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Fernán Caballero - Matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido


Matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido.

Fernán Caballero


Proverbio en acción
Personas
               
NARCISA,
joven de diez y ocho años, mujer de
               

GONZALO,
Capitán de Artillería.


JACINTA,
joven de diez y nueve años, mujer de


RODRIGO,
Capitán de Artillería.



Escena I
Una sala en una casa de Sevilla
Narcisa
     Matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido.-Sí. sí; mil y mil veces me lo ha repetido mi madre: era su máxima favorita, la base fundamental del código matrimonial. Cuando mi primo Álvaro, que ha estado en Francia, le decía que era ese un refrán más viejo que la Torre del Oro, y que olía a rancio, mi Madre se ponía furiosa: decía que las buenas máximas no envejecen, y que la verdad es eterna. Bien está; pues vamos a ver cómo pone mi madre sus máximas en práctica. -Destinan a Cádiz al Regimiento de artillería, a los seis meses de haberme casado con Gonzalo; y esta señora, bajo pretexto de que la estada de los artilleros en aquella plaza no es permanente, dice que no vale la pena de poner casa; que soy muy joven; que estoy muy bien a su lado, y otras especiosas razones. Determina que me quede aquí, a pesar de irse Gonzalo, y sin guardar consecuencia a su querida máxima, separa así a la mujer de su marido. El resultado es que hace ya cuatro meses que está allá el Regimiento, y no se trata aun de su vuelta; y ni mi querida madre se acuerda de aquel refrancito que no se le caía de la boca, ni Gonzalo tampoco. Todo se le vuelve escribirme unas cartas muy tiernas; pero entretanto apostaría a que se está divirtiendo en grande lo mismo que un soltero; y mucho más ahora que viene el Carnaval, y yo entre tanto, estoy encerrada herméticamente, puesto que dirá ese ausente marido: que entre dos que bien se quieren, con uno que goce, basta. -¡Esto es una atrocidad! -Me revelo contra las dos potestades: la materna y la conyugal, una vez que (según dice Álvaro, que ha estado en Francia) son insoportables tiranías-.Tengo hecho mi plan, y si mi prima Jacinta, que viene a pasar con nosotros el Carnaval y que está en el mismo caso que yo, hace causa común conmigo, llevarémos mi plan adelante. -Pero... ¡Jacinta es tan corta, tan pacífica! ¿Apuesto a que está perfectamente conforme con su suerte? -Las gentes flemáticas deberían tener cada tres días una calentura para descuajarles la sangre! -Pero suenan pasos... ella es. -¡Jacinta! (Entra Jacinta, y se echan en brazos una de otra).
Escena II
Narcisa. -Jacinta
     NARCISA. ¡Gracias a Dios que llegaste! pues si siempre hallé el mayor placer en verte, ¿cuánto más será en esta ocasión en que canto, como lo hace mi madre con anejas reminiscencias, (canta)
                       
     De mi juventud la flor

Paso en llanto y soledad?
     JACINTA. Hija mía, las que como nosotras se casan con militares, tienen que llorar ausencias.
     NARCISA. No lo creas; mi madre me ha predicado siempre esta máxima: matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido!...
     JACINTA. Y la mía también.
     NARCISA. ¡Pues ya ves!... pero cuando el feroz egoísmo maternal entra en juego, se olvidan de sus máximas las señoras madres; quien ve una las ve todas: tiranas por amor, irreflexivas por pasión. Pero, hija mía, en cuatro meses de ausencia yo no sé lo que tú habrás hecho; yo me he aburrido mucho y he hecho serias reflexiones. -¿Acaso te parece regular que este Carnaval estén tu marido y el mío divirtiéndose a dos carrillos, brincando en los bailes, riendo en los teatros; y estemos tú y yo llorando como dos Didos abandonadas? -Nada de eso. -En el santo matrimonio todo es divisible; lo bueno como lo malo; quien no mire bajo ese punto de vista a ese dios Himeneo que coronan de rosas, merece ser turco. Así en mi mente bulle un pronunciamiento. -Estoy compaginando una conspiración, para la que he formado un proyecto magno.
     JACINTA. ¡Ay Narcisa me asustas! pues si te se pone en la cabeza, lo llevas a cabo, por más que de ello se te quiera disuadir.
     NARCISA. ¡Por supuesto! mucho más cuanto que me propongo poner en práctica la loable máxima que me inculcó mi madre. -Oyeme, pues. -Nuestros maridos (¡Dios los guarde!) son amigos y compañeros desde el colegio. -Seguramente viven juntos en Cádiz. -Vamos a ver ¿dónde vive el tuyo?
     JACINTA. Calle de la Comedia, núm. 90, frente al teatro.
     NARCISA. Justamente, ese es el sobre que pongo a mis cartas. -Pues mira, allá nos vamos a sorprenderlos.
     JACINTA. ¡Jesús! ¿nosotras... cómo?
     NARCISA. Metiéndonos en el vapor sin pedir anuencias ni pasaporte, puesto que, como dicen mi madre y la tuya, matrimonio bien avenido...
     JACINTA. ¡Pero cómo! ¡viajar solas!... ¡Jesús!...
     NARCISA. Nos acompañará nuestro viejo mayordomo, que me ha visto nacer y me quiere tanto que nada sabe negarme.
     JACINTA. No, no... yo no tengo valor, Narcisa.
     NARCISA. ¿Con que no tienes valor para seguir los preceptos del Evangelio, que manda abandonar padre y madre para seguir al marido?
     JACINTA. Pero eso será cuando nos llamen.
     NARCISA. El precepto no trae semejante cuando.
     JACINTA. Yo creo que hacemos mal.
     NARCISA. Pues yo estoy segura de que hacemos bien.
     JACINTA. No me atrevo, no.
     NARCISA. Pues quédate; lo que es yo, me voy de todos modos, y te escribiré cómo he hallado a Gonzalo y a Rodrigo, si nos divertimos mucho y qué tal me gusta Cádiz.
     JACINTA. ¿No es mejor aguardarlos?
     NARCISA. ¿Otros cuatro, otros ocho meses, un año quizá? -¡No! pues entretanto... hija mía, las gaditanas son muy seductoras... Apuesto a que Gonzalo a la hora de esta, sin ser zapatero, sabe las dimensiones de los afamados pies de las gaditanas.
     JACINTA. ¡Qué malos juicios, Narcisa! Por mí, estoy persuadida,-a pesar de que Rodrigo lo que más admira en la mujer es un buen cabello-, de que él no sabe siquiera si las gaditanas peinan pelo propio o peluca.
     NARCISA. ¡Qué sencilla eres, hija mía! bien se ve que te has criado en un lugar. ¡Si vivieras en una capital, verías unas cosazas!!!
     JACINTA. Eso no es de mi cuenta.
     NARCISA. Ni de la mía tampoco, gracias a Dios: lo que si lo es, es el estar al lado de mi marido, como Dios manda. -¿Tú te quedas?
     JACINTA. No me atrevo a hacer otra cosa, ¡Dos jóvenes de diez y ocho y diez y nueve años emanciparse así, sin autorización de nadie!... desengáñate, eso sería muy mal visto.
     NARCISA. Atiende: dos cosas que son completamente contrarias, que son las antítesis (como dice mi Padre, a quien gustan los terminachos) una de otra... si la una es mala ¿qué sera la otra?
     JACINTA. ¡Será buena, es claro!
     NARCISA. ¡Bien está! Por consiguiente si la mujer que huye del techo doméstico y abandona a su marido para seguir a otro, es una solemne picarona, la que hace cabalmente todo lo contrario, será una buena mujer.
     JACINTA. En eso tienes razón; pero si no nos lo mandan!...
     NARCISA. ¿No has oído decir siempre que el bien que se hace espontáneamente, tiene más mérito que el que se hace solo por obligación?
     JACINTA. Eso también es verdad.
     NARCISA. Mi madre siempre dice que María Luisa, la mujer de Napoleón, faltó a sus deberes no siguiéndole a Santa Elena. Pues en el mismo caso estamos en no seguir a nuestros maridos a Cádiz.
     JACINTA. Pero...
     NARCISA. ¡Idéntico! no hay peros ni camuesas. -El padre de aquella no quiso; las madres nuestras están igualmente por la ausencia. -El mundo y todos los corazones sensibles hubieran aplaudido a la mujer de Napoleón por su desobediencia: lo mismo nos aplaudirán a nosotras.
     JACINTA. ¿Lo crees?
     NARCISA. ¡Tengo evidencia!
     JACINTA. Y como tienes más mundo que yo...
     NARCISA. ¡Muchísimo más!
     JACINTA. ¿Y nos recibirán bien?
     NARCISA. ¡Pues tendría que ver!... ¡Después de semejante prueba de amor conyugal, nos levantarán un altar!
     JACINTA. Y si mi madre se enfada ¿tomarás tú sobre ti?...
     NARCISA. Todo lo tomo sobre mí. ¡Vaya! ¿no sabes acaso la fuerza de valor que da el cumplimiento de un deber?
     JACINTA. ¡Pues Dios vaya con nosotras!
     NARCISA. Dios va con todo el que obra bien.


Escena III
Una casa de huéspedes en Cádiz, una sala: a cada lado una puerta de cristales que comunica a dos alcobas.
NARCISA. -JACINTA.
     NARCISA. Con qué... ¿estás bien enterada?
     JACINTA. Enterada sí, convencida no. No me atrevo: ¿cómo quieres que me ponga yo tan caridelantera y tan sin modestia a llamar la atención de tu marido, sin conocerle siquiera? -¡Quita allá, eso es una cosa muy fea! ni sé... ni quiero.
     NARCISA. No le conoces, ¿qué le hace? ¿No sabes que es mi marido, por consiguiente tu primo, y que has de quedar justificada sobre la marcha? ¡Jesús, qué premiosa eres! yo tampoco conozco a tu marido; y con saber que lo es, estoy tan dispuesta a hacerle algunas carantoñas, a poner en juego mis gracias y monadas, como lo haría en una comedia casera. Te he de probar ya que tanto disputas lo contrario, que los maridos ausentes de sus mujeres se van tras de los reclamos como las perdices.
     JACINTA. Y si yo por desgracia viviese en un dulce error, ¿para qué quieres desvanecerlo?
     NARCISA. Para que vivas prevenida y aprecies en todo lo que vale la prudencia de mi determinación -antítesis, como dice mi padre-, de la conducta de María Luisa.
     JACINTA. Pero... ¿qué quieres que haga? ¿qué quieres que diga... si yo no sé?
     NARCISA. Entra en tu cuarto, obsérvame por entre los visillos de la puerta de cristales, y después imítame en un todo; ¡verás qué bien hago mi papel, y qué mona me pongo!
     JACINTA. ¡Ya lo creo! tú lo eres siempre. -¿Y si se enamora de veras de ti?
     NARCISA. ¡Qué simpleza, hija mía! ¿acaso no te quiere a ti? ¿acaso se enamoran los hombres en un día? Lo que te quiero probar es que cuando los maridos están ausentes de sus mujeres, miran más de lo que conviene a las demás. Desengáñate: el corazón de los hombres es un pájaro, y nosotras las jaulas.
     JACINTA. ¡Ay, Narcisa! ¡qué sobresaltada estoy desde que llegué a Cádiz, ¡qué fortificaciones presenta por todos lados! ¡me parece un caballero antiguo bajo su armadura!
     NARCISA. Pues a mí me parece muy alegre, y una blanca ninfa bañándose en el mar.
     JACINTA. ¡Estoy inquieta como si hiciese una cosa mala!
     NARCISA. ¿Mala? ¡pues qué! ¿hay cosa más virtuosa, más legal, que venir a buscar dos mujeres a sus consortes legítimos, indisputables, estrechando así una unión santa y respetable?
     JACINTA. Venir así escapadas!...
     NARCISA. El fin justifica los medios.
     JACINTA. Un buen fin no se debe alcanzar sino con buenos medios.
     NARCISA. Estás muy atrasada de noticias y de máximas, pero oigo pasos; ellos deben ser; tú a tu cuarto y yo al mío; observa.
(Cada una se encierra en su cuarto)


Escena IV
RODRIGO -GONZALO
     GONZALO. Parece que han llegado huéspedes
     RODRIGO. Sí, dos señoras.
     GONZALO. ¿Y quiénes son?
     RODRIGO. Dicen que son dos hermanas con su tío.
     GONZALO. ¿Y a qué vienen?
     RODRIGO. No me lo han sabido decir: quizá venga el tío empleado, categoría muy extensa y muy ambulante.
     GONZALO. ¿Y te han dicho qué tales son las señoras?
     RODRIGO. Jóvenes, lindas y distinguidas; pero el tío es un facha.
     GONZALO. ¡Extraña anomalía! ¡pero se hallan tantas en los tiempos que corren en este mundo redondo!
     RODRIGO. En fin, me alegro que tengamos tan buena vecindad.
     GONZALO. ¿Qué te importa?
     RODRIGO. Nada, es cierto; pero nada me importa tampoco un día nublado y un día de sol, y me gusta más este que el primero. ¿Has encargado los dominós para esta noche?
     GONZALO. ¡Ay que me se ha olvidado! (Cogiendo su sombrero). El que no tiene cabeza que tenga pies: voy en un vuelo.
     RODRIGO. Mientras me pondré a escribir a mi Jacinta.
(Se sienta y escribe)
     «Jacinta de mi corazón:
(Jacinta entreabre la puerta y hace un movimiento para lanzarse hacia su marido. Narcisa se asoma con precaución a la otra puerta, y la detiene haciéndola repetidas señas).


Escena V
RODRIGO escribiendo; NARCISA y JACINTA acechando.
     RODRIGO.«¡Qué domingo de Carnaval tan triste para mí, pues de ti estoy ausente! Recuerdo, Jacinta mía, que ahora hace un año, habiendo obtenido licencia para pasar esta alegre temporada en casa de mis padres, te hallé a ti, a quien había dejado niña, transformada en una joven, cual la crea la fantasía y la busca el corazón, a ti, que debías de ser mi primero, mi único, mi eterno amor! Me admitiste por compañero espontáneamente, como yo te había elegido a ti por único bien.
(Jacinta hace otro movimiento. Narcisa la detiene con impacientes ademanes)
     «Juré labrar tu felicidad, y lo haré, confía en mi cariño como yo en tu constancia.
(Jacinta se quiere de nuevo precipitar hacia su marido. Narcisa le hace señas, y para distraer la atención de Rodrigo sale de su cuarto haciendo ruido. Rodrigo se vuelve a aquel lado la ve y se levanta).
     NARCISA. Perdonad, caballero; creí que estaba sola en esta estancia, y pasaba para ir a la habitación de mi hermana.
     RODRIGO. Señora, vos sois la que tiene que perdonarme el que esté aquí estorbando vuestro paso, y desde luego me retiro. (Aparte) ¡Qué linda es! (Coge sus papeles para irse)
     NARCISA (con aire muy amable). No consentiré por cierto que os incomodéis por mí, os suplico que sigáis escribiendo, tanto más, cuanto que supongo que será una carta de gran interés.
     RODRIGO. No, no, no corre prisa: no es aún hora de que salga el correo.
     NARCISA. El corazón siempre tiene prisa en expresar sus afectos: y si esa carta es para alguna persona que os interesa...
     RODRIGO (aparte). ¡Extraña franqueza, por no decir desenvoltura, hay en este lenguaje de parte de una señora! -Si no me engaño, esta ha de pertenecer a la escuela de la mujer emancipada. -Si fuese fatuo... (Recio). No, señora, no era una carta; eran unos versos que escribía para pasar el rato.
     NARCISA. Pero... ¡a alguien serán dirigidos esos versos!
     RODRIGO. No, no tengo a quien dirigirlos.
     JACINTA (asomada a su puerta y aparte). ¡Ah traidor!
     NARCISA. ¿No? ¡es muy extraño! ¡A vuestra edad y con vuestro mérito, las conquistas deben seros muy fáciles!
     RODRIGO. No me lisonjeéis; porque si me engriese, podría dar pábulo a que me aquejase un amargo desengaño!. (Aparte). ¡Tanto descaro, con un exterior tan distinguido... pasma!
     JACINTA (aparte). ¿Hay valor para ser tan provocativa con un hombre, aunque sea treinta mil veces primo?
     NARCISA. Decíais que escribíais versos y que no eran amorosos; siendo así, no pienso que sea una indiscreción suplicaros que me los leáis. ¡Me muero por los versos! ¡Los versos son música celestial!
     RODRIGO. Con gran placer os los leeré; pero podéis estar persuadida de que si antes os hubiera conocido, otro hubiera sido el objeto que me los hubiese inspirado.
     NARCISA. Sois galán, no lo extraño: galán es sinónimo de caballero.
     JACINTA (aparte) ¡Hay paciencia para esto!
     NARCISA. Ansío por oír los versos.
     RODRIGO (aparte). ¡Qué extraña exigencia! ¿que la leeré, yo, que en mi vida he compuesto un verso? ¡pero ya caigo!... aquí tengo lo que necesito. (Toma un papel de sobre la mesa).
     NARCISA. ¿De qué tratan?
     RODRIGO. Son versos de un guerrillero. Los he compuesto para recitarlos en los fosos de la muralla de la puerta de Tierra, en que hay un eco maravilloso, y donde los suelo recitar ante mis compañeros a quienes agradan mucho.
     NARCISA. Pues vamos a los fosos de la muralla, y allí me los leeréis. ¡Me gusta tanto, tanto, el eco, esa voz del aire, que cuál él, no se sabe de donde viene! Ved, casualmente tengo puesto el velo, pues iba a salir.
     RODRIGO (aparte). La pajarita ésta... está perfectamente domesticada. ¡Tan linda, tan fina! Fíese usted de las apariencias! (alto). Señora, nunca más honrado...
     NARCISA. Vamos pues, a oír el eco... ¡esas palabras al aire que no salen del corazón! es una cosa muy rara, ¡un fenómeno!
(Rodrigo le ofrece el brazo, y se van. Jacinta sale de su cuarto y corre tras ellos; pero Narcisa, ya fuera de la ala, asoma la cabeza y le dice)
     NARCISA. Aguárdame, prima, aguárdame con paciencia, no tengas cuidado, que pronto vuelvo: y ten presente que tienes que hacer lo que te dije.


Escena VI
JACINTA, sola.
(Se deja caer sobre una silla llorando).
     ¡Ay! ¡Dios mío! ¿Quién lo hubiese creído? ¡infiel! infiel!... ¡en el mismo momento en que me escribía aquella carta!... y Narcisa, ¡con que desfachatez ha sido provocativa! Lo que está pasando es un escándalo! jugando, jugando... están labrando mi infelicidad. ¡Perversa prima! ¡marido inicuo! ¡quien pudiera vengarse de ambos!


Escena VII
GONZALO. -JACINTA
     GONZALO. (que ha estado observando a Jacinta a la entrada).
     ¡Llora! ¡pobrecilla! ver llorar a una mujer, es cosa que todo me conmueve. Cosa que no puedo presenciar, sin buscar medio de consolarla; esto es caballeresco y humano a la vez (Se acerca a Jacinta).
     Señora, perdonadme mi atrevimiento; pero os veo llorar, y sirva de disculpa a mi demasía el buen deseo que le origina. Sois forastera, señora, y no sería extraño que os hallaseis en algún conflicto en el que os podría ser útil una persona que con todo respeto se pone a vuestra disposición.
     JACINTA. (levantándose de repente). Sí, señor, sí señor; me podéis ser muy útil.
     GONZALO. (atónito). De ello me felicito: (aparte) esto se llama llegar y pegar. ¿Quién lo hubiese pensado, con su aire modesto y doliente? ¡y qué haya quien se precie de juzgar a una mujer por las apariencias! ¡las mujeres! ¡no las conoce ni la madre que las pare! (Alto) Me tenéis a vuestras órdenes. ¿Sois casada?
     JACINTA. Sí... no.
     GONZALO. ¿Sois soltera?
     JACINTA. No... sí...
     GONZALO. ¿Sois viuda?
     JACINTA. ¡Sí, sí; eso es! Soy viuda. No tengo marido, no. Un traidor, un infame...
     GONZALO. ¡Ya! ya: comprendo.
     JACINTA. Que Dios castigará.
     GONZALO. ¡Por supuesto!
     JACINTA. Que tiene muy malas entrañas.
     GONZALO. Y peor gusto, si os prefiere otra.
     JACINTA. ¡Infeliz de mí!
     GONZALO. Señora, para esta clase de penas no hay como la distracción.
     JACINTA. Eso mismo pienso yo; y así mucho os agradecería que me llevaseis esta noche al baile.
     GONZALO (admirado). ¡Al baile! ¡esta noche!... ¡conmigo!
     JACINTA. Con vos, con vos.
     GONZALO. ¿Y creéis que os pueda consolar?
     JACINTA. Nadie como vos. ¡Solo vos!
     GONZALO (aparte) ¡Estoy estático! ¡eso se llama venírsele a las manos, a quien no los busca, lances de amor y fortuna! (Alto). Señora, corro en busca de un dominó, y os agradezco la honra que me hacéis. (Aparte). ¿Y si lo sabe Narcisa? No puede saberlo. Estamos en Carnaval, tiempo de bromas, y tengo curiosidad de saber en que viene a parar esta.
(Se va. Jacinta entra llorando en su cuarto)


Escena VIII
Los fosos de la muralla
NARCISO -RODRIGO
     RODRIGO. Aquí es donde mejor se oye el eco.
     NARCISA. Oigamos pues vuestra composición.
     RODRIGO (lee). El corneta
                       
¡Cazadores! el morral

Y la canana coged,

Y a su puesto cada cual

¡Tet, teretet, teret, tet!!!
(Rodrigo imita exactamente con la voz el sonido de la corneta en el toque que indica, calla luego, y una corneta real repite a lo lejos el toque, imitando el eco, hasta concluida la composición)
     NARCISA. ¡Verdaderamente es una cosa encantará? ¿Con que vos habéis compuesto esos versos?
     RODRIGO (con fachenda). ¡Sí, señora, así en un rato de ocio... cosas de militares!
     NARCISA. (aparte). ¡Pues está bueno! Esa lindísima composición es de Ribot y Fontseret... y se la apropia ¡Me gusta! ¡Ah! ¡Todas las falsedades las pagareis juntas! ¿qué habrá hecho entretanto la pazguata de Jacinta, a quien dejé el campo libre? (Alto). Os doy infinitas gracias por el buen rato que me habéis proporcionado; pero se ha hecho tarde, volvamos a casa, que está lejos.
     RODRIGO. ¡Qué! ¿ya?
     NARCISA. Sí: mi hermana me está aguardando. Estará con cuidado; regresemos que nos va a coger aquí la noche.
     RODRIGO. A vos os toca mandar, a mí obedecer.
     NARCISA. ¿Os gusta obedecer?
     RODRIGO. Según: obedecer amando, sabéis que en esto cifraban nuestros antiguos poetas la más dulce felicidad.
     NARCISA. Algunos conozco yo, que la cifran en lo contrario.
     RODRIGO. ¡Oh! esos son monstruos.
     NARCISA. Lo mismo pienso yo.
     RODRIGO. Tales hombres merecen eso, y sólo son dignos de recibir preceptos de las Harpías y de las Parcas.
     NARCISA. Bien dicho (al irse aparte.) ¡Oh hombres! ¡materia la más dispuesta a la infidelidad! hombres inflamables corno fósforos, mudables como veletas, más fáciles de seducir que el agua, ¿sois vosotros los que tenéis valor para motejar a la pobre Eva?


Escena IX
La casa de huéspedes
(Entra Gonzalo con los dominós y los billetes de entrada para el baile. Llama a la puerta de Jacinta, que sale luego)
     GONZALO. Aquí están el dominó y la careta.
     JACINTA. Gracias. (Se los pone).
     GONZALO. ¿Queréis que aguardemos a un inseparable amigo mío? Es aun temprano.
     JACINTA. De ninguna manera, no, deseo que nadie me vea.
     GONZALO. Como gustéis. Le avisaré mi ida con una esquela para que no me aguarde (escribe). Ahora pues, dejad vuestros tristes recuerdos, y venid a gozar y divertirnos como compete a la que es joven y bella.
     JACINTA. Sí, sí: eso pienso hacer (aparte); ¡vengándome! ¡Oh! hombres sin moral, sin delicadeza sin principios, ¡falsa amiga! sacando a un hombre casado de sus casillas, ¿quién vio tal perversión de costumbres?
(Gonzalo entretanto ha cerrado la esquela en que mete las entradas que deja sobre la mesa y se ha puesto el dominó)
     GONZALO. Vamos, pues lo deseáis. Es aún temprano; pero aunque esté todavía la sala desierta, con estar vos, hay para mí todo cuanto en ella ver deseo.


Escena X
RODRIGO. -NARCISA
     RODRIGO. No; nunca olvidará este delicioso paseo y muchas veces repetirá ese eco que os ha encantado vuestro nombre. ¿Os volveré a ver pronto?
     NARCISA. Sí, sí, (aparte) ¡y tanto como me has de ver, hombre débil! (Alto). Mas ahora me precisa el ir en busca de mi hermana.
     RODRIGO. ¡Haced la ausencia corta!
     NARCISA (con retintín). ¡El cuidado será mío!
(Le saluda con la mano y entra en el cuarto de Jacinta Rodrigo se acerca a la mesa, ve los dominós, las caretas y la esquela)
     RODRIGO. Mas... ¿qué es esto? (abre la esquela y lee): «Querido: una de las vecinas, bella como la aurora, irresistiblemente seductora y sin ínfulas de Vestal, me ha comprometido a llevarla al baile: ahí te dejo billetes y dominós para que podáis veniros a reunir con nosotros tú y García. Estoy entusiasmadísima; este es un lance de amor y fortuna que ni Calderón hubiese imaginado.»
(Sale Narcisa muy apurada)
     NARCISA. ¡Mi hermana no está en su cuarto! ¡Dios mío! ¿dónde podrá estar? ella ¡tan tímida! ¡ya entrada la noche! ¡quizás habrá salido a buscarme! ¡quizás está perdida por esas calles!...
     RODRIGO. No os apuréis por vuestra hermana: yo sé donde está.
     NARCISA. ¿Vos?
     RODRIGO. Sí.
     NARCISA. ¿Y cómo?
     RODRIGO (dándole la carta). Leed.
     NARCISA (lee para sí). Irresistiblemente seductora, ¿qué tal? (lee) sin ínfulas de Vestal, ¿qué le parece a Vd.? ¡la timorata, la encogida, la mojigata! ¡bueno está! (lee) estoy entusiasmadísimo, ¡Ah! ¡infame, traidor, aleve! (lee) lance de amor y fortuna, ¡qué alevosía! ¡Ah fementido! ¡ah hipócrita! ¡pérfida agua mansa!...
     RODRIGO (aparte) ¡Qué vehemente y extraño despecho! (Alto) ¿queréis que nos vayamos a reunir a ellos?
     NARCISA. Sobre la marcha; ahora mismo (Se pone precipitadamente el dominó y la careta). Vamos.
     RODRIGO (aparte). ¡Qué amor fraternal tan vehemente! ¡qué ley del embudo tan bien observada! (Salen).


Escena XI
El tocador de las señoras en el baile
NARCISA.-JACINTA, sin caretas
     NARCISA. Lo que has hecho con Gonzalo traspasa todos los límites del decoro.
     JACINTA. Has estado con Rodrigo escandalosamente provocativa.
     NARCISA. ¿Quién se viene sola a un baile con un oficial de artillería, joven y buen mozo?
     JACINTA. ¿Quién se va sola a los fosos de la muralla con un oficial de artillería buen mozo y joven?
     NARCISA. Tu marido es un empalagoso.
     JACINTA. Y el tuyo un fastidioso.
     NARCISA. Pues hija, cambiemos, ya que eres tan delicada de gusto.
     JACINTA. ¿Qué más quiero yo? a mí, hija, no me fastidia un hombre tan discreto. ¿Qué hemos, pues, logrado con tan descabellado proyecto? ¿Convencernos de que son unos infieles nuestros maridos? ¡Valía la pena de hacer un viaje para eso! (llora).
     NARCISA. No, lo que hemos logrado es mostrar por la práctica la verdad del refrán de nuestras madres, y hacer que nadie en lo sucesivo se atreva a desunir ni por un día, lo que Dios unió para siempre. Pero nos falta aún la lección que hemos de dar a esos dos maridos indignos de serlo. Rodrigo nos ha convidado a cenar, he admitido con tal que sea en la casa de huéspedes. Vamos ahora a cambiar los dominós, dame el tuyo rosa, toma el mío celeste. (Cambian los dominós). Cada una se va ahora con su marido. Cuidado, que mantengas al tuyo en su error, y que me imites en todo. Cuidado, al darnos a conocer que estés hecha una furia.
     JACINTA. ¡El cuidado será mío!
     NARCISA. Ni cuartel, ni tregua, ni menos conciliación.
     JACINTA. ¡Buena hora es!... Me quiero divorciar en seguida. (Se van).
Escena XII
Casa de huéspedes; se ve una mesa puesta.
(Entran Narcisa y Jacinta con caretas, Rodrigo y Gonzalo sin ellas)
     RODRIGO. ¡Cuánto tenemos que agradeceros el que aceptéis este ligero obsequio!
     JACINTA. Tanto más, cuanto que en mi vida he admitido otros que los de mi marido. ¡Ay! (suspira).
     RODRIGO. Señora, estamos reunidos para estar alegres. No suspiréis; que vuestros suspiros me afligen: y perdonad, pero no me parece que tienen actualidad.
     JACINTA. ¡Más de lo que pensáis!
     GONZALO. Bailáis como una sílfide.
     NARCISA. ¿Nunca habéis bailado con ninguna que baile tan bien como yo?
     GONZALO. ¡En la vida! Dejad que os bese esa mano que envidian los jazmines.
     NARCISA. Enhorabuena, ningún mal veo en eso. (La besa la mano).
     NARCISA (aparte). ¡Puede darse un hombre más disoluto!
     RODRIGO. ¿No seréis tan condescendiente como vuestra hermana?
     JACINTA. No señor. (¿Habráse visto nunca un hombre más inmoral?)
     GONZALO. Vamos pues a sentarnos a la mesa; pero antes es preciso que os quitéis las caretas; aquí todos somos unos.
     NARCISA. Eso sí es cierto; pero no quisiéramos quitarnos las caretas.
     GONZALO. ¿Y porqué esa crueldad?
     NARCISA. A causa de que se me figura que mi cara os va a parecer ahora la de Medusa.
     GONZALO. ¡Qué idea!
     RODRIGO. Desaparezca esa estúpida careta, señora: vea yo la encantadora expresión de vuestro rostro.
     JACINTA. Estoy en que no os ha de agradar ahora mucho la expresión de mi rostro.
     GONZALO. ¡No seáis inexorable!
(Narcisa y Jacinta con un brusco movimiento se quitan las caretas: espanto de sus maridos)
     RODRIGO. ¡No seáis inflexible!
     NARCISA. ¡Desleal, traidor, infiel!
     JACINTA. ¡Pérfido, cruel, mal marido!
     NARCISA. ¿Así te acuerdas de mí?
     JACINTA. ¿Así cumples tus promesas?
     NARCISA. ¡Tamaña traición!
     JACINTA. ¡Tan amargo desengaño!
     GONZALO. ¡Qué sorpresa!
     NARCISA. Estupenda, lo creo.
     RODRIGO. ¡Qué cosa tan inesperada!
     JACINTA. ¡Lo creo! ¡Lo menos que esperaban ustedes en tales pasos, era el hallarse con sus propias y legítimas mujeres!
     GONZALO. ¿Y podrá saberse cómo os vemos aquí solas, y sin prevenirnos?
     NARCISA. Con el fin de daros una sorpresa tal que hubiese encantado al mismo Napoleón en Santa Elena.
     RODRIGO. ¿Cómo te has atrevido, tú tan mirada, a venirte sola sin asentimiento de nadie?
     JACINTA. Narcisa me dijo que era esto una prueba de amor conyugal, que haría que después de recibida nos levantaríais altares.
     RODRIGO. ¿Y es prueba de amor conyugal, el pedir a un caballero, sin conocerle y sin darte a conocer, que te llevase a un baile de máscaras?
     JACINTA. Era una doble venganza.
     RODRIGO. ¡Pláceme la disculpa!... ¡señora!
     GONZALO. ¡Con que una sorpresa, ¿eh?... y entraba también en el programa de esta sorpresa el irse con un caballero desconocido a los fosos de Puerta de Tierra, señorita!
     NARCISA. Es que queríamos probaros...
     GONZALO. Se prueban los cañones, señora; pero lo que es inaudito, es que dos bellas jóvenes se pongan en camino solas, y sin autorización ninguna.
     NARCISA. Sí señor, sí señor, que teníamos autorización, ¡y tanta!
     GONZALO. ¿Y cuál era esta?
     RODRIGO. ¿Sí, sí, cuál era?
     NARCISA. La que nos prestaba una máxima que nos han inculcado nuestras madres.
     JACINTA. Sí, sí, un refrán que no se les caía de la boca.
     GONZALO. ¿Y cuál es ese proverbio de Salomón?
     NARCISA. Es, matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido. Pero como no lo estamos, como son ustedes unos ingratos, voy a llamar a Pedro y nos volveremos por donde hemos venido, dejando aquí nuestra alegría, y llevándonos un desengaño monstruoso. A Dios, pues, mal marido, voy a pedir separación, y me vuelvo desde hoy una amazona y la más irreconciliable enemiga del sexo no bello.
     JACINTA (llorando). ¡A Dios, a Dios para siempre, desagradecido e infiel marido; no te pesará más mi presencia, puesto que ya no me quieres sino en cartas! Voy a pedir el divorcio, y me retiro a llorar a un convento. -¡Yo les diré a las monjas lo que son los hombres, y aseguro que después de oírme, a ninguna le pesará no haberse casado!
     NARCISA. (cogiéndola de la mano). Ven, ven, Jacinta, y no llores, pues no hay un solo marido que sea digno de nuestras lágrimas (se encaminan hacia la puerta)
     GONZALO. (cogiendo a Narcisa por la mano) ¡Irse! ¡no en mis días! Te detengo.
     RODRIGO (haciendo otro tanto con Jacinta). ¡Dejarme! ¡no lo consentiré yo, a fe!
     NARCISA. ¡Me detienes! ¿con qué derecho?...
     GONZALO (pasando un brazo por la cintura de su mujer). Con el derecho mío, ese dulce derecho que no cambiaría por todos los tesoros del mundo.
     JACINTA. ¿Que no consentirás? ¿por qué causa? ¿por qué motivo?...
     RODRIGO. Por el motivo que lleva a todo dueño a retener su tesoro.
     NARCISA. ¿Con que... por despotismo!
     JACINTA. ¿Con que... por arbitrariedad?
     GONZALO. No, no; es porque adoptamos desde luego la dulce regla que encierra el proverbio de vuestras madres.
     RODRIGO. El proverbio que os autorizó a venir, bien puede autorizarnos a reteneros, puesto que nos habéis convencido de que en matrimonio bien avenido...
     GONZALO. La mujer junto al marido.


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