamaba tanto la atención.
     No es que no me acostumbrara del todo a esa idea: seguía sintiéndome 
     siempre un Dinosaurio entre enemigos, y todas las noches, cuando empezaban 
     a contar historias de Dinosaurios, transmitidas de generación en 
     generación yo retrocedía en la sombra con los nervios tensos.
     Eran historias aterradoras. Los oyentes, pálidos, irrumpiendo cada tanto 
     con gritos de espanto, estaban pendientes de los labios del que contaba, 
     quien, a su vez, traicionaba en su voz una emoción no menor. Pronto tuve 
     la evidencia de que esas historias eran sabidas de todos (a pesar de que 
     constituyeran un repertorio bastante copioso), pero al escucharlas el 
     espanto se renovaba cada vez. Los Dinosaurios eran presentados como 
     monstruos, descritos con detalles que jamás hubieran permitido 
     reconocerlos, y destinados tan sólo a acarrear perjuicios a los Nuevos, 
     como si los Nuevos hubieran sido desde el principio los moradores más 
     importantes de la tierra, y nosotros no hubiéramos tenido otra cosa que 
     hacer más que andarles detrás de la mañana a la noche. Para mi, pensar en 
     nosotros los Dinosaurios era en cambio recorrer con la mente una larga 
     serie de peripecias, de agonías, de lutos; las historias que de nosotros 
     contaban los Nuevos están tan lejos de mi experiencia que hubieran debido 
     dejarme indiferente, como si hablaran de extraños, de desconocidos. Y sin 
     embargo, escuchándolas yo comprendía que nunca había pensado en lo que 
     parecíamos a los demás, y que entre muchas patrañas aquellos relatos, en 
     algunos detalles y desde el especial punto de vista de ellos, estaban en 
     lo cierto. En mi mente sus historias de terrores infligidos por nosotros, 
     se confundían con mis recuerdos de terror sufrido: cuanto m s me enteraba 
     de lo que habíamos hecho temblar, más temblaba.
     Contaban una historia cada uno, y en cierto momento: - y el Feo, ¿qué 
     dices? - preguntaban - ¿Tú no tienes historias que contar? ¿En tu familia 
     no han ocurrido aventuras con los Dinosaurios?
     - Si, pero... - farfullaba - ha pasado tanto tiempo..., si supierais...
     La que venía en mi ayuda en aquellos trances era Flor de Helecho, la joven 
     de la fuente. - Dejadlo en paz... Es forastero, todavía no se ha 
     aclimatado, habla mal nuestra lengua...
     Terminaban por cambiar de tema. Yo respiraba. Entre Flor de Helecho y yo 
     se había establecido una especie de confianza. Nada demasiado íntimo: 
     nunca me había atrevido a rozarla. Pero hablábamos largo y tendido. Es 
     decir, era ella la que me contaba muchas cosas de su vida; yo, por temor 
     de traicionarme, de hacerle sospechar mi identidad, me mantenía siempre en 
     generalidades. Flor de Helecho me contaba sus sueños: 
     - Anoche vi a un Dinosaurio enorme, espantoso, que echaba fuego por las 
     narices. Se acerca, me toma por la nuca, me lleva, quiere comerme viva. 
     Era un sueño terrible, terrible pero yo, qu‚ extraño, no estaba nada 
     asustada, no, ¿cómo decirte? me gustaba...
     Por aquel sueño hubiera debido comprender muchas cosas, y sobre todo una: 
     que Flor de Helecho no deseaba otra cosa que ser agredida. Había llegado 
     el momento, para mi, de abrazarla. Pero el Dinosaurio que ellos imaginaban 
     era demasiado distinto del Dinosaurio que era yo, y este pensamiento me 
     volvía aún m s tímido y diferente. En una palabra, perdí una buena 
     oportunidad. Después, el hermano de Flor de Helecho volvió de la temporada 
     de pesca en la llanura, la joven estaba mucho más vigilada, y nuestras 
     conversaciones escasearon.
     El hermano, Zahn, desde que me vio adoptó un aire suspicaz. - ¿Y ése quién 
     es? ¿De donde viene? - pregunto a los otros, señalándome.
     - Es el Feo, un forastero que trabaja en la madera - le dijeron -. ¿Por 
     qué? ¿Qué tiene de raro?
     - Quisiera preguntárselo a él - dijo Zahn, con aire torvo -. Eh, tú, ¿qué 
     tienes de raro?
     ¿Qué‚ debía responder? ¿Yo? Nada...
     - Porque tú, a tu parecer, no eres raro, ¿eh? - y se rió. Aquella vez 
     terminó ahí, pero yo no me esperaba nada bueno.
     Zahn era uno de los tipos m s decididos del pueblo. Había corrido mundo y 
     demostraba saber muchas m s cosas que los otros. Cuando oía las habituales 
     conversaciones sobre los Dinosaurios le asaltaba una especie de 
     impaciencia. - Patrañas - dijo una vez -, todas patrañas las vuestras. 
     Quisiera veros si llegara aquí un dinosaurio de verdad.
     - Hace tanto tiempo que no existen - intervino un pescador.
     - No tanto - dijo Zahn con una risita burlona -, y nadie ha dicho que no 
     ande todavía alguna manada por los campos... En la llanura, los nuestros 
     se turnan para vigilar día y noche. Pero alli pueden fiarse de todos, no 
     admiten a tipos que no conocen... - y detuvo en mi la mirada, con 
     intención.
     Era inutil prolongar la situación: mejor agarrar el toro por los cuernos, 
     en seguida. Di un pasa adelante.
     - ¿Por qué te la tomas conmigo? - pregunté.
     - Me la tomo con alguien que no sabemos de quién a nacido ni de donde 
     viene, y pretende comer de lo nuestro, y cortejar a nuestras hermanas...
     Uno de los pescadores asumió mi defensa: - El Feo se gana la vida; es de 
     los que trabajan duro...
     - ser  capaz de llevar troncos sobre el lomo, no lo niego - insistió Zahn 
     -, pero en un momento de peligro, cuando tengamos que defendernos con 
     dientes y uñas, ¿quién nos garantiza que se portar  como es debido?
     Comenzó una discusión general. Lo extraño era que la posibilidad de que yo 
     fuese un Dinosaurio nunca se tenía en cuenta; la culpa que se me achacaba 
     era la de ser Distinto, un Extranjero y por lo tanto Sospechoso; y el 
     punto debatido era en qué medida mi presencia aumentaba el peligro de un 
     eventual regreso de los Dinosaurios.
     - Quisiera verlo en combate, con esa boquita de lagartija - seguía 
     provocándome Zahn, despectivo.
     Me le acerqué, brusco, nariz contra nariz.- Puedes verme ahora mismo si no 
     escapas.
     No se lo esperaba. Miró alrededor. Los otros hicieron rueda. Ahora no 
     quedaba más que pelear.
     Avancé, esquivé un mordisco torciendo el cuello, ya le había asestado una 
     patada que lo revolcó patas arriba, y me le fui encima. Era un movimiento 
     equivocado: como si no lo supiera, como si no hubiera visto morir 
     Dinosaurios a arañazos y mordiscos en el pecho y en el vientre, mientras 
     creían que habían inmovilizado al enemigo. Pero la cola todavía sabía 
     usarla para mantenerme firme; no quería dejarme tumbar; hacía fuerza pero 
     sentía que estaba por ceder...
     Entonces uno del público gritó: -¡Dale, fuerza, Dinosaurio! - Saber que me 
     habían desenmascarado y volver a ser el de antes fue todo uno: perdido por 
     perdido lo mismo daba hacerles sentir el antiguo espanto. Y golpeé a Zahn, 
     una, dos, tres veces...
     Nos separaron. - Zahn, te lo habíamos dicho: el Feo tiene músculos. ¡Con 
     el Feo no se bromea! - y se reían y me felicitaban, me daban manotones en 
     la espalda. Yo, que me creía descubierto, no entendía nada; sólo más tarde 
     comprendí que el apóstrofe de "Dinosaurio" era una manera de decir, de 
     animar a los rivales en una especie de: "¡Dale que te lo cargas!", y ni 
     siquiera se sabía si se lo habían gritado a mí o a Zahn.
     Desde aquel día todos me respetaron. Hasta Zahn me alentaba, me andaba 
     detrás para verme dar nuevas pruebas de fuerza. Debo decir que también sus 
     discursos habituales sobre los Dinosaurios habían cambiado un poco, como 
     sucede cuando uno se cansa de juzgar las cosas de la misma manera y la 
     moda comienza a tomar otra dirección. Ahora, si querían criticar alguna 
     cosa en el pueblo, habían adquirido la costumbre de decir que entre los 
     Dinosaurios no hubieran sucedido ciertas cosas, que los Dinosaurios podían 
     dar ejemplo en muchos casos, que el comportamiento de los Dinosaurios en 
     esta o aquella situación (por ejemplo en la vida privada) no había nada 
     que criticar. En una palabra, parecía asomar casi una admiración póstuma 
     por esos Dinosaurios de los cuales nadie sabía nada preciso.
     A mí una vez se me ocurrió decir: - No exageremos: ¿qué creéis que era un 
     Dinosaurio, al fin y al cabo?
     Me reconvinieron: - Calla, ¿tú qué sabes si nunca los viste?
     Quizás era el momento justo de empezar a llamar al pan pan. - Sí que los 
     ví - exclamé -, y si queréis os puedo explicar cómo eran!
     No me creyeron: pensaban que quería tomarles el pelo. Para mi, esta nueva 
     manera que tenían de hablar de los Dinosaurios era casi tan insoportable 
     como la de antes. Porque - aparte del dolor que sentía por el cruel 
     destino de mi especie- yo la vida de los Dinosaurios la conocía desde 
     adentro, sabía como entre nosotros prevalecía una mentalidad limitada, 
     llena de prejuicios, incapaz de ponerse a la altura en las situaciones 
     nuevas. ­Y ahora tenía que ver cómo éstos tomaban por modelo aquel mundo 
     nuestro pequeño, tan retrógrado, tan -digámoslo- ¡aburrido! ¡Tenía que 
     soportar cómo me imponían ellos una suerte de sagrado respeto por mi 
     especie, yo que nunca lo había sentido! Pero en el fondo era justo que 
     fuera así: estos Nuevos, ¿en qué se diferenciaban de los Dinosaurios de 
     los buenos tiempos? Seguros en su pueblo, con los diques y las pesquerías, 
     les había asomado también una jactancia, una presunción... ¡Me pasaba que 
     sentía entre ellos la misma impaciencia que me había producido mi 
     ambiente, y cuanto más los oía admirar a los Dinosaurios, más detestaba a 
     los Dinosaurios y a ellos al mismo tiempo!
     - Sabes, anoche soñé que iba a pasar un Dinosaurio delante de mi casa - me 
     dijo Flor de Helecho -, un Dinosaurio magnífico, un príncipe o un rey de 
     los Dinosaurios. Yo me ponía bonita, me ataba una cinta a la cabeza y me 
     asomaba a la ventana. Trataba de atraer la atención del Dinosaurio, le 
     hacía una reverencia, pero ‚l ni siquiera se daba cuenta, no se dignaba a 
     echarme una mirada...
     Este nuevo sueño me dió una nueva clave para entender el estado de ánimo 
     de Flor de Helecho con respecto a mí: la joven debía de haber confundido 
     mi timidez con una desdeñosa soberbia. Ahora que lo pienso, comprendo que 
     me hubiera bastado insistir un poco en aquella actitud, demostrar un 
     altivo desapego, y la hubiera conquistado del todo. En cambio la 
     revelación me conmovió tanto que me arrojé a sus pies con lágrimas en los 
     ojos, diciendo: - No, no, Flor de Helecho, no es como tú crees, tú eres 
     mejor que cualquier Dinosaurio, cien veces mejor, y yo me siento tan 
     inferior a ti...
     Flor de Helecho se puso rígida, dio un paso atrás. - ¿Pero qué estás 
     diciendo?
     No era lo que ella esperaba; estaba desconcertada y encontraba la escena 
     un poco desagradable. Yo me di cuenta demasiado tarde; me rehice en 
     seguida, pero una atmósfera de incomodidad pesaba ahora entre nosotros.
     No hubo tiempo de pensarlo, con todo lo que sucedió después. Mensajeros 
     jadeantes llegaron a la aldea. -¡Vuelven los Dinosaurios!- Se había visto 
     una manada de monstruos desconocidos corriendo furiosa por la llanura. Si 
     seguían a aquel paso al alba del día siguiente atacarían la aldea. Se dio 
     la señal de alarma.
     Pueden imaginarse, la tempestad de sentimientos que se desencadenó en mi 
     pecho a la noticia: ­ mi especie no estaba extinguida, podía reunirme con 
     mis hermanos, recomenzar la antigua vida! Pero el recuerdo de la antigua 
     vida que me volvía a la mente era una serie de interminables derrotas, 
     fugas, peligros; recomenzar significaba quizás tan sólo un temporario 
     suplemento de aquella agonía, el retorno a una fase que me hacía ilusión 
     haber cerrado ya. Ahora había alcanzado, aquí en la aldea, una especie de 
     nueva tranquilidad y me pesaba perderla.
     El ánimo de los Nuevos también estaba dividido entre sentimientos 
     diferentes. Por un lado el pánico, por el otro el deseo de triunfar del 
     viejo enemigo, por otro también la idea de que si los dinosaurios habían 
     sobrevivido y ahora se avanzaban en busca de un desquite, era señal de que 
     nadie podía detenerlos, y no estaba excluido que una victoria de ellos, 
     aunque fuese despiadada, pudiera constituir un bien para todos. Los Nuevos 
     querían, en una palabra, al mismo tiempo defenderse, huir, exterminar al 
     enemigo, ser vencidos; y esta inseguridad se reflejaba en el desorden de 
     sus preparativos de defensa.
     - ¡Un momento! - grito Zahn -. ¡Hay uno solo entre nosotros que est  en 
     condiciones de tomar el mando!. ­ El más fuerte de todos, el Feo!
     - ¡Es cierto! ­ El Feo es el que debe mandarnos! - dijeron en corro todos 
     los otros -. ¡Si, si, el mando al Feo! - y se ponían a mis órdenes.
     - Pero no, cómo queréis que yo, un extranjero, no estoy a la altura... - 
     me defendía yo. No hubo modo de convencerlos.
     ¿Qué debía hacer? Aquella noche no pude cerrar los ojos. La voz de la 
     sangre me obligaba a desertar y a reunirme con mis hermanos; la lealtad 
     hacia los Nuevos que me habían acogido y brindado hospitalidad y confiado 
     en mí quería, en cambio, que me considerase parte de ellos; además sabía 
     bien que ni los Dinosaurios ni los Nuevos merecían que se moviera un dedo 
     por ellos. Si los Dinosaurios trataban de restablecer su domino con 
     invasiones y matanzas, era la señal de que no habían aprendido nada con la 
     experiencia, que habían sobrevivido sólo por error. Y los Nuevos era 
     evidente que dándome a mí el mando habían encontrado la solución más 
     cómoda: descargar todas las responsabilidades en un extranjero que podía 
     ser tanto el salvador como, en caso de derrota, un chivo expiatorio que se 
     entrega al enemigo para calmarlo, o bien un traidor que puesto en manos 
     del enemigo realizara el sueño inconfesable de los Nuevos, de ser 
     dominados por los Dinosaurios. En una palabra, no quería saber nada ni de 
     unos ni de otros; ­ que se degollasen entre ellos!; me importaba un rábano 
     de todos. Tenía que escapar cuanto antes, dejarlos que se cocinaran en su 
     salsa, no tener nada m s que ver con esas viejas historias.
     Esa misma noche, escurriéndome en la oscuridad, dejé la aldea. El primer 
     impulso era alejarme lo más posible del campo de batalla, regresar a mis 
     refugios secretos; pero la curiosidad fue más fuerte: volver a ver a mis 
     semejantes, saber quién vencería. Me escondí en lo alto de unas rocas que 
     dominaban el embalse del río, y esperé al alba.
     Con la luz, aparecieron figuras en el horizonte. Avanzaban a la carga. 
     Antes de distinguirlos bien, ya podía excluir que los Dinosaurios hubieran 
     corrido con tan poca gracia. Cuando los reconocí no sabía si reír o 
     avergonzarme. Rinocerontes, una manada, de los primeros, grandes y bastos 
     y torpes, cubiertos de protuberancias de materia córnea, pero en esencia 
     inofensivos, dedicados a comer hierba: ¡con eso habían confundido a los 
     antiguos Reyes de la Tierra!
     La manada de rinocerontes galopó con ruido de trueno, se detuvo a lamer 
     unas matas, reanudo la carrera hacia el horizonte sin percatarse siquiera 
     de los destacamentos de los pescadores.
     Volví corriendo a la aldea. - ¡No se han dado cuenta de nada! ¡No eran 
     dinosaurios! - anuncié -. ¡Rinocerontes, eso era lo que eran! ¡Ya se 
     fueron! ¡No hay más peligro! - Y añadí, para justificar mi deserción 
     nocturna -: ¡Yo había salido a explorar! ¡A espiar y a contarlos!
     - Quizá no nos hayamos dado cuenta de que no eran Dinosaurios - dijo con 
     calma Zahn -, pero nos hemos dado cuenta de que no eres un héroe - y me 
     volvió la espalda.
     Sí, se habían desilusionado: de los Dinosaurios, de mí. Entonces sus 
     historias de Dinosaurios se convirtieron en chistes en los cuales los 
     terribles monstruos aparecían como personajes ridículos. A mi no me afecta 
     ese espíritu mezquino. Ahora reconocía la grandeza de alma que nos había 
     hecho elegirla desaparición antes que vivir en un mundo que ya no era para 
     nosotros. Si yo sobrevivía era solamente para que un Dinosaurio siguiera 
     sintiéndose como tal en medio de esa gentuza que disfrazaba con bromas 
     triviales el miedo que todavía la dominaba. ¨Y que otra opción podía 
     presentarse a los Nuevos sino entre irrisión y miedo?
     Flor de Helecho reveló una actitud distinta contándome un sueño: - Había 
     un Dinosaurio, cómico, verde verde, y todos le tomaban el pelo, le tiraban 
     de la cola. Y me di cuenta de que, con ser ridículo, era la m s triste de 
     las criaturas, y de sus ojos amarillos y rojos corría un río de lágrimas.
     ¿Qué sentí al oír aquellas palabras? ¿La negativa a identificarme con las 
     imágenes del sueño, el rechazo de un sentimiento que parecía haberse 
     convertido en piedad, la imposibilidad de tolerar la idea disminuida que 
     todos ellos se hacían de la dignidad dinos urica? Tuve un arrebato de 
     soberbia, me puse rígido y le eché a la cara unas pocas frases 
     despreciativas: - ¿Por qué me aburres con esos sueños tuyos cada vez m s 
     infantiles? ¡No sabes soñar más que estupideces!
     Flor de Helecho estalló en l grimas. Yo me alejé encogiéndome de hombros.
     Esto había sucedido en el muelle; no estábamos solos; los pescadores no 
     habían oído nuestro diálogo pero se habián dado cuenta de mi estallido y 
     de las lágrimas de la muchacha.
     Zahn se sintió obligado a intervenir. - ¿Pero quién te crees que eres - 
     dijo con voz agria- para faltarle el respeto a mi hermana?
     Me detuve y no contesté. Si quería pelear, estaba dispuesto. Pero el 
     estilo de la aldea había cambiado los últimos tiempos: todo lo tomaban a 
     broma. Des grupo de pescadores salió un grito en falsete: -¡Termínala, 
     Dinosaurio!- Esta era, lo sabía bien, una expresión burlona que había 
     empezado a usarse últimamente para decir: "Baja el copete, no exageres", y 
     así. Pero a mí me revolvió algo en la sangre.
     -¡Sí, lo soy, si queréis saberlo - grité -, un Dinosaurio, eso mismo! ¡Si 
     nunca habéis visto un Dinosaurio, aquí me tenéis, mirad!
     Estalló una carcajada general de burla
     - Yo vi uno ayer - dijo un viejo -, salió de la nieve.
     - A su alrededor reinó el silencio.
     El viejo volvía de un viaje a las montañas. El deshielo había fundido un 
     antiguo glaciar y había asomado un esqueleto de Dinosaurio.
     La noticia se propagó por la aldea. -¡Vamos a ver al Dinosaurio!- Todos 
     subieron corriendo la montaña y yo con ellos.
     Dejando atrás una morrena de guijarros, troncos arrancados, barro y 
     osamentas de pájaros, se habría un pequeño valle en forma de concha. Un 
     primer velo de líquenes verdecía en las rocas liberadas del hielo. En 
     medio, tendido como si durmiera, con el cuello estirado por los intervalos 
     de las vértebras, la cola desplegada en una larga línea serpentina, yacía 
     el esqueleto de un Dinosaurio gigantesco. La caja torácica se arqueaba 
     como una vela y cuando el viento golpeaba contra los listones chatos de 
     las costillas parecía que aún le latiera dentro un corazón invisible. El 
     cráneo había girado hasta quedar torcido, la boca abierta como en un 
     último grito.
     Los Nuevos corrieron hasta allí dando voces jubilosas: frente al cráneo se 
     sintieron mirados fijamente por la órbitas vacías; permanecieron a unos 
     pasos de distancia, silenciosos; después se volvieron y reanudaron su 
     necio jolgorio. Hubiera bastado que uno de ellos pasase su mirada del 
     esqueleto a mi, que estaba contemplándolo, para darse cuenta de que éramos 
     idénticos. Pero nadie lo hizo. Aquellos huesos, aquellos colmillos, 
     aquellos miembros exterminadores, hablaban una lengua ahora ilegible, ya 
     no decían nada a nadie, salvo aquel vago nombre que había perdido relación 
     con las experiencias del presente.
     Yo seguía mirando el esqueleto, el Padre, el Hermano, el igual a mí, Yo 
     mismo; reconocía mis miembros descarnados, mis rasgos grabados en la roca, 
     todo lo que habíamos sido y ya no éramos, nuestra majestad, nuestras 
     culpas, nuestra ruina.
     Ahora aquellos despojos servirían a los Nuevos, distraídos ocupantes del 
     planeta, para señalar un punto en el paisaje, seguirían el destino del 
     nombre "Dinosaurio" convertido en un sonido opaco sin sentido. No debía 
     permitirlo. Todo lo que incumbía a la verdadera naturaleza de los 
     Dinosaurios tenía que permanecer oculto. En la noche, mientras los Nuevos 
     dormían en torno al esqueleto embanderado, trasladé y sepulté, vértebra 
     por vértebra a mi Muerto.
     Por la mañana los Nuevos no encontraron huellas del esqueleto. No se 
     preocuparon mucho. Era un nuevo misterio que se añadía a los tantos 
     relacionados con los Dinosaurios. Pronto se les borró de la memoria.
     Pero la aparición del esqueleto dejó una huella, en el sentido de que en 
     todos ellos la idea de los Dinosaurios quedó unida a la de un triste fin, 
     y en las historias que contaban ahora predominaba un acento de 
     conmiseración, de pena por nuestros padecimientos. Esta compasión de nada 
     me servía. ¿Compasión de qué? Si una especie había tenido jamas una 
     evolución plena y rica, un reino largo y feliz, había sido la nuestra. La 
     extinción era un epílogo grandioso, digno de nuestro pasado. ¿Qué podían 
     entender esos tontos? Cada vez que los oía ponerse sentimentales con los 
     pobres Dinosaurios, me daban ganas de tomarles el pelo, de contar 
     historias inventadas e inverosímiles. En adelante la verdad sobre los 
     Dinosaurios no la comprendería nadie, era un secreto que yo custodiaría 
     sólo para mí.
     Una banda de vagabundos se detuvo en la aldea. Entre ellos había una 
     joven. Me sobresalté al verla. Si mis ojos no me engañaban, aquella no 
     tenía en las venas sólo sangre de los Nuevos: era una mulata, una mulata 
     dinosauria. ¿Lo sabía? Seguramente que no, a juzgar por su desenvoltura. 
     Quizá no uno de los padres, pero uno de los abuelos o bisabuelos o 
     trisabuelos había sido dinosaurio, y los caracteres, la gracia de 
     movimientos de nuestra progenie, volvían a aparecer en un gesto casi 
     desvergonzado, irreconocible para todos, incluso para ella. Era una 
     criatura graciosa y alegre; en seguida le anduvo detrás un grupo de 
     cortejantes, y entre ellos el más asiduo y enamorado era Zahn.
     Empezaba el verano. La juventud daba una fiesta en el río.- ¡Ven con 
     nosotros!- me invito Zahn, que después de tantas peleas trataba de hacerse 
     amigo; después se puso a nadar junto a la Mulata.
     Me acerque a Flor de Helecho. Quizás había llegado el momento de buscar un 
     entendimiento. -¿Qué soñaste anoche? - pregunté por iniciar una 
     conversación.
     Permaneció con la cabeza baja. - Vi a un Dinosaurio que se retorcía 
     agonizando. Reclinaba la cabeza noble y delicada, y sufría, sufría... Yo 
     lo miraba, no podía despegar los ojos de ‚l y me di cuenta de que sentía 
     un placer sutil viéndolo sufrir...
     Los labios de Flor de Helecho se estiraban en un pliegue maligno que nunca 
     le había notado. Hubiera querido sólo demostrarle que en aquel juego suyo 
     de sentimientos ambiguos y oscuros yo no tenía nada que ver: yo era de los 
     que gozan de la vida, el heredero de una estirpe feliz. Me puse a bailar a 
     su alrededor, la salpiqué con el agua del río agitando la cola.
     - ¡No se te ocurren m s que conversaciones tristes! - dije, frívolo -.
     ¡Termínala, ven a bailar!
     No me entendió. Hizo una mueca.
     - ¡Y si no bailas conmigo, bailar‚ con otra! - exclamé. Tomé por una pata 
     a la Mulata, llevándomela en las propias narices de Zahn, que primero la 
     miró alejarse sin entender, tan absorto estaba en su contemplación 
     amorosa, después tuvo un sobresalto de celos. Demasiado tarde; la Mulata y 
     yo ya nos habíamos zambullido en el río y nadábamos hacía la otra orilla, 
     para escondernos en los matorrales.
     Quizás sólo quería dar a Flor de Helecho una prueba de quién era realmente 
     yo, desmentir las ideas siempre equivocadas que se había hecho de mí. Y 
     quizá me movía también un viejo rencor hacia Zahn, quería ostentosamente 
     rechazar su nuevo ofrecimiento de amistad. O bien, más que nada, las 
     formas familiares y sin embargo insólitas de la Mulata eran las que me 
     daban ganas de una relación natural, directa, sin pensamientos secretos, 
     sin recuerdos.
     La caravana de vagabundos partiría por la mañana. La Mulata consintió en 
     pasar la noche en los matorrales. Me qued‚ haciendo el amor con ella hasta 
     el alba.
     Estos no eran sino episodios efímeros de una vida por lo demás tranquila y 
     escasa de acontecimientos. Había dejado hundirse en el silencio la verdad 
     acerca de mí y acerca de la era de nuestro reino. Ahora de los Dinosaurios 
     casi no se hablaba; tal vez nadie creía ya que hubiesen existido. Hasta 
     Flor de Helecho había dejado de soñar con ellos.
     Cuando me contó: - Soñé que en una caverna quedaba el único superviviente 
     de una especie cuyo nombre nadie recordaba, y yo iba a preguntárselo, y 
     estaba oscuro, y yo sabía que estaba allí, y no lo veía, y sabía bien 
     quién era y cómo era pero no hubiera podido decirlo, y no entendía si era 
     él el que contestaba a mis preguntas o yo a las suyas... - fue para mí la 
     señal de que finalmente había empezado un entendimiento amoroso entre 
     nosotros, como lo deseaba desde que me había detenido por primera vez en 
     la fuente y aún no sabía si me sería permitido sobrevivir.
     Desde entonces había aprendido tantas cosas, y sobre todo la forma en que 
     vencen los Dinosaurios. Primero creí que desaparecer había sido para mis 
     hermanos la magnánima aceptación de su derrota; ahora sabía que los 
     Dinosaurios cuanto m s desaparecen m s extienden su dominio, y sobre 
     selvas mucho m s inmensas que las que cubren los continentes: en la maraña 
     de pensamientos del que se queda. Desde la penumbra de los miedos y las 
     dudas de generaciones ahora ignoras, continuaban extendiendo el cuello, 
     levantando las zarpas, y cuando la última sombra de su imagen se había 
     borrado, su nombre continuaba superponiéndose a todos los significados, 
     perpetuando su presencia en las relaciones de los seres vivientes. Ahora, 
     borrado hasta el nombre, les aguardaba convertirse en una sola cosa con 
     los moldes mudos y anónimos del pensamiento, a través de los cuales cobran 
     forma y sustancia las cosas pensadas: por los Nuevos, y por los que 
     vendrían aún después.
     Miré alrededor: la aldea que me había visto llegar como extranjero, ahora 
     bien podía decirla mía, y decir mía a Flor de Helecho: de la manera que un 
     Dinosaurio puede decirlo. Por eso, con un silencioso gesto de saludo me 
     despedí de Flor de Helecho, dejé la aldea, me fui para siempre.
     Por el camino miraba los árboles, los ríos y los montes y no sabía 
     distinguir los que ya estaban en los tiempos de los Dinosaurios y los que 
     habían venido después. Alrededor de algunas guaridas habían acampado unos 
     vagabundos. Reconocí de lejos a la Mulata, siempre agradable, un poco más 
     gorda. Para que no me vieran me resguardé en el bosque y la espié. La 
     seguía un hijito que apenas podía correr sobre sus piernas meneando la 
     cola. ¿Cuanto tiempo hacía que yo no veía a un pequeño Dinosaurio tan 
     perfecto, tan pleno de la exacta esencia de Dinosaurio, y tan ignorante de 
     lo que Dinosaurio significaba?
     Lo esperé en un claro del bosque para verlo jugar, perseguir a una 
     mariposa, deshacer una piña contra una piedra para sacar los piñones. Me 
     acerqué. Era realmente mi hijo.
     Me miró con curiosidad. -¿Quién eres?- me preguntó.
     - Nadie - dije.- Y tú, ¿sabes quién eres?
     - ¡Claro! Lo saben todos: ¡soy un Nuevo! - dijo.
     Era exactamente lo que esperaba oír. Le acaricié la cabeza, le dije:
     - Muy bien - y me fui.
     Recorrí valles y llanuras. Llegué a una estación, tomé el tren, me 
     confundí con la multitud.

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