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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

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Italo Calvino - Asomándose desde la abrupta costa


     Me estoy convenciendo de que el mundo quiere decirme algo, mandarme 
     mensajes, avisos, señales. Es desde que estoy en Pëtkwo cuando lo he 
     advertido. Todas las mañanas salgo de la pensión Kudgiwa para mí 
     acostumbrado paseo hasta el puerto. Paso por delante del observatorio 
     meteorológico y pienso en el fin del mundo que se aproxima, más aún, está 
     en marcha desde hace mucho tiempo. Si el fin del mundo se pudiera 
     localizar en un punto concreto, este sería el observatorio meteorológico 
     de Pëtkwo: un cobertizo de palastro que se apoya en cuatro postes de 
     madera un poco tambaleantes y abriga, alineados sobre una repisa, 
     barómetros registradores, higrómetros, termógrafos, con sus rollos de 
     papel graduado que giran con un lento tictac de relojería contra un plumín 
     oscilante. La veleta de un anemómetro en la cima de una alta antena y el 
     rechoncho embudo de un pluviómetro contemplan el frágil equipo del 
     observatorio, que, aislado al borde de un talud en el jardín municipal, 
     contra el cielo grisperla uniforme e inmóvil, parece una trampa para 
     ciclones, un cebo puesto allí para atraer las trombas de aire de los 
     remotos océanos tropicales, ofreciéndose ya como despojo ideal a la furia 
     de los huracanes.
     Hay días en los que cada cosa que veo parece cargada de significados: 
     mensajes que me sería difícil comunicar a otros, definir, traducir a 
     palabras, pero que por eso mismo se me presentan como decisivos. Son 
     anuncios o presagios que se refieren a mí y al mundo a un tiempo: y de mí 
     no a los acontecimientos externos de la existencia sino a lo que ocurre 
     dentro, en el fondo; y del mundo no a algún hecho particular sino al modo 
     de ser general de todo. Comprenderéis pues mi dificultad para hablar de 
     ello, salvo por alusiones.
     Lunes. Hoy he visto una mano asomar por una ventana de la prisión, hacia 
     el mar. Caminaba por el rompeolas del puerto, como es mi costumbre, 
     llegando hasta detrás de la vieja fortaleza. La fortaleza está toda 
     encerrada en sus murallas oblicuas; las ventanas, protegidas por rejas 
     dobles o triples, parecen ciegas. Aún sabiendo que allí están encerrados 
     los presos, siempre he visto la fortaleza como un elemento de la 
     naturaleza inerte del reino mineral. Por eso la aparición de la mano me ha 
     asombrado como si hubiera salido de una roca. La mano estaba en una 
     posición innatural; supongo que las ventanas están situadas en lo alto de 
     las celdas y empotradas en la muralla; el preso debe haber realizado un 
     esfuerzo de acróbata, mejor dicho, de contorsionista, para hacer pasar el 
     brazo entre reja y reja de modo que su mano tremolase en el aire libre. No 
     era una señal de un preso a mí, ni a ningún otro; en cualquier caso, yo no 
     la he tomado por tal; e incluso de momento no pensé para nada en los 
     presos; diré que la mano me pareció blanca y fina, una mano no diferente a 
     las mías, en la cual nada indicaba la tosquedad que uno espera de un 
     presidiario. Para mí ha sido como una señal que venía de la piedra: la 
     piedra quería advertirme de que nuestra sustancia era común y que por ello 
     algo de lo que constituye mi persona perduraría, no se perdería con el fin 
     del mundo: todavía será posible una comunicación en el desierto carente de 
     vida y de todo recuerdo mío. Cuento las primeras impresiones registradas, 
     que son las que importan.
     Hoy he llegado al mirador bajo el cual se divisa un trocito de playa, allá 
     abajo, desierta ante el mar gris. Los sillones de mimbre de altos 
     respaldos curvados, en cesto, para abrigar del viento, dispuestos en 
     semicírculo, parecían indicar un mundo en el cual el género humano ha 
     desaparecido y las cosas no saben sino hablar de su ausencia. He 
     experimentado una sensación de vértigo, como si no hiciera mas que 
     precipitarme de un mundo a otro y a cada cual llegase poco después de que 
     el fin del mundo se hubiese producido.
     He vuelto a pasar por el mirador al cabo de media hora. Desde un sillón 
     que se me presentaba de espalda flameaba una cinta lila. He bajado por el 
     abrupto sendero del promontorio, hasta una terraza donde cambia el ángulo 
     visual: como me esperaba, sentada en el cesto, completamente oculta por 
     las protecciones de mimbre, estaba la señorita Zwida con el sombrero de 
     paja blanca, el álbum de dibujo abierto sobre las rodillas; estaba 
     copiando una concha. No he estado contento de haberla visto; los signos 
     contrarios de esta mañana me desaconsejaban entablar conversación; ya hace 
     unos veinte días que la encuentro sola en mis paseos por escollos y dunas, 
     y no deseo sino dirigirle la palabra, e incluso con este propósito bajo de 
     mi pensión cada día, pero cada día algo me disuade.
     La señorita Zwida para en el hotel del Lirio Marino; ya había ido a 
     preguntare su nombre al portero; quizá ella lo supo; los veraneantes de 
     esta estación son poquísimos en Pëtkwo; y además los jóvenes podrían 
     contarse con los dedos de una mano; al encontarme tan a menudo, ella acaso 
     espera que yo un día le dirija un saludo. Las razones que sirven de 
     obstáculo a un posible encuentro entre nosotros son más de una. En primer 
     lugar, la señorita Zwida recoge y dibuja conchas; yo tuve una buena 
     colección de conchas, hace años, cuando era adolescente, pero después lo 
     dejé y lo he olvidado todo: clasificaciones, morfología, distribución 
     geográfica de las diversas especies; una conversación con la señorita 
     Zwida me llevaría inevitablemente a hablar de conchas y no decidirme sobre 
     la actitud a adoptar: si fingir una incompetencia absoluta o bien apelar a 
     una experiencia lejana y que quedo en vagarosa; es la relación con mi vida 
     hechas de cosas no llevadas a término y semiborradas lo que el tema de las 
     conchas me obliga a considerar; de ahí el malestar que acaba por ponerme 
     en fuga.
     Agrégese a ello el hecho de que la aplicación con la que esta muchacha se 
     dedica a dibujar conchas indica en ella una búsqueda de la perfección como 
     forma que el mundo puede y por ende debe alcanzar; yo, al contrario, estoy 
     convencido hace tiempo de que la perfección sólo se produce accesoriamente 
     y por azar; por tanto no merece el menor interés, pues la verdadera 
     naturaleza de las cosas sólo se revela en la destrucción; al acercarme a 
     la señorita Zwida debería manifestar cierta apreciación sobre sus dibujos 
     - de calidad finísima, por otra parte, por cuanto he podido ver -, y por 
     lo tanto, al menos en un primer momento, fingir consentimiento a un ideal 
     estético y moral que rechazo; o bien declarar de buenas a primeras mi modo 
     de sentir, a riesgo de herirla.
     Tercer obstáculo, mi estado de salud que, aunque muy mejorado por la 
     estancia en el mar prescrita por los médicos, condiciona mi posibilidad de 
     salir y encontrarme con extraños; estoy aún sujeto a crisis intermitentes, 
     y sobre todo al reagudizarse de un fastidioso eczema que me aparta de todo 
     propósito de sociabilidad.
     Intercambio de vez en cuando unas palabras con el meteorólogo, el señor 
     Kauderer, cuando lo encuentro en el observatorio. El señor Kauderer pasa 
     siempre al mediodía, a anotar los datos. Es un hombre largo y enjuto, de 
     cara oscura, un poco como un indio de América. Se adelanta en bicicleta, 
     mirando fijo en sí, como si mantenerse en equilibrio en el sillín 
     requiriese toda su concentración. Apoya la bicicleta en el cobertizo, 
     deshebilla una bolsa colgada de la barra y saca un registro de páginas 
     anchas y cortas. Sube los peldaños de la tarima y marca las cifras 
     proporcionadas por los instrumentos, unas a lápiz, otras con una gruesa 
     estilográfica, sin disminuir por un momento su concentración. Lleva 
     pantalones bombachos bajo un largo gabán; todas sus prendas son grises, o 
     de cuadritos blancos y negros, incluso la gorra de visera. Y sólo cuando 
     ha llevado a término estas operaciones advierte que lo estoy observando y 
     me saludo afablemente.
     Me he dado cuenta de que la presencia del señor Kuderer es importante para 
     mí: el hecho de que alguien demuestre aún tanto escrúpulo y metódica 
     atención, aunque sé perfectamente que todo es inútil, tiene sobre mí un 
     efecto tranquilizador, acaso porque viene a compensar mi modo de vivir 
     impreciso, que - pese a las conclusiones a las que he llegado – continúo 
     siendo como una culpa. Por eso me paro a mirar al meteorólogo, y hasta a 
     charlar con él, aunque no sea la conversación en sí lo que me interesa. Me 
     habla del tiempo, naturalmente, en circunstanciados términos técnicos, y 
     de los efectos de las variaciones de la presión sobre la salud, pero 
     también de los tiempos inestables en los que vivimos, citando como 
     ejemplos episodios de la vida local o también noticias leídas en los 
     periódicos. En esos momentos revela un carácter menos cerrado de lo que 
     parecía a primera vista, más aún, tiende a enfervorizarse y a volverse 
     locuaz, sobre todo al desaprobar el modo de obrar y de pensar de la 
     mayoría, porque es un hombre inclinado al descontento.
     Hoy el señor Kauderer me ha dicho que, teniendo el proyecto de ausentarse 
     unos días, debería encontrar quien lo sustituya en la anotación de los 
     datos, pero no conoce a nadie de quien pueda fiarse. Charlando de esto ha 
     llegado a preguntarme si no me interesaría aprender a leer los 
     instrumentos meteorológicos, en cuyo caso me enseñaría. No le he 
     respondido ni que si ni que no, o al menos no he pretendido darle ninguna 
     respuesta concreta, pero me he encontrado a su lado en la tarima mientras 
     él me explicaba cómo establecer las máximas y las mínimas, la marcha de la 
     presión, la cantidad de precipitaciones, la velocidad de los vientos. En 
     resumen, casi sin darme cuenta, me ha confiado el encargo de hacer sus 
     veces durante los próximos días, empezando mañana a las doce. Aunque mi 
     aceptación haya sido un poco forzada, al no haberme dejado tiempo para 
     reflexionar, ni para dar a entender que no podía decidir así de sopetón, 
     esta obligación no me desagrada.
      
     Martes. Esta mañana he hablado por primera vez con la señorita Zwida. El 
     encargo de anotar los datos meteorológicos ha desempeñado desde luego un 
     papel para hacerme superar mis incertidumbres. En el sentido de que por 
     primera vez en mis días Pëtkwo había algo fijado de antemano a lo cual no 
     podía faltar; por eso, fuera como fuera nuestra conversación, a las doce 
     menos cuarto diría: "Ah, me olvidaba, tengo que darme prisa en ir al 
     observatorio porque es la hora de las anotaciones." Y me despediría, quizá 
     de mala gana, quizá con alivio, pero en cualquier caso con la seguridad de 
     no poder obrar de otro modo. Creo haberlo comprendido confusamente ya 
     ayer, cuando el señor Kauderer me hizo la propuesta, que esta tarea me 
     animaría a hablar con la señorita Zwida: pero sólo ahora tengo la cosa 
     clara, admitiendo que esté clara.
      La señorita Zwida estaba dibujando un erizo de mar. Estaba sentada en un 
     taburetito plegable, en el muelle. El erizo estaba patas arriba sobre la 
     roca, abierto; contraía las púas tratando inútilmente de enderezarse. El 
     dibujo de la muchacha era un estudio de la pulpa húmeda del molusco, en su 
     dilatarse y contraerse, pintada en claroscuro, y con un bosquejo denso e 
     hirsuto todo alrededor. La conversación que yo tenía en mente, sobre la 
     forma de las conchas como armonía engañosa, envoltura que esconde la 
     verdadera sustancia de la naturaleza, ya no venía a cuento. Tanto la vista 
     del erizo como el dibujo transmitían sensaciones desagradables y crueles, 
     como una víscera expuesta a las miradas. He pegado la hebra diciendo que 
     no hay nada más difícil que dibujar erizos de mar: tanto la envoltura de 
     púas vista desde arriba, como el molusco tumbado, pese a la simetría 
     radial de su estructura, ofrecen pocos pretextos para una representación 
     lineal. Me ha respondido que le interesaba dibujarlo porque era una imagen 
     que se repetía en sus sueños y que quería librarse de ella. Al despedirme 
     le he preguntado si podíamos vernos mañana por la mañana en el mismo 
     sitio. Ha dicho que mañana tiene otros compromisos; pero que pasado mañana 
     saldrá de nuevo con el álbum de dibujo y me será fácil encontrarla.
     Mientras comprobaba los barómetros, dos hombres se han acercado al 
     cobertizo. No los había visto nunca; arropados, vestidos de negro, con las 
     solapas levantadas. Me han preguntado si no estaba el señor Kauderer; 
     despues, dónde había ido, si sabía su paradero, cuándo colvería. He 
     respondido que no sabía y he preguntado quiénes eran y por qué me lo 
     preguntaban.
     - Nada, no importa - han dicho, alejándose.
      
     Miércoles. He ido a llevar un ramillete de violetas al hotel para la 
     señorita Zwida. El portero me ha dicho que había salido hace rato. He dado 
     muchas vueltas, esperando encontrarla por azar. En la explanada de la 
     fortaleza estaba la cola de los parientes de los presos: hoy es día de 
     visita en la cárcel. Entre las mujercitas con pañuelos en la cabeza y los 
     niños que lloran he visto a la señorita Zwida. Llevaba el rostro tapado 
     por un velillo negro bajo las alas del sombrero, pero su porte era 
     inconfundible: estaba con la cabeza alta, el cuello erguido y como 
     orgulloso.
     En un ángulo de la explanada, como vigilando la cola de la puerta de la 
     cárcel, estaban los dos hombres de negro que me habían interpelado ayer en 
     el observatorio.
     El erizo, el velillo, los dos desconocidos: el color negro sigue 
     apareciéndoseme en circunstancias tales que atraen mi atención: mensajes 
     que interpreto como una llamada de la noche. Me he dado cuenta de que hace 
     mucho tiempo que tiendo a reducir la presencia de la oscuridad en mi vida. 
     La prohibición de los médico de salir después del ocaso me ha constreñido 
     hace meses a los confines del mundo diurno. Pero no es sólo esto: es que 
     encuentro en la luz del día, el la luminosidad difusa, pálida, casi sin 
     sombras, una oscuridad más espesa que la de la noche.
     Miércoles por la noche. Cada tarde paso las primeras horas de oscuridad 
     pergeñando estas páginas que no sé si alguien leerá jamás. El globo de 
     pasta de vidrio de mi habitación en la Pensión Kudgiwa ilumina el fluir de 
     mi escritura quizá demasiado nerviosa para que un futuro lector pueda 
     descifrarla. Quizá este diario salga a la luz muchísimos años después de 
     mi muerte, cuando nuestra lengua haya sufrido quién sabe que 
     transformaciones y algunos de los vocablos y giros usados por mí 
     corrientemente suenen insólitos y de significado incierto. En cualquier 
     caso, quien encuentre este diario tendrá una ventaja segura sobre mí: de 
     una lengua escrita es siempre posible deducir un vocabulario y una 
     gramática, aislar las frases, transcribirlas o parafrasearlas en otra 
     lengua, mientras que yo estoy tratando de leer en la sucesión de las cosas 
     que se me presentan cada día, las intenciones del mundo respecto a mí, y 
     avanzo a tientas, sabiendo que no puede existir ningún vocabulario que 
     traduzca a palabras el peso de oscuras alusiones que se ciernen sobre las 
     cosas. Quisiera que este aletear de presentimientos y dudas llegase a 
     quien me lea, no como un obstáculo accidental para la comprensión de lo 
     que escribo, sino como su sustancia misma; y sí la marcha de mis 
     pensamientos parece huidiza a quien trate de seguirla partiendo de hábitos 
     mentales radicalmente cambiados, lo importante es que le sea transmitido 
     el esfuerzo que estoy realizando para leer entre las líneas de las cosas 
     el sentido evasivo de lo que me espera.
      
     Jueves. Gracias a un permiso especial de la dirección - me ha explicado la 
     señorita Zwida - puedo entrar en la cárcel los días de visita y sentarme 
     en la mesa del locutorio con mis holas de dibujo y el carboncillo. La 
     sencilla humanidad de los parientes de los presos ofrece temas 
     interesantes para estudios del natural.
     Yo no le había hecho ninguna pregunta, pero al advertir que la había visto 
     ayer en la explanada, se había creído en la obligación de justificar su 
     presencia en aquel lugar. Hubiese preferido que no me dijese nada, porque 
     no siento la menor atracción por los dibujos de figuras humanas y no 
     habría sabido comertárselos si ella me los hubiese enseñado, cosa que no 
     ocurrió. Pense que acaso esos dibujos estuvieran encerrados en una carpeta 
     especial, que la señorita Zwida dejaba en las oficinas de la cárcel de una 
     vez para otra, dado que ella ayer - lo recordaba bien- no llevaba consigo 
     el inseparable álbum encuadernado ni el estuche de los lápices.
     -Si supiera dibujar, me aplicaría solamente a estudiar la forma de los 
     objetos inanimados - dije con cierta perentoriedad, porque quería cambiar 
     de conversación y también porque de veras una inclinación natural me lleva 
     a reconocer mis estados de ánimo en el inmóvil sufrimiento de las cosas.
     La señorita Zwida se mostró al punto de acuerdo: el objeto que dibujaría 
     más a gusto, dijo, era una de esas anclitas de cuatro uñas llamadas 
     "rezones", que usan los barcos de pesca. Me señaló algunas al pasar junto 
     a las barcas atracadas en el muelle, y me explicó las dificultades que 
     presentaba dibujar los cuatro ganchos en sus diversas inclinaciones y 
     perspectivas. Comprendí que el objeto encerraba un mensaje para mí y que 
     debía descifrarlo: el ancla, una exhortación a fijarme, a engancharme, a 
     tocar fondo, a poner fin a mi estado fluctuante, a mi mantenerme en la 
     superficie. Pero esta interpretación podía dar paso a dudas: podía también 
     ser una invitación a zarpar, a lanzarme a mar abierto. Algo en la forma 
     del rezón, los cuatro dientes remachados, los cuatro brazos de hierro 
     gastados al arrastrarse contra las rocas del fondo, me prevenían de que 
     cualquier decisión produciría laceraciones y sufrimientos. Para mi alivio 
     quedaba el hecho de que no se trataba de una pesada ancla de alta mar, 
     sino una ágil anclita: no se me pedía, pues que renunciase a la 
     disponibilidad de la juventud, sino sólo que me detuviera un momento, que 
     reflexionase, que sondease la oscuridad de mí mismo.
     - Para dibujar a mis anchas ese objeto desde todos los puntos de vista - 
     dijo Zwida - debería poseer uno para tenerlo conmigo y familiarizarme con 
     él. Cree que podría comprarle uno a un pescador?
     - Se puede pregunta - dije.
     - ¿Por qué no prueba usted a comprarme uno? No me atrevo a hacerlo yo 
     misma, porque una señorita de la ciudad que se interesa por un tosco 
     utensilio de pescadores suscitaría cierto estupor.
     Me vi a mí mismo en el acto de presentarle el rezón de hierro como si 
     fuese un ramo de flores; la imagen en su incongruencia, tenía algo de 
     estridente y feroz. Con certeza se ocultaba en ello un significado que se 
     me escapaba; y prometiéndome meditarlo con calma respondí que sí.
     Quisiera que el rezón estuviera sujeto a su cuerda de amarre - precisó 
     Zwida. - Puedo pasar horas sin cansarme dibujando un montón de sogas 
     enrolladas. Compre, pues, también una cuerda muy larga: diez, incluso doce 
     metros.
     Jueves por la noche. Los médicos me han dado permiso para un uso moderado 
     de bebidas alcohólicas. Para festejar la noticia, a la puesta del sol he 
     entrado en la posada "La Estrella de Suecia", a tomar una taza de ron 
     caliente. En torno al mostrador había pescadores, aduaneros, mozos de 
     cordel. Sobre todas las voces dominaba la de un anciano con uniforme de 
     guardia de la cárcel, que disparataba ebriamente en un mar de chácharas: - 
     Y todos los miércoles la damisela perfumada me da un billete de cien 
     coronas para que la deje sola con el detenido. Y el jueves las cien 
     coronas ya se han ido en cerveza. Y cuando a terminado la hora de la 
     visita la damisela sale con el tufo de la prisión en su traje elegante; y 
     el detenido vuelve a la celda con el perfume de la damisela en sus ropas 
     de presidiario. Y yo me quedo con el olor de la cerveza. La vida no es más 
     que un intercambio de olores.
      - La vida y también la muerte, puedes jurarlo - terció otro borracho, 
     cuya profesión era, como me enteré enseguida, sepulturero. - Yo con el 
     olor a cerveza trato de quitarme de encima el olor a muerto. Y sólo el 
     olor a muerto te quitará de encima el olor a cerveza, como a todos los 
     bebedores a quienes me toca cavarles la fosa.
     He tomado este diálogo como una advertencia a estar en guardia: el mundo 
     se va deshaciendo e intenta arrastrarme en su disolución.
      
     Viernes. El pescador se volvió desconfiado de repente: - ¿Y para qué la 
     quiere? ¿Qué hace usted con un rezón?
     Eran preguntas indiscretas; habría debido responder: "Dibujarlo" pero 
     conocía la renuencia de la señorita Zwida a exhibir su actividad artística 
     en un ambiente que no es capaz de apreciarla; además, la respuesta exacta, 
     por mi parte, habría sido: "Pensarlo, y figurémonos si me iban a entender.
     - Asuntos míos - respondí. Habíamos empezado a conversar afablemente, dado 
     que nos habíamos conocido ayer por la noche en la posada, pero de 
     improviso nuestro diálogo se había vuelto brusco.
     - Vaya a una tiendo de efectos navales - cortó en seco el pescador -. Yo 
     mis cosas no las vendo.
     Con el tendero me sucedió lo mismo: apenas hice mi petición se le 
     ensombreció el rostro. - No podemos vender estas cosas a forasteros - dijo 
     - No queremos problemas con la policía. Y una cuerda de doce metros, 
     encima..., No es que sospeche de usted, pero no sería la primera vez que 
     alguien lanza un rezón hasta las rejas de la cárcel para que se evada un 
     preso...
     La palabra "evadir" es una de esas que no puedo oír sin abandonarme a un 
     laboreo sin fin de la mente. La búsqueda del ancla en que me he metido 
     parece indicarme la vía de una evasión, acaso de una metamorfosis, de una 
     resurrección. Con un escalofrío alejo del pensamiento de que la prisión 
     sea mi cuerpo mortal y la evasión que me espera sea el apartamiento del 
     alma, el inicio de la vida ultraterrena.
      
     Sabado. Era mi primera salida nocturna tras muchos meses y eso me 
     inspiraba no poca aprensión, sobre todo por los resfriados de cabeza a que 
     estoy sometido, tanto que, antes de salir, me enfundé un pasamontañas y 
     encima un gorro de lana y, todavía, el sombrero de fieltro. Así arropado, 
     y además con una bufanda en torno al cuello y otra entorno a los riñones, 
     el chaquetón de lana, el chaquetón de pelo y el chaquetón de cuero, las 
     botas forradas, podía recobrar cierta seguridad. La noche, como pude 
     comprobar luego, era apacible y serena. Pero seguía sin entender por qué 
     el señor Kauderer necesitaba citarme en el cementerio en plena noche, con 
     un billete misterioso, que me fue entregado congran secreto. Si había 
     regresado, por qué no podíamos vernos como todos los días? Y si no había 
     regresado, a quién iba a encontrar en el cementerio?
     Quien me abrió la puerta fue el sepulturero al que había conocido ya en la 
     posada "La Estrella Sueca". - 
     Busco al señor Kauderer - le dije.
     Respondió: - El señor Kauderer no está. Pero como el cementerio es la casa 
     de los que no están, entré.
     Avanzaba entre las lápidas cuando me rozó una sombra veloz y crujiente; 
     frenó y bajó del sillín. – ¡Señor Kauderer! - exclamé, maravillado de 
     verlo andar en bicicleta entre las tumbas con el faro apagado.
     - ¡Chist! - me calló. - Comete usted grandes imprudencias. Cuando le 
     confié el observatorio no suponía que se iba a comprometer en un intento 
     de evasión. Sepa que nosotros somos contrarios a las evasiones 
     individuales. Hay que dar tiempo al tiempo. Tenemos un plan más general 
     que llevar adelante, a más largo plazo.
     Al oírle decir "nosotros" con un amplio gesto a su alrededor, pensé que 
     hablaba en nombre de los muertos. Eran los muertos, de quienes el señor 
     Kauderer era evidentemente el portavoz, los que declaraban que no querían 
     aceptarme aún entre ellos. Experimenté un indudable alivio.
     Por culpa suya tendré que prolongar mi ausencia - agregó. - Mañana o 
     pasado lo llamará el comisario de policía, que lo interrogará a propósito 
     del ancla de rezón. Ándese con ojo para no mezclarme en ese asunto; tenga 
     en cuenta que las preguntas del comisario tenderán todas a hacerle admitir 
     algo referente a mi persona. Usted de mi no sabe nada, salvo que estoy de 
     viaje y no he dicho cuándo volveré. Puede decir que le rogué que me 
     sustituyera en la anotación de los datos unos cuantos días. Por lo demás, 
     a partir de mañana está dispensado de ir al observatorio.
     - ¡No, eso no! - exclamé, presa de una repentina desesperación, como si en 
     ese momento me diera cuenta de que sólo la comprobación de los 
     instrumentos meteorológicos me ponía en condiciones de señorear las 
     fuerzas del universo y reconocer el ellas un orden.
      
     Domingo. Con la fresca he ido al observatorio meteorológico, he subido a 
     la tarima y me he quedado allí de pie escuchando el tictac de los 
     instrumentos registradores como la música de las esferas celestes. El 
     viento corría por el cielo matutino transportando suaves nubes; las nubes 
     se disponían en festones de cirros, después en cúmulos; hacia las nueve y 
     media hubo un chaparrón y el pluviómetro conservó unos cuantos 
     centilitros; lo siguió un arcoiris parcial, de breve duración; el cielo 
     volvió después a oscurecerse, la plumilla del barógrafo descendió trazando 
     una línea casi vertical; retumbó el trueno y empezó a granizar. Yo desde 
     allá arriba en la cima sentía que tenía en mis manos los escampos y las 
     tormentas, los rayos y la calígine; no como un dios, no, no me crean loco, 
     no me sentía Zeus tonante, sino un poco como un director de orquesta que 
     tiene delante la partitura ya escrita y sabe que los sonidos que sufren 
     los instrumentos responden a un destino cuyo principal custodio y 
     depositario es él. El cobertizo de palastro resonaba como un tambor bajo 
     los chaparrones; el anemómetro remolineaba; aquel universo todo estallidos 
     y saltos era traducible en cifras para alinearlas en mi registro; una 
     calma soberana presidía la trama de los cataclismos.
     En ese momento de armonía y plenitud un crujido me hizo bajar la mirada. 
     Acurrucado entre los peldaños de la tarima y los postes de sostén del 
     cobertizo había un hombre barbudo, vestido con una tosca chaqueta de rayas 
     empapada de lluvia. Me miraba con firmes ojos claros.
     - Me he evadido - dijo -. No me traicione. Tendría que ir a avisar a una 
     persona. ¿Quiere? Vive en el hotel del Lirio Marino.
     Sentí al punto que en el orden perfecto del universo se había abierto una 
     brecha, un desgarrón irreparable.

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