© 2003 – Valerio Di Stefano
La señorita Luisa Gourand da a luz en París, un excelente periódico
titulado: Journal des jeunes personnes (Periódico de las jóvenes);
y deseando avalorarlo con una producción del distinguido y erudito literato Mr.
de Latour, que de largo tiempo atrás tiene consagrada su docta pluma y la
gracia y elegancia de su estilo a dar a conocer en Francia bajo su más bella
faz las cosas de nuestra España, ha obtenido de éste el artículo que a
continuación traducimos, seguros del interés general con que será leído, por
abrazar tantas cosas dignas de ser tenidas en cuenta, y que el autor pone a la
vista con la benevolencia, estudio y poesía que distinguen a todos sus
escritos, en los cuales rebusca con marcada preferencia para presentarlas al
público francés, las humildes y santas violetas que suele pasar por alto la
fama.
Fernán Caballero
«Lleváis,
señora, a veces a vuestras jóvenes lectoras al gran mundo y la sociedad;
permitidme que yo las conduzca a oír un sermón. Pero no hay en esto nada que
pueda causar recelo ni aun a las más jóvenes, porque se trata de un sermón
predicado en un patio, al aire libre, bajo la sombra de naranjos, ante pobres
niños; siendo los demás que componen el auditorio admitidos, pero no llamados.
La misma voz que bajo los olivos de Palestina decía con tan tierno acento:
«dejad venid los niños a mí» repite aun las mismas palabras después de cerca de
dos mil años, bajo los naranjos de Andalucía. Algún día, cuando España haya
concluido sus caminos de hierro, que serán una seducción más que ofrecer a la
legítima curiosidad de los viajeros, muchas de vuestras abonadas, que serán
entonces graves madres de familia, vendrán quizás a sentarse al pie de este
púlpito de los huérfanos; pero entretanto, vengan a acompañarme a él con el
pensamiento:
»La
catedral de Sevilla en su forma actual es muy posterior a la época en que los
moros fueron expulsados de España, empero así como algo de las costumbres
árabes ha permanecido entre los moradores del Mediodía de España, también el
arte árabe ha dejado huellas en los monumentos erigidos por la fe cristiana.
Aquí, no osbtante, hallamos más que involuntarias reminiscencias; dígalo en
primer lugar la maravillosa Giralda; mucho más antigua que la catedral, cuya
solemne sonora voz esparce por los aires y a la cual no tiene el Oriente más
recóndito nada que se le pueda preferir. Díganlo además los grandes trozos de
muros de la antigua mezquita embutidos en el recinto a que me propongo
conduciros.
»Son también de usanza oriental los
grandes patios que forman parte de los edificios religiosos. La catedral de
Córdoba, tiene el suyo, con su fuente rodeada de sicomoros, de naranjos y
cipreses. Las sinagogas de Toledo tienen también los suyos, pero, sólo con
pozos y sin naranjos, que no podrían prevalecer en aquel clima.
»En Sevilla este patio es del tamaño de la
antigua mezquita cuya área ocupa. Es un cuadrilátero de unos 450 pies de largo por 350 de ancho. En el centro tiene una ancha fuente cuya
doble mar no carece de elegancia, y cuyo perenne murmullo concuerda
perfectamente con el perfume del azahar.
»Tiene este patio tres distintas puertas
de entrada. La principal se
denomina del Perdón. La puerta, que es muy bella y redondeada por arriba a
manera de herradura, fue hecha por árabes cautivos, por orden del Rey Alfonso
XI en memoria de la batalla del Salado. Ambas hojas de esta puerta pertenecieron a la mezquita, así como las
planchas de cobre cinceladas de que están cubiertas. Sobre la puerta hay un hermoso bajo relieve de
barro cocido, y a cada lado de la entrada las estatuas en pie de San Pedro y
San Pablo, el uno con las llaves, el otro con la espada. Vese, pues, que a
pesar de haber permanecido la puerta musulmana en cuanto a su forma y su
materia, es cristiana, y abre a los fieles el dominio de Jesucristo.
»Entremos.
Bajo la bóveda de la puerta, a la izquierda se fija la vista en una cabeza del
Señor, puesta en una capilla de mármol, ante la cual arde perennemente una
lámpara. Entre esta capilla y una concha de agua bendita que se hace nocesario
llenar constantemente, algunas personas devotas oran, y algunos mendigos imploran
la caridad. Forma esto un cuadro de los que Schetz se complace y sobresale en
pintar, y yo me figuro que Murillo al pasar por este sitio estuvo más de una
vez tentando de reproducirlo en sus lienzos. La leyenda de este Ecce-Homo debe
ser curiosa y conmovedora, pero aún no me ha sido posible averiguarla. Su
advocación por sí sola es la del Señor del Perdón. ¿No es una dulce
leyenda? Basta a lo menos, para explicar y motivar el nombre de la puerta.
»Pero
existe otra etimología. Las
gentes ancianas de Sevilla me han referido, que en otros tiempos, aquellos que
eran condenados a la pena infamante de azotes, iban montados en un asno y
acompañados del verdugo y sus ayudantes por las calles de la ciudad. En
determinadas encrucijadas se paraba el séquito; el escribano leía en recia voz
la sentencia y el verdugo aplicaba el castigo en las espaldas del delincuente,
hecho lo cual, volvíase a emprender la marcha hasta llegar a otro de los sitios
designados. Una delicada
razón de conveniencia hacía que se evitase de pasar por delante de las
iglesias. Pero acaeció en una ocasión, no sé cómo, que la triste comitiva vino
a desembocar por una estrecha calle que desde las gradas de la Catedral
comunica con la plaza en que se halla la Audiencia, ante la puerta del patio de
la Catedral. Hallábanse casualmente en ella varios canónigos. El reo al verlos,
exclamó misericordia, y estos señores intervinieron en nombre del sagrado de la
Santa Iglesia, que amplió algo la caridad, así de los que para el pobre reo la
pedían, como de los que concedieron el perdon, por lo cual quedó este
dulce nombre a la puerta y al Señor, en cuyo nombre se pidió.
»Al
hallarse bajo aquellos naranjos, se siente una calma benéfica, a la que la
perspectiva que se presenta añade una impresión religiosa.
»El
primer objeto que llama la atención, estando en el patio, es la Giralda que le
domina. El púlpito se halla en su mismo lado, es decir, al Levante; es de
mármol y se apoya en la pared de la sala en que está la preciosa biblioteca
reunida por el hijo de Cristóbal Colón, y donada por él a la ciudad de Sevilla.
El hallarse esta en el recinto de la catedral ¿no prueba acaso que nada tiene
que temer la religión del verdadero saber, y que antes es ella quien comunica a
éste elevación y resplandor, en cambio de la solidez que de él recibe?
»Sobre
el púlpito sujeto al muro, está el velarium o batidor destinado a
resguardar de los rayos del sol al predicador, y a la primera fila del
auditorio, esto es, a los niños. La caridad que les ha dado asilo, cuida de
ellos como una madre. Estamos todavía en 17 de marzo, y ya nos anuncian los
naranjos en flor que la llegada de la primavera ha puesto la savia en
movimiento.
»Poco
a poco se va reuniendo el auditorio, aun se hallan vacíos los bancos donde han
de sentarse los huérfanos y que forman un cuadro al frente del púlpito
alfombrado con un tapiz, cuyo centro ocupan todos los años el Cardenal
arzobispo y SS. AA. RR. la hermana de la Reina de España y sus augustos esposos
e hijos, cuando se encuentran en Sevilla.
»Puesto
que tenemos tiempo y ocasión, veamos lo que está grabado en esta lápida de
mármol colocada a espaldas del púlpito: -Aquí han predicado San Vicente Ferrer,
San Francisco de Borja, San J. de Ávila, el venerable Fernando Contreras y D. Fernando
de Mata. -Este es el libro de oro del púlpito del patio de los Naranjos; ahora
daré algunos pormenores sobre cada uno de estos nombres.
»De estos venerables varones pertenecen
cuatro al Mediodía de España, y de los más célebres será de los que menos
hablaré.
»San
Vicente Ferrer es el apóstol de Valencia; ¡cuántas santas leyendas podría
referir de su vida! Pero me
ceñiré a decir que nacido en 1357, sembró con mano pródiga la semilla del
Evangelio en Inglaterra, Alemania y Francia. Falleció en Bretaña, y dio su último suspiro en
Vannes, en 1419.
»San
Francisco de Borja es también hijo de la poética Valencia, en donde nació en
1500. Era Marqués de Lombay, Duque de Gandía, y fue Virrey de Cataluña,
muriendo en 1572, de General de la Compañía de Jesús. Su vida es toda una novela, y tiene grande
analogía con la del abate Rancé; como éste había merecido tener, el desengañado
prócer, a un Chateaubriand por biógrafo. He visto una estatua muy expresiva de
este Santo en la Universidad de Sevilla. Preguntad a aquella efigie de un hombre extenuado por el ayuno y las
austeridades, que nombre llevó éste en la corte de Carlos V, y os responderá: «me
llamo Penitencia.»
»San
Juan de Ávila había nacido en 1502, en las cercanías de Toledo, en Almodóvar
del Campo, pero a pesar de eso, llámasele el Apóstol de Andalucía. Escritor
místico de un mérito singular, existen obras suyas que hacen autoridad, pero en
cuanto a sus sermones, no queda sino la memoria de los maravillosos frutos que
en las almas produjeron. Murió en Priego en 1569.
»Fernando
de Mata había nacido en Sevilla en 1554, y en ella murió en 1612. Predicador habitual del Sagrario de la
Catedral, que forma uno de los costados del patio a que os he conducido, se
puede decir que no salía de su casa para subir al púlpito del patio de los
Naranjos. Su vida ha dejado
en la memoria de los hombres una estela dulce y luminosa, y paréceme que a su
alma placerá vagar aun por las cercanías de ese púlpito, y sorprender entre
aquellos naranjos el eco de sus palabras de otros tiempos.
»Contreras
consagró su vida a la redención de niños cristianos cautivos de infieles, a
punto de que debía habérsele constituido en amado patrono de las jóvenes
generaciones, que cada año en semejante día se agolpan a los pies del púlpito.
D. Fernando Contreras nació en Sevilla en 1470, de familia distinguida, pero
escasa de fortuna: desde su infancia dio muestras de sus felices disposiciones,
una inclinación decidida al trabajo y al bien, de mucha modestia y de una gran
dulzura de carácter. A los diez y seis años después de haberse consultado a sí
propio, y haber orado mucho, resolvió seguir la carrera eclesiástica, y se
entregó con ardor al estudio de la Teología; no gastó desde entonces sino
vestidos bastos y eligió en la casa paterna un lugar retirado, que constituyó
en ermita, y en el que no quiso tolerar sino un jergón, una mesa, una silla,
algunos libros y la imagen del Santo de su especial devoción. Tenía por todo recurso un beneficio
pequeño que le ayudó a ordenarse; pero una vez recibido sacerdote, renunció a
él para vivir en la pobreza evangélica. Los ocios que le dejaba su santo ministerio, los empleaba en visitarlos
hospitales y en consolar a los enfermos. Padeciendo Sevilla en 1505 una grande
hambre, se constituyó en demandante de los pobres, y habiendo la miseria traído
la peste, se contituyó en enfermero de los contagiados. Tan intrépido para arrostrar el contagio, como lo
había sido para arrostrar la avaricia de los vivos, enterraba a menudo a los
que no había podido arrancar a la muerte. El Arzobispo de Sevilla creyó deber
recompensar tanto celo y abnegación, dándole un beneficio: -Señor, repuso aquel
santo varón, ¿en qué he podido ofender a V. I. para que me quiera dar un
beneficio?
»En
1511, el Cardenal Cisneros lo llamó a la gran Universidad de Alcalá de Henares,
que acababa de establecer. Allá empezó a ejercer la predicación, y tuvo la
insigne honra de contraer amistad con el que había de llegar a ser Santo Tomás
de Villanueva.
»Salió
de Alcalá para dedicarse a secundar las caritativas miras de Doña Teresa
Enríquez, duquesa de Maqueda, que había erigido recientemente en Torrijos, a
cuatro leguas de Toledo, la colegiata que aún hoy día se admira allí. Pero el
principal objeto de la caridad de esta ilustre señora, era la redención de los
niños cautivos de moros. Asociando a D. Fernando Contreras a esa generosa obra,
iba al encuentro de su verdadera vocación. Pero para dar más autoridad a su
celo, le facilitó los medios de tomar el grado de doctor. D. Fernando, para
prepararse a sus lejanas empresas, regresó a Sevilla, que era aun por entonces
el punto de partida de todas las expediciones marítimas: y empezó por
establecerse (fijarse), en el hospital de Santa Marta, y después en una casa
pequeña, cercana a una de las puertas de la ciudad, que pudiéramos ver desde
aquí, a no impedirlo las paredes, y que se llama puerta del Arenal.
»Era
esto en el año de 1526, y no pudiendo aún embarcarse, el Padre aprovechó esta
demora para fundar un colegio en el que tomó a su cargo la enseñanza del canto
llano, la Gramática, Bellas letras y la Teología. Hubiérase dicho que con
anticipación preparaba un asilo a los niños que había de ir a traer de tan
lejos.
»Próximamente
por aquella época pasó por Sevilla, para ir a América, San Juan de Ávila, del
que anteriormente hemos hecho mención. El Padre Contreras consiguió retenerle
en España, y Andalucía le debió así su apóstol.
»Estando
todo corriente para su primera expedición dio vela con destino a Argel. Allí le
esperaba todo género de dificultades, pero el cielo le concedió ocasión de
captarse la buena voluntad de los moros. Desde cuatro años antes afligía una
gran sequía a aquel país, y los ruegos de este varón santo hizo descender sobre
la tierra abrasada una lluvia benéfica. En el primer arrebato de alegría le
regaló el rey treinta niños cristianos; los cortesanos imitaron la liberalidad
de su Señor, y unidas estas liberalidades a los medios pecuniarios que había
traído de España pudo en breve el generoso misionero reunir trescientos niños.
¡Considérese, pues, la acogida que hallaría al regresar a Sevilla!
»El
buen resultado de este primer viaje le animó a emprender otro en 1533. Asaltóle
un temporal a la vista del puerto, pero bastó colocar su báculo sobre el timón
para alejar el peligro. Los argelinos habían tenido tiempo sobrado para olvidar
el benéfico milagro que abrió los cerrojos de sus mazmorras a tantos pobres
niños, y el Padre Contreras no tenía bastante dinero para rescatar todos los
que había deseado traerse consigo. Entregáronle bajo la fianza de su palabra
alguna parte, y dejó su báculo en rehenes; verdad es que aquel báculo acababa
de hacer un milagro, pero el milagro que me parece impresionaría más a los
moros sería la caridad del negociador.
»Su
vuelta no causó esta vez menos entusiasmo en Sevilla que la primera cuando le
vieron arrodillarse con todos los niños que traía y que le debían más que la
libertad, ante la célebre imagen de la Virgen de la Antigua. Este entusiasmo le
proporcionó en breve poder rescatar el báculo dejado en rehenes a los infieles.
»Como
dos viajes consecutivos habían debido dejar exhautas las mazmorras de Argel, el
tercero fue con destino a Túnez. Apenas se había embarcado el Padre Contreras
con sus queridos rescatados, cuando de repente se vio rodeada su embarcación
por siete cárabos de piratas; pero una nube espesa cubrió la embarcación y
ocultó a los cristianos a la vista de sus enemigos. Cuando la nube se disipó
estaba libre el mar de piratas.
»Por
cuarta vez se puso el siervo de Dios en campaña yendo a Tetuán y Fez. Volvió a
Sevilla en 1536 habiendo por milagro escapado a una tempestad, que no fue parte
a inspirarle temor al mar ni a hacerle desistir de sus valerosas empresas.
»Había
permanecido fiel a su hospital de Santa Marta, pero habiendo hallado ahora un
establo en las cercanías se estableció en él, sin duda y en memoria del de
Belén. Colocó en el pesebre su pobre jergón.
»El
cabildo intentó inútilmente proporcionarle un albergue menos humilde, sólo pudo
lograr que se preservase de los rigores de la intemperie el que había elegido
el mismo venerable.
»Tres
años después volvió a emprender el viaje a Fez, del que regresó con éxito igual
a los anteriores, pero el recuerdo de los niños que no había podido rescatar lo
abrumaba como un remordimiento, y para aumentar sus recursos fue a mendigarlos
a Castilla. El Cardenal Tavera, el mismo que labró el magnífico hospicio que se
halla en la entrada de Toledo, le dio medios para emprender el sexto viaje. Le hallamos, pues, en Ceuta y de allí
caminando a Tetuán. Pero
habiéndole, como siempre, faltado el dinero, y no inspirando confianza su
báculo, a pesar de no haber defraudado nunca la de nadie, se dio a sí mismo en
rehenes. Pero no salió la cuenta a los infieles, pues cada día de la generosa
cautividad de este insigne varón, que duró algunos años, fue señalado con
alguna conversión de moros o de judíos.
»Cesó
por fin en 1546 en que regresó a Sevilla, y como si se hubiese echado en cara
entrar solo, trajo consigo tantos rescatados como las veces anteriores. Ya se
había perdido allí la esperanza de volver a verlo y se le empezaba a contar
entre los mártires, cuando se le vio llegar tan sereno cual si hubiera salido
el día antes, pero con ese no sé qué de celestial que da el sentimiento de una
santa victoria obtenida a costa de grandes sacrificios.
»La
noticia de esa inesperada vuelta conmovió al mismo Carlos V, que nombró al
Padre Contreras para la vacante del obispado de Guadix. El recién electo bien
hubiera querido contestar al Emperador lo que respondió había cuarenta años
antes al arzobispo de Sevilla. ¿En qué he podido ofender a V. M. que me nombra
obispo? Pero se contentó con dimitir esta honra.
»No
creyó que su avanzada edad le dispensaba de la heroica tarea que se había
impuesto, y emprendió por séptima y última vez su peregrinación a Argel, en
donde quedó de nuevo su báculo en rehenes de una suma de 3,000 ducados. Apenas
regresó a Sevilla cuando se apresuró a volver a su humilde albergue con el
presentimiento de que no volvería a salir de él.
»No
quiso cuidados ni más alimento que la pobre pitanza que el hospicio de Santa
Marta acostumbraba proporcionar a los eclesiásticos indigentes.
»El
obispado de Guadix estaba aún vacante, y el Emperador encargó al Príncipe D.
Felipe que lo ofreciera de nuevo, al que ya en otra ocasión lo había rehusado.
El Padre Contreras se mantuvo un su negativa; sentía que sería para él un
título vano. Agobiado bajo el peso de su cuerpo miserable que tantos combates
había llevado, cayó sobre el pobre lecho en que dormía desde tantos años para
no volver a levantarse. La Duquesa de Alcalá, que sentía por él una tierna
veneración, le envió una cama menos mala, pero no le pareció que valía la pena de
trasladarse a ella, e hizo llevar este regalo de una mano tan querida al
hospital de las Tablas. El
mismo camino tomaron los alimentos delicados que de todas partes le fueron
enviados. Sintiendo su fin acercarse empezó por disponer con prudencia de sus
bienes, en favor de la redención de cautivos, pidiendo para sí mismo un favor:
el de ser enterrado en la fosa en que se enterraban los ajusticiados. El 17 de febrero de 1548, entregó
tranquilamente su alma a Dios, asistido por dos obispos que desearon hacerlo
hasta el último instante. El uno, por una feliz casualidad, era el obispo de
Marruecos(1).
¡Qué de recuerdos tenía para
él este título! ¡Recuerdos que debieron llenar de confianza al enfermo sobre la
salvación de su alma!
»El
día que murió D. Fernando Contreras, las campanas de la Catedral sonaron solas,
y todo Sevilla acudió con demostraciones del mayor dolor a la puerta de aquel
pobre casucho en que había muerto un bienaventurado. ¡Cuántos entre aquella
muchedumbre debían la vuelta de un hijo querido robado por los moros! ¡Cuántos
el hallarse en el seno de su familia, que no habían pensado el volver a ver
jamás!
»Las
duquesas de Alcalá y de Béjar, se honraron en amortajar con sus propias manos
el pobre cuerpo que había conservado tan heroica alma. Al tratarse de fijar el
sitio de su sepultura, fue grande la incertidumbre; pero cuando el cabildo
estaba discutiendo el caso, se apareció un hermoso niño en medio de los
canónigos, como en otro tiempo entre los doctores, y dirigiéndoles la palabra
con aquella modesta firmeza que tanto había impuesto a los sabios en el Templo,
les hizo seña de que le siguiesen, y deteniéndose a la entrada del coro dijo:
«Aquí es donde quiere Dios que sea enterrado» y desapareció. El cielo se había
complacido en dar a su mensajero la figura y edad de aquellos a quienes el que
acababa de morir había consagrado toda su vida.
»Todas
cuantas personas elevadas y santas encerraba entonces Sevilla, se apresuraron a
acudir a su entierro. El
pueblo demostró a su manera su veneración por el siervo de Dios, disputándose
girones de sus vestidos. El
obispo de Marruecos predicó el sermón en sus honras. He aquí el último rasgo de esta santa vida, toda
consagrada a la infancia; D. Fernando Contreras es autor de un catecismo.
»Repetidas
veces se ha instado a la Santa Sede, para que ponga el sello a la santidad de
esta dulce y venerable memoria.
»Un
primer decreto fue expedido favorablemente, y en ello ha quedado la
beatificación. Acaso desde el cielo, el humilde solitario de Santa Marta dice
al Pontífice. «Padre Santo,
¿en qué os he ofendido para que me queráis poner entre los Santos?»
»Entretanto, la gente se ha ido apiñando
alrededor de este púlpito, esclarecido por tantos gloriosos apóstoles; mas sin
que vengan los niños del Hospicio, no subirá el orador al púlpito. Fórmanse, mientras, grupos alrededor de la
fuente. Cada naranjo se hace
el centro de una pequeña tertulia, al propio tiempo que otros pasean solitarios
fumando su cigarro. Alguno que otro extranjero va de grupo en grupo mirándolos
con extrañeza. Este
espectáculo de religión al aire libre, cuando en otros países parece que teme
salir de sus templos, les da que pensar. Es cosa aquí tan natural, todos tienen
un continente tan sencillo, que no se pensaría que aguardaban una solemnidad,
si en las ventanas ogivales de los cuerpos su perpuestos de la Giralda, no se
viera asomar cabezas que denotan aguardar otra cosa, que no la vista de aquella
reunión animada sin bulla, recogida sin afectación.
»Pero ya suenan a lo lejos voces
infantiles. En el umbral de
la puerta del Perdón, aparece una Cruz de plata rodeada de faroles en que arden
cirios.
»Las
gentes abren paso con apresuramiento simpático, y en la estrecha senda que abre
se ve entrar de dos en dos a los niños del Hospicio de San Luis, cantando
salmos o el Rosario conducidos por sacerdotes, y a las niñas del de Santa
Isabel que lo son por Hermanas de la Caridad. Los vestidos de unos y otros son
limpios y adecuados, sus semblantes revelan alegría y salud. Estos pobres niños
que sólo se encuentran en esta ocasión, se miran con cándida simpatía, pues
sienten indefiniblemente que pertenecen a una misma familia, la de los
desheredados, recogidos por la caridad.
«A
medida que se van colocando detrás de las autoridades civiles y eclesiásticas,
que son su providencia en este mundo, las gentes enmudecen y se acercan. El
cuadro de género (o de costumbres) que antes se presentaba, y que por la
originalidad de los trajes, la viveza de los colores, la variedad de actitudes,
distraía agradablemente el tiempo de espera, toma al concentrarse otro carácter
y se convierte en cuadro religioso, cuya belleza resulta de la unanimidad y de
la expresión moral, que es la de una fe serena y segura de sí. Todas las miradas se dirigen al púlpito no
se lee sino un solo pensamiento en aquellas descubiertas frentes.
»Sube
el orador al púlpito. -Se pregunta en voz baja quién es; oigo responder a mi
lado que es un Padre de la Compañía de Jesús, encargado de la dirección de la
enseñanza religiosa en el Hospicio. «Es el padre Esclapés» dice uno. «Yo creí
que estaba en Utrera, en donde predicaba el Septenario de Dolores. -Estaba allí
hace media hora, observó otro; aguardábalo un coche en la estación del
ferrocarril para traerlo aquí, y el mismo coche aguarda que haya concluido el
sermón para volverlo a llevar a la Estación.» Eran gente del pueblo los que así
hablaban porque en España el pueblo se interesa en los mas mínimos pormenores
de las cosas religiosas. «Hubiera querido que fuese el Padre Medina, dijo un
tercer interlocutor. -El Padre Medina acaba de hacer unos ejercicios en el
Ángel, y está muy fatigado.» Esto decía una mujer que en seguida añadió:
«Escuchemos al Padre Esclapés, y no echaremos de menos a ningún otro.» Estas
razones a que involuntariamente prestaba atención, me impidieron oír el texto
del predicador, que me pareció de mediana edad, de continente severo sin
tiesura, y de un timbre de voz tal, que sin esforzarla llegaba a oídos de la
mayor parte del auditorio. Su discurso fue como un resumen de todo el
cristianismo por el analísis sencillo y animado de los mandamientos de Dios, y
teniendo presente el orador que se dirigía a ánimas juveniles, que era
necesario tanto convencer como conmover, presentó el fin de un célebre
incrédulo incorporándose en su lecho de muerte para dejar en herencia a su hijo
que quedaba huérfano, a falta del buen ejemplo de su vida, la gran amonestación
de su muerte.
»Hubo
entonces un bello y solemne momento. Aquel en que al excitar el orador a sus
oyentes a pedir a Dios perseverancia en nuestra santa fe y resignación, se
arrodilló espontáneamente todo el auditorio bajo los naranjos, y unió su
oración a la del sacerdote. Cuando
nos pusimos de pie, el púlpito estaba vacío, y los niños emprendían la vuelta a
sus Hospicios en el mismo orden, y con los mismos cantos que traían a la
venida.
»Cada
vez que asisto bajo este cielo esplendente a alguna de estas solemnidades
religiosas populares, admiro más y más la portentosa flexibilidad con que sabe
el catolicismo apoderarse de todas las armonías de la naturaleza. Austero en el Norte, adquiriendo en el
Mediodía una poesía dulce y amena, en todas partes dueño de los espíritus y
realmente universal, toma para abrirse camino el medio que conduce seguramente
a ellos.»
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